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lunes, 9 de mayo de 2011
La Premier se abona al Manchester United
Víctor Úcar | Eléctrico. Intenso. Agresivo. Convincente. Seguro. Con estos y muchos otros calificativos, el Manchester United se aseguró prácticamente el título de la Premier League ante el único rival que podía amenazarle, el Chelsea. Dicen que la fe mueve montañas, pues lo cierto es que los chicos de Sir Alex Ferguson se tomaron estas palabras ayer al pie de la letra, ya que a los 36 segundos ya habían dado el primer golpe sobre la mesa con un gol de Chicharito. Esa es la diferencia entre dos equipos que aspiran cada año a todo: solo el más mentalizado consigue alcanzar el éxito. Y es que en este deporte que tantas pasiones levanta no siempre gana el mejor, pero sí que lo suele hacer el que tiene más confianza en sus posibilidades. Ayer, únicamente un equipo creyó realmente en sí mismo en Old Trafford, y es por eso que, salvo catástrofe mayúscula, el United será el justo campeón de liga la próxima jornada.
A principio de temporada la gente estaba algo desilusionada con el proyecto de este club histórico. El fútbol del Manchester era poco vistoso y las pocas caras nuevas no entusiasmaron a la hinchada. Se apreciaban claras limitaciones y se dudaba del potencial de la plantilla. Sin embargo, ayer pudimos observar que los red devils han ido construyéndose poco a poco a lo largo del campeonato. Es cierto que no es una escuadra que juegue con exquisitez y la verdad es que no cuenta con la brillantez de otras temporadas. Sin embargo, el Manchester ha conseguido formar un equipo con unos valores que le han permitido estar en lo más alto. La solidaridad se ha impuesto este año a las individualidades. Además, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson derrocha intensidad por los cuatro costados, presiona al equipo rival desde el minuto uno y aprovecha al máximo sus ocasiones de gol en cada partido. El Chelsea comprobó en la tarde de ayer por qué nadie ha sido capaz de anotar un gol en Old Trafford en los primeros 45 minutos de juego. Es por eso que el vendaval al que sometieron los red devils a los blues durante la primera media hora bastó para sellar una nueva victoria. Seguramente la definitiva para adjudicarse la Premier League.
Vidic y el mexicano Chicharito dejaron el partido encarrilado en el primer tercio del encuentro, ya que hasta entonces el Chelsea parecía no haber saltado todavía al césped. Carrick y un omnipresente Park Ji Sung noquearon el musculoso centro del campo ideado por los blues, y el ecuatoriano Valencia desbordó por la banda derecha con un descaro prodigioso. Arriba Rooney y Chicharito se movían con libertad, y un poquito más retrasado el incansable Ryan Giggs continuaba dando lecciones de fútbol. En la retaguardia, la defensa vivía tranquila y Van der Sar apenas tenía que intervenir. El Chelsea parecía no dar más de sí y era incapaz de mostrarse realmente como un serio candidato a revalidar el título de liga. Drogba, una vez más el mejor de los blues, trató de liderar a un equipo que vagaba por el terreno de juego sin las ideas claras y que estaba exhibiendo una actitud un tanto derrotista. Lo cierto es que el Chelsea saltó a Old Trafford sin ninguna esperanza y la justicia le correspondió con una derrota. La entrada de Torres y el gol de Lampard a 20 minutos del final se convirtieron en una mera anécdota. Los pupilos de Ancelotti sabían antes de nadie cómo terminaba la película.
En la recta final del encuentro, Chicharito dispuso de dos ocasiones clarísimas para certificar la victoria de los suyos, pero el hecho de verse ya campeón en su primera aventura con los red devils le impidieron concentrarse de cara a gol. Durante toda la temporada, hemos observado como el Arsenal parecía ser el único equipo capaz de acabar con la regularidad del conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson. Sin embargo, los gunners volvieron a quedarse sin pilas en la recta final del campeonato y el Chelsea consiguió recortarle a los red devils nada más y menos que 12 puntos. Y es que, aunque a principios de marzo los blues estaban prácticamente descartados de la lucha por el título, su victoria en Stamford Bridge sobre el ManU logró devolverles la confianza que necesitaban para tratar de pelear por la victoria hasta el final. El problema es que los pupilos de Ancelotti no eran conscientes de lo que significa jugar en Old Trafford esta temporada. El Teatro de los Sueños se ha convertido en un templo inexpugnable para los equipos que lo visitan. En la Premier, los red devils solo han cedido un empate ante el West Brom, y en Liga de Campeones el Rangers escocés y el Valencia fueron los únicos capaces de obtener un punto en el mausoleo inglés. Ya se sabe, la imbatibilidad suele traer grandes recompensas.
Con este triunfo, el Manchester cierra una semana redonda. El miércoles consiguió un billete para disputar la final de la Champions de Wembley ante el FC Barcelona tras golear al Shalke 04 alemán, y ayer acercó un nuevo título de liga a sus vitrinas con un paso de gigante. Los red devils pueden estar contentos con la temporada que han realizado. Derrotar al Barça en la máxima competición europea se torna una empresa muy compleja, pero tienen en su mano ganar la Premier League. Y este año para el Manchester, ganar la Premier no es ninguna tontería. Es cierto que desde que la liga inglesa adoptó el formato actual en 1992 —hasta entonces se conocía como First Division—, el ManU es el máximo dominador. Pero el equipo de Ferguson tiene la oportunidad de hacer algo histórico en el fútbol británico: adelantar al Liverpool en títulos ligueros y convertirse en el equipo inglés más laureado de toda la historia del campeonato doméstico inglés. La historia está a punto de cambiar al norte de Inglaterra.
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miércoles, 2 de marzo de 2011
Tendencias
Andrés Pérez | No hace mucho, Canal + promocionaba la Premier League con imágenes de partidos en vertical. La sutil metáfora ejemplifica a la perfección la forma de plasmar gráficamente los estados emocionales de los equipos ingleses: a diferencia de la expresión horizontal de la selección española y el actual Barça, en Inglaterra la voracidad ofensiva se plasma en el eje de coordenadas Y, para deleite del espectador ansioso de emociones primarias alejadas de cualquier superficialidad estética. Anoche, tanto Manchester United como Chelsea intercambiaron papeles y asumieron el rol de equipo avasallador/avasallado en función de la capacidad física y psicológica de sus futbolistas.
Fue el United el primero en leer con acierto la debilidad del rival. Si el partido se resume de algún modo, es en la capacidad de ambos de oler la sangre de su adversario. El United, equipo que hace de la velocidad y la movilidad en la parcela ofensiva su forma de existir, mareó durante veinte minutos a un Chelsea apático. Ivanovic y Ramires miraban estupefactos cómo Nani y Evra reinventaban el concepto más anticuado del fútbol: tocarla y ofrecerse al espacio. Por la banda izquierda, vía Evra, llegaban las mejores ocasiones del United. Todas ellas quedaron refrendadas en el gol de Rooney, disparo raso y ajustado al borde de la frontal ante la pasividad dolorosa de la defensa del Chelsea. David Luiz, imperial anoche, incluido.
El Chelsea sucumbía como un juguete roto ante la presumible exhibición ofensiva de Chicharito, Nani, Rooney o Fletcher. No fue tal puesto que en un campo inglés la verticalidad no es una constante. Alejados de la monotonía de los conjuntos dominadores en el plano horizontal, el equipo inglés medio no entiende de constancia y funciona por tendencias. En ocasiones inclina el campo hacia la portería rival; en ocasiones hacia la propia. Así, en el filo que separa la gloria del desastre saltando por encima del centro del campo, United y Chelsea regalaron una segunda mitad vertiginosa.
Antes de ella, al final del primer tiempo, el Chelsea recuperaba sus constantes vitales de la mano de Essien y un interesado pero impotente Lampard. Ramires, jugador que necesita de sus mejores compañeros para rendir, comenzaba a carburar. Anelka corría. Torres aún no. Entre tanto, Ivanovic y Cole decidían volver a parecer futbolistas. Ya en la segunda parte todo rotó en torno a David Luiz, mejor jugador arriba y abajo del conjunto de Ancelotti y central para varios lustros: inteligente al corte, fuerte en el contacto, rápido y con buen manejo de balón, el brasileño destrozó los planes del United voleando un balón a la red dentro del área. Fue David Luiz el empuje y Drogba y Lampard los repuntes finales: uno y otro se bastaron para poner de los nervios a Vidic, que terminó expulsado. Penalty que jamás fue, Lampard que fusiló y victoria marcada por la tendencia decreciente del United y creciente, a base de tensión, del Chelsea.
Cosas del fútbol inglés, en Londres la alegría hoy es doble.
Imagen | Clarín
Fue el United el primero en leer con acierto la debilidad del rival. Si el partido se resume de algún modo, es en la capacidad de ambos de oler la sangre de su adversario. El United, equipo que hace de la velocidad y la movilidad en la parcela ofensiva su forma de existir, mareó durante veinte minutos a un Chelsea apático. Ivanovic y Ramires miraban estupefactos cómo Nani y Evra reinventaban el concepto más anticuado del fútbol: tocarla y ofrecerse al espacio. Por la banda izquierda, vía Evra, llegaban las mejores ocasiones del United. Todas ellas quedaron refrendadas en el gol de Rooney, disparo raso y ajustado al borde de la frontal ante la pasividad dolorosa de la defensa del Chelsea. David Luiz, imperial anoche, incluido.
El Chelsea sucumbía como un juguete roto ante la presumible exhibición ofensiva de Chicharito, Nani, Rooney o Fletcher. No fue tal puesto que en un campo inglés la verticalidad no es una constante. Alejados de la monotonía de los conjuntos dominadores en el plano horizontal, el equipo inglés medio no entiende de constancia y funciona por tendencias. En ocasiones inclina el campo hacia la portería rival; en ocasiones hacia la propia. Así, en el filo que separa la gloria del desastre saltando por encima del centro del campo, United y Chelsea regalaron una segunda mitad vertiginosa.
Antes de ella, al final del primer tiempo, el Chelsea recuperaba sus constantes vitales de la mano de Essien y un interesado pero impotente Lampard. Ramires, jugador que necesita de sus mejores compañeros para rendir, comenzaba a carburar. Anelka corría. Torres aún no. Entre tanto, Ivanovic y Cole decidían volver a parecer futbolistas. Ya en la segunda parte todo rotó en torno a David Luiz, mejor jugador arriba y abajo del conjunto de Ancelotti y central para varios lustros: inteligente al corte, fuerte en el contacto, rápido y con buen manejo de balón, el brasileño destrozó los planes del United voleando un balón a la red dentro del área. Fue David Luiz el empuje y Drogba y Lampard los repuntes finales: uno y otro se bastaron para poner de los nervios a Vidic, que terminó expulsado. Penalty que jamás fue, Lampard que fusiló y victoria marcada por la tendencia decreciente del United y creciente, a base de tensión, del Chelsea.
Cosas del fútbol inglés, en Londres la alegría hoy es doble.
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jueves, 7 de mayo de 2009
Justicia poética (Chelsea 1 - 1 Barcelona)

Andrés Pérez | Digamos que hay dos tipos de justicia para determinar quién debió pasar a la final frente al Manchester United. Por un lado encontramos la justicia pragmática, aquella que atiende a motivos puramente terrenales, a lo plasmado en el terreno de juego. Hubo un equipo que tuvo más ocasiones, que se sintió más seguro, que ejecutó su plan de manera perfecta, que pudo sentenciar la eliminatoria pero visicitudes del destino no logró hacerlo. Por el otro encontramos la justicia poética. Aquella que reivindica el amor platónico del buen fútbol, la filosofía de tocar y moverse, la de mentes privilegiadas que atisban en rincones lóbregos espacios iluminados, la justicia de un equipo al que las trabas inmorales del rival en toda una semifinal de la Copa de Europa le impidieron plasmar la idea más bella que el fútbol jamás haya concebido sobre el césped. Por justicia pragmática el Chelsea era más digno finalista que el Barcelona. Atacó más, creó más peligro y, dejando a un lado el estilo, los caminos, aplicó su plan a la perfección sin fisura alguna. Ahogó a un Barcelona que mereció más por pura justicia romántica. Por morir con un estilo hasta las últimas consecuencias a pesar de siquiera acercarse con mínimo peligro a la puerta de Cech. No logro explicarlo, pero el destino, el misterio, un ser superior o simplemente Iniesta obraron el milagro. Reivindicaron la superviviencia del idealismo.
Hablaba el otro día del idealismo de Wenger y su pléyade de niños que tan bien mimaban el balón. El martes el Manchester se encargó de echar por tierra cualquier atisbo de romántica esperanza que el aficionado al buen fútbol, del cual Barça y Arsenal probablemente sean sus mejores representantes, pudiera tener. Es posible que el idealismo sea pura y exclusivamente idealismo. Filosofía. Ideas sin aplicación práctica. Es posible que quienes intenten vivir de la filosofía mueran en el intento, sucumban ante el pragmatismo obsceno que el Chelsea practicó anoche en Stamford Bridge. Es posible. No lo negaré. Pero el Barça de este año se ha empeñado en demostrar que es posible vivir de la idea, que es posible vencer aplicando en la práctica todo aquello con lo que sueña cualquier aficionado. Es posible ser campeón de Europa frente a equipos industriales y correosos, frente a máquinas perfectamente engrasadas con un conjunto plagado de livianos genios. Anoche estuvo cerca de sucumbir ante el ya citado pragmatismo, anoche el Barcelona estuvo a menos de un metro de descender a los infiernos y defraudarse a sí mismo, a punto de derrumbarse ante un muro de hormigón. Casualidades del destino, exista o no, no lo hizo. Parece señalado para mostrar a todo el mundo que no siempre ha de primar la táctica y el físico. Que la improvisación de jugadores pequeños y no excesivamente veloces puede y debe imponerse a todo lo demás.
Fue un milagro. Lo fue porque el Barça no tuvo opción alguna en todo el partido. Los paralelismos con el Arsenal son asombrosos. Saltó al campo convencido en la aplicación práctica del plan ofensivo, el que debería hacer bastado para alcanzar Roma. Por momentos pareció tener éxtio. Antes del imposible gol de Essien el Barça era mejor, se acercaba con cierta impertinencia a las inmediaciones de Cech y manejaba a un Chelsea desorientado, sin rumbo, esperando que en algún momento indeterminado el conjunto de Guardiola perdiera el balón, la cabeza o el don de jugar al fútbol. Sin embargo en la primera llegada del equipo londinense al área de Valdés, un fatídico rechace sirvió a Essien para demostrar que no sólo Zidane es capaz de dibujar obras de arte. La relevancia no es la misma, entendamos, ni la belleza —Zidane es el paradigma de la elegancia, voleó en seco—, lo cual no es óbice para que el gol pase desde ya a ser el mejor de todo el torneo. Sea como fuere, el Chelsea, sin querer, se había adelantado. Vaticiné días antes que este partido lo decidirían los primeros minutos. Creí no equivocarme cuando fue el Chelsea quien se adelantó. Gol a favor, eliminatoria viento en popa toda vela, férrea defensa del resultado y camino Roma.
Ese era el plan y el Chelsea lo aplicó a la perfección. Al Barcelona, la magnífica volea del africano le impidió pensar con frialdad. No merecía un castigo semejante y a pesar de todo con un gol estaba en la final, sin embargo el conjunto al completo se paralizó. De repente, nadie recordaba cómo jugar al fútbol, cómo bailar a un equipo que estaba sometido desde el primer minuto gracias al movimiento incesante de jugadores y balón. Se paralizó el Barça y esa paraáisis le duró hasta el final del partido. El peligro de tal estado de conmoción no era tanto el no anotar un gol a la postre definitivo como el de permitir al Chelsea lanzarse al contraataque, uno de los equipos con más argumentos para hacer temer al rival en caso de que éste se lance sin miedo a por el empate. Por ahí andaban Drogba y Malouda. El primero desquició un rato largo a Piqué y Yayá y el segundo impedirá que Daniel Alves, jugador insustituible dentro del esquema de Guardiola, juegue la final frente al United. En aquel momento parecía lo de menos. En frío, es algo más grave. Dos intervenciones milagrosas de Valdés permitieron respirar al Barcelona quien no se encontraba ofensivamente. Eto'o, sombra de sí mismo, anclado en una banda. Messi absolutamente des-a-pa-re-ci-do. Iniesta y Xavi mantenían la esperanza a flote, pero el escaso movimiento impedía cualquier posibilidad de acercamiento al área londinense. Resultado, cero ocasiones dignas de mención
El Barça hacía aguas por todas partes, sin embargo, Xavi al frente, el estilo se mantenía. Impertérrito, Guardiola no cambió el esquema siquiera cuando Abidal, iniciada la segunda parte, fue expulsado en una maniobra absolutamente censurable por parte del árbitro en cuestión. Se podrá amparar el Chelsea en el penalty no pitado a Piqué, sí, ya que lo era, pero no debiera olvidar que Abidal jamás debió abandonar el campo y que Essien, a tenor de una entrada delictiva a Iniesta, sí. En cualquier caso el problema mayor del Barça en este momento es que se enfrentará a Ronaldo y a Rooney sin sus laterales titulares. En aquel momento, en absoluto alguien pensaba en Roma. Estaba demasiado lejos. Xavi apoyaba, recibía, le daba salida al balón y conseguía movilizar al equipo. Lo hacía desde la línea divisoria por lo que el Chelsea, arropado atrás, no sufría mayor desdicha que la de despejar una y otra vez los repetitivos y previsibles ataques barcelonistas. Eto'o seguía inédito. Messi desastroso. Iniesta se difuminaba en la izquierda, Keita mantuvo un nivel absolutamente intrascendente, al igual que Busquets, quien se vió superado en todo momento. El baluarte ofensivo del Barça, con uno menos, era desolador. Alves, la última esperanza, luchaba, se ofrecía y llegaba hasta las inmediaciones del área de Cech para a la postre no saber centrar. Desesperación.
Así se debía sentir Xavi, o Piqué, o Yayá Touré, o incluso Valdés, únicos y verdaderos artífices anoche de la clasificación baulgrana. Los tres últimos evitaron la goleada —mención especial para el marfileño, quien sin ser central paró en seco todas y cada una de las acometidas londinenses— y el primero, esto es, Xavi, mantuvo en vilo la dignidad del Barça. El estilo, el tan renombrado estilo. Mantuvo, en resumen, el único argumento posible hoy a favor del Barcelona. En el campo, a excepción de él, nadie más demostró algo digno de mención, superados por el poderío físico de un Chelsea metalúrgico, aplastante, expeditivo, seguro. Y a pesar de todo, a pesar de que el Chelsea a estas alturas del partido podía ir ganando por tres goles de diferencia, a pesar de la inoperancia de Messi y de la inactividad de Eto'o, en un segundo para la historia, a Iniesta se le ocurrió colarla en la escuadra. Es posible que me bailen los datos, pero posiblemente fue el único disparo a puerta del Barça en todo el partido. En la frontal, con el Barça ahogando al Chelsea en los últimos quince minutos. El Barça está en Roma por un auténtico milagro. Iniesta apareció en el minuto final, cuando el Chelsea ya celebraba la victoria. Un gol que a buen seguro dolió. Un gol que probablemente hizo justicia a una idea y no a una praxis, un tanto que otorgó una segunda oportunidad a un Barça quizá ya, legendario.
Vía | Más que Fútbol, YouTube
Imagen | Marca, El Mundo
Más que Fútbol ● 2009
Hablaba el otro día del idealismo de Wenger y su pléyade de niños que tan bien mimaban el balón. El martes el Manchester se encargó de echar por tierra cualquier atisbo de romántica esperanza que el aficionado al buen fútbol, del cual Barça y Arsenal probablemente sean sus mejores representantes, pudiera tener. Es posible que el idealismo sea pura y exclusivamente idealismo. Filosofía. Ideas sin aplicación práctica. Es posible que quienes intenten vivir de la filosofía mueran en el intento, sucumban ante el pragmatismo obsceno que el Chelsea practicó anoche en Stamford Bridge. Es posible. No lo negaré. Pero el Barça de este año se ha empeñado en demostrar que es posible vivir de la idea, que es posible vencer aplicando en la práctica todo aquello con lo que sueña cualquier aficionado. Es posible ser campeón de Europa frente a equipos industriales y correosos, frente a máquinas perfectamente engrasadas con un conjunto plagado de livianos genios. Anoche estuvo cerca de sucumbir ante el ya citado pragmatismo, anoche el Barcelona estuvo a menos de un metro de descender a los infiernos y defraudarse a sí mismo, a punto de derrumbarse ante un muro de hormigón. Casualidades del destino, exista o no, no lo hizo. Parece señalado para mostrar a todo el mundo que no siempre ha de primar la táctica y el físico. Que la improvisación de jugadores pequeños y no excesivamente veloces puede y debe imponerse a todo lo demás.
Fue un milagro. Lo fue porque el Barça no tuvo opción alguna en todo el partido. Los paralelismos con el Arsenal son asombrosos. Saltó al campo convencido en la aplicación práctica del plan ofensivo, el que debería hacer bastado para alcanzar Roma. Por momentos pareció tener éxtio. Antes del imposible gol de Essien el Barça era mejor, se acercaba con cierta impertinencia a las inmediaciones de Cech y manejaba a un Chelsea desorientado, sin rumbo, esperando que en algún momento indeterminado el conjunto de Guardiola perdiera el balón, la cabeza o el don de jugar al fútbol. Sin embargo en la primera llegada del equipo londinense al área de Valdés, un fatídico rechace sirvió a Essien para demostrar que no sólo Zidane es capaz de dibujar obras de arte. La relevancia no es la misma, entendamos, ni la belleza —Zidane es el paradigma de la elegancia, voleó en seco—, lo cual no es óbice para que el gol pase desde ya a ser el mejor de todo el torneo. Sea como fuere, el Chelsea, sin querer, se había adelantado. Vaticiné días antes que este partido lo decidirían los primeros minutos. Creí no equivocarme cuando fue el Chelsea quien se adelantó. Gol a favor, eliminatoria viento en popa toda vela, férrea defensa del resultado y camino Roma.
Ese era el plan y el Chelsea lo aplicó a la perfección. Al Barcelona, la magnífica volea del africano le impidió pensar con frialdad. No merecía un castigo semejante y a pesar de todo con un gol estaba en la final, sin embargo el conjunto al completo se paralizó. De repente, nadie recordaba cómo jugar al fútbol, cómo bailar a un equipo que estaba sometido desde el primer minuto gracias al movimiento incesante de jugadores y balón. Se paralizó el Barça y esa paraáisis le duró hasta el final del partido. El peligro de tal estado de conmoción no era tanto el no anotar un gol a la postre definitivo como el de permitir al Chelsea lanzarse al contraataque, uno de los equipos con más argumentos para hacer temer al rival en caso de que éste se lance sin miedo a por el empate. Por ahí andaban Drogba y Malouda. El primero desquició un rato largo a Piqué y Yayá y el segundo impedirá que Daniel Alves, jugador insustituible dentro del esquema de Guardiola, juegue la final frente al United. En aquel momento parecía lo de menos. En frío, es algo más grave. Dos intervenciones milagrosas de Valdés permitieron respirar al Barcelona quien no se encontraba ofensivamente. Eto'o, sombra de sí mismo, anclado en una banda. Messi absolutamente des-a-pa-re-ci-do. Iniesta y Xavi mantenían la esperanza a flote, pero el escaso movimiento impedía cualquier posibilidad de acercamiento al área londinense. Resultado, cero ocasiones dignas de mención
El Barça hacía aguas por todas partes, sin embargo, Xavi al frente, el estilo se mantenía. Impertérrito, Guardiola no cambió el esquema siquiera cuando Abidal, iniciada la segunda parte, fue expulsado en una maniobra absolutamente censurable por parte del árbitro en cuestión. Se podrá amparar el Chelsea en el penalty no pitado a Piqué, sí, ya que lo era, pero no debiera olvidar que Abidal jamás debió abandonar el campo y que Essien, a tenor de una entrada delictiva a Iniesta, sí. En cualquier caso el problema mayor del Barça en este momento es que se enfrentará a Ronaldo y a Rooney sin sus laterales titulares. En aquel momento, en absoluto alguien pensaba en Roma. Estaba demasiado lejos. Xavi apoyaba, recibía, le daba salida al balón y conseguía movilizar al equipo. Lo hacía desde la línea divisoria por lo que el Chelsea, arropado atrás, no sufría mayor desdicha que la de despejar una y otra vez los repetitivos y previsibles ataques barcelonistas. Eto'o seguía inédito. Messi desastroso. Iniesta se difuminaba en la izquierda, Keita mantuvo un nivel absolutamente intrascendente, al igual que Busquets, quien se vió superado en todo momento. El baluarte ofensivo del Barça, con uno menos, era desolador. Alves, la última esperanza, luchaba, se ofrecía y llegaba hasta las inmediaciones del área de Cech para a la postre no saber centrar. Desesperación.
Así se debía sentir Xavi, o Piqué, o Yayá Touré, o incluso Valdés, únicos y verdaderos artífices anoche de la clasificación baulgrana. Los tres últimos evitaron la goleada —mención especial para el marfileño, quien sin ser central paró en seco todas y cada una de las acometidas londinenses— y el primero, esto es, Xavi, mantuvo en vilo la dignidad del Barça. El estilo, el tan renombrado estilo. Mantuvo, en resumen, el único argumento posible hoy a favor del Barcelona. En el campo, a excepción de él, nadie más demostró algo digno de mención, superados por el poderío físico de un Chelsea metalúrgico, aplastante, expeditivo, seguro. Y a pesar de todo, a pesar de que el Chelsea a estas alturas del partido podía ir ganando por tres goles de diferencia, a pesar de la inoperancia de Messi y de la inactividad de Eto'o, en un segundo para la historia, a Iniesta se le ocurrió colarla en la escuadra. Es posible que me bailen los datos, pero posiblemente fue el único disparo a puerta del Barça en todo el partido. En la frontal, con el Barça ahogando al Chelsea en los últimos quince minutos. El Barça está en Roma por un auténtico milagro. Iniesta apareció en el minuto final, cuando el Chelsea ya celebraba la victoria. Un gol que a buen seguro dolió. Un gol que probablemente hizo justicia a una idea y no a una praxis, un tanto que otorgó una segunda oportunidad a un Barça quizá ya, legendario.Vía | Más que Fútbol, YouTube
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miércoles, 29 de abril de 2009
Dominio anodino (Barcelona 0 - 0 Chelsea)

Andrés Pérez | Es posible que al magnífico Barcelona que durante tantos meses ha deleitado a media Europa con su preciosista fútbol se le haya encendido la luz de reserva. Se queda sin gasolina. Digo que es posible puesto que no soy muy dado a aventurarme en arriesgadas premoniciones, las cuales entrañan mucho riesgo para tan poco beneficio posterior. Ayer frente al Chelsea, en casa, donde pocos equipos de nivel han sido capaces de contener la verborrea futbolística de este equipo, el Barcelona tocó y tocó, dominó durante los noventa minutos para nada. El marcador no se movió. Se podrá alegar que el entramado que Hiddink montó en torno a Messi, Iniesta o Xavi era infranqueable, que el fútbol planteado por el equipo londinense fue lamentable e indigno de un semifinalista de Copa de Europa, que Cech paró la ocasión de Eto'o y que Bojan o Hleb perdonaron cuando el partido moría, sí, se puede alegar todo eso y más; sin embargo, hay motivos para la preocupación y entre ellos encontramos la poca profundidad con la que el Barça se desempeñó anoche. El partido de Messi fue bochornoso. Eto'o un contínuo quiero y no puedo sumamente egoísta y Henry pareció perder la frescura que había recuperado tras el pasado año.
Decíamos que el Barcelona dominó durante todo el partido, pero se trató de un dominio absoluto anodino. Horizontal, plano. Se trató más de un partido de balonmano eterno que de un caudal ofensivo imparable por parte del conjunto de Guardiola lo cual puede dar a varias interpretaciones. La primera es que hasta la fecha el Barça no se había enfrentado a un equipo inglés y por ende a uno de los mejores equipos del planeta y la segunda es que el Barça ha perdido el fuelle de hace no ya un mes, sino dos semanas ante el Getafe y su dominio goleador, de toque espectacular y transiciones rápidas, se ha diluido en una red de fútbol que pretende ser estilista convirtiéndose, finalmente, en un soporífero monólogo sin gracia alguna. Quizá la respuesta la hallemos en la conjunción de ambos planteamientos. El Barça tiene menos gasolina, menos chispa, menos verticalidad y el Chelsea es mucho mejor que cualquier equipo al que se haya enfrentado el equipo culé hasta la fecha. El planteamiento defensivo del equipo de Stamford Bridge fue simplemente perfecto.
Si no hablo del partido es porque no lo merece. ¿Ocasiones? Contadas. Drogba casi da el susto tras un error enorme de Márquez en la primera parte justo en el momento en que el Barça mejor jugaba. La ocasión, despejada de manera brillante por Víctor Valdés supuso un punto de inflexión para el resto del partido. El Barcelona se salió por completo del encuentro, perdió la concentración atemorado por la voracidad del delantero africano y por el escandaloso poderío físico del Chelsea. Los últimos minutos de la primera mitad, de hecho, son una prueba fehaciente de ello. Durante la segunda parte el Barça continuó dominando, tocando horizontalmente a excepción de un siempre brillante Iniesta y recibiendo patatas por doquier, seña de identidad de un equipo, el Chelsea, que si bien no es violento no se anda con pequeñeces. Ahí están Essien, Mikel, Terry, Alex o Ballack. Tipos duros. Cuando el equipo de Guardiola quiso encontrar tras tanto mareo de balón a sus delanteros, no lo hizo. O al menos no de la manera deseada. Ni Messi, ni Eto'o, excesivamente egoísta anoche, ni Henry estuvieron a la altura y me preocupa especialmente el asunto Messi, quien lleva más de un partido sin la chispa que hace un mes causaba estragos en los rivales. Anoche no hizo absolutamente nada. Y lo poco que hizo lo hizo mal, lento, apagado, impreciso, desmotivado, cabizbajo, deprimido. De todo menos Messi.
Entre tanto, Iniesta y Xavi siguieron a lo suyo. Sin referencias arriba no podían hacer nada y no lo hicieron. El partido no lo ganó el Barça porque sus delanteros, quienes atesoran más de sesenta goles juntos, no estuvieron y que alguien termine las jugadas es un requisito imprescindible para que el fútbol que plantea el Barça tenga éxito. El Chelsea, sabedor de su superioridad física y bien entrada la segunda parte, psicológica, se creció. Como lo hará en Stamford Bridge. Más allá del resultado, el Barça ha sido un poco menos Barça. La oportunidad era esta, sumar dos goles o más en casa y acudir a Londres con los deberes hechos. Sin embargo, una vez más, la cita en Londres se antoja definitiva para las aspiraciones del Barça esta temporada. Corre el riesgo el Barcelona con la Copa de Europa de que el éxito o fracaso en dicha competición condicione al equipo hasta el punto de echar por tierra sus aspiraciones domésticas. Hará bien Guardiola en reflexionar sobre el partido de anoche —que no fue malo, sucede que acostumbrado uno al caviar detesta el buen paté francés— y acudir a Londres con otro planteamiento. El Chelsea en casa no saldrá parapetado en su defensa. Ni mucho menos.
Vía | You Tube
Imagen | El Mundo
Más que Fútbol ● 2009
Decíamos que el Barcelona dominó durante todo el partido, pero se trató de un dominio absoluto anodino. Horizontal, plano. Se trató más de un partido de balonmano eterno que de un caudal ofensivo imparable por parte del conjunto de Guardiola lo cual puede dar a varias interpretaciones. La primera es que hasta la fecha el Barça no se había enfrentado a un equipo inglés y por ende a uno de los mejores equipos del planeta y la segunda es que el Barça ha perdido el fuelle de hace no ya un mes, sino dos semanas ante el Getafe y su dominio goleador, de toque espectacular y transiciones rápidas, se ha diluido en una red de fútbol que pretende ser estilista convirtiéndose, finalmente, en un soporífero monólogo sin gracia alguna. Quizá la respuesta la hallemos en la conjunción de ambos planteamientos. El Barça tiene menos gasolina, menos chispa, menos verticalidad y el Chelsea es mucho mejor que cualquier equipo al que se haya enfrentado el equipo culé hasta la fecha. El planteamiento defensivo del equipo de Stamford Bridge fue simplemente perfecto.
Si no hablo del partido es porque no lo merece. ¿Ocasiones? Contadas. Drogba casi da el susto tras un error enorme de Márquez en la primera parte justo en el momento en que el Barça mejor jugaba. La ocasión, despejada de manera brillante por Víctor Valdés supuso un punto de inflexión para el resto del partido. El Barcelona se salió por completo del encuentro, perdió la concentración atemorado por la voracidad del delantero africano y por el escandaloso poderío físico del Chelsea. Los últimos minutos de la primera mitad, de hecho, son una prueba fehaciente de ello. Durante la segunda parte el Barça continuó dominando, tocando horizontalmente a excepción de un siempre brillante Iniesta y recibiendo patatas por doquier, seña de identidad de un equipo, el Chelsea, que si bien no es violento no se anda con pequeñeces. Ahí están Essien, Mikel, Terry, Alex o Ballack. Tipos duros. Cuando el equipo de Guardiola quiso encontrar tras tanto mareo de balón a sus delanteros, no lo hizo. O al menos no de la manera deseada. Ni Messi, ni Eto'o, excesivamente egoísta anoche, ni Henry estuvieron a la altura y me preocupa especialmente el asunto Messi, quien lleva más de un partido sin la chispa que hace un mes causaba estragos en los rivales. Anoche no hizo absolutamente nada. Y lo poco que hizo lo hizo mal, lento, apagado, impreciso, desmotivado, cabizbajo, deprimido. De todo menos Messi.
Entre tanto, Iniesta y Xavi siguieron a lo suyo. Sin referencias arriba no podían hacer nada y no lo hicieron. El partido no lo ganó el Barça porque sus delanteros, quienes atesoran más de sesenta goles juntos, no estuvieron y que alguien termine las jugadas es un requisito imprescindible para que el fútbol que plantea el Barça tenga éxito. El Chelsea, sabedor de su superioridad física y bien entrada la segunda parte, psicológica, se creció. Como lo hará en Stamford Bridge. Más allá del resultado, el Barça ha sido un poco menos Barça. La oportunidad era esta, sumar dos goles o más en casa y acudir a Londres con los deberes hechos. Sin embargo, una vez más, la cita en Londres se antoja definitiva para las aspiraciones del Barça esta temporada. Corre el riesgo el Barcelona con la Copa de Europa de que el éxito o fracaso en dicha competición condicione al equipo hasta el punto de echar por tierra sus aspiraciones domésticas. Hará bien Guardiola en reflexionar sobre el partido de anoche —que no fue malo, sucede que acostumbrado uno al caviar detesta el buen paté francés— y acudir a Londres con otro planteamiento. El Chelsea en casa no saldrá parapetado en su defensa. Ni mucho menos.Vía | You Tube
Imagen | El Mundo
Más que Fútbol ● 2009
miércoles, 21 de mayo de 2008
Cuando el fútbol castiga a quien menos lo merece (Manchester United 1 - 1 Chelsea)

Andrés Pérez | Once metros. Once metros separaban al Chelsea de la gloria. Entre ellos, el balón, Van der Sar y Terry, el capitán de los blues. Terry ya es una leyenda y como tal se disponía a lanzar el último penalty, el definitivo, el que iba a dar la primera Copa de Europa al Chelsea. Llovía. Abramovich no miraba. Terry tampoco. Ronaldo había fallado y el Manchester pedía clemencia a Dios o a Terry, en cualquier caso no la iban a encontrar. O quizá sí. Todo ocurrió demasiado rápido aunque para John fueron los dos minutos más largos de toda su vida. Ronaldo lloraba. Tampoco miraba. Por una simple fórmula matemática el penalty tenía un 99% de posibilidades de entrar y Van der Sar un 1% de pararlo. Eso siempre que fuera a puerta. Pero el fútbol no entiende de matemáticas ni de compasión. Es por eso, por lo que Terry se resbaló. Se resbaló y el balón se marchó lamiendo el poste a la izquiera de Van der Sar, el mismo que había abandonado para lanzarse al derecho. Todo había salido bien. Falló el suelo, la lluvia, el pie de Terry, el balón o su propia cabeza. Pero falló y lo que vino después fue la derrota más cruel que puede existir en el fútbol. La de la tanda de penalties. John lloraba ahora. Ronaldo reía. El Manchester era campeón.

A decir verdad hubiera merecido tanto ganar el Chelsea como lo mereció finalmente el United. No fue la mejor final de la historia, ni tampoco la que más emoción tuvo hasta el final. Muchos calambres, demasiados nervios. Mediada la segunda parte Terry, Carvalho, Lampard, Ashley Cole y Heargreaves estaban en el suelo, con calambres. Luchar por tres títulos es complicado y cuando un 21 de Mayo te estás jugando la temporada 50 partidos después las piernas se resienten. Pero no quedaba otra más que seguir corriendo. Y eso hicieron. Correr hasta el minuto 120'. Porque si hubo penalties hubo prórroga, y si hubo prórroga hubo un partido igualado. Normalmente las finales igualadas son de dos tipos. Por un lado aquellas finales en las que ninguno juega a nada y el partido acaba empate a nada (Milan - Juventus en 2003) y por otro lado, aquellas que comparten una mitad para cada equipo (Liverpool - MIlan en 2005). La que anoche se jugó en Moscú tuvo más de la segunda que de la primera. Moscú, un lugar frío y alejado de la Europa que todos conocemos. Iba a llover. Pero en Rusia estaban preparados y los aviones encargados de disipar tormentas no tardaron en sobrevolar la ciudad moscovita. Hasta eso estaba dispuesto. Sin embargo, por mucho que la UEFA se empeñe, jugar una final en un campo con las gradas alejadas a 50 metros no es lo mismo que hacerlo en un estadio sin pista olímpica. Y es como si Blatter se hubiera empeñado en repetir escenario cada año. 2005: Estambul; 2006: París; 2007: Atenas; 2008: Moscú. Demasiado lejos, la grada y los jugadores se necesitan cerca.

Estadios aparte, ambos llegaban con la imperiosa necesidad de ganar y lo demostraron durante todo el partido. El Chelsea llegaba a su primera final cinco semifinales después. Desde 2004 el Chelsea ha estado en semifinales y cuatro años después disfrutaba de su primera final. Novato pero no menos peligroso. El Manchester, sin embargo, es otra cosa. Es un grande de Europa sin la suficiente gloria europea, algo parecido al Barcelona o a la Juventus. Europa nunca les sonrió salvo en contadas ocasiones. Ahora el Manchester tiene tres, pero llegaba con dos y con tan sólo cuatro jugadores poseedores de una orejuda. Van der Sar con el Ajax y Giggs, Neville y Scholes con el propio Manchester. Demasiada hambre. Scholes merecía otra Copa y Ronaldo la necesitaba para consolidarse. Por eso el partido fue un manojo de nervios bien controlados. Porque, si la tensión se palpaba en el aire, no hubo fallos que decantaran el partido a excepción del lastimoso gol de Lampard cuando la primera parte finalizaba en manos mancunianas. Si algo tuvo ante todo el encuentro, fue ritmo. Herencia inglesa supongo. Bendita herencia, afirmo.

En teoría el favorito era el Manchester. Porque era su año y por historia. Al comenzar el partido me planteé si el Manchester jugaría igual que contra el Barcelona. Afortunadamente para el bien del espectador ningún equipo se traicionó a si mismo. Y digo afortunadamente porque a pesar del escaso juego del Chelsea en la primera mitad y del Manchester en la segunda, ambos jugaron a lo que sabían y de ahí la igualdad que el encuentro atesoró hasta el penalty que falló Anelka. Jugar contra el Chelsea una eliminatoria es sinónimo de igualdad, el equipo de Mourinho -es su obra- se adapta a cualquier situación y de ahí su metalúrgica rocosidad. Como iba diciendo, el Manchester jugó a lo que supo. Y eso es sinónimo de buen fútbol. Scholes prontó se puso a mandar ante Ballack, Makélélé y Lampard, y Ronaldo fue definitivamente Ronaldo. Lo necesitaba. Necesitaba un partido grande en un escenario grande. Tantos hablaron sobre sus desapariciones en los momentos clave. Tantos dudaron. Ahora nadie duda. Ahora todo el mundo elogia. Ahora todos se apuntan a ficharle. Ahora todos olvidan. Yo si fuera él no olvidaría y seguiría tapando bocas. Al finalizar el encuentro se vió como Giggs le abrazaba, le sujetaba la cabeza frente a él y le decía algo así como: "Eres muy bueno. Esta es la primera. Que sean más." Y Giggs sabe de fútbol. Ronaldo puede proclamarse una leyenda si no pierde la cabeza.

Cabeza. Un remate de cabeza necesitó el Manchester para abrir fuego en el 24'. Hasta entonces mandaban los reds pero no tiraban a puerta. Combinó Brown con Scholes, volvieron locos a Malouda y Ashley Cole, centró el lateral, remató Ronaldo en el segundo palo sólo ante el despiste de Essien. La importancia de tener un extremo rematador de cabeza. Ronaldo lo es, y lo clavó al ladito del palo, donde Cech jamás llegará. 1-0 y el Manchester jugaba mejor y se sentía más a gusto. Hasta entonces el Chelsea era una mala sombra de lo que es. Balonazos a Drogba, que es muy bueno y bajaba todas, pero una segunda línea inexistente. De nuevo Lampard y Ballack se aburrían. De nuevo obviaban el mediocampo. Hasta que Lampard se cansó y pidió balones. Los consiguió, y de un centro suyo vino la primera ocasión del Chelsea. Un despiste de Ferdinand permitió a Ballack plantarse casi solo delante de Van der Sar, que realizó un paradón enorme ante la pifia monumental del capitán del United. El Chelsea avisaba al finalizar la primera parte y certificaba en el 45'. Essien lanzó, rebotó en dos jugadores rojos y entre Van der Sar y Ferdinand -de nuevo- se encargaron de permitir a Lampard, que pasaba por allí, empujarla. Gol psicológico, porque duelen cuando ves que el descanso llega.

Salieron los dos ingleses a observarse en la segunda parte. Tarde para el Manchester. La inercia provocó que el Chelsea mandara y el Manchester obedeciera. Makélélé lo barría todo para que Lampard y Ballack ordenaran. Más allá de Drogba, Lampard, Ronaldo o Rooney, quienes verdaderamente fueron héroes fueron Makélélé y Tévez. Ejemplos perfectos de lucha constante y calidad. Makélélé casi fue el hombre de la final, porque además de barrer pulía con criterio el juego de los blues, que llegaron a disparar 17 veces en toda la segunda parte. A excepción de un palo de Drogba los demás eran lanzamientos demasiado lejanos e imprecisos. La impotencia y el miedo se apoderaba de ambos. Ronaldo desapareció en la segunda parte tras ser el dueño y señor de la primera, Rooney nunca estuvo y Tévez corría pero no hacía más. El Manchester sobrevivía a base de Ferdinand, Browm, Vidic y Evra. Nada funcionaba arriba hasta que Giggs y Nani salieron. Ambos refrescaron y dieron vida al juego del Manchester, que hasta entonces había disfrutado de las mejores ocasiones. Dos a puerta vacía, una de Carrick -en la primera parte- y otra de Giggs. Tévez se lamentaba ahora de sus ocasiones perdidas ante Cech en el primer periódo. Tocaba prórroga. Tocaba esperar.

De tanto esperar se puso a llover, los aviones rusos se quedaron sin gasolina. El cansancio se notó y no quedó otra más que los penalties. Tercera final en cinco años definida en los penalties. Tercer drama. Los penalties dan para varios dramas literarios y papeles como los de Anderson y Belletti, específicamente sacados al campo para lanzar la pena, deberían estar prohibidos. Como, creo, debería estarlo que un defensa lanzara un penalty. Por mucho capitán que sea. Quizá ahí ganó Ferguson a un dignísimo Grant. No supo apreciar -años de experiencia por delante para sir Alex Ferguson- que a un portero le sube la moral si el que lanza es defensa. Por mucho que se llame Terry, insisto. Todo marchaba bien hasta que Ronaldo lanzó incomprensiblemente mal un penalty tonto. Quedaba Terry. 4-4, si marcaba el Chelsea era campeón. Pero la crueldad no entiende de logros y el fútbol tampoco. Fuera como fuera Terry lanzó fuera y ahí perdió la final el Chelsea. Dió igual que Anelka lo fallara, la moral se hundió con Terry. Será la losa de su vida. Van der Sar paró con 37 años el penalty a Anelka y entonces al United se agenció la tercera. Pero el Chelsea, dignísimo subcamepón, quizá recibió demasiado castigo. Terry, en sí mismo, era un poema. Avam Grant le intentaba consolar sin éxito. Como casi todos. Nadie se acordaba de Anelka, básicamente porque, la final, se fue con el resbalón de Terry. Sir Bobby Charlton paseaba por el césped de Moscú emocionado. 50 años de la tragedia de Münich. 40, de la Copa de Europa que él mismo ganó para el club de toda su vida. Un buen hombre. Caminaba emocionado hacia el palco. Allí Giggs, mito en activo, y Ferdinand, levantaron la orejuda para el Manchester. Los sueños de Old Trafford seguirán en escena. Las pesadillas jamás volarán de la cabeza de John Terry. No es el culpable, pero en el fútbol, para que uno gane, otro tiene que fallar. Y le tocó a él. A la leyenda del Chelsea. A uno de los mejores centrales del mundo. A un tipo duro, que acabó llorando en el hombro de Grant cual niño desconsolado sin caramelo que llevarse a la boca. Felicidades Chelsea. Felicidades Manchester. Ánimo, John.
Artículos relacionados | El Manchester campeón de Europa (El Balón Digital), La noche que Manchester y Chelsea jugaron a la ruleta rusa en Moscú (El Hacha de Rubén Uría), Manchester campeón (El que no corre vuela), Siempre nos quedará Anelka (Bar Deportes), El Manchester es el nuevo rey de Europa (El Balón Europeo)
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Más que Fútbol ● 2008

A decir verdad hubiera merecido tanto ganar el Chelsea como lo mereció finalmente el United. No fue la mejor final de la historia, ni tampoco la que más emoción tuvo hasta el final. Muchos calambres, demasiados nervios. Mediada la segunda parte Terry, Carvalho, Lampard, Ashley Cole y Heargreaves estaban en el suelo, con calambres. Luchar por tres títulos es complicado y cuando un 21 de Mayo te estás jugando la temporada 50 partidos después las piernas se resienten. Pero no quedaba otra más que seguir corriendo. Y eso hicieron. Correr hasta el minuto 120'. Porque si hubo penalties hubo prórroga, y si hubo prórroga hubo un partido igualado. Normalmente las finales igualadas son de dos tipos. Por un lado aquellas finales en las que ninguno juega a nada y el partido acaba empate a nada (Milan - Juventus en 2003) y por otro lado, aquellas que comparten una mitad para cada equipo (Liverpool - MIlan en 2005). La que anoche se jugó en Moscú tuvo más de la segunda que de la primera. Moscú, un lugar frío y alejado de la Europa que todos conocemos. Iba a llover. Pero en Rusia estaban preparados y los aviones encargados de disipar tormentas no tardaron en sobrevolar la ciudad moscovita. Hasta eso estaba dispuesto. Sin embargo, por mucho que la UEFA se empeñe, jugar una final en un campo con las gradas alejadas a 50 metros no es lo mismo que hacerlo en un estadio sin pista olímpica. Y es como si Blatter se hubiera empeñado en repetir escenario cada año. 2005: Estambul; 2006: París; 2007: Atenas; 2008: Moscú. Demasiado lejos, la grada y los jugadores se necesitan cerca.

Estadios aparte, ambos llegaban con la imperiosa necesidad de ganar y lo demostraron durante todo el partido. El Chelsea llegaba a su primera final cinco semifinales después. Desde 2004 el Chelsea ha estado en semifinales y cuatro años después disfrutaba de su primera final. Novato pero no menos peligroso. El Manchester, sin embargo, es otra cosa. Es un grande de Europa sin la suficiente gloria europea, algo parecido al Barcelona o a la Juventus. Europa nunca les sonrió salvo en contadas ocasiones. Ahora el Manchester tiene tres, pero llegaba con dos y con tan sólo cuatro jugadores poseedores de una orejuda. Van der Sar con el Ajax y Giggs, Neville y Scholes con el propio Manchester. Demasiada hambre. Scholes merecía otra Copa y Ronaldo la necesitaba para consolidarse. Por eso el partido fue un manojo de nervios bien controlados. Porque, si la tensión se palpaba en el aire, no hubo fallos que decantaran el partido a excepción del lastimoso gol de Lampard cuando la primera parte finalizaba en manos mancunianas. Si algo tuvo ante todo el encuentro, fue ritmo. Herencia inglesa supongo. Bendita herencia, afirmo.

En teoría el favorito era el Manchester. Porque era su año y por historia. Al comenzar el partido me planteé si el Manchester jugaría igual que contra el Barcelona. Afortunadamente para el bien del espectador ningún equipo se traicionó a si mismo. Y digo afortunadamente porque a pesar del escaso juego del Chelsea en la primera mitad y del Manchester en la segunda, ambos jugaron a lo que sabían y de ahí la igualdad que el encuentro atesoró hasta el penalty que falló Anelka. Jugar contra el Chelsea una eliminatoria es sinónimo de igualdad, el equipo de Mourinho -es su obra- se adapta a cualquier situación y de ahí su metalúrgica rocosidad. Como iba diciendo, el Manchester jugó a lo que supo. Y eso es sinónimo de buen fútbol. Scholes prontó se puso a mandar ante Ballack, Makélélé y Lampard, y Ronaldo fue definitivamente Ronaldo. Lo necesitaba. Necesitaba un partido grande en un escenario grande. Tantos hablaron sobre sus desapariciones en los momentos clave. Tantos dudaron. Ahora nadie duda. Ahora todo el mundo elogia. Ahora todos se apuntan a ficharle. Ahora todos olvidan. Yo si fuera él no olvidaría y seguiría tapando bocas. Al finalizar el encuentro se vió como Giggs le abrazaba, le sujetaba la cabeza frente a él y le decía algo así como: "Eres muy bueno. Esta es la primera. Que sean más." Y Giggs sabe de fútbol. Ronaldo puede proclamarse una leyenda si no pierde la cabeza.

Cabeza. Un remate de cabeza necesitó el Manchester para abrir fuego en el 24'. Hasta entonces mandaban los reds pero no tiraban a puerta. Combinó Brown con Scholes, volvieron locos a Malouda y Ashley Cole, centró el lateral, remató Ronaldo en el segundo palo sólo ante el despiste de Essien. La importancia de tener un extremo rematador de cabeza. Ronaldo lo es, y lo clavó al ladito del palo, donde Cech jamás llegará. 1-0 y el Manchester jugaba mejor y se sentía más a gusto. Hasta entonces el Chelsea era una mala sombra de lo que es. Balonazos a Drogba, que es muy bueno y bajaba todas, pero una segunda línea inexistente. De nuevo Lampard y Ballack se aburrían. De nuevo obviaban el mediocampo. Hasta que Lampard se cansó y pidió balones. Los consiguió, y de un centro suyo vino la primera ocasión del Chelsea. Un despiste de Ferdinand permitió a Ballack plantarse casi solo delante de Van der Sar, que realizó un paradón enorme ante la pifia monumental del capitán del United. El Chelsea avisaba al finalizar la primera parte y certificaba en el 45'. Essien lanzó, rebotó en dos jugadores rojos y entre Van der Sar y Ferdinand -de nuevo- se encargaron de permitir a Lampard, que pasaba por allí, empujarla. Gol psicológico, porque duelen cuando ves que el descanso llega.

Salieron los dos ingleses a observarse en la segunda parte. Tarde para el Manchester. La inercia provocó que el Chelsea mandara y el Manchester obedeciera. Makélélé lo barría todo para que Lampard y Ballack ordenaran. Más allá de Drogba, Lampard, Ronaldo o Rooney, quienes verdaderamente fueron héroes fueron Makélélé y Tévez. Ejemplos perfectos de lucha constante y calidad. Makélélé casi fue el hombre de la final, porque además de barrer pulía con criterio el juego de los blues, que llegaron a disparar 17 veces en toda la segunda parte. A excepción de un palo de Drogba los demás eran lanzamientos demasiado lejanos e imprecisos. La impotencia y el miedo se apoderaba de ambos. Ronaldo desapareció en la segunda parte tras ser el dueño y señor de la primera, Rooney nunca estuvo y Tévez corría pero no hacía más. El Manchester sobrevivía a base de Ferdinand, Browm, Vidic y Evra. Nada funcionaba arriba hasta que Giggs y Nani salieron. Ambos refrescaron y dieron vida al juego del Manchester, que hasta entonces había disfrutado de las mejores ocasiones. Dos a puerta vacía, una de Carrick -en la primera parte- y otra de Giggs. Tévez se lamentaba ahora de sus ocasiones perdidas ante Cech en el primer periódo. Tocaba prórroga. Tocaba esperar.
De tanto esperar se puso a llover, los aviones rusos se quedaron sin gasolina. El cansancio se notó y no quedó otra más que los penalties. Tercera final en cinco años definida en los penalties. Tercer drama. Los penalties dan para varios dramas literarios y papeles como los de Anderson y Belletti, específicamente sacados al campo para lanzar la pena, deberían estar prohibidos. Como, creo, debería estarlo que un defensa lanzara un penalty. Por mucho capitán que sea. Quizá ahí ganó Ferguson a un dignísimo Grant. No supo apreciar -años de experiencia por delante para sir Alex Ferguson- que a un portero le sube la moral si el que lanza es defensa. Por mucho que se llame Terry, insisto. Todo marchaba bien hasta que Ronaldo lanzó incomprensiblemente mal un penalty tonto. Quedaba Terry. 4-4, si marcaba el Chelsea era campeón. Pero la crueldad no entiende de logros y el fútbol tampoco. Fuera como fuera Terry lanzó fuera y ahí perdió la final el Chelsea. Dió igual que Anelka lo fallara, la moral se hundió con Terry. Será la losa de su vida. Van der Sar paró con 37 años el penalty a Anelka y entonces al United se agenció la tercera. Pero el Chelsea, dignísimo subcamepón, quizá recibió demasiado castigo. Terry, en sí mismo, era un poema. Avam Grant le intentaba consolar sin éxito. Como casi todos. Nadie se acordaba de Anelka, básicamente porque, la final, se fue con el resbalón de Terry. Sir Bobby Charlton paseaba por el césped de Moscú emocionado. 50 años de la tragedia de Münich. 40, de la Copa de Europa que él mismo ganó para el club de toda su vida. Un buen hombre. Caminaba emocionado hacia el palco. Allí Giggs, mito en activo, y Ferdinand, levantaron la orejuda para el Manchester. Los sueños de Old Trafford seguirán en escena. Las pesadillas jamás volarán de la cabeza de John Terry. No es el culpable, pero en el fútbol, para que uno gane, otro tiene que fallar. Y le tocó a él. A la leyenda del Chelsea. A uno de los mejores centrales del mundo. A un tipo duro, que acabó llorando en el hombro de Grant cual niño desconsolado sin caramelo que llevarse a la boca. Felicidades Chelsea. Felicidades Manchester. Ánimo, John.
Artículos relacionados | El Manchester campeón de Europa (El Balón Digital), La noche que Manchester y Chelsea jugaron a la ruleta rusa en Moscú (El Hacha de Rubén Uría), Manchester campeón (El que no corre vuela), Siempre nos quedará Anelka (Bar Deportes), El Manchester es el nuevo rey de Europa (El Balón Europeo)
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miércoles, 30 de abril de 2008
El Chelsea se hace grande (Chelsea 3 - 2 Liverpool)

Andrés Pérez | Era complicado encontrar algo que pudiera fallar anoche. Chelsea, Liverpool, Londres, lluvia, barro, fútbol inglés, emoción, noche de champions y grandes jugadores. Lo complicado se transformó en obvio al cabo de cinco minutos. Buen fútbol. Porque, sí, hubo emoción a raudales, pero faltó buen fútbol, jugadas combinadas y en definitiva, calidad sobre el césped. Y no porque los jugadores no la atesoraran, sino porque, salvo el Arsenal, en Inglaterra, la calidad no es un factor primordial. la constancia, el físico y la verticalidad se ven más premiadas que un simple bonito pase. Incluso la metereología se alió con la Copa de Europa, como tantas otra veces, para desvelar el misterio: la pareja de baile en Moscú a mediados de mayo del Manchester United. Fue el Chelsea. Tras otra prórroga, tras otra eliminatoria igualadísima hasta el último minuto, tras otra exhibición de coraje y de fuerza. Tras otra semifinal que, lejos de ser gloriosa, fue emocionante y pasará a la historia precisamente por eso. Cuando el fútbol falla lo único que podemos pedir es emoción, por eso, sería conveniente dar las gracias al fútbol inglés y al Liverpool y al Chelsea por brindarnos lo que hace al fútbol el deporte universal: La posibilidad de lo imposible.

El pase a la final del Chelsea es casi de mal gusto. Sin entrar a valorar la labor de Avan Grant salta a la vista que el Chelsea que viajará a Moscú es herencia al completo del ya alejado Mourinho. Es casi morboso y de mal gusto, por tanto, que ahora, cuando Mourinho está de vacaciones, finalmente el Chelsea se acerque al tan ansiado sueño de Abramovich. La Copa de Europa. Tres semifinales y unos cuartos de final después el Chelsea está en la final. Es, lo que comúnmente se denomina hacerse grande. Grande ya era el Liverpool, desde hace mucho. Su grandeza ahora vive de glorias, gestas a las que tan sólo equipos destinados a la gloria como el propio Liverpool, el Milan o el Real Madrid están destinados. El Liverpool alcanza una cuota de mística que ningún otro equipo en el mundo puede atesorar. Su valor, hoy en día, es el de ganar y ganar para una afición que nunca se cansará de animar. Su valor, es el de seguir creando un equipo ganador que poco a poco y basado en el tremendo éxito de la Copa de Europa del 2005 terminará convirtiéndose en un grandísimo equipo, de nuevo. Si el Liverpool, con todas las carencias que tiene, con todos aquellos jugadores que dicen no tener nivel para jugar en un club que siempre aspira a todo alcanza año sí y casi año también las semifinales de la Copa de Europa, no quiero imaginar que podría ocurrir con dos o tres años más de dinero traído de América. Probablemente nunca lo sepamos, porque probablemente Benítez no alcance esa fecha si el equipo sigue sin ganar una Liga, pero, en caso de que fuera así, recordaré felizmente cuando un equipo de jugadores mediocres venció al todopoderoso Milan una noche en Estambul, en 2005.

Pero este añó no será el del Liverpool. Es el del fútbol inglés personificado en Chelsea y Manchester United. Especial felicitación merece el Chelsea, equipo, como ya he dicho, que se ha hecho grande a base de caer en eliminatorias durante cuatro años seguidos. A base de aprender de los grandes. El dinero da grandes equipos, pero saber llegar a la final de la Copa de Europa no lo producen los petrodólares, sino la experiencia que adquieres cuando Barcelona, Milan, Liverpool o Real Madrid te han apeado de tu sueño europeo. Ahora sí el Chelsea es un grande. Ahora, su camino, gane o no gane la Copa de Europa, se ha visto completado. Tiene un aval que presentar cada año, y si alza la orejuda finalmente, aún más. Encomiable por tanto es lo de los blues. Es el ejemplo perfecto del empeño y del no rendirse nunca. Ejemplo, que personifica Drogba, el delantero total y hoy por hoy el mejor delantero del planeta. No hay futbolista que actualmente combine de la manera que lo hace Drogba tal capacidad técnica, táctica y física. Lo tiene todo y parece imparable. Acapara más del 70% del juego ofensivo del Chelsea y aún sabiendo los rivales que siempre serán sus botas las que canalicen los ataques de los londinenses no lo pueden parar. El hombre de la semifinal, sin duda.

El trabajo de Drogba se ve refutado por una defensa de hierro, por un genio como Lampard y por un recuperado Ballack. Todos ellos salieron al lluvioso campo de Stamford Bridge dominando y con muchas más ocasiones de gol que un dormido Liverpool. El Chelsea era mucho mejor, tenía muchas más ocasiones y certificaba con su actitud su probable pase a la final. Tal fue la avalancha de los de Grant que el gol terminó llegando tras un fallo clamoroso de Arbeloa en defensa. Extraño nerviosismo mostraba la zaga del Liverpool anoche, nerviosismo que finalmente se ha mostrado definitivo en jugadas clave del partido. Si por algo se caracterizaba el Liverpool en Europa más allá de su gloria particular, era por cometer cero fallos cada partido en defensa. Anoche los tuvieron. Y con Drogba enfrente firmaron su sentencia de muerte. Volviendo a la jugada, un pase en profundidad de Lampard a Kalou lo terminó aprovechando el inefable Drogba para con un disparo perfecto batir a Reina. Era el minuto 32 y si nada cambiaba el Chelsea iba a arrasar al Liverpool.

Torres arriba estaba muy solo, Alonso no estaba cuajando su mejor partido, Gerrard no tocaba bola gracias a la gran labor del inagotable Makélélé y Kuyt estaba demasiado disperso en la banda, más allá de su infalible entrega habitual. Las charlas de Benítez en los descansos deberían ser estudiadas alguna vez. Comenzó la segunda parte y Xabi Alonso se puso a los mandos del Liverpool para dominar descaradamente a un Chelsea de metal que esperaba cómodamente en su campo. Cómodamente, todo hay que decirlo. Las buenas intenciones del Liverpool, que siempre combinó más y jugó relativamente mejor, recordaban al Barça del martes, empeñado en tocar pero sin crear ocasiones. Así caminaban los reds hasta que Benayoun dejó su seña de indentidad por Stamford Bridge. Arrancó desde la banda derecha, dejó en el camino a cuatro jugadores rivales y con un magnífico pase entre líneas dejó que Torres hiciera su trabajo. Trabajo, perfectamente culminado ante la salida de Cech. Cristiano Ronaldo debería aprender de Drogba o Torres, estrellas que en los partidos grandes no se ocultan. Se crecen. Hoy por hoy, ambos, Drogba y Torres, son los dos mejores delanteros del planeta.

El Chelsea recordó los fantasmas de los años anteriores y se amedrentó. Entre ellos Drogba. El Liverpool fue el dueño y señor de la segunda parte pero no consiguió marcar un gol que se hubiera mostrado definitivo. Prórroga de nuevo y a sufrir ambos equipos. La prórroga dejó en evidencia las carencias del Liverpool en defensa durante todo el partido. El Chelsea comenzó mejor la primera parte del tiempo añadido pero daba igual, era un partido descaradamente de ida y vuelta. Puramente inglés, aderezado con la mística de la Copa de Europa, claro. Corría el 98' y a Hyppia le entró un arrebato de juvenil. Nerviosísimo, entró a Ballack en la esquina del área. Penalty claro ante la incredulidad de los presentes. Hyppia, curtido en mil y una batallas perdiendo la cabeza en una jugada clave del partido. Anteriormente Rosseti había anulado correctamente un gol de Essien por fuera de juego de Carvalho, que estorbaba a Reina. Con remordimiento o sin él, no dudo en pitar la pena máxima que Lampard ejecutó a la perfección. Literalmente. En teoría no debería haber afectado al Liverpool pero la salida de Torres y en general el despropósito tras un gol inesperado dejaron sin capacidad de reacción a los de Benítez. Un penalty bastante claro a Hyppia, un gol en fuera de juego del Chelsea y un golazo de Babel tras cantada de Cech después, el Liverpool estaba en casa y el Chelsea en Moscú jugándoselo todo a una carta con el Manchester, como en la Premier. Los del norte podrán excusarse en Rosseti, en ese penalty a Hyppia o en ese fuera de juego de Malouda en el tercer gol del Chelsea, pero tal y como me negué en los cuartos de final frente al Arsenal, me niego y se deberían negar a creer que están fuera por el árbitro. Un año toca, y otro, Drogba destroza tu sueño. Es así, nadie dijo que los sueños estuvieran reservados a unos cuantos privilegiados. En eso consiste la magia del fútbol, en que los sueños están al alcance de todos. Felicidades Chelsea. Gracias Liverpool.
Vía | Más que Fútbol
Imagen | As, Marca, El País
Más que Fútbol ● 2008

El pase a la final del Chelsea es casi de mal gusto. Sin entrar a valorar la labor de Avan Grant salta a la vista que el Chelsea que viajará a Moscú es herencia al completo del ya alejado Mourinho. Es casi morboso y de mal gusto, por tanto, que ahora, cuando Mourinho está de vacaciones, finalmente el Chelsea se acerque al tan ansiado sueño de Abramovich. La Copa de Europa. Tres semifinales y unos cuartos de final después el Chelsea está en la final. Es, lo que comúnmente se denomina hacerse grande. Grande ya era el Liverpool, desde hace mucho. Su grandeza ahora vive de glorias, gestas a las que tan sólo equipos destinados a la gloria como el propio Liverpool, el Milan o el Real Madrid están destinados. El Liverpool alcanza una cuota de mística que ningún otro equipo en el mundo puede atesorar. Su valor, hoy en día, es el de ganar y ganar para una afición que nunca se cansará de animar. Su valor, es el de seguir creando un equipo ganador que poco a poco y basado en el tremendo éxito de la Copa de Europa del 2005 terminará convirtiéndose en un grandísimo equipo, de nuevo. Si el Liverpool, con todas las carencias que tiene, con todos aquellos jugadores que dicen no tener nivel para jugar en un club que siempre aspira a todo alcanza año sí y casi año también las semifinales de la Copa de Europa, no quiero imaginar que podría ocurrir con dos o tres años más de dinero traído de América. Probablemente nunca lo sepamos, porque probablemente Benítez no alcance esa fecha si el equipo sigue sin ganar una Liga, pero, en caso de que fuera así, recordaré felizmente cuando un equipo de jugadores mediocres venció al todopoderoso Milan una noche en Estambul, en 2005.

Pero este añó no será el del Liverpool. Es el del fútbol inglés personificado en Chelsea y Manchester United. Especial felicitación merece el Chelsea, equipo, como ya he dicho, que se ha hecho grande a base de caer en eliminatorias durante cuatro años seguidos. A base de aprender de los grandes. El dinero da grandes equipos, pero saber llegar a la final de la Copa de Europa no lo producen los petrodólares, sino la experiencia que adquieres cuando Barcelona, Milan, Liverpool o Real Madrid te han apeado de tu sueño europeo. Ahora sí el Chelsea es un grande. Ahora, su camino, gane o no gane la Copa de Europa, se ha visto completado. Tiene un aval que presentar cada año, y si alza la orejuda finalmente, aún más. Encomiable por tanto es lo de los blues. Es el ejemplo perfecto del empeño y del no rendirse nunca. Ejemplo, que personifica Drogba, el delantero total y hoy por hoy el mejor delantero del planeta. No hay futbolista que actualmente combine de la manera que lo hace Drogba tal capacidad técnica, táctica y física. Lo tiene todo y parece imparable. Acapara más del 70% del juego ofensivo del Chelsea y aún sabiendo los rivales que siempre serán sus botas las que canalicen los ataques de los londinenses no lo pueden parar. El hombre de la semifinal, sin duda.

El trabajo de Drogba se ve refutado por una defensa de hierro, por un genio como Lampard y por un recuperado Ballack. Todos ellos salieron al lluvioso campo de Stamford Bridge dominando y con muchas más ocasiones de gol que un dormido Liverpool. El Chelsea era mucho mejor, tenía muchas más ocasiones y certificaba con su actitud su probable pase a la final. Tal fue la avalancha de los de Grant que el gol terminó llegando tras un fallo clamoroso de Arbeloa en defensa. Extraño nerviosismo mostraba la zaga del Liverpool anoche, nerviosismo que finalmente se ha mostrado definitivo en jugadas clave del partido. Si por algo se caracterizaba el Liverpool en Europa más allá de su gloria particular, era por cometer cero fallos cada partido en defensa. Anoche los tuvieron. Y con Drogba enfrente firmaron su sentencia de muerte. Volviendo a la jugada, un pase en profundidad de Lampard a Kalou lo terminó aprovechando el inefable Drogba para con un disparo perfecto batir a Reina. Era el minuto 32 y si nada cambiaba el Chelsea iba a arrasar al Liverpool.

Torres arriba estaba muy solo, Alonso no estaba cuajando su mejor partido, Gerrard no tocaba bola gracias a la gran labor del inagotable Makélélé y Kuyt estaba demasiado disperso en la banda, más allá de su infalible entrega habitual. Las charlas de Benítez en los descansos deberían ser estudiadas alguna vez. Comenzó la segunda parte y Xabi Alonso se puso a los mandos del Liverpool para dominar descaradamente a un Chelsea de metal que esperaba cómodamente en su campo. Cómodamente, todo hay que decirlo. Las buenas intenciones del Liverpool, que siempre combinó más y jugó relativamente mejor, recordaban al Barça del martes, empeñado en tocar pero sin crear ocasiones. Así caminaban los reds hasta que Benayoun dejó su seña de indentidad por Stamford Bridge. Arrancó desde la banda derecha, dejó en el camino a cuatro jugadores rivales y con un magnífico pase entre líneas dejó que Torres hiciera su trabajo. Trabajo, perfectamente culminado ante la salida de Cech. Cristiano Ronaldo debería aprender de Drogba o Torres, estrellas que en los partidos grandes no se ocultan. Se crecen. Hoy por hoy, ambos, Drogba y Torres, son los dos mejores delanteros del planeta.

El Chelsea recordó los fantasmas de los años anteriores y se amedrentó. Entre ellos Drogba. El Liverpool fue el dueño y señor de la segunda parte pero no consiguió marcar un gol que se hubiera mostrado definitivo. Prórroga de nuevo y a sufrir ambos equipos. La prórroga dejó en evidencia las carencias del Liverpool en defensa durante todo el partido. El Chelsea comenzó mejor la primera parte del tiempo añadido pero daba igual, era un partido descaradamente de ida y vuelta. Puramente inglés, aderezado con la mística de la Copa de Europa, claro. Corría el 98' y a Hyppia le entró un arrebato de juvenil. Nerviosísimo, entró a Ballack en la esquina del área. Penalty claro ante la incredulidad de los presentes. Hyppia, curtido en mil y una batallas perdiendo la cabeza en una jugada clave del partido. Anteriormente Rosseti había anulado correctamente un gol de Essien por fuera de juego de Carvalho, que estorbaba a Reina. Con remordimiento o sin él, no dudo en pitar la pena máxima que Lampard ejecutó a la perfección. Literalmente. En teoría no debería haber afectado al Liverpool pero la salida de Torres y en general el despropósito tras un gol inesperado dejaron sin capacidad de reacción a los de Benítez. Un penalty bastante claro a Hyppia, un gol en fuera de juego del Chelsea y un golazo de Babel tras cantada de Cech después, el Liverpool estaba en casa y el Chelsea en Moscú jugándoselo todo a una carta con el Manchester, como en la Premier. Los del norte podrán excusarse en Rosseti, en ese penalty a Hyppia o en ese fuera de juego de Malouda en el tercer gol del Chelsea, pero tal y como me negué en los cuartos de final frente al Arsenal, me niego y se deberían negar a creer que están fuera por el árbitro. Un año toca, y otro, Drogba destroza tu sueño. Es así, nadie dijo que los sueños estuvieran reservados a unos cuantos privilegiados. En eso consiste la magia del fútbol, en que los sueños están al alcance de todos. Felicidades Chelsea. Gracias Liverpool.
Vía | Más que Fútbol
Imagen | As, Marca, El País
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martes, 29 de abril de 2008
20.45, semifinales (II)

Andrés Pérez | Y por último, Champions. Digo por último porque la final es otra cosa. Sigue siendo Copa de Europa, sí, el partido más importante, sí. Pero las elimintarorias a ida y vuelta, aquellas que nos vuelcan el corazón y dejan batallas épicas de por medio se acaban con las semifinales de esta noche. Y se podría decir que acaban de buen ver. Gracias, en gran medida, al buen hacer de los equipos ingleses durante la competición, buen hacer, mal acompañado por la presencia de la mayoría de los equipos teóricamente punteros. Sin noticias de los españoles, por mucho que el Barça esté en la semifinal engañosamente, sin noticias de los italianos que salvo la Roma, no supieron hacer frente ninguna eliminatoria y sin noticias de los alemanes, más allá de un rancio Schalke. Me hubiera gustado ver al Oporto en semifinales, probablemente en el sitio del Barcelona. Fatídica tanda de penaltys para los lusos frente al Schalke 04 en cuartos de final. Pero ahora no queda tiempo para lamentarse de una Champions de contrastes provocados por la brillantez y emoción inglesa y por el aburrimiento restante. Ahora, queda contemplar las semifinales.

Mañana juega el Barcelona frente al Manchester en Old Trafford. De él depende no contemplar una justísima final inglesa, pero no creo que lo consiga, he de decir. La ida se saldó con un apurado 0-0 para el Manchester, cierto, pero no es menos cierto que si comparamos el partido del Barcelona con los de Roma o Lyon descubrimos que el Manchester fuera de casa es así, defensivo. Matemáticas aparte, el Barça lo tiene difícil porque no tira a puerta. Con Deco en el campo dominan pero sin el Eto'o de antes, con un Ronaldinho más fuera que dentro y con Henry desaparecido, el Barcelona acusa una alarmante falta de pegada. Dos tiros a Van der Sar en la ida. No sé cuantos cosecharán esta noche en Old Trafford, pero lo que sí sé es que el Manchester no se querrá ir sin goles de Europa, o de su estadio. Si el Barça quiere estar en Moscú debería marcar dos o más goles mínimo. Y no lo veo nada claro.

El miércoles se juega un partido de pronóstico más complicado. El Chelsea lleva 82 partidos sin palmar en casa y acude con la ventaja del gol en propia meta de Riise en la ida, pero el Liverpool es el Liverpool y peores gestas le hemos visto conseguir a lo largo de su larga historia en competiciones europeas. 1-1 en Anfield, en teoría el Chelsea de un renacido Ballack, del gigante Drogba y de la defensa de hierro debería pasar a Moscú, pero el Liverpool juega mejor, es el Liverpool, cuenta con un cuarteto atacante letal (Gerrard, Babel, Kuyt y Torres) y con una pareja de mediocentros que hacen y deshacen a su antojo (Xabi Alonso y Mascherano). Probablemente el partido se decida en el mediocampo, mediocampo que el Chelsea desprecia. He ahí las esperanzas de un motivado Liverpool. Sin embargo, la motivación no lo es todo, y los números, las matemáticas y la lógica dicen que el Chelsea de Grant debería estar en la final. Pero, como todos sabemos, ni el Liverpool, ni la Copa de Europa entienden de números y lógica. Sólo de sueños.
Vía | Más que Fútbol
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Mañana juega el Barcelona frente al Manchester en Old Trafford. De él depende no contemplar una justísima final inglesa, pero no creo que lo consiga, he de decir. La ida se saldó con un apurado 0-0 para el Manchester, cierto, pero no es menos cierto que si comparamos el partido del Barcelona con los de Roma o Lyon descubrimos que el Manchester fuera de casa es así, defensivo. Matemáticas aparte, el Barça lo tiene difícil porque no tira a puerta. Con Deco en el campo dominan pero sin el Eto'o de antes, con un Ronaldinho más fuera que dentro y con Henry desaparecido, el Barcelona acusa una alarmante falta de pegada. Dos tiros a Van der Sar en la ida. No sé cuantos cosecharán esta noche en Old Trafford, pero lo que sí sé es que el Manchester no se querrá ir sin goles de Europa, o de su estadio. Si el Barça quiere estar en Moscú debería marcar dos o más goles mínimo. Y no lo veo nada claro.

El miércoles se juega un partido de pronóstico más complicado. El Chelsea lleva 82 partidos sin palmar en casa y acude con la ventaja del gol en propia meta de Riise en la ida, pero el Liverpool es el Liverpool y peores gestas le hemos visto conseguir a lo largo de su larga historia en competiciones europeas. 1-1 en Anfield, en teoría el Chelsea de un renacido Ballack, del gigante Drogba y de la defensa de hierro debería pasar a Moscú, pero el Liverpool juega mejor, es el Liverpool, cuenta con un cuarteto atacante letal (Gerrard, Babel, Kuyt y Torres) y con una pareja de mediocentros que hacen y deshacen a su antojo (Xabi Alonso y Mascherano). Probablemente el partido se decida en el mediocampo, mediocampo que el Chelsea desprecia. He ahí las esperanzas de un motivado Liverpool. Sin embargo, la motivación no lo es todo, y los números, las matemáticas y la lógica dicen que el Chelsea de Grant debería estar en la final. Pero, como todos sabemos, ni el Liverpool, ni la Copa de Europa entienden de números y lógica. Sólo de sueños.
Vía | Más que Fútbol
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jueves, 24 de abril de 2008
Dejaron todo para la vuelta

Andrés Pérez | La ida de las semifinales nos dejó una curiosa o melancólica extraña sensación de vacío futbolístico. Un vacío que bien podría haber ocupado la Roma, o el Arsenal, equipos empeñados en hacer del fútbol un deporte de toque y versatilidad. Versatilidad es la palabra que deberían haber añadido a los dos partidos del martes y del miércoles respectivamente. Nada se decidió en la ida para colmo de males de Barça y Liverpool. Si vas a la vuelta fuera de casa con un empate y para colmo ese empate implica un gol en contra, puedes apostar a que tendrás muy cara la eliminatoria. Apostar, ese verbo tan peligroso, es lo que podríamos hacer por una final Manchester - Chelsea. Y no por méritos. Ayer jugó mejor el Barça y antes de ayer el Liverpool mereció más ante un Chelsea que confirmó lo que llevaba gritando toda la temporada. El mediocampo es un ente subestimado dentro del fútbol. Se puede jugar sin él, y se puede ganar.

Claro que esa filosofía es tremendamente acertada si el que está delante del medio campo es un futbolista como Drogba, a día de hoy el más fabuloso jugador de espaldas a la portería rival. Más allá de su pegada, de su técnica y de su poderosa capacidad de intimidación gracias a su cuerpo del ébano, Drogba tiene una inteligencia superior para practicar este deporte. Muchos africanos basan su potencia y su juego en lo físico combinado con algo de técnica, pero es complicado encontrr un africano tan inteligente en el campo como el marfileño. Cada movimiento es una acción de peligro y, Drogba, junto a Villa, Pato o Ibrahimovic es uno de esos jugadores capaces de sacar un gol de la nada, de pegarse más de ochenta minutos con toda la defensa para conseguir que en algún momento falle. El martes lo terminó consiguiendo aunque no interviniera directamente en la jugada tras 94 minutos de juego el Liverpool iba por delante en el marcador, tras un partido bueno, con un Xabi Alonso majestuoso para lo llamativo y para el trabajo sucio, con Kuyt corriendo de nuevo 300.000 kilómetros y con Gerrard y Torres en su habitual línea. El Chelsea despreció como lleva despreciando el mediocampo durante toda la temporada. Jugadores como Ballack, Malouda o Lampard deberían sentirse frustrados en un equipo como este. Y finalmente, Riise, cuando todo terminaba con un favorable 1-0 para los reds, se metió un gol en propia augurando un dificilísimo partido en Stamford Bridge.

Decía hace un par de días que es probable que el Barça haga tres partidos épicos y que gane la Copa de Europa. Sigo sin descaratarlo a pesar del 0-0 del Camp Nou. El Barça jugó su partido más digno en dos años, diría yo. Ante el Manchester y con la importante aportación de Deco (verdadera pieza clave de este equipo) dominó e intimidó durante buena parte del partido a un agazapado pero seguro United. Sin embargo, a pesar de los regates de Messi y el criterio de Deco el Barça tiró escasas dos veces a puerta. Y así, no se le gana a un equipo como el Manchester United. El Manchester por su parte se dedicó a esperar atrás y a pasar un par de apuros con su sólida defensa capitaneada por Ferdinand. Arriba, Rooney estuvo desaparecido, Tévez no se enteró de nada y Ronaldo hizo poco tras fallar el penalty. Curiosa debilidad mental la del portugués, fue fallar la pena máxima y desaparecer. El mito que le persigue y que dice de él que desaparece en los partidos grandes lo ha de derrumbar a la vuelta, en casa, en el Teatro de los sueños, contra un dominador pero poco peligroso Barcelona, que sin Eto'o en plena forma no encuentra referencia ofensiva más allá de la virtuosidad de Messi. Afortunadamente, no auguro una final Barcelona - Chelsea, principalmente por parte de los culés.
Vía | Más que Fútbol, As
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Claro que esa filosofía es tremendamente acertada si el que está delante del medio campo es un futbolista como Drogba, a día de hoy el más fabuloso jugador de espaldas a la portería rival. Más allá de su pegada, de su técnica y de su poderosa capacidad de intimidación gracias a su cuerpo del ébano, Drogba tiene una inteligencia superior para practicar este deporte. Muchos africanos basan su potencia y su juego en lo físico combinado con algo de técnica, pero es complicado encontrr un africano tan inteligente en el campo como el marfileño. Cada movimiento es una acción de peligro y, Drogba, junto a Villa, Pato o Ibrahimovic es uno de esos jugadores capaces de sacar un gol de la nada, de pegarse más de ochenta minutos con toda la defensa para conseguir que en algún momento falle. El martes lo terminó consiguiendo aunque no interviniera directamente en la jugada tras 94 minutos de juego el Liverpool iba por delante en el marcador, tras un partido bueno, con un Xabi Alonso majestuoso para lo llamativo y para el trabajo sucio, con Kuyt corriendo de nuevo 300.000 kilómetros y con Gerrard y Torres en su habitual línea. El Chelsea despreció como lleva despreciando el mediocampo durante toda la temporada. Jugadores como Ballack, Malouda o Lampard deberían sentirse frustrados en un equipo como este. Y finalmente, Riise, cuando todo terminaba con un favorable 1-0 para los reds, se metió un gol en propia augurando un dificilísimo partido en Stamford Bridge.

Decía hace un par de días que es probable que el Barça haga tres partidos épicos y que gane la Copa de Europa. Sigo sin descaratarlo a pesar del 0-0 del Camp Nou. El Barça jugó su partido más digno en dos años, diría yo. Ante el Manchester y con la importante aportación de Deco (verdadera pieza clave de este equipo) dominó e intimidó durante buena parte del partido a un agazapado pero seguro United. Sin embargo, a pesar de los regates de Messi y el criterio de Deco el Barça tiró escasas dos veces a puerta. Y así, no se le gana a un equipo como el Manchester United. El Manchester por su parte se dedicó a esperar atrás y a pasar un par de apuros con su sólida defensa capitaneada por Ferdinand. Arriba, Rooney estuvo desaparecido, Tévez no se enteró de nada y Ronaldo hizo poco tras fallar el penalty. Curiosa debilidad mental la del portugués, fue fallar la pena máxima y desaparecer. El mito que le persigue y que dice de él que desaparece en los partidos grandes lo ha de derrumbar a la vuelta, en casa, en el Teatro de los sueños, contra un dominador pero poco peligroso Barcelona, que sin Eto'o en plena forma no encuentra referencia ofensiva más allá de la virtuosidad de Messi. Afortunadamente, no auguro una final Barcelona - Chelsea, principalmente por parte de los culés.
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martes, 1 de mayo de 2007
Dulce Condena (Liverpool 1 - 0 Chelsea)
Yo, de pequeño, soñaba con la Copa de Europa. Muy simple, y muy común. El problema es que sigo soñando con ella. Es la competición de mis sueños, tenga 8 años o tenga 50, porque permite soñar, permite soñar despiertos, y sobre todo, permite que nuestros sueños se hagan realidad.
Ninguna otra competición en el mundo es capaz de hacer nuestros sueños realidad. Ese gol, bien de chilena bien tras dejar en el camino a tanto inglés (Victor Hugo Morales dixit) en el último minuto que le da la victoria a tu equipo, es posible en la Champions. El Mundial es otra cosa, es más efervescente pero menos mágico, no encierra tanta mística y tanta espiritualidad como lo pueda hacer la Copa de Europa. Es en esta competición en la que podemos contemplar cómo equipos chocan contra su historia, se crean barreras invisibles, mientras otros se lanzan al estrellato apoyados por su historia y sobre todo por su afición.
Sí, el Chelsea es el primero, y el Liverpool el segundo. El Chelsea se convirtió equipo grande el día que un magnate ruso enriquecido por el petróleo le hizo de oro. Fichajes, clase, calidad y un entrenador serio que es más y sobre todo se cree más que sus estrellas, indispensable para controlar un vestuario que bien podría estar inflado de ego y altanería. No lo está y no es por la mano del portugués.
EL Chelsea tiene una barrera moral, una trampa psicológica que le va a costar mucho quitarse de encima. En 4 años ha llegado tres veces a las semifinales y ha caído en otras tantas. No es cuestión de equipo, ya que el Chelsea tenía mejor equipo en sus tres cruces. Es cuestión de afición, es cuestión de historia, pero sobre todo es cuestión de sueños.
La Copa de Europa se cimienta en los sueños, y los cimientos del Liverpool son los más fuertes de Europa. Leí una vez que los jugadores antiguos del Liverpool creían que The Kop aspiraba los goles. Nunca me lo creí. Me demostraron que era cierto en 2005 y me lo han vuelto a demostrar esta noche.
El Chelsea es un gran equipo ojo, y a base de insistir estoy seguro de que en un futuro ganarán una Copa de Europa, necesitan que su historia les pese, necesitan un The Kop. El Liverpool la tiene.
Llegaban los blues con ventaja a Anfield. La táctica de Mourinho estaba clara, atrás, lo más cerca de Cech posible y salir a la contra con un Drogba que tenía que coger todas. El problema es que Anfield se pegó cantando 20 minutos, minutos en los que el Liverpool se salió.
En defensa, Drogba no se llevó ninguna gracias a un gran Agger y a un buen Carragher en las coberturas, en el medio Gerrard pudo con todos, Mascherano se consagró y Zenden estorbó lo suficiente. Y arriba Kuyt no paró de correr ni Crouch de pelear en vano. El Liverpool dominaba (71% - 29% posesión) y el Chelsea no se encontraba. Tenían un zumbido en la oreja preocupante, la grada, que les atormentó hasta que en el 22' tras jugada ensayada Agger marcó.
Con la eliminatoria igualada, al Chelsea le tocó golpear. Pasó a tener el control del juego, Lampard presente, y a incomodar seriamente la meta de Reina. Drogba primero, Essien (con la espalda) después y finalmente Lampard desde un tiro en la banda izquierda demostraron que el Chelsea no iba a regalar el partido.
Y no lo hicieron, en la segunda parte la superioridad de los londinenses se hizo patente definitivamente aunque no consiguieron tener las mejores oportunidades. Curiosa paradoja, cuando el Liverpool más se ahogaba era cuando más daño hacía. Kuyt al larguero tras impresionante testarazo, y posteriormente Crouch de la misma manera metieron el miedo en el cuerpo de los blues. La cosa quedó en a ver quién era el que más miedo tenía, y en esas circunstancias apareció Xabi Alonso para rescatar un mediocampo que se sostenía gracias al impresionante Mascherano.
Así que los 20 últimos minutos fueron más miedo que otra cosa. Si acaso una ocasión clarisima de Drogba y una más en el último minuto a la que no llegó. Fin. Prórroga, más miedo, más gemelos cargados, más de Essien el magnífico, al que esta noche sólo le ha faltado la capa para volar.
El Liverpool a lo suyo, atrás, pero misterios de la vida, más peligroso que el Chelsea. Lanzó Alonso, paró Cech pero con rebote, llegó Kuyt, marcó y levantó el brazo el linier. ¿Fue? Unos dicen que sí, otros que no. Ahora no importa.
La segunda parte de la prórroga para borrarla del vídeo, normal, demasiado miedo, ambos pactaron unos penaltys que decidirían el finalista.
Y fue el Liverpool. Ganó Anfield, primero y sus jugadores después. Ni cinco minutos de descanso, gargantas afónicas, nervios a flor de piel, uñas acabadas, pero seguían cantando cada vez con más fuerza. Reina se irguió como héroe de Liverpool, paró dos, el Liverpool metió todos.
Está condenado a ser grande en Europa. Al igual que estaba condenada España sin representación en estas semifinales. Saben, a mi no me entristece aunque a muchos sí. No he echado de menos al renqueante Barça, ni al rancio Madrid, ni al especulador Valencia.
Esto es fútbol, en estado puro. Gracias Inglaterra por regalarnos unas semifinales como éstas, no hay nada comparable. Gracias Chelsea, gracias Liverpool por condenarnos sin representación española. Dulce Condena.
Fotos | La Gazzeta dello Sport
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