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miércoles, 4 de mayo de 2011
Será el Barça y será en Wembley
Andrés Pérez | Es probable que no exista mejor modo de ejemplificar el poderío del Barcelona frente a cualquier disposición táctica del rival que el gol de Pedro anoche. Cuando el Real Madrid optó en la segunda parte por adelantar agresivamente la línea de presión y buscar ahogar la salida de balón de sus centrales, éstos no tuvieron más remedio que optar por retrasar el balón para Valdés. En cualquier otro equipo esta situación se solventaría con un balonazo indiscriminado que eliminaría la presión rival a cambio de perder la posesión y atenerse a su construcción ofensiva. En el Barça no. Valdés optó por abrir a banda, con un pase largo y medido, rompiendo la línea de presión por alto y lanzando el contraataque de sus compañeros. Alves recibió el regalo, avanzó metros, buscó a Iniesta, éste a Pedro entre líneas y el canario superó a Casillas en el mano a mano. El Madrid había cambiado el planteamiento y no había servido absolutamente de nada porque seguía perdiendo.
Cuando el Madrid, en el Bernabéu, optó por retrasar sus posiciones, agazaparse en torno a la portería de Casillas, juntar líneas, sembrar minas en el centro del campo, permitir correr verticalmente a Piqué, también murió. Así pues no cabe gran reproche a un Madrid digno anoche en la derrota que apuró sus posibilidades ejecutando planteamientos diversos y mostrando una gran versatilidad —ejemplar en muchos aspectos, esencialmente en el comportamiento hercúleo de sus futbolistas—. Todo lo que intentó Mourinho, desde la defensa cerrada hasta la presión adelantada tratando de destruir el oleaje combinativo del Barcelona, sirvió de más bien poco a excepción de ese caso particular, bello, y épico que supone la Copa del Rey, definitivamente la competición más atractiva de todas en las que este año discutieron Real Madrid y Barcelona.
Sorprendió el Madrid, de nuevo, buscando cercenar los puntos de creación del Barcelona en su propio campo. Adelantó varios metros los lugares en los que sus delanteros presionarían —algo semejante a lo que consiguió en la primera parte de Mestalla— y durante diez minutos el Barça tuvo problemas para controlar el balón y superar el campo de obstáculos sincronizados y pegajosos en el que mutaban los jugadores a las órdenes de Mourinho. Pasados diez minutos de encomiable ejercicio físico del Madrid —robando, intentando distribuir, manteniendo durante cierto tiempo la posesión del balón—, el Barcelona comenzó a superar dicha presión y empujó hacia atrás las líneas defensivas del Real Madrid ejecutando su consabido y posesivo plan de dominación del balón. Es una gran virtud la del Barça: imponer su fútbol conociendo su rival de antemano el plan.
De ahí al final de la primera parte el Barcelona fue mejor, llegó más y sólo el desacierto de Pedro y Villa y las providenciales paradas de Casillas impidieron que al descanso la eliminatoria no sólo estuviera finiquitada sino que pudiera sonrojar a la defensa del Madrid, personificada en Albiol, lento, y en Carvalho, hiperactivo, muy hablador y levemente pasado de revoluciones en cada choque. Tras la reanudación la tónica fue muy semejante a la de la primera parte y el Madrid salió gallardo, altivo, apabullante en el plano físico y forzando al Barcelona a sentirse intimidado. Le disputó el balón, lo ganó por momentos y volvió a su primigenia idea de evitar que los centrales del Barcelona obtuvieran líneas de pase mediante las que abastecer a Iniesta y Xavi, piezas de engranaje entre el inicio y el fin, Messi, de todo el fútbol del Barcelona de Guardiola, preciso e infalible como pocas máquinas habidas en la historia del fútbol.
Pese a la actitud ejemplar del Real Madrid durante la segunda parte, ya sin Higuaín, particularmente pasado de peso, de nuevo imperceptible en los momentos claves de la temporada, y sin Kaka', desaparecido para la causa y sustituido por Ozil, mucho más expresivo y vivaz que el brasileño, el Barcelona volvió al primer párrafo de este artículo y con cuatro jugadores y varias yardas desangeladas que recorrer por delante anotó el primer gol del partido. Volvería el Madrid, impulsivo, a recuperar la fe con el gol de Marcelo pero no quedaba demasiado tiempo. De ahí el final el encuentro volvió a los fueros habituales de esta saga de cuatro enfrentamientos: ásperos y duros, pasados por agua para más escarnio del espectáculo. Fue un final muy decidor de todo lo que en un mes han sabido ofrecer ambos equipos. Más bien nada. Entre tanta mediocridad para lo que se esperaba relució Messi. A fin de cuentas el tipo que, en el Bernabéu, hizo posible que hoy un empate le sirviera al Barcelona. Será el Barcelona y será en Wembley, casi veinte años después de que Koeman lograra, con un tanto indeleble, que el Barcelona levantara por primera vez la Copa de Europa. Ya va camino de la cuarta.
Imagen | El País
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martes, 11 de mayo de 2010
Los siete que no llevaría

La pre-selección habitual en vísperas de competición importante de la Selección ya se ha hecho pública. Treinta jugadores. Sobran siete en una lista que, para gracia de todos, rebosa calidad. No en vano, cualquier descarte que salga de la selección tendría serias posibilidades de ir convocado en el 80% de combinados nacionales del Mundial, incluidas algunas de las favoritas —cuesta creer que Javi Martínez no tuviera un hueco en Argentina, por ejemplo—.
Es esta, y remarco en negrita a los siete que descartaría:
Y me explico:

Sea como fuere, habrá que esperar a la lista definitiva.
Imagen | Blogsasuna | Futbol Manía
Es esta, y remarco en negrita a los siete que descartaría:
Porteros
Casillas (Real Madrid)
Reina (Liverpool)
Diego López (Villarreal)
De Gea (Atlético)
Víctor Valdés (Barcelona)
Defensas
Sergio Ramos (Real Madrid)
Albiol (Real Madrid)
Arbeloa (Real Madrid)
Piqué (Barcelona)
Puyol (Barcelona)
Marchena (Valencia)
Capdevila (Villarreal)
Azpilicueta (Osasuna)
Centrocampistas
Xabi Alonso (Real Madrid)
Busquets (Barcelona)
Xavi (Barcelona)
Iniesta (Barcelona)
Silva (Valencia)
Mata (Valencia)
Marcos Senna (Villarreal)
Navas (Sevilla)
Cesc Fábregas (Arsenal)
Cazorla (Villarreal)
Javi Martínez (Athletic)
Delanteros
Villa (Valencia)
Negredo (Sevilla)
Fernando Torres (Liverpool)
Güiza (Fenerbahce)
Llorente (Athletic)
Pedro (Barcelona)
Casillas (Real Madrid)
Reina (Liverpool)
Diego López (Villarreal)
De Gea (Atlético)
Víctor Valdés (Barcelona)
Defensas
Sergio Ramos (Real Madrid)
Albiol (Real Madrid)
Arbeloa (Real Madrid)
Piqué (Barcelona)
Puyol (Barcelona)
Marchena (Valencia)
Capdevila (Villarreal)
Azpilicueta (Osasuna)
Centrocampistas
Xabi Alonso (Real Madrid)
Busquets (Barcelona)
Xavi (Barcelona)
Iniesta (Barcelona)
Silva (Valencia)
Mata (Valencia)
Marcos Senna (Villarreal)
Navas (Sevilla)
Cesc Fábregas (Arsenal)
Cazorla (Villarreal)
Javi Martínez (Athletic)
Delanteros
Villa (Valencia)
Negredo (Sevilla)
Fernando Torres (Liverpool)
Güiza (Fenerbahce)
Llorente (Athletic)
Pedro (Barcelona)
Y me explico:
- De Gea - Diego López: A falta de un tercer portero que tradicionalmente haya copado las convocatorias y que suponga un peso específico en el vestuario, sería una injusticia y un error histórico dejar fuera de la lista al, probablemente, el portero más en forma del planeta: Víctor Valdés. Podríamos discutir ahora si merece ser el segundo portero o incluso el primero, pero dejémoslo para la lista definitiva. Cualquier lista en la que no aparezca Valdés estará incompleta.
- Azpilicueta: Tanto el lateral derecho como el izquierdo están perfectamente cubiertos con Ramos y Capdevilla —uno a cada banda—, y Arbeloa como comodín —y previsible titular en el lateral izquierdo en los partidos importantes—. Aún no ha llegado su momento. Pero llegará, se trata de un jugador excelso.
- Cazorla: A pesar de ser una pieza esencial en la consecución de la Eurocopa, el jugador del Villarreal ha sufrido una temporada repleta de alti-bajos, y su actual buen momento de forma —reflejado en la buena marcha del Villarreal en la recta final de Liga— no habría de ser motivo suficiente para incluirle en la lista definitiva. La exclusión de cualquier otro centrocampista en su favor se debería únicamente a méritos remotos y no cercanos, por lo que sería improductiva.
- Javi Martínez: Un caso semejante al de Azpilicueta. No es, ni de lejos, un centrocampista de corte eminentemente defensivo con aptitudes para la construcción del juego ofensivo. Es decir, un jugador del corte de Xabi Alonso, Senna o Busquets. Se trata de un centrocampista llegador con potencia en medio campo, algo parco quizá, de momento, en la construcción del juego. Verde, por otro lado. Su proyección es magnífica, pero desentona en el elenco de centrocampistas de la selección y no está aún a la altura.

- Pedro: Y hete aquí mi, probablemente, decisión más polémica. Me explico: para mí Pedro es un jugador magnífico con unos fundamentos futbolísticos excelentes, como casi todos los salidos de La Masía. Tiene, además, el privilegiado don de la oportunidad, de estar en el lugar oportuno en el momento oportuno. Su peso en el juego del Barça ha crecido y le ha ganado la carrera a Henry de un modo insultante. Pero Pedro está alzado a los altares de un modo tan sólo semejante al de Higuaín. Es cierto que su talento es innegable, pero no es menos cierto que su imagen talismán le han valido críticas excesivamente favorables alejadas de la realidad, en cierto modo. Su peso en el juego colectivo aún deja mucho que desear, y como extremos, Navas o Mata, amén de estar notablemente perparados, son más aptos.
- Negredo: Si la duda rota alrededor de Güiza o Negredo no debería haber duda. La temporada de Negredo ha sido pobre. Sí, es cierto, también la de Güiza, pero en igualdad de condiciones el gaditano ha reunido más méritos que el jugador sevillista. El apartado de jugador alto y fuerte lo copa Llorente, Negredo sobra. Otra cuestión es si Güiza debiera ir. ¿Nadie se acuerda de Soldado?
Sea como fuere, habrá que esperar a la lista definitiva.
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miércoles, 24 de febrero de 2010
La oportunidad que no fue del Stuttgart

Andrés Pérez | Es una obviedad que casi ni merece la pena comentar: el Barça atraviesa un bajón físico notable. Como casi en todas las facetas de la vida, el bajón físico viene dado a su vez por cierta temeridad psicológica, quién sabe si una pérdida de confianza. No conviene, en todo caso, hacer de la derrota ante el Atlético, el pobre partido a pesar del resultado ante el Racing y la primera parte ante el Stuttgart ya en Champions ningún drama.
Como equipo que ha rozado la excelencia, cualquier cosa que no sea una victoria amplia con un abrumador dominio estilístico sobre el terreno de juego será motivo de suspicacias. No debería ser así, todos lo sabemos, pero lo es. Advirtió Guardiola: "jugando así no se pasan unos cuartos de final de la Champions". Llevaba parte de razón. El Stuttgart es un equipo competitivo y así se mostró anoche, ahogando al Barça durante todo el primer periodo con un Cacau hiperactivo y peligrosísimo. Xavi e Iniesta erraban pases, Messi perdía balones en la conducción y el cómputo de desorden lo representaba un Márquez escandalosamente débil atrás.
En tal tesitura el Stuttgart, sin jugar a gran cosa pero con la virulencia de los equipos alemanes cuando observan a su presa débil, se lanzó hacia la portería de Valdés, quien le ahorró al Barça, de nuevo, y demostrando que ha de ir sí o sí al Mundial, un disgusto mayor. Marcó Cacau tras un espléndido centro de Gebhart y el Barça se fue al descanso absolutamente noqueado.
La bronca en el descanso debió ser notable por parte de Guardiola. La segunda parte fue diferente. El Stuttgart se arropó atrás y dejó de lado los insistentes martillazos ofensivos que atestaba a la defensa baulgrana, esperando un contraataque. En esa tesitura le tocó a Xavi de nuevo echarse el equipo a las espaldas y, ya con el dominio del balón, el Barça se abrió buscando el empate. Llegó en una polémica jugada de la que Relaño, para no variar, habla hoy en su término paranoico 2.0, el Eurovillarato. De ahí al final el Stuttgart pudo marcar pero no lo hizo, y llegará al Camp Nou con la sensación de que perdió la eliminatoria avatares del azar o suerte de los campeones. Quién sabe. Pero se antoja lejana una machada en Barcelona.
Vía | As, El País
Imagen | Qué.es
Como equipo que ha rozado la excelencia, cualquier cosa que no sea una victoria amplia con un abrumador dominio estilístico sobre el terreno de juego será motivo de suspicacias. No debería ser así, todos lo sabemos, pero lo es. Advirtió Guardiola: "jugando así no se pasan unos cuartos de final de la Champions". Llevaba parte de razón. El Stuttgart es un equipo competitivo y así se mostró anoche, ahogando al Barça durante todo el primer periodo con un Cacau hiperactivo y peligrosísimo. Xavi e Iniesta erraban pases, Messi perdía balones en la conducción y el cómputo de desorden lo representaba un Márquez escandalosamente débil atrás.
En tal tesitura el Stuttgart, sin jugar a gran cosa pero con la virulencia de los equipos alemanes cuando observan a su presa débil, se lanzó hacia la portería de Valdés, quien le ahorró al Barça, de nuevo, y demostrando que ha de ir sí o sí al Mundial, un disgusto mayor. Marcó Cacau tras un espléndido centro de Gebhart y el Barça se fue al descanso absolutamente noqueado.La bronca en el descanso debió ser notable por parte de Guardiola. La segunda parte fue diferente. El Stuttgart se arropó atrás y dejó de lado los insistentes martillazos ofensivos que atestaba a la defensa baulgrana, esperando un contraataque. En esa tesitura le tocó a Xavi de nuevo echarse el equipo a las espaldas y, ya con el dominio del balón, el Barça se abrió buscando el empate. Llegó en una polémica jugada de la que Relaño, para no variar, habla hoy en su término paranoico 2.0, el Eurovillarato. De ahí al final el Stuttgart pudo marcar pero no lo hizo, y llegará al Camp Nou con la sensación de que perdió la eliminatoria avatares del azar o suerte de los campeones. Quién sabe. Pero se antoja lejana una machada en Barcelona.
Vía | As, El País
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jueves, 7 de mayo de 2009
Justicia poética (Chelsea 1 - 1 Barcelona)

Andrés Pérez | Digamos que hay dos tipos de justicia para determinar quién debió pasar a la final frente al Manchester United. Por un lado encontramos la justicia pragmática, aquella que atiende a motivos puramente terrenales, a lo plasmado en el terreno de juego. Hubo un equipo que tuvo más ocasiones, que se sintió más seguro, que ejecutó su plan de manera perfecta, que pudo sentenciar la eliminatoria pero visicitudes del destino no logró hacerlo. Por el otro encontramos la justicia poética. Aquella que reivindica el amor platónico del buen fútbol, la filosofía de tocar y moverse, la de mentes privilegiadas que atisban en rincones lóbregos espacios iluminados, la justicia de un equipo al que las trabas inmorales del rival en toda una semifinal de la Copa de Europa le impidieron plasmar la idea más bella que el fútbol jamás haya concebido sobre el césped. Por justicia pragmática el Chelsea era más digno finalista que el Barcelona. Atacó más, creó más peligro y, dejando a un lado el estilo, los caminos, aplicó su plan a la perfección sin fisura alguna. Ahogó a un Barcelona que mereció más por pura justicia romántica. Por morir con un estilo hasta las últimas consecuencias a pesar de siquiera acercarse con mínimo peligro a la puerta de Cech. No logro explicarlo, pero el destino, el misterio, un ser superior o simplemente Iniesta obraron el milagro. Reivindicaron la superviviencia del idealismo.
Hablaba el otro día del idealismo de Wenger y su pléyade de niños que tan bien mimaban el balón. El martes el Manchester se encargó de echar por tierra cualquier atisbo de romántica esperanza que el aficionado al buen fútbol, del cual Barça y Arsenal probablemente sean sus mejores representantes, pudiera tener. Es posible que el idealismo sea pura y exclusivamente idealismo. Filosofía. Ideas sin aplicación práctica. Es posible que quienes intenten vivir de la filosofía mueran en el intento, sucumban ante el pragmatismo obsceno que el Chelsea practicó anoche en Stamford Bridge. Es posible. No lo negaré. Pero el Barça de este año se ha empeñado en demostrar que es posible vivir de la idea, que es posible vencer aplicando en la práctica todo aquello con lo que sueña cualquier aficionado. Es posible ser campeón de Europa frente a equipos industriales y correosos, frente a máquinas perfectamente engrasadas con un conjunto plagado de livianos genios. Anoche estuvo cerca de sucumbir ante el ya citado pragmatismo, anoche el Barcelona estuvo a menos de un metro de descender a los infiernos y defraudarse a sí mismo, a punto de derrumbarse ante un muro de hormigón. Casualidades del destino, exista o no, no lo hizo. Parece señalado para mostrar a todo el mundo que no siempre ha de primar la táctica y el físico. Que la improvisación de jugadores pequeños y no excesivamente veloces puede y debe imponerse a todo lo demás.
Fue un milagro. Lo fue porque el Barça no tuvo opción alguna en todo el partido. Los paralelismos con el Arsenal son asombrosos. Saltó al campo convencido en la aplicación práctica del plan ofensivo, el que debería hacer bastado para alcanzar Roma. Por momentos pareció tener éxtio. Antes del imposible gol de Essien el Barça era mejor, se acercaba con cierta impertinencia a las inmediaciones de Cech y manejaba a un Chelsea desorientado, sin rumbo, esperando que en algún momento indeterminado el conjunto de Guardiola perdiera el balón, la cabeza o el don de jugar al fútbol. Sin embargo en la primera llegada del equipo londinense al área de Valdés, un fatídico rechace sirvió a Essien para demostrar que no sólo Zidane es capaz de dibujar obras de arte. La relevancia no es la misma, entendamos, ni la belleza —Zidane es el paradigma de la elegancia, voleó en seco—, lo cual no es óbice para que el gol pase desde ya a ser el mejor de todo el torneo. Sea como fuere, el Chelsea, sin querer, se había adelantado. Vaticiné días antes que este partido lo decidirían los primeros minutos. Creí no equivocarme cuando fue el Chelsea quien se adelantó. Gol a favor, eliminatoria viento en popa toda vela, férrea defensa del resultado y camino Roma.
Ese era el plan y el Chelsea lo aplicó a la perfección. Al Barcelona, la magnífica volea del africano le impidió pensar con frialdad. No merecía un castigo semejante y a pesar de todo con un gol estaba en la final, sin embargo el conjunto al completo se paralizó. De repente, nadie recordaba cómo jugar al fútbol, cómo bailar a un equipo que estaba sometido desde el primer minuto gracias al movimiento incesante de jugadores y balón. Se paralizó el Barça y esa paraáisis le duró hasta el final del partido. El peligro de tal estado de conmoción no era tanto el no anotar un gol a la postre definitivo como el de permitir al Chelsea lanzarse al contraataque, uno de los equipos con más argumentos para hacer temer al rival en caso de que éste se lance sin miedo a por el empate. Por ahí andaban Drogba y Malouda. El primero desquició un rato largo a Piqué y Yayá y el segundo impedirá que Daniel Alves, jugador insustituible dentro del esquema de Guardiola, juegue la final frente al United. En aquel momento parecía lo de menos. En frío, es algo más grave. Dos intervenciones milagrosas de Valdés permitieron respirar al Barcelona quien no se encontraba ofensivamente. Eto'o, sombra de sí mismo, anclado en una banda. Messi absolutamente des-a-pa-re-ci-do. Iniesta y Xavi mantenían la esperanza a flote, pero el escaso movimiento impedía cualquier posibilidad de acercamiento al área londinense. Resultado, cero ocasiones dignas de mención
El Barça hacía aguas por todas partes, sin embargo, Xavi al frente, el estilo se mantenía. Impertérrito, Guardiola no cambió el esquema siquiera cuando Abidal, iniciada la segunda parte, fue expulsado en una maniobra absolutamente censurable por parte del árbitro en cuestión. Se podrá amparar el Chelsea en el penalty no pitado a Piqué, sí, ya que lo era, pero no debiera olvidar que Abidal jamás debió abandonar el campo y que Essien, a tenor de una entrada delictiva a Iniesta, sí. En cualquier caso el problema mayor del Barça en este momento es que se enfrentará a Ronaldo y a Rooney sin sus laterales titulares. En aquel momento, en absoluto alguien pensaba en Roma. Estaba demasiado lejos. Xavi apoyaba, recibía, le daba salida al balón y conseguía movilizar al equipo. Lo hacía desde la línea divisoria por lo que el Chelsea, arropado atrás, no sufría mayor desdicha que la de despejar una y otra vez los repetitivos y previsibles ataques barcelonistas. Eto'o seguía inédito. Messi desastroso. Iniesta se difuminaba en la izquierda, Keita mantuvo un nivel absolutamente intrascendente, al igual que Busquets, quien se vió superado en todo momento. El baluarte ofensivo del Barça, con uno menos, era desolador. Alves, la última esperanza, luchaba, se ofrecía y llegaba hasta las inmediaciones del área de Cech para a la postre no saber centrar. Desesperación.
Así se debía sentir Xavi, o Piqué, o Yayá Touré, o incluso Valdés, únicos y verdaderos artífices anoche de la clasificación baulgrana. Los tres últimos evitaron la goleada —mención especial para el marfileño, quien sin ser central paró en seco todas y cada una de las acometidas londinenses— y el primero, esto es, Xavi, mantuvo en vilo la dignidad del Barça. El estilo, el tan renombrado estilo. Mantuvo, en resumen, el único argumento posible hoy a favor del Barcelona. En el campo, a excepción de él, nadie más demostró algo digno de mención, superados por el poderío físico de un Chelsea metalúrgico, aplastante, expeditivo, seguro. Y a pesar de todo, a pesar de que el Chelsea a estas alturas del partido podía ir ganando por tres goles de diferencia, a pesar de la inoperancia de Messi y de la inactividad de Eto'o, en un segundo para la historia, a Iniesta se le ocurrió colarla en la escuadra. Es posible que me bailen los datos, pero posiblemente fue el único disparo a puerta del Barça en todo el partido. En la frontal, con el Barça ahogando al Chelsea en los últimos quince minutos. El Barça está en Roma por un auténtico milagro. Iniesta apareció en el minuto final, cuando el Chelsea ya celebraba la victoria. Un gol que a buen seguro dolió. Un gol que probablemente hizo justicia a una idea y no a una praxis, un tanto que otorgó una segunda oportunidad a un Barça quizá ya, legendario.
Vía | Más que Fútbol, YouTube
Imagen | Marca, El Mundo
Más que Fútbol ● 2009
Hablaba el otro día del idealismo de Wenger y su pléyade de niños que tan bien mimaban el balón. El martes el Manchester se encargó de echar por tierra cualquier atisbo de romántica esperanza que el aficionado al buen fútbol, del cual Barça y Arsenal probablemente sean sus mejores representantes, pudiera tener. Es posible que el idealismo sea pura y exclusivamente idealismo. Filosofía. Ideas sin aplicación práctica. Es posible que quienes intenten vivir de la filosofía mueran en el intento, sucumban ante el pragmatismo obsceno que el Chelsea practicó anoche en Stamford Bridge. Es posible. No lo negaré. Pero el Barça de este año se ha empeñado en demostrar que es posible vivir de la idea, que es posible vencer aplicando en la práctica todo aquello con lo que sueña cualquier aficionado. Es posible ser campeón de Europa frente a equipos industriales y correosos, frente a máquinas perfectamente engrasadas con un conjunto plagado de livianos genios. Anoche estuvo cerca de sucumbir ante el ya citado pragmatismo, anoche el Barcelona estuvo a menos de un metro de descender a los infiernos y defraudarse a sí mismo, a punto de derrumbarse ante un muro de hormigón. Casualidades del destino, exista o no, no lo hizo. Parece señalado para mostrar a todo el mundo que no siempre ha de primar la táctica y el físico. Que la improvisación de jugadores pequeños y no excesivamente veloces puede y debe imponerse a todo lo demás.
Fue un milagro. Lo fue porque el Barça no tuvo opción alguna en todo el partido. Los paralelismos con el Arsenal son asombrosos. Saltó al campo convencido en la aplicación práctica del plan ofensivo, el que debería hacer bastado para alcanzar Roma. Por momentos pareció tener éxtio. Antes del imposible gol de Essien el Barça era mejor, se acercaba con cierta impertinencia a las inmediaciones de Cech y manejaba a un Chelsea desorientado, sin rumbo, esperando que en algún momento indeterminado el conjunto de Guardiola perdiera el balón, la cabeza o el don de jugar al fútbol. Sin embargo en la primera llegada del equipo londinense al área de Valdés, un fatídico rechace sirvió a Essien para demostrar que no sólo Zidane es capaz de dibujar obras de arte. La relevancia no es la misma, entendamos, ni la belleza —Zidane es el paradigma de la elegancia, voleó en seco—, lo cual no es óbice para que el gol pase desde ya a ser el mejor de todo el torneo. Sea como fuere, el Chelsea, sin querer, se había adelantado. Vaticiné días antes que este partido lo decidirían los primeros minutos. Creí no equivocarme cuando fue el Chelsea quien se adelantó. Gol a favor, eliminatoria viento en popa toda vela, férrea defensa del resultado y camino Roma.
Ese era el plan y el Chelsea lo aplicó a la perfección. Al Barcelona, la magnífica volea del africano le impidió pensar con frialdad. No merecía un castigo semejante y a pesar de todo con un gol estaba en la final, sin embargo el conjunto al completo se paralizó. De repente, nadie recordaba cómo jugar al fútbol, cómo bailar a un equipo que estaba sometido desde el primer minuto gracias al movimiento incesante de jugadores y balón. Se paralizó el Barça y esa paraáisis le duró hasta el final del partido. El peligro de tal estado de conmoción no era tanto el no anotar un gol a la postre definitivo como el de permitir al Chelsea lanzarse al contraataque, uno de los equipos con más argumentos para hacer temer al rival en caso de que éste se lance sin miedo a por el empate. Por ahí andaban Drogba y Malouda. El primero desquició un rato largo a Piqué y Yayá y el segundo impedirá que Daniel Alves, jugador insustituible dentro del esquema de Guardiola, juegue la final frente al United. En aquel momento parecía lo de menos. En frío, es algo más grave. Dos intervenciones milagrosas de Valdés permitieron respirar al Barcelona quien no se encontraba ofensivamente. Eto'o, sombra de sí mismo, anclado en una banda. Messi absolutamente des-a-pa-re-ci-do. Iniesta y Xavi mantenían la esperanza a flote, pero el escaso movimiento impedía cualquier posibilidad de acercamiento al área londinense. Resultado, cero ocasiones dignas de mención
El Barça hacía aguas por todas partes, sin embargo, Xavi al frente, el estilo se mantenía. Impertérrito, Guardiola no cambió el esquema siquiera cuando Abidal, iniciada la segunda parte, fue expulsado en una maniobra absolutamente censurable por parte del árbitro en cuestión. Se podrá amparar el Chelsea en el penalty no pitado a Piqué, sí, ya que lo era, pero no debiera olvidar que Abidal jamás debió abandonar el campo y que Essien, a tenor de una entrada delictiva a Iniesta, sí. En cualquier caso el problema mayor del Barça en este momento es que se enfrentará a Ronaldo y a Rooney sin sus laterales titulares. En aquel momento, en absoluto alguien pensaba en Roma. Estaba demasiado lejos. Xavi apoyaba, recibía, le daba salida al balón y conseguía movilizar al equipo. Lo hacía desde la línea divisoria por lo que el Chelsea, arropado atrás, no sufría mayor desdicha que la de despejar una y otra vez los repetitivos y previsibles ataques barcelonistas. Eto'o seguía inédito. Messi desastroso. Iniesta se difuminaba en la izquierda, Keita mantuvo un nivel absolutamente intrascendente, al igual que Busquets, quien se vió superado en todo momento. El baluarte ofensivo del Barça, con uno menos, era desolador. Alves, la última esperanza, luchaba, se ofrecía y llegaba hasta las inmediaciones del área de Cech para a la postre no saber centrar. Desesperación.
Así se debía sentir Xavi, o Piqué, o Yayá Touré, o incluso Valdés, únicos y verdaderos artífices anoche de la clasificación baulgrana. Los tres últimos evitaron la goleada —mención especial para el marfileño, quien sin ser central paró en seco todas y cada una de las acometidas londinenses— y el primero, esto es, Xavi, mantuvo en vilo la dignidad del Barça. El estilo, el tan renombrado estilo. Mantuvo, en resumen, el único argumento posible hoy a favor del Barcelona. En el campo, a excepción de él, nadie más demostró algo digno de mención, superados por el poderío físico de un Chelsea metalúrgico, aplastante, expeditivo, seguro. Y a pesar de todo, a pesar de que el Chelsea a estas alturas del partido podía ir ganando por tres goles de diferencia, a pesar de la inoperancia de Messi y de la inactividad de Eto'o, en un segundo para la historia, a Iniesta se le ocurrió colarla en la escuadra. Es posible que me bailen los datos, pero posiblemente fue el único disparo a puerta del Barça en todo el partido. En la frontal, con el Barça ahogando al Chelsea en los últimos quince minutos. El Barça está en Roma por un auténtico milagro. Iniesta apareció en el minuto final, cuando el Chelsea ya celebraba la victoria. Un gol que a buen seguro dolió. Un gol que probablemente hizo justicia a una idea y no a una praxis, un tanto que otorgó una segunda oportunidad a un Barça quizá ya, legendario.Vía | Más que Fútbol, YouTube
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Más que Fútbol ● 2009
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