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domingo, 29 de mayo de 2011

Al Barça no se le adivina ocaso


Andrés Pérez | Escudado en una perfección ineludible, el Barça cerró en Wembley un círculo que abarca dos décadas y que compone el más brillante cuadro futbolístico que se recuerda en Barcelona. Lo hizo de nuevo ante el Manchester United mostrándose enormemente superior, apenas acuciado en tareas defensivas durante la mayor parte del partido, bailarín, grácil, eternamente móvil, enrevesado en sí mismo, gustoso del fútbol que explota, victorioso al fin y al cabo, firmando en pleno siglo XXI un dominio cíclico semejante al que Ajax, Bayern o Liverpool impusieron en la década de los 70, mostrando su firme candidatura a uno de los mejores equipos de siempre. Fue otra vez en Londres y fueron otra vez Messi, Iniesta y Xavi, símbolos junto a Valdés y Puyol de las tres últimas Copas de Europa del conjunto culé, historia viva del fútbol.

Cuadró el Barcelona de Guardiola el círculo en Wembley. Sin mayores sobresaltos, tan sólo aquellos reglamentados en cada final de este equipo durante los diez primeros minutos, atando el balón en corto, haciendo correr al rival, acelerando en los metros finales, buscando amigos en cada esquina, asociación y espacios a la espaldas de todas las líneas del rival. Es el del Barça un fútbol ofensivo y vertical pese a que en ocasiones transite por la horizontalidad. No en vano se encarga Messi, en un estado de forma encomiable año tras año, postulándose como el jugador más determinante de la década que abandona y de la que llega, de dotar de carácter agresivo y vertical al juego del Barcelona. Messi y el Barça son una asociación inevitablemente ganadora, entendiendo al Barça como una espléndida generación de jugadores extremadamente competitivos, concienciados, conocedores de sus virtudes y en posición de hacerlas prevalecer frente a las de su rival. No hay mayor virtud en el deporte que la capacidad infinita y recurrente de ser mejor. Y el Barça es uno de los pocos equipos en la historia capacitado para ello.

Entra el conjunto culé en el club de las cuatro coronas continentales y con su tercer título en seis años confirma su hegemonía en Europa durante los últimos años. Enfrente se encontró de nuevo un United excesivamente desnortado, sin recursos más allá del combate agresivo y rudimentario que por momentos volvió a inquietar a Valdés durante los primeros minutos. Ya en la rueda de prensa, destinado a la derrota ante un equipo invariablemente ganador, Ferguson, escocés airado al que difícilmente se le encuentra en un renuncio, afirmó sin paliativos que aquel era el mejor equipo que había visto jamás durante su cuarto de siglo como entrenador. Viniendo de un tipo que ha ganado más de una decena de ligas en Inglaterra y dos Copas de Europa son palabras a tener en cuenta. Aunque en realidad se trata de otra ristra de elogios que se suman al ya extenso palmarés del Barça, de este Barça capitaneado por Puyol y dirigido por Xavi, en este campo.


No hay novedad. El Barça ha conseguido de la excelencia la rutina y sólo por eso merece un aplauso y la rendición incondicional a su estilo en todo el universo fútbol. Guardiola y sus jugadores tienen una ideología y la aplican con fervorosa devoción. Independientemente de que se concorde con ella o no —es una ideología y como tal no vale nada más allá de la afinidad que cada uno quiera darle— es de inevitable admiración el tesón con el que la ejercen. El Barça tiene una idea y vive o muere con ella. Por el momento le ha tocado vivir. Quizá aún sea pronto para apreciar con profundidad lo logrado por esta generación de jugadores, que cabalgan cada temporada a lomos del éxito con absoluta normalidad, desmitificando la gloria, con toda la felicidad y todo el riesgo que ello conlleva. Quizá, decía, sea temprano para valorar en retrospectiva las gestas de este equipo. Hace seis años al Barça se le reprochaba escasez de bagaje europeo, una tez perdedora en los momentos de la verdad más allá de aquel oasis de Wembley firmado por Koeman. De la noche a la mañana, en menos de una década, el Barça está ya en la segunda fila por detrás de Liverpool, Milan y Real Madrid.

Tal fugacidad le ha llegado al Barça relativamente prolongada en el tiempo y en dos ciclos diferenciados: el de Rijkaard y el de Guardiola. Lo cual es aún más admirable. El Barça se ha sabido reconstruir para seguir en el mismo sitio. Es una hazaña a la altura tan sólo de los grandes equipos de la historia. Con todo ello, en este alegato que puede parecer póstumo, al Barça le sobran años por delante porque gran parte de la base de su equipo sigue siendo muy joven y se mantiene en una forma excelente. A excepción de Xavi o Puyol, el resto del equipo tiene aún mucho futuro por delante, y observando a tipos como Giggs o Scholes cuesta no decir lo mismo de los dos canteranos catalanes. Es decir: el año que viene habrá más si ningún equipo es capaz de crear un sistema de juego que frene la marea combinativa del Barça. Y al siguiente más. Y es posible que al siguiente más. No se le adivina ocaso al Barça y el culpable de ello es Messi, jugador celestial empeñado en ser irrepetible cabalgando a lomos de un conjunto ya, no hay duda, bañado en leyenda.

Imagen | El País

sábado, 28 de mayo de 2011

El asalto a la cuarta orejuda


Pablo Orleans | Último asalto de la temporada. El Barça tiene ante sí la posibilidad de conquistar el póker de Champions con una jugada magistral, en un tapete simbólicamente atractivo para el barcelonismo y ante un rival de los fuertes, un Manchester United todavía herido, eterno rencoroso, tras el golpe que los azulgrana de un novato Guardiola les asestaron en Roma, en la eterna capital italiana de inmensos coliseos y pasado glorioso. En esta ocasión, los red devils esperan cerquita de casa, en su patria, devolver el golpe recibido hace dos años y un día con la consecución de la tercera Copa de Europa de Sir Alex Ferguson, ese estratega escocés con aires de inglés ebrio. El Dictador del banquillo rojo le guarda una al Barça pero, sobre todo, se la guarda a Guardiola.

Mientras tanto, el técnico del FC Barcelona llegó a la ciudad inglesa con todos sus efectivos disponibles. El once que todos nos conocemos de carrerilla plantará cara en la alfombra de ese glorioso estadio donde, una vez, el Barça conquistó Europa. Aquel zarpazo de Koeman en el minuto 111. Aquella falta embarullada contra la Sampdoria sobre Eusebio al borde del semicírculo del área. Aquellas excelentes vibraciones cuando Ronald, el 4 del Barça atulipanado, cogía el balón con las dos manos y lo plantaba con mimo sobre el verde de Wembley. Aquel silencio previo. Aquellos corazones taquicárdicos. El miedo italiano contra la esperanza española. Esa carrera en la que todo el barcelonismo cogió aire. Aquellos dos pasos y medio frente a tres blucerchiatis y ese golpeo mágico. Seco pero dirigido, el misil que salió de la bota derecha del central holandés rozó el palo impidiendo al gran Pagliuca llegar a tiempo, convirtiéndolo en un espectador de lujo, en un protagonista derrotado.

La suerte está echada. Las aficiones, con las caras pintadas, las bufandas en el cuello, con bombos y banderas y un millón de razones para creerse ganadores, poblarán las gradas del nuevo Wembley para ayudar a sus equipos a conseguir la orejuda más valiosa, el trofeo más deseado. Sobre el terreno de juego, las miles de ilusiones de quienes no quieren perder, se unirán a las sudadas casacas de los futbolistas y juntos revivirán, como en aquel 20 de mayo de 1992, una jugada in extremis, un despiste fatal o una genialidad esperada, para llevarse la gloria o el vacío reconocimiento de ser un segundón. Que gane el fútbol, que gane el espectáculo. Pero, sobre todo, que gane el Barça.

Imagen | Gradas

miércoles, 18 de mayo de 2011

Manchester es una fiesta


Andrés Pérez | Hubo un tiempo, durante la década de los ochenta, en el que a los aficionados del United y el City, ambos equipos de Manchester, no tenían gran cosa que celebrar. Los equipos más allá del Mersey, Liverpool y Everton, se repartían, con más fortuna para los reds que para los toffies, la práctica totalidad de los títulos ligueros. Así, en Manchester, lejos de las mieles del éxito deportivo, se consolaban en discotecas maravillosas donde grupos de todo tipo y condición hacían historia sin saberlo, probablemente más ocupados en experimentar con todas las drogas de diseño que les fuera posible. Joy Division había muerto con Ian Curtis y su trágica concepción de la existencia humana se había transformado en New Order, un hedonista grupo de post-punk que creció y creció junto a Tony Wilson y a un garito ya legendario llamado The Haçienda, centro neurálgico de todo lo que sucedería en Manchester durante los años posteriores.

Manchester era una fiesta. La producción musical de aquellos años, a falta de cosas mejores de las que presumir en los terrenos de juego, fue sencillamente abrumadora: New Order, Happy Mondays, The Smiths, The Stone Roses o Inspiral Carpets entre otros muchos dan fe de ello. Pero, como todo en la vida, aquel desmadre continuado que debía ser la ciudad mancuniana en los ochenta terminó por irse al garete, surgió el grunge, todo el mundo comenzó a girar la cabeza en dirección hacia la deprimente Seattle de principios de los noventa y hasta que un par de paletos apellidados Gallagher decidieron perpetrar esa obra magna de la última década del siglo XX llamada Definitely Maybe nadie volvió a preguntarse por aquella ciudad del norte, rica e industrial que no destacaba por absolutamente nada.

Por nada excepto por un equipo que, tras la resaca permanente en la que se instaló el Liverpool, comenzaba, de la mano de un tal Alex Ferguson, a llevarse títulos a espuertas. Y así hasta la decimonovena liga del pasado fin de semana, campeonato que deja en solitario al Manchester United como equipo que más veces ha ganado la Liga en Inglaterra. Armando menos ruido y con una trayectoria neonata en lo tocante a la consecución de títulos, el City, casi al mismo tiempo con un gol del intratable Touré Yayá, levantaba la FA Cup, un trofeo indispensable para que el multimillonario proyecto encabezado por un fondo de inversión árabe continúe en pie y en el futuro, a base de libras, aspire a algo más. Manchester, el pasado fin de semana, volvió a ser una fiesta. Sus dos equipos se repartían los títulos.

No cabe sino admirar al United, un equipo pensado y fabricado para la gloria que con pasmosa facilidad la obtiene año sí año también. A su decimonovena Liga, tras gol de Rooney, el mejor jugador del equipo, hay que sumar una nueva final de la Champions League, esta vez ante el Barcelona. Y poco más queda por decir del magnífico equipo que Ferguson ha ideado. En esta su última temporada se retira en lo más alto. Es el más grande. Sin discusión. Como sin discusión es Mancini un entrenador pobre en recursos y cobarde en sus ejecuciones. Nadie osaría negarle tan orgulloso título a un italiano. De ahí que sorprendiera el domingo ante el Stoke, controlando el partido su City, buscando variantes ofensivas, rotando en Silva para que éste, a base de asociarse con sus compañeros, fabricara ocasiones con más criterio que la pura intuición bruta. No cuesta imaginar al City o al United bailar a sus respecivos rivales al ritmo de 24 Hours Party People o a Ferguson observando en retrospectiva su carrera deportiva con Age Of Consent de fondo, henchido de gloria y placer.

No cuesta, al mismo tiempo, imaginar a toda una ciudad moviendo sus cuerpos indefinidos a ciertas alturas de la noche bajo el techo de la ya finada pero siempre presente Haçienda. Porque, en el fondo, Manchester nunca dejó ni dejará de ser una gran fiesta.

Imagen | El País

lunes, 9 de mayo de 2011

La Premier se abona al Manchester United


Víctor Úcar | Eléctrico. Intenso. Agresivo. Convincente. Seguro. Con estos y muchos otros calificativos, el Manchester United se aseguró prácticamente el título de la Premier League ante el único rival que podía amenazarle, el Chelsea. Dicen que la fe mueve montañas, pues lo cierto es que los chicos de Sir Alex Ferguson se tomaron estas palabras ayer al pie de la letra, ya que a los 36 segundos ya habían dado el primer golpe sobre la mesa con un gol de Chicharito. Esa es la diferencia entre dos equipos que aspiran cada año a todo: solo el más mentalizado consigue alcanzar el éxito. Y es que en este deporte que tantas pasiones levanta no siempre gana el mejor, pero sí que lo suele hacer el que tiene más confianza en sus posibilidades. Ayer, únicamente un equipo creyó realmente en sí mismo en Old Trafford, y es por eso que, salvo catástrofe mayúscula, el United será el justo campeón de liga la próxima jornada.

A principio de temporada la gente estaba algo desilusionada con el proyecto de este club histórico. El fútbol del Manchester era poco vistoso y las pocas caras nuevas no entusiasmaron a la hinchada. Se apreciaban claras limitaciones y se dudaba del potencial de la plantilla. Sin embargo, ayer pudimos observar que los red devils han ido construyéndose poco a poco a lo largo del campeonato. Es cierto que no es una escuadra que juegue con exquisitez y la verdad es que no cuenta con la brillantez de otras temporadas. Sin embargo, el Manchester ha conseguido formar un equipo con unos valores que le han permitido estar en lo más alto. La solidaridad se ha impuesto este año a las individualidades. Además, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson derrocha intensidad por los cuatro costados, presiona al equipo rival desde el minuto uno y aprovecha al máximo sus ocasiones de gol en cada partido. El Chelsea comprobó en la tarde de ayer por qué nadie ha sido capaz de anotar un gol en Old Trafford en los primeros 45 minutos de juego. Es por eso que el vendaval al que sometieron los red devils a los blues durante la primera media hora bastó para sellar una nueva victoria. Seguramente la definitiva para adjudicarse la Premier League.

Vidic y el mexicano Chicharito dejaron el partido encarrilado en el primer tercio del encuentro, ya que hasta entonces el Chelsea parecía no haber saltado todavía al césped. Carrick y un omnipresente Park Ji Sung noquearon el musculoso centro del campo ideado por los blues, y el ecuatoriano Valencia desbordó por la banda derecha con un descaro prodigioso. Arriba Rooney y Chicharito se movían con libertad, y un poquito más retrasado el incansable Ryan Giggs continuaba dando lecciones de fútbol. En la retaguardia, la defensa vivía tranquila y Van der Sar apenas tenía que intervenir. El Chelsea parecía no dar más de sí y era incapaz de mostrarse realmente como un serio candidato a revalidar el título de liga. Drogba, una vez más el mejor de los blues, trató de liderar a un equipo que vagaba por el terreno de juego sin las ideas claras y que estaba exhibiendo una actitud un tanto derrotista. Lo cierto es que el Chelsea saltó a Old Trafford sin ninguna esperanza y la justicia le correspondió con una derrota. La entrada de Torres y el gol de Lampard a 20 minutos del final se convirtieron en una mera anécdota. Los pupilos de Ancelotti sabían antes de nadie cómo terminaba la película.


En la recta final del encuentro, Chicharito dispuso de dos ocasiones clarísimas para certificar la victoria de los suyos, pero el hecho de verse ya campeón en su primera aventura con los red devils le impidieron concentrarse de cara a gol. Durante toda la temporada, hemos observado como el Arsenal parecía ser el único equipo capaz de acabar con la regularidad del conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson. Sin embargo, los gunners volvieron a quedarse sin pilas en la recta final del campeonato y el Chelsea consiguió recortarle a los red devils nada más y menos que 12 puntos. Y es que, aunque a principios de marzo los blues estaban prácticamente descartados de la lucha por el título, su victoria en Stamford Bridge sobre el ManU logró devolverles la confianza que necesitaban para tratar de pelear por la victoria hasta el final. El problema es que los pupilos de Ancelotti no eran conscientes de lo que significa jugar en Old Trafford esta temporada. El Teatro de los Sueños se ha convertido en un templo inexpugnable para los equipos que lo visitan. En la Premier, los red devils solo han cedido un empate ante el West Brom, y en Liga de Campeones el Rangers escocés y el Valencia fueron los únicos capaces de obtener un punto en el mausoleo inglés. Ya se sabe, la imbatibilidad suele traer grandes recompensas.

Con este triunfo, el Manchester cierra una semana redonda. El miércoles consiguió un billete para disputar la final de la Champions de Wembley ante el FC Barcelona tras golear al Shalke 04 alemán, y ayer acercó un nuevo título de liga a sus vitrinas con un paso de gigante. Los red devils pueden estar contentos con la temporada que han realizado. Derrotar al Barça en la máxima competición europea se torna una empresa muy compleja, pero tienen en su mano ganar la Premier League. Y este año para el Manchester, ganar la Premier no es ninguna tontería. Es cierto que desde que la liga inglesa adoptó el formato actual en 1992 —hasta entonces se conocía como First Division—, el ManU es el máximo dominador. Pero el equipo de Ferguson tiene la oportunidad de hacer algo histórico en el fútbol británico: adelantar al Liverpool en títulos ligueros y convertirse en el equipo inglés más laureado de toda la historia del campeonato doméstico inglés. La historia está a punto de cambiar al norte de Inglaterra.

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Imagen | Sport Times

domingo, 1 de mayo de 2011

Al Arsenal le resta el honor


Andrés Pérez | Parecía que el Arsenal ya se dejaba llevar, eliminado de la Champions League, de la FA Cup, perdida la final de la Curling Cup en el último minuto y descolgado de la Premier tras desaprovechar una y otra vez oportunidades para recortar distancias respecto al Manchester United —siete puntos en los últimos seis partidos, tan sólo una victoria—. Parecía que el Arsenal caía otra vez presa del vértigo, incapaz de madurar, aburrido de sí mismo cuando el devenir de los acontecimientos es negativo. Lo parecía y de hecho lo era, pero tiene de tanto en cuanto el conjunto de Wenger arrebatos coléricos de honor y genialidad que le permiten sembrar adulación y admiración allá por donde fuere visto, como ante el United, hoy, dominador, altivo, insultante en las formas, capaz en labores defensivas, victorioso, en suma.

Pese a su exhibición ante el Schalke en Europa, el United llega relativamente cansado al final de la Premier y tras su estela se ha situado el Chelsea, que ha remontado el vuelo en la recta final del campeonato tras vagar lejos incluso de la Champions varios tramos de la temporada. El conjunto londinense está a tres puntos y aún tiene que enfrentarse al United en Old Trafford, en teoría inexpugnable feudo donde no ha ganado nadie, nobody, en toda la temporada. Le es indiferente al Arsenal ésto último. Él ya lanzó su temporada por la borda hace días. Su victoria y la forma en la que la ha obtenido hoy debería hacer reflexionar a Wenger porque el Arsenal, de no pinchar en infinidad ocasiones de forma infantil e impotente, podría haber ganado esta Premier. Ahora está a seis puntos de la cabeza y no es factible que el United caiga dos veces en lo que queda de campeonato y que, al mismo tiempo, el Chelsea haga lo propio. Son dos equipos expertos y graníticos cuando la situación lo requiere.

Le queda al Arsenal el honor demostrado ante el United, Wilshere y Ramsey a la cabeza, Song por detrás, Van Persie ejerciendo de líder y capitán en punta de ataque, cayendo a banda y labrando como un extremo a veces, recibiendo de espaldas a la portería en otras ocasiones, llegando desde segunda línea y asistiendo en multitud de ellas. En una de las apariciones del holandés llegó el gol de Ramsey, que crece a cada jornada. Juntos, Wilshere y Ramsey, han logrado que la alargada sombra de Cesc Fábregas haya desaparecido en cierto modo. Hoy nadie le ha echado de menos. Apoyados en Nasri o en Arshavin, el Arsenal completa un conjunto vivaz y fulgurante que cae en los ruborosos pecados y en las deliciosas virtudes de la eterna juventud. La apuesta idealista de Wenger se corresponde de forma inevitable con dos caras de la misma moneda. Educar a niños prodigios siempre es así. De ahí que el Arsenal, un año más y pese a todo, vaya a terminar la temporada sin haber obtenido ningún título.

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Imagen | Palco Deportivo

miércoles, 27 de abril de 2011

El Manchester United se da un homenaje


Andrés Pérez | Se acaban los elogios para el Manchester United de Alex Ferguson. Anoche, mostrando una contundencia y una determianción al alcance tan sólo de los mejores equipos de siempre, el United borró de un plumazo las escasas posibilidades que ya de antemano con las que el Schalke 04 contaba de cara a disputar la final de Wembley. Con dos goles inapelables, consecutivos, paradigmáticos de la forma simplista y reduccionista de entender el fútbol de este equipo, el United puso el broche de oro a un partido dominado de principio a fin que no finalizó en goleada escandalosa gracias a la prodigiosa actuación de Neuer. A expensas del milagro que pueda obrar el conjunto alemán en Old Trafford, el Manchester United aspira a jugar su tercera final en cuatro años dando fe de su intimidatoria competitividad y de la capacidad de reinventarse que hace gala cuando año tras año ha ido perdiendo unidades de importancia mayúscula. No cabe sino aplaudir a este equipo.

Lejos del exceso ornamental y del pragmatismo físico y táctico del que llevan haciendo gala Barcelona y Real Madrid durante toda la temporada, el United ejecuta un fútbol de acciones economizadas y matices ajustados. No se prodiga demasiado en la creación, aprovecha la ventaja física y táctica que constantemente crean sus carrileros en las bandas, es inteligente en la gestión de sus recursos y demoledor en la ejecución de sus opciones ofensivas. Sin demasiados alardes, reduciendo al mínimo el riesgo y exprimiendo al máximo la rentabilidad de cada pase o desmarque, el United puso al Schalke frente a un pelotón de fusilamiento y tan sólo la providencia o Neuer evitaron un resultado histórico. Cuando la primera parte hubo terminado la cuestión era cuánto tardaría el Manchester en certificar de una vez que su superioridad era apabullante respecto al cuadro alemán.

Fue en la segunda parte, primero Giggs a pase de Rooney y más tarde Rooney a pase de Chicharito Hernández, jugador de rendimiento inesperado a pesar de sus excelentes perspectivas a varios años vista. Los dos coletazos definitivos del United pusieron de manifiesto no ya la incapacidad defensiva de un Schalke desnortado y retratado ante toda su afición sino la ejecución fría y precisa del rodillo creado por Ferguson y dignificado por Giggs o Scholes, anoche, el primero, imprescindible una vez más dentro de un equipo que ha sabido incorporar sabia nueva y mantener el ritmo competitivo a pesar de ello. Prueba de ello es que en esta su más que predecible tercera final no estarán ni Tévez ni Cristiano Ronaldo, dos baluartes básicos del último título conquistado por el United.


De poco le sirvió al Schalke 04 la ilusión despertada por la estrella de Raúl, las cuatro triangulaciones bien ejecutadas antes del aluvión de oportunidades creado por el United o las manos de Neuer. Cuando su rival lo dispuso, murió ahogado. Carrick jugó a su antojo durante todo el partido, Evra y Fabio encontraron carriles vacíos en sus respectivas bandas, Rooney confirmó que se encuentra excesivamente a gusto por detrás del delantero, Valencia ejecutó un constante ejercicio de alarde de sus virtudes físicas y técnicas, Chicharito volvió locos a los pesados Metzelder y Matip y Giggs se elevó por encima de todos los demás para marcar la diferencia con al diligencia y pasmosa naturalidad con la que lo lleva haciendo toda la vida. No fue más el Schalke porque no se lo permitió el United, arrebatador el día de ayer.

La victoria es la consecuencia lógica del dominio clarividente del cuadro inglés. Recuperada su pareja natural de centrales, el equipo toma la forma que mejor desea Ferguson incorporando a Chicharito arriba, que merece mención aparte. A pesar de su juventud y de sus expectativas futuras y no actuales, se mueve con la inteligencia de un delantero con años de bagaje tras de sí, oculta sus ciertas limitaciones técnicas sin prodigarse en la conducción, soltando el balón rápido, y tiene un don natural, el mismo del que hicieron gala jugadores como Solsjkaer o Gerd Múller, para encontrar antes que nadie el hueco al que acudirá la pelota desde un centro lateral. Es una máquina de crear peligro por su agilidad y de puntualizar goles, dado que ni siquiera los fabrica. Es una maravilla. Como este United, triunfador otra vez. Llegará, a buen seguro, ensombrecido por uno de los dos grandes dinosaurios españoles, pero errará quien ose minusvalorar su ya legendaria capacidad competitiva.

Imagen | El País | RTVE.es

lunes, 18 de abril de 2011

Los petrodólares no dan títulos, pero facilitan su consecución


Víctor Úcar | Está más que demostrado que en el fútbol el dinero no lo es todo. Es cierto que ayuda a confeccionar un equipo más competitivo y permite contar con jugadores de más calidad. Sin embargo, y afortunadamente para el fútbol, todavía está prohibido comprar títulos —o al menos jamás ha sido demostrado que algún club haya cometido esta irregularidad en el pasado más inmediato—, y por ello sigue siendo un deporte con algo de emoción. Los dirigentes del Manchester City aterrizaron en Inglaterra en 2008 con la idea de hacer del City una potencia futbolística en la Premier League y también en Europa. Sin embargo, el conjunto celeste continúa sin añadir un solo trofeo a sus vitrinas, repletas de polvo desde los años 70.

Pero tres años después de la llegada de los petrodólares, el vecino «pobre» de Manchester —el United ha sido históricamente el equipo más potente de esta región inglesa, tanto en parámetros económicos como sobre todo deportivos—, tiene por fin la posibilidad de cambiar la tendencia. Es cierto que los red devils tienen la Premier prácticamente en el bolsillo y son favoritos para disputar la final de la Champions contra una de las dos superpotencias de la Liga BBVA —el Real Madrid o el Barcelona—, pero los citizens han logrado algo que hacía mucho tiempo que no conseguían: arrebatarle a su máximo rival la posibilidad de levantar un trofeo; superar el papel de víctima que han desempeñado habitualmente a lo largo de su historia; competir de tú a tú con el vecino «rico»... En definitiva, ser protagonistas por un día en la ciudad de Manchester.

Eso es lo que ocurrió ayer en el majestuoso templo británico de Wembley en las semifinales de la FA Cup, la competición futbolística más antigua del mundo. Los red devils, siempre favoritos en el derby de Manchester, acusaron las ausencias de sus dos estrellas: el delantero de la selección inglesa Wayne Rooney —sancionado por soltar improperios en un partido ante una cámara de televisión— y el veterano y talentoso Ryan Giggs —lesionado tras su magnífica actuación en la vuelta de los cuartos de final de la Champions contra el Chelsea—. Sin duda, dos bajas notables, puesto que se trata de los dos jugadores que mejor entienden este deporte en el conjunto que dirige Sir Alex Ferguson. Por su parte, el City arribaba en Londres con la ausencia de su referente ofensivo, el «apache» Carlos Tévez, posición que Mancini decidió cubrir con el italiano Mario Balotelli, dejando de nuevo a su fichaje estrella del mercado invernal —Dzeko — en el banquillo.


El partido auguraba un clásico choque inglés: las gradas abarrotadas, alternativas para ambas escuadras y mucho músculo e intensidad en el centro del campo. Sin duda, el equipo que fuese capaz de adueñarse de esa parcela del terreno de juego, partiría con una gran ventaja. Y ese es el motivo por el que los citizens consiguieron noquear a sus vecinos. En el primer período ambos conjuntos dispusieron de opciones interesantes, pero nadie se adueñó plenamente del esférico. Es cierto que el City atacaba con más intención que su rival, pero los red devils se agarraban a las siempre peligrosas internadas de Nani por banda y al peligro de su estilete con mayor envergadura, Dimitar Berbatov, en las jugadas aéreas. Sin embargo, en la segunda mitad todo cambió. El marfileño Touré Yaya decidió tomar las riendas de su equipo y, junto a su escudero el holandés De Jong, comenzó a ejercer una dictadura en el centro del campo que ahogó al Manchester United en su propia área. Los de Ferguson se habían quedado sin oxígeno. Y en uno de los intentos por desatascar el juego, Carrick erró un pase al borde del área del United que Touré adivinó a la perfección. El ex jugador del Barça se introdujo en el área y batió a Van der Sar por bajo con un disparo certero. La historia estaba cambiando.

Tras el gol de Touré Yaya, el partido se tornó agresivo, más intenso y muy físico. Mientras los citizens habían salido en el descanso con las ideas muy claras y con el único objetivo de ir a por el partido, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson, a pesar de estar físicamente en el estadio de Wembley, su actitud mostraba todo lo contrario. Parecía que el ManU no había saltado al césped del histórico campo inglés tras la reanudación, y que seguía en el vestuario. De Jong y Touré Yaya se hicieron dueños absolutos del centro del campo anulando a Scholes y Carrick, que ni siquiera con faltas conseguían arrebatarle la posesión a los musculosos futbolistas que dirige Mancini. Tampoco podemos olvidarnos de la labor de David Silva. Ayer, una vez más, el canario demostró ser el jugador con más calidad sobre el terreno de juego. Gestos sutiles, movimientos inteligentes y pases con una precisión desmesurada permitieron que su equipo le jugase de tú a tú a un Manchester United muy poco consistente y algo desconcentrado. Además, las bandas del conjunto citizen, lideradas por Barry y un omnipresente Kolarov, funcionaron como cuchillas afiladas, para desgracia de los red devils.


Y por si fuera poco, el veterano futbolista del ManU, Paul Scholes, ante la impotencia de ver cómo su equipo era incapaz de hacerle daño a su vecino de Manchester, decidió borrarse del partido a falta de 20 minutos para la conclusión con una entrada criminal y sin ningún sentido —que bien podría haber sido firmada por su mentor y compañero en el centro del campo en sus primeros años de profesional, el irlandés Roy Keane—. Triste final en esta competición para un jugador que ha marcado historia en el club —lleva 17 temporadas y ha afirmado que es probable que se retire el próximo verano— y que es un auténtico referente para la hinchada del United y también para todo el fútbol inglés. Pero paradójicamente, la expulsión del pelirrojo animó a los red devils y amilanó a los citizens. Solo la imprecisión de los de Ferguson pemitió al Manchester City crear algo de peligro en el área de Van der Sar durante los últimos minutos. Nani y el revulsivo Chicharito aportaron electricidad a su equipo y mantuvieron la esperanza hasta el final, aunque ambos sabían que el partido se había perdido en la reanudación debido a una grave falta de actitud de su equipo.

Una locomotora llamada Touré Yaya, bien secundada por sus compañeros, hicieron ayer del City un equipo compacto y difícil de franquear. Una victoria merecida que le permite al Manchester City jugar la final de la FA Cup contra el Stoke City —clasificado tras vencer por 5-0 al Bolton en la otra semifinal— y seguir creciendo como club. Una oportunidad de oro para que los jeques árabes empiecen a estar más tranquilos con sus multimillonarias inversiones —aunque no siempre efectivas—. Una ocasión de ver al vecino «pobre» de Manchester superar por una vez a su máximo rival. Pero la duda está en ver si los citizens serán capaces de aumentar su reducido palmarés o les podrá la presión ante un rival claramente inferior. Lo único que está claro es que, mientras sigan teniendo tanto capital para poder invertir en grandes jugadores, podrán aspirar a títulos con muchas más facilidades que el resto. Y eso, aunque no asegure su consecución, ya es una gran ventaja.

Imagen | Europa Press | Medio Tiempo | El País

miércoles, 13 de abril de 2011

El Chelsea cumple ciclo


Andrés Pérez | Se puede acusar al Manchester United de no practicar un fútbol bello y a Alex Ferguson de no ser especialmente valiente en la mayoría de eliminatorias de Champions League que encara, pero a cambio es innegable que el United creado por el escocés es una máquina difícilmente superable. No necesita de demasiadas estridencias para perforar la red rival y es solvente en defensa incluso cuando Rio Ferdinand, otrora capitán del Manchester y su selección, juega un partido entero lesionado. Esto último no dice demasiado de los atacantes del Chelsea, quienes no intentaron ni una sola vez explotar la carencia del central inglés, demasiado ocupados en solventar sus propios problemas como para aprovechar los del rival. Así las cosas, el Chelsea sumó una nueva decepción europea.

Y parece la última. Al menos de esta generación. Lampard, Terry, Drogba, Essien, Anelka, Ashley Cole, Malouda. La columna vertebral del mejor Chelsea de siempre acumula años a sus espaldas y no encuentra sustitutos de garantías capaces de aportar un mínimo de frescura a la anquilosada estructura blue. El United se rejuvenece progresivamente, sin grandes estridencias; el Arsenal es eternamente joven; el Liverpool siempre encuentra algún que otro outisder con el que competir dignamente; el Chelsea no cambia. Es el mismo de todos los años, solo que más viejo. Y en el fútbol moderno es algo que se paga. Lo comprobó anoche en Old Trafford: incapaz ante la solvente defensa del United, pero nada más. Ni Vidic ni Ferdinand, éste último cojeando desde los primeros compases del encuentro, necesitaron exhibirse para impedir la remontada del Chelsea.

El equipo de Ancelotti comenzó eléctrico, dominador, o al menos lo que en Inglaterra se entiende por dominador, sin que al United la idea le molestara demasiado. En cuanto tenía la oportunidad, Giggs y Carrick buscaban a Park Ji Sung o a Nani para imponer su velocidad en los flancos. Cuando no les encontraban era un esplendoroso Rooney el que bajaba a recibir para crear a su antojo en tres cuartos de campo. Rooney lo es todo en la parcela ofensiva del United cuando juega Chicharito, porque el mexicano no es, digamos, un delantero muy participativo. Se esconde y aparece en el momento más inesperado, presto a empujar balones a un metro de la línea de gol. Así, Chicharito lleva 15 goles en 22 lanzamientos a puerta esta temporada. No se le puede exigir mucho más.


Cuando Chicharito apareció para depositar a escasos centímetros de la portería un medido pase de Giggs desde la banda derecha, el Chelsea se descomponía. Ramires había recibido ya su primera tarjeta y las ocasiones que en minutos anteriores habían puesto en apuros a Van der Sar eran un mero recuerdo. Torres seguía sin aparecer, Lampard estaba lento y tan sólo las internadas violentas de Ramires imponían cierta inquietud entre los espectadores de Old Trafford. A pesar de todo ello, el Chelsea no estaba jugando un mal partido. Lo cual no dice mucho en favor de Ancelotti y su equipo, a decir verdad.

En la segunda parte la tónica del partido fue semejante. El Chelsea inició el periodo algo más dominador, o lo que en Inglaterra se entiende como algo más dominador, y el United se parapetó en torno a su portería, sin exagerar excesivamente el balance defensivo, para buscar a sus hombres rápidos arriba. Como Terry es una sombra de lo que fue y Alex nunca destacó por su velocidad, los delanteros del United se relamieron. Particularmente Nani, quien es un jugador inusualmente pletórico para lo individualista que se muestra. Por aquel entonces Drogba había sustituido a Torres y demostraba por qué la titularidad del español es una anomalía difícilmente explicable: se volvió el motor blue, anotó un golazo y tiró de su equipo en busca de la remontada. Para desgracia del marfileño, un minuto más tarde de su tanto llegaría el de Park Ji Sung. El coreano certificaba que la defensa del Chelsea era una feria y que su ciclo terminaba, posiblemente, ahí.

Imagen | El País

martes, 12 de abril de 2011

El Chelsea, la Champions, el fútbol, la maldición


Andrés Pérez | A John Terry, un londinense de treinta años que se eleva sobre el firme 187 centímetros, aún le deben atormentar los fantasmas de la noche del 21 de mayo de 2008. Terry por aquel entonces era uno de los centrales más temidos en toda Europa. Su planta de inglés cabreado le permitía intimidar a cualquier delantero que le hiciera frente. La colocación, la rapidez al corte y una contundencia inapelable hacían el resto. Es decir, nadie podía imaginar un tipo menos dado al llanto, a la compasión o a la fragilidad emocional que John Terry, capitán del Chelsea, nacido en Londres, 27 años, un tipo realmente duro.

Más tarde se descubriría que, además de todas las virtudes anteriormente descritas, Terry contaba con un turbulento pasado familiar, un padre traficante de drogas y un largo historial de festividades nocturnas y líos de faldas con compañeros de equipo y selección. Pero eso sería mucho más tarde de lo que sucedería aquella noche del 21 de mayo de 2008, cuando John Terry, con el 26 a la espalda, cuidaba meticulosamente cada paso que le acercaba al punto de penalti. Once metros más allá esperaba Edwin Van der Sar, un espigado y veterano portero holandés que en sus últimos años como profesional decidió defender los colores del Manchester United, posiblemente el mejor equipo del mundo aquella temporada. John Terry calculaba cada gesto, cada acción, cada bocanada de aire, cada mirada furtiva dedicada al balón, a la portería o a Van der Sar. Lo hacía porque frente a sí tenía una responsabilidad mayúscula, posiblemente la mayor que hubiera afrontado un jugador del Chelesea jamás.

Contexto. En junio de 2003 Roman Abramovich, un oligarca ruso y una de las personas más adineradas del planeta, había decidido invertir en el Chelsea Football Club, un histórico equipo inglés. Desde su llegada, Abramovich ofreció ilimitado presupuesto al cuerpo tecnico blue para que su equipo lograra títulos por doquier. Consiguió todo lo que se puede conseguir en Inglaterra y desde ese mismo año, 2003, el Chelsea pasó a ser uno de los mejores equipos del planeta alcanzando en sucesivas ocasiones las semifinales de la Copa de Europa. Un dato: los únicos jugadores ingleses capitales en el proyecto de Abramovich eran Lampard y Terry. Otro: tan sólo cinco años más tarde el Chelsea alcanzaría la final, ante el Manchester, en Moscú, Rusia.

Así que allí estaba Terry, cargando el peso de un sinfín de millones de euros invertidos en la consecución de la Champions League. La expectativa y la presión era tal que mientras Terry caminaba hacia Van der Sar las cámaras enfocaron a algunos de los jugadores del Chelsea en el círculo central. Allí se pudo ver cómo Lampard apenas encontraba aire para respirar, a Ashley Cole mirando fijamente el tupido césped de Moscú y a Ballack rezando por no perder otra final. Había llovido, el césped estaba mojado. Cuando John Terry, londinense de 27 años, 187 centímetros de altura, más de 80 kilos de peso, inglés de los pies a la cabeza, capitán del Chelsea, el único jugador de su equipo que no fue contratado con el peso de las libras, cuando John Terry, decíamos, se dispuso a lanzar, la historia decidió ser fiel a sí misma y recrearse en la crueldad.


Terry se resbaló. Su lanzamiento se estrelló en el poste. Los millones no son suficientes, parecía explicar el destino, el fútbol o la maldición. Jamás el Chelsea estuvo tan cerca de acariciar la Copa de Europa. Finalmente y como no podía ser de otro modo, el Manchester, un club de mayor bagaje histórico, se terminó llevando aquel campeonato cuando Anelka, delantero francés del Chelsea, falló su lanzamiento. Atrás quedaba Terry, su resbalón, su corpulencia estrellándose contra el firme, el retumbar interior de miles de aficionados. Atrás quedaba el Chelsea y atrás se ha mantenido desde entonces.

La crueldad del fútbol aún deparaba un vericueto igual de doloroso para el Chelsea y para John Terry. Al año siguiente, en las semifinales del mismo torneo, el Barcelona se clasificó más allá del último minuto de la eliminatoria para la final, en casa del propio Chelsea, tras haberse adelantado en el marcador al principio de la eliminatoria, tras observar impotente cómo sus jugadores caían en el área rival una y otra vez sin obtener premio alguno.

Esta noche, tres años después de lo que sucedió en Moscú, el Chelsea mantiene el mismo bloque y la misma estructura de aquel entonces. Apenas tres jugadores despuntan entre las mismas caras, los mismos gestos, las mismas piernas: Torres, Ramires y David Luiz. Éste último no podrá jugar esta noche precisamente ante le Manchester United. Al Chelsea, a Terry, se el acumulan los años y las posibilidades de vencer en Europa se evaporan. Los fantasmas no se han esfumado. El Chelsea perdió por un gol en el partido de ida contando con ocasiones muy claras para darle la vuelta al encuentro y comprobando, impertérrito, una vez más, cómo sus jugadores siguen cayendo en el área rival sin que nada suceda con posterioridad. El peso del fútbol, el peso de los años. El peso de la maldición que empuja al Chelsea al olvido de la historia, sin cronistas que narren sus victorias y con testigos de su tiempo que expliquen sus miserias.

Lectura recomendada | Cuando el fútbol castiga a quien menos lo merece (Manchester United 1 - 1 Chelsea) (Más que Fútbol) | Justicia poética (Chelsea 1 - 1 Barcelona) (Más que Fútbol) | Maquinaria pesada en movimiento (Diarios de Fútbol)
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martes, 22 de marzo de 2011

La clase media de la Premier se atasca en Europa


Víctor Úcar | En el eterno debate por saber cuál es la liga europea más competitiva hay muchos que se posicionan a favor de la Premier League. Y no les falta razón. Hace unos meses, en Más que Futbol, Mohorte realizó una profunda reflexión acerca de esta cuestión. Sin embargo, a la hora de valorar el potencial de los equipos que forman cada campeonato hay que tener en cuenta otra serie de factores, puesto que es una cuestión que difiere. Un gran termómetro para evaluar el nivel de un equipo consiste en comprobar su rendimiento en competiciones europeas. De este modo, la Premier puede presumir este año, una vez más, de contar con tres equipos entre el selecto grupo de ocho que se disputan la corona del fútbol europeo: Manchester United, Chelsea y Totenham. El Arsenal se quedó por el camino por culpa de un Barça poderoso. Sin embargo, las potencias de la Premier han demostrado que lo son también en Europa.

En cambio, la clase media de la liga inglesa no ha sido capaz de seguir la estela de sus hermanos mayores. Y es que no habrá ningún conjunto inglés entre los ocho mejores de la Europa League; un torneo que sirve para demostrar que hay vida más allá de las potencias futbolísticas europeas, así como para conceder una segunda oportunidad a aquellos equipos a los que la Champions League se les ha quedado grande. Pero a la vez un campeonato difícil y exigente, sobre todo durante las últimas rondas eliminatorias. Al fin y al cabo hablamos de levantar un trofeo, y eso nunca es una tarea sencilla. Aunque parecía serlo para Liverpool y Manchester City. Sin duda, clubes con un presupuesto y una plantilla muy superiores a las de la mayoría —o la totalidad— del resto de equipos de la competición.

El caso de los reds puede hacernos sentir incluso lástima, pues se trata de un conjunto histórico que posee cinco Copas de Europa y tres Copas de la UEFA en sus vitrinas, y que, sin embargo, actualmente camina por un sendero infructuoso. Sin duda hablamos de un clásico, un histórico participante de la máxima competición europea —después de siete años consecutivos, esta temporada es la primera en la que no ha logrado clasificarse para disputar la Champions League—, pero que atraviesa una etapa de cambios y de renovación, tras la salida de jugadores importantes, que le está impidiendo rendir como el club grande europeo que debería ser. El año pasado, al menos, los reds alcanzaron las semifinales de la Europa League tras quedar terceros en la fase de grupos de la Champions. Pero este año no han sido capaces de vencer al Sporting de Braga, un equipo que ha dado la sorpresa —una más esta temporada— y ha impedido que el equipo de Anfield Road luchase por un título que le permitiese salvar la temporada.


Por su parte, el modelo impuesto por el jeque árabe del Manchester City sigue sin ser productivo. Muchos millones invertidos en fichajes, pero el equipo de Roberto Mancini no logra rentabilizarlos con títulos. En esta ocasión, los ucranianos del Dinamo de Kiev frenaron las aspiraciones de the citizens en esta edición de la Europa League, por lo que, un año más, los vecinos del Manchester United continuarán sin tener un nombre en el fútbol continental actual. El 2-0 de la ida se convirtió en una losa importante para el conjunto del norte de Inglaterra, que solo fue capaz de anotar un gol, por mediación de Kolarov, en el City of Manchester en el choque de vuelta. El italiano Mario Ballotelli se convirtió en un gran impedimento para sus compañeros al ser expulsado por una entrada injustificada a la media hora de partido. De este modo, una Recopa de Europa es el único título internacional que ha conseguido el City hasta el momento, y de eso hace ya más de 40 años.

Tampoco debemos olvidarnos que el Aston Villa, sexto en la Premier la temporada pasada, era el equipo que conformaba la terna de equipos clasificados para esta competición, pero los villanos tiraron por la borda su gran campaña 2009/2010 en Inglaterra al no clasificarse siquiera para la fase de grupos del torneo. Y es que este año, la clase media de la Liga Inglesa ha ofrecido un rendimiento muy inferior a lo esperado. Es cierto que, durante los últimos años, los equipos ingleses no han sido capaces de situarse entre los mejores conjuntos de la segunda máxima competición europea —únicamente un subcampeonato del Middlesbrough en la edición de 2006—. Pero la temporada pasada, en la que el Fulham fue subcampeón y el Liverpool semifinalista, los resultados invitaron a creer en un cambio de dinámica. Más aún viendo que este año un club histórico de la Copa de Europa, como el Liverpool, y un aspirante a ser un equipo grande con una plantilla temible, como la del Machester City, participaban en la edición de este año. Dos claros candidatos a llevarse el trofeo de la Europa League. Sin embargo, equipos con un potencial inferior, pero con mucha más entereza han tirado por tierra las expectativas de la clase media inglesa. Está claro que tienen mucho que aprender aún de sus hermanos mayores de la Champions.

Imagen | Zimbio

lunes, 21 de marzo de 2011

Un día más en casa de Su Majestad


Andrés Pérez | Viendo al Arsenal perder en West Bromwich uno podría caer fácilmente en la tentación de pensar que con un delantero como Van Persie el equipo londinense jamás ganará nada. Claro que para entonces Van Persie empujaba el empate a dos en la desangelada portería de Carson, certificando una muy emocionante remontada en un más que vibrante partido. Al Albion se le había pintado el partido de cara cuando en los primeros minutos la defensa del Arsenal decidió observar el transcurrir del universo en un córner. Más aún cuando ya en la segunda parte, sin especial intención del conjunto de Londres de poner en aprietos a la defensa blanquinegra, Almunia decidió hacer las delicias del realizador de la televisión inglesa saliendo a ninguna parte. Obviamente, el encargado de la retransmisión enfocó a Lehmann tras la espectacular pifia. Humor inglés.

Entre tanto el Arsenal dejaba escapar la Premier. Una vez más. La jornada pasada, cuando el United se mostraba ciertamente endeble en Anfield, el equipo de Wenger empató en casa ante el Sunderland. Así, a lo grande. El Manchester, del cual se puede afirmar que su capacidad de crear fútbol es como poco dolorosa, ya encarrilaba su decimonoveno título liguero a pesar de todo venciendo por la mínima y sin necesidad de mostrar mayores alardes. Para qué, se podría preguntar Ferguson cada jornada, si el Arsenal está empeñado en no ganar la Liga. Decía que observando al Arsenal perder ante un equipo que lucha por la salvación, Van Persie no se muestra como un delantero temible. Tampoco del joven Koscielny se podría decir lo mismo, espigado muchacho francés al que en un momento de la segunda parte se pudo ver caer presa de la desesperación a la que le sometió Odemwingie. Ni de Ramsey, que en la primera parte envió un balón al cuerpo de Carson a escasos metros de la línea de gol, con la admirable dificultad que ello conlleva. En general, el Arsenal no da miedo. Acaso inspira cierta compasión a estas alturas, pero no demasiado temor. Y generalmente es un factor que identifica a un equipo campeón.


Es cierto, sería injusto reclamar que el Arsenal volviera a convertirse en aquel conjunto puramente inglés del pasado, en lo que lo más parecido a un pase en el centro del campo era un cabezazo. Pero, en fin, un mínimo de competitividad entra dentro de los cabales de cualquier aficionado. Quien sí parece haber recuperado la dignidad extraviada es el Liverpool, que se impuso cómodamente ante el Sunderland y que en la segunda vuelta firma números de campeón. Una pena que Roy Hodgson lo estropeara todo con su absurdo propósito de tener la carrera de entrenador más bizarra de todos los tiempos. Luis Suárez abandera el rejuvenecido Liverpool de Dalglish en su segunda etapa como entrenador. Sin Torres, quien ejerce de delantero es Carrol, gigantón delantero comprado al Newcastle y al que, en forma, se le adivinan interesantes virtudes junto al uruguayo. Suárez vive desatado. En todos los sentidos. Ayer estuvo a punto de marcharse a la caseta expulsado segundos antes de firmar una obra de arte digna de un genio. Junto a ellos Kuyt vuelve por sus fueros y hasta Lucas Leiva aparenta ser un mediocentro convincente. Cuestión de psicología.

Psicología que enfrenta a Torres con sus demonios. Lejos de la camiseta que portó en Liverpool, el delantero español parece otro futbolista. Ayer ante un Manchester City realmente deprimido tras su eliminación en la Europa League, Torres jugó junto a Kalou en punta y revoloteó entre Kompany y Lescott de aquí para allá, conduciendo hasta el área pero siempre en el lugar inoportuno en el momento requerido. Demasiado lejos o demasiado cerca del pase, nunca en el punto exacto. Así Torres fue incapaz también en su séptimo partido de anotar un gol vistiendo de azul, y posiblemente la ansiedad comenzará a apoderarse de su cabeza. Implicando, por consiguiente, un menor rendimiento dadas sus cuitas internas. A pesar de todo ello, el Chelsea jugó bien, lo cual no deja de ser noticia en Inglaterra. David Luiz volvió a demostrar que es el central del futuro para pasmo del City, incapaz de comprender que el auténtico baluarte ofensivo de los blues no es ninguno de sus cuatro excelsos delanteros, sino un chaval melenudo proveniente de Brasil. Cosas de un día más en casa de Su Majestad, ya ven.

Información adicional | Así está la Premier
Imagen | El País | Los Tiempos

martes, 15 de marzo de 2011

Ryan Giggs, eterno «diablo rojo»


Miki Salazar | El 2 de marzo de 1991 Ryan Giggs vestía por primera vez la camiseta del Manchester United en un partido oficial. Lo hizo en Old Trafford ante el Everton, en un encuentro en el que los locales perdieron por 0-2. El resultado no fue ninguna sorpresa ya que por entonces los «diablos rojos» vivían tiempos de vacas flacas. Llevaban casi 25 años sin conseguir un título liguero y el partido de su debut se convirtió en su octava derrota consecutiva. Sin embargo, los tiempos cambian. Dos décadas más tarde hablar del Manchester United es hablar uno de los equipos más laureados de la Premier League y de Europa. Pero no sólo eso, sino que hablar de este Manchester, el de los 90’s y 00’s, el de Sir Alex Ferguson, el de los éxitos, es hacerlo de Ryan Giggs.

El galés ha batido todos los récords que se ha propuesto a lo largo de su carrera como profesional, vistiendo siempre los mismos colores. Sin ir más lejos Sol Campbell y él son los únicos jugadores que hasta el momento han disputado todas las ediciones de la Premier League desde su creación en 1992. Pero además, Giggs también puede presumir, esta vez en solitario, de haber marcado en las 19 ediciones disputadas hasta la actualidad. Y amenaza con engrosar sus marcas, ya que ha renovado por una temporada más con su equipo de toda la vida.

Pero «the whels wizard» —el mago galés— no vive solo de los números. El extremo ha sido una pieza clave las últimas dos décadas en el Manchester United y ningún jugador con los que ha compartido vestuario ha sabido transmitir tan bien como él lo que es el amor a unos colores. No en vano, es historia viva del Club, máximo exponente del cambio y de los éxitos que los «red devils» han cosechado desde los noventa.

Formó, junto con Beckham, los hermanos Neville, Butt y compañía, aquel equipo que devolvió la gloria al Manchester United y que consiguió el triplete en la temporada 98/99. Ni Giggs ni ningún aficionado al fútbol olvidarán nunca aquella final de infarto disputada en el Camp Nou ante el Bayern de Munich. El protagonismo lo acapararon otros futbolistas pero poca gente recuerda que el primer tanto nació de las botas del galés que conectó una volea en la frontal del área tras un córner que incluso Schmeichel había subido a rematar. Sheringham, como siempre en el mejor momento, en el mejor lugar, solo tuvo que impulsar el balón a escasos metros de la línea de gol. Sin desprestigiar al fantástico delantero inglés, faltaría más.


Aunque si hubiera que destacar una jugada a lo largo de su carrera sería la realizada esa misma temporada en la semifinal de la FA Cup ante el Arsenal. En el minuto 110 de partido y con empate a uno, Giggs recibió el balón en su propio campo y comenzó la carrera. Carrera que nadie pararía y en la que Ryan mostró sus más punzantes cualidades: velocidad y slalom. De esa forma recorrió todo el campo rival, zafándose de tres contrarios y definiendo con un misil imparable para Seaman. Uno de los goles antológicos anotados en la competición inglesa.

El jugador, nacido en Cardiff, jamás ha visto una tarjeta roja en sus 20 años como profesional, algo que por sí solo habla de su caballerosidad y juego limpio. La misma caballerosidad le llevó a rechazar jugar en la Selección Inglesa absoluta, pese a que en las categorías inferiores había sido incluso su capitán. La decisión de representar a su Gales natal le privó de disputar una Eurocopa o un Mundial, algo de lo que el extremo nunca se ha arrepentido aunque seguro le hubiera gustado hacerlo. Todavía hay personas que se pregunta qué hubiera pasado con los «pross» si hubiera escogido jugar con ellos. Nunca lo sabremos.

Lo que sí que es seguro es que Ryan Giggs es una leyenda viva. No solo por los títulos obtenidos a lo largo de su carrera profesional —-11 Ligas, 4 Copas de Inglaterra, 4 Copas de la Liga, 8 Supercopas de Inglaterra, 2 Champions, 1 Supercopa de Europa, 1 Intercontinental y 1 mundialito de Clubes— sino por todo lo que representa su figura. Bobby Charlton, George Best y Denis Law tienen una estatua en los alrededores de Old Trafford rememorando la «Santa Trinidad» de los «diablos rojos». Cuando definitivamente Giggs cuelgue las botas, si la historia es justa con él, no sería nada descabellado que terminara compartiera destino con ellos en las inmediaciones del Teatro de los Sueños. ¿Quién mejor que él para definir el actual United?

Imagen | The Guardian

lunes, 7 de marzo de 2011

El Arsenal desaprovecha otra oportunidad


Andrés Pérez | Sobre el Arsenal recae constantemente la sombra de la duda. Tras la desmembración del último gran equipo construido por Wenger, con Vieira, Henry o Pires como principales baluartes, el Arsenal, hace ya seis años, se reestructuró. Wenger optó por una idea romántica: crecer en torno a jóvenes talentos, futbolistas adelantados a su edad, en estado de madurez prematura, siguiendo el espejo de Fábregas, principal exponente y líder del nuevo proyecto del francés. Como experimento ha resultado ser a un tiempo bello e impotente: el don de la eterna frescura es un deleite para el aficionado neutral pero no tanto para el gunner, dado que desde entonces el Arsenal no obtiene ningún título.

La última oportunidad perdida fue en la Carling, un trofeo en apariencia menor, ante el Birmingham. Este Arsenal adolece de una falta de competitividad alarmante que se prolonga en el tiempo y cierne sospechas sobre la idea romántica, y por el momento estéril, de vencer con críos superdotados. El último ejemplo de ello se pudo observar el pasado fin de semana ante el Sunderland: llegaban los de Wenger con la posibilidad de recortar distancias respecto al Manchester, que había perdido en el campo del Chelsea durante la semana. Lejos de mostrarse firme en su propósito y seguro de sí mismo, el Arsenal se estrelló repetidamente contra la defensa del Sunderland sin que, por más de que gozara de algunas ocasiones puntuales, pareciera doblegar al conjunto norteño. El Sunderland, incluso, pudo llevarse los tres puntos del Emirates.

La pifia fue doble cuando el Manchester se dejó a Nani y su imagen de intocable campeón en Liverpool, donde un estelar Luis Suárez y un oportunista Kuyt —tres goles— revivieron glorias pasadas. De haber vencido al octavo clasificado de la Liga, el Arsenal estaría ahora a un punto de los mancunianos con un partido menos y teniendo que enfrentarse aún al United, con toda la carga psicológica que ello tendría. No fue capaz. El juguete de porcelana construido por Wenger no es más que una bonita obra de arte ineficaz en los momentos clave. O al menos eso parece empeñado en demostrar. Mañana tiene la oportunidad de echar por tierra los argumentos de este artículo haciendo valer la ventaja que obtuvo en el Emirates ante el Barça en el partido de ida de los octavos de la Champions League. Sucumbir de nuevo en una cita clave de la temporada podría suponer el toque de gracia de la idea edulcorada y dulzona de Wenger, estilista pero perdedora.

Imagen | Medio Tiempo.com

miércoles, 2 de marzo de 2011

Tendencias


Andrés Pérez | No hace mucho, Canal + promocionaba la Premier League con imágenes de partidos en vertical. La sutil metáfora ejemplifica a la perfección la forma de plasmar gráficamente los estados emocionales de los equipos ingleses: a diferencia de la expresión horizontal de la selección española y el actual Barça, en Inglaterra la voracidad ofensiva se plasma en el eje de coordenadas Y, para deleite del espectador ansioso de emociones primarias alejadas de cualquier superficialidad estética. Anoche, tanto Manchester United como Chelsea intercambiaron papeles y asumieron el rol de equipo avasallador/avasallado en función de la capacidad física y psicológica de sus futbolistas.

Fue el United el primero en leer con acierto la debilidad del rival. Si el partido se resume de algún modo, es en la capacidad de ambos de oler la sangre de su adversario. El United, equipo que hace de la velocidad y la movilidad en la parcela ofensiva su forma de existir, mareó durante veinte minutos a un Chelsea apático. Ivanovic y Ramires miraban estupefactos cómo Nani y Evra reinventaban el concepto más anticuado del fútbol: tocarla y ofrecerse al espacio. Por la banda izquierda, vía Evra, llegaban las mejores ocasiones del United. Todas ellas quedaron refrendadas en el gol de Rooney, disparo raso y ajustado al borde de la frontal ante la pasividad dolorosa de la defensa del Chelsea. David Luiz, imperial anoche, incluido.

El Chelsea sucumbía como un juguete roto ante la presumible exhibición ofensiva de Chicharito, Nani, Rooney o Fletcher. No fue tal puesto que en un campo inglés la verticalidad no es una constante. Alejados de la monotonía de los conjuntos dominadores en el plano horizontal, el equipo inglés medio no entiende de constancia y funciona por tendencias. En ocasiones inclina el campo hacia la portería rival; en ocasiones hacia la propia. Así, en el filo que separa la gloria del desastre saltando por encima del centro del campo, United y Chelsea regalaron una segunda mitad vertiginosa.

Antes de ella, al final del primer tiempo, el Chelsea recuperaba sus constantes vitales de la mano de Essien y un interesado pero impotente Lampard. Ramires, jugador que necesita de sus mejores compañeros para rendir, comenzaba a carburar. Anelka corría. Torres aún no. Entre tanto, Ivanovic y Cole decidían volver a parecer futbolistas. Ya en la segunda parte todo rotó en torno a David Luiz, mejor jugador arriba y abajo del conjunto de Ancelotti y central para varios lustros: inteligente al corte, fuerte en el contacto, rápido y con buen manejo de balón, el brasileño destrozó los planes del United voleando un balón a la red dentro del área. Fue David Luiz el empuje y Drogba y Lampard los repuntes finales: uno y otro se bastaron para poner de los nervios a Vidic, que terminó expulsado. Penalty que jamás fue, Lampard que fusiló y victoria marcada por la tendencia decreciente del United y creciente, a base de tensión, del Chelsea.

Cosas del fútbol inglés, en Londres la alegría hoy es doble.

Imagen | Clarín

sábado, 12 de febrero de 2011

El premio a la genialidad


Andrés Pérez | Restaban apenas quince minutos para que finalizara el United - City cuando Nani, abierto en banda, levantó la cabeza y puso el balón en el área de Hart. Para entonces ya sucedía la genialidad: Rooney había deducido que el balón se iría algo largo para un remate de cabeza, con lo que se desprendió levemente de Kompany y encadenó en el aire una serie de movimientos a mitad de camino entre lo terrenal y lo espiritual para conectar una tijereta memorable, a la escuadra del portero del City, impotente ante semejante demostración de talento. El United anotaba su segundo tanto.

El valor de la obra de arte de Rooney valía una distancia de ocho puntos —con un partido menos— con su perseguidor vecino, y en la práctica la eliminación teórica del conjunto de Mancini. Se trata del premio a la genialidad, rara vez obviado por el fútbol. Es este un deporte generoso con los arrebatos geniales de los futbolistas inconstantes y superdotados, no tanto con aquellos regulares cuya letanía se desplaza por el terreno de juego durante la totalidad del partido, haciendo y deshaciendo en todos los tramos del juego. Por ello, el gol de Rooney ocultaba a dos hombres: Silva por un lado, revelándose día tras día como uno de los mejores jugadores de la Premier, cabeza erguida y zancada divina; Giggs por otro, cuyas canas en la barba no impiden que repita para pasmo del joven aficionado mancuniano lo que era capaz de hacer en plenitud de juventud, bailar a su par al filo de la banda, en el borde de la marginación.

Tanto Silva como Giggs saben erguirse en los momentos de importancia capital como líderes de sus compañeros. El canario, inclusive, tiene los arrestos futbolísticos necesarios como para compartir encabezamiento espiritual con el capitán nato que es Tévez. Ambos representaban a sus dos equipos en un encuentro paradigma de la Premier: emocionante e imprevisible. Para rematar el cuadro que United y City dibujaban en Old Trafford para deleite del espectador, apareció Rooney. Su gol completaba el significado de Silva y Giggs, del partido, de la Premier, del fútbol. La pincelada estilista y barroca, por excesiva, que decantó la balanza. Porque la genialidad es un boleto de lotería inevitablemente ganador.

Imagen | El Espectador

lunes, 29 de noviembre de 2010

Por qué la Liga española es peor que la Premier


Andrés Pérez | Ayer Twitter se revolucionó tras amanecer con un interesante artículo de John Carlin en El País. Las palabras del afamado periodista inglés causaron todo un aluvión de respuestas, gran parte de ellas negativas en tanto que los datos ofrecidos por el redactor estaban sesgados y eran tendenciosos. En lo esencial, Carlin criticaba el proceso por el cual la Liga española quedaba reducida año tras año a un pulso legendario pero solitario entre Real Madrid y Barcelona, advirtiendo al mismo tiempo de los riesgos que esta singularidad podría provocar en la competición: su propia muerte.

El titular era todo un preludio de lo que se desarrollaría en el texto, Crónica anunciada de la muerte de la Liga española:

Échenle un vistazo a la tabla de la Premier League escocesa y a la de la Primera División española. Los números del Celtic y el Rangers son casi iguales que los del Real Madrid y el Barcelona, con la diferencia de que los dos grandes españoles conceden menos goles por partido y marcan más. Los locutores de televisión españoles nos siguen chillando que aquí tenemos la mejor Liga del mundo, pero ni ellos se lo creen. ¿Cuándo se van a enterar de que insistir en semejante bobada demuestra una enorme falta de respeto hacia el telespectador?

No le falta razón a Carlin cuando señala que la competición española no difiere tanto de la escocesa, al menos en la estructura del campeonato. Algo, claro, que devalúa el prestigio de la Liga.

No crean que en el resto de Europa no se dan cuenta. Los periodistas, los ex jugadores, los blogueros y demás opinadores de Inglaterra, Italia, Alemania, Francia, Noruega o donde sea se cachondean de lo que está pasando aquí. La Liga española no solo no es la mejor del mundo, dicen, sino que compite con la escocesa por ser la peor.

Hasta ahí bien, Carlin no dice nada que más o menos no se haya señalado en otros foros españoles. El problema, y por lo que deduzco se desata la polémica, surge cuando Carlin aporta como argumentos de peso las goleadas que tanto Barça como Madrid consiguen cada fin de semana, siendo el Almería 0 - 8 Barcelona la cima de la superioridad del poderoso sobre el débil. Cuesta entender cómo un inglés, conocedor del fútbol y periodista de prestigio cae en un error tan tendencioso. Porque es un dato tendencioso.

Una breve relación de goleadas en la Premier League inglesa que tan felizmente glosa Carlin: el Chelsea consiguió nada más comenzar la Liga dos 6-0, y este mismo fin de semana el Manchester United ha anotado siete tantos, cinco de ellos de Berbatov. No parece pues una goleada el mejor baremo para medir la calidad de uno y otro campeonato.

Diferencias entre los grandes y los pequeños las habrá siempre. Goleadas también. Es absurdo intentar medir la calidad de una Liga por el número de goles anotados puesto que, en ese caso, la italiana pasaría por ser el campeonato más igualado del planeta cunado no se trata más que de otra forma de entender el fútbol. Claro que, hay diferencias y diferencias. Y Carlin le hubiera dado un mayor peso a su artículo con los siguientes ejemplos, que reflejan algo mejor la actual situación de desnivel en la liga española y en la liga inglesa:

Partidos perdidos

Me remitiré únicamente a los datos de la temporada pasada, culmen en este sentido de la enorme diferencia creada entre el Madrid, el Barça y el resto.

El campeón de la Liga española, el Barça, perdió un único partido en toda la temporada. El Madrid, su único e inmediato seguidor, cayó en cuatro ocasiones. En total, ambos equipos, primero y segundo, perdieron cinco partidos en todo el campeonato. Esto implica una brecha evidente entre los dos grandes y el resto de conjuntos: tan sólo en momentos de lógico bajón de rendimiento algunos conjuntos fueron capaces de vencerles.

En total, sólo tres equipos pudieron imponerse a uno de los dos: Atlético de Madrid, Sevilla y Athletic de Bilbao. Situaciones puntuales. Por lo demás, tanto Madrid como Barça cumplían como meros trámites el resto de partidos: ganaron 31 de 38 partidos.


Premier League: el Chelsea, campeón, perdió seis partidos. El Manchester United hizo lo propio una vez más, siete. Entre ambos suman trece derrotas en toda la temporada, más del doble que los dos primeros del campeonato español. La lectura preliminar da a entender que en Inglaterra hay un mayor elenco de conjuntos capaces de imponerse a los dos principales favoritos y que, por tanto, hay mayor igualdad.

Ocho equipos hincaron el diente a los dos primeros clasificados: Manchester City, Aston Villa, Everton, Tottenham, Wigan, Burnley, Fulham y Liverpool. Paradójicamente, el tercer clasificado, el Arsenal, perdió sus dos partidos ante Chelsea y United. En la relación de equipos que se impusieron a los dos más poderosos encontramos, incluso, a un descendido. Algo impensable y muy improbable en la Liga española.

Diferencia de puntos

Otro factor que mide la competitividad de un campeonato u otro es la diferencia de puntos entre los primeros y los siguientes.

En la Liga española Barça y Madrid obtuvieron 99 y 96 puntos respectivamente, rozando conjuntamente los 200. La diferencia entre el primer clasificado y el tercero es abrumadora: el Valencia consiguió 71 puntos, 28 menos que el Barça y 25 menos que el Real Madrid.


En Inglaterra, por contra, el tercer clasificado, el Arsenal, se mantuvo a 10 puntos del Chelsea. Para encontrar una diferencia semejante a la del Barça (primer clasificado en España) y el Valencia (tercer clasificado) en Inglaterra hay que irse hasta la octava posición. Allí se ubica el Everton, que hubiera necesitado 24 puntos más para igualar la puntuación del campeón. Esto es: mientras que en Inglaterra hay ocho equipos en menos de treinta puntos, en España hay dos.


En la Liga española, el octavo clasificado, el Athletic de Bilbao, se clasificó a 42 puntos del campeón. Para encontrar una diferencia semejante en la Liga inglesa hay que descender hasta la decimotercera y decimocuarta posición: Sunderland (-42 respecto al Chelsea) y Bolton (-47). Parece evidente que las diferencias son menos acusadas en el campeonato británico.

Conclusión

En Inglaterra hay un elenco de equipos mucho más amplio capaz de plantar cara a los dos conjuntos favoritos a alzarse con el campeonato. ¿Significa esto que hay más candidatos al campeonato? No. Significa que los favoritos y los que al final se jugarán la Liga por presupuesto y plantilla tienen mayores dificultades a la hora de cumplir sus objetivos y que las posibilidades de que aparezca un tercer equipo en discordia son más altas dada la menor brecha entre los dos primeros y el resto. En España, esta última posibilidad, habida cuenta de la facilidad con la que Madrid y Barça se imponen al resto, es muy improbable.

En esencia, los campeonatos se disputan entre dos o tres equipos anualmente. Siempre sucede así. En Inglaterra han ganado el campeonato cuatro equipos distintos en los últimos quince años. En España cinco. ¿Significa eso que hay un mayor nivel competitivo, en la actualidad, en España? No. La competitividad se debe medir por la dificultad mediante la cual los grandes obtienen sus victorias, y, habida cuenta de los datos, los grandes en Inglaterra encuentran mayor oposición que en España, donde apenas hay resistencia.

Es cuanto menos discutible pretender equiparar la situación de ambas ligas hoy aportando datos de hace quince años. El problema de la Liga es del presente y nace en el ya comentado fatal reparto de los beneficios televisivos, donde Madrid y Barcelona se llevan 140 millones de manera independiente. En este post de Ruben Uría se aprecian las notables diferencias entre la Liga española y el resto. Las diferencias económicas aquí son mucho más acusadas.

A menor reparto equitativo del dinero, mayor es la brecha entre poderosos y débiles. No hay que ser ningún erudito para deducirlo. A fin de cuentas, nos guste en mayor o medida Carlin, se equivoque en sus argumentos y haga un análisis sesgado o no, todo se reduce a lo que comenta al final del artículo:

No importa cuál sea la posición en la tabla de los rivales del Chelsea, el Manchester United o el Arsenal: antes de cada partido, todos saben que puede pasar cualquier cosa. Los estadios están llenos, las gradas vibran. Hay teatro, hay emoción.

Y en España no hay emoción.

Fuente | Wikipedia

lunes, 23 de agosto de 2010

El fútbol, Hangeland, el romanticismo

Andrés Pérez | Brede Hangeland es un tipo alto y desgarbado, de complexión endomórfica, rubio, y, se mire por donde se mire a primera vista, desde luego no la imagen idílica de un futbolística. Sus carencias técnicas son evidentes y se siente inseguro con el manejo del balón. Hangeland, noruego nacido en Estados Unidos, en Houston, es un defensa de empuje y despeje: lo suyo es ser expeditivo. No reúne ningún requisito particular por el que amarle en el ejercicio de su profesión ni por el que pasará a la historia. De momento.

Hangeland es uno de tantos. Está bien, su aspecto es especial, tiene una mirada inquieta y áspera, quizá alicaída, melancólica. En fin, es noruego, no son tipos efusivos. Pero, a fin de cuentas, Hangeland es otro central más, uno de tantos que honradamente trabaja cada fin de semana en los duros campos de la Premier League esperando que su contrato sea renovado, anhelando que Drogba o Rooney no tengan el día, volviendo a casa felizmente, saboreando la gustosa nula exposición mediática con su familia, probables hijos, novia, mascota o, simplemente, con cualquier amigo por fortuito que sea.

Cuando a mediados de al segunda parte Nani botó un córner y Hangeland empujó el balón con la espinilla hacia la red de su propio equipo, el Fulham, un coqueto y pequeño club del centro de Londres que viste la casaca de local en uno de los estadios más románticos que se imaginan, el mundo, al noruego, se le venía encima. Tras un partido espectacular, puramente inglés, e intenso, el Fulham caía víctima de una jugada fatal en la que su rival apenas hizo gran cosa por adelantarse. Caer por un gol en propia siempre es doblemente dramático y peripatético: ni siquiera se obliga al rival a ser mejor que uno mismo.

Por aquel entocnes Hangeland era la víctima. Al rato, el fútbol, una fuente inagotable de injusticia pero, de vez en cuando, gustosa en otorgar dosis de romanticismo a cuentagotas, premió, casualidad o causalidad, quién sabe, a Hangeland. En otro córner, cerrando el círculo de esta historia, Hangeland aprovechó su altura y aspecto desgarbado para empujar la pelota a la red. Empataba el Fulham y Hangeland lo celebraba pausadamente, en frío, asumiendo que era su cometido y el de nadie más. El Fulham empató. Quienes vieran el partido se emocionarían. Hangeland simplemente, saboreó en diez minutos las mieles del éxito y del fracaso.

El fútbol ha vuelto. Las últimas gotas de romanticismo en el deporte, con él.

Imagen | RTVE

miércoles, 27 de mayo de 2009

Y ustedes, ¿se acuerdan? (Barça 2 - 0 Manchester United)

Andres Pérez | ¿Se acuerdan de lo que sucedió en el año 2004? El Oporto rácano e industrial de Mourinho comandado magníficamente por Deco se imponía en la Copa de Europa. Días después, Grecia, la Grecia de Otto Rehaggel, la Grecia del absoluto cerrojazo en torno a Nikopolidis se imponía en la Eurocopa. En una Eurocopa mediocre y aburrida, donde el único aliciente de observar a un equipo netamente inferior imponiéndose a todos los demás le dio atractivo. Hagan memoria. Observen. Recuerden ahora lo que sucedió, hará en un mes, el año pasado. España se impuso ante el resto de Europa con un fútbol preciosista, técnico, virtuoso, ofensivo, precioso. Estilista. Un fútbol protagonizado por benditos locos, obsesionados con la estética, despreocupados por todo aquello que no sea jugar al ataque, jugar no ya a ganar, sino a crear arte. Anoche el Barcelona, tal y como hiciera el conjunto de Aragonés hace un año, alcanzó exactamente la misma hazaña. El Barça, este Barça, es historia. Leyenda. El Barça ha conseguido demostrar al mundo que un valor, una filosofía torpedeada por el fútbol pragmático, es capaz de conquistar el planeta.

Es posible que cada uno tenga sus gustos, que la propuesta del Barça no tenga porqué contentar a todo el mundo, pero desde este mínimo rincón de Internet permitan que un servidor se maraville y se congratule de que éste sea el fútbol que impere. El fútbol que conquiste títulos y no se convierta en polvo. No creo que haya comparación entre aquel Oporto y este Barça, como no la hay entre aquella Grecia y esta España. En cinco años el fútbol ha cambiado, y lo que antaño parecía estar determinado por el tacticismo y la ortodoxia de los entrenadores ha dejado paso a un fútbol dominado por la valentía, por el virtuosismo. Por los futbolistas. Por Xavi. Una vez más, Xavi se alzó por encima del bien y del mal y dictaminó el sino de un partido. Su letanía es silenciosa. Dibuja el fútbol como nadie y desiste de llamar la atención. No por ello se ha de menospreciar su valor, ya que, entendamos, Xavi es por méritos propios y más allá de lo que diga el fútbol mediático, el mejor jugador de la Eurocopa y el mejor jugador de la final de la Copa de Europa.

Y posiblemente el mejor jugador del planeta junto a su fiel escudero, junto al más completo y por antonomasia virtuoso. Junto al héroe de Stamford Bridge, Iniesta. Ambos, junto a Puyol, han ganado en un año cuatro títulos de alcance y han otorgado tanto a la selección como al Barça otro estatus histórico. Es una obviedad, sí, pero hay que recordarlo: el Barça ha ganado todo lo que ha disputado este año; y voy más allá, no sólo ha ganado sino que lo ha hecho de la manera más brillante posible, con un fútbol perfecto ante el cual los rivales no tienen nada que hacer. No es tanto la maravilla que fabrica Xavi y engalonan los demás cada partido lo que hace de este Barça un prodigio como la capacidad que tiene de adormecer a su rival, de amilanarlo, de conseguir que, embelesado, se diluya entre las triangulaciones infinitas de unos diabólicos pequeños futbolistas. La prueba más refutable de ello es el Manchester de anoche. Se hundió, anonadado, ante el fútbol de su rival. No supo desplegar su juego, lo cual no implica que no lo tenga. El Barça anula a los rivales, ahí reside su verdadero mérito.

Y anoche, obviamente, no podía ser menos. En realidad, si detalláramos en verdadera profundiad los pormenores de la final, encontraríamos un partido plano y común. Común entendido como la tónica general a la que el Barça nos trae acostumbrados durante toda la temporada. No fue un partido brillante, ni emocionante. No más brillante que el resto de año que el conjunto de Guardiola lleva firmando. Guardiola. Otro inciso: Xavi es su reflejo como fue el reflejo del pensamiento de Aragonés en Austria. Esta es una obra de Guardiola, su más perfecta creación. Su valentía, su aplicación absoluta en cada circunstancia de su ideario futbolístico hacen de su figura la clave para comprender todo lo sucedido este año. Decíamos que el partido fue común. El Barça jugó siempre a lo que ha jugado durante todo el año y ante tal caudal el Manchester se diluyó, se ofuscó, se perdió, no comprendió jamás lo que se gestaba a su alrededor. Puro fútbol.

Comenzó el conjunto de Ferguson, quien ayer erró el planteamiento de manera escandalosa, altivo, poderoso, campeón de Europa. Personificado todo ello en Cristiano Ronaldo, egoísta y ególatra como pocos pero un gran jugador a fin de cuentas. Cuatro disparos suyos sirvieron para desquiciar el planteamiento inicial del Barcelona y sembrar dudas sobre si el conjunto baulgrana podría dominar y aplastar al Manchester tal y como lleva haciendo desde que comenzó el curso futbolístico. Duraron las dudas diez minutos. El tiempo suficiente para que Iniesta arrancara frente al mundo desde el medio campo, abriera a Eto'o y éste firmara un golazo tras sentar a Vidic. De ahí al final de la primera parte sólo hubo un equipo sobre el terreno de juego. Un equipo, que por cierto, desistió de imponer su ley inmediatamente. Sabe el Barça, y ahí reside otra de sus virtudes, que la paciencia es una virtud magnífica cuando se plantea un fútbol de este calibre. No se lanzó desaforadamente por tanto a por el partido. Lo templó. Lo dominó. El Manchester no tuvo capacidad de respuesta en ningún momento, se empequeñeció resignado.

El descanso era el mayor enemigo del conjunto barcelonés ya que permitiría al Manchester despertarse de su letargo constante. Lo hizo. Comandado por Ronaldo, claro, quién si no. Salió Tévez y el Manchester se lanzó hacia arriba, esperanzado de encontrar algún agujero entre el magnífico entramado que Guardiola había tejido. Sin embargo resultó contraproducente ya que la disposición táctica del medio campo de Guardiola unido a la inseguridad del conjunto mancuniano permitió que Xavi e Iniesta se hincharan a robar balones con el equipo rival envalentonado en la meta de Valdés. Esto es, espacios. Espacios cuando Messi, Eto'o y Henry son lanzados por Iniesta y especialmente por Xavi, es sinónimo de peligro. Lo fue, pero el Barça perdonó las tres ocasiones claras que tuvo seguidas al comienzo de la segunda parte y el Manchester, vivo una vez más, volvió a creer. Erróneamente, quizá, pero creyente a fin de cuentas. Se lanzó arriba y su caudal ofensivo no fue más que un leve arañazo en el lomo de la fiera.

Xavi, una vez más, levantó la cabeza. Armó su pie derecho. La puso en la cabeza de un genial Messi. Firmaron, entre ambos, el segundo ante la pasividad de Ferdinand. El Barça terminó el partido en el área del Manchester. Como España en Viena. Quizá, cuando el fútbol de diez años en adelante se vuelva de nuevo táctico y tedioso, los que hayamos presenciado a este Barça nos preguntemos: "Y ustedes, ¿se acuerdan del Barça de Xavi, de la España de los bajitos?". Comprenderemos entonces, que fuimos afortunados.

Vía | Wikipedia, Más que Fútbol
Imagen | El País

Más que Fútbol ● 2009