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martes, 31 de mayo de 2011

92 puntos


Andrés Pérez | Las temporadas en el Real Madrid nunca son comunes ni rutinarias. En ello ponen especial énfasis todos los medios de comunicación que rodean al club de la capital. Era previsible que este año, tras la contratación de Mourinho, lo que ya de por sí era un circo se elevara a la máxima potencia. Ha sucedido y no ha sido agradable, ni en Madrid ni en Barcelona. En general, se puede calificar la temporada del Madrid como levemente exitosa respecto a la del año anterior —mejora exponencial en las dos competiciones coperas y semejantes resultados en Liga— pero constantemente torpedeada y ensuciada por la marea mediática desatada a su alrededor. Así pues, no es de extrañar que se observe en retrospectiva el año con cierto sabor amargo.

Tras la cierta desazón que produjo la temporada pasada, con Pellegrini al mando, con las recientes incorporaciones de Cristiano Ronaldo, Kaka' y Benzema y la llegada de uno de los mejores entrenadores de la última década, sobrado de carisma y con la aureola de ganador nato que le había llevado a conquistar dos Champions League, varias ligas y varias copas en Portugal, Inglaterra e Italia, el ambiente en Madrid era realmente ilusionante. La llegada de estrellas pujantes como Ozil o Di María y la incorporación de jugadores bastante fiables a priori como Carvalho o el metalúrgico Khedira consiguieron que, en términos genéricos, el Madrid aspirara a competir de igual a igual con el Barcelona. Este último punto serviría de losa para el equipo durante el resto del año.

Nadie recaería por aquel entonces en lo ilusorio de pretender que un equipo recién formado igualara en compenetración y proyección de juego a uno que llevaba casi cinco años gestándose en una misma base de futbolistas —Messi, Puyol, Iniesta, Xavi, Valdés, Abidal—. Comenzó el Madrid precipitado en Mallorca, donde se llevó el primer varapalo de la temporada empatando ante un rival, a priori, asequible. En aquel partido fue titular el también recién adquirido Canales, joven promesa del fútbol español que pareció contar, a principios del curso, con el beneplácito de Mourinho. A Canales le sucedería como a Pedro León: ambos se apagarían el restod el año. La derrota más tarde del Barcelona en casa ante el Hércules y los progresos evidentes del Madrid harían olvidar las dudas iniciales.

El Madrid cogió cuajo. Higuaín seguía en un espléndido estado de forma, Ronaldo también, Ozil se acoplaba a la perfección en la parcela ofensiva, Di María crecía en confianza, Carvalho desprendía carisma y seguridad en el centro de la defensa y Xabi Alonso se erguía definitivamente como el líder nato del conjunto. En Champions apenas tuvo inconvenientes e incluso se permitió el lujo de empatar en San Siro en los compases finales, uno de esos partidos que en los últimos años habría perdido casi con toda probabilidad —sería Pedro León el héroe de la noche, en el único momento feliz de su estancia en el Bernabéu—, y en Liga mantenía con firmeza la primera plaza ejerciendo de equipo autoritario en casa y práctico y resolutivo lejos de ella. Tal era la situación de optimismo creciente en Madrid que, en vísperas del importante partido en el Camp Nou, no eran pocos quienes observaban en el conjunto de Mourinho cierto favoritismo.

Y a partir de ahí, tras el cinco cero demoledor que el Barcelona infligió al equipo blanco, todo lo que durante prácticamente una vuelta había sido un camino esperanzador se tiñó de acidez. Mourinho respondió con el carácter que le caracteriza a las primeras críticas que le vertía cierto sector de la prensa. El partido del Camp Nou dejó entrever ciertas carencias ofensivas del equipo. El Madrid no mezclaba bien, sufría en los partidos y no jugaba particularmente bonito. A pesar de ello terminó la primera vuelta como una centella imponiéndose a Villarreal, Sevilla y Valencia, manteniendo vivas las esperanzas de conquistar aún la Liga. Sucedió, en el último partido de la primera vuelta, que empató en casa de un deshauciado Almería y que, dos jornadas después, perdió en casa de Osasuna, también equipo que luchaba por no descender.

A partir de ahí la Liga pareció un objetivo más lejano —pese a que el Barça empataría más tarde en casa del Sporting—. La clasificación tanto de Madrid como de Barcelona para semifinales de la Champions y la ya por aquel entonces segura final de Copa entre ambos dejó en un segundo plano la competición doméstica para el Madrid. Frente a sí tenía dos títulos bastante lejanos en el tiempo y los debía conseguir frente al Barça. En abril el punto de amargura, ambiente viciado y provocaciones constantes entre uno y otro lado llegaba a su punto álgido y, en tal situación, demostrada en la primera vuelta la inferioridad deportiva del Madrid respecto al Barcelona, ganar tanto la Copa como la Champions eran requisitos indispensables.

Y sucedió que el Madrid ganó la Copa del Rey brillantemente, que previamente había empatado en el Bernabéu y que en Champions no tuvo ninguna opción. En fin, todo aquello había saltado por los aires con la rueda de prensa de Guardiola el día antes del partido de ida en el Bernabéu. Tras el partido de vuelta en el Camp Nou la temporada del Madrid había terminado, no sin un poso ciertamente agrio, resultante de lo acontecido en el ámbito extradeportivo. Algunos aficionados neutrales tenían la sensación de que toda aquella parafernalia creada en el entorno del Madrid y que felizmente secundó el del Barça sólo podía quedar justificada en caso de victoria en la mayor parte de las competiciones. Al no ser así, aquel capítulo resultó bastante ridículo.

La temporada del Madrid no se puede entender sin lo sucedido a su alrededor, especialmente en el mes de abril. Entre otros motivos porque ha servido de punta de lanza de algunos sectores tanto de la afición como del Barcelona —como del periodismo más próximo al Madrid— para exigir la dimisión o la destitución de Mourinho pese a los logros deportivos. Y más allá del ruido creado sobre el club, hay que valorar los resultados deportivos para emitir un juicio de valor medianamente útil a la hora de analizar el futuro del Madrid — lejos de las etéreas e intangibles cualidades de imagen, filosofía y espíritu de club.

En general, el año ha sido bastante positivo en Madrid. A excepción de la Liga, donde ha conseguido cuatro puntos menos que el año pasado, el equipo ha mejorado en todas las competiciones —consiguiendo una que se resistía desde hacía casi veinte años y superando los octavos en otra, algo que no lograba hacía siete años—. Por otro lado, y algo que puede ser incluso más importante, es posible que se haya apostado definitivamente por un proyecto realmente a largo plazo. Mourinho ha llegado para quedarse y a una plantilla espectacular, excelsa y sobrada de talento se le adivinan enormes posibilidades con el poso de un año de toma de contacto y sistemas de juego ya adquiridos. Porque este que llega y no el que abandonamos, será la auténtica prueba de fuego para Mourinho.

Lectura recomendada | Comparativa en Liga entre Madrid y Barcelona (Marca)
En MQF | 96 puntos (temporada 09/10)
Imagen | El País

jueves, 19 de mayo de 2011

La historia se repite en Oporto


Andrés Pérez | A Villas Boas, ya cuando finalizaba el partido, se le adivinaba un brillo en los ojos repleto de orgullo y satisfacción, de altanería, de soberbia juvenil, treinta y tres años, aspecto poderoso, apuesto, guapo, media melena lacia, elegante a la par que informal. El brillo de quien se sabe mejor que su rival y que aflora de forma sospechosa, también, en el espejo en el que todo el mundo refleja a Villas Boas: Mourinho. Por aquel entonces, cuando el destello de la felicidad se adueñaba de las pupilas sobrias y henchidas de gozo de Villas Boas, el Oporto observaba como el impotente Sporing de Braga se estrellaba repetidamente víctima de su propia incapacidad. El Oporto volvía a conquistar la Europa League, el título europeo menor, ocho años después de que lo hiciera, casualmente, veleidades del caprichoso destino, de la mano de José Mourinho.

Un año más tarde aquel conjunto que tenía a Deco por referencia y a un puñado de solventes jugadores portugueses por detrás de él se proclamaría campeón de Eurpoa partiendo desde la defensa. La historia de su entrenador es por todos conocida. Empezó una tarde cualquiera, como la de ayer, con un conjunto azul y blanco sobre el terreno de juego, imponente, bello, esplendoroso, prometedor y, paradójicamente, en este mundo del fútbol globalizado y acaparado por los grandes conjuntos mediáticos, anónimo. De la mano de Moutinho se despliega, se desplegó el Oporto, un compendio de virtudes, de variantes, quizá excesivamente lento en su línea defensiva, posiblemente demasiado extravagante en su portería, letal de la mano de Falcao, un delantero superior, insultantemente superior ante el Sporting de Braga del mismo modo que Hulk ante cualquier otro ser humano.

Corría el minuto 44 de la primera parte y Guarín levantó la cabeza y acto seguido el balón, que se prolongó en una parábola perfecta hasta la cabeza de Falcao, solo, celestial en el salto, hermoso en el remate. Aquel cabezazo de Falcao, cuyas virtudes futbolísticas quedaron suficientemente glosadas con aquellos cuatro tantos al Villarreal en semifinales, suponía otro título para el Oporto. De ahí al final el Sporting de Braga sólo supo tropezarse. El Oporto ha sabido reinventarse desde que en 2004 se emborrachara a base de éxito. Varios años más tarde, repite los pasos que en su día dibujó para tomar Europa. Varios años más tarde, la historia se repite de la mano de un apuesto y carismático entrenador. Oporto. Apunten el nombre. Quizá el año que viene sorprende a más de uno.

Imagen | El País

miércoles, 4 de mayo de 2011

Caer presa de su propia trampa: el Barça volverá a Wembley


Pablo Orleans | Cuarto y último acto de la temporada, que no del año, entre los máximos rivales del fútbol español y que volvió a dejar vencedores y vencidos. El mundo esperaba un choque intenso, con un Real Madrid distinto que buscaría la sorpresa en Can Barça y adelantaría las retrasadas líneas de la ida para buscar el necesario gol que le metiese en la eliminatoria. Así fue. Los del innombrable, hoy encabezados por Aitor Karanka, presentaban un plantel completamente distinto, en dibujo y en esencia, al de una conservadora ida en el Bernabéu. Y se vio otra cosa. Dos equipos que jugaban o intentaban jugar, que atacaban o eso buscaban y que alternaban ocasiones de gol con modelos distintos y maneras de jugar completamente diferentes y absolutamente válidas.

La sensación cambiaba tras 300 minutos de juego en los que, mientras unos elaboraban su fútbol y seguían hasta la última consecuencia su filosofía como se pudo ver en la Copa, los otros cambiaban –con derecho de hacerlo- su manera habitual de jugar y dar espectáculo para destruir fútbol y mostrar tres encuentros soporíferos que, aunque llenos de emoción, no llegaban a la suela del zapato de lo que se podía esperar en tres semanas de «partidos del Siglo».

Y es que, el planteamiento del Madrid en el Camp Nou demostraba varias cosas. En primer lugar, que el técnico portugués y su plantilla no daban por perdida la eliminatoria e iban a por todas a Barcelona. Un once ofensivo sobre el césped presumía un Real al ataque y mucha velocidad en punta que fraguó a medias y que se quedó huérfano de un enganche en condiciones. Por otro lado, este planteamiento deja claro que el Madrid es capaz de tutear al Barça del toque y la precisión, al tiempo que deja al descubierto el remiendo táctico tras el mal planteamiento del conjunto capitalino en el primer choque de Champions. Sólo el Madrid perdió la eliminatoria, dejando al Barça el camino libre de obstáculos en el campo más hostil para ellos. Por último, la sensación es que se han tirado a la basura tres encuentros —más una prórroga— de fútbol de verdad entre dos potencias mundiales y dos estilos efectivos.

Pero al final sólo gana uno. El Barça volverá a Wembley diecinueve años después de que Koeman le diese la primera de las tres al Barça. Previsiblemente será el ManU el que vuelva a medirse, como en 2009, en el estadio inglés con «la orejuda» de por medio. Se acabó lo que se daba. Iniesta inventó para que Pedro concretase. Abidal volvió para poner en pie al Camp Nou y al mundo futbolístico. Esta noche, los seguidores azulgrana, bien del sur o del norte, estarán de acuerdo: El Barça es finalista de la UEFA Champions League tras derrotar a un gran rival que cayó presa de su propia trampa. La cuarta está más cerca.

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En MQF | La dureza y el racanismo se pagan caros
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La épica no resultó para llegar a Wembley


Juandi Mora | Llovía, se había confirmado que no habría show Mourinho y el Real Madrid salía con Kaka' e Higuaín al campo. A los optimistas la lluvia les sabía a épica. Los pesimistas recordaban el estado de forma del brasileño y el canguelo del argentino cuando hay que agarrarse los machos y luchar. Yo, en mitad de las dos posturas, confiaba en un gol blanco en la primera mitad y de ahí a lo desconocido.

Agobiante, inquieto, desbocado. Así salía el Real Madrid al Camp Nou. Con ganas de asustar, de dejar constancia de que la camiseta blanca y el escudo redondo con corona y franja morada cruzando no es novato en estas lindezas. Se había cambiado a los toros por elegantes caballos. Que corrían, pero no lo suficiente con el objetivo de amasar el balón cuando estuviese de cara. Sin embargo, el despliegue físico duró treinta minutos. Aquí se acababa la actitud que me gusta del «luchan por sus laureles». Lo de «con respeto y emoción» terminó cuando quien está en el banquillo no respeta la historia de un club señor.

Seguía optimista. Las paradas de Casillas se acercaba a aquel binomio de principios de siglo cuando el guardameta madridista se convertía en santo y la demoledora delantera ajusticiaba al intrépido rival. Sin embargo, ni ruido ni nueces. El Real Madrid no era capaz de llegar y el Barça asediaba la portería. Con la llegada del segundo tiempo volvió a llover. Volví a creer en la épica.

Fallo arbitral al margen, porque lo hubo, el Madrid perdió la concentración y ahí llegó el gol de Pedro. Un jugador con el don de la oportunidad. Cuesta arriba, lloviendo y con afiladas piedras en la subida afrontaba el nuevo partido de treinta minutos el equipo madridista. Los blancos no se resignaban y luchando llegó un balón al palo que parecía otra gracia más de Zeus. En cambio, el balón volvía a Di María que regalaba el empate a Marcelo. Tiempo había, veinte minutos. Dos veces diez para un equipo que no es capaz de jugar al fútbol sin atropellos. Ansiedad y fútbol directo es lo mismo que cabeza, cesta y guillotina. Un suicidio. Mi ilusión se esfumaba. Ese optimismo del equipo luchador que juega de blanco. Ni los arreones de Cristiano, ni los destellos de Ozil. Nada ha sido suficiente para mandar al Real Madrid a Wembley. Irá el que mejor jugó a fútbol. A jugar una final que ya creen ganada. Ojo, hay que jugarla. Por experiencia madridista lo digo.

En MQF | Será el Barça, será en Wembley
En MQF | Mourinho no sabe de las grandes noches del Bernabéu
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Será el Barça y será en Wembley


Andrés Pérez | Es probable que no exista mejor modo de ejemplificar el poderío del Barcelona frente a cualquier disposición táctica del rival que el gol de Pedro anoche. Cuando el Real Madrid optó en la segunda parte por adelantar agresivamente la línea de presión y buscar ahogar la salida de balón de sus centrales, éstos no tuvieron más remedio que optar por retrasar el balón para Valdés. En cualquier otro equipo esta situación se solventaría con un balonazo indiscriminado que eliminaría la presión rival a cambio de perder la posesión y atenerse a su construcción ofensiva. En el Barça no. Valdés optó por abrir a banda, con un pase largo y medido, rompiendo la línea de presión por alto y lanzando el contraataque de sus compañeros. Alves recibió el regalo, avanzó metros, buscó a Iniesta, éste a Pedro entre líneas y el canario superó a Casillas en el mano a mano. El Madrid había cambiado el planteamiento y no había servido absolutamente de nada porque seguía perdiendo.

Cuando el Madrid, en el Bernabéu, optó por retrasar sus posiciones, agazaparse en torno a la portería de Casillas, juntar líneas, sembrar minas en el centro del campo, permitir correr verticalmente a Piqué, también murió. Así pues no cabe gran reproche a un Madrid digno anoche en la derrota que apuró sus posibilidades ejecutando planteamientos diversos y mostrando una gran versatilidad —ejemplar en muchos aspectos, esencialmente en el comportamiento hercúleo de sus futbolistas—. Todo lo que intentó Mourinho, desde la defensa cerrada hasta la presión adelantada tratando de destruir el oleaje combinativo del Barcelona, sirvió de más bien poco a excepción de ese caso particular, bello, y épico que supone la Copa del Rey, definitivamente la competición más atractiva de todas en las que este año discutieron Real Madrid y Barcelona.

Sorprendió el Madrid, de nuevo, buscando cercenar los puntos de creación del Barcelona en su propio campo. Adelantó varios metros los lugares en los que sus delanteros presionarían —algo semejante a lo que consiguió en la primera parte de Mestalla— y durante diez minutos el Barça tuvo problemas para controlar el balón y superar el campo de obstáculos sincronizados y pegajosos en el que mutaban los jugadores a las órdenes de Mourinho. Pasados diez minutos de encomiable ejercicio físico del Madrid —robando, intentando distribuir, manteniendo durante cierto tiempo la posesión del balón—, el Barcelona comenzó a superar dicha presión y empujó hacia atrás las líneas defensivas del Real Madrid ejecutando su consabido y posesivo plan de dominación del balón. Es una gran virtud la del Barça: imponer su fútbol conociendo su rival de antemano el plan.


De ahí al final de la primera parte el Barcelona fue mejor, llegó más y sólo el desacierto de Pedro y Villa y las providenciales paradas de Casillas impidieron que al descanso la eliminatoria no sólo estuviera finiquitada sino que pudiera sonrojar a la defensa del Madrid, personificada en Albiol, lento, y en Carvalho, hiperactivo, muy hablador y levemente pasado de revoluciones en cada choque. Tras la reanudación la tónica fue muy semejante a la de la primera parte y el Madrid salió gallardo, altivo, apabullante en el plano físico y forzando al Barcelona a sentirse intimidado. Le disputó el balón, lo ganó por momentos y volvió a su primigenia idea de evitar que los centrales del Barcelona obtuvieran líneas de pase mediante las que abastecer a Iniesta y Xavi, piezas de engranaje entre el inicio y el fin, Messi, de todo el fútbol del Barcelona de Guardiola, preciso e infalible como pocas máquinas habidas en la historia del fútbol.

Pese a la actitud ejemplar del Real Madrid durante la segunda parte, ya sin Higuaín, particularmente pasado de peso, de nuevo imperceptible en los momentos claves de la temporada, y sin Kaka', desaparecido para la causa y sustituido por Ozil, mucho más expresivo y vivaz que el brasileño, el Barcelona volvió al primer párrafo de este artículo y con cuatro jugadores y varias yardas desangeladas que recorrer por delante anotó el primer gol del partido. Volvería el Madrid, impulsivo, a recuperar la fe con el gol de Marcelo pero no quedaba demasiado tiempo. De ahí el final el encuentro volvió a los fueros habituales de esta saga de cuatro enfrentamientos: ásperos y duros, pasados por agua para más escarnio del espectáculo. Fue un final muy decidor de todo lo que en un mes han sabido ofrecer ambos equipos. Más bien nada. Entre tanta mediocridad para lo que se esperaba relució Messi. A fin de cuentas el tipo que, en el Bernabéu, hizo posible que hoy un empate le sirviera al Barcelona. Será el Barcelona y será en Wembley, casi veinte años después de que Koeman lograra, con un tanto indeleble, que el Barcelona levantara por primera vez la Copa de Europa. Ya va camino de la cuarta.

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jueves, 28 de abril de 2011

Mourinho no sabe de las grandes noches del Bernabéu


Juandi Mora | Como decía en la previa, el Real Madrid jugaba uno de los partidos que lleva jugando desde su creación. De los que los rivales temen solamente pisar el césped del Bernabéu. Las noches gloriosas. Y eso es lo que esperaban los madridistas.

Pero no salieron las cosas. Fueron rebasados por la derecha por el fútbol que realizó su rival. El sistema, criticado o no, era el que Mourinho había planteado. El mismo que en la Copa, idéntico nada más. Sin embargo, la intensidad no fue la misma, el partido era de 180 minutos y no daban una copa al más efectivo cuando pitara el árbitro el final en el Bernabéu. La presión no fue la misma en los delanteros, Cristiano se cansó cabreado de ser el único que cercaba a los defensas, Ozil, desubicado, no se encontraba y el «fideo» Di María corría como pollo sin cabeza. La táctica se fue al garete. Sin el posicionamiento en el campo el Real Madrid no es nada más que un puñado de individualidades. Un equipo que juega mecánicamente a atacar, como un equipo de niños en el patio del colegio. Perdidos, con ambición, con el jugador chupón luchando cada balón, pero perdidos. Luego vino el resto.

Cuando el partido, aun con el dominio culé, parecía que se podía convertir en un encuentro decidido por una jugada suelta, como el de Copa, a Pepe se le cruzó el cable. Como siempre, para que nos vamos a engañar. Duro plantillazo sobre el jugador rival, peligroso, injustificable en directo. Sancionable con una pena algo menor cuando se ve en repetidas ocasiones. Mourinho por su parte dejó de ser decisivo en ese mismo momento. Se autoexpulsó. Pataleta de ego. Minutos después sentado en la grada, autocompadeciéndose, dejó de ser el entrenador del Real Madrid en ese partido.

Dos cambios tenía el Real Madrid en la recámara. Algo con lo que dinamitar un partido perdido. Una locura para que algo lo cambiara, un revulsivo. Un central menos, un centrocampista más. Dos centrales menos, un delantero más. Lo que hace un entrenador que quiere ganar una eliminatoria. Me dan igual las milongas que cuente en la rueda de prensa si el equipo vence. Si el equipo lucha por su título por antonomasia. Tiró el partido, Messi lo recogió y lo alojó dentro de la portería de Casillas. El Real Madrid dice adiós a la eliminatoria, a la Décima, a su misticismo en el Bernabéu. A su competición.

En MQF | Messi brilla en un partido opaco
En MQF | La dureza y el racanismo se pagan caros
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Messi brilla en un partido opaco


Andrés Pérez | Al igual que el mejor Maradona del Nápoles, con quien es odiosamente comparado, Lionel Messi consume todos los recursos ofensivos de su equipo. Ya sea con libertad ejerciendo de falso delantero centro o partiendo de posiciones más escoradas hacia la banda, el juego del Barcelona en las inmediaciones del área rival nace en Messi, transita por Messi y finaliza en Messi. Messi lo es todo. Para su deleite, cuenta con diez jugadores que han asimilado de un modo natural destinar balones a un talento vertical capaz de crear en la medular, repartir pases finales a los huecos y finalizar como un delantero de área nato. Es precisamente el talento de Messi lo que anoche afloró en el Bernabéu para prácticamente dejar cerrada la eliminatoria y lo que al mismo tiempo es una virtud y un lastre para su equipo: lo es en tanto que cuanto más crece Messi más irrelevantes son todos los demás a su alrededor. Maradona murió absorbiendo cada equipo en el que era contratado. Messi va camino de ello.

Pero antes de que ese punto de no retorno llegue el Barcelona encuentra una mina de diamantes constante en Messi. Anoche, tras una primera tarde dominada por el tedio y una segunda primero alborotada por cierto ímpetu juvenil y copero del Madrid y más tarde cercenada por la expulsión de Pepe, algo que no debe sorprender a nadie, Messi se irguió como el jugador total del ataque del Barcelona. En un primer momento emuló en un destello todos los goles que en su carrera marcaría Gerd Müller anticipándose a su marcador y empujando un balón lateral. Con posterioridad, cuando sus compañeros escondían y mostraban el balón a los defensores del Real Madrid sin la más mínima intención de avanzar metros hacia Casillas, Messi cosería un balón imposible a sus pies para en un abrir y cerrar de ojos sortear a cinco rivales y superar en el mano a mano al portero madridista. Era el minuto 87. Messi había otorgado brillo a un partido mate.

El planteamiento de Mourinho esta vez falló. Falló en la teoría y falló en la ejecución. El Madrid se agazapó demasiado atrás y descuidó sus responsabilidades ofensivas. No está de más olvidar que jugaba en casa y aún espera un partido de vuelta que se presume irrelevante a no ser que el primer equipo, el filial y el primer juvenil del Barcelona se lesione al completo en lo que resta de semana. No se le puede, o no se le debe, achacar al Madrid que su planteamiento partiera de un fundamento defensivo con objeto de evitar la fuente creadora del Barça. Lo que sí es reprochable es que no lo hiciera bien. Una cosa es jugar desde una visión defensiva, con objeto de proteger las propias debilidades e interrumpir las virtudes ajenas —algo que la Juventus o Italia lleva haciendo toda la vida sin que a nadie le suponga mayor problema— y otra es jugar desde una visión defensiva haciéndolo mal. El problema del Madrid no fue su idea del fútbol, sino que la aplicó sin gracia y rematadamente mal.


Así que en una primera parte de control estéril por parte del Barcelona —a excepción de un buen par de disparos de Xavi, anoche muy liberado sin Pepe a su vera— no sucedió nada. Nada más allá de la confirmación de que es el fin de la selección española, de esta selección española, tal y como la conocíamos: Arbeloa tuvo sus más y sus menos con Pedro, Xavi y Piqué; Piqué tuvo sus más y sus menos con Ramos; Xabi Alonso tuvo sus más y sus menos con Busquets; Villa tuvo sus más y sus menos con Xabi Alonso y ya los había tenido con Arbeloa, y así sucesivamente. Más allá de los líos, todo deparó en una grotesca bronca final en la que un descontrolado Pinto terminó expulsado. El Madrid no había desgastado demasiado su físico presionando arriba, al contrario que en Copa, y el Barcelona tampoco forzaba demasiado la maquinaria.

En realidad, aunque nunca sabremos si es fruto del azar o de una idea maquiavélicamente ejecutada, el plan de Mourinho era aprender de los errores en Mestalla y revertirlos: si el Madrid terminó sin aire la segunda parte de la final de Copa porque en la primera se había fustigado presionando muy arriba, esta vez, en Champions, será exactamente al revés, debió pensar el portugués. Y los diez primeros minutos del Madrid fueron mucho mejores a los anteriores cuarenta y cinco, presionando más arriba, poniendo en apuros a Mascherano en su deficiente salida de balón y mostrando más ambición más allá de proteger el resultado. Tampoco era algo nuevo: hizo lo mismo el año pasado con el Inter en el partido de ida de San Siro. Todo parecía indicar que el partido comenzaría a ser entretenido.

En ese momento, con poca fortuna Pepe hizo una entrada dura sobre Alves. Algunas imágenes mostraban cómo antes de impactar en la tibia del lateral brasileño, la planta del pie de Pepe tocaba claramente balón. Se puede interpretar como un planta salvaje o como el fruto involuntario de la incercia de la acción. Sea como fuere el árbitro, que no había visto la acción, consultó con su asistente y le expulsó. Se acabó el Madrid. Se borró del campo, se autoexpulsó Mourinho, apareció Messi, regaló un gol y una joya para la posteridad, el Barça se dedicó a recrearse en su gloria y el Madrid asistió imponente a la confirmación de que aquel seguía siendo mejor equipo a pesar de la final de Valencia. Ya ven, un clásico en el que sólo un talento superlativo como el del argentino dio fe del supuesto talento que a priori atesoraba. Recuerden que algunos justifican un desigual reparto de los beneficios generados por los derechos televisivos porque Madrid y Barcelona ofrecen un espectáculo sin igual plagado de brillantez que acapara la atención de todo el planeta. Y recuerden partidos tediosos y sin arte alguno como el de anoche para rebatir ese argumento. Y, luego, más tarde, díganse que ustedes vieron jugar a Messi.

Imagen | El País

miércoles, 20 de abril de 2011

La Copa, entre tanto ruido


Andrés Pérez | Se dirime el primer título de la temporada entre Real Madrid y Barcelona y la final llega entre debates identitarios sobre el ser y poder ser del Real Madrid, el auténtico manojo de emociones de este mes fulgurante que enfrentará a ambos equipos cuatro veces. Es algo ya comentado en multitud de ocasiones: el fútbol entiende de variantes y como uno de los mejores entrenadores del planeta que es Mourinho sabe aprovecharlas al máximo. De ahí que ante el Barcelona emplee fórmulas semejantes a las que llevaron a Chelsea y a Inter a casi eliminar y eliminar al mejor equipo del presente sin discusión. Todo esto no tiene nada que ver con la identidad perdida del Real Madrid sino que, más bien, tiene que ver con una doctrina de pensamiento consistente en que el único juego válido para la consecución de títulos debería ser el que practican equipos como el Barcelona o la Selección Española, y que cualquier otra alternativa es una traición.

A todo eso, a su propio entorno mediático y, por descontado, al propio Barcelona, se vuelve a enfrentar el Madrid esta noche. El favorito es el Barcelona por trayectoria reciente, capacidad ofensiva y defensiva, calidad de los jugadores y psicología ganadora. Bien es cierto que es una final y como tal es imprevisible —la Copa se da mucho a ello—, pero en principio y repasando lo que sucedió el sábado —el Barcelona jugó a medio gas cuando tuvo el partido al alcance de la sentencia en la segunda parte— el conjunto de Guardiola saltará al campo dominador y mucho más agresivo e incisivo que en el partido de Liga. Ante él el Madrid, previsiblemente defensivo una vez más, con Pepe atando en corto a Messi y regalando el balón ante la imposibilidad de disputarlo. El sistema defensivo de Mourinho en el Bernabéu fue bastante solvente así que con toda probabilidad repetirá esquema delegando la creación de peligro en los jugadores de arriba. El problema del Madrid es que su planteamiento defensivo acapara parte de ofensivo, utilizando a todos los jugadores de ataque a excepción de Ronaldo en labores de persecución y robo, minando así su físico y su posterior frescura de cara a Pinto, que finalmente será titular como lo lleva siendo toda la Copa.

Todo lo que se salga de este guión será una sorpresa principalmente en lo tocante al planteamiento del Madrid. El Barça piensa ejercer las armas que lleva aplicando tres años. Del Madrid depende demostrar que es una idea mortal y no siempre ganadora. Una nueva victoria del Barça sería un golpe en cierto modo duro para el Madrid de cara a la Copa de Europa y viceversa. La Copa, una vez más, no es intrascendente sino determinante. Y es un placer, a pesar de la incompetencia de la Federación, empeñada en dejar morir este torneo. 21.30, es la hora. No se lo pierdan, cuesta creer que defraude.

Imagen | As

Digan no a las ruedas de prensa


Andrés Pérez | Desde hace un par de años, coincidiendo con el deterioro progresivo de la calidad de la prensa deportiva, las ruedas de prensa se han convertido en una fuente de noticias inagotables auspiciadas por los propios periodistas. La llegada de Mourinho al banquillo del Madrid supuso para el periodismo deportivo del presente su particular Dorado. Desde entonces cualquier pregunta ha tenido un trasfondo polémico buscando alguna airada contestación de Mourinho, algo mediante lo cual crear una chispa que prenda fuego a los habitualmente ineptos columnistas de los periódicos. Mourinho jamás esquiva una por lo que la temporada ha sido un festín de noticias-rumores y confrontaciones inexistentes. Cuando dicen que el portugués sabe mantener a su plantilla al margen de las polémicas se equivocan por completo: es la prensa quien le hace el trabajo sucio. Si preguntara por fútbol no tendría más remedio que responder sobre fútbol.

Pese a las diferencias que pretenden establecer unos y otros sobre los métodos de actuación de sus respectivas cavernas, en el fondo ambas son dos gotas de agua coloreadas de forma diferente. El contagio no tardó en llegar al Camp Nou. Allí Guardiola también se ha visto repetidamente incordiado por las notoriamente estúpidas preguntas de los periodistas. La final de Copa no iba a ser una excepción. Entre las muchas preguntas que tanto Guardiola como Mourinho respondieron ayer en sus respectivas ruedas de prensa pocas tuvieron como tema preferencial el fútbol. De especial recuerdo son algunas destinadas a Guaridola como «Cuando uno se enfrenta a un equipo que tiene a Pepe, ¿se puede evitar lo que hace este jugador, rozando la violencia en el campo?» o «El discurso victimista de Madrid, que parece haber calado ¿os la bufa, como se dice vulgarmente?», ésta última formulada por un periodista de TV3.

Las ruedas de prensa se han convertido en un espectáculo circense. Han perdido el poco significado que pudieran tener —explicaciones post-partido, publicación de convocatorias, parte de lesionados, evolución del estado anímico de la plantilla, planes tácticos— y por ello mismo deben ser ignoradas. No aportan nada más allá de crispación ficticia y polémicas que tan sólo sirven para rellenar columnas y páginas vacías de contenido. Deben morir. O al menos alguien debe dejarlas morir. Si ya de por sí es soporífero escuchar la mayor parte de tópicos y frases hechas utilizadas por los futbolistas en ellas —la mayoría visiblemente incómodos—, la llegada del periodismo deportivo más sensacionalista las ha terminado por convertir en un engengro. Un monstruo que ensombrece lo que únicamente debería importar: los partidos de fútbol. Digan no a las ruedas de prensa. Por su bien y por el bien de este deporte.

Imagen | El País | Elaboración propia

domingo, 17 de abril de 2011

El maniqueísmo que aflora


Andrés Pérez | Ya de medianoche, en una conocida tertulia deportiva radiofónica, un grupo de periodistas pontificaban sobre el partido que enfrentó a Real Madrid y Barcelona con resultado de empate a uno. La mayoritaria opinión de los contertulios era que el Madrid se había traicionando a sí mismo planteando un partido defensivo y renunciando al balón, para gracia de un Barcelona combinativo y más estilizado. Entre los presentes alguno, de marcada tendencia barcelonista, llegó a afirmar visiblemente escandalizado que el césped alto y seco del Bernabéu contribuyó a empeorar el juego del Barcelona. En general, todos los comentarios se dirigían hacia una conclusión implícita: el Madrid se ha comportado de un modo indigno.

En algunas redes sociales, catalizadoras del sentir general de un perfil determinado de población, las palabras viraban en torno a los mismos argumentos y conclusiones. Algunos periodistas de justificada fama afirmaron que el Madrid traicionó su pasado y sus grandes nombres de leyenda. Muchos usuarios anónimos optaron por calificar al Real Madrid de equipo pequeño, comparando su planteamiento en el campo con el del Inter del año pasado en semifinales de la Copa de Europa. Incluso Xavi se animó en la zona mixta, después del partido, y dejó entrever en sus palabras cierto desprecio por el modo en que Mourinho ordenó a sus jugadores. Otro tertuliano contaba perplejo cómo algunos aficionados del Madrid, a la salida del estadio, recordaban ufanos cómo su equipo había conseguido más saques de esquina y ocasiones que el rival a pesar del empate y la posesión. Para dicho tertuliano que a sus aficionados les gustara su equipo no significaba otra cosa que un embrujo, la caída en la tentación propuesta por el diablo ante la imposibilidad de jugar como los ángeles del Barcelona.

El maniqueísmo afloraba y aflora una vez más. La realidad es mucho más simple que todo lo anteriormente teorizado. En realidad, el Madrid no se traicionó a si mismo, a su leyenda o a su historia, ni sus aficionados quedaron secuestrados mentalmente por Mourinho. En realidad, el Madrid jugó del único modo que puede plantar cara al mejor Barcelona de la historia. Esto es: replegándose atrás, regalando un balón entendiendo la inutilidad de disputárselo Xavi, Iniesta y Busquets, y buscando la velocidad de Di María, Ronaldo y Benzema cuando recuperara el balón. El Madrid planteó un partido de fútbol inteligente. Nada o poco tiene que ver con la falta de grandeza esto último, sino más bien con la astucia en la lectura táctica de Mourinho.


No está de más recordar, cuando se acusa al Inter de Milán de comportarse como un equipo inferior, que se habla del vigente campeón de Europa, algo que el Barcelona no es. Comienza a ser aburrido recordar, una vez más, que el fútbol es un deporte rico en matices y que entiende de diversas filosofías para alcanzar una misma meta: el triunfo. No hay ninguna mejor que otra, si acaso más bellas, siempre y cuando quede exenta la violencia. Un planteamiento ofensivo no es más legítimo que uno defensivo per sé. Hasta que no se entienda esto último el absurdo y estéril debate que surge cada vez que Mourinho se enfrenta al Barça no desaparecerá. A fin de cuentas Moruinho no hace sino aplicar el único planteamiento que ha permitido a un equipo frenar al Barça. Quienes le acusan de racanería o de cobardía le exigen al mismo tiempo que se suicide en un cara a cara mortal ante el mejor equipo del mundo.

Da la sensación que el modo de imponerse al Barça debe ser con las mismas armas que el Barça. Cualquier otra forma de buscar la victoria se entenderá como digna de club diminuto y, en caso de consumarse el éxito ante el conjunto superlativo de Guardiola, indigna e ilegítima. O lo que es lo mismo, el Inter ganó la Champions League, sí, pero-lo-hizo-de-aquel-modo, como si su trofeo tuviera menos peso que el conseguido por el Barcelona el año anterior por el hecho de haberlo obtenido de un modo antagónico. Es absurdo. Pretender llevar al fútbol a este extremo es pervertir su esencia y eliminar su belleza. Lo gracioso de este deporte no es perfeccionar un único modo de alcanzar el éxito sino trazar nuevos senderos que lleven a él y contraponerlos. Algún día se terminará exigiendo a la Juventus que juegue como los juveniles del Ajax para no pervertir el fútbol ante rivales de mayor anarquía táctica y alegría ofensiva, algo que en Italia podría causar severos problemas cardíacos a un amplio sector de la población.

La realidad, decíamos. Está muy alejada de las diatribas anteriormente relatadas. El Madrid jugó un buen partido y contó con ocasiones amplias para ganarlo. De hecho dispuso de ocasiones mucho más claras y numerosas que el Barça, incluso una vez Albiol ya había regalado un penalti absurdo a Villa y se había autoexpulsado. La lectura del partido es positiva en cierto modo para el conjunto de Mourinho: ahogó más que nunca la creación del Barça y frenó su caudal ofensivo lejos de la portería de Casillas, cercenando los disparos y las triangulaciones al borde del área. En cierto modo puesto que el Barça dio la sensación de ejecutar sus acciones sin exigirse el máximo. El empate fue un resultado justo y debió esploear la mentalidad madridista ya que puso de manifiesto algunas debilidades del Barcelona en el plano físico, especialmente en su línea defensiva. Nadie debe darse al engaño. Pese a determinados puntos de luminosidad, el Barça sigue siendo un equipo superior porque es mejor equipo. Y sigue siendo el máximo favorito en las dos competiciones restantes.

Recuerden que el ruido esconde las noticias relevantes, y la de ayer y de la que nadie habla es que la Liga está virtualmente sentenciada.

Lectura recomendada | Estilos opuestos, réditos similares (Enrique Ballester en Diarios de Fútbol)
Imagen | El País

viernes, 15 de abril de 2011

Bailad marionetas, bailad


Andrés Pérez | Como tipo inteligente y en cierto grado retorcido que es, José Mourinho se basta con medio gesto para soliviantar a la prensa. Desde que llegara, el periodismo deportivo español se ha desvivido por él. Le han acogido como un hijo pródigo, como la fuente inagotable de portadas, noticias insulsas y escándalos que no lo son. Hoy Mourinho ha aparecido en una rueda de prensa pero no ha admitido preguntas, sino que ha delegado en Karanka, su segundo, las respuestas. Que fuera Karanka quien respondiera estaba previsto. Que Mourinho apareciera no. Un simple gesto y todos los periodistas, o la gran mayoría, han abandonado la sala.

En Twitter se ha armado cierto escándalo y Karanka ha llegado a ser Trending Topic. No es de extrañar que en cualquier entrevista relativa a Madrid o a Barcelona se termine mentando al portugués, aunque su presencia no se termine de comprender del todo. Mourinho es un maestro y mueve sus hilos con arrogancia; hoy lo ha vuelto a demostrar. Las marionetas bailan a su son, inconscientes de que hace tiempo perdieron la capacidad de llevar la iniciativa. La servidumbre del periodismo deportivo actual hace que el agente activo del proceso informativo sea la propia fuente de noticias. Es algo realmente molesto para la prensa, pero el culpable no es Mourinho sino ella misma, que le otorgó, le otorga y le seguirá otorgando una fuerza desproporcional. Y más aún este mes, con el aluvión de clásicos.

Imagen | El País

jueves, 14 de abril de 2011

El Madrid confirma el clásico


Andrés Pérez | Cuatro clásicos en apenas un mes. Ayer el Real Madrid, venciendo en White Hart Lane con sobrada autoridad, certificó las previsiones y habrá una oferta desmesurada de partidos entre Barcelona y Real Madrid. Es un hecho difícilmente repetible. En lo que resta de temporada, los dos equipos se jugarán tres campeonatos. De lo que acontezca en las tres competiciones pueden suceder varias cosas y extraerse numerosas conclusiones. La primera y más evidente es que el Madrid no es el equipo menor que muchos han dibujado durante toda la temporada tras el 5-0 en el Camp Nou. Sigue la estela del mejor Barça de la historia y del, para muchos, mejor equipo de la historia. No es un mérito menor. Y está en condiciones de robarle dos torneos, pese a que la Liga es un premio demasiado ilusorio.

El resto de conclusiones se extraerán en función de los resultados. Si el Barça se impone en todas las competiciones el Madrid habrá creado para entonces un complejo de inferioridad que sólo se borrará con el paso de los años y de los futuros y previsibles títulos madridistas. Entiéndase que el Barça ya ganó todos los torneos en 2009, pero no directamente ante el Madrid en cuatro enfrentamientos directos en un mes. Pese a que las situaciones sean semejantes, al carga emotiva y mediática es mucho mayor. Si el Madrid no es capaz de llevarse ningún título a sus vitrinas el golpe moral puede ser mayúsculo y puede ocultar y ensombrecer la excelente primera temporada de Mourinho en el banquillo.

Suceda lo que suceda es evidente que el Barça es el mejor equipo. Lo es en tanto que se ha impuesto con claridad en el torneo que premia la regularidad, el baremo que mide la verdadera capacidad de un equipo. Esto no oculta, o no debería, que el Madrid ha mejorado sustancialmente respecto al año anterior. Lo demostró anoche ante el Tottenham. Firme en defensa pese a algunas internadas de los delanteros ingleses, controlador en el centro del campo cuando lo necesita y rápido arriba. El Madrid se encuentra habitualmente colapsado si el equipo rival se cierra atrás, pero el paso de los minutos permite entender mejor el funcionamiento del muro que tiene enfrente. Una vez lo ha estudiado y comprendido es ingenioso a la hora de romperlo.


Cuando no, cuando un equipo le juega cara a cara, el Madrid encuentra espacios y Xabi Alonso los aprovecha con sutileza. Arriba esperan Ronaldo, Di María o Benzema al hueco y Adebayor y Ozil al pie. En cualquier situación el Madrid tiende a encontrar recursos y a explotar sus virtudes. Es su principal punto fuerte: la excelente ocupación de espacios y la rentabilidad de sus acciones ofensivas. Ante el Tottenham el Madrid dominó con placer, combinando con suficiencia en la medular y durmiendo el tempo del partido. Al equipo londinense no parecía incomodarle dicha situación puesto que no puso en demasiados apuros al Madrid.

Le sucedió que apenas alcanzó posiciones ofensivas al borde del área. Tan sólo la salida de Kaka' y Benzema espoleó al equipo cerca de las posiciones de Gomes, ya rendido tras cantar estrepitosamente en un disparo de Ronaldo. El Madrid ha pasado a semifinales sin mostrar su previsible mejor nivel y con ciertas carencias en muchos partidos. La competitividad y la firmeza que ha mostrado el equipo y el plus de psicología y capacidad que suele aportar Mourinho deberían contrarrestar en los próximos enfrentamientos sus carencias. Es el único modo que tiene el Madrid de plantar cara con firmeza al Barça. Se presenta un mes apasionante. Disfruten cuanto puedan y traten de mantenerse al margen de las cavernas mediáticas de uno y otro lado.

Imagen | El País

miércoles, 6 de abril de 2011

Una goleada que no oculta las carencias del Madrid


Andrés Pérez | Sigue lejos el Real Madrid de ser una máquina infalible a pesar de su contundente goleada al Tottenham. Se atasca con facilidad cuando el rival mantiene el tono físico, no encuentra salidas ante un conjunto encerrado en su área y sus defensas se desconcentran con excesiva frecuencia en campo abierto. No es de extrañar, tras este diagnóstico, que el Tottenham se acercara con cierto peligro al área de Casillas mediada la primera parte, una vez Adebayor ya había adelantado al Madrid y una vez Crouch, en juvenil acto de irresponsabilidad, había decidido dejar a su equipo con un jugador menos. Primero fue Bale, tras una carrera asombrosa desde el centro del campo, y más tarde Van der Vaart solo ante Casillas, antes de que Carvalho impidiera el empate del equipo londinense. Ciertamente, el Madrid no sufrió más. Pero en aquel momento se hallaba muy descolocado.

La expulsión de Crouch supuso un punto de inflexión relativo en el partido. Durante los primeros seis minutos el Tottenham se había encerrado alrededor de Gomes. No por voluntad propia sino por el empuje imparable del Madrid, que en un córner obtuvo premio. Pese a oler sangre, los de Mourinho dejaron recomponerse al Tottenham, que comenzó a manejar levemente y muy lejos de Casillas el balón. Todo ello hasta que Crouch entró con la plantilla por delante por segunda vez. Imaginamos en ese momento a Redknaap seriamente contrariado con su delantero. La marcha prematura de Crouch dejó al Tottenham sin delantero. Y aquí es donde Mourinho debería encontrar motivos para la preocupación: no es que el Madrid se estampara ante el muro londinense en ataque, es que el Tottenham aprovechó los espacios lógicos que el Madrid cedía atrás. Las coberturas llegaban tarde y el caos comenzaba a asomar.

El resto de la primera parte no fue gran cosa. Atormentado por sus propios fantasmas, el Madrid no creó excesivas ocasiones en el área de Gomes. La segunda parte fue otro cantar. Con Marcelo hiperactivo y como el único jugador capaz de romper líneas defensivas en una internada con el balón controlado, Adebayor preparó un salto en suspensión para cruzar el balón con la cabeza hacia un lugar en el que un caótico Gomes jamás imaginaría llegar. El segundo gol sirvió de espoleo para el Madrid, que fulminó físicamente al Tottenham. Aquí sí el conjunto blanco se mostró superior de una forma insultante. Los spurs contaban ya con Defoe en el campo, lo que redujo el volumen de centrocampistas, un placer para Xabi Alonso, que se dedicó a construir y destruir a su antojo.


Marcelo y Xabi Alonso. Ahora que Benzemá ha vuelto al dique seco, son los dos jugadores más importantes del Madrid cuando Ozil se esfuma entre las líneas rivales. Marcelo por desequilibrante e imprevisible y Alonso por estable y racional. El fondo físico imposible de los jugadores blancos hizo el resto hasta el punto de que Sandro, Gallas y Bale sufrieron calambres durante toda la segunda parte. El Tottenham, fundido ante la exigencia física que le proponía el Madrid, se transformó en un trapo, y lo que durante la primera parte se convertía en una agonía posible en al segunda se antojó imposible. No había capacidad para resistir los embistes del Madrid. Un Ronaldo egoísta lo probaba; Ramos se unía al ataque una vez neutralizado Bale; Di María buscaba encontrar salidas a pesar de su creciente irrelevancia en el juego del Madrid; y en defensa Pepe y Carvalho parecían superar sus traumas. El Madrid, entonces sí, era un conjunto temible.

Cuatro a cero, goleada, eliminatoria sentenciada a excepción de hecatombe histórica y dos lecturas. La primera la de un equipo incapaz ante rivales demasiado pergeñados alrededor de su área y nervioso en defensa cuando el rival tiene metros para recorrer. La segunda la de un equipo apabullante que humilla al contrario físicamente y lo remata sin piedad una vez está para el arrastre. Sucedió también ante el Lyon: el Madrid en casa exige demasiado a su rival como para que aguante los 90 minutos. De cara a un futuro enfrentamiento ante el Barça esto tiene un problema evidente: ni el fondo físico de los de Guardiola es tan bajo ni permitirá que el Madrid le imponga el correcalles que sí ha logrado imponer en octavos y en cuartos. El Barça le robará el balón. Y la última vez que al Madrid le sucedió eso recibió cinco goles. A pesar de la goleada, el Madrid debe mejorar si pretende seguir la estela del Barça en un mes que se presenta frenético para ambos equipos.

P.D.

Mientras tanto, en el otro extremo de la galaxia y demostrando que todos los analistas futbolísticos somos auténticos incapaces para este oficio, el Schalke 04 marcó cinco goles al Inter en San Siro y prácticamente dejó sentenciada la eliminatoria. El Schalke, el renqueante y desquilibrado equipo de Raúl que eliminó al Valencia en octavos, ha goleado y humillado al vigente campeón del mundo. Dicho sea de paso y vista su defensa de feria, no es algo que tenga especial mérito. Pero sí sorprende viniendo de un equipo al que nadie esperaba en semifinales —salvo machada heroica de los de Leonardo en Gelsenkirchen— y del que se ha dicho que es caótico, falto de talento, lento, sustentado por sus estrellas y con un cuadro defensivo digno de categorías del infrafútbol. Qué noche de Champions.

Lectura recomendada | El Schalke descuartiza al Inter (El País) | Visto y no visto (Esteban Moneo)
Imagen | El País

martes, 5 de abril de 2011

Choque con tintes británicos


Pablo Orleans | Lustro y pico después, más de cinco años de sueños y pesadillas, de noches en vela y fracasos impensables. El Real Madrid vuelve a unos cuartos de final de la UEFA Champions League. Un equipo construido a base de talonario, todo hay que decirlo. Un equipo pensado para ganar con grandes figuras entre sus filas. Jugadores jóvenes resabiados, veteranos ambiciosos y un líder que les rodea, que guía al grupo. Mourinho, el bueno, no entiende de perder. Y eso que su amigo el canalla, el cántabro Preciado, le bajó del cielo liguero y le enseñó a caer en casa tras mucho tiempo —demasiado—, en competición doméstica.

Frente a ellos, de azul celeste en la ida, los spurs se plantarán en el césped de la capital española con la intención de hacer algo bonito en el primer choque para tener opciones en la vuelta. Y el partido se prevé intenso, rápido, típico de la Premier League. El Madrid, conjunto tradicionalmente peleón, conocido luchador, noble y bélico adalid, sostiene en su habitual juego los tintes ingleses más característicos. Sin demasiado control, con déficit defensivo —progresando adecuadamente— ante potentes delanteras, el conjunto que hoy entrena un tal Mourinho es, eso sí, una máquina destructora, un fugaz golpe certero y preciso que fulmina rivales dubitativos en cuestión de segundos.

Y es que, si al tradicional y alocado juego anglosajón, a la ida y vuelta, a los balones directos, rápidos contragolpes e intensos minutos, sumamos el conocimiento de un más que interesante elenco de expertos en la Barclays, el resultado supone una extraña mezcla entre la persistencia y el orgullo español castizo con la sutileza y rapidez característica de los inventores del football. Los Carvalho, Arbeloa, Xabi Alonso, CR7 o Adebayor, curtidos en los verdes campos ingleses, enseñados en las artes del contraataque y expertos del fútbol directo darán a este choque un aspecto británico de espectáculo asegurado.

Choque inglés ante todo, entre un conjunto angloparlante en ascenso y otro ibero en reconstrucción. La ambición de los que hace casi tres décadas que no recargan sus vitrinas europeas y cuya última gran alegría fue hace 20 años, ante la obligación de los reyes del siglo XX por empezar un nuevo ciclo ganador que se hace de rogar. La lucha está programada y el duelo promete. Probablemente lo más parecido a un choque británico con un equipo español de por medio. Y es que si un equipo encajaría a la perfección en la Liga del archipiélago europeo, ése sería el entrenado por Mou. Siéntense, beban con moderación y disfruten del prometedor choque de cuartos de la Champions entre Madrid y Tottenham.

Imagen | UEFA

sábado, 2 de abril de 2011

El dichoso doble pivote


Andrés Pérez | En un futuro no muy lejano nos costará explicar a nuestros hijos cómo Lass llegó a ser titular en el Real Madrid. Su aportación es mínima en la parcela ofensiva, se descoloca con facilidad en defensa y sus muchos kilómetros recorridos obedecen no tanto a un gran desgaste productivo como a ésto último, lo que, además, provoca que llegue tarde en todas las jugadas al corte. Todo lo anteriormente escrito le lleva a jugar al límite del reglamento y a causar más un problema que una solución al equipo. A Khedira le sucede tres cuartas partes de lo mismo. Su virtud es la incorporación desde segunda línea además de su amplio despliegue físico, pero al lado de un jugador que sepa cambiar la orientación del juego con un solo pase. No junto a Lass. El problema de Lass y Kedhira no es cada uno por separado, sino ambos juntos. Y, en realidad, no es culpa suya, sino de Mourinho.

Hasta la victoria del Sporting, Mourinho ha estado más de nueve años sin perder un partido en casa, un logro difícilmente repetible. Sin embargo se equivoca por completo cuando pretende convencer al público y al rival de las virtudes de su equipo cuando, precisamente en casa, salta al campo con Lass y Khedira en la medular. Es un planteamiento que, no cabe duda, obedece a las precauciones tácticas de Mourinho, pero al mismo tiempo es un planteamiento cobarde y contraproducente: los equipos en el Bernabéu salen a agazaparse alrededor de su portero. Ante la falta de espacios, ni Lass ni Khedira están capacitados para generar peligro en las inmediaciones de la portería rival. Más aún cuando no están Xabi Alonso, Marcelo, Ronaldo y Benzemá, cuatro jugadores claves en el Real Madrid a la hora de sorprender en ataque.

El esquema de Mourinho, además, deriva a Ozil a la banda derecha y a Di María a la izquierda, en sustitución del lesionado Ronaldo. Ambas situaciones son anormales ya que Di María se ha pasado toda la temporada jugando en banda derecha y Ozil se encuentra a gusto haciendo y deshaciendo entre líneas, por detrás del delantero. Por su parte, sin Benzemá ni otro delantero que le supla, Adebayor se encuentra demasiado solo. De nada sirve descolgar todos los balones que le llegan si nadie alrededor se acerca a recogerlos. El Madrid, así las cosas, se torna en un equipo muy previsible, carente de talento e incapaz de explotar el poco que atesora —Ozil, Adebayor—.

El Sporting hizo lo que debía, cubriéndose las espaldas de una forma realmente solvente y aprovechando las escasas oportunidades que llegara a tener. Mediada la segunda parte los defensas del Madrid decidieron contemplar el acontecer del universo —preocupante estado de forma el de Carvalho— mientras De las Cuevas empujaba a placer el balón a la red de Casillas. El problema del Madrid ha sido la falta de creatividad, cercenada por un dichoso doble pivote compuesto por dos jugadores que no dan el perfil necesario para partidos de esta índole. No en vano, ha sido Canales el mejor jugador de la segunda parte en los pocos minutos que ha disputado. Cuesta creer que este jugador no cuente con más minutos bajo ninguna circunstancia. Pero eso ahora no importa. El Madrid se aleja, casi de modo definitivo, de uno de los títulos a los que aspiraba. Y lo hace tontamente, por un empeño poco comprensible de su entrenador.

Imagen | 20 Minutos

viernes, 1 de abril de 2011

Mou es un canalla


Pablo Orleans | Mourinho son dos. Para entender al portugués hay que diferenciar entre el José Mourinho persona y el José Mourinho entrenador. El primero, al que podríamos denominar José Mário dos Santos Mourinho Félix, es un tipo cercano, bondadoso, enrollado, chistoso, peculiar y, aunque parezca lo contrario, humilde. La visión que nos está dejando el portugués off the récord nos muestra a un tipo amable, simpático y divertido. Fuera de la tensión de un partido, alejado del examen futbolístico, distraído de los perturbadores campos de fútbol, José Mário dos Santos Mourinho Félix es un tipo normal y corriente, acostumbrado a sacar la basura por las noches y ayudar a sus hijos con los deberes.

Pero dentro del campo, rodeado del ambiente futbolero y presionado por una lustrosa carrera plagada de títulos, la imagen de The Special One da un giro de 180 grados. El risueño José Mário dos Santos Mourinho Félix, da paso al áspero «Mou» en cuestión de días, en pocas horas, e incluso, en segundos. En lo que antes era un tipo carismático, abierto, atento y cordial, encontramos a un personaje arisco, antipático, huraño, desagradable e impertinente. Regalando descortesías allá por donde va, a «Mou» le abundan los enemigos y es nefastamente recibido en una decena de campos españoles. Empezando por el Camp Nou, al tipo de doble filo no le quieren en Sevilla, Valencia, o en la propia capital de España, teniendo uno de sus mayores enfrentamientos con el público y entrenador de El Molinón asturiano.

Este fin de semana, el Real Madrid recibe al Sporting de Gijón en un duelo en el que los medios estarán muy atentos del cruce de miradas y saludos del técnico madridista con Manolo Preciado, aquel que le espetó «canalla» cuando el portugués le acusó indirectamente de dejarse ganar ante el máximo rival, el Barça. Mou se pasó de rosca, cierto es. Pero se pasó Mourinho el entrenador, ese ser competitivo, revolucionado y muchas veces aborrecedor. El familiar José Mário dos Santos Mourinho Félix sigue en su casa, riéndose de todos nosotros mientras hablamos y opinamos sobre un personaje semi-ficticio que él mismo ha creado para aislar a su equipo y a sí mismo del caos madridista. Pues todos sabemos que entrenar al Real Madrid es muy complicado. José Mário dos Santos Mourinho Félix lo sabe. El canalla de Mou, también.

Imagen | La Nueva España

miércoles, 23 de marzo de 2011

El resurgir de Benzema


Andrés Pérez | Sobrevivir al Madrid no es sencillo. Lo sabe bien Benzema, cuya presión mediática ha soportado durante año y medio para luego resurgir de unas cenizas de las que nadie, probablemente ni él mismo, esperaban gran cosa. En el Madrid la ley es rendir. No hay periodo de adaptación, no hay edad que sirva de excusa y, en términos genéricos, no hay lógica que permita comprender la manifiesta incapacidad del club y sus aficionados de ser pacientes. Dicho nerviosismo, acompasado por una presión mediática inigualable en cualquier otro conjunto deportivo, conduce a no pocos futbolistas al ostracismo, sumergidos en la vorágine de rendimiento inmediato y duda eterna que se cierne sobre ellos.

Benzema era uno de tantos. Como Kaka', su fichaje aupó las esperanzas del aficionado la temporada pasada cuando junto a Cristiano Ronaldo conformaban, en apariencia, una tripleta letal en la parcela ofensiva del Madrid. Tanto el brasileño como él no rindieron nunca al nivel previsto y entre lesiones y periodos depresivos transcurrió una temporada antera. Benzema no pudo consigo mismo, con la presión y con Higuaín. El argentino, que también sufrió del mismo mal que el francés en su primer medio año en Madrid, alcanzó su cénit como delantero centro el año anterior formando con Ronaldo una pareja demoledora de cara a portería. El buen estado de Higuaín parecía ir de la mano del declive prematuro de Benzema. Al tiempo que uno subía, el otro bajaba.

Sin solución de continuidad, esta situación se mantuvo al inicio de esta temporada. En lo que supuso una carambola del destino imagino que muy agradecida por Benzema, Higuaín se lesionó de gravedad para los siguientes seis meses. Todos miraron al francés. La oportunidad escondía una segunda lectura: si bien contaría con minutos, de no ser capaz de demostrar su valía estaría desterrado para siempre. No cabía otra opción en la cabeza de nadie, Benzema había de rendir. Lejos de ello, el delantero se mostró parsimonioso y ladino como pocas veces se le recuerda, a pesar de algunos destellos goleadores ante equipos menores como Levante en Copa o Auxerre en el Bernabeú. Sin ser aún decisivo y con un Madrid en crisis psicológica tras la goleada del Camp Nou, Mourinho exigió un delantero. Y llegó Adebayor.

Llegó Adebayor, se lesionó Ronaldo y Benzema, para sorpresa de la gran mayoría, ha resurgido en su posición natural, detrás de un delantero centro. Lleva alrededor de una decena de partidos marcando consecutivamente y ha sido decisivo en la mayoría de encuentros en los que lo ha hecho dado que en muchos de ellos abrió el marcador. Eso se traduce en puntos. El 2011 de Benzema está siendo estelar con actuaciones destacadas ante Racing o Lyon. Es decisivo en Champions y su carrera contra Higuaín, que en pocos días volverá a estar a tono para jugar, se ha decantado imprevisiblemente a su favor. Benzema atesora de nuevo las virtudes que le hicieron fichar por el Madrid. Es el delantero que todos estaban esperando tras salir de un pozo del que nadie ha salido —un saludo para Kaka'—. Es una excelente noticia para Mourinho.

Imagen | El Madridista

viernes, 4 de marzo de 2011

Competir o desistir

Andrés Pérez | En uno de sus primeros enfrentamientos desde que aterrizara en Madrid, Mourinho acusó al Sporting de no competir ante el Barça. Preciado, por supuesto, reaccionó con sobriedad y elegancia: «Mourinho es un canalla y un mal compañero». Las quejas del portugués rotaban en torno a la falta de competitividad que algunos equipos de la parte baja de la tabla mostraban cuando saltaban al Camp Nou: como si hubieran regalado el partido de antemano. Huelga decir que Mourinho no protestó anoche cuando Pellegrini afirmó que había saltado al Bernabéu sin ánimo alguno de vencer. Su Málaga había perdido por siete goles de diferencia.

La pregunta se planteó al inicio de la temporada y se mantiene vigente aún hoy: ¿es lícito reservar jugadores cuando se visita a un equipo ante el cual las posibilidades de victoria son nulas? En Italia tendrían clara la respuesta. En Inglaterra, posiblemente, también, aunque sería antagónica. En España Mourinho afirmaría ladinamente que sólo en función de los intereses de su equipo. A Guardiola le imaginamos loando las virtudes de la competición y relajando el tono comprometido de la pregunta. En general, hay una verdad soterrada: todos los equipos que se juegan el descenso llegan al Bernabéu o al Camp Nou con el partido perdido.

El sábado es turno del Zaragoza en Barcelona. Veleidades del destino, ya saben, Aguirre acude con jugadores como Pinter, Marco Pérez o Edmilson, desde hace días apartados de las convocatorias del equipo. Es posible que alguno de ellos sea titular. Aguirre habla de vencer en el Camp Nou pero la realidad de fondo es otra: ante la imposibilidad de vencer a las superpotencias, reservar jugadores y no arriesgar a posibles lesiones o percances de otro tipo parece la opción más inteligente. Se cierne la sospecha de la competición adulterada, pero cabe preguntarse si los equipos menos capacitados económicamente no parten de inicio también ante una competición adulterada dadas las diferencias no proporcionales en el apartado de ingresos televisivos. Es un suponer: de mediar menor diferencia económica entre ambos, quizá alguno de estos equipos se dignara a intentarlo.

Hasta entonces, cumplir el trámite, ejercer de comparsa, sale más rentable. Incluso reconocerlo en público, como Pellegrini. Ante lo que Italia o Inglaterra tendrían una respuesta predeterminada y clara, en España simplemente se asume la realidad como si tal. Ni se aplaude ni se combate: se desiste de superar los defectos.

Imagen | El País

jueves, 3 de marzo de 2011

Mourinho: cuando el personaje devora a la persona


Andrés Pérez | José Mourinho perdió los estribos, de verdad, por primera vez en toda la temporada en su última rueda de prensa. Más allá del enfrentamiento verbal con el excelente periodista que siempre ha sido Ladislao Moñino —al que tildó de hipócrita para luego disculparse en la misma rueda de prensa hasta tres veces—, el técnico luso habló de Manuel Pellegrini, su rival en el banquillo hoy, en los siguientes términos:

A mí no me puede pasar lo mismo que le pasó a Pellegrini. ¿Sabe por qué? Porque si el Real Madrid me echa yo no voy a entrenar al Málaga. Si me echan voy a un gran club de Inglaterra o a un gran club de Italia. No tengo ningún problema en volver a entrenar a un gran club.

En aquel momento Mourinho había atravesado la delgada línea que separa el personaje de la persona y había entrado en el terreno del delirio histriónico. El técnico luso ya no cargaba las tintas contra la prensa o la Federación, sus principales focos de arrebatos iracundos más actuados que sentidos, sino que lo hacía contra un técnico inocente ante el cual no se le conocen rencillas personales. Un técnico que, en honor a la verdad, no podría merecer menos tal agravio.

Manuel Pellegrini abandonó el Real Madrid la temporada pasada tras alcanzar la cifra récord de 96 puntos en Liga y dejar un sabor amargo en las dos competiciones coperas —ridículo histórico ante el Alcorcón incluido—. A su alrededor, el diario Marca y personalmente Eduardo Inda, se creó una campaña de acoso y derribo que traspasó los límites del periodismo y la crítica profesional: Inda y su diario cayeron en la más baja de las fórmulas periodísticas, el linchamiento. Todo parecía ser culpa de Pellegrini y todo rotaba en torno a su supuesta soberbia y altivez. Lejos de la realidad alternativa, vergonzosa y amoral que Marca pregonaba, Pellegrini no dejaba de ser el tipo sencillo y pacífico que sigue siendo.

Salió del Madrid por la puerta de atrás pese a contar con el apoyo de la afición y aún hoy se siente en la desdicha de ser criticado amarga y gratuitamente. Su aspecto melancólico y su mirada entristecida por defecto colaboran en la imagen que se puede llegar a tener de él: apaleado y maltratado por la gran bola mediática que supone el Madrid. Precisamente por eso llegan a sorprender y producir mayor repulsa las palabras de Mourinho.

También sumido en la vorágine mediática que crea el entorno del Madrid, Mourinho se ha convertido en el personaje que la prensa llegó a soñar. La persona queda olvidada y sus pequeñas cuitas con los organismos federativos sobrepasan lo justificable y entran en el campo de la sordidez; sus arrebatos sarcásticos no son tan graciosos como verdaderamente ofensivos; y, lo más importante, su equipo no arrolla. Todo ello en el Real Madrid, un club dado a magnificarlo todo. Mourinho ha sido devorado por su personaje y, de no mediar reflexión, comienza una escalada de histerismo que la «imagen» del Madrid no podrá soportar.

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Imagen | Heraldo

lunes, 31 de enero de 2011

La losa del Camp Nou


Andrés Pérez | Al tiempo que Camuñas empujaba el balón a la red, al Real Madrid se le agotaban las expectativas de ganar la Liga. En Pamplona el conjunto de Mourinho se mostró psicológicamente endeble, corto de efectivos y nulo de ideas en ataque, colapsado no se sabe muy bien si por la ausencia de Xabi Alonso, el infierno que supone acudir al Reyno de Navarra o la presión que le debe suponer jugar, últimamente, conocedor de la victoria del Barça de antemano. Quizá sean los factores definitorios o quizá sean coyunturales. Quizá el equipo no está preparado aún para hacer frente a un Barça estratosférico que camina a golpe de goleada hacia su tercera Liga consecutiva.

Desde que Casillas encajara cinco goles en el Camp Nou con la consiguiente y comprensible humillación nacional de los pupilos de Mourinho, el Real Madrid no ha levantado cabeza. Curiosamente una de las principales características históricas de las plantillas del portugués ha sido la fortaleza psicológica, algo que a estas alturas de temporada no parece disfrutar el Madrid. Y digo parece puesto que es enero y las posibilidades de una resurrección en forma de remontada inverosímil a modo de la temporada 2006/2007 existen. Son remotas habida cuenta del estado de forma del Barcelona, pero existen, puesto que esto sigue siendo un deporte y la lógica un inconveniente muy molesto para la épica. Psicología, decíamos: el rendimiento post-Camp Nou sólo se puede calificar como decepcionante.

Previo al paso por el campo del Barça, el Madrid era un equipo ciertamente efectivo. Y hasta cierto puto espectacular. No está de más recordar alguna que otra goleada en el Bernabéu o las excelentes sensaciones que transmitió en algunas fases de la recta final de 2010, con un Di María en estado de gracia, Ronaldo haciendo goles día tras día y un centro del campo perfectamente engranado, Xabi Alonso al mando, Khedira en la destrucción y Ozil creciendo a cada jornada. Aquel era un Madrid impetuoso, voraz, enérgico que sumía a sus rivales en una espiral de frenesí apta únicamente para conjuntos físicamente portentosos a un tiempo que técnicamente irreprochables. No era lo que, con toda seguridad, aspiraba a conseguir Mourinho, no aún, pero se le acercaba.

De aquel conjunto queda poco. Físicamente el Madrid está hundido, qué mejor prueba de ello que el episodio de Pamplona, con todos los titulares hundidos en enero y sin algún revulsivo de nivel en el banquillo. La plantilla parece ser corta a estas alturas de la temporada puesto que, oh, sorpresa, jugadores como Lass o Granero no dan el perfil, Kaka' sigue sin aparecer, Benzema es intermitente y Canales o Pedro León son inexistentes. La cuesta de enero, dicen. Moral y físicamente el Madrid está, a día de hoy, a más de 7 puntos de un Barça que va con la directa y al que le resta contar días en el calendario para, de seguir así todo, proclamarse campeón.

Lo cual es profundamente aburrido.

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