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domingo, 29 de mayo de 2011
Al Barça no se le adivina ocaso
Andrés Pérez | Escudado en una perfección ineludible, el Barça cerró en Wembley un círculo que abarca dos décadas y que compone el más brillante cuadro futbolístico que se recuerda en Barcelona. Lo hizo de nuevo ante el Manchester United mostrándose enormemente superior, apenas acuciado en tareas defensivas durante la mayor parte del partido, bailarín, grácil, eternamente móvil, enrevesado en sí mismo, gustoso del fútbol que explota, victorioso al fin y al cabo, firmando en pleno siglo XXI un dominio cíclico semejante al que Ajax, Bayern o Liverpool impusieron en la década de los 70, mostrando su firme candidatura a uno de los mejores equipos de siempre. Fue otra vez en Londres y fueron otra vez Messi, Iniesta y Xavi, símbolos junto a Valdés y Puyol de las tres últimas Copas de Europa del conjunto culé, historia viva del fútbol.
Cuadró el Barcelona de Guardiola el círculo en Wembley. Sin mayores sobresaltos, tan sólo aquellos reglamentados en cada final de este equipo durante los diez primeros minutos, atando el balón en corto, haciendo correr al rival, acelerando en los metros finales, buscando amigos en cada esquina, asociación y espacios a la espaldas de todas las líneas del rival. Es el del Barça un fútbol ofensivo y vertical pese a que en ocasiones transite por la horizontalidad. No en vano se encarga Messi, en un estado de forma encomiable año tras año, postulándose como el jugador más determinante de la década que abandona y de la que llega, de dotar de carácter agresivo y vertical al juego del Barcelona. Messi y el Barça son una asociación inevitablemente ganadora, entendiendo al Barça como una espléndida generación de jugadores extremadamente competitivos, concienciados, conocedores de sus virtudes y en posición de hacerlas prevalecer frente a las de su rival. No hay mayor virtud en el deporte que la capacidad infinita y recurrente de ser mejor. Y el Barça es uno de los pocos equipos en la historia capacitado para ello.
Entra el conjunto culé en el club de las cuatro coronas continentales y con su tercer título en seis años confirma su hegemonía en Europa durante los últimos años. Enfrente se encontró de nuevo un United excesivamente desnortado, sin recursos más allá del combate agresivo y rudimentario que por momentos volvió a inquietar a Valdés durante los primeros minutos. Ya en la rueda de prensa, destinado a la derrota ante un equipo invariablemente ganador, Ferguson, escocés airado al que difícilmente se le encuentra en un renuncio, afirmó sin paliativos que aquel era el mejor equipo que había visto jamás durante su cuarto de siglo como entrenador. Viniendo de un tipo que ha ganado más de una decena de ligas en Inglaterra y dos Copas de Europa son palabras a tener en cuenta. Aunque en realidad se trata de otra ristra de elogios que se suman al ya extenso palmarés del Barça, de este Barça capitaneado por Puyol y dirigido por Xavi, en este campo.
No hay novedad. El Barça ha conseguido de la excelencia la rutina y sólo por eso merece un aplauso y la rendición incondicional a su estilo en todo el universo fútbol. Guardiola y sus jugadores tienen una ideología y la aplican con fervorosa devoción. Independientemente de que se concorde con ella o no —es una ideología y como tal no vale nada más allá de la afinidad que cada uno quiera darle— es de inevitable admiración el tesón con el que la ejercen. El Barça tiene una idea y vive o muere con ella. Por el momento le ha tocado vivir. Quizá aún sea pronto para apreciar con profundidad lo logrado por esta generación de jugadores, que cabalgan cada temporada a lomos del éxito con absoluta normalidad, desmitificando la gloria, con toda la felicidad y todo el riesgo que ello conlleva. Quizá, decía, sea temprano para valorar en retrospectiva las gestas de este equipo. Hace seis años al Barça se le reprochaba escasez de bagaje europeo, una tez perdedora en los momentos de la verdad más allá de aquel oasis de Wembley firmado por Koeman. De la noche a la mañana, en menos de una década, el Barça está ya en la segunda fila por detrás de Liverpool, Milan y Real Madrid.
Tal fugacidad le ha llegado al Barça relativamente prolongada en el tiempo y en dos ciclos diferenciados: el de Rijkaard y el de Guardiola. Lo cual es aún más admirable. El Barça se ha sabido reconstruir para seguir en el mismo sitio. Es una hazaña a la altura tan sólo de los grandes equipos de la historia. Con todo ello, en este alegato que puede parecer póstumo, al Barça le sobran años por delante porque gran parte de la base de su equipo sigue siendo muy joven y se mantiene en una forma excelente. A excepción de Xavi o Puyol, el resto del equipo tiene aún mucho futuro por delante, y observando a tipos como Giggs o Scholes cuesta no decir lo mismo de los dos canteranos catalanes. Es decir: el año que viene habrá más si ningún equipo es capaz de crear un sistema de juego que frene la marea combinativa del Barça. Y al siguiente más. Y es posible que al siguiente más. No se le adivina ocaso al Barça y el culpable de ello es Messi, jugador celestial empeñado en ser irrepetible cabalgando a lomos de un conjunto ya, no hay duda, bañado en leyenda.
Imagen | El País
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lunes, 9 de mayo de 2011
La Premier se abona al Manchester United
Víctor Úcar | Eléctrico. Intenso. Agresivo. Convincente. Seguro. Con estos y muchos otros calificativos, el Manchester United se aseguró prácticamente el título de la Premier League ante el único rival que podía amenazarle, el Chelsea. Dicen que la fe mueve montañas, pues lo cierto es que los chicos de Sir Alex Ferguson se tomaron estas palabras ayer al pie de la letra, ya que a los 36 segundos ya habían dado el primer golpe sobre la mesa con un gol de Chicharito. Esa es la diferencia entre dos equipos que aspiran cada año a todo: solo el más mentalizado consigue alcanzar el éxito. Y es que en este deporte que tantas pasiones levanta no siempre gana el mejor, pero sí que lo suele hacer el que tiene más confianza en sus posibilidades. Ayer, únicamente un equipo creyó realmente en sí mismo en Old Trafford, y es por eso que, salvo catástrofe mayúscula, el United será el justo campeón de liga la próxima jornada.
A principio de temporada la gente estaba algo desilusionada con el proyecto de este club histórico. El fútbol del Manchester era poco vistoso y las pocas caras nuevas no entusiasmaron a la hinchada. Se apreciaban claras limitaciones y se dudaba del potencial de la plantilla. Sin embargo, ayer pudimos observar que los red devils han ido construyéndose poco a poco a lo largo del campeonato. Es cierto que no es una escuadra que juegue con exquisitez y la verdad es que no cuenta con la brillantez de otras temporadas. Sin embargo, el Manchester ha conseguido formar un equipo con unos valores que le han permitido estar en lo más alto. La solidaridad se ha impuesto este año a las individualidades. Además, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson derrocha intensidad por los cuatro costados, presiona al equipo rival desde el minuto uno y aprovecha al máximo sus ocasiones de gol en cada partido. El Chelsea comprobó en la tarde de ayer por qué nadie ha sido capaz de anotar un gol en Old Trafford en los primeros 45 minutos de juego. Es por eso que el vendaval al que sometieron los red devils a los blues durante la primera media hora bastó para sellar una nueva victoria. Seguramente la definitiva para adjudicarse la Premier League.
Vidic y el mexicano Chicharito dejaron el partido encarrilado en el primer tercio del encuentro, ya que hasta entonces el Chelsea parecía no haber saltado todavía al césped. Carrick y un omnipresente Park Ji Sung noquearon el musculoso centro del campo ideado por los blues, y el ecuatoriano Valencia desbordó por la banda derecha con un descaro prodigioso. Arriba Rooney y Chicharito se movían con libertad, y un poquito más retrasado el incansable Ryan Giggs continuaba dando lecciones de fútbol. En la retaguardia, la defensa vivía tranquila y Van der Sar apenas tenía que intervenir. El Chelsea parecía no dar más de sí y era incapaz de mostrarse realmente como un serio candidato a revalidar el título de liga. Drogba, una vez más el mejor de los blues, trató de liderar a un equipo que vagaba por el terreno de juego sin las ideas claras y que estaba exhibiendo una actitud un tanto derrotista. Lo cierto es que el Chelsea saltó a Old Trafford sin ninguna esperanza y la justicia le correspondió con una derrota. La entrada de Torres y el gol de Lampard a 20 minutos del final se convirtieron en una mera anécdota. Los pupilos de Ancelotti sabían antes de nadie cómo terminaba la película.
En la recta final del encuentro, Chicharito dispuso de dos ocasiones clarísimas para certificar la victoria de los suyos, pero el hecho de verse ya campeón en su primera aventura con los red devils le impidieron concentrarse de cara a gol. Durante toda la temporada, hemos observado como el Arsenal parecía ser el único equipo capaz de acabar con la regularidad del conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson. Sin embargo, los gunners volvieron a quedarse sin pilas en la recta final del campeonato y el Chelsea consiguió recortarle a los red devils nada más y menos que 12 puntos. Y es que, aunque a principios de marzo los blues estaban prácticamente descartados de la lucha por el título, su victoria en Stamford Bridge sobre el ManU logró devolverles la confianza que necesitaban para tratar de pelear por la victoria hasta el final. El problema es que los pupilos de Ancelotti no eran conscientes de lo que significa jugar en Old Trafford esta temporada. El Teatro de los Sueños se ha convertido en un templo inexpugnable para los equipos que lo visitan. En la Premier, los red devils solo han cedido un empate ante el West Brom, y en Liga de Campeones el Rangers escocés y el Valencia fueron los únicos capaces de obtener un punto en el mausoleo inglés. Ya se sabe, la imbatibilidad suele traer grandes recompensas.
Con este triunfo, el Manchester cierra una semana redonda. El miércoles consiguió un billete para disputar la final de la Champions de Wembley ante el FC Barcelona tras golear al Shalke 04 alemán, y ayer acercó un nuevo título de liga a sus vitrinas con un paso de gigante. Los red devils pueden estar contentos con la temporada que han realizado. Derrotar al Barça en la máxima competición europea se torna una empresa muy compleja, pero tienen en su mano ganar la Premier League. Y este año para el Manchester, ganar la Premier no es ninguna tontería. Es cierto que desde que la liga inglesa adoptó el formato actual en 1992 —hasta entonces se conocía como First Division—, el ManU es el máximo dominador. Pero el equipo de Ferguson tiene la oportunidad de hacer algo histórico en el fútbol británico: adelantar al Liverpool en títulos ligueros y convertirse en el equipo inglés más laureado de toda la historia del campeonato doméstico inglés. La historia está a punto de cambiar al norte de Inglaterra.
En MQF | Tendencias
Imagen | Sport Times
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miércoles, 27 de abril de 2011
El Manchester United se da un homenaje
Andrés Pérez | Se acaban los elogios para el Manchester United de Alex Ferguson. Anoche, mostrando una contundencia y una determianción al alcance tan sólo de los mejores equipos de siempre, el United borró de un plumazo las escasas posibilidades que ya de antemano con las que el Schalke 04 contaba de cara a disputar la final de Wembley. Con dos goles inapelables, consecutivos, paradigmáticos de la forma simplista y reduccionista de entender el fútbol de este equipo, el United puso el broche de oro a un partido dominado de principio a fin que no finalizó en goleada escandalosa gracias a la prodigiosa actuación de Neuer. A expensas del milagro que pueda obrar el conjunto alemán en Old Trafford, el Manchester United aspira a jugar su tercera final en cuatro años dando fe de su intimidatoria competitividad y de la capacidad de reinventarse que hace gala cuando año tras año ha ido perdiendo unidades de importancia mayúscula. No cabe sino aplaudir a este equipo.
Lejos del exceso ornamental y del pragmatismo físico y táctico del que llevan haciendo gala Barcelona y Real Madrid durante toda la temporada, el United ejecuta un fútbol de acciones economizadas y matices ajustados. No se prodiga demasiado en la creación, aprovecha la ventaja física y táctica que constantemente crean sus carrileros en las bandas, es inteligente en la gestión de sus recursos y demoledor en la ejecución de sus opciones ofensivas. Sin demasiados alardes, reduciendo al mínimo el riesgo y exprimiendo al máximo la rentabilidad de cada pase o desmarque, el United puso al Schalke frente a un pelotón de fusilamiento y tan sólo la providencia o Neuer evitaron un resultado histórico. Cuando la primera parte hubo terminado la cuestión era cuánto tardaría el Manchester en certificar de una vez que su superioridad era apabullante respecto al cuadro alemán.
Fue en la segunda parte, primero Giggs a pase de Rooney y más tarde Rooney a pase de Chicharito Hernández, jugador de rendimiento inesperado a pesar de sus excelentes perspectivas a varios años vista. Los dos coletazos definitivos del United pusieron de manifiesto no ya la incapacidad defensiva de un Schalke desnortado y retratado ante toda su afición sino la ejecución fría y precisa del rodillo creado por Ferguson y dignificado por Giggs o Scholes, anoche, el primero, imprescindible una vez más dentro de un equipo que ha sabido incorporar sabia nueva y mantener el ritmo competitivo a pesar de ello. Prueba de ello es que en esta su más que predecible tercera final no estarán ni Tévez ni Cristiano Ronaldo, dos baluartes básicos del último título conquistado por el United.
De poco le sirvió al Schalke 04 la ilusión despertada por la estrella de Raúl, las cuatro triangulaciones bien ejecutadas antes del aluvión de oportunidades creado por el United o las manos de Neuer. Cuando su rival lo dispuso, murió ahogado. Carrick jugó a su antojo durante todo el partido, Evra y Fabio encontraron carriles vacíos en sus respectivas bandas, Rooney confirmó que se encuentra excesivamente a gusto por detrás del delantero, Valencia ejecutó un constante ejercicio de alarde de sus virtudes físicas y técnicas, Chicharito volvió locos a los pesados Metzelder y Matip y Giggs se elevó por encima de todos los demás para marcar la diferencia con al diligencia y pasmosa naturalidad con la que lo lleva haciendo toda la vida. No fue más el Schalke porque no se lo permitió el United, arrebatador el día de ayer.
La victoria es la consecuencia lógica del dominio clarividente del cuadro inglés. Recuperada su pareja natural de centrales, el equipo toma la forma que mejor desea Ferguson incorporando a Chicharito arriba, que merece mención aparte. A pesar de su juventud y de sus expectativas futuras y no actuales, se mueve con la inteligencia de un delantero con años de bagaje tras de sí, oculta sus ciertas limitaciones técnicas sin prodigarse en la conducción, soltando el balón rápido, y tiene un don natural, el mismo del que hicieron gala jugadores como Solsjkaer o Gerd Múller, para encontrar antes que nadie el hueco al que acudirá la pelota desde un centro lateral. Es una máquina de crear peligro por su agilidad y de puntualizar goles, dado que ni siquiera los fabrica. Es una maravilla. Como este United, triunfador otra vez. Llegará, a buen seguro, ensombrecido por uno de los dos grandes dinosaurios españoles, pero errará quien ose minusvalorar su ya legendaria capacidad competitiva.
Imagen | El País | RTVE.es
lunes, 18 de abril de 2011
Los petrodólares no dan títulos, pero facilitan su consecución
Víctor Úcar | Está más que demostrado que en el fútbol el dinero no lo es todo. Es cierto que ayuda a confeccionar un equipo más competitivo y permite contar con jugadores de más calidad. Sin embargo, y afortunadamente para el fútbol, todavía está prohibido comprar títulos —o al menos jamás ha sido demostrado que algún club haya cometido esta irregularidad en el pasado más inmediato—, y por ello sigue siendo un deporte con algo de emoción. Los dirigentes del Manchester City aterrizaron en Inglaterra en 2008 con la idea de hacer del City una potencia futbolística en la Premier League y también en Europa. Sin embargo, el conjunto celeste continúa sin añadir un solo trofeo a sus vitrinas, repletas de polvo desde los años 70.
Pero tres años después de la llegada de los petrodólares, el vecino «pobre» de Manchester —el United ha sido históricamente el equipo más potente de esta región inglesa, tanto en parámetros económicos como sobre todo deportivos—, tiene por fin la posibilidad de cambiar la tendencia. Es cierto que los red devils tienen la Premier prácticamente en el bolsillo y son favoritos para disputar la final de la Champions contra una de las dos superpotencias de la Liga BBVA —el Real Madrid o el Barcelona—, pero los citizens han logrado algo que hacía mucho tiempo que no conseguían: arrebatarle a su máximo rival la posibilidad de levantar un trofeo; superar el papel de víctima que han desempeñado habitualmente a lo largo de su historia; competir de tú a tú con el vecino «rico»... En definitiva, ser protagonistas por un día en la ciudad de Manchester.
Eso es lo que ocurrió ayer en el majestuoso templo británico de Wembley en las semifinales de la FA Cup, la competición futbolística más antigua del mundo. Los red devils, siempre favoritos en el derby de Manchester, acusaron las ausencias de sus dos estrellas: el delantero de la selección inglesa Wayne Rooney —sancionado por soltar improperios en un partido ante una cámara de televisión— y el veterano y talentoso Ryan Giggs —lesionado tras su magnífica actuación en la vuelta de los cuartos de final de la Champions contra el Chelsea—. Sin duda, dos bajas notables, puesto que se trata de los dos jugadores que mejor entienden este deporte en el conjunto que dirige Sir Alex Ferguson. Por su parte, el City arribaba en Londres con la ausencia de su referente ofensivo, el «apache» Carlos Tévez, posición que Mancini decidió cubrir con el italiano Mario Balotelli, dejando de nuevo a su fichaje estrella del mercado invernal —Dzeko — en el banquillo.
El partido auguraba un clásico choque inglés: las gradas abarrotadas, alternativas para ambas escuadras y mucho músculo e intensidad en el centro del campo. Sin duda, el equipo que fuese capaz de adueñarse de esa parcela del terreno de juego, partiría con una gran ventaja. Y ese es el motivo por el que los citizens consiguieron noquear a sus vecinos. En el primer período ambos conjuntos dispusieron de opciones interesantes, pero nadie se adueñó plenamente del esférico. Es cierto que el City atacaba con más intención que su rival, pero los red devils se agarraban a las siempre peligrosas internadas de Nani por banda y al peligro de su estilete con mayor envergadura, Dimitar Berbatov, en las jugadas aéreas. Sin embargo, en la segunda mitad todo cambió. El marfileño Touré Yaya decidió tomar las riendas de su equipo y, junto a su escudero el holandés De Jong, comenzó a ejercer una dictadura en el centro del campo que ahogó al Manchester United en su propia área. Los de Ferguson se habían quedado sin oxígeno. Y en uno de los intentos por desatascar el juego, Carrick erró un pase al borde del área del United que Touré adivinó a la perfección. El ex jugador del Barça se introdujo en el área y batió a Van der Sar por bajo con un disparo certero. La historia estaba cambiando.
Tras el gol de Touré Yaya, el partido se tornó agresivo, más intenso y muy físico. Mientras los citizens habían salido en el descanso con las ideas muy claras y con el único objetivo de ir a por el partido, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson, a pesar de estar físicamente en el estadio de Wembley, su actitud mostraba todo lo contrario. Parecía que el ManU no había saltado al césped del histórico campo inglés tras la reanudación, y que seguía en el vestuario. De Jong y Touré Yaya se hicieron dueños absolutos del centro del campo anulando a Scholes y Carrick, que ni siquiera con faltas conseguían arrebatarle la posesión a los musculosos futbolistas que dirige Mancini. Tampoco podemos olvidarnos de la labor de David Silva. Ayer, una vez más, el canario demostró ser el jugador con más calidad sobre el terreno de juego. Gestos sutiles, movimientos inteligentes y pases con una precisión desmesurada permitieron que su equipo le jugase de tú a tú a un Manchester United muy poco consistente y algo desconcentrado. Además, las bandas del conjunto citizen, lideradas por Barry y un omnipresente Kolarov, funcionaron como cuchillas afiladas, para desgracia de los red devils.
Y por si fuera poco, el veterano futbolista del ManU, Paul Scholes, ante la impotencia de ver cómo su equipo era incapaz de hacerle daño a su vecino de Manchester, decidió borrarse del partido a falta de 20 minutos para la conclusión con una entrada criminal y sin ningún sentido —que bien podría haber sido firmada por su mentor y compañero en el centro del campo en sus primeros años de profesional, el irlandés Roy Keane—. Triste final en esta competición para un jugador que ha marcado historia en el club —lleva 17 temporadas y ha afirmado que es probable que se retire el próximo verano— y que es un auténtico referente para la hinchada del United y también para todo el fútbol inglés. Pero paradójicamente, la expulsión del pelirrojo animó a los red devils y amilanó a los citizens. Solo la imprecisión de los de Ferguson pemitió al Manchester City crear algo de peligro en el área de Van der Sar durante los últimos minutos. Nani y el revulsivo Chicharito aportaron electricidad a su equipo y mantuvieron la esperanza hasta el final, aunque ambos sabían que el partido se había perdido en la reanudación debido a una grave falta de actitud de su equipo.
Una locomotora llamada Touré Yaya, bien secundada por sus compañeros, hicieron ayer del City un equipo compacto y difícil de franquear. Una victoria merecida que le permite al Manchester City jugar la final de la FA Cup contra el Stoke City —clasificado tras vencer por 5-0 al Bolton en la otra semifinal— y seguir creciendo como club. Una oportunidad de oro para que los jeques árabes empiecen a estar más tranquilos con sus multimillonarias inversiones —aunque no siempre efectivas—. Una ocasión de ver al vecino «pobre» de Manchester superar por una vez a su máximo rival. Pero la duda está en ver si los citizens serán capaces de aumentar su reducido palmarés o les podrá la presión ante un rival claramente inferior. Lo único que está claro es que, mientras sigan teniendo tanto capital para poder invertir en grandes jugadores, podrán aspirar a títulos con muchas más facilidades que el resto. Y eso, aunque no asegure su consecución, ya es una gran ventaja.
Imagen | Europa Press | Medio Tiempo | El País
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Víctor Úcar
martes, 15 de marzo de 2011
Ryan Giggs, eterno «diablo rojo»
Miki Salazar | El 2 de marzo de 1991 Ryan Giggs vestía por primera vez la camiseta del Manchester United en un partido oficial. Lo hizo en Old Trafford ante el Everton, en un encuentro en el que los locales perdieron por 0-2. El resultado no fue ninguna sorpresa ya que por entonces los «diablos rojos» vivían tiempos de vacas flacas. Llevaban casi 25 años sin conseguir un título liguero y el partido de su debut se convirtió en su octava derrota consecutiva. Sin embargo, los tiempos cambian. Dos décadas más tarde hablar del Manchester United es hablar uno de los equipos más laureados de la Premier League y de Europa. Pero no sólo eso, sino que hablar de este Manchester, el de los 90’s y 00’s, el de Sir Alex Ferguson, el de los éxitos, es hacerlo de Ryan Giggs.
El galés ha batido todos los récords que se ha propuesto a lo largo de su carrera como profesional, vistiendo siempre los mismos colores. Sin ir más lejos Sol Campbell y él son los únicos jugadores que hasta el momento han disputado todas las ediciones de la Premier League desde su creación en 1992. Pero además, Giggs también puede presumir, esta vez en solitario, de haber marcado en las 19 ediciones disputadas hasta la actualidad. Y amenaza con engrosar sus marcas, ya que ha renovado por una temporada más con su equipo de toda la vida.
Pero «the whels wizard» —el mago galés— no vive solo de los números. El extremo ha sido una pieza clave las últimas dos décadas en el Manchester United y ningún jugador con los que ha compartido vestuario ha sabido transmitir tan bien como él lo que es el amor a unos colores. No en vano, es historia viva del Club, máximo exponente del cambio y de los éxitos que los «red devils» han cosechado desde los noventa.
Formó, junto con Beckham, los hermanos Neville, Butt y compañía, aquel equipo que devolvió la gloria al Manchester United y que consiguió el triplete en la temporada 98/99. Ni Giggs ni ningún aficionado al fútbol olvidarán nunca aquella final de infarto disputada en el Camp Nou ante el Bayern de Munich. El protagonismo lo acapararon otros futbolistas pero poca gente recuerda que el primer tanto nació de las botas del galés que conectó una volea en la frontal del área tras un córner que incluso Schmeichel había subido a rematar. Sheringham, como siempre en el mejor momento, en el mejor lugar, solo tuvo que impulsar el balón a escasos metros de la línea de gol. Sin desprestigiar al fantástico delantero inglés, faltaría más.
Aunque si hubiera que destacar una jugada a lo largo de su carrera sería la realizada esa misma temporada en la semifinal de la FA Cup ante el Arsenal. En el minuto 110 de partido y con empate a uno, Giggs recibió el balón en su propio campo y comenzó la carrera. Carrera que nadie pararía y en la que Ryan mostró sus más punzantes cualidades: velocidad y slalom. De esa forma recorrió todo el campo rival, zafándose de tres contrarios y definiendo con un misil imparable para Seaman. Uno de los goles antológicos anotados en la competición inglesa.
El jugador, nacido en Cardiff, jamás ha visto una tarjeta roja en sus 20 años como profesional, algo que por sí solo habla de su caballerosidad y juego limpio. La misma caballerosidad le llevó a rechazar jugar en la Selección Inglesa absoluta, pese a que en las categorías inferiores había sido incluso su capitán. La decisión de representar a su Gales natal le privó de disputar una Eurocopa o un Mundial, algo de lo que el extremo nunca se ha arrepentido aunque seguro le hubiera gustado hacerlo. Todavía hay personas que se pregunta qué hubiera pasado con los «pross» si hubiera escogido jugar con ellos. Nunca lo sabremos.
Lo que sí que es seguro es que Ryan Giggs es una leyenda viva. No solo por los títulos obtenidos a lo largo de su carrera profesional —-11 Ligas, 4 Copas de Inglaterra, 4 Copas de la Liga, 8 Supercopas de Inglaterra, 2 Champions, 1 Supercopa de Europa, 1 Intercontinental y 1 mundialito de Clubes— sino por todo lo que representa su figura. Bobby Charlton, George Best y Denis Law tienen una estatua en los alrededores de Old Trafford rememorando la «Santa Trinidad» de los «diablos rojos». Cuando definitivamente Giggs cuelgue las botas, si la historia es justa con él, no sería nada descabellado que terminara compartiera destino con ellos en las inmediaciones del Teatro de los Sueños. ¿Quién mejor que él para definir el actual United?
Imagen | The Guardian
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sábado, 12 de febrero de 2011
El premio a la genialidad
Andrés Pérez | Restaban apenas quince minutos para que finalizara el United - City cuando Nani, abierto en banda, levantó la cabeza y puso el balón en el área de Hart. Para entonces ya sucedía la genialidad: Rooney había deducido que el balón se iría algo largo para un remate de cabeza, con lo que se desprendió levemente de Kompany y encadenó en el aire una serie de movimientos a mitad de camino entre lo terrenal y lo espiritual para conectar una tijereta memorable, a la escuadra del portero del City, impotente ante semejante demostración de talento. El United anotaba su segundo tanto.
El valor de la obra de arte de Rooney valía una distancia de ocho puntos —con un partido menos— con su perseguidor vecino, y en la práctica la eliminación teórica del conjunto de Mancini. Se trata del premio a la genialidad, rara vez obviado por el fútbol. Es este un deporte generoso con los arrebatos geniales de los futbolistas inconstantes y superdotados, no tanto con aquellos regulares cuya letanía se desplaza por el terreno de juego durante la totalidad del partido, haciendo y deshaciendo en todos los tramos del juego. Por ello, el gol de Rooney ocultaba a dos hombres: Silva por un lado, revelándose día tras día como uno de los mejores jugadores de la Premier, cabeza erguida y zancada divina; Giggs por otro, cuyas canas en la barba no impiden que repita para pasmo del joven aficionado mancuniano lo que era capaz de hacer en plenitud de juventud, bailar a su par al filo de la banda, en el borde de la marginación.
Tanto Silva como Giggs saben erguirse en los momentos de importancia capital como líderes de sus compañeros. El canario, inclusive, tiene los arrestos futbolísticos necesarios como para compartir encabezamiento espiritual con el capitán nato que es Tévez. Ambos representaban a sus dos equipos en un encuentro paradigma de la Premier: emocionante e imprevisible. Para rematar el cuadro que United y City dibujaban en Old Trafford para deleite del espectador, apareció Rooney. Su gol completaba el significado de Silva y Giggs, del partido, de la Premier, del fútbol. La pincelada estilista y barroca, por excesiva, que decantó la balanza. Porque la genialidad es un boleto de lotería inevitablemente ganador.
Imagen | El Espectador
El valor de la obra de arte de Rooney valía una distancia de ocho puntos —con un partido menos— con su perseguidor vecino, y en la práctica la eliminación teórica del conjunto de Mancini. Se trata del premio a la genialidad, rara vez obviado por el fútbol. Es este un deporte generoso con los arrebatos geniales de los futbolistas inconstantes y superdotados, no tanto con aquellos regulares cuya letanía se desplaza por el terreno de juego durante la totalidad del partido, haciendo y deshaciendo en todos los tramos del juego. Por ello, el gol de Rooney ocultaba a dos hombres: Silva por un lado, revelándose día tras día como uno de los mejores jugadores de la Premier, cabeza erguida y zancada divina; Giggs por otro, cuyas canas en la barba no impiden que repita para pasmo del joven aficionado mancuniano lo que era capaz de hacer en plenitud de juventud, bailar a su par al filo de la banda, en el borde de la marginación.
Tanto Silva como Giggs saben erguirse en los momentos de importancia capital como líderes de sus compañeros. El canario, inclusive, tiene los arrestos futbolísticos necesarios como para compartir encabezamiento espiritual con el capitán nato que es Tévez. Ambos representaban a sus dos equipos en un encuentro paradigma de la Premier: emocionante e imprevisible. Para rematar el cuadro que United y City dibujaban en Old Trafford para deleite del espectador, apareció Rooney. Su gol completaba el significado de Silva y Giggs, del partido, de la Premier, del fútbol. La pincelada estilista y barroca, por excesiva, que decantó la balanza. Porque la genialidad es un boleto de lotería inevitablemente ganador.
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miércoles, 21 de mayo de 2008
Cuando el fútbol castiga a quien menos lo merece (Manchester United 1 - 1 Chelsea)

Andrés Pérez | Once metros. Once metros separaban al Chelsea de la gloria. Entre ellos, el balón, Van der Sar y Terry, el capitán de los blues. Terry ya es una leyenda y como tal se disponía a lanzar el último penalty, el definitivo, el que iba a dar la primera Copa de Europa al Chelsea. Llovía. Abramovich no miraba. Terry tampoco. Ronaldo había fallado y el Manchester pedía clemencia a Dios o a Terry, en cualquier caso no la iban a encontrar. O quizá sí. Todo ocurrió demasiado rápido aunque para John fueron los dos minutos más largos de toda su vida. Ronaldo lloraba. Tampoco miraba. Por una simple fórmula matemática el penalty tenía un 99% de posibilidades de entrar y Van der Sar un 1% de pararlo. Eso siempre que fuera a puerta. Pero el fútbol no entiende de matemáticas ni de compasión. Es por eso, por lo que Terry se resbaló. Se resbaló y el balón se marchó lamiendo el poste a la izquiera de Van der Sar, el mismo que había abandonado para lanzarse al derecho. Todo había salido bien. Falló el suelo, la lluvia, el pie de Terry, el balón o su propia cabeza. Pero falló y lo que vino después fue la derrota más cruel que puede existir en el fútbol. La de la tanda de penalties. John lloraba ahora. Ronaldo reía. El Manchester era campeón.

A decir verdad hubiera merecido tanto ganar el Chelsea como lo mereció finalmente el United. No fue la mejor final de la historia, ni tampoco la que más emoción tuvo hasta el final. Muchos calambres, demasiados nervios. Mediada la segunda parte Terry, Carvalho, Lampard, Ashley Cole y Heargreaves estaban en el suelo, con calambres. Luchar por tres títulos es complicado y cuando un 21 de Mayo te estás jugando la temporada 50 partidos después las piernas se resienten. Pero no quedaba otra más que seguir corriendo. Y eso hicieron. Correr hasta el minuto 120'. Porque si hubo penalties hubo prórroga, y si hubo prórroga hubo un partido igualado. Normalmente las finales igualadas son de dos tipos. Por un lado aquellas finales en las que ninguno juega a nada y el partido acaba empate a nada (Milan - Juventus en 2003) y por otro lado, aquellas que comparten una mitad para cada equipo (Liverpool - MIlan en 2005). La que anoche se jugó en Moscú tuvo más de la segunda que de la primera. Moscú, un lugar frío y alejado de la Europa que todos conocemos. Iba a llover. Pero en Rusia estaban preparados y los aviones encargados de disipar tormentas no tardaron en sobrevolar la ciudad moscovita. Hasta eso estaba dispuesto. Sin embargo, por mucho que la UEFA se empeñe, jugar una final en un campo con las gradas alejadas a 50 metros no es lo mismo que hacerlo en un estadio sin pista olímpica. Y es como si Blatter se hubiera empeñado en repetir escenario cada año. 2005: Estambul; 2006: París; 2007: Atenas; 2008: Moscú. Demasiado lejos, la grada y los jugadores se necesitan cerca.

Estadios aparte, ambos llegaban con la imperiosa necesidad de ganar y lo demostraron durante todo el partido. El Chelsea llegaba a su primera final cinco semifinales después. Desde 2004 el Chelsea ha estado en semifinales y cuatro años después disfrutaba de su primera final. Novato pero no menos peligroso. El Manchester, sin embargo, es otra cosa. Es un grande de Europa sin la suficiente gloria europea, algo parecido al Barcelona o a la Juventus. Europa nunca les sonrió salvo en contadas ocasiones. Ahora el Manchester tiene tres, pero llegaba con dos y con tan sólo cuatro jugadores poseedores de una orejuda. Van der Sar con el Ajax y Giggs, Neville y Scholes con el propio Manchester. Demasiada hambre. Scholes merecía otra Copa y Ronaldo la necesitaba para consolidarse. Por eso el partido fue un manojo de nervios bien controlados. Porque, si la tensión se palpaba en el aire, no hubo fallos que decantaran el partido a excepción del lastimoso gol de Lampard cuando la primera parte finalizaba en manos mancunianas. Si algo tuvo ante todo el encuentro, fue ritmo. Herencia inglesa supongo. Bendita herencia, afirmo.

En teoría el favorito era el Manchester. Porque era su año y por historia. Al comenzar el partido me planteé si el Manchester jugaría igual que contra el Barcelona. Afortunadamente para el bien del espectador ningún equipo se traicionó a si mismo. Y digo afortunadamente porque a pesar del escaso juego del Chelsea en la primera mitad y del Manchester en la segunda, ambos jugaron a lo que sabían y de ahí la igualdad que el encuentro atesoró hasta el penalty que falló Anelka. Jugar contra el Chelsea una eliminatoria es sinónimo de igualdad, el equipo de Mourinho -es su obra- se adapta a cualquier situación y de ahí su metalúrgica rocosidad. Como iba diciendo, el Manchester jugó a lo que supo. Y eso es sinónimo de buen fútbol. Scholes prontó se puso a mandar ante Ballack, Makélélé y Lampard, y Ronaldo fue definitivamente Ronaldo. Lo necesitaba. Necesitaba un partido grande en un escenario grande. Tantos hablaron sobre sus desapariciones en los momentos clave. Tantos dudaron. Ahora nadie duda. Ahora todo el mundo elogia. Ahora todos se apuntan a ficharle. Ahora todos olvidan. Yo si fuera él no olvidaría y seguiría tapando bocas. Al finalizar el encuentro se vió como Giggs le abrazaba, le sujetaba la cabeza frente a él y le decía algo así como: "Eres muy bueno. Esta es la primera. Que sean más." Y Giggs sabe de fútbol. Ronaldo puede proclamarse una leyenda si no pierde la cabeza.

Cabeza. Un remate de cabeza necesitó el Manchester para abrir fuego en el 24'. Hasta entonces mandaban los reds pero no tiraban a puerta. Combinó Brown con Scholes, volvieron locos a Malouda y Ashley Cole, centró el lateral, remató Ronaldo en el segundo palo sólo ante el despiste de Essien. La importancia de tener un extremo rematador de cabeza. Ronaldo lo es, y lo clavó al ladito del palo, donde Cech jamás llegará. 1-0 y el Manchester jugaba mejor y se sentía más a gusto. Hasta entonces el Chelsea era una mala sombra de lo que es. Balonazos a Drogba, que es muy bueno y bajaba todas, pero una segunda línea inexistente. De nuevo Lampard y Ballack se aburrían. De nuevo obviaban el mediocampo. Hasta que Lampard se cansó y pidió balones. Los consiguió, y de un centro suyo vino la primera ocasión del Chelsea. Un despiste de Ferdinand permitió a Ballack plantarse casi solo delante de Van der Sar, que realizó un paradón enorme ante la pifia monumental del capitán del United. El Chelsea avisaba al finalizar la primera parte y certificaba en el 45'. Essien lanzó, rebotó en dos jugadores rojos y entre Van der Sar y Ferdinand -de nuevo- se encargaron de permitir a Lampard, que pasaba por allí, empujarla. Gol psicológico, porque duelen cuando ves que el descanso llega.

Salieron los dos ingleses a observarse en la segunda parte. Tarde para el Manchester. La inercia provocó que el Chelsea mandara y el Manchester obedeciera. Makélélé lo barría todo para que Lampard y Ballack ordenaran. Más allá de Drogba, Lampard, Ronaldo o Rooney, quienes verdaderamente fueron héroes fueron Makélélé y Tévez. Ejemplos perfectos de lucha constante y calidad. Makélélé casi fue el hombre de la final, porque además de barrer pulía con criterio el juego de los blues, que llegaron a disparar 17 veces en toda la segunda parte. A excepción de un palo de Drogba los demás eran lanzamientos demasiado lejanos e imprecisos. La impotencia y el miedo se apoderaba de ambos. Ronaldo desapareció en la segunda parte tras ser el dueño y señor de la primera, Rooney nunca estuvo y Tévez corría pero no hacía más. El Manchester sobrevivía a base de Ferdinand, Browm, Vidic y Evra. Nada funcionaba arriba hasta que Giggs y Nani salieron. Ambos refrescaron y dieron vida al juego del Manchester, que hasta entonces había disfrutado de las mejores ocasiones. Dos a puerta vacía, una de Carrick -en la primera parte- y otra de Giggs. Tévez se lamentaba ahora de sus ocasiones perdidas ante Cech en el primer periódo. Tocaba prórroga. Tocaba esperar.

De tanto esperar se puso a llover, los aviones rusos se quedaron sin gasolina. El cansancio se notó y no quedó otra más que los penalties. Tercera final en cinco años definida en los penalties. Tercer drama. Los penalties dan para varios dramas literarios y papeles como los de Anderson y Belletti, específicamente sacados al campo para lanzar la pena, deberían estar prohibidos. Como, creo, debería estarlo que un defensa lanzara un penalty. Por mucho capitán que sea. Quizá ahí ganó Ferguson a un dignísimo Grant. No supo apreciar -años de experiencia por delante para sir Alex Ferguson- que a un portero le sube la moral si el que lanza es defensa. Por mucho que se llame Terry, insisto. Todo marchaba bien hasta que Ronaldo lanzó incomprensiblemente mal un penalty tonto. Quedaba Terry. 4-4, si marcaba el Chelsea era campeón. Pero la crueldad no entiende de logros y el fútbol tampoco. Fuera como fuera Terry lanzó fuera y ahí perdió la final el Chelsea. Dió igual que Anelka lo fallara, la moral se hundió con Terry. Será la losa de su vida. Van der Sar paró con 37 años el penalty a Anelka y entonces al United se agenció la tercera. Pero el Chelsea, dignísimo subcamepón, quizá recibió demasiado castigo. Terry, en sí mismo, era un poema. Avam Grant le intentaba consolar sin éxito. Como casi todos. Nadie se acordaba de Anelka, básicamente porque, la final, se fue con el resbalón de Terry. Sir Bobby Charlton paseaba por el césped de Moscú emocionado. 50 años de la tragedia de Münich. 40, de la Copa de Europa que él mismo ganó para el club de toda su vida. Un buen hombre. Caminaba emocionado hacia el palco. Allí Giggs, mito en activo, y Ferdinand, levantaron la orejuda para el Manchester. Los sueños de Old Trafford seguirán en escena. Las pesadillas jamás volarán de la cabeza de John Terry. No es el culpable, pero en el fútbol, para que uno gane, otro tiene que fallar. Y le tocó a él. A la leyenda del Chelsea. A uno de los mejores centrales del mundo. A un tipo duro, que acabó llorando en el hombro de Grant cual niño desconsolado sin caramelo que llevarse a la boca. Felicidades Chelsea. Felicidades Manchester. Ánimo, John.
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Más que Fútbol ● 2008

A decir verdad hubiera merecido tanto ganar el Chelsea como lo mereció finalmente el United. No fue la mejor final de la historia, ni tampoco la que más emoción tuvo hasta el final. Muchos calambres, demasiados nervios. Mediada la segunda parte Terry, Carvalho, Lampard, Ashley Cole y Heargreaves estaban en el suelo, con calambres. Luchar por tres títulos es complicado y cuando un 21 de Mayo te estás jugando la temporada 50 partidos después las piernas se resienten. Pero no quedaba otra más que seguir corriendo. Y eso hicieron. Correr hasta el minuto 120'. Porque si hubo penalties hubo prórroga, y si hubo prórroga hubo un partido igualado. Normalmente las finales igualadas son de dos tipos. Por un lado aquellas finales en las que ninguno juega a nada y el partido acaba empate a nada (Milan - Juventus en 2003) y por otro lado, aquellas que comparten una mitad para cada equipo (Liverpool - MIlan en 2005). La que anoche se jugó en Moscú tuvo más de la segunda que de la primera. Moscú, un lugar frío y alejado de la Europa que todos conocemos. Iba a llover. Pero en Rusia estaban preparados y los aviones encargados de disipar tormentas no tardaron en sobrevolar la ciudad moscovita. Hasta eso estaba dispuesto. Sin embargo, por mucho que la UEFA se empeñe, jugar una final en un campo con las gradas alejadas a 50 metros no es lo mismo que hacerlo en un estadio sin pista olímpica. Y es como si Blatter se hubiera empeñado en repetir escenario cada año. 2005: Estambul; 2006: París; 2007: Atenas; 2008: Moscú. Demasiado lejos, la grada y los jugadores se necesitan cerca.

Estadios aparte, ambos llegaban con la imperiosa necesidad de ganar y lo demostraron durante todo el partido. El Chelsea llegaba a su primera final cinco semifinales después. Desde 2004 el Chelsea ha estado en semifinales y cuatro años después disfrutaba de su primera final. Novato pero no menos peligroso. El Manchester, sin embargo, es otra cosa. Es un grande de Europa sin la suficiente gloria europea, algo parecido al Barcelona o a la Juventus. Europa nunca les sonrió salvo en contadas ocasiones. Ahora el Manchester tiene tres, pero llegaba con dos y con tan sólo cuatro jugadores poseedores de una orejuda. Van der Sar con el Ajax y Giggs, Neville y Scholes con el propio Manchester. Demasiada hambre. Scholes merecía otra Copa y Ronaldo la necesitaba para consolidarse. Por eso el partido fue un manojo de nervios bien controlados. Porque, si la tensión se palpaba en el aire, no hubo fallos que decantaran el partido a excepción del lastimoso gol de Lampard cuando la primera parte finalizaba en manos mancunianas. Si algo tuvo ante todo el encuentro, fue ritmo. Herencia inglesa supongo. Bendita herencia, afirmo.

En teoría el favorito era el Manchester. Porque era su año y por historia. Al comenzar el partido me planteé si el Manchester jugaría igual que contra el Barcelona. Afortunadamente para el bien del espectador ningún equipo se traicionó a si mismo. Y digo afortunadamente porque a pesar del escaso juego del Chelsea en la primera mitad y del Manchester en la segunda, ambos jugaron a lo que sabían y de ahí la igualdad que el encuentro atesoró hasta el penalty que falló Anelka. Jugar contra el Chelsea una eliminatoria es sinónimo de igualdad, el equipo de Mourinho -es su obra- se adapta a cualquier situación y de ahí su metalúrgica rocosidad. Como iba diciendo, el Manchester jugó a lo que supo. Y eso es sinónimo de buen fútbol. Scholes prontó se puso a mandar ante Ballack, Makélélé y Lampard, y Ronaldo fue definitivamente Ronaldo. Lo necesitaba. Necesitaba un partido grande en un escenario grande. Tantos hablaron sobre sus desapariciones en los momentos clave. Tantos dudaron. Ahora nadie duda. Ahora todo el mundo elogia. Ahora todos se apuntan a ficharle. Ahora todos olvidan. Yo si fuera él no olvidaría y seguiría tapando bocas. Al finalizar el encuentro se vió como Giggs le abrazaba, le sujetaba la cabeza frente a él y le decía algo así como: "Eres muy bueno. Esta es la primera. Que sean más." Y Giggs sabe de fútbol. Ronaldo puede proclamarse una leyenda si no pierde la cabeza.

Cabeza. Un remate de cabeza necesitó el Manchester para abrir fuego en el 24'. Hasta entonces mandaban los reds pero no tiraban a puerta. Combinó Brown con Scholes, volvieron locos a Malouda y Ashley Cole, centró el lateral, remató Ronaldo en el segundo palo sólo ante el despiste de Essien. La importancia de tener un extremo rematador de cabeza. Ronaldo lo es, y lo clavó al ladito del palo, donde Cech jamás llegará. 1-0 y el Manchester jugaba mejor y se sentía más a gusto. Hasta entonces el Chelsea era una mala sombra de lo que es. Balonazos a Drogba, que es muy bueno y bajaba todas, pero una segunda línea inexistente. De nuevo Lampard y Ballack se aburrían. De nuevo obviaban el mediocampo. Hasta que Lampard se cansó y pidió balones. Los consiguió, y de un centro suyo vino la primera ocasión del Chelsea. Un despiste de Ferdinand permitió a Ballack plantarse casi solo delante de Van der Sar, que realizó un paradón enorme ante la pifia monumental del capitán del United. El Chelsea avisaba al finalizar la primera parte y certificaba en el 45'. Essien lanzó, rebotó en dos jugadores rojos y entre Van der Sar y Ferdinand -de nuevo- se encargaron de permitir a Lampard, que pasaba por allí, empujarla. Gol psicológico, porque duelen cuando ves que el descanso llega.

Salieron los dos ingleses a observarse en la segunda parte. Tarde para el Manchester. La inercia provocó que el Chelsea mandara y el Manchester obedeciera. Makélélé lo barría todo para que Lampard y Ballack ordenaran. Más allá de Drogba, Lampard, Ronaldo o Rooney, quienes verdaderamente fueron héroes fueron Makélélé y Tévez. Ejemplos perfectos de lucha constante y calidad. Makélélé casi fue el hombre de la final, porque además de barrer pulía con criterio el juego de los blues, que llegaron a disparar 17 veces en toda la segunda parte. A excepción de un palo de Drogba los demás eran lanzamientos demasiado lejanos e imprecisos. La impotencia y el miedo se apoderaba de ambos. Ronaldo desapareció en la segunda parte tras ser el dueño y señor de la primera, Rooney nunca estuvo y Tévez corría pero no hacía más. El Manchester sobrevivía a base de Ferdinand, Browm, Vidic y Evra. Nada funcionaba arriba hasta que Giggs y Nani salieron. Ambos refrescaron y dieron vida al juego del Manchester, que hasta entonces había disfrutado de las mejores ocasiones. Dos a puerta vacía, una de Carrick -en la primera parte- y otra de Giggs. Tévez se lamentaba ahora de sus ocasiones perdidas ante Cech en el primer periódo. Tocaba prórroga. Tocaba esperar.
De tanto esperar se puso a llover, los aviones rusos se quedaron sin gasolina. El cansancio se notó y no quedó otra más que los penalties. Tercera final en cinco años definida en los penalties. Tercer drama. Los penalties dan para varios dramas literarios y papeles como los de Anderson y Belletti, específicamente sacados al campo para lanzar la pena, deberían estar prohibidos. Como, creo, debería estarlo que un defensa lanzara un penalty. Por mucho capitán que sea. Quizá ahí ganó Ferguson a un dignísimo Grant. No supo apreciar -años de experiencia por delante para sir Alex Ferguson- que a un portero le sube la moral si el que lanza es defensa. Por mucho que se llame Terry, insisto. Todo marchaba bien hasta que Ronaldo lanzó incomprensiblemente mal un penalty tonto. Quedaba Terry. 4-4, si marcaba el Chelsea era campeón. Pero la crueldad no entiende de logros y el fútbol tampoco. Fuera como fuera Terry lanzó fuera y ahí perdió la final el Chelsea. Dió igual que Anelka lo fallara, la moral se hundió con Terry. Será la losa de su vida. Van der Sar paró con 37 años el penalty a Anelka y entonces al United se agenció la tercera. Pero el Chelsea, dignísimo subcamepón, quizá recibió demasiado castigo. Terry, en sí mismo, era un poema. Avam Grant le intentaba consolar sin éxito. Como casi todos. Nadie se acordaba de Anelka, básicamente porque, la final, se fue con el resbalón de Terry. Sir Bobby Charlton paseaba por el césped de Moscú emocionado. 50 años de la tragedia de Münich. 40, de la Copa de Europa que él mismo ganó para el club de toda su vida. Un buen hombre. Caminaba emocionado hacia el palco. Allí Giggs, mito en activo, y Ferdinand, levantaron la orejuda para el Manchester. Los sueños de Old Trafford seguirán en escena. Las pesadillas jamás volarán de la cabeza de John Terry. No es el culpable, pero en el fútbol, para que uno gane, otro tiene que fallar. Y le tocó a él. A la leyenda del Chelsea. A uno de los mejores centrales del mundo. A un tipo duro, que acabó llorando en el hombro de Grant cual niño desconsolado sin caramelo que llevarse a la boca. Felicidades Chelsea. Felicidades Manchester. Ánimo, John.
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miércoles, 2 de mayo de 2007
Noche de Champions: Le toca a los artistas

Resaca inglesa. Ayer ya vimos cómo el fútbol en estado puro nos mantuvo hasta los penaltys pegados al televisor. ¿Hoy? Le toca a los que hacen del fútbol un arte.
Manchester y Milan se enfrentan en lo que promete ser uno de los partidos del año (sí otra vez), todo un elenco de jugadorazos se darán cita hoy en el césped de San Siro para rendir otro homenaje al fútbol, o bien para esculpir un monumento parecido al de Old Trafford.
Kaka´y Cristiano Ronaldo monopolizan las portadas. Duelo de dioses, he llegado a leer. No andan descaminados, Kaka´y Ronaldo a día de hoy son los dos mejores jugadores del mundo con permiso de Drogba. En la ida el brasileño se salió, dos goles, consagración y derrota inesperada en el último minuto.

Derrota que consumó el otro invitado a la fiesta: Rooney. No podía faltar, no es tan elegante y dudo que sea tan ligón como cuentan de su amigo portugés, pero en lo que se refiere a lo estrictamente futbolístico Rooney es cómo de ellos. El Manchester a la contra, hoy con Rooney arriba puede regalarnos un festival de cómo jugarle al Milan.
Esta vez no hay cruce de declaraciones mal intencionadas entre ambos entrenadores, hoy, lo que cuenta es la belleza y regalar al aficionado otra final. Ancelotti y Ferguson, elegantes ambos, han dejado paso a sus jugadores en lo que a protagonismo se refiere.
Hoy es el turno de Kaka´, Cristiano Ronaldo y Rooney (bendita juventud), pero habrá lugartenientes que no se querrán perder el tiroteo de saloon en lo que se puede convertir esta noche el césped de Milano: Seedorf, Scholes, Carrick, Pirlo, Gilardino, Giggs, y por supuesto Genaro Gattuso (algún barrendero tendría que haber entre tanto pintor, escultor y arquitecto).
Acomoden el sofá, tomen un aperitivo, relájense, sienténse. Fútbol de salón, servido en 90' minutos. Disfruten.
Foto | De archivo, El País
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domingo, 21 de mayo de 2006
Historia del Fútbol: 2 minutos
Para once jugadores sólo quedaban dos minutos. Para los otros once todavía quedaban dos minutos. Con esa frase tan lapidaria se puede resumir lo que la noche del veintiséis de mayo de 1999 ocurrió en el Camp Nou. En el césped, a saber, se enfrentaban Bayern de Múnich y Manchester United. Ambos tenían la oportunidad de volver a ganar la Copa de Europa mucho, pero que mucho tiempo después...Quizás por la edad (16 años), esta final y la de Estambul han sido las más emotivas para mí. No dudo de que las haya habido mejores, pero dudo que las haya habido más épicas, gloriosas, dudo de que haya habido demostraciones más grandes de luchar hasta el final o de no abatimiento ni con un 3-0 en contra. Que el hecho de que los dos equipos de las finales con las que todos soñamos jugar o vivir sean ingleses no es un dato casual; que el hecho de que sus aficiones cantaran ante la adversidad y ante la falta de tiempo o de juego tampoco es un hecho casual.
Yo, en mis ingenuos sueños de cuando era más pequeño y soñaba con jugar algún día la Copa de Europa, soñaba que en mi final perfecta el encubrimiento de gloria llegaría de maneras insospechadas, de maneras imposibles, con goles espectaculares en el último minuto, o con remontadas gloriosas ante el rival más duro, o metiendo el penalty que me diera la victoria y a mi equipo. Las finales con las que soñaba nunca creía que se harían realidad, pero la Copa de Europa es diferente. En la Copa de Europa es posible todo, y digo todo. En los Mundiales te coronas como el mejor del mundo, en tus ligas te proclamas el más regular, en la Eurocopa te proclamas la mejor selección de Europa, pero en la Copa de Europa no solo te consagras como el mejor club del Mundo, te proclamas un pedacito de historía para tí (hablando en primera persona como un club), te proclamas ganador de una competición que huele diferente desde el himno hasta el balón o las insignias en el lateral de la camiseta de los jugadores. La Copa de Europa es la competición de nuestros sueños y por eso en ella solo podía ocurrir lo que ocurrió en Barcelona aquel día primaveral del marzo de 1999.
Las cosas no empezaban bien para los diablos rojos, en el minuto 6' Basler, tras un disparo de falta lejano, adelantaba a los bávaros por culpa de una cantada de uno de los mejores porteros de todos los tiempos: Schmeichel.
Ciertamente el resto del partido fue un completo despilafarro de final. Hay finales y finales, y el problema de las finales de tus sueños es que sólo te imaginas la parte en la que tras un gol de chilena con centro de rabona de tu compañero, metes gol por la escuadra en el 96' y das la victoria a tu equipo, o sólo te imaginas el penalty decisivo, o la parada decisiva, que los porteros también sueñan. No soñamos con el partido en el que hay especulación de los medios, las defensas se la pasan hasta el aburrimiento de los presentes o en la que los delanteros no rascan bola. Eso es demasiado feo como para meterlo en los
sueños, la fantasía exige un mínimo de imposibilidad, un mínimo de belleza inalcanzable y no admite algo que no sea heróico a la luz histórica, aunque lo sea, como por ejemplo Baros pegándose con la mejor defensa del mundo y desgastándola hasta conseguir que falle.La final tuvo dos minutos realmente, uno al principio y otro al final. El caso es que Matthaüs, el tipo que lo había ganado todo, había jugado tres Mundiales y en todas las posiciones menos portero, estaba a tan solo tres minutos de alcanzar algo que era lo único que le faltaba: La Copa de Europa. Tres minutos que había añadido el árbitro. Debió ser en ese momento cuando a los Giggs, Solsjkaer, Beckham, Butt, Sheringham y compañía les entró la venada orgullosa e inglesa y decidieron remontar el partido. Así, sin piedad con el enemigo. Insistentemente los diablos rojos consiguieron un córner.
La hinchada de Manchester lo celebró como un gol, y diez segundos más tarde entendimos porqué. Beckham botó el balón, salió rechazado, respiraron los muniqueses, le llegó a Giggs (zurdo cerrado) le pegó con la derecha (mal, evidentemente) y Sheringham aprovechó que pasaba por allí para batir a Kahn. Se caía el Camp Nou, el Manchester empataba, los alemanes no se lo creían.
Prórroga pensamos todos. Todos menos los jugadores ingleses. Sacó el Bayern de centro, tan rápido como sacó la perdió, pelotazo arriba, Solsjkaer controla, encara a un nervioso Kuffour y provoca otro córner. Dicen que el hombre es el único que cae dos veces en la misma piedra. Dicen también que el alemán es el único de los hombres que cae una vez con la piedra, la hace pedazos y sigue caminando hasta encontrar otra piedra, pero...
Beckham sacó el córner, mientras la pelota volaba los seguidores del Bayern debieron pensar "la pesadilla se repite", Sheringham remató mal y Solsjkaer disparó a gol sin opción para nadie. Fin de la final.
Matthäus no se lo creía, Kuffour lloraba desconsoladamente, Kahn perdía su arrogancia por momentos, Collina en una imagen inédita consolaba a los inconsolables, a los desgraciados que perdían la final que llevaban ganando ochenta y cuatro minutos para que en dos se la quitaran.
Mientras, Beckham levantaba la Orejuda. Lágrimas, sudor, sólo faltaba la sangre y la particular Segunda Guerra Mundial del fútbol podría haber cabido en esos momentos, y creo recordar que a alguien le abrieron una ceja. Los aficionados al Bayern y los propios jugadores se pegaron dos semanas escuchando canciones meláncolicas y llorando.
El mito de que los alemanes hasta el final del partido están vivos se había vuelto en su contra.
Para once jugadores sólo quedaban dos minutos. Para otros once todavía quedaban dos minutos.
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miércoles, 3 de mayo de 2006
Un Mundo aparte: Los Extremos
Hay dos posiciones en el fútbol en las que sus protagonistas son raros, en todos los aspectos. Pensaran: El portero y... ¿entrenador?, ¿jugador nº 12?, ¿mascota?. En el caso de la mascota puede que sí, pero a los que me refería eran los extremos.Tanto extremos como porteros son especiales en el campo, y son especializados. Me explico, portero no se nace, se hace. Salvo casos en los que se quiere ser desde pequeñito, los porteros nacen de un futbolista frustrado que tras en un entrenamiento comprobar que los balonazos de sus compañeros es capaz de pararlos, el entrenador de turno le da los guantes. Extremo se nace, para mí sin ningún tipo de lugar a dudas.
No se puede confundir a un interior con vocación atacante con un extremo. Es un fallo en el que caen muchos entendidos del fútbol, y es bastante diferente una posición de otra. El interior juega en el medio campo, trabaja, recupera, en ocasiones incluso se incorpora a la banda y centra, pero el interior es un mediapunta colocado en banda, no un extremo. Además los interiores no son raros. Los Extremos sí.
Garrincha, Djazic, Littbarsky, Best, Futre, Giggs más recientemente, son grandes extremos que siempre serán recordados por sus regates en la línea de fondo, metiendose por lugares que no había, con el balon cosido a los pies como si tuvieran pegamento en las botas. Unas botas blancas por la suela, de tanto pegarse a la línea de cal, siempre lo más abierto posible, siempre hacia adelante, como si solo importara el hecho de encarar al lateral y ponerla en la cabeza de el primer tipo de tu equipo que pasara por alli.
Los Extremos son los únicos capaces de levantar al estadio ellos solos con una jugada suya. La banda que disfruta del extremo es la que más lo hace cuando el extremo está bien. Arrancan en aplausos cada vez que le hace un caño al lateral, o una bicicleta o un autopase.
Pero si bien es cierto que los extremos son técnicamente maravillosos, y que tienen una velocidad endiablada y siempre con el cuero en la bota, también son los peores en muchos aspectos.Ser extremo es un problema en el sentido de que no participas en el juego. El extremo aguanta impaciente en la banda desmarcado esperando que el mediapunta o mediocentro de turno manden un pase al exilio del fútbol, llamado banda (en la posición atacante de delantero), allí se puede pasar un partido entero, y varios más, sin tocar una sola pelota. Porque si a los organizadores del juego les da por jugar a la banda contraria o por el centro, nuestro extremo se pasa el partido pidiendola y quejandose, incluso muchas veces entrando por el centro, algo inútil porque el extremo solo sabe jugar en banda. No es por nada especial, simplemente ve tantos defensores a su alrededor cuando camina por el centro que no sabe cual empezar a regatear, y no tiene la capacidad de un pase entre lineas que deje a el 9 solo.
Psicológicamente los extremos son raros. Solitarios, con extrañas costumbres, serios, poco habladores y hasta con problemas fuera de su vida. Quizás el hecho de estar aislado en la banda te hace pensar más de la cuenta, y todos sabemos que si piensas demasiado te metes en líos raros que tu mente no es capaz de asimilar.
Quizás por eso los extremos andan solitarios en los entrenamientos. Entrenamientos que se los pasan por donde Dios les dió a entender, ya que no suelen trabajar en exceso porque tampoco lo necesitan, para correr dos veces en todo el partido no es necesario entrenar como el mediocentro.
Quizás por estas cosas Best murió alcoholizado, endeudado tras una vida de lujo y placer en la que su fútbol se extinguió a los 26 años, agobiado de tanta presión, quizás por eso Garrincha murió joven, alcohólico y solo, quizás por eso Cristiano Ronaldo es tan raro, quizás por eso Robben se inventa lesiones.
En el fútbol de hoy no existen los extremos, desechados por descerebrados y asesinos del fútbol como Luxemburgo y su manía de jugar sin bandas. Quizás por eso el fútbol es más táctico y menos improvisado. Quizás.
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