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lunes, 18 de abril de 2011
Los petrodólares no dan títulos, pero facilitan su consecución
Víctor Úcar | Está más que demostrado que en el fútbol el dinero no lo es todo. Es cierto que ayuda a confeccionar un equipo más competitivo y permite contar con jugadores de más calidad. Sin embargo, y afortunadamente para el fútbol, todavía está prohibido comprar títulos —o al menos jamás ha sido demostrado que algún club haya cometido esta irregularidad en el pasado más inmediato—, y por ello sigue siendo un deporte con algo de emoción. Los dirigentes del Manchester City aterrizaron en Inglaterra en 2008 con la idea de hacer del City una potencia futbolística en la Premier League y también en Europa. Sin embargo, el conjunto celeste continúa sin añadir un solo trofeo a sus vitrinas, repletas de polvo desde los años 70.
Pero tres años después de la llegada de los petrodólares, el vecino «pobre» de Manchester —el United ha sido históricamente el equipo más potente de esta región inglesa, tanto en parámetros económicos como sobre todo deportivos—, tiene por fin la posibilidad de cambiar la tendencia. Es cierto que los red devils tienen la Premier prácticamente en el bolsillo y son favoritos para disputar la final de la Champions contra una de las dos superpotencias de la Liga BBVA —el Real Madrid o el Barcelona—, pero los citizens han logrado algo que hacía mucho tiempo que no conseguían: arrebatarle a su máximo rival la posibilidad de levantar un trofeo; superar el papel de víctima que han desempeñado habitualmente a lo largo de su historia; competir de tú a tú con el vecino «rico»... En definitiva, ser protagonistas por un día en la ciudad de Manchester.
Eso es lo que ocurrió ayer en el majestuoso templo británico de Wembley en las semifinales de la FA Cup, la competición futbolística más antigua del mundo. Los red devils, siempre favoritos en el derby de Manchester, acusaron las ausencias de sus dos estrellas: el delantero de la selección inglesa Wayne Rooney —sancionado por soltar improperios en un partido ante una cámara de televisión— y el veterano y talentoso Ryan Giggs —lesionado tras su magnífica actuación en la vuelta de los cuartos de final de la Champions contra el Chelsea—. Sin duda, dos bajas notables, puesto que se trata de los dos jugadores que mejor entienden este deporte en el conjunto que dirige Sir Alex Ferguson. Por su parte, el City arribaba en Londres con la ausencia de su referente ofensivo, el «apache» Carlos Tévez, posición que Mancini decidió cubrir con el italiano Mario Balotelli, dejando de nuevo a su fichaje estrella del mercado invernal —Dzeko — en el banquillo.
El partido auguraba un clásico choque inglés: las gradas abarrotadas, alternativas para ambas escuadras y mucho músculo e intensidad en el centro del campo. Sin duda, el equipo que fuese capaz de adueñarse de esa parcela del terreno de juego, partiría con una gran ventaja. Y ese es el motivo por el que los citizens consiguieron noquear a sus vecinos. En el primer período ambos conjuntos dispusieron de opciones interesantes, pero nadie se adueñó plenamente del esférico. Es cierto que el City atacaba con más intención que su rival, pero los red devils se agarraban a las siempre peligrosas internadas de Nani por banda y al peligro de su estilete con mayor envergadura, Dimitar Berbatov, en las jugadas aéreas. Sin embargo, en la segunda mitad todo cambió. El marfileño Touré Yaya decidió tomar las riendas de su equipo y, junto a su escudero el holandés De Jong, comenzó a ejercer una dictadura en el centro del campo que ahogó al Manchester United en su propia área. Los de Ferguson se habían quedado sin oxígeno. Y en uno de los intentos por desatascar el juego, Carrick erró un pase al borde del área del United que Touré adivinó a la perfección. El ex jugador del Barça se introdujo en el área y batió a Van der Sar por bajo con un disparo certero. La historia estaba cambiando.
Tras el gol de Touré Yaya, el partido se tornó agresivo, más intenso y muy físico. Mientras los citizens habían salido en el descanso con las ideas muy claras y con el único objetivo de ir a por el partido, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson, a pesar de estar físicamente en el estadio de Wembley, su actitud mostraba todo lo contrario. Parecía que el ManU no había saltado al césped del histórico campo inglés tras la reanudación, y que seguía en el vestuario. De Jong y Touré Yaya se hicieron dueños absolutos del centro del campo anulando a Scholes y Carrick, que ni siquiera con faltas conseguían arrebatarle la posesión a los musculosos futbolistas que dirige Mancini. Tampoco podemos olvidarnos de la labor de David Silva. Ayer, una vez más, el canario demostró ser el jugador con más calidad sobre el terreno de juego. Gestos sutiles, movimientos inteligentes y pases con una precisión desmesurada permitieron que su equipo le jugase de tú a tú a un Manchester United muy poco consistente y algo desconcentrado. Además, las bandas del conjunto citizen, lideradas por Barry y un omnipresente Kolarov, funcionaron como cuchillas afiladas, para desgracia de los red devils.
Y por si fuera poco, el veterano futbolista del ManU, Paul Scholes, ante la impotencia de ver cómo su equipo era incapaz de hacerle daño a su vecino de Manchester, decidió borrarse del partido a falta de 20 minutos para la conclusión con una entrada criminal y sin ningún sentido —que bien podría haber sido firmada por su mentor y compañero en el centro del campo en sus primeros años de profesional, el irlandés Roy Keane—. Triste final en esta competición para un jugador que ha marcado historia en el club —lleva 17 temporadas y ha afirmado que es probable que se retire el próximo verano— y que es un auténtico referente para la hinchada del United y también para todo el fútbol inglés. Pero paradójicamente, la expulsión del pelirrojo animó a los red devils y amilanó a los citizens. Solo la imprecisión de los de Ferguson pemitió al Manchester City crear algo de peligro en el área de Van der Sar durante los últimos minutos. Nani y el revulsivo Chicharito aportaron electricidad a su equipo y mantuvieron la esperanza hasta el final, aunque ambos sabían que el partido se había perdido en la reanudación debido a una grave falta de actitud de su equipo.
Una locomotora llamada Touré Yaya, bien secundada por sus compañeros, hicieron ayer del City un equipo compacto y difícil de franquear. Una victoria merecida que le permite al Manchester City jugar la final de la FA Cup contra el Stoke City —clasificado tras vencer por 5-0 al Bolton en la otra semifinal— y seguir creciendo como club. Una oportunidad de oro para que los jeques árabes empiecen a estar más tranquilos con sus multimillonarias inversiones —aunque no siempre efectivas—. Una ocasión de ver al vecino «pobre» de Manchester superar por una vez a su máximo rival. Pero la duda está en ver si los citizens serán capaces de aumentar su reducido palmarés o les podrá la presión ante un rival claramente inferior. Lo único que está claro es que, mientras sigan teniendo tanto capital para poder invertir en grandes jugadores, podrán aspirar a títulos con muchas más facilidades que el resto. Y eso, aunque no asegure su consecución, ya es una gran ventaja.
Imagen | Europa Press | Medio Tiempo | El País
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Víctor Úcar
miércoles, 2 de marzo de 2011
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Andrés Pérez | No hace mucho, Canal + promocionaba la Premier League con imágenes de partidos en vertical. La sutil metáfora ejemplifica a la perfección la forma de plasmar gráficamente los estados emocionales de los equipos ingleses: a diferencia de la expresión horizontal de la selección española y el actual Barça, en Inglaterra la voracidad ofensiva se plasma en el eje de coordenadas Y, para deleite del espectador ansioso de emociones primarias alejadas de cualquier superficialidad estética. Anoche, tanto Manchester United como Chelsea intercambiaron papeles y asumieron el rol de equipo avasallador/avasallado en función de la capacidad física y psicológica de sus futbolistas.
Fue el United el primero en leer con acierto la debilidad del rival. Si el partido se resume de algún modo, es en la capacidad de ambos de oler la sangre de su adversario. El United, equipo que hace de la velocidad y la movilidad en la parcela ofensiva su forma de existir, mareó durante veinte minutos a un Chelsea apático. Ivanovic y Ramires miraban estupefactos cómo Nani y Evra reinventaban el concepto más anticuado del fútbol: tocarla y ofrecerse al espacio. Por la banda izquierda, vía Evra, llegaban las mejores ocasiones del United. Todas ellas quedaron refrendadas en el gol de Rooney, disparo raso y ajustado al borde de la frontal ante la pasividad dolorosa de la defensa del Chelsea. David Luiz, imperial anoche, incluido.
El Chelsea sucumbía como un juguete roto ante la presumible exhibición ofensiva de Chicharito, Nani, Rooney o Fletcher. No fue tal puesto que en un campo inglés la verticalidad no es una constante. Alejados de la monotonía de los conjuntos dominadores en el plano horizontal, el equipo inglés medio no entiende de constancia y funciona por tendencias. En ocasiones inclina el campo hacia la portería rival; en ocasiones hacia la propia. Así, en el filo que separa la gloria del desastre saltando por encima del centro del campo, United y Chelsea regalaron una segunda mitad vertiginosa.
Antes de ella, al final del primer tiempo, el Chelsea recuperaba sus constantes vitales de la mano de Essien y un interesado pero impotente Lampard. Ramires, jugador que necesita de sus mejores compañeros para rendir, comenzaba a carburar. Anelka corría. Torres aún no. Entre tanto, Ivanovic y Cole decidían volver a parecer futbolistas. Ya en la segunda parte todo rotó en torno a David Luiz, mejor jugador arriba y abajo del conjunto de Ancelotti y central para varios lustros: inteligente al corte, fuerte en el contacto, rápido y con buen manejo de balón, el brasileño destrozó los planes del United voleando un balón a la red dentro del área. Fue David Luiz el empuje y Drogba y Lampard los repuntes finales: uno y otro se bastaron para poner de los nervios a Vidic, que terminó expulsado. Penalty que jamás fue, Lampard que fusiló y victoria marcada por la tendencia decreciente del United y creciente, a base de tensión, del Chelsea.
Cosas del fútbol inglés, en Londres la alegría hoy es doble.
Imagen | Clarín
Fue el United el primero en leer con acierto la debilidad del rival. Si el partido se resume de algún modo, es en la capacidad de ambos de oler la sangre de su adversario. El United, equipo que hace de la velocidad y la movilidad en la parcela ofensiva su forma de existir, mareó durante veinte minutos a un Chelsea apático. Ivanovic y Ramires miraban estupefactos cómo Nani y Evra reinventaban el concepto más anticuado del fútbol: tocarla y ofrecerse al espacio. Por la banda izquierda, vía Evra, llegaban las mejores ocasiones del United. Todas ellas quedaron refrendadas en el gol de Rooney, disparo raso y ajustado al borde de la frontal ante la pasividad dolorosa de la defensa del Chelsea. David Luiz, imperial anoche, incluido.
El Chelsea sucumbía como un juguete roto ante la presumible exhibición ofensiva de Chicharito, Nani, Rooney o Fletcher. No fue tal puesto que en un campo inglés la verticalidad no es una constante. Alejados de la monotonía de los conjuntos dominadores en el plano horizontal, el equipo inglés medio no entiende de constancia y funciona por tendencias. En ocasiones inclina el campo hacia la portería rival; en ocasiones hacia la propia. Así, en el filo que separa la gloria del desastre saltando por encima del centro del campo, United y Chelsea regalaron una segunda mitad vertiginosa.
Antes de ella, al final del primer tiempo, el Chelsea recuperaba sus constantes vitales de la mano de Essien y un interesado pero impotente Lampard. Ramires, jugador que necesita de sus mejores compañeros para rendir, comenzaba a carburar. Anelka corría. Torres aún no. Entre tanto, Ivanovic y Cole decidían volver a parecer futbolistas. Ya en la segunda parte todo rotó en torno a David Luiz, mejor jugador arriba y abajo del conjunto de Ancelotti y central para varios lustros: inteligente al corte, fuerte en el contacto, rápido y con buen manejo de balón, el brasileño destrozó los planes del United voleando un balón a la red dentro del área. Fue David Luiz el empuje y Drogba y Lampard los repuntes finales: uno y otro se bastaron para poner de los nervios a Vidic, que terminó expulsado. Penalty que jamás fue, Lampard que fusiló y victoria marcada por la tendencia decreciente del United y creciente, a base de tensión, del Chelsea.
Cosas del fútbol inglés, en Londres la alegría hoy es doble.
Imagen | Clarín
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sábado, 12 de febrero de 2011
El premio a la genialidad
Andrés Pérez | Restaban apenas quince minutos para que finalizara el United - City cuando Nani, abierto en banda, levantó la cabeza y puso el balón en el área de Hart. Para entonces ya sucedía la genialidad: Rooney había deducido que el balón se iría algo largo para un remate de cabeza, con lo que se desprendió levemente de Kompany y encadenó en el aire una serie de movimientos a mitad de camino entre lo terrenal y lo espiritual para conectar una tijereta memorable, a la escuadra del portero del City, impotente ante semejante demostración de talento. El United anotaba su segundo tanto.
El valor de la obra de arte de Rooney valía una distancia de ocho puntos —con un partido menos— con su perseguidor vecino, y en la práctica la eliminación teórica del conjunto de Mancini. Se trata del premio a la genialidad, rara vez obviado por el fútbol. Es este un deporte generoso con los arrebatos geniales de los futbolistas inconstantes y superdotados, no tanto con aquellos regulares cuya letanía se desplaza por el terreno de juego durante la totalidad del partido, haciendo y deshaciendo en todos los tramos del juego. Por ello, el gol de Rooney ocultaba a dos hombres: Silva por un lado, revelándose día tras día como uno de los mejores jugadores de la Premier, cabeza erguida y zancada divina; Giggs por otro, cuyas canas en la barba no impiden que repita para pasmo del joven aficionado mancuniano lo que era capaz de hacer en plenitud de juventud, bailar a su par al filo de la banda, en el borde de la marginación.
Tanto Silva como Giggs saben erguirse en los momentos de importancia capital como líderes de sus compañeros. El canario, inclusive, tiene los arrestos futbolísticos necesarios como para compartir encabezamiento espiritual con el capitán nato que es Tévez. Ambos representaban a sus dos equipos en un encuentro paradigma de la Premier: emocionante e imprevisible. Para rematar el cuadro que United y City dibujaban en Old Trafford para deleite del espectador, apareció Rooney. Su gol completaba el significado de Silva y Giggs, del partido, de la Premier, del fútbol. La pincelada estilista y barroca, por excesiva, que decantó la balanza. Porque la genialidad es un boleto de lotería inevitablemente ganador.
Imagen | El Espectador
El valor de la obra de arte de Rooney valía una distancia de ocho puntos —con un partido menos— con su perseguidor vecino, y en la práctica la eliminación teórica del conjunto de Mancini. Se trata del premio a la genialidad, rara vez obviado por el fútbol. Es este un deporte generoso con los arrebatos geniales de los futbolistas inconstantes y superdotados, no tanto con aquellos regulares cuya letanía se desplaza por el terreno de juego durante la totalidad del partido, haciendo y deshaciendo en todos los tramos del juego. Por ello, el gol de Rooney ocultaba a dos hombres: Silva por un lado, revelándose día tras día como uno de los mejores jugadores de la Premier, cabeza erguida y zancada divina; Giggs por otro, cuyas canas en la barba no impiden que repita para pasmo del joven aficionado mancuniano lo que era capaz de hacer en plenitud de juventud, bailar a su par al filo de la banda, en el borde de la marginación.
Tanto Silva como Giggs saben erguirse en los momentos de importancia capital como líderes de sus compañeros. El canario, inclusive, tiene los arrestos futbolísticos necesarios como para compartir encabezamiento espiritual con el capitán nato que es Tévez. Ambos representaban a sus dos equipos en un encuentro paradigma de la Premier: emocionante e imprevisible. Para rematar el cuadro que United y City dibujaban en Old Trafford para deleite del espectador, apareció Rooney. Su gol completaba el significado de Silva y Giggs, del partido, de la Premier, del fútbol. La pincelada estilista y barroca, por excesiva, que decantó la balanza. Porque la genialidad es un boleto de lotería inevitablemente ganador.
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lunes, 23 de agosto de 2010
El fútbol, Hangeland, el romanticismo
Andrés Pérez | Brede Hangeland es un tipo alto y desgarbado, de complexión endomórfica, rubio, y, se mire por donde se mire a primera vista, desde luego no la imagen idílica de un futbolística. Sus carencias técnicas son evidentes y se siente inseguro con el manejo del balón. Hangeland, noruego nacido en Estados Unidos, en Houston, es un defensa de empuje y despeje: lo suyo es ser expeditivo. No reúne ningún requisito particular por el que amarle en el ejercicio de su profesión ni por el que pasará a la historia. De momento.
Hangeland es uno de tantos. Está bien, su aspecto es especial, tiene una mirada inquieta y áspera, quizá alicaída, melancólica. En fin, es noruego, no son tipos efusivos. Pero, a fin de cuentas, Hangeland es otro central más, uno de tantos que honradamente trabaja cada fin de semana en los duros campos de la Premier League esperando que su contrato sea renovado, anhelando que Drogba o Rooney no tengan el día, volviendo a casa felizmente, saboreando la gustosa nula exposición mediática con su familia, probables hijos, novia, mascota o, simplemente, con cualquier amigo por fortuito que sea.
Cuando a mediados de al segunda parte Nani botó un córner y Hangeland empujó el balón con la espinilla hacia la red de su propio equipo, el Fulham, un coqueto y pequeño club del centro de Londres que viste la casaca de local en uno de los estadios más románticos que se imaginan, el mundo, al noruego, se le venía encima. Tras un partido espectacular, puramente inglés, e intenso, el Fulham caía víctima de una jugada fatal en la que su rival apenas hizo gran cosa por adelantarse. Caer por un gol en propia siempre es doblemente dramático y peripatético: ni siquiera se obliga al rival a ser mejor que uno mismo.
Por aquel entocnes Hangeland era la víctima. Al rato, el fútbol, una fuente inagotable de injusticia pero, de vez en cuando, gustosa en otorgar dosis de romanticismo a cuentagotas, premió, casualidad o causalidad, quién sabe, a Hangeland. En otro córner, cerrando el círculo de esta historia, Hangeland aprovechó su altura y aspecto desgarbado para empujar la pelota a la red. Empataba el Fulham y Hangeland lo celebraba pausadamente, en frío, asumiendo que era su cometido y el de nadie más. El Fulham empató. Quienes vieran el partido se emocionarían. Hangeland simplemente, saboreó en diez minutos las mieles del éxito y del fracaso.
El fútbol ha vuelto. Las últimas gotas de romanticismo en el deporte, con él.
Imagen | RTVE
Hangeland es uno de tantos. Está bien, su aspecto es especial, tiene una mirada inquieta y áspera, quizá alicaída, melancólica. En fin, es noruego, no son tipos efusivos. Pero, a fin de cuentas, Hangeland es otro central más, uno de tantos que honradamente trabaja cada fin de semana en los duros campos de la Premier League esperando que su contrato sea renovado, anhelando que Drogba o Rooney no tengan el día, volviendo a casa felizmente, saboreando la gustosa nula exposición mediática con su familia, probables hijos, novia, mascota o, simplemente, con cualquier amigo por fortuito que sea.
Cuando a mediados de al segunda parte Nani botó un córner y Hangeland empujó el balón con la espinilla hacia la red de su propio equipo, el Fulham, un coqueto y pequeño club del centro de Londres que viste la casaca de local en uno de los estadios más románticos que se imaginan, el mundo, al noruego, se le venía encima. Tras un partido espectacular, puramente inglés, e intenso, el Fulham caía víctima de una jugada fatal en la que su rival apenas hizo gran cosa por adelantarse. Caer por un gol en propia siempre es doblemente dramático y peripatético: ni siquiera se obliga al rival a ser mejor que uno mismo.
Por aquel entocnes Hangeland era la víctima. Al rato, el fútbol, una fuente inagotable de injusticia pero, de vez en cuando, gustosa en otorgar dosis de romanticismo a cuentagotas, premió, casualidad o causalidad, quién sabe, a Hangeland. En otro córner, cerrando el círculo de esta historia, Hangeland aprovechó su altura y aspecto desgarbado para empujar la pelota a la red. Empataba el Fulham y Hangeland lo celebraba pausadamente, en frío, asumiendo que era su cometido y el de nadie más. El Fulham empató. Quienes vieran el partido se emocionarían. Hangeland simplemente, saboreó en diez minutos las mieles del éxito y del fracaso.
El fútbol ha vuelto. Las últimas gotas de romanticismo en el deporte, con él.
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martes, 1 de abril de 2008
20.45, cuartos

Dejamos de lado la Liga Española, la lamentable federación, el botellazo a Armando y la pugna por una Liga sin nivel. Dejamos de lado la península y nos centramos de lleno, de nuevo y ya iba siendo hora, en la competición de la mística y la gloria. La Copa de Europa. O Champions League, ustedes dirán. Yo seguiré llamándola Copa de Europa probablemente hasta que desaparezca o me muera, quizás el mismo día. No sé que sería de nosotros, los aficionados al buen fútbol, al que significa algo más que dinero y publicidad, al que da la gloria y en el que los milagros son posibles. El de la Copa de Europa. El de equipos como el Liverpool o el Milan. Esta noche vuelve la Champions y en España todavía tenemos algo que decir al respecto. Un representante, el Barcelona, el mismo que anda a medio camino entre la desesperación y la resignación, se enfrenta al alemán Schalke 04, el equipo del poderoso Kuranyi.
Viaja el Barcelona hacia Alemania con más dudas que otra cosa. Si de algo nadie duda es de la perla en ciernes que ahora embelesa toda la ciudad condal, Bojan Krkic, el chaval de 17 años que se ha convertido por méritos propios en el actual espíritu de un equipo desganado y porqué no decirlo, muerto. No hablo de una muerte definitiva. Quizás sería más adecuado hablar de punto muerto, o de coma no permanente. Pero algo va mal y la afición a las puertas del campo de entrenamiento de los jugadores lo demuestra. Si Bojan es la solución, sólo queda rezar para que esta noche Europa entera adivine quien puede ser la futura estrella del Barça y de la Selección Española. Suena raro, y no debería sonar así en un equipo con las estrellas que muestra o desmuestra, pero esta es y debería ser la noche de Bojan.

Enfrente el Schalke 04. Relativamente bien en la Liga doméstica alemana y peligrosísimo a balón parado. Si sobre algo se sustenta el Schalke es sobre su fuerte defensa, sobre la seguridad de su portero, Neuer, al que sitúan cerca de la órbita culé y sobre todo el hombre de los mil idiomas y los mil países, como muy bien le define Borja Barba hoy en Diarios de Fútbol, Kevin Kuranyi. Un Barça mermado física y mentalmente deberá andarse con cuidado también con Rafinha, el defensa mejor valorado en la pasada temporada de la Copa de Europa y uno de los laterales derechos con más proyección ofensiva de Europa. Ganando el Barça está en semifinales. Perdiendo con los nervios fuera de control y con Rijkaard con medio pie del banquillo.
Además, hoy, la reedición de los octavos de final del año pasado. Manchester United - Roma. La Roma tiene dos problemas a mencionar: Por un lado la ya segura baja de Totti para el partido y por otro el fantasma del 7-1 que el año pasado los diablso rojos le endosaron a su portero Doni. Es un fantasma psicológico difícil de superar. Aunque más difícil todavía es superar al favorito y mejor equipo de Europa a día de hoy. Los C. Ronaldo, Roooney, Tévez, Nani, Anderson y compañía. A ver quién es el guapo que se atreve a pararlos.
Vía | Soy Plastic, As, Diarios de Fútbol, Más que Fútbol
Imagen | As
Más que Fútbol ● 2008
Viaja el Barcelona hacia Alemania con más dudas que otra cosa. Si de algo nadie duda es de la perla en ciernes que ahora embelesa toda la ciudad condal, Bojan Krkic, el chaval de 17 años que se ha convertido por méritos propios en el actual espíritu de un equipo desganado y porqué no decirlo, muerto. No hablo de una muerte definitiva. Quizás sería más adecuado hablar de punto muerto, o de coma no permanente. Pero algo va mal y la afición a las puertas del campo de entrenamiento de los jugadores lo demuestra. Si Bojan es la solución, sólo queda rezar para que esta noche Europa entera adivine quien puede ser la futura estrella del Barça y de la Selección Española. Suena raro, y no debería sonar así en un equipo con las estrellas que muestra o desmuestra, pero esta es y debería ser la noche de Bojan.

Enfrente el Schalke 04. Relativamente bien en la Liga doméstica alemana y peligrosísimo a balón parado. Si sobre algo se sustenta el Schalke es sobre su fuerte defensa, sobre la seguridad de su portero, Neuer, al que sitúan cerca de la órbita culé y sobre todo el hombre de los mil idiomas y los mil países, como muy bien le define Borja Barba hoy en Diarios de Fútbol, Kevin Kuranyi. Un Barça mermado física y mentalmente deberá andarse con cuidado también con Rafinha, el defensa mejor valorado en la pasada temporada de la Copa de Europa y uno de los laterales derechos con más proyección ofensiva de Europa. Ganando el Barça está en semifinales. Perdiendo con los nervios fuera de control y con Rijkaard con medio pie del banquillo.
Además, hoy, la reedición de los octavos de final del año pasado. Manchester United - Roma. La Roma tiene dos problemas a mencionar: Por un lado la ya segura baja de Totti para el partido y por otro el fantasma del 7-1 que el año pasado los diablso rojos le endosaron a su portero Doni. Es un fantasma psicológico difícil de superar. Aunque más difícil todavía es superar al favorito y mejor equipo de Europa a día de hoy. Los C. Ronaldo, Roooney, Tévez, Nani, Anderson y compañía. A ver quién es el guapo que se atreve a pararlos.
Vía | Soy Plastic, As, Diarios de Fútbol, Más que Fútbol
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Más que Fútbol ● 2008
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