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martes, 31 de mayo de 2011
92 puntos
Andrés Pérez | Las temporadas en el Real Madrid nunca son comunes ni rutinarias. En ello ponen especial énfasis todos los medios de comunicación que rodean al club de la capital. Era previsible que este año, tras la contratación de Mourinho, lo que ya de por sí era un circo se elevara a la máxima potencia. Ha sucedido y no ha sido agradable, ni en Madrid ni en Barcelona. En general, se puede calificar la temporada del Madrid como levemente exitosa respecto a la del año anterior —mejora exponencial en las dos competiciones coperas y semejantes resultados en Liga— pero constantemente torpedeada y ensuciada por la marea mediática desatada a su alrededor. Así pues, no es de extrañar que se observe en retrospectiva el año con cierto sabor amargo.
Tras la cierta desazón que produjo la temporada pasada, con Pellegrini al mando, con las recientes incorporaciones de Cristiano Ronaldo, Kaka' y Benzema y la llegada de uno de los mejores entrenadores de la última década, sobrado de carisma y con la aureola de ganador nato que le había llevado a conquistar dos Champions League, varias ligas y varias copas en Portugal, Inglaterra e Italia, el ambiente en Madrid era realmente ilusionante. La llegada de estrellas pujantes como Ozil o Di María y la incorporación de jugadores bastante fiables a priori como Carvalho o el metalúrgico Khedira consiguieron que, en términos genéricos, el Madrid aspirara a competir de igual a igual con el Barcelona. Este último punto serviría de losa para el equipo durante el resto del año.
Nadie recaería por aquel entonces en lo ilusorio de pretender que un equipo recién formado igualara en compenetración y proyección de juego a uno que llevaba casi cinco años gestándose en una misma base de futbolistas —Messi, Puyol, Iniesta, Xavi, Valdés, Abidal—. Comenzó el Madrid precipitado en Mallorca, donde se llevó el primer varapalo de la temporada empatando ante un rival, a priori, asequible. En aquel partido fue titular el también recién adquirido Canales, joven promesa del fútbol español que pareció contar, a principios del curso, con el beneplácito de Mourinho. A Canales le sucedería como a Pedro León: ambos se apagarían el restod el año. La derrota más tarde del Barcelona en casa ante el Hércules y los progresos evidentes del Madrid harían olvidar las dudas iniciales.
El Madrid cogió cuajo. Higuaín seguía en un espléndido estado de forma, Ronaldo también, Ozil se acoplaba a la perfección en la parcela ofensiva, Di María crecía en confianza, Carvalho desprendía carisma y seguridad en el centro de la defensa y Xabi Alonso se erguía definitivamente como el líder nato del conjunto. En Champions apenas tuvo inconvenientes e incluso se permitió el lujo de empatar en San Siro en los compases finales, uno de esos partidos que en los últimos años habría perdido casi con toda probabilidad —sería Pedro León el héroe de la noche, en el único momento feliz de su estancia en el Bernabéu—, y en Liga mantenía con firmeza la primera plaza ejerciendo de equipo autoritario en casa y práctico y resolutivo lejos de ella. Tal era la situación de optimismo creciente en Madrid que, en vísperas del importante partido en el Camp Nou, no eran pocos quienes observaban en el conjunto de Mourinho cierto favoritismo.
Y a partir de ahí, tras el cinco cero demoledor que el Barcelona infligió al equipo blanco, todo lo que durante prácticamente una vuelta había sido un camino esperanzador se tiñó de acidez. Mourinho respondió con el carácter que le caracteriza a las primeras críticas que le vertía cierto sector de la prensa. El partido del Camp Nou dejó entrever ciertas carencias ofensivas del equipo. El Madrid no mezclaba bien, sufría en los partidos y no jugaba particularmente bonito. A pesar de ello terminó la primera vuelta como una centella imponiéndose a Villarreal, Sevilla y Valencia, manteniendo vivas las esperanzas de conquistar aún la Liga. Sucedió, en el último partido de la primera vuelta, que empató en casa de un deshauciado Almería y que, dos jornadas después, perdió en casa de Osasuna, también equipo que luchaba por no descender.
A partir de ahí la Liga pareció un objetivo más lejano —pese a que el Barça empataría más tarde en casa del Sporting—. La clasificación tanto de Madrid como de Barcelona para semifinales de la Champions y la ya por aquel entonces segura final de Copa entre ambos dejó en un segundo plano la competición doméstica para el Madrid. Frente a sí tenía dos títulos bastante lejanos en el tiempo y los debía conseguir frente al Barça. En abril el punto de amargura, ambiente viciado y provocaciones constantes entre uno y otro lado llegaba a su punto álgido y, en tal situación, demostrada en la primera vuelta la inferioridad deportiva del Madrid respecto al Barcelona, ganar tanto la Copa como la Champions eran requisitos indispensables.
Y sucedió que el Madrid ganó la Copa del Rey brillantemente, que previamente había empatado en el Bernabéu y que en Champions no tuvo ninguna opción. En fin, todo aquello había saltado por los aires con la rueda de prensa de Guardiola el día antes del partido de ida en el Bernabéu. Tras el partido de vuelta en el Camp Nou la temporada del Madrid había terminado, no sin un poso ciertamente agrio, resultante de lo acontecido en el ámbito extradeportivo. Algunos aficionados neutrales tenían la sensación de que toda aquella parafernalia creada en el entorno del Madrid y que felizmente secundó el del Barça sólo podía quedar justificada en caso de victoria en la mayor parte de las competiciones. Al no ser así, aquel capítulo resultó bastante ridículo.
La temporada del Madrid no se puede entender sin lo sucedido a su alrededor, especialmente en el mes de abril. Entre otros motivos porque ha servido de punta de lanza de algunos sectores tanto de la afición como del Barcelona —como del periodismo más próximo al Madrid— para exigir la dimisión o la destitución de Mourinho pese a los logros deportivos. Y más allá del ruido creado sobre el club, hay que valorar los resultados deportivos para emitir un juicio de valor medianamente útil a la hora de analizar el futuro del Madrid — lejos de las etéreas e intangibles cualidades de imagen, filosofía y espíritu de club.
En general, el año ha sido bastante positivo en Madrid. A excepción de la Liga, donde ha conseguido cuatro puntos menos que el año pasado, el equipo ha mejorado en todas las competiciones —consiguiendo una que se resistía desde hacía casi veinte años y superando los octavos en otra, algo que no lograba hacía siete años—. Por otro lado, y algo que puede ser incluso más importante, es posible que se haya apostado definitivamente por un proyecto realmente a largo plazo. Mourinho ha llegado para quedarse y a una plantilla espectacular, excelsa y sobrada de talento se le adivinan enormes posibilidades con el poso de un año de toma de contacto y sistemas de juego ya adquiridos. Porque este que llega y no el que abandonamos, será la auténtica prueba de fuego para Mourinho.
Lectura recomendada | Comparativa en Liga entre Madrid y Barcelona (Marca)
En MQF | 96 puntos (temporada 09/10)
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miércoles, 4 de mayo de 2011
Será el Barça y será en Wembley
Andrés Pérez | Es probable que no exista mejor modo de ejemplificar el poderío del Barcelona frente a cualquier disposición táctica del rival que el gol de Pedro anoche. Cuando el Real Madrid optó en la segunda parte por adelantar agresivamente la línea de presión y buscar ahogar la salida de balón de sus centrales, éstos no tuvieron más remedio que optar por retrasar el balón para Valdés. En cualquier otro equipo esta situación se solventaría con un balonazo indiscriminado que eliminaría la presión rival a cambio de perder la posesión y atenerse a su construcción ofensiva. En el Barça no. Valdés optó por abrir a banda, con un pase largo y medido, rompiendo la línea de presión por alto y lanzando el contraataque de sus compañeros. Alves recibió el regalo, avanzó metros, buscó a Iniesta, éste a Pedro entre líneas y el canario superó a Casillas en el mano a mano. El Madrid había cambiado el planteamiento y no había servido absolutamente de nada porque seguía perdiendo.
Cuando el Madrid, en el Bernabéu, optó por retrasar sus posiciones, agazaparse en torno a la portería de Casillas, juntar líneas, sembrar minas en el centro del campo, permitir correr verticalmente a Piqué, también murió. Así pues no cabe gran reproche a un Madrid digno anoche en la derrota que apuró sus posibilidades ejecutando planteamientos diversos y mostrando una gran versatilidad —ejemplar en muchos aspectos, esencialmente en el comportamiento hercúleo de sus futbolistas—. Todo lo que intentó Mourinho, desde la defensa cerrada hasta la presión adelantada tratando de destruir el oleaje combinativo del Barcelona, sirvió de más bien poco a excepción de ese caso particular, bello, y épico que supone la Copa del Rey, definitivamente la competición más atractiva de todas en las que este año discutieron Real Madrid y Barcelona.
Sorprendió el Madrid, de nuevo, buscando cercenar los puntos de creación del Barcelona en su propio campo. Adelantó varios metros los lugares en los que sus delanteros presionarían —algo semejante a lo que consiguió en la primera parte de Mestalla— y durante diez minutos el Barça tuvo problemas para controlar el balón y superar el campo de obstáculos sincronizados y pegajosos en el que mutaban los jugadores a las órdenes de Mourinho. Pasados diez minutos de encomiable ejercicio físico del Madrid —robando, intentando distribuir, manteniendo durante cierto tiempo la posesión del balón—, el Barcelona comenzó a superar dicha presión y empujó hacia atrás las líneas defensivas del Real Madrid ejecutando su consabido y posesivo plan de dominación del balón. Es una gran virtud la del Barça: imponer su fútbol conociendo su rival de antemano el plan.
De ahí al final de la primera parte el Barcelona fue mejor, llegó más y sólo el desacierto de Pedro y Villa y las providenciales paradas de Casillas impidieron que al descanso la eliminatoria no sólo estuviera finiquitada sino que pudiera sonrojar a la defensa del Madrid, personificada en Albiol, lento, y en Carvalho, hiperactivo, muy hablador y levemente pasado de revoluciones en cada choque. Tras la reanudación la tónica fue muy semejante a la de la primera parte y el Madrid salió gallardo, altivo, apabullante en el plano físico y forzando al Barcelona a sentirse intimidado. Le disputó el balón, lo ganó por momentos y volvió a su primigenia idea de evitar que los centrales del Barcelona obtuvieran líneas de pase mediante las que abastecer a Iniesta y Xavi, piezas de engranaje entre el inicio y el fin, Messi, de todo el fútbol del Barcelona de Guardiola, preciso e infalible como pocas máquinas habidas en la historia del fútbol.
Pese a la actitud ejemplar del Real Madrid durante la segunda parte, ya sin Higuaín, particularmente pasado de peso, de nuevo imperceptible en los momentos claves de la temporada, y sin Kaka', desaparecido para la causa y sustituido por Ozil, mucho más expresivo y vivaz que el brasileño, el Barcelona volvió al primer párrafo de este artículo y con cuatro jugadores y varias yardas desangeladas que recorrer por delante anotó el primer gol del partido. Volvería el Madrid, impulsivo, a recuperar la fe con el gol de Marcelo pero no quedaba demasiado tiempo. De ahí el final el encuentro volvió a los fueros habituales de esta saga de cuatro enfrentamientos: ásperos y duros, pasados por agua para más escarnio del espectáculo. Fue un final muy decidor de todo lo que en un mes han sabido ofrecer ambos equipos. Más bien nada. Entre tanta mediocridad para lo que se esperaba relució Messi. A fin de cuentas el tipo que, en el Bernabéu, hizo posible que hoy un empate le sirviera al Barcelona. Será el Barcelona y será en Wembley, casi veinte años después de que Koeman lograra, con un tanto indeleble, que el Barcelona levantara por primera vez la Copa de Europa. Ya va camino de la cuarta.
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jueves, 21 de abril de 2011
El Madrid se reinventa diecisiete años después
Andrés Pérez | En un partido descomunal, legendario, disputadísimo, agrio, sucio, enquistado y brillante, el Madrid se reinventó a sí mismo para conquistar la Copa del Rey diecisiete años después de que lo hiciera por última vez. Lo hizo ahogando al Barça, planteando un partido extenuante en la parcela física, doblando cada ayuda en defensa, concentrado en cada acción y disputando cada balón como si el devenir de la final dependiera de él. No le caben reproches al esquema táctico de Mourinho, de nuevo sagaz, ni a la ejecución práctica de los futbolistas del Madrid, que, y he aquí la noticia, lograron anular durante más de medio partido la capacidad ofensiva del Barcelona. Lo que en un principio no era más que una utopía, el Madrid lo hizo realidad. Hizo de su partido un súmum de decisiones acertadas a costa del Barça, a ratos brillante, impotente en el plano físico y perdido en lo superfluo.
Vaya por delante que la consecución del título por parte del Madrid no obedece a demérito ajeno sino a la exaltación de las virtudes propias. Lejos de cualquier maniqueísmo, la contraposición de estilos deparó un choque excesivamente vibrante, chispeante por momentos, pasado de revoluciones en ocasiones, precioso en su tónica general por la intensidad con la que se jugó por ambos bandos. Tanto Barcelona como Madrid jugaron un partido excelso determinado en una de las muchas acciones que podían haber sido el punto de inflexión y que no fueron: un cabezazo superlativo de Cristiano Ronaldo, suspendido en el aire como los mejores cabeceadores de siempre, tras una combinación en la banda izquierda entre Di María y Marcelo cuando el Madrid conseguía equilibrar la balanza tras cuarenta y cinco minutos a contracorriente víctima de su propia condición humana, impotente en lo físico y aferrado a la genialidad del impasible y eterno Iker Casillas, determinante un día más, una final más, un torneo más. Su palmarés es ya de leyenda.
Decíamos ayer que todo el problema del Madrid el sábado pasado no fue tanto el planteamiento defensivo como el ofensivo, puesto que al juntar tanto las líneas el Madrid perdía el hilo en ataque y llegaba esporádicamente, sin orden ni continuidad, fruto más bien del inevitable cese de espacios del Barcelona antes que de la capacidad ofensiva de sus delanteros. Mourinho solucionó tal problema adelantando las líneas varios metros. El planteamiento del Madrid fue el mismo que ejecutó en el Bernabéu días atrás solo que más cerca del área de Pinto. Las recuperaciones ahora serían un peligro inminente para el Barcelona y el inicio de las jugadas del conjunto de Guardiola distaría demasiado de la zona de peligro de sus mejores jugadores. Dicho y hecho, con un Pepe omnipresente ejerciendo de delantero, centrocampista llegador y destructor a un mismo tiempo, el Barcelona no se encontró.
Se perdió en la maraña táctica que creó Mourinho, Xabi Alonso y Khedira estelares en las ayudas a sus centrales, así como Ozil y Di María, carrileros y extremos a partes iguales, interiores en defensa cuando Messi o Iniesta acudían a sus bandas, emparejándose con Alves o Adriano cuando éstos subían. El Barça no iniciaba las jugadas con fluidez, sus delanteros no exigían el balón al espacio, Messi pecaba de intrascendente lejos del área de Casillas e Iniesta y Xavi sólo encontraban enemigos cuando levantaban la cabeza. Fue el peor primer tiempo del Barcelona de Guardiola, que a excepción de un lejano disparo y varios saques de esquina fue incapaz de crear peligro a Casillas. No así el Madrid, que rascó abajo y buscó con efusividad a Ronaldo, anoche de ariete, por medio de Ozil. Llegaba más el Madrid, en una ocasión Ronaldo disparando seco para que Pinto repeliera y en otra Pepe elevándose por encima de Alves rematando al palo cuando todo parecía indicar que el balón terminaría en la red.
Se había reinventado el Madrid y había descubierto debilidades en el Barcelona, intimidado en el plano físico y desnortado en la creación de su fútbol, demasiado lejos, demasiado previsible, demasiado lento, demasiados rivales. Mourinho hizo de su defensa una trinchera y Villa murió en ella, perdido en sus propias disputas incluso cuando, ya en la segunda parte, el Barça confirmó que la capacidad de resistencia del Madrid, incluida la de un grandioso Pepe, era humana. Por tendencia natural, el equipo del técnico portugués se había inmolado persiguiendo centrocampistas, presionando, corriendo hacia atrás y lanzando a sus delanteros. Cuando los pulmones fallaron, apareció Iniesta y dotó de sentido al hasta aquel momento ineficaz ataque del Barça.
Iniesta comenzó a levitar sobre el césped de Mestalla y acercó a su equipo al área de Casillas. Para entonces el Barça había eliminado cualquier rastro de la capacidad ofensiva del Madrid. Para entonces Ramos y Carvalho eran los mejores soldados con los que se podía compartir trinchera, imperiales ambos. Junto a ellos Casillas, genio hasta la tumba. Siempre guiado por Iniesta, clarividente y suave como en sus mejores ocasiones, el Barça se encontró hasta en tres ocasiones con Casillas. Primero Messi, más tarde Pedro y finalmente el propio Iniesta, en un paradón inverosímil del arquero madrileño. Corría el minuto 70 y parecía cuestión de tiempo que el Madrid, sólido atrás pero un trapo en manos de Iniesta y de un revitalizado Messi, sucumbiera ante el aluvión de paredes, velocidad en los metros finales y capacidad creativa del Barça. Sin embargo la luz se apagó. También para el Barça. Y lo que restó después fue supervivencia.
Porque el Madrid se reinventó de nuevo y extrajo fuerzas no se sabe muy bien de donde para asustar en dos ocasiones a Pinto, la última Di María, maratoniano anoche, mandando el balón a la escuadra. La respuesta de Pinto fue el último acto antes del tiempo de prolongación. Para entonces la batalla a los puntos estaba igualada, el partido era una delicia y el Barça había intentado recuperar el hilo perdido en los últimos minutos de la segunda parte. Lo consiguió a duras penas y nunca en la misma medida apabullante del segundo periodo. Fue el Madrid quien finalmente, en una triangulación esplendorosa entre Marcelo y Di María, encontró el vuelo de Ronaldo para sentenciar la Copa, ya que de ahí al final sería el propio Madrid quien dispusiera de las mejores ocasiones.
Había resucitado el conjunto de Mourinho. Había ganado la Copa merecidamente y había espantado los fantasmas. Más aún: había demostrado que el Barça, uno de los mejores equipos de siempre, es falible. Y ese era el punto de partida necesario para disputarle la hegemonía.
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miércoles, 6 de abril de 2011
Una goleada que no oculta las carencias del Madrid
Andrés Pérez | Sigue lejos el Real Madrid de ser una máquina infalible a pesar de su contundente goleada al Tottenham. Se atasca con facilidad cuando el rival mantiene el tono físico, no encuentra salidas ante un conjunto encerrado en su área y sus defensas se desconcentran con excesiva frecuencia en campo abierto. No es de extrañar, tras este diagnóstico, que el Tottenham se acercara con cierto peligro al área de Casillas mediada la primera parte, una vez Adebayor ya había adelantado al Madrid y una vez Crouch, en juvenil acto de irresponsabilidad, había decidido dejar a su equipo con un jugador menos. Primero fue Bale, tras una carrera asombrosa desde el centro del campo, y más tarde Van der Vaart solo ante Casillas, antes de que Carvalho impidiera el empate del equipo londinense. Ciertamente, el Madrid no sufrió más. Pero en aquel momento se hallaba muy descolocado.
La expulsión de Crouch supuso un punto de inflexión relativo en el partido. Durante los primeros seis minutos el Tottenham se había encerrado alrededor de Gomes. No por voluntad propia sino por el empuje imparable del Madrid, que en un córner obtuvo premio. Pese a oler sangre, los de Mourinho dejaron recomponerse al Tottenham, que comenzó a manejar levemente y muy lejos de Casillas el balón. Todo ello hasta que Crouch entró con la plantilla por delante por segunda vez. Imaginamos en ese momento a Redknaap seriamente contrariado con su delantero. La marcha prematura de Crouch dejó al Tottenham sin delantero. Y aquí es donde Mourinho debería encontrar motivos para la preocupación: no es que el Madrid se estampara ante el muro londinense en ataque, es que el Tottenham aprovechó los espacios lógicos que el Madrid cedía atrás. Las coberturas llegaban tarde y el caos comenzaba a asomar.
El resto de la primera parte no fue gran cosa. Atormentado por sus propios fantasmas, el Madrid no creó excesivas ocasiones en el área de Gomes. La segunda parte fue otro cantar. Con Marcelo hiperactivo y como el único jugador capaz de romper líneas defensivas en una internada con el balón controlado, Adebayor preparó un salto en suspensión para cruzar el balón con la cabeza hacia un lugar en el que un caótico Gomes jamás imaginaría llegar. El segundo gol sirvió de espoleo para el Madrid, que fulminó físicamente al Tottenham. Aquí sí el conjunto blanco se mostró superior de una forma insultante. Los spurs contaban ya con Defoe en el campo, lo que redujo el volumen de centrocampistas, un placer para Xabi Alonso, que se dedicó a construir y destruir a su antojo.
Marcelo y Xabi Alonso. Ahora que Benzemá ha vuelto al dique seco, son los dos jugadores más importantes del Madrid cuando Ozil se esfuma entre las líneas rivales. Marcelo por desequilibrante e imprevisible y Alonso por estable y racional. El fondo físico imposible de los jugadores blancos hizo el resto hasta el punto de que Sandro, Gallas y Bale sufrieron calambres durante toda la segunda parte. El Tottenham, fundido ante la exigencia física que le proponía el Madrid, se transformó en un trapo, y lo que durante la primera parte se convertía en una agonía posible en al segunda se antojó imposible. No había capacidad para resistir los embistes del Madrid. Un Ronaldo egoísta lo probaba; Ramos se unía al ataque una vez neutralizado Bale; Di María buscaba encontrar salidas a pesar de su creciente irrelevancia en el juego del Madrid; y en defensa Pepe y Carvalho parecían superar sus traumas. El Madrid, entonces sí, era un conjunto temible.
Cuatro a cero, goleada, eliminatoria sentenciada a excepción de hecatombe histórica y dos lecturas. La primera la de un equipo incapaz ante rivales demasiado pergeñados alrededor de su área y nervioso en defensa cuando el rival tiene metros para recorrer. La segunda la de un equipo apabullante que humilla al contrario físicamente y lo remata sin piedad una vez está para el arrastre. Sucedió también ante el Lyon: el Madrid en casa exige demasiado a su rival como para que aguante los 90 minutos. De cara a un futuro enfrentamiento ante el Barça esto tiene un problema evidente: ni el fondo físico de los de Guardiola es tan bajo ni permitirá que el Madrid le imponga el correcalles que sí ha logrado imponer en octavos y en cuartos. El Barça le robará el balón. Y la última vez que al Madrid le sucedió eso recibió cinco goles. A pesar de la goleada, el Madrid debe mejorar si pretende seguir la estela del Barça en un mes que se presenta frenético para ambos equipos.
P.D.
Mientras tanto, en el otro extremo de la galaxia y demostrando que todos los analistas futbolísticos somos auténticos incapaces para este oficio, el Schalke 04 marcó cinco goles al Inter en San Siro y prácticamente dejó sentenciada la eliminatoria. El Schalke, el renqueante y desquilibrado equipo de Raúl que eliminó al Valencia en octavos, ha goleado y humillado al vigente campeón del mundo. Dicho sea de paso y vista su defensa de feria, no es algo que tenga especial mérito. Pero sí sorprende viniendo de un equipo al que nadie esperaba en semifinales —salvo machada heroica de los de Leonardo en Gelsenkirchen— y del que se ha dicho que es caótico, falto de talento, lento, sustentado por sus estrellas y con un cuadro defensivo digno de categorías del infrafútbol. Qué noche de Champions.
Lectura recomendada | El Schalke descuartiza al Inter (El País) | Visto y no visto (Esteban Moneo)
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martes, 5 de abril de 2011
Choque con tintes británicos
Pablo Orleans | Lustro y pico después, más de cinco años de sueños y pesadillas, de noches en vela y fracasos impensables. El Real Madrid vuelve a unos cuartos de final de la UEFA Champions League. Un equipo construido a base de talonario, todo hay que decirlo. Un equipo pensado para ganar con grandes figuras entre sus filas. Jugadores jóvenes resabiados, veteranos ambiciosos y un líder que les rodea, que guía al grupo. Mourinho, el bueno, no entiende de perder. Y eso que su amigo el canalla, el cántabro Preciado, le bajó del cielo liguero y le enseñó a caer en casa tras mucho tiempo —demasiado—, en competición doméstica.
Frente a ellos, de azul celeste en la ida, los spurs se plantarán en el césped de la capital española con la intención de hacer algo bonito en el primer choque para tener opciones en la vuelta. Y el partido se prevé intenso, rápido, típico de la Premier League. El Madrid, conjunto tradicionalmente peleón, conocido luchador, noble y bélico adalid, sostiene en su habitual juego los tintes ingleses más característicos. Sin demasiado control, con déficit defensivo —progresando adecuadamente— ante potentes delanteras, el conjunto que hoy entrena un tal Mourinho es, eso sí, una máquina destructora, un fugaz golpe certero y preciso que fulmina rivales dubitativos en cuestión de segundos.
Y es que, si al tradicional y alocado juego anglosajón, a la ida y vuelta, a los balones directos, rápidos contragolpes e intensos minutos, sumamos el conocimiento de un más que interesante elenco de expertos en la Barclays, el resultado supone una extraña mezcla entre la persistencia y el orgullo español castizo con la sutileza y rapidez característica de los inventores del football. Los Carvalho, Arbeloa, Xabi Alonso, CR7 o Adebayor, curtidos en los verdes campos ingleses, enseñados en las artes del contraataque y expertos del fútbol directo darán a este choque un aspecto británico de espectáculo asegurado.
Choque inglés ante todo, entre un conjunto angloparlante en ascenso y otro ibero en reconstrucción. La ambición de los que hace casi tres décadas que no recargan sus vitrinas europeas y cuya última gran alegría fue hace 20 años, ante la obligación de los reyes del siglo XX por empezar un nuevo ciclo ganador que se hace de rogar. La lucha está programada y el duelo promete. Probablemente lo más parecido a un choque británico con un equipo español de por medio. Y es que si un equipo encajaría a la perfección en la Liga del archipiélago europeo, ése sería el entrenado por Mou. Siéntense, beban con moderación y disfruten del prometedor choque de cuartos de la Champions entre Madrid y Tottenham.
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sábado, 2 de abril de 2011
El dichoso doble pivote
Andrés Pérez | En un futuro no muy lejano nos costará explicar a nuestros hijos cómo Lass llegó a ser titular en el Real Madrid. Su aportación es mínima en la parcela ofensiva, se descoloca con facilidad en defensa y sus muchos kilómetros recorridos obedecen no tanto a un gran desgaste productivo como a ésto último, lo que, además, provoca que llegue tarde en todas las jugadas al corte. Todo lo anteriormente escrito le lleva a jugar al límite del reglamento y a causar más un problema que una solución al equipo. A Khedira le sucede tres cuartas partes de lo mismo. Su virtud es la incorporación desde segunda línea además de su amplio despliegue físico, pero al lado de un jugador que sepa cambiar la orientación del juego con un solo pase. No junto a Lass. El problema de Lass y Kedhira no es cada uno por separado, sino ambos juntos. Y, en realidad, no es culpa suya, sino de Mourinho.
Hasta la victoria del Sporting, Mourinho ha estado más de nueve años sin perder un partido en casa, un logro difícilmente repetible. Sin embargo se equivoca por completo cuando pretende convencer al público y al rival de las virtudes de su equipo cuando, precisamente en casa, salta al campo con Lass y Khedira en la medular. Es un planteamiento que, no cabe duda, obedece a las precauciones tácticas de Mourinho, pero al mismo tiempo es un planteamiento cobarde y contraproducente: los equipos en el Bernabéu salen a agazaparse alrededor de su portero. Ante la falta de espacios, ni Lass ni Khedira están capacitados para generar peligro en las inmediaciones de la portería rival. Más aún cuando no están Xabi Alonso, Marcelo, Ronaldo y Benzemá, cuatro jugadores claves en el Real Madrid a la hora de sorprender en ataque.
El esquema de Mourinho, además, deriva a Ozil a la banda derecha y a Di María a la izquierda, en sustitución del lesionado Ronaldo. Ambas situaciones son anormales ya que Di María se ha pasado toda la temporada jugando en banda derecha y Ozil se encuentra a gusto haciendo y deshaciendo entre líneas, por detrás del delantero. Por su parte, sin Benzemá ni otro delantero que le supla, Adebayor se encuentra demasiado solo. De nada sirve descolgar todos los balones que le llegan si nadie alrededor se acerca a recogerlos. El Madrid, así las cosas, se torna en un equipo muy previsible, carente de talento e incapaz de explotar el poco que atesora —Ozil, Adebayor—.
El Sporting hizo lo que debía, cubriéndose las espaldas de una forma realmente solvente y aprovechando las escasas oportunidades que llegara a tener. Mediada la segunda parte los defensas del Madrid decidieron contemplar el acontecer del universo —preocupante estado de forma el de Carvalho— mientras De las Cuevas empujaba a placer el balón a la red de Casillas. El problema del Madrid ha sido la falta de creatividad, cercenada por un dichoso doble pivote compuesto por dos jugadores que no dan el perfil necesario para partidos de esta índole. No en vano, ha sido Canales el mejor jugador de la segunda parte en los pocos minutos que ha disputado. Cuesta creer que este jugador no cuente con más minutos bajo ninguna circunstancia. Pero eso ahora no importa. El Madrid se aleja, casi de modo definitivo, de uno de los títulos a los que aspiraba. Y lo hace tontamente, por un empeño poco comprensible de su entrenador.
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