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miércoles, 1 de junio de 2011
96 puntos
Andrés Pérez | Comienza a ser dificultoso hablar del Barça. Los elogios se agotan pero la brillantez incandescente del conjunto de Guardiola no. La pasada temporada supuso una vuelta a la realidad tras un año, el 2009, en el que el conjunto catalán lo ganó absolutamente todo. Existía la posibilidad de repetir la gesta pero era remota, y el Barça mordió el polvo en Copa ante el Sevilla y en semifinales de Copa de Europa ante el Inter, el único equipo que ha sido capaz de doblegar al Barça en tres años en momentos clave de la temporada. Pese a ello el Barcelona obtuvo la Liga. Este año el Barça ha estado cerca, una vez más, de repetir el triplete obtenido hace dos temporadas, lo cual mejora exponencialmente la anterior: finalista en Copa, una vez más campeón de Liga y campeón de la Champions League.
El Barça comenzó el curso, quizá, levemente intimidado por el nuevo aspecto impoluto y poderoso del Real Madrid, que había contratado a Mourinho, entrenador bastante controvertido en la ciudad condal que el año anterior había obtenido la fórmula adecuada para frenar a uno de los mejores conjuntos de la historia. Así las cosas el Barcelona, durante un buen tramo del año, no se encontraba a sí mismo. Hay que entender ésta última oración en su justa medida: el Barça no se encontraba en el sentido de que no ajusticiaba a los rivales de un modo tan cómodo y espectacular como durante los dos años anteriores, pero seguía siendo muy superior a todos. De este modo perdió en casa ante el inverosímil Hércules que más tarde bajaría a Segunda y pasó algún apuro que otro lejos del Camp Nou en Copa de Europa —Copenaghe, Rubin Kazan—.
A pesar de ello, el Barça era una roca granítica en el Camp Nou y no tuvo mayores problemas durante la primera fase de la Copa de Europa. En Liga todo lo cambió el 5-0 endosado al Madrid. Fue el primer momento en que adquirió el liderato del campeonato y no lo soltaría hasta el final del mismo, a pesar de algún tropiezo puntual —Anoeta, Gijón, Bernabéu—. Aquel partido supuso el despertar definitivo de un equipo que no había cuajado el fútbol que se esperaba de él hasta la fecha. El Barça comenzó a mezclar como siempre había sabido, perfeccionó las dinámicas de juego, los automatismos sin balón, la creatividad de sus mejores jugadores —Messi, Xavi, Iniesta— y acopló con menor dificultad que el año anterior a Ibrahimovic a Villa —y a Mascherano—. Comenzó a golear sin piedad por diferencias de locura —varios partidos ganados con rentas de cinco goles o más, incluida la goleada por 8-0 al Almería en su casa— y sublimó, un día más, la práctica del fútbol. Era, sencillamente, una gozada.
Y lo siguió siendo hasta el mes de abril, en el que se encontró al Madrid en la final de Copa, en las semifinales de Copa de Europa y en un partido bastante intrascendente en Liga. El Barça pareció levemente desestabilizado, al menos en el plano psíquico, por toda la marea mediática creada alrededor de los dos partidos y en la que Guardiola y los jugadores del Barça, tradicionalmente loados por su mesura y saber estar, cayeron quién sabe si voluntaria o involuntariamente. El caso es que el partido inicial de Liga en el Bernabéu supuso un adelanto de lo que llegaría más tarde: un Madrid muy echado hacia atrás. El Barça no arriesgó aquel día porque no lo necesitó, pero se mostró claramente superior como se mostraría en el cómputo total de los cuatro partidos que enfrentarían a ambos.
Y entre Liga y Copa de Europa llegó la Copa del Rey, el único broche amargo a una temporada que ha sido plenamente satisfactoria. Algunos aficionados del Barça otorgaban a este título una importancia menor, en efecto, y de hecho, las sombras alargadas de dos títulos de tanto tallaje como los otros dos previamente citados dejan en un difuminado recuerdo, perezoso y negativo, lo que sucedió aquella noche en Mestalla. Lo que sucedió fue que el Madrid fue mejor en la primera parte mostrándose muy decidido y que en la segunda aguantó todo lo posible para certificar su primer título copero en dos décadas mediante un cabezazo de Ronaldo. El Barça pareció mortal. Y todo el mundo pudo verlo. Y todo el ambiente se deterioró tras un partido de alto voltaje, en el que ningún jugador regaló absolutamente nada, en el que hubo trifulcas, daños colaterales, miradas rencorosas, furibundas provocaciones y una inquina generalizada entre unos y otros.
En ese estado de nerviosismo permanente llegaron ambos a las semifinales de Champions. Y ahí el Barça se mostró infinitamente superior. Supo abstraerse en el campo de las ruedas de prensa y de los titulares, cosa que el Madrid y su entrenador no, y dominó y venció en el Bernabéu con un Messi estelar, espectacular, resolutivo y pieza clave del Barcelona. El Barça había superado su particular prueba de fuego, posiblemente la auténtica final de la temporada. De ahí al término todo fue un camino placentero —celebración del título de Liga mediante— hasta Wembley, donde volvió a imponerse bellamente al Manchester United.
Temporada perfecta, por ende, a excepción del leve punto de oscuridad que supuso la Copa del Rey. El Barça ha rozado el pleno y ha vuelto a alcanzar la excelencia durante media temporada. Messi se ha vuelto a confirmar, por si tenía alguien dudas, como el jugador más determinante y resolutivo del planeta con todo lo que ello conlleva para el Barça —positivo en tanto que se beneficia de ello, negativo en tanto que, el día que no lo esté no sabrá reponerse: capitaliza todo el fútbol del Barcelona, absorbe a sus compañeros—. El resto del equipo ha rayado a un nivel sensacional —a pesar de algunos bajones como el de Piqué o la falta de continuidad de Puyol— y se ha dado una alegría con la recuperación de Abidal —que tras su cáncer ha jugado la final de la Champions—. ¿Objetivo de cara al año que viene? Mantenerse en la línea. Y prácticamente por tendencia debería hacerlo. Aunque la decadencia siempre llega en el momento más inesperado, el Barça sólo necesita leves retoques —quizá algún central, darle más minutos a jugadores como Afellay para que puedan suplir con mayores garantías a los titulares—. Feliz eternidad la suya.
Lectura recomendada | Comparativa en Liga entre Madrid y Barcelona (Marca)
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domingo, 29 de mayo de 2011
Al Barça no se le adivina ocaso
Andrés Pérez | Escudado en una perfección ineludible, el Barça cerró en Wembley un círculo que abarca dos décadas y que compone el más brillante cuadro futbolístico que se recuerda en Barcelona. Lo hizo de nuevo ante el Manchester United mostrándose enormemente superior, apenas acuciado en tareas defensivas durante la mayor parte del partido, bailarín, grácil, eternamente móvil, enrevesado en sí mismo, gustoso del fútbol que explota, victorioso al fin y al cabo, firmando en pleno siglo XXI un dominio cíclico semejante al que Ajax, Bayern o Liverpool impusieron en la década de los 70, mostrando su firme candidatura a uno de los mejores equipos de siempre. Fue otra vez en Londres y fueron otra vez Messi, Iniesta y Xavi, símbolos junto a Valdés y Puyol de las tres últimas Copas de Europa del conjunto culé, historia viva del fútbol.
Cuadró el Barcelona de Guardiola el círculo en Wembley. Sin mayores sobresaltos, tan sólo aquellos reglamentados en cada final de este equipo durante los diez primeros minutos, atando el balón en corto, haciendo correr al rival, acelerando en los metros finales, buscando amigos en cada esquina, asociación y espacios a la espaldas de todas las líneas del rival. Es el del Barça un fútbol ofensivo y vertical pese a que en ocasiones transite por la horizontalidad. No en vano se encarga Messi, en un estado de forma encomiable año tras año, postulándose como el jugador más determinante de la década que abandona y de la que llega, de dotar de carácter agresivo y vertical al juego del Barcelona. Messi y el Barça son una asociación inevitablemente ganadora, entendiendo al Barça como una espléndida generación de jugadores extremadamente competitivos, concienciados, conocedores de sus virtudes y en posición de hacerlas prevalecer frente a las de su rival. No hay mayor virtud en el deporte que la capacidad infinita y recurrente de ser mejor. Y el Barça es uno de los pocos equipos en la historia capacitado para ello.
Entra el conjunto culé en el club de las cuatro coronas continentales y con su tercer título en seis años confirma su hegemonía en Europa durante los últimos años. Enfrente se encontró de nuevo un United excesivamente desnortado, sin recursos más allá del combate agresivo y rudimentario que por momentos volvió a inquietar a Valdés durante los primeros minutos. Ya en la rueda de prensa, destinado a la derrota ante un equipo invariablemente ganador, Ferguson, escocés airado al que difícilmente se le encuentra en un renuncio, afirmó sin paliativos que aquel era el mejor equipo que había visto jamás durante su cuarto de siglo como entrenador. Viniendo de un tipo que ha ganado más de una decena de ligas en Inglaterra y dos Copas de Europa son palabras a tener en cuenta. Aunque en realidad se trata de otra ristra de elogios que se suman al ya extenso palmarés del Barça, de este Barça capitaneado por Puyol y dirigido por Xavi, en este campo.
No hay novedad. El Barça ha conseguido de la excelencia la rutina y sólo por eso merece un aplauso y la rendición incondicional a su estilo en todo el universo fútbol. Guardiola y sus jugadores tienen una ideología y la aplican con fervorosa devoción. Independientemente de que se concorde con ella o no —es una ideología y como tal no vale nada más allá de la afinidad que cada uno quiera darle— es de inevitable admiración el tesón con el que la ejercen. El Barça tiene una idea y vive o muere con ella. Por el momento le ha tocado vivir. Quizá aún sea pronto para apreciar con profundidad lo logrado por esta generación de jugadores, que cabalgan cada temporada a lomos del éxito con absoluta normalidad, desmitificando la gloria, con toda la felicidad y todo el riesgo que ello conlleva. Quizá, decía, sea temprano para valorar en retrospectiva las gestas de este equipo. Hace seis años al Barça se le reprochaba escasez de bagaje europeo, una tez perdedora en los momentos de la verdad más allá de aquel oasis de Wembley firmado por Koeman. De la noche a la mañana, en menos de una década, el Barça está ya en la segunda fila por detrás de Liverpool, Milan y Real Madrid.
Tal fugacidad le ha llegado al Barça relativamente prolongada en el tiempo y en dos ciclos diferenciados: el de Rijkaard y el de Guardiola. Lo cual es aún más admirable. El Barça se ha sabido reconstruir para seguir en el mismo sitio. Es una hazaña a la altura tan sólo de los grandes equipos de la historia. Con todo ello, en este alegato que puede parecer póstumo, al Barça le sobran años por delante porque gran parte de la base de su equipo sigue siendo muy joven y se mantiene en una forma excelente. A excepción de Xavi o Puyol, el resto del equipo tiene aún mucho futuro por delante, y observando a tipos como Giggs o Scholes cuesta no decir lo mismo de los dos canteranos catalanes. Es decir: el año que viene habrá más si ningún equipo es capaz de crear un sistema de juego que frene la marea combinativa del Barça. Y al siguiente más. Y es posible que al siguiente más. No se le adivina ocaso al Barça y el culpable de ello es Messi, jugador celestial empeñado en ser irrepetible cabalgando a lomos de un conjunto ya, no hay duda, bañado en leyenda.
Imagen | El País
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miércoles, 4 de mayo de 2011
Será el Barça y será en Wembley
Andrés Pérez | Es probable que no exista mejor modo de ejemplificar el poderío del Barcelona frente a cualquier disposición táctica del rival que el gol de Pedro anoche. Cuando el Real Madrid optó en la segunda parte por adelantar agresivamente la línea de presión y buscar ahogar la salida de balón de sus centrales, éstos no tuvieron más remedio que optar por retrasar el balón para Valdés. En cualquier otro equipo esta situación se solventaría con un balonazo indiscriminado que eliminaría la presión rival a cambio de perder la posesión y atenerse a su construcción ofensiva. En el Barça no. Valdés optó por abrir a banda, con un pase largo y medido, rompiendo la línea de presión por alto y lanzando el contraataque de sus compañeros. Alves recibió el regalo, avanzó metros, buscó a Iniesta, éste a Pedro entre líneas y el canario superó a Casillas en el mano a mano. El Madrid había cambiado el planteamiento y no había servido absolutamente de nada porque seguía perdiendo.
Cuando el Madrid, en el Bernabéu, optó por retrasar sus posiciones, agazaparse en torno a la portería de Casillas, juntar líneas, sembrar minas en el centro del campo, permitir correr verticalmente a Piqué, también murió. Así pues no cabe gran reproche a un Madrid digno anoche en la derrota que apuró sus posibilidades ejecutando planteamientos diversos y mostrando una gran versatilidad —ejemplar en muchos aspectos, esencialmente en el comportamiento hercúleo de sus futbolistas—. Todo lo que intentó Mourinho, desde la defensa cerrada hasta la presión adelantada tratando de destruir el oleaje combinativo del Barcelona, sirvió de más bien poco a excepción de ese caso particular, bello, y épico que supone la Copa del Rey, definitivamente la competición más atractiva de todas en las que este año discutieron Real Madrid y Barcelona.
Sorprendió el Madrid, de nuevo, buscando cercenar los puntos de creación del Barcelona en su propio campo. Adelantó varios metros los lugares en los que sus delanteros presionarían —algo semejante a lo que consiguió en la primera parte de Mestalla— y durante diez minutos el Barça tuvo problemas para controlar el balón y superar el campo de obstáculos sincronizados y pegajosos en el que mutaban los jugadores a las órdenes de Mourinho. Pasados diez minutos de encomiable ejercicio físico del Madrid —robando, intentando distribuir, manteniendo durante cierto tiempo la posesión del balón—, el Barcelona comenzó a superar dicha presión y empujó hacia atrás las líneas defensivas del Real Madrid ejecutando su consabido y posesivo plan de dominación del balón. Es una gran virtud la del Barça: imponer su fútbol conociendo su rival de antemano el plan.
De ahí al final de la primera parte el Barcelona fue mejor, llegó más y sólo el desacierto de Pedro y Villa y las providenciales paradas de Casillas impidieron que al descanso la eliminatoria no sólo estuviera finiquitada sino que pudiera sonrojar a la defensa del Madrid, personificada en Albiol, lento, y en Carvalho, hiperactivo, muy hablador y levemente pasado de revoluciones en cada choque. Tras la reanudación la tónica fue muy semejante a la de la primera parte y el Madrid salió gallardo, altivo, apabullante en el plano físico y forzando al Barcelona a sentirse intimidado. Le disputó el balón, lo ganó por momentos y volvió a su primigenia idea de evitar que los centrales del Barcelona obtuvieran líneas de pase mediante las que abastecer a Iniesta y Xavi, piezas de engranaje entre el inicio y el fin, Messi, de todo el fútbol del Barcelona de Guardiola, preciso e infalible como pocas máquinas habidas en la historia del fútbol.
Pese a la actitud ejemplar del Real Madrid durante la segunda parte, ya sin Higuaín, particularmente pasado de peso, de nuevo imperceptible en los momentos claves de la temporada, y sin Kaka', desaparecido para la causa y sustituido por Ozil, mucho más expresivo y vivaz que el brasileño, el Barcelona volvió al primer párrafo de este artículo y con cuatro jugadores y varias yardas desangeladas que recorrer por delante anotó el primer gol del partido. Volvería el Madrid, impulsivo, a recuperar la fe con el gol de Marcelo pero no quedaba demasiado tiempo. De ahí el final el encuentro volvió a los fueros habituales de esta saga de cuatro enfrentamientos: ásperos y duros, pasados por agua para más escarnio del espectáculo. Fue un final muy decidor de todo lo que en un mes han sabido ofrecer ambos equipos. Más bien nada. Entre tanta mediocridad para lo que se esperaba relució Messi. A fin de cuentas el tipo que, en el Bernabéu, hizo posible que hoy un empate le sirviera al Barcelona. Será el Barcelona y será en Wembley, casi veinte años después de que Koeman lograra, con un tanto indeleble, que el Barcelona levantara por primera vez la Copa de Europa. Ya va camino de la cuarta.
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jueves, 28 de abril de 2011
Messi brilla en un partido opaco
Andrés Pérez | Al igual que el mejor Maradona del Nápoles, con quien es odiosamente comparado, Lionel Messi consume todos los recursos ofensivos de su equipo. Ya sea con libertad ejerciendo de falso delantero centro o partiendo de posiciones más escoradas hacia la banda, el juego del Barcelona en las inmediaciones del área rival nace en Messi, transita por Messi y finaliza en Messi. Messi lo es todo. Para su deleite, cuenta con diez jugadores que han asimilado de un modo natural destinar balones a un talento vertical capaz de crear en la medular, repartir pases finales a los huecos y finalizar como un delantero de área nato. Es precisamente el talento de Messi lo que anoche afloró en el Bernabéu para prácticamente dejar cerrada la eliminatoria y lo que al mismo tiempo es una virtud y un lastre para su equipo: lo es en tanto que cuanto más crece Messi más irrelevantes son todos los demás a su alrededor. Maradona murió absorbiendo cada equipo en el que era contratado. Messi va camino de ello.
Pero antes de que ese punto de no retorno llegue el Barcelona encuentra una mina de diamantes constante en Messi. Anoche, tras una primera tarde dominada por el tedio y una segunda primero alborotada por cierto ímpetu juvenil y copero del Madrid y más tarde cercenada por la expulsión de Pepe, algo que no debe sorprender a nadie, Messi se irguió como el jugador total del ataque del Barcelona. En un primer momento emuló en un destello todos los goles que en su carrera marcaría Gerd Müller anticipándose a su marcador y empujando un balón lateral. Con posterioridad, cuando sus compañeros escondían y mostraban el balón a los defensores del Real Madrid sin la más mínima intención de avanzar metros hacia Casillas, Messi cosería un balón imposible a sus pies para en un abrir y cerrar de ojos sortear a cinco rivales y superar en el mano a mano al portero madridista. Era el minuto 87. Messi había otorgado brillo a un partido mate.
El planteamiento de Mourinho esta vez falló. Falló en la teoría y falló en la ejecución. El Madrid se agazapó demasiado atrás y descuidó sus responsabilidades ofensivas. No está de más olvidar que jugaba en casa y aún espera un partido de vuelta que se presume irrelevante a no ser que el primer equipo, el filial y el primer juvenil del Barcelona se lesione al completo en lo que resta de semana. No se le puede, o no se le debe, achacar al Madrid que su planteamiento partiera de un fundamento defensivo con objeto de evitar la fuente creadora del Barça. Lo que sí es reprochable es que no lo hiciera bien. Una cosa es jugar desde una visión defensiva, con objeto de proteger las propias debilidades e interrumpir las virtudes ajenas —algo que la Juventus o Italia lleva haciendo toda la vida sin que a nadie le suponga mayor problema— y otra es jugar desde una visión defensiva haciéndolo mal. El problema del Madrid no fue su idea del fútbol, sino que la aplicó sin gracia y rematadamente mal.
Así que en una primera parte de control estéril por parte del Barcelona —a excepción de un buen par de disparos de Xavi, anoche muy liberado sin Pepe a su vera— no sucedió nada. Nada más allá de la confirmación de que es el fin de la selección española, de esta selección española, tal y como la conocíamos: Arbeloa tuvo sus más y sus menos con Pedro, Xavi y Piqué; Piqué tuvo sus más y sus menos con Ramos; Xabi Alonso tuvo sus más y sus menos con Busquets; Villa tuvo sus más y sus menos con Xabi Alonso y ya los había tenido con Arbeloa, y así sucesivamente. Más allá de los líos, todo deparó en una grotesca bronca final en la que un descontrolado Pinto terminó expulsado. El Madrid no había desgastado demasiado su físico presionando arriba, al contrario que en Copa, y el Barcelona tampoco forzaba demasiado la maquinaria.
En realidad, aunque nunca sabremos si es fruto del azar o de una idea maquiavélicamente ejecutada, el plan de Mourinho era aprender de los errores en Mestalla y revertirlos: si el Madrid terminó sin aire la segunda parte de la final de Copa porque en la primera se había fustigado presionando muy arriba, esta vez, en Champions, será exactamente al revés, debió pensar el portugués. Y los diez primeros minutos del Madrid fueron mucho mejores a los anteriores cuarenta y cinco, presionando más arriba, poniendo en apuros a Mascherano en su deficiente salida de balón y mostrando más ambición más allá de proteger el resultado. Tampoco era algo nuevo: hizo lo mismo el año pasado con el Inter en el partido de ida de San Siro. Todo parecía indicar que el partido comenzaría a ser entretenido.
En ese momento, con poca fortuna Pepe hizo una entrada dura sobre Alves. Algunas imágenes mostraban cómo antes de impactar en la tibia del lateral brasileño, la planta del pie de Pepe tocaba claramente balón. Se puede interpretar como un planta salvaje o como el fruto involuntario de la incercia de la acción. Sea como fuere el árbitro, que no había visto la acción, consultó con su asistente y le expulsó. Se acabó el Madrid. Se borró del campo, se autoexpulsó Mourinho, apareció Messi, regaló un gol y una joya para la posteridad, el Barça se dedicó a recrearse en su gloria y el Madrid asistió imponente a la confirmación de que aquel seguía siendo mejor equipo a pesar de la final de Valencia. Ya ven, un clásico en el que sólo un talento superlativo como el del argentino dio fe del supuesto talento que a priori atesoraba. Recuerden que algunos justifican un desigual reparto de los beneficios generados por los derechos televisivos porque Madrid y Barcelona ofrecen un espectáculo sin igual plagado de brillantez que acapara la atención de todo el planeta. Y recuerden partidos tediosos y sin arte alguno como el de anoche para rebatir ese argumento. Y, luego, más tarde, díganse que ustedes vieron jugar a Messi.
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jueves, 21 de abril de 2011
El Madrid se reinventa diecisiete años después
Andrés Pérez | En un partido descomunal, legendario, disputadísimo, agrio, sucio, enquistado y brillante, el Madrid se reinventó a sí mismo para conquistar la Copa del Rey diecisiete años después de que lo hiciera por última vez. Lo hizo ahogando al Barça, planteando un partido extenuante en la parcela física, doblando cada ayuda en defensa, concentrado en cada acción y disputando cada balón como si el devenir de la final dependiera de él. No le caben reproches al esquema táctico de Mourinho, de nuevo sagaz, ni a la ejecución práctica de los futbolistas del Madrid, que, y he aquí la noticia, lograron anular durante más de medio partido la capacidad ofensiva del Barcelona. Lo que en un principio no era más que una utopía, el Madrid lo hizo realidad. Hizo de su partido un súmum de decisiones acertadas a costa del Barça, a ratos brillante, impotente en el plano físico y perdido en lo superfluo.
Vaya por delante que la consecución del título por parte del Madrid no obedece a demérito ajeno sino a la exaltación de las virtudes propias. Lejos de cualquier maniqueísmo, la contraposición de estilos deparó un choque excesivamente vibrante, chispeante por momentos, pasado de revoluciones en ocasiones, precioso en su tónica general por la intensidad con la que se jugó por ambos bandos. Tanto Barcelona como Madrid jugaron un partido excelso determinado en una de las muchas acciones que podían haber sido el punto de inflexión y que no fueron: un cabezazo superlativo de Cristiano Ronaldo, suspendido en el aire como los mejores cabeceadores de siempre, tras una combinación en la banda izquierda entre Di María y Marcelo cuando el Madrid conseguía equilibrar la balanza tras cuarenta y cinco minutos a contracorriente víctima de su propia condición humana, impotente en lo físico y aferrado a la genialidad del impasible y eterno Iker Casillas, determinante un día más, una final más, un torneo más. Su palmarés es ya de leyenda.
Decíamos ayer que todo el problema del Madrid el sábado pasado no fue tanto el planteamiento defensivo como el ofensivo, puesto que al juntar tanto las líneas el Madrid perdía el hilo en ataque y llegaba esporádicamente, sin orden ni continuidad, fruto más bien del inevitable cese de espacios del Barcelona antes que de la capacidad ofensiva de sus delanteros. Mourinho solucionó tal problema adelantando las líneas varios metros. El planteamiento del Madrid fue el mismo que ejecutó en el Bernabéu días atrás solo que más cerca del área de Pinto. Las recuperaciones ahora serían un peligro inminente para el Barcelona y el inicio de las jugadas del conjunto de Guardiola distaría demasiado de la zona de peligro de sus mejores jugadores. Dicho y hecho, con un Pepe omnipresente ejerciendo de delantero, centrocampista llegador y destructor a un mismo tiempo, el Barcelona no se encontró.
Se perdió en la maraña táctica que creó Mourinho, Xabi Alonso y Khedira estelares en las ayudas a sus centrales, así como Ozil y Di María, carrileros y extremos a partes iguales, interiores en defensa cuando Messi o Iniesta acudían a sus bandas, emparejándose con Alves o Adriano cuando éstos subían. El Barça no iniciaba las jugadas con fluidez, sus delanteros no exigían el balón al espacio, Messi pecaba de intrascendente lejos del área de Casillas e Iniesta y Xavi sólo encontraban enemigos cuando levantaban la cabeza. Fue el peor primer tiempo del Barcelona de Guardiola, que a excepción de un lejano disparo y varios saques de esquina fue incapaz de crear peligro a Casillas. No así el Madrid, que rascó abajo y buscó con efusividad a Ronaldo, anoche de ariete, por medio de Ozil. Llegaba más el Madrid, en una ocasión Ronaldo disparando seco para que Pinto repeliera y en otra Pepe elevándose por encima de Alves rematando al palo cuando todo parecía indicar que el balón terminaría en la red.
Se había reinventado el Madrid y había descubierto debilidades en el Barcelona, intimidado en el plano físico y desnortado en la creación de su fútbol, demasiado lejos, demasiado previsible, demasiado lento, demasiados rivales. Mourinho hizo de su defensa una trinchera y Villa murió en ella, perdido en sus propias disputas incluso cuando, ya en la segunda parte, el Barça confirmó que la capacidad de resistencia del Madrid, incluida la de un grandioso Pepe, era humana. Por tendencia natural, el equipo del técnico portugués se había inmolado persiguiendo centrocampistas, presionando, corriendo hacia atrás y lanzando a sus delanteros. Cuando los pulmones fallaron, apareció Iniesta y dotó de sentido al hasta aquel momento ineficaz ataque del Barça.
Iniesta comenzó a levitar sobre el césped de Mestalla y acercó a su equipo al área de Casillas. Para entonces el Barça había eliminado cualquier rastro de la capacidad ofensiva del Madrid. Para entonces Ramos y Carvalho eran los mejores soldados con los que se podía compartir trinchera, imperiales ambos. Junto a ellos Casillas, genio hasta la tumba. Siempre guiado por Iniesta, clarividente y suave como en sus mejores ocasiones, el Barça se encontró hasta en tres ocasiones con Casillas. Primero Messi, más tarde Pedro y finalmente el propio Iniesta, en un paradón inverosímil del arquero madrileño. Corría el minuto 70 y parecía cuestión de tiempo que el Madrid, sólido atrás pero un trapo en manos de Iniesta y de un revitalizado Messi, sucumbiera ante el aluvión de paredes, velocidad en los metros finales y capacidad creativa del Barça. Sin embargo la luz se apagó. También para el Barça. Y lo que restó después fue supervivencia.
Porque el Madrid se reinventó de nuevo y extrajo fuerzas no se sabe muy bien de donde para asustar en dos ocasiones a Pinto, la última Di María, maratoniano anoche, mandando el balón a la escuadra. La respuesta de Pinto fue el último acto antes del tiempo de prolongación. Para entonces la batalla a los puntos estaba igualada, el partido era una delicia y el Barça había intentado recuperar el hilo perdido en los últimos minutos de la segunda parte. Lo consiguió a duras penas y nunca en la misma medida apabullante del segundo periodo. Fue el Madrid quien finalmente, en una triangulación esplendorosa entre Marcelo y Di María, encontró el vuelo de Ronaldo para sentenciar la Copa, ya que de ahí al final sería el propio Madrid quien dispusiera de las mejores ocasiones.
Había resucitado el conjunto de Mourinho. Había ganado la Copa merecidamente y había espantado los fantasmas. Más aún: había demostrado que el Barça, uno de los mejores equipos de siempre, es falible. Y ese era el punto de partida necesario para disputarle la hegemonía.
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miércoles, 20 de abril de 2011
La Copa, entre tanto ruido
Andrés Pérez | Se dirime el primer título de la temporada entre Real Madrid y Barcelona y la final llega entre debates identitarios sobre el ser y poder ser del Real Madrid, el auténtico manojo de emociones de este mes fulgurante que enfrentará a ambos equipos cuatro veces. Es algo ya comentado en multitud de ocasiones: el fútbol entiende de variantes y como uno de los mejores entrenadores del planeta que es Mourinho sabe aprovecharlas al máximo. De ahí que ante el Barcelona emplee fórmulas semejantes a las que llevaron a Chelsea y a Inter a casi eliminar y eliminar al mejor equipo del presente sin discusión. Todo esto no tiene nada que ver con la identidad perdida del Real Madrid sino que, más bien, tiene que ver con una doctrina de pensamiento consistente en que el único juego válido para la consecución de títulos debería ser el que practican equipos como el Barcelona o la Selección Española, y que cualquier otra alternativa es una traición.
A todo eso, a su propio entorno mediático y, por descontado, al propio Barcelona, se vuelve a enfrentar el Madrid esta noche. El favorito es el Barcelona por trayectoria reciente, capacidad ofensiva y defensiva, calidad de los jugadores y psicología ganadora. Bien es cierto que es una final y como tal es imprevisible —la Copa se da mucho a ello—, pero en principio y repasando lo que sucedió el sábado —el Barcelona jugó a medio gas cuando tuvo el partido al alcance de la sentencia en la segunda parte— el conjunto de Guardiola saltará al campo dominador y mucho más agresivo e incisivo que en el partido de Liga. Ante él el Madrid, previsiblemente defensivo una vez más, con Pepe atando en corto a Messi y regalando el balón ante la imposibilidad de disputarlo. El sistema defensivo de Mourinho en el Bernabéu fue bastante solvente así que con toda probabilidad repetirá esquema delegando la creación de peligro en los jugadores de arriba. El problema del Madrid es que su planteamiento defensivo acapara parte de ofensivo, utilizando a todos los jugadores de ataque a excepción de Ronaldo en labores de persecución y robo, minando así su físico y su posterior frescura de cara a Pinto, que finalmente será titular como lo lleva siendo toda la Copa.
Todo lo que se salga de este guión será una sorpresa principalmente en lo tocante al planteamiento del Madrid. El Barça piensa ejercer las armas que lleva aplicando tres años. Del Madrid depende demostrar que es una idea mortal y no siempre ganadora. Una nueva victoria del Barça sería un golpe en cierto modo duro para el Madrid de cara a la Copa de Europa y viceversa. La Copa, una vez más, no es intrascendente sino determinante. Y es un placer, a pesar de la incompetencia de la Federación, empeñada en dejar morir este torneo. 21.30, es la hora. No se lo pierdan, cuesta creer que defraude.
Imagen | As
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miércoles, 13 de abril de 2011
Un más que digno Shakhtar para pasar el trámite
Pablo Orleans | Todos sabíamos que la vuelta en Donetsk, salvo catástrofe mayúscula, iba a ser un mero trámite para el Barça de Guardiola. Un partido de entrenamiento a cinco grados centígrados, lejos de casa y ante un equipo de Champions que llegó a una fase con poco futuro para su nivel. El 5-1 de la ida despejaba las incógnitas de los protagonistas de una de las semifinales de la máxima competición europea y en la diligencia de Ucrania sucedía lo esperado, lo lógico. Era la hora de probar jugadores, de dar algunos descansos —no muchos— y de sellar el pase ante el más que seguro gran rival de Madrid.
Pero las declaraciones de Pep tras la goleada en el Camp Nou hace apenas una semana no estaban infundadas en falsa modestia. El equipo debía conservar la competitividad, la seriedad de la Champions y la concentración para rematar la eliminatoria y no pasar apuros. Y es que, frente a los azulgrana —de verde en las gélidas tierras ucranias— estaba un Shakhtar que se plantó en su bello estadio dispuesto a morir matando, a vender cara su eliminación. Con el mismo espíritu del Camp Nou, sin ningún tipo de complejo y jugando con criterio el esférico estrellado de la Champions, los de Lucescu demostraron ser un excelente conjunto de filosofía inquebrantable.
La valentía naranja y el aliento de sus atrevidos aficionados volvieron a despistar constantemente a la zaga culé. Sin Puyol, el Barça sufre. Ni Busquets ni Milito suplen con todas las garantías la baja del capitán. El de Badía, acoplándose a su nueva y circunstancial posición, no termina de cuajar en la dupla con Piqué. Con él, mientras el Barça gana en la salida del balón, pierde en contundencia y velocidad en el repliegue. Con Milito, las carencias son latentes y el argentino no está en un buen momento. Las lesiones se cebaron con él en el mejor momento de su carrera y el central todavía está pagando las consecuencias.
El Shakhtar tomó la iniciativa. Los ucranianos, lejos de arrugarse y buscar el empate ante sus aficionados, se apropiaron del balón y buscaron constantemente el hueco libre en los dominios de un Valdés pletórico y en un estado de forma envidiable. Los locales, perfectos en la elaboración, pecaron de fallones en la finalización. Así, las internadas naranjas se sucedían y el Barça buscaba con titulares y sin éxito la habitual autoridad del esférico. Hasta que apareció Messi y el rumbo del encuentro dio un giro considerable. El 0-1, golpe cruel para los de Lucescu que veían, incrédulos, como el marcador se tornaba en su contra tras mucho trabajo realizado. Todo el esfuerzo, esfumado en un latigazo del mejor.
Y así, prácticamente con el trabajo hecho, se llegó al descanso y el descanso llevó el partido a una segunda mitad de más trámite —si cabe— en la que Guardiola dio descanso a Piqué, Xavi y Villa pensando en el Madrid. Los ucranios, inagotables, lo siguieron pretendiendo sin éxito pero con mucha fe. Y es que, hoy por hoy, y para derrotar a este Barça, hay que tener mucho más que fe para conseguir arrebatarle una victoria o la eliminatoria a unas semifinales de la Champions. El Madrid será el próximo rival. De momento, los culés ya llevan un intenso entrenamiento de ventaja.
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jueves, 7 de abril de 2011
La casi excelencia asegura el clásico
Pablo Orleans | Lo esperado se asegura. El Barça - Madrid de semifinales de la UEFA Champions League está, salvo catástrofe mayúscula, más que hecho. Los cuatro de diferencia, simétricos al trabajo del Madrid ante los ingleses, los ha repetido el Barça, eso sí, no sin riesgo, sufrimiento, ni esfuerzo. Es más, los ucranios del Shakhtar, bien plantados en la alfombra del Camp Nou, llevaron el peligro más de lo que hubiera o hubiese deseado un seguidor culé. Más de lo que hubiere imaginado. La táctica de Lucescu, como el agua. Con un inicio fulgurante en el que la agobiante presión visitante impedía el buen hacer de los de Guardiola, el conjunto ucraniano presionaba con ánimo de lucro y conseguía aumentar la presión sanguínea de la máxima competición europea a los corazones azulgrana.
El trío atacante de los tigres, formado por un activo errante Luiz Adriano en punta, bien escoltado por dos veloces figuras llamadas Douglas Costa y Álex Teixeira, comandaron bien un ataque en el que sólo falto precisión para pasar, controlar y rematar una faena inquietante. Pero apareció Andresito y apagó la llama de la ilusión. Desde aquel insignificante momento, en el que el marcador decantaba el choque en favor de los locales, la estrategia —minuciosamente preparada durante el duro trabajo semanal—, se desvanecía en segundos tras un desafortunado despeje que cogió el que menos debía y que apuntilló con perfecta finalización. De ahí en adelante, once jugadores por detrás del balón auguraban un asedio continuo con contragolpes varios y búsqueda del acierto arriba. No funcionó.
El Barça, fiel experto donde los haya, siguió a lo suyo. Toque, toque, toque y más toque. El balón corría de un lado para otro y el encuentro se asemejó por momentos a un partido de fútbol sala a lo grande. Los rápidos recorridos del balón y la precisión en los desplazamientos desubicaban al rival y mantenían un control total que cojeaba cuando el aburrimiento rozaba lo cómico. El exceso de posesión, repetitivo y monótono, desconcentraba incluso al Barça. El fútbol semihorizontal, envidiable y exquisito, tiene su momento excitante en el preciso momento del desmarque. El pase llega solo. Alves, Villa o Messi buscan el hueco. Xavi, Iniesta o Messi conjugan el pase. Todo rodado. El segundo, perfecta maniobra milimétrica con final feliz.
Tras el descanso, Piqué completó la estrategia de Pep poco antes de que el magnífico zurdazo de Keita apaciguase la alegría ucrania con el accidente de Rakitskiy tras fallo de marcaje de «el jefecito». Cuando todo estaba hecho, cuando la ventaja global era evidente y cuando la fiesta estaba completa en el Camp Nou, Alves inventó una última asistencia para intercambiar papeles con Xavi y abrir las palmas de los culés mostrando el gesto que un día hizo Piqué. El 5-1 final asegura el pase. Diferencia de cuatro goles para ir a Donestk tranquilos, sin Iniesta y con un Messi en blanco crispado, con hambre de gol.
Se han cumplido los pronósticos. El Barça - Madrid se jugará a finales de abril. Cuatro partidos en apenas tres semanas que decidirán el futuro próximo de merengues y culés. Los unos, a seguir manteniendo el nivel de los últimos años acompañando el juego con títulos. Los otros, a volver a esos años gloriosos en los que mandaban en el viejo continente. Y sólo un ganador. Uno para llevarse la gloria en España y Europa. Uno para disfrutar del presente y rentabilizar el futuro. Ya se han abierto las apuestas, ¿quién se llevará el gato al agua?
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miércoles, 9 de marzo de 2011
Marcar cuatro goles, recibir un único disparo y sufrir hasta el último minuto
Pablo Orleans | A la tercera va la vencida. Eso debían pensar Wenger y sus secuaces tras el favorable resultado de la ida y el balance contrario de los últimos años. Ni en 2006, en la finalísima de París; ni en 2010, en una eliminatoria con vuelta catastrófica para los gunner. Un año después, el destino volvía a cruzar a Cesc con su equipo. Un año más tarde, el políglota francés tenía en bandeja una revancha encarrilada. Nada. El Arsenal, equipo joven, con calidad y velocidad, saltaba al Camp Nou asombrado ante tanto bullicio. Sus caras lo decían. El Arsenal, un proyecto que —como bien comentó Andrés Pérez y adelantó Víctor Úcar— es una idea romántica de Wenger, se agazapó atrás y aguantó con un fútbol atípico al que no está demasiado acostumbrado. La defensa como base de su juego. El contragolpe como una buena oportunidad.
El Barça, fiel a su patentada filosofía del toque y el juego raso imperativo, tomaba las riendas de un encuentro tenso para todos en el que el Arsenal guardaba posiciones con una estrategia tan poco sorprendente como defensiva. La situación de Robin «el insólito» Van Persie en punta presagiaba un choque lleno de idas y venidas, de balones largos y peligro constante. Su fugaz recuperación, la ajustada convocatoria y la titularidad esperada, hacían del tulipán el arma sorpresa de Wenger mientras los de Guardiola seguían a lo suyo. La posesión se volcaba del lado culé y las ocasiones, poco a poco aparecían como un ejemplo de necesidad. El pesado paso de los minutos giraba en torno a un domino claro sin marcador definido. Los azulgrana apretaban, pero el muro defensivo gunner se mostraba rígido en las acometidas del denominado MVP, Messi, que no cesaba en sus intentos fallidos.
El objetivo inglés se acercaba. Muy fiel a la mentalidad anglosajona, los metódicos londinenses veían en su resistencia del ecuador la clave para tener media eliminatoria ganada. Pero al filo del descanso, cuando el líder francés se frotaba las manos y pensaba en el discurso a los suyos en el vestuario, una iluminación del genio culé con el 8 a la espalda, dejaba en bandeja el esférico a Messi. Éste, en una complicación digna de un astro —o loco— del balompié, regalaba a los espectadores del Camp Nou un hermoso gol que les mandaba directamente a los cuartos. Con 45 minutos por delante, la eliminatoria estaba encarrilada, los ánimos elevados y la cena servida para disfrutar del segundo acto.
Falta de visibilidad. Así se puede resumir el accidentado empate del Arsenal. Balón al área botado desde la esquina, trío culé al salto y, Busquets, completamente tapado, hace de ése el único disparo legal del Arsenal. Pero —tristemente para el fútbol y para la victoria del Barça— entró en escena el protagonista de la noche. Massimo Busacca, el controvertido colegiado suizo, dejó destellos de su irregularidad. En primer lugar, por no señalar un posible —e ignorado por TVE— penalty sobre Messi. En segundo lugar, por expulsar de manera excesivamente rigurosa a Robin «el alterado» y dejar con uno menos a los de Wenger con lo que ello conlleva. El trencilla, exageradamente severo y legal. El holandés, atontado donde los haya y realizando el primer y último disparo inglés de la noche que le llevó prematuramente al vestuario.
A partir de ahí, el Barça dominó —más si cabe— el encuentro y sitió el área londinense con rapidez, internadas, movimientos y verticalidad hasta que, de nuevo el genio Andrés, combinó con Xavi y éste con Villa, que dejó solo al capitán para batir a un Almunia suplente-salvador. Pero la prórroga, si bien servía a los ingleses, no a los culés que siguieron volcados sobre la puerta gunner hasta que una zancadilla en terreno hostil mandaba el balón a los once metros para que Messi pusiese el 3-1 final. Bendtner tuvo en sus botas el 3-2 a falta de cuatro minutos, en un error defensivo incomprensible, que no supo aprovechar y que no habría hecho justicia, objetividad en mis palabras, para un equipo que llegó, especuló con el resultado y se va con la sensación de robo a la isla. Wenger dijo: «Busacca ha matado el partido. La expulsión de Van Persie ha sido frustrante», a lo que Guardiola respondió: «no han dado tres pases seguidos. Si ellos creen que la razón ha sido la expulsión de Van Persie no llegarán lejos y siempre se quedarán a las puertas de todo». Sólo los grandes llegan lejos. Los especuladores se quedarán siempre en el camino.
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lunes, 28 de junio de 2010
Capítulo 17 | La FIFA avergüenza al mundo

Andrés Pérez | No acostumbra este blog a hablar de arbitrajes, pero en esta ocasión su actuación es tan determinante, para mal, que es inevitable hablar de la segunda jornada de los octavos de final sin hablar de los jueces. Argentina y Alemania estarán en cuartos de final demostrando que son mejores equipos que sus oponentes o que al menos han sido mejores que sus oponentes en sus respectivos partidos. Esto es tan cierto como que han sido superiores con un condicionamiento arbitral evidente: no cuesta imaginar qué hubiera sucedido de haberse validado el gol de Lampard que daba el empate a Inglaterra, ni los más que probables problemas de Argentina de haber llegado empatada a cero en el descanso.
El fútbol es un deporte de enormes connotaciones psicológicas en el que un arbitraje calamitoso puede hundir a un equipo. Las decisiones sujetas a la subjetividad, como un agarrón que tan pronto se puede interpretar como tal o como un lance del juego, no deben ser rearbitrables; un hecho objetivo e innegable, como un balón que empíricamente bota tras la línea de gol o como un tanto anotado por un jugador matemáticamente en fuera de juego, no sólo puede serlo sino que por el bien de la salud de este deporte ha de serlo. La televisión no desvirtúa más el deporte que los hechos ilegales no anulados. Así de sencillo.
Dicho todo esto, esencial en un día como el de hoy, Alemania y Argentina se enfrentan en cuartos cuatro años después. Interesante la trayectoria de la selección albiceleste tras la primera fase, hasta la fecha idéntica a la de 2006: México y Alemania. Las similitudes, en todo caso, terminan ahí: hoy Alemania es un equipo de mayor talento y menor fortaleza física, que basa sus argumentos en el talento de Ozil, Müller o Khedira y no en el empuje del anfitrión; hoy Argentina es un equipo mucho menos compacto, dirigido por un motivador, dependiente de un futbolista cada día más individualista, y en resumen, menos equipo, pero con una pegada descomunal.
Eliminó Alemania a Inglaterra con un recital futbolístico. Comandada por Müller, un jugador que no destaca por nada eminentemente futbolístico pero sí por una inteligencia superior en la lectura de los partidos, el conjunto de Löw mezcla velocidad y precisión de forma audaz y amenazante. Juega Alemania de tres cuartos hacia adelante con una velocidad más al resto de selecciones y a todo eso, al talento y a un sistema de fútbol ofensivo y atrevido, añade un carácter competitivo hereditario en cada generación germana. Hoy por hoy es la mejor selección del torneo y de mantener este nivel, la más probable campeona.
El asunto inglés merece párrafo aparte. Capello podrá excusarse en el gol no subido al marcador de Lampard, que fue, pero no podrá ocultar las carencias y vergüenzas de su equipo a pesar de ello. Más allá de la calamidad constante que es su portería, la decadencia de Terry parece afectar a toda la defensa y en términos genéricos a todo el orden táctico del equipo: un centro del campo con cuatro jugadores de corte semejante no es capaz de innovar ni sorprender al contrario; el juego inglés es una constante monótona y cómoda para la defensa rival, que observa feliz la continua desesperación de Rooney. El sistema de Capello ha fracasado.
Frente al nuevo y aplaudido estilo alemán, posible gracias a una generación de talentosos centrocampistas inédita desde hace cuarenta años, se hallará Argentina. México cayó víctima de su debilidad defensiva, anoche un flan, y de la efusividad de los delanteros argentinos. Le tocaba a Tévez armarse de protagonismo a costa de un Messi cada día más desesperado y desesperante: el ansiado tanto no llega y repercute en su capacidad asociativa; amparado en su inigualable capacidad de desborde, Messi decide hacer la guerra por su cuenta en demasiadas ocasiones. Que esté haciendo un gran Mundial es discutible.
Su defensa es vieja y lenta y su centro del campo ordenado pero escaso de talento. Así pues, la lógica indica que debería ser Alemania quien llevara el pesto del partido a merced de una Argentina letal al contragolpe. Sendas defensas son semejantes, lentas y oxidadas, pero, a tenor del fútbol propuesto por ambos, Alemania puede ser más punzante gracias a su excelente fútbol, hipnótico, adecuado, sinónimo de campeón del mundo. Serán unos bonitos cuartos de final.
Resultados de la decimoséptima jornada:
Alemania 4 - 1 Inglaterra
Argentina 3 - 1 México
P.D.1
¡Un saludo para Inglaterra y México! Seguro que estarán disfrutando muchísimo el temor al progreso de Blatter y su negación constante a implantar televisores para rearbitrar jugadas objetivas. Pero ya saben: para Blatter, la injusticia es parte del fútbol. Y somos todos imbéciles, claro que sí.
P.D.2
Aquí un impresentable. Cuando observo a Heinze sobre un terreno de juego, entiendo porqué muchas personas no soportan el fútbol. Representa todo lo que no debe ser este deporte: un juego de caballeros practicado por villanos.
P.D.3
Tras una semana algo ajetreada, Más que Fútbol vuelve a la normalidad diaria. Disculpen las molestias.
Más Mundial | Vergüenza en Bloemfontein: el fin de una generación (Borja Barba en Diarios de Fútbol) | Culpa de Thatcher (Enric González) | Bochorno en pantalla gigante (Diego Torres en El País) | La ley del más fuerte (Ramón Besa en El País)
Imagen | El País
El fútbol es un deporte de enormes connotaciones psicológicas en el que un arbitraje calamitoso puede hundir a un equipo. Las decisiones sujetas a la subjetividad, como un agarrón que tan pronto se puede interpretar como tal o como un lance del juego, no deben ser rearbitrables; un hecho objetivo e innegable, como un balón que empíricamente bota tras la línea de gol o como un tanto anotado por un jugador matemáticamente en fuera de juego, no sólo puede serlo sino que por el bien de la salud de este deporte ha de serlo. La televisión no desvirtúa más el deporte que los hechos ilegales no anulados. Así de sencillo.
Dicho todo esto, esencial en un día como el de hoy, Alemania y Argentina se enfrentan en cuartos cuatro años después. Interesante la trayectoria de la selección albiceleste tras la primera fase, hasta la fecha idéntica a la de 2006: México y Alemania. Las similitudes, en todo caso, terminan ahí: hoy Alemania es un equipo de mayor talento y menor fortaleza física, que basa sus argumentos en el talento de Ozil, Müller o Khedira y no en el empuje del anfitrión; hoy Argentina es un equipo mucho menos compacto, dirigido por un motivador, dependiente de un futbolista cada día más individualista, y en resumen, menos equipo, pero con una pegada descomunal.Eliminó Alemania a Inglaterra con un recital futbolístico. Comandada por Müller, un jugador que no destaca por nada eminentemente futbolístico pero sí por una inteligencia superior en la lectura de los partidos, el conjunto de Löw mezcla velocidad y precisión de forma audaz y amenazante. Juega Alemania de tres cuartos hacia adelante con una velocidad más al resto de selecciones y a todo eso, al talento y a un sistema de fútbol ofensivo y atrevido, añade un carácter competitivo hereditario en cada generación germana. Hoy por hoy es la mejor selección del torneo y de mantener este nivel, la más probable campeona.
El asunto inglés merece párrafo aparte. Capello podrá excusarse en el gol no subido al marcador de Lampard, que fue, pero no podrá ocultar las carencias y vergüenzas de su equipo a pesar de ello. Más allá de la calamidad constante que es su portería, la decadencia de Terry parece afectar a toda la defensa y en términos genéricos a todo el orden táctico del equipo: un centro del campo con cuatro jugadores de corte semejante no es capaz de innovar ni sorprender al contrario; el juego inglés es una constante monótona y cómoda para la defensa rival, que observa feliz la continua desesperación de Rooney. El sistema de Capello ha fracasado.
Frente al nuevo y aplaudido estilo alemán, posible gracias a una generación de talentosos centrocampistas inédita desde hace cuarenta años, se hallará Argentina. México cayó víctima de su debilidad defensiva, anoche un flan, y de la efusividad de los delanteros argentinos. Le tocaba a Tévez armarse de protagonismo a costa de un Messi cada día más desesperado y desesperante: el ansiado tanto no llega y repercute en su capacidad asociativa; amparado en su inigualable capacidad de desborde, Messi decide hacer la guerra por su cuenta en demasiadas ocasiones. Que esté haciendo un gran Mundial es discutible.Su defensa es vieja y lenta y su centro del campo ordenado pero escaso de talento. Así pues, la lógica indica que debería ser Alemania quien llevara el pesto del partido a merced de una Argentina letal al contragolpe. Sendas defensas son semejantes, lentas y oxidadas, pero, a tenor del fútbol propuesto por ambos, Alemania puede ser más punzante gracias a su excelente fútbol, hipnótico, adecuado, sinónimo de campeón del mundo. Serán unos bonitos cuartos de final.
Resultados de la decimoséptima jornada:
Alemania 4 - 1 Inglaterra
Argentina 3 - 1 México
P.D.1
¡Un saludo para Inglaterra y México! Seguro que estarán disfrutando muchísimo el temor al progreso de Blatter y su negación constante a implantar televisores para rearbitrar jugadas objetivas. Pero ya saben: para Blatter, la injusticia es parte del fútbol. Y somos todos imbéciles, claro que sí.
P.D.2
Aquí un impresentable. Cuando observo a Heinze sobre un terreno de juego, entiendo porqué muchas personas no soportan el fútbol. Representa todo lo que no debe ser este deporte: un juego de caballeros practicado por villanos.
P.D.3
Tras una semana algo ajetreada, Más que Fútbol vuelve a la normalidad diaria. Disculpen las molestias.
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sábado, 12 de junio de 2010
Capítulo 2 | Messi y el resto

Andrés Pérez | No necesita Argentina mayor estímulo que Messi para armar su juego ofensivo. De hecho, más que un estímulo, es el pulso vital de la selección que dirige Maradona. Lo demostró frente a una desastrosa Nigeria en la faceta defensiva: tan sólo cuando Messi agarraba el balón se encendía una chispa de peligrosidad en el área nigeriana, eran Messi y el resto de jugadores argentinos contemplando el descomunal y desbordante talento del barcelonista. Por ahí anduvo Verón, poniendo en práctica lo que debió ser una orden demente de Maradona: calmar el partido, dormirlo, no terminar con Nigeria cuando pudo y debió hacerlo.
Argentina impuso la tediosa concepción futbolística de Maradona, debemos entender, puesto que a pesar de poder haber goleado a Nigeria no lo hizo y, más allá de los errores de Higuaín y las meritorias paradas de Enyeama, partidazo el suyo, la albiceleste no dio sensación de querer más. Si llegaron las ocasiones fue porque Messi es un jugador vertial que no entiende de juego especulativo, no por una intención expresa de Argentina en su conjunto. Heinze y Samuel se daban el balón el uno al otro dejando pasar el tiempo, Mascherano y Verón, observando la nula presión de Nigeria, decidieron no intervenir.
Así pues, Argentina demuestra dos cosas: por un lado, el inagotable talento de Messi, capaz de ganar él solo cualquier partido, y su excelente capacidad de victoria por KO en ataque, semejante al Real Madrid de esta temporada; y, por otro, que no tiene un medio campo ágil y con criterio capaz de imponer un dominio de alto ritmo en los momentos decisivos: Argentina pudo golear pero nadie debe engañarse puesto que Nigeria fue un juguete roto y blando frente a la pasvidiad del centro del campo albiceleste. A pesar de todo ello, a pesar de la posible goleada de Argentina, Nigeria pudo empatar en un par de ocasiones, dando fe de la inseguridad de la zaga argentina.

Previamente, a la una y media, Corea del Sur dominó y jugó bien frente a una Grecia desaroblada, deprimida y vacía de fútbol. La escasez de jugadores de calidad y un caótico plan defensivo fue un caramelo en las botas de Park Ji Sung y Chu Young Park. Se impuso Corea porque tuvo un plan. Perdió Nigeria porque a pesar de la fortaleza física de sus jugadores y adoleciendo un problema generalizado en las selecciones africanas no tiene dicho plan. Descontando a Grecia, horrorsa, ahora mismo los asiáticos tienen todas las papeletas para meterse a octavos. Argentina, simplemente con los latigazos de Messi, debería pasearse en sus dos partidos restantes.
Resultados de la Jornada 2 (a la hora de publicarse este post aún resta por jugarse el Inglaterra - EEUU, del que se hablará mañana):
Corea del Sur 2 - 0 Grecia
Argentina 1 - 0 Nigeria
Más Mundial | Mejora el fútbol en la segunda fecha (Fran Castarlenas en Let's Dance To Goal)
Imagen | El País
jueves, 10 de junio de 2010
Un repaso a cuatro equipos: Argentina

Andrés Pérez | Argentina, dos veces campeona del mundo, 1978 y 1986, Maradona, Kempes, la mejor delantera del mundo gracias al don de Messi, a Tévez, a Agüero, a Diego Milito, a Higuaín, a, nos dicen, Palermo, el mejor o uno de los mejores jugadores de la historia sentado en su banquillo, la albiceleste, un pueblo para el que el fútbol es algo sagrado, tierra de talentos boyantes, siempre favorita, legendaria, mistificada, fútbol puro.
Argentina, eliminada en octavos de final en 1994; Argentina, eliminada en cuartos de final en 1998; Argentina, eliminada en la primera fase en 2002; Argentina, eliminada en cuartos de final de 2006. Ni tanto, ni tan poco. El radicalismo es la virtud del mediocre de pensamiento y Argentina no es ni la mejor selección del mundo ni, a tenor, como los datos reflejan, un segundo espada desde que la década de los 90 llegara. Dos décadas de desatinos continuos en exacta proporción a los de España, lo cual, para un argentino, es aún más sangrante puesto que para él su selección es mucho más que la española y porque los datos así lo demuestran: España no es campeona del mundo, Argentina lo es por partida doble.
En ese punto de realidad y ficción en el que vive de manera perpetua la selección argentina y todo lo que le rodea se encuentran las posibilidades reales de la albiceleste para llevarse el Mundial a casa. En el resultado que nos da la ecuación de restar el misticismo de su historia y la realidad de los hechos: una clasificación paupérrima salvada en el último instante gracias a un gol milagroso de Bollati y un plantel desproporcionado, cargado en el extremo ofensivo y maduro y dudoso en el defensivo. Entre medio, las realidades de Argentina: la mezcla del talento que conlleva Di María y la veteranía de Verón, encargado, a su edad, de manejar los hilos del conjunto en la faceta ofensiva.
Argentina es favorita para ganar este Mundial por su simple categoría de campeona del mundo y por su nómina de delanteros. Cualquiera de ellos, a excepción de Palermo, serían titulares en el 90% de los equipos del Mundial, y sin embargo todo parece indicar que jugará Messi junto a Higuaín en claro absurdo deportivo: todo lo que no sea la presencia de Diego Milito en el once titular argentino será surrealista. Es el mejor delantero del mundo hoy por hoy. Con un fútbol desordenado, sin plan, basado en los arrebatos de los genios de arriba y en la plenitud jubilosa de sus extremos, Maradona tendrá que encomendar al talento de sus delanteros todo lo que él es incapaz de aportar como entrenador.
Enrolada en un grupo sencillo que no debería complicarle el pase, el verdadero tallaje de Argentina se verá en las rondas eliminatorias. Es esta Argentina peor equipo o al menos practica peor fútbol que la de cuatro años atrás, pero también atesora, paradójicamente, más calidad. Las dudas surgen en su línea defensiva: Maradona optará por cuatro centrales —Otamendi, Demichelis, Samuel y Heinze— grandes y no demasiado rápidos además de veteranos —excepto Otamendi todos superan o rozan la treintena—. Del rendimiento del centro del campo y por ende de la capacidad de engranar que tenga el equipo dependerá su definitivo rendimiento. Todo lo antes relatado es superfluo, incluso irrelevante, si Messi hace un torneo como el de Maradona en el 86. Entonces no habrá equipo capaz de frenarle porque arrastrará a todos sus compañeros en su vorágine genial.
Pero Messi no es Maradona. Ni el fútbol de hoy es el de entonces. Argentina es una incógnita y suceda lo que suceda, a buen seguro, no será tomado desde un término medio: siempre desde el extremo, o lo mejor del mundo, o lo peor del universo.
Lista de seleccionados de Argentina:
1) Diego Pozo (Colón)
2) Martín Demichelis (Bayern Münich)
3) Clemente Rodríguez (Boca Juniors)
4) Nicolás Burdisso (AS Roma)
5) Mario Bolatti (Fiorentina)
6) Gabriel Heinze (Olympique Marsella)
7) Angel Di María (Benica)
8) Juan Sebastián Verón (Estudiantes)
9) Gonzalo Higuaín (Real Madrid)
10) Lionel Messi (FC Barcelona)
11) Carlos Tevez (Manchester City)
12) Sergio Romero (AZ Alkmaar)
13) Walter Samuel (Inter de Milán)
14) Javier Mascherano (Liverpool)
15) Nicolás Otamendi (Vélez)
16) Sergio Agüero (Atlético de Madrid)
17) Jonás Gutiérrez (Newcastle)
18) Martín Palermo (Boca Juniors)
19) Diego Milito (Inter de Milán)
20) Maxi Rodríguez (Liverpool)
21) Ariel Garcé (Colón)
22) Javier Pastore (Palermo)
23) Mariano Andújar (Catania)
Lectura recomendada | Argentina, simplemente Argentina (Diarios de Fútbol)
Imagen | Xudala | Taringa | Los Tiempos
Argentina, eliminada en octavos de final en 1994; Argentina, eliminada en cuartos de final en 1998; Argentina, eliminada en la primera fase en 2002; Argentina, eliminada en cuartos de final de 2006. Ni tanto, ni tan poco. El radicalismo es la virtud del mediocre de pensamiento y Argentina no es ni la mejor selección del mundo ni, a tenor, como los datos reflejan, un segundo espada desde que la década de los 90 llegara. Dos décadas de desatinos continuos en exacta proporción a los de España, lo cual, para un argentino, es aún más sangrante puesto que para él su selección es mucho más que la española y porque los datos así lo demuestran: España no es campeona del mundo, Argentina lo es por partida doble.
En ese punto de realidad y ficción en el que vive de manera perpetua la selección argentina y todo lo que le rodea se encuentran las posibilidades reales de la albiceleste para llevarse el Mundial a casa. En el resultado que nos da la ecuación de restar el misticismo de su historia y la realidad de los hechos: una clasificación paupérrima salvada en el último instante gracias a un gol milagroso de Bollati y un plantel desproporcionado, cargado en el extremo ofensivo y maduro y dudoso en el defensivo. Entre medio, las realidades de Argentina: la mezcla del talento que conlleva Di María y la veteranía de Verón, encargado, a su edad, de manejar los hilos del conjunto en la faceta ofensiva.Argentina es favorita para ganar este Mundial por su simple categoría de campeona del mundo y por su nómina de delanteros. Cualquiera de ellos, a excepción de Palermo, serían titulares en el 90% de los equipos del Mundial, y sin embargo todo parece indicar que jugará Messi junto a Higuaín en claro absurdo deportivo: todo lo que no sea la presencia de Diego Milito en el once titular argentino será surrealista. Es el mejor delantero del mundo hoy por hoy. Con un fútbol desordenado, sin plan, basado en los arrebatos de los genios de arriba y en la plenitud jubilosa de sus extremos, Maradona tendrá que encomendar al talento de sus delanteros todo lo que él es incapaz de aportar como entrenador.
Enrolada en un grupo sencillo que no debería complicarle el pase, el verdadero tallaje de Argentina se verá en las rondas eliminatorias. Es esta Argentina peor equipo o al menos practica peor fútbol que la de cuatro años atrás, pero también atesora, paradójicamente, más calidad. Las dudas surgen en su línea defensiva: Maradona optará por cuatro centrales —Otamendi, Demichelis, Samuel y Heinze— grandes y no demasiado rápidos además de veteranos —excepto Otamendi todos superan o rozan la treintena—. Del rendimiento del centro del campo y por ende de la capacidad de engranar que tenga el equipo dependerá su definitivo rendimiento. Todo lo antes relatado es superfluo, incluso irrelevante, si Messi hace un torneo como el de Maradona en el 86. Entonces no habrá equipo capaz de frenarle porque arrastrará a todos sus compañeros en su vorágine genial.
Pero Messi no es Maradona. Ni el fútbol de hoy es el de entonces. Argentina es una incógnita y suceda lo que suceda, a buen seguro, no será tomado desde un término medio: siempre desde el extremo, o lo mejor del mundo, o lo peor del universo.
Lista de seleccionados de Argentina:1) Diego Pozo (Colón)
2) Martín Demichelis (Bayern Münich)
3) Clemente Rodríguez (Boca Juniors)
4) Nicolás Burdisso (AS Roma)
5) Mario Bolatti (Fiorentina)
6) Gabriel Heinze (Olympique Marsella)
7) Angel Di María (Benica)
8) Juan Sebastián Verón (Estudiantes)
9) Gonzalo Higuaín (Real Madrid)
10) Lionel Messi (FC Barcelona)
11) Carlos Tevez (Manchester City)
12) Sergio Romero (AZ Alkmaar)
13) Walter Samuel (Inter de Milán)
14) Javier Mascherano (Liverpool)
15) Nicolás Otamendi (Vélez)
16) Sergio Agüero (Atlético de Madrid)
17) Jonás Gutiérrez (Newcastle)
18) Martín Palermo (Boca Juniors)
19) Diego Milito (Inter de Milán)
20) Maxi Rodríguez (Liverpool)
21) Ariel Garcé (Colón)
22) Javier Pastore (Palermo)
23) Mariano Andújar (Catania)
Lectura recomendada | Argentina, simplemente Argentina (Diarios de Fútbol)
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lunes, 17 de mayo de 2010
La mejor Liga Escocesa del mundo

Andrés Pérez | En 1985 el Aberdeen se proclamaba campeón de la Premier League Escocesa. Durante las siguientes veinticinco temporadas, incluyendo esta que ya finaliza, dos equipos se han repartido tiránicamente el campeonató escocés: Celtic de Glasgow y Glasgow Rangers. La historia es harto conocida, hasta el punto de reducir al resto de equipos a meros comparsas en la lucha por el título, puro adorno, conjuntos que están ahí prácticamente con el objeto de rellenar. La victoria, como en el tenis, es cuestión de dos. El Celtic acumula 42 títulos ligueros; el Rangers 53. El siguiente equipo con más campeonatos conquistados es el Hibernian. En sus vitrinas relucen cuatro Ligas, la décima parte de las que ostenta el Celtic.
Puede que dentro de quince años recordemos la temporada 2003/2004 del mismo modo que hoy he recordado la del Aberdeen. Como un destello lejano de lo que un día fue una Liga con más de dos contendiendes. Ese año el Valencia se proclamó campeón de Liga en uno de los batacazos más sonados de la historia del Real Madrid, que en apenas media temporada perdió la final de Copa del Rey, ocho puntos de ventaja sobre el Valencia y una eliminatoria de cuartos de final en Champions League que tenía encarrilada frente al Mónaco. Es posible que en la temporada 2028/2029, echemos la vista atrás y observemos un cuarto de siglo de dualidad.
Desde la liga que conquistó el Valencia, Real Madrid y Barcelona han mantenido constantes pulsos por demostrar quién es mejor y quién consigue humillar aún más al rival. Si un año el Madrid obtiene un monumental pasillo del Barcelona, al siguiente el Barça le endosa seis goles en el Bernabeú, el mismo estadio que fue testigo del pasillo. El duelo es espectacular: cuenta con los mejores jugadores del planeta, con máquinas cimentadas en el dinero y en la poderosa fuerza de la cantera, se disputa en dos de los estadios más venerados de la historia del fútbol, acapara el centro de todas las miradas, sus enfrentamientos directos obtienen audiencias millonarias.
Salvando las distancias, que las hay en términos de calidad y poderío económico, en Escocia sucede algo semejante. Apenas cuatro fanáticos del fútbol anglosajón disfrutan de otros partidos de la Liga Escocesa que no enfrenten a los dos grandes. Por todo ello hoy duele en el raciocinio leer cosas como esta.
Un burdo alegato a la espectacularidad para defender treinta puntos de diferencia entre el segundo y el tercer clasificado; una mera excusa, la de la genialidad, para perpetuar una desigualdad sangrante para el fútbol español, para mantener no una injusticia sino un absurdo en términos de lógica deportiva. Si la Liga quiere ser la mejor del mundo no debería aferrarse a los 34 goles de Messi o al exhuberante cuerpo de Cristiano Ronaldo para conseguirlo, sino a la aparición de segundos actores que sean capaces de disputar, con mayor o menor suerte, el campeonato.
No es este un alegato para que Madrid y Barça dejen de ganar, o de fichar, o de crecer. La competitividad obliga y su estatus de superioridad excesivamente superlativa en todos los términos no es tanto culpa suya como de los supervisores y organizadores del torneo. El Madrid y el Barça están en su derecho de poder comprar los jugadores que deseen y así disputar todas las competiciones con posibilidades de victoria: es misión de la Federación y de la Liga intentar que tal derecho se vea regulado a nivel económico por el simple bien del fútbol español.
Quizá algún día eso suceda. Hasta entonces Barça y Madrid seguirán jugando su particular y dramática Liga —ya saben, la prensa obliga— al tiempo que el resto de conjuntos se reparten las migajas. Al tiempo que los ojos del mundo se fijan en Inglaterra o en Italia o en Alemania. Nuestros ojos, entre tanto, seguirán ciegos de talento exagerado en ambos equipos y nos afirmaremos a nosotros mismos que sí, que esto es genial, que nuestra Liga es preciosa y que es la mejor del mundo. Ebrios de un duelo más digno del tenis que del fútbol.
Lectura obligada | La mejor Liga del mundo (John Carlin en El País)
Imagen | El País
Puede que dentro de quince años recordemos la temporada 2003/2004 del mismo modo que hoy he recordado la del Aberdeen. Como un destello lejano de lo que un día fue una Liga con más de dos contendiendes. Ese año el Valencia se proclamó campeón de Liga en uno de los batacazos más sonados de la historia del Real Madrid, que en apenas media temporada perdió la final de Copa del Rey, ocho puntos de ventaja sobre el Valencia y una eliminatoria de cuartos de final en Champions League que tenía encarrilada frente al Mónaco. Es posible que en la temporada 2028/2029, echemos la vista atrás y observemos un cuarto de siglo de dualidad.
Desde la liga que conquistó el Valencia, Real Madrid y Barcelona han mantenido constantes pulsos por demostrar quién es mejor y quién consigue humillar aún más al rival. Si un año el Madrid obtiene un monumental pasillo del Barcelona, al siguiente el Barça le endosa seis goles en el Bernabeú, el mismo estadio que fue testigo del pasillo. El duelo es espectacular: cuenta con los mejores jugadores del planeta, con máquinas cimentadas en el dinero y en la poderosa fuerza de la cantera, se disputa en dos de los estadios más venerados de la historia del fútbol, acapara el centro de todas las miradas, sus enfrentamientos directos obtienen audiencias millonarias.
Salvando las distancias, que las hay en términos de calidad y poderío económico, en Escocia sucede algo semejante. Apenas cuatro fanáticos del fútbol anglosajón disfrutan de otros partidos de la Liga Escocesa que no enfrenten a los dos grandes. Por todo ello hoy duele en el raciocinio leer cosas como esta.
En el deporte es recurrente que a los gigantes se les infravalore con la coletilla de que prevalecen por la falta de competencia. Le ocurrió a Jordan, a Indurain... A tantos y tantos. Nada que ver con la realidad. Los genios resultan inalcanzables. Le ha ocurrido al Barça y al Madrid, dos superpotencias fuera del alcance del resto del pelotón. Dos equipos que alistan a buena parte de los mejores futbolistas del mundo, con Messi y Cristiano a la cabeza.
Un burdo alegato a la espectacularidad para defender treinta puntos de diferencia entre el segundo y el tercer clasificado; una mera excusa, la de la genialidad, para perpetuar una desigualdad sangrante para el fútbol español, para mantener no una injusticia sino un absurdo en términos de lógica deportiva. Si la Liga quiere ser la mejor del mundo no debería aferrarse a los 34 goles de Messi o al exhuberante cuerpo de Cristiano Ronaldo para conseguirlo, sino a la aparición de segundos actores que sean capaces de disputar, con mayor o menor suerte, el campeonato.
No es este un alegato para que Madrid y Barça dejen de ganar, o de fichar, o de crecer. La competitividad obliga y su estatus de superioridad excesivamente superlativa en todos los términos no es tanto culpa suya como de los supervisores y organizadores del torneo. El Madrid y el Barça están en su derecho de poder comprar los jugadores que deseen y así disputar todas las competiciones con posibilidades de victoria: es misión de la Federación y de la Liga intentar que tal derecho se vea regulado a nivel económico por el simple bien del fútbol español.Quizá algún día eso suceda. Hasta entonces Barça y Madrid seguirán jugando su particular y dramática Liga —ya saben, la prensa obliga— al tiempo que el resto de conjuntos se reparten las migajas. Al tiempo que los ojos del mundo se fijan en Inglaterra o en Italia o en Alemania. Nuestros ojos, entre tanto, seguirán ciegos de talento exagerado en ambos equipos y nos afirmaremos a nosotros mismos que sí, que esto es genial, que nuestra Liga es preciosa y que es la mejor del mundo. Ebrios de un duelo más digno del tenis que del fútbol.
Lectura obligada | La mejor Liga del mundo (John Carlin en El País)
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martes, 13 de abril de 2010
Xavi Hernández Creus

Andrés Pérez | Al Barça se le entiende y se le define por Xavi Hernández Creus. El ordenamiento táctico en el campo, la forma ofensiva que toma el conjunto baulgrana en cada partido, obedece al ordenamiento mental, prodigioso, sensorial, de Xavi. Su percepción a lo largo y ancho del terreno de juego, su maduración lenta de la defensa rival, todo, quedó resumido el pasado sábado en el Bernabeú.
Es Messi el señalado como el hombre clave; se trata Guardiola del bautizado como arquitecto de este Barcelona histórico; pero su aspecto es el alma de Xavi. Xavi entiende el fútbol como una partida de ajedrez en constante movimiento, y en la capacidad para anticiparse a los movimientos de las defensas rivales descubrimos el porqué de las largas triangulaciones ofensivas del Barcelona. Una apertura a Alves no es una mera apertura, es el movimiento previo de una posterior jugada más hostil.
Cuando Messi agarró el balón tras recibir la falta de Ramos y se la dio a Xavi el Madrid estaba ya sentenciado. Un toque sutil en forma de globo por encima de Albiol bastó para que Messi controlara con el pecho y fusilara a Casillas sutilmente. Ya en la segunda parte Pedro amagó el desmarque y Xavi adivinó el espacio a la espalda de Garay. Las cámaras enfocaron a los goleadores, pero el tanto se originó en la materia gris del cerebro del de Terrasa.
Venció el Barça y pudo haber marcado dos más en otros dos balones de Xavi al espacio. El fútbol se juega en los espacios: la sincronización del cerebro de Xavi y de la disposición de los futbolistas a su alrededor en el campo los entiende como pocos privilegiados en la historia de este deporte. Su letanía, su particular partida de ajedrez cada tarde, es silenciosa. No acapara titulares, tampoco las cámaras le buscan. Y sin embargo, detrás de cada gol de Messi o de cada control de Ibrahimovic se esconde la mente de Xavi. La mente que prevé las genialidades de otro y que las posibilita.
Imagen | RTVE
Es Messi el señalado como el hombre clave; se trata Guardiola del bautizado como arquitecto de este Barcelona histórico; pero su aspecto es el alma de Xavi. Xavi entiende el fútbol como una partida de ajedrez en constante movimiento, y en la capacidad para anticiparse a los movimientos de las defensas rivales descubrimos el porqué de las largas triangulaciones ofensivas del Barcelona. Una apertura a Alves no es una mera apertura, es el movimiento previo de una posterior jugada más hostil.
Cuando Messi agarró el balón tras recibir la falta de Ramos y se la dio a Xavi el Madrid estaba ya sentenciado. Un toque sutil en forma de globo por encima de Albiol bastó para que Messi controlara con el pecho y fusilara a Casillas sutilmente. Ya en la segunda parte Pedro amagó el desmarque y Xavi adivinó el espacio a la espalda de Garay. Las cámaras enfocaron a los goleadores, pero el tanto se originó en la materia gris del cerebro del de Terrasa.
Venció el Barça y pudo haber marcado dos más en otros dos balones de Xavi al espacio. El fútbol se juega en los espacios: la sincronización del cerebro de Xavi y de la disposición de los futbolistas a su alrededor en el campo los entiende como pocos privilegiados en la historia de este deporte. Su letanía, su particular partida de ajedrez cada tarde, es silenciosa. No acapara titulares, tampoco las cámaras le buscan. Y sin embargo, detrás de cada gol de Messi o de cada control de Ibrahimovic se esconde la mente de Xavi. La mente que prevé las genialidades de otro y que las posibilita.
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miércoles, 7 de abril de 2010
Messi o el mejor jugador de la historia

Andrés Pérez | Decía Sergio Sauca en la retransmisión de ayer del Barça - Arsenal, otro día más triste y soporífera, que aunque Messi no pretendiera ser el mejor futbolista del mundo lo consigue. Desconozco si el anhelo del argentino lo es tal, pero desde luego la febril masa de aficionados al fútbol no duda en elevar al olimpo divino a quien, un día cualquiera, se marca una genialidad como la de Messi ayer. Marcó cuatro goles, metió al Barça en semifinales de la Copa de Europa.
No pretende ser este un trono donde minusvalorar a Messi ni tampoco pienso que sea flor de un día. Sus méritos pueblan los últimos tres años como para pretender restar relevancia a su meteórica temporada a pesar de su insultante juventud. Como suele suceder cuando un jugador marca las diferencias de forma tan notable, el título de mejor jugador del mundo, ficticio, falso y morboso, se le otorga de forma incontestable. Está bien, Messi es el más determinante. Pero no es Maradona.

La genialidad de anoche está al alcance de pocos. De privilegiados humanos que nacieron con el don de la oportunidad y del talento absoluto condensado en un pie. Es una obviedad que tan sólo un cretino o un ignorante podría negar: Messi marcará la historia y de hecho ya lo hace; Messi es un genio; Messi es el jugador a día de hoy; Messi es el futuro. Messi, Messi, Messi, Messi, por todas partes. Llegado el momento, las comparaciones, amén de odiosas, son inevitables.
Ayer Twitter era un hervidero. "Messi es el mejor de la historia"; "Messi es mejor que Maradona"; "Messi es Dios". Por recurrente no deja de ser sorprendente que con tamaña falicidad se otorgue semejante título. De comparar la edad de Messi y la de Maradona, gana el primero, qué duda cabe, pero sería una temeridad no tener en cuenta las circunstancias. Messi juega hoy en el mejor equipo del mundo y tiene por detrás a dos de los mejores centrocampistas del planeta, uno de ellos Xavi, otro de los que podría entrar en el olimpo de la historia.
Se trata de un factor diferencial que potencia las habilidades del jugador. ¿Sería el mismo Messi en el Almería? ¿En el Newcastle recién ascendido? ¿En un mediano Nápoles? Maradona en Italia lo fue. Preparen las piedras si lo desean, pero no es Messi el mejor jugador de la historia, término relativo y ventajista, no aún. En cualquier caso he de repetirlo: Messi a día de hoy es el jugador más determinante del planeta, el número uno, talento puro. Pero háganle un favor: no caigan en la idolatración ciega porque, de hecho, es ciega.
Vía | Más que Fútbol | El País | As
Imagen | RTVE
No pretende ser este un trono donde minusvalorar a Messi ni tampoco pienso que sea flor de un día. Sus méritos pueblan los últimos tres años como para pretender restar relevancia a su meteórica temporada a pesar de su insultante juventud. Como suele suceder cuando un jugador marca las diferencias de forma tan notable, el título de mejor jugador del mundo, ficticio, falso y morboso, se le otorga de forma incontestable. Está bien, Messi es el más determinante. Pero no es Maradona.

La genialidad de anoche está al alcance de pocos. De privilegiados humanos que nacieron con el don de la oportunidad y del talento absoluto condensado en un pie. Es una obviedad que tan sólo un cretino o un ignorante podría negar: Messi marcará la historia y de hecho ya lo hace; Messi es un genio; Messi es el jugador a día de hoy; Messi es el futuro. Messi, Messi, Messi, Messi, por todas partes. Llegado el momento, las comparaciones, amén de odiosas, son inevitables.
Ayer Twitter era un hervidero. "Messi es el mejor de la historia"; "Messi es mejor que Maradona"; "Messi es Dios". Por recurrente no deja de ser sorprendente que con tamaña falicidad se otorgue semejante título. De comparar la edad de Messi y la de Maradona, gana el primero, qué duda cabe, pero sería una temeridad no tener en cuenta las circunstancias. Messi juega hoy en el mejor equipo del mundo y tiene por detrás a dos de los mejores centrocampistas del planeta, uno de ellos Xavi, otro de los que podría entrar en el olimpo de la historia.
Se trata de un factor diferencial que potencia las habilidades del jugador. ¿Sería el mismo Messi en el Almería? ¿En el Newcastle recién ascendido? ¿En un mediano Nápoles? Maradona en Italia lo fue. Preparen las piedras si lo desean, pero no es Messi el mejor jugador de la historia, término relativo y ventajista, no aún. En cualquier caso he de repetirlo: Messi a día de hoy es el jugador más determinante del planeta, el número uno, talento puro. Pero háganle un favor: no caigan en la idolatración ciega porque, de hecho, es ciega.
Vía | Más que Fútbol | El País | As
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sábado, 6 de marzo de 2010
Iniesta y el fútbol de hoy por Lillo
P. ¿Mejor [Iniesta] que Messi o Cristiano Ronaldo?
R. Ésos juegan a hacer jugadas. Iniesta juega al fútbol. Es una delicia. Ver jugar al fútbol a Iniesta me hace feliz.
P. ¿Qué le parece que Cristiano sea todo un símbolo para la actual sociedad?
R. Entonces, hay algo que no funciona en esta sociedad. La gente ha elegido a este chico como paradigma de todo lo que pasa en el fútbol a lo largo de la semana, donde prevalecen unos valores que no son los del propio fútbol. Los valores del fútbol se cuecen el domingo, el día del partido. Pero no está Cristiano solo. Surgen por doquier gran cantidad de imitadores. Al menos, me han dicho que a Cristiano le gusta el fútbol.
Andrés Pérez | Lillo podrá ser un tipo con un compendio de frases gloriosas. Podrá, tras ganar su primer partido con el Almería, dar una rueda de prensa con acento mexicano. Podrá su reputación de entrenador calamidad extenderse por toda España. Todo eso podrá hacerlo y de hecho ya lo hace. Pero de vez en cuando, a pesar de todo, dice cosas muy interesantes y, lo que importa aún más, demuestra que en el fútbol aún hay gente que sabe expresarse.
Via | El País
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lunes, 30 de noviembre de 2009
Paradoja (Jornada 12)

Andrés Pérez | Paradójicamente, el Real Madrid perdió el partido que mejor disputó en toda la temporada. Cosas del clásico, de la mística y del rival, supongo. Saltó el Madrid ciertamente ordenado y sabedor de su rol: esperar al Barça con las líneas muy juntas y no tan atrás como el año anterior. Presión axfisiante en medio campo, rápida recuperación y velocidad arriba en ventaja numérica. Lo hizo de maravilla hasta que el fuelle se terminó y Kaka', ciertamente inspirado los primeros veinte minutos, y Ronaldo, peligroso, como siempre, se cansaron. Por cierto, sin noticias de Higuaín, ese maravilloso delantero experto en Valladolid, Xerez, Sporting y demás pero nulo ante Milan, Liverpool o Barça, donde la verdadera talla de un jugador se define. Para cuando el Madrid se hubo cansado, el Barça, que no cuajaba un mal encuentro, se encontraba distraído. Aturdido por el ímpetu del eterno rival. Le costó la primera pate e Ibrahimovic para imponer su ley.
Lo hizo a pase de Alves y de volea, el gigantón sueco, esplendoroso, magnífico, irrepetible, genial, peligrosísimo. Los adjetivos no son suficientes. Un golazo y tres puntos, pero más allá de todo eso, tres puntos justificados frente al mejor Madrid del año. Como digo, el partido podría satisfacer a ambos conjuntos. El Barça no jugó su mejor encuentro pero estuvo sólido atrás y se marcó una buena segunda parte, apagando a un cansado Madrid por momentos; y, lo que es más importante, salió del campo con la certeza de que ni el mejor Madrid del año puede con un día mediocre por su parte. El Madrid tampoco debiera deprimirse. Plantó cara y se mostró como un equipo digno, que ya es bastante más de lo que viene haciendo durante toda la temporada.
Cansados todos, al término del encuentro las cámaras buscaban a Iniesta. No es para menos. Fue el mejor y demostró con argumentos plausibles porqué él puede merecer el balón de oro tanto como Xavi o Messi, aunque esa es ya otra historia. Es uno de los mejores jugadores del planeta y todos deberíamos sentirnos afortunados de poder contar con él en la selección. Sin más. 1-0 para el equipo de Guardiola y liderato, un clásico igualadísimo, precioso y satisfactorio. Sin duda, lo que se podía esperar de ambos conjuntos, algo, como digo, novedoso por la parte que le toca al Madrid, del que desconozco si dado el partido de hoy puede comenzar a levantar vuelo en su ideología futbolísitca.
El resto de la jornada no anduvo exenta de sorpresas. El Málaga resucitó frente al Sevilla y sacó un empate que pudo ser mucho más de no ser por, 1) Luis Fabiano y 2) la mala fortuna. El Valencia, nuevo segundo espada de la competición junto al conjunto hispalense, se dejó dos puntos frente al Mallorca, equipo revelación por méritos propios, en un penalti absurdo de Bruno. Por cierto, cada día me convenzo más: Villa es probablemente el mejor delantero del planeta. Qué capacidad.
Por abajo el Zaragoza demostró que lo pasará mal de aquí al final de temporada tras perder ante Osasuna. Pocas luces y muchas sombras, especialmente en lo concerniente a la actitud y la capacidad goleadora, pero como mínimo hubo algo de fútbol y varios rayos de esperanza de cara al futuro liguero. No mereció perder el Zaragoza ni tampoco ganar, lo cual es muy decidor de su fútbol: gaseoso, bonito cuando se pone pero sin pólvora ni energía. Osasuna se llevó los típicos tres puntos que en mayo salvan del descenso. El Zaragoza aún tendrá que encontrar esos tres puntos, temo. Por cierto, el Atlético ganó a costa del Espanyol y el Villarreal decidió inmolarse ante el Sporting, como el Racing ante el Athletic. El Getafe abusó del Xerez y de verdad que la zona baja de la tabla está interesantísima. Como la lucha por el título.
Resultados | (pincha aquí)
Clasificación | (pincha aquí)
El resumen del clásico |
Vía | YouTube, Marca
Imagen | El Mundo
Lo hizo a pase de Alves y de volea, el gigantón sueco, esplendoroso, magnífico, irrepetible, genial, peligrosísimo. Los adjetivos no son suficientes. Un golazo y tres puntos, pero más allá de todo eso, tres puntos justificados frente al mejor Madrid del año. Como digo, el partido podría satisfacer a ambos conjuntos. El Barça no jugó su mejor encuentro pero estuvo sólido atrás y se marcó una buena segunda parte, apagando a un cansado Madrid por momentos; y, lo que es más importante, salió del campo con la certeza de que ni el mejor Madrid del año puede con un día mediocre por su parte. El Madrid tampoco debiera deprimirse. Plantó cara y se mostró como un equipo digno, que ya es bastante más de lo que viene haciendo durante toda la temporada.Cansados todos, al término del encuentro las cámaras buscaban a Iniesta. No es para menos. Fue el mejor y demostró con argumentos plausibles porqué él puede merecer el balón de oro tanto como Xavi o Messi, aunque esa es ya otra historia. Es uno de los mejores jugadores del planeta y todos deberíamos sentirnos afortunados de poder contar con él en la selección. Sin más. 1-0 para el equipo de Guardiola y liderato, un clásico igualadísimo, precioso y satisfactorio. Sin duda, lo que se podía esperar de ambos conjuntos, algo, como digo, novedoso por la parte que le toca al Madrid, del que desconozco si dado el partido de hoy puede comenzar a levantar vuelo en su ideología futbolísitca.
El resto de la jornada no anduvo exenta de sorpresas. El Málaga resucitó frente al Sevilla y sacó un empate que pudo ser mucho más de no ser por, 1) Luis Fabiano y 2) la mala fortuna. El Valencia, nuevo segundo espada de la competición junto al conjunto hispalense, se dejó dos puntos frente al Mallorca, equipo revelación por méritos propios, en un penalti absurdo de Bruno. Por cierto, cada día me convenzo más: Villa es probablemente el mejor delantero del planeta. Qué capacidad.
Por abajo el Zaragoza demostró que lo pasará mal de aquí al final de temporada tras perder ante Osasuna. Pocas luces y muchas sombras, especialmente en lo concerniente a la actitud y la capacidad goleadora, pero como mínimo hubo algo de fútbol y varios rayos de esperanza de cara al futuro liguero. No mereció perder el Zaragoza ni tampoco ganar, lo cual es muy decidor de su fútbol: gaseoso, bonito cuando se pone pero sin pólvora ni energía. Osasuna se llevó los típicos tres puntos que en mayo salvan del descenso. El Zaragoza aún tendrá que encontrar esos tres puntos, temo. Por cierto, el Atlético ganó a costa del Espanyol y el Villarreal decidió inmolarse ante el Sporting, como el Racing ante el Athletic. El Getafe abusó del Xerez y de verdad que la zona baja de la tabla está interesantísima. Como la lucha por el título.Resultados | (pincha aquí)
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