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miércoles, 1 de junio de 2011

96 puntos


Andrés Pérez | Comienza a ser dificultoso hablar del Barça. Los elogios se agotan pero la brillantez incandescente del conjunto de Guardiola no. La pasada temporada supuso una vuelta a la realidad tras un año, el 2009, en el que el conjunto catalán lo ganó absolutamente todo. Existía la posibilidad de repetir la gesta pero era remota, y el Barça mordió el polvo en Copa ante el Sevilla y en semifinales de Copa de Europa ante el Inter, el único equipo que ha sido capaz de doblegar al Barça en tres años en momentos clave de la temporada. Pese a ello el Barcelona obtuvo la Liga. Este año el Barça ha estado cerca, una vez más, de repetir el triplete obtenido hace dos temporadas, lo cual mejora exponencialmente la anterior: finalista en Copa, una vez más campeón de Liga y campeón de la Champions League.

El Barça comenzó el curso, quizá, levemente intimidado por el nuevo aspecto impoluto y poderoso del Real Madrid, que había contratado a Mourinho, entrenador bastante controvertido en la ciudad condal que el año anterior había obtenido la fórmula adecuada para frenar a uno de los mejores conjuntos de la historia. Así las cosas el Barcelona, durante un buen tramo del año, no se encontraba a sí mismo. Hay que entender ésta última oración en su justa medida: el Barça no se encontraba en el sentido de que no ajusticiaba a los rivales de un modo tan cómodo y espectacular como durante los dos años anteriores, pero seguía siendo muy superior a todos. De este modo perdió en casa ante el inverosímil Hércules que más tarde bajaría a Segunda y pasó algún apuro que otro lejos del Camp Nou en Copa de Europa —Copenaghe, Rubin Kazan—.

A pesar de ello, el Barça era una roca granítica en el Camp Nou y no tuvo mayores problemas durante la primera fase de la Copa de Europa. En Liga todo lo cambió el 5-0 endosado al Madrid. Fue el primer momento en que adquirió el liderato del campeonato y no lo soltaría hasta el final del mismo, a pesar de algún tropiezo puntual —Anoeta, Gijón, Bernabéu—. Aquel partido supuso el despertar definitivo de un equipo que no había cuajado el fútbol que se esperaba de él hasta la fecha. El Barça comenzó a mezclar como siempre había sabido, perfeccionó las dinámicas de juego, los automatismos sin balón, la creatividad de sus mejores jugadores —Messi, Xavi, Iniesta— y acopló con menor dificultad que el año anterior a Ibrahimovic a Villa —y a Mascherano—. Comenzó a golear sin piedad por diferencias de locura —varios partidos ganados con rentas de cinco goles o más, incluida la goleada por 8-0 al Almería en su casa— y sublimó, un día más, la práctica del fútbol. Era, sencillamente, una gozada.

Y lo siguió siendo hasta el mes de abril, en el que se encontró al Madrid en la final de Copa, en las semifinales de Copa de Europa y en un partido bastante intrascendente en Liga. El Barça pareció levemente desestabilizado, al menos en el plano psíquico, por toda la marea mediática creada alrededor de los dos partidos y en la que Guardiola y los jugadores del Barça, tradicionalmente loados por su mesura y saber estar, cayeron quién sabe si voluntaria o involuntariamente. El caso es que el partido inicial de Liga en el Bernabéu supuso un adelanto de lo que llegaría más tarde: un Madrid muy echado hacia atrás. El Barça no arriesgó aquel día porque no lo necesitó, pero se mostró claramente superior como se mostraría en el cómputo total de los cuatro partidos que enfrentarían a ambos.

Y entre Liga y Copa de Europa llegó la Copa del Rey, el único broche amargo a una temporada que ha sido plenamente satisfactoria. Algunos aficionados del Barça otorgaban a este título una importancia menor, en efecto, y de hecho, las sombras alargadas de dos títulos de tanto tallaje como los otros dos previamente citados dejan en un difuminado recuerdo, perezoso y negativo, lo que sucedió aquella noche en Mestalla. Lo que sucedió fue que el Madrid fue mejor en la primera parte mostrándose muy decidido y que en la segunda aguantó todo lo posible para certificar su primer título copero en dos décadas mediante un cabezazo de Ronaldo. El Barça pareció mortal. Y todo el mundo pudo verlo. Y todo el ambiente se deterioró tras un partido de alto voltaje, en el que ningún jugador regaló absolutamente nada, en el que hubo trifulcas, daños colaterales, miradas rencorosas, furibundas provocaciones y una inquina generalizada entre unos y otros.

En ese estado de nerviosismo permanente llegaron ambos a las semifinales de Champions. Y ahí el Barça se mostró infinitamente superior. Supo abstraerse en el campo de las ruedas de prensa y de los titulares, cosa que el Madrid y su entrenador no, y dominó y venció en el Bernabéu con un Messi estelar, espectacular, resolutivo y pieza clave del Barcelona. El Barça había superado su particular prueba de fuego, posiblemente la auténtica final de la temporada. De ahí al término todo fue un camino placentero —celebración del título de Liga mediante— hasta Wembley, donde volvió a imponerse bellamente al Manchester United.

Temporada perfecta, por ende, a excepción del leve punto de oscuridad que supuso la Copa del Rey. El Barça ha rozado el pleno y ha vuelto a alcanzar la excelencia durante media temporada. Messi se ha vuelto a confirmar, por si tenía alguien dudas, como el jugador más determinante y resolutivo del planeta con todo lo que ello conlleva para el Barça —positivo en tanto que se beneficia de ello, negativo en tanto que, el día que no lo esté no sabrá reponerse: capitaliza todo el fútbol del Barcelona, absorbe a sus compañeros—. El resto del equipo ha rayado a un nivel sensacional —a pesar de algunos bajones como el de Piqué o la falta de continuidad de Puyol— y se ha dado una alegría con la recuperación de Abidal —que tras su cáncer ha jugado la final de la Champions—. ¿Objetivo de cara al año que viene? Mantenerse en la línea. Y prácticamente por tendencia debería hacerlo. Aunque la decadencia siempre llega en el momento más inesperado, el Barça sólo necesita leves retoques —quizá algún central, darle más minutos a jugadores como Afellay para que puedan suplir con mayores garantías a los titulares—. Feliz eternidad la suya.

Lectura recomendada | Comparativa en Liga entre Madrid y Barcelona (Marca)
Imagen | El País

domingo, 29 de mayo de 2011

Al Barça no se le adivina ocaso


Andrés Pérez | Escudado en una perfección ineludible, el Barça cerró en Wembley un círculo que abarca dos décadas y que compone el más brillante cuadro futbolístico que se recuerda en Barcelona. Lo hizo de nuevo ante el Manchester United mostrándose enormemente superior, apenas acuciado en tareas defensivas durante la mayor parte del partido, bailarín, grácil, eternamente móvil, enrevesado en sí mismo, gustoso del fútbol que explota, victorioso al fin y al cabo, firmando en pleno siglo XXI un dominio cíclico semejante al que Ajax, Bayern o Liverpool impusieron en la década de los 70, mostrando su firme candidatura a uno de los mejores equipos de siempre. Fue otra vez en Londres y fueron otra vez Messi, Iniesta y Xavi, símbolos junto a Valdés y Puyol de las tres últimas Copas de Europa del conjunto culé, historia viva del fútbol.

Cuadró el Barcelona de Guardiola el círculo en Wembley. Sin mayores sobresaltos, tan sólo aquellos reglamentados en cada final de este equipo durante los diez primeros minutos, atando el balón en corto, haciendo correr al rival, acelerando en los metros finales, buscando amigos en cada esquina, asociación y espacios a la espaldas de todas las líneas del rival. Es el del Barça un fútbol ofensivo y vertical pese a que en ocasiones transite por la horizontalidad. No en vano se encarga Messi, en un estado de forma encomiable año tras año, postulándose como el jugador más determinante de la década que abandona y de la que llega, de dotar de carácter agresivo y vertical al juego del Barcelona. Messi y el Barça son una asociación inevitablemente ganadora, entendiendo al Barça como una espléndida generación de jugadores extremadamente competitivos, concienciados, conocedores de sus virtudes y en posición de hacerlas prevalecer frente a las de su rival. No hay mayor virtud en el deporte que la capacidad infinita y recurrente de ser mejor. Y el Barça es uno de los pocos equipos en la historia capacitado para ello.

Entra el conjunto culé en el club de las cuatro coronas continentales y con su tercer título en seis años confirma su hegemonía en Europa durante los últimos años. Enfrente se encontró de nuevo un United excesivamente desnortado, sin recursos más allá del combate agresivo y rudimentario que por momentos volvió a inquietar a Valdés durante los primeros minutos. Ya en la rueda de prensa, destinado a la derrota ante un equipo invariablemente ganador, Ferguson, escocés airado al que difícilmente se le encuentra en un renuncio, afirmó sin paliativos que aquel era el mejor equipo que había visto jamás durante su cuarto de siglo como entrenador. Viniendo de un tipo que ha ganado más de una decena de ligas en Inglaterra y dos Copas de Europa son palabras a tener en cuenta. Aunque en realidad se trata de otra ristra de elogios que se suman al ya extenso palmarés del Barça, de este Barça capitaneado por Puyol y dirigido por Xavi, en este campo.


No hay novedad. El Barça ha conseguido de la excelencia la rutina y sólo por eso merece un aplauso y la rendición incondicional a su estilo en todo el universo fútbol. Guardiola y sus jugadores tienen una ideología y la aplican con fervorosa devoción. Independientemente de que se concorde con ella o no —es una ideología y como tal no vale nada más allá de la afinidad que cada uno quiera darle— es de inevitable admiración el tesón con el que la ejercen. El Barça tiene una idea y vive o muere con ella. Por el momento le ha tocado vivir. Quizá aún sea pronto para apreciar con profundidad lo logrado por esta generación de jugadores, que cabalgan cada temporada a lomos del éxito con absoluta normalidad, desmitificando la gloria, con toda la felicidad y todo el riesgo que ello conlleva. Quizá, decía, sea temprano para valorar en retrospectiva las gestas de este equipo. Hace seis años al Barça se le reprochaba escasez de bagaje europeo, una tez perdedora en los momentos de la verdad más allá de aquel oasis de Wembley firmado por Koeman. De la noche a la mañana, en menos de una década, el Barça está ya en la segunda fila por detrás de Liverpool, Milan y Real Madrid.

Tal fugacidad le ha llegado al Barça relativamente prolongada en el tiempo y en dos ciclos diferenciados: el de Rijkaard y el de Guardiola. Lo cual es aún más admirable. El Barça se ha sabido reconstruir para seguir en el mismo sitio. Es una hazaña a la altura tan sólo de los grandes equipos de la historia. Con todo ello, en este alegato que puede parecer póstumo, al Barça le sobran años por delante porque gran parte de la base de su equipo sigue siendo muy joven y se mantiene en una forma excelente. A excepción de Xavi o Puyol, el resto del equipo tiene aún mucho futuro por delante, y observando a tipos como Giggs o Scholes cuesta no decir lo mismo de los dos canteranos catalanes. Es decir: el año que viene habrá más si ningún equipo es capaz de crear un sistema de juego que frene la marea combinativa del Barça. Y al siguiente más. Y es posible que al siguiente más. No se le adivina ocaso al Barça y el culpable de ello es Messi, jugador celestial empeñado en ser irrepetible cabalgando a lomos de un conjunto ya, no hay duda, bañado en leyenda.

Imagen | El País

sábado, 28 de mayo de 2011

El asalto a la cuarta orejuda


Pablo Orleans | Último asalto de la temporada. El Barça tiene ante sí la posibilidad de conquistar el póker de Champions con una jugada magistral, en un tapete simbólicamente atractivo para el barcelonismo y ante un rival de los fuertes, un Manchester United todavía herido, eterno rencoroso, tras el golpe que los azulgrana de un novato Guardiola les asestaron en Roma, en la eterna capital italiana de inmensos coliseos y pasado glorioso. En esta ocasión, los red devils esperan cerquita de casa, en su patria, devolver el golpe recibido hace dos años y un día con la consecución de la tercera Copa de Europa de Sir Alex Ferguson, ese estratega escocés con aires de inglés ebrio. El Dictador del banquillo rojo le guarda una al Barça pero, sobre todo, se la guarda a Guardiola.

Mientras tanto, el técnico del FC Barcelona llegó a la ciudad inglesa con todos sus efectivos disponibles. El once que todos nos conocemos de carrerilla plantará cara en la alfombra de ese glorioso estadio donde, una vez, el Barça conquistó Europa. Aquel zarpazo de Koeman en el minuto 111. Aquella falta embarullada contra la Sampdoria sobre Eusebio al borde del semicírculo del área. Aquellas excelentes vibraciones cuando Ronald, el 4 del Barça atulipanado, cogía el balón con las dos manos y lo plantaba con mimo sobre el verde de Wembley. Aquel silencio previo. Aquellos corazones taquicárdicos. El miedo italiano contra la esperanza española. Esa carrera en la que todo el barcelonismo cogió aire. Aquellos dos pasos y medio frente a tres blucerchiatis y ese golpeo mágico. Seco pero dirigido, el misil que salió de la bota derecha del central holandés rozó el palo impidiendo al gran Pagliuca llegar a tiempo, convirtiéndolo en un espectador de lujo, en un protagonista derrotado.

La suerte está echada. Las aficiones, con las caras pintadas, las bufandas en el cuello, con bombos y banderas y un millón de razones para creerse ganadores, poblarán las gradas del nuevo Wembley para ayudar a sus equipos a conseguir la orejuda más valiosa, el trofeo más deseado. Sobre el terreno de juego, las miles de ilusiones de quienes no quieren perder, se unirán a las sudadas casacas de los futbolistas y juntos revivirán, como en aquel 20 de mayo de 1992, una jugada in extremis, un despiste fatal o una genialidad esperada, para llevarse la gloria o el vacío reconocimiento de ser un segundón. Que gane el fútbol, que gane el espectáculo. Pero, sobre todo, que gane el Barça.

Imagen | Gradas

viernes, 13 de mayo de 2011

El Barça consigue «la esperada»


Pablo Orleans | Puede parecer prepotente. Puede, incluso, parecer excesivamente exigente. Aún así, no es despreciar el título liguero, ni mucho menos. Pero ganar la Liga, sin una victoria y tras tantas oportunidades por delante, no llena al barcelonismo. El Ciudad de Valencia no era el estadio perfecto y la celebración no era plena. Las oportunidades se perdieron hace una semana y media, cuando la derrota blanca en el Bernabéu ante el Zaragoza dejaba en bandeja el alirón culé en su próximo encuentro en casa si ganaba en Anoeta. Las dudas sembraron el infierno y la Real se llevó una victoria discutible y fácil ante un Barça —B— cómodo y centrado en Europa.

Así, tras la victoria en el derbi catalán, las opciones pasaban por Valencia. Los granotas del Levante esperaban a un Barça plagado de figuras y concienciado en sentenciar, de una vez, una Liga con propietario fijo desde hace algunas semanas. La tercera consecutiva asomaba desde hacía tiempo pero no daba el paso firme hacia adelante para llenar canaletas por segunda vez en una semana. Los jugadores, protagonistas de una celebración necesitada, respondían con agrado a los numerosos culés de Valencia para terminar la noche con los miles que esperaban en Barcelona.

A un paso del doblete, la temporada del FC Barcelona puede ser ovalada. Me explico. Con la Liga en el bolsillo, los de Guardiola esperan a Wembley para el asalto a la cuarta orejuda de su historia. La nota discordante de la Copa achata los polos de esta temporada redonda para no hacerla tan perfecta. A pesar de que todavía queda un partido para la gloria, nada se puede reprochar a un grupo de ases que han coincidido en una época y en un grupo difícilmente igualable. Mientras el Madrid hace cantera a base de talonario, los culés disfrutan en familia de la tercera —consecutiva— victoria liguera de sus pupilos.

El fútbol premia a los valientes. El fútbol premia a los atrevidos, a los superdotados, a los humildes y trabajadores. Y el Barça, este Barça para la historia, lo tiene todo para ser el más galardonado. El atrevimiento de jugar a un estilo imposible, perfecto, preciso y eficaz. De mimar el esférico con sublimidad y controlar el juego en todo momento. De apostar por los de casa, por una filosofía trabajada y por un estilo estudiado concienzudamente. La perfección se trabaja, y eso es algo en lo que los integrantes de la plantilla azulgrana tienen un máster. Trabajan con humildad para seguir haciendo lo que más les gusta. Trabajan con seriedad sin preocuparse por los arbitrajes, por los errores ajenos ni el beneficio propio a base del perjuicio del prójimo. La pócima, bien guardada bajo llave en la hucha de La Masía, reposa con la receta esencial para crear genios y unir mentalidades. El fruto se convierte en ligas; en finales de Copa y de Champions consecutivas. En celebraciones que, prontas o tardías, vuelven a poner —año tras año— al barcelonismo en la cumbre del balompié. Enhorabuena Barça.

Imagen | El País

miércoles, 4 de mayo de 2011

Será el Barça y será en Wembley


Andrés Pérez | Es probable que no exista mejor modo de ejemplificar el poderío del Barcelona frente a cualquier disposición táctica del rival que el gol de Pedro anoche. Cuando el Real Madrid optó en la segunda parte por adelantar agresivamente la línea de presión y buscar ahogar la salida de balón de sus centrales, éstos no tuvieron más remedio que optar por retrasar el balón para Valdés. En cualquier otro equipo esta situación se solventaría con un balonazo indiscriminado que eliminaría la presión rival a cambio de perder la posesión y atenerse a su construcción ofensiva. En el Barça no. Valdés optó por abrir a banda, con un pase largo y medido, rompiendo la línea de presión por alto y lanzando el contraataque de sus compañeros. Alves recibió el regalo, avanzó metros, buscó a Iniesta, éste a Pedro entre líneas y el canario superó a Casillas en el mano a mano. El Madrid había cambiado el planteamiento y no había servido absolutamente de nada porque seguía perdiendo.

Cuando el Madrid, en el Bernabéu, optó por retrasar sus posiciones, agazaparse en torno a la portería de Casillas, juntar líneas, sembrar minas en el centro del campo, permitir correr verticalmente a Piqué, también murió. Así pues no cabe gran reproche a un Madrid digno anoche en la derrota que apuró sus posibilidades ejecutando planteamientos diversos y mostrando una gran versatilidad —ejemplar en muchos aspectos, esencialmente en el comportamiento hercúleo de sus futbolistas—. Todo lo que intentó Mourinho, desde la defensa cerrada hasta la presión adelantada tratando de destruir el oleaje combinativo del Barcelona, sirvió de más bien poco a excepción de ese caso particular, bello, y épico que supone la Copa del Rey, definitivamente la competición más atractiva de todas en las que este año discutieron Real Madrid y Barcelona.

Sorprendió el Madrid, de nuevo, buscando cercenar los puntos de creación del Barcelona en su propio campo. Adelantó varios metros los lugares en los que sus delanteros presionarían —algo semejante a lo que consiguió en la primera parte de Mestalla— y durante diez minutos el Barça tuvo problemas para controlar el balón y superar el campo de obstáculos sincronizados y pegajosos en el que mutaban los jugadores a las órdenes de Mourinho. Pasados diez minutos de encomiable ejercicio físico del Madrid —robando, intentando distribuir, manteniendo durante cierto tiempo la posesión del balón—, el Barcelona comenzó a superar dicha presión y empujó hacia atrás las líneas defensivas del Real Madrid ejecutando su consabido y posesivo plan de dominación del balón. Es una gran virtud la del Barça: imponer su fútbol conociendo su rival de antemano el plan.


De ahí al final de la primera parte el Barcelona fue mejor, llegó más y sólo el desacierto de Pedro y Villa y las providenciales paradas de Casillas impidieron que al descanso la eliminatoria no sólo estuviera finiquitada sino que pudiera sonrojar a la defensa del Madrid, personificada en Albiol, lento, y en Carvalho, hiperactivo, muy hablador y levemente pasado de revoluciones en cada choque. Tras la reanudación la tónica fue muy semejante a la de la primera parte y el Madrid salió gallardo, altivo, apabullante en el plano físico y forzando al Barcelona a sentirse intimidado. Le disputó el balón, lo ganó por momentos y volvió a su primigenia idea de evitar que los centrales del Barcelona obtuvieran líneas de pase mediante las que abastecer a Iniesta y Xavi, piezas de engranaje entre el inicio y el fin, Messi, de todo el fútbol del Barcelona de Guardiola, preciso e infalible como pocas máquinas habidas en la historia del fútbol.

Pese a la actitud ejemplar del Real Madrid durante la segunda parte, ya sin Higuaín, particularmente pasado de peso, de nuevo imperceptible en los momentos claves de la temporada, y sin Kaka', desaparecido para la causa y sustituido por Ozil, mucho más expresivo y vivaz que el brasileño, el Barcelona volvió al primer párrafo de este artículo y con cuatro jugadores y varias yardas desangeladas que recorrer por delante anotó el primer gol del partido. Volvería el Madrid, impulsivo, a recuperar la fe con el gol de Marcelo pero no quedaba demasiado tiempo. De ahí el final el encuentro volvió a los fueros habituales de esta saga de cuatro enfrentamientos: ásperos y duros, pasados por agua para más escarnio del espectáculo. Fue un final muy decidor de todo lo que en un mes han sabido ofrecer ambos equipos. Más bien nada. Entre tanta mediocridad para lo que se esperaba relució Messi. A fin de cuentas el tipo que, en el Bernabéu, hizo posible que hoy un empate le sirviera al Barcelona. Será el Barcelona y será en Wembley, casi veinte años después de que Koeman lograra, con un tanto indeleble, que el Barcelona levantara por primera vez la Copa de Europa. Ya va camino de la cuarta.

Imagen | El País

miércoles, 20 de abril de 2011

Digan no a las ruedas de prensa


Andrés Pérez | Desde hace un par de años, coincidiendo con el deterioro progresivo de la calidad de la prensa deportiva, las ruedas de prensa se han convertido en una fuente de noticias inagotables auspiciadas por los propios periodistas. La llegada de Mourinho al banquillo del Madrid supuso para el periodismo deportivo del presente su particular Dorado. Desde entonces cualquier pregunta ha tenido un trasfondo polémico buscando alguna airada contestación de Mourinho, algo mediante lo cual crear una chispa que prenda fuego a los habitualmente ineptos columnistas de los periódicos. Mourinho jamás esquiva una por lo que la temporada ha sido un festín de noticias-rumores y confrontaciones inexistentes. Cuando dicen que el portugués sabe mantener a su plantilla al margen de las polémicas se equivocan por completo: es la prensa quien le hace el trabajo sucio. Si preguntara por fútbol no tendría más remedio que responder sobre fútbol.

Pese a las diferencias que pretenden establecer unos y otros sobre los métodos de actuación de sus respectivas cavernas, en el fondo ambas son dos gotas de agua coloreadas de forma diferente. El contagio no tardó en llegar al Camp Nou. Allí Guardiola también se ha visto repetidamente incordiado por las notoriamente estúpidas preguntas de los periodistas. La final de Copa no iba a ser una excepción. Entre las muchas preguntas que tanto Guardiola como Mourinho respondieron ayer en sus respectivas ruedas de prensa pocas tuvieron como tema preferencial el fútbol. De especial recuerdo son algunas destinadas a Guaridola como «Cuando uno se enfrenta a un equipo que tiene a Pepe, ¿se puede evitar lo que hace este jugador, rozando la violencia en el campo?» o «El discurso victimista de Madrid, que parece haber calado ¿os la bufa, como se dice vulgarmente?», ésta última formulada por un periodista de TV3.

Las ruedas de prensa se han convertido en un espectáculo circense. Han perdido el poco significado que pudieran tener —explicaciones post-partido, publicación de convocatorias, parte de lesionados, evolución del estado anímico de la plantilla, planes tácticos— y por ello mismo deben ser ignoradas. No aportan nada más allá de crispación ficticia y polémicas que tan sólo sirven para rellenar columnas y páginas vacías de contenido. Deben morir. O al menos alguien debe dejarlas morir. Si ya de por sí es soporífero escuchar la mayor parte de tópicos y frases hechas utilizadas por los futbolistas en ellas —la mayoría visiblemente incómodos—, la llegada del periodismo deportivo más sensacionalista las ha terminado por convertir en un engengro. Un monstruo que ensombrece lo que únicamente debería importar: los partidos de fútbol. Digan no a las ruedas de prensa. Por su bien y por el bien de este deporte.

Imagen | El País | Elaboración propia

domingo, 17 de abril de 2011

El maniqueísmo que aflora


Andrés Pérez | Ya de medianoche, en una conocida tertulia deportiva radiofónica, un grupo de periodistas pontificaban sobre el partido que enfrentó a Real Madrid y Barcelona con resultado de empate a uno. La mayoritaria opinión de los contertulios era que el Madrid se había traicionando a sí mismo planteando un partido defensivo y renunciando al balón, para gracia de un Barcelona combinativo y más estilizado. Entre los presentes alguno, de marcada tendencia barcelonista, llegó a afirmar visiblemente escandalizado que el césped alto y seco del Bernabéu contribuyó a empeorar el juego del Barcelona. En general, todos los comentarios se dirigían hacia una conclusión implícita: el Madrid se ha comportado de un modo indigno.

En algunas redes sociales, catalizadoras del sentir general de un perfil determinado de población, las palabras viraban en torno a los mismos argumentos y conclusiones. Algunos periodistas de justificada fama afirmaron que el Madrid traicionó su pasado y sus grandes nombres de leyenda. Muchos usuarios anónimos optaron por calificar al Real Madrid de equipo pequeño, comparando su planteamiento en el campo con el del Inter del año pasado en semifinales de la Copa de Europa. Incluso Xavi se animó en la zona mixta, después del partido, y dejó entrever en sus palabras cierto desprecio por el modo en que Mourinho ordenó a sus jugadores. Otro tertuliano contaba perplejo cómo algunos aficionados del Madrid, a la salida del estadio, recordaban ufanos cómo su equipo había conseguido más saques de esquina y ocasiones que el rival a pesar del empate y la posesión. Para dicho tertuliano que a sus aficionados les gustara su equipo no significaba otra cosa que un embrujo, la caída en la tentación propuesta por el diablo ante la imposibilidad de jugar como los ángeles del Barcelona.

El maniqueísmo afloraba y aflora una vez más. La realidad es mucho más simple que todo lo anteriormente teorizado. En realidad, el Madrid no se traicionó a si mismo, a su leyenda o a su historia, ni sus aficionados quedaron secuestrados mentalmente por Mourinho. En realidad, el Madrid jugó del único modo que puede plantar cara al mejor Barcelona de la historia. Esto es: replegándose atrás, regalando un balón entendiendo la inutilidad de disputárselo Xavi, Iniesta y Busquets, y buscando la velocidad de Di María, Ronaldo y Benzema cuando recuperara el balón. El Madrid planteó un partido de fútbol inteligente. Nada o poco tiene que ver con la falta de grandeza esto último, sino más bien con la astucia en la lectura táctica de Mourinho.


No está de más recordar, cuando se acusa al Inter de Milán de comportarse como un equipo inferior, que se habla del vigente campeón de Europa, algo que el Barcelona no es. Comienza a ser aburrido recordar, una vez más, que el fútbol es un deporte rico en matices y que entiende de diversas filosofías para alcanzar una misma meta: el triunfo. No hay ninguna mejor que otra, si acaso más bellas, siempre y cuando quede exenta la violencia. Un planteamiento ofensivo no es más legítimo que uno defensivo per sé. Hasta que no se entienda esto último el absurdo y estéril debate que surge cada vez que Mourinho se enfrenta al Barça no desaparecerá. A fin de cuentas Moruinho no hace sino aplicar el único planteamiento que ha permitido a un equipo frenar al Barça. Quienes le acusan de racanería o de cobardía le exigen al mismo tiempo que se suicide en un cara a cara mortal ante el mejor equipo del mundo.

Da la sensación que el modo de imponerse al Barça debe ser con las mismas armas que el Barça. Cualquier otra forma de buscar la victoria se entenderá como digna de club diminuto y, en caso de consumarse el éxito ante el conjunto superlativo de Guardiola, indigna e ilegítima. O lo que es lo mismo, el Inter ganó la Champions League, sí, pero-lo-hizo-de-aquel-modo, como si su trofeo tuviera menos peso que el conseguido por el Barcelona el año anterior por el hecho de haberlo obtenido de un modo antagónico. Es absurdo. Pretender llevar al fútbol a este extremo es pervertir su esencia y eliminar su belleza. Lo gracioso de este deporte no es perfeccionar un único modo de alcanzar el éxito sino trazar nuevos senderos que lleven a él y contraponerlos. Algún día se terminará exigiendo a la Juventus que juegue como los juveniles del Ajax para no pervertir el fútbol ante rivales de mayor anarquía táctica y alegría ofensiva, algo que en Italia podría causar severos problemas cardíacos a un amplio sector de la población.

La realidad, decíamos. Está muy alejada de las diatribas anteriormente relatadas. El Madrid jugó un buen partido y contó con ocasiones amplias para ganarlo. De hecho dispuso de ocasiones mucho más claras y numerosas que el Barça, incluso una vez Albiol ya había regalado un penalti absurdo a Villa y se había autoexpulsado. La lectura del partido es positiva en cierto modo para el conjunto de Mourinho: ahogó más que nunca la creación del Barça y frenó su caudal ofensivo lejos de la portería de Casillas, cercenando los disparos y las triangulaciones al borde del área. En cierto modo puesto que el Barça dio la sensación de ejecutar sus acciones sin exigirse el máximo. El empate fue un resultado justo y debió esploear la mentalidad madridista ya que puso de manifiesto algunas debilidades del Barcelona en el plano físico, especialmente en su línea defensiva. Nadie debe darse al engaño. Pese a determinados puntos de luminosidad, el Barça sigue siendo un equipo superior porque es mejor equipo. Y sigue siendo el máximo favorito en las dos competiciones restantes.

Recuerden que el ruido esconde las noticias relevantes, y la de ayer y de la que nadie habla es que la Liga está virtualmente sentenciada.

Lectura recomendada | Estilos opuestos, réditos similares (Enrique Ballester en Diarios de Fútbol)
Imagen | El País

miércoles, 13 de abril de 2011

Un más que digno Shakhtar para pasar el trámite


Pablo Orleans | Todos sabíamos que la vuelta en Donetsk, salvo catástrofe mayúscula, iba a ser un mero trámite para el Barça de Guardiola. Un partido de entrenamiento a cinco grados centígrados, lejos de casa y ante un equipo de Champions que llegó a una fase con poco futuro para su nivel. El 5-1 de la ida despejaba las incógnitas de los protagonistas de una de las semifinales de la máxima competición europea y en la diligencia de Ucrania sucedía lo esperado, lo lógico. Era la hora de probar jugadores, de dar algunos descansos —no muchos— y de sellar el pase ante el más que seguro gran rival de Madrid.

Pero las declaraciones de Pep tras la goleada en el Camp Nou hace apenas una semana no estaban infundadas en falsa modestia. El equipo debía conservar la competitividad, la seriedad de la Champions y la concentración para rematar la eliminatoria y no pasar apuros. Y es que, frente a los azulgrana —de verde en las gélidas tierras ucranias— estaba un Shakhtar que se plantó en su bello estadio dispuesto a morir matando, a vender cara su eliminación. Con el mismo espíritu del Camp Nou, sin ningún tipo de complejo y jugando con criterio el esférico estrellado de la Champions, los de Lucescu demostraron ser un excelente conjunto de filosofía inquebrantable.

La valentía naranja y el aliento de sus atrevidos aficionados volvieron a despistar constantemente a la zaga culé. Sin Puyol, el Barça sufre. Ni Busquets ni Milito suplen con todas las garantías la baja del capitán. El de Badía, acoplándose a su nueva y circunstancial posición, no termina de cuajar en la dupla con Piqué. Con él, mientras el Barça gana en la salida del balón, pierde en contundencia y velocidad en el repliegue. Con Milito, las carencias son latentes y el argentino no está en un buen momento. Las lesiones se cebaron con él en el mejor momento de su carrera y el central todavía está pagando las consecuencias.


El Shakhtar tomó la iniciativa. Los ucranianos, lejos de arrugarse y buscar el empate ante sus aficionados, se apropiaron del balón y buscaron constantemente el hueco libre en los dominios de un Valdés pletórico y en un estado de forma envidiable. Los locales, perfectos en la elaboración, pecaron de fallones en la finalización. Así, las internadas naranjas se sucedían y el Barça buscaba con titulares y sin éxito la habitual autoridad del esférico. Hasta que apareció Messi y el rumbo del encuentro dio un giro considerable. El 0-1, golpe cruel para los de Lucescu que veían, incrédulos, como el marcador se tornaba en su contra tras mucho trabajo realizado. Todo el esfuerzo, esfumado en un latigazo del mejor.

Y así, prácticamente con el trabajo hecho, se llegó al descanso y el descanso llevó el partido a una segunda mitad de más trámite —si cabe— en la que Guardiola dio descanso a Piqué, Xavi y Villa pensando en el Madrid. Los ucranios, inagotables, lo siguieron pretendiendo sin éxito pero con mucha fe. Y es que, hoy por hoy, y para derrotar a este Barça, hay que tener mucho más que fe para conseguir arrebatarle una victoria o la eliminatoria a unas semifinales de la Champions. El Madrid será el próximo rival. De momento, los culés ya llevan un intenso entrenamiento de ventaja.

Imagen | El País

jueves, 7 de abril de 2011

La casi excelencia asegura el clásico


Pablo Orleans | Lo esperado se asegura. El Barça - Madrid de semifinales de la UEFA Champions League está, salvo catástrofe mayúscula, más que hecho. Los cuatro de diferencia, simétricos al trabajo del Madrid ante los ingleses, los ha repetido el Barça, eso sí, no sin riesgo, sufrimiento, ni esfuerzo. Es más, los ucranios del Shakhtar, bien plantados en la alfombra del Camp Nou, llevaron el peligro más de lo que hubiera o hubiese deseado un seguidor culé. Más de lo que hubiere imaginado. La táctica de Lucescu, como el agua. Con un inicio fulgurante en el que la agobiante presión visitante impedía el buen hacer de los de Guardiola, el conjunto ucraniano presionaba con ánimo de lucro y conseguía aumentar la presión sanguínea de la máxima competición europea a los corazones azulgrana.

El trío atacante de los tigres, formado por un activo errante Luiz Adriano en punta, bien escoltado por dos veloces figuras llamadas Douglas Costa y Álex Teixeira, comandaron bien un ataque en el que sólo falto precisión para pasar, controlar y rematar una faena inquietante. Pero apareció Andresito y apagó la llama de la ilusión. Desde aquel insignificante momento, en el que el marcador decantaba el choque en favor de los locales, la estrategia —minuciosamente preparada durante el duro trabajo semanal—, se desvanecía en segundos tras un desafortunado despeje que cogió el que menos debía y que apuntilló con perfecta finalización. De ahí en adelante, once jugadores por detrás del balón auguraban un asedio continuo con contragolpes varios y búsqueda del acierto arriba. No funcionó.

El Barça, fiel experto donde los haya, siguió a lo suyo. Toque, toque, toque y más toque. El balón corría de un lado para otro y el encuentro se asemejó por momentos a un partido de fútbol sala a lo grande. Los rápidos recorridos del balón y la precisión en los desplazamientos desubicaban al rival y mantenían un control total que cojeaba cuando el aburrimiento rozaba lo cómico. El exceso de posesión, repetitivo y monótono, desconcentraba incluso al Barça. El fútbol semihorizontal, envidiable y exquisito, tiene su momento excitante en el preciso momento del desmarque. El pase llega solo. Alves, Villa o Messi buscan el hueco. Xavi, Iniesta o Messi conjugan el pase. Todo rodado. El segundo, perfecta maniobra milimétrica con final feliz.


Tras el descanso, Piqué completó la estrategia de Pep poco antes de que el magnífico zurdazo de Keita apaciguase la alegría ucrania con el accidente de Rakitskiy tras fallo de marcaje de «el jefecito». Cuando todo estaba hecho, cuando la ventaja global era evidente y cuando la fiesta estaba completa en el Camp Nou, Alves inventó una última asistencia para intercambiar papeles con Xavi y abrir las palmas de los culés mostrando el gesto que un día hizo Piqué. El 5-1 final asegura el pase. Diferencia de cuatro goles para ir a Donestk tranquilos, sin Iniesta y con un Messi en blanco crispado, con hambre de gol.

Se han cumplido los pronósticos. El Barça - Madrid se jugará a finales de abril. Cuatro partidos en apenas tres semanas que decidirán el futuro próximo de merengues y culés. Los unos, a seguir manteniendo el nivel de los últimos años acompañando el juego con títulos. Los otros, a volver a esos años gloriosos en los que mandaban en el viejo continente. Y sólo un ganador. Uno para llevarse la gloria en España y Europa. Uno para disfrutar del presente y rentabilizar el futuro. Ya se han abierto las apuestas, ¿quién se llevará el gato al agua?

Imagen | El País

miércoles, 9 de marzo de 2011

Marcar cuatro goles, recibir un único disparo y sufrir hasta el último minuto


Pablo Orleans | A la tercera va la vencida. Eso debían pensar Wenger y sus secuaces tras el favorable resultado de la ida y el balance contrario de los últimos años. Ni en 2006, en la finalísima de París; ni en 2010, en una eliminatoria con vuelta catastrófica para los gunner. Un año después, el destino volvía a cruzar a Cesc con su equipo. Un año más tarde, el políglota francés tenía en bandeja una revancha encarrilada. Nada. El Arsenal, equipo joven, con calidad y velocidad, saltaba al Camp Nou asombrado ante tanto bullicio. Sus caras lo decían. El Arsenal, un proyecto que —como bien comentó Andrés Pérez y adelantó Víctor Úcar— es una idea romántica de Wenger, se agazapó atrás y aguantó con un fútbol atípico al que no está demasiado acostumbrado. La defensa como base de su juego. El contragolpe como una buena oportunidad.

El Barça, fiel a su patentada filosofía del toque y el juego raso imperativo, tomaba las riendas de un encuentro tenso para todos en el que el Arsenal guardaba posiciones con una estrategia tan poco sorprendente como defensiva. La situación de Robin «el insólito» Van Persie en punta presagiaba un choque lleno de idas y venidas, de balones largos y peligro constante. Su fugaz recuperación, la ajustada convocatoria y la titularidad esperada, hacían del tulipán el arma sorpresa de Wenger mientras los de Guardiola seguían a lo suyo. La posesión se volcaba del lado culé y las ocasiones, poco a poco aparecían como un ejemplo de necesidad. El pesado paso de los minutos giraba en torno a un domino claro sin marcador definido. Los azulgrana apretaban, pero el muro defensivo gunner se mostraba rígido en las acometidas del denominado MVP, Messi, que no cesaba en sus intentos fallidos.

El objetivo inglés se acercaba. Muy fiel a la mentalidad anglosajona, los metódicos londinenses veían en su resistencia del ecuador la clave para tener media eliminatoria ganada. Pero al filo del descanso, cuando el líder francés se frotaba las manos y pensaba en el discurso a los suyos en el vestuario, una iluminación del genio culé con el 8 a la espalda, dejaba en bandeja el esférico a Messi. Éste, en una complicación digna de un astro —o loco— del balompié, regalaba a los espectadores del Camp Nou un hermoso gol que les mandaba directamente a los cuartos. Con 45 minutos por delante, la eliminatoria estaba encarrilada, los ánimos elevados y la cena servida para disfrutar del segundo acto.


Falta de visibilidad. Así se puede resumir el accidentado empate del Arsenal. Balón al área botado desde la esquina, trío culé al salto y, Busquets, completamente tapado, hace de ése el único disparo legal del Arsenal. Pero —tristemente para el fútbol y para la victoria del Barça— entró en escena el protagonista de la noche. Massimo Busacca, el controvertido colegiado suizo, dejó destellos de su irregularidad. En primer lugar, por no señalar un posible —e ignorado por TVE— penalty sobre Messi. En segundo lugar, por expulsar de manera excesivamente rigurosa a Robin «el alterado» y dejar con uno menos a los de Wenger con lo que ello conlleva. El trencilla, exageradamente severo y legal. El holandés, atontado donde los haya y realizando el primer y último disparo inglés de la noche que le llevó prematuramente al vestuario.

A partir de ahí, el Barça dominó —más si cabe— el encuentro y sitió el área londinense con rapidez, internadas, movimientos y verticalidad hasta que, de nuevo el genio Andrés, combinó con Xavi y éste con Villa, que dejó solo al capitán para batir a un Almunia suplente-salvador. Pero la prórroga, si bien servía a los ingleses, no a los culés que siguieron volcados sobre la puerta gunner hasta que una zancadilla en terreno hostil mandaba el balón a los once metros para que Messi pusiese el 3-1 final. Bendtner tuvo en sus botas el 3-2 a falta de cuatro minutos, en un error defensivo incomprensible, que no supo aprovechar y que no habría hecho justicia, objetividad en mis palabras, para un equipo que llegó, especuló con el resultado y se va con la sensación de robo a la isla. Wenger dijo: «Busacca ha matado el partido. La expulsión de Van Persie ha sido frustrante», a lo que Guardiola respondió: «no han dado tres pases seguidos. Si ellos creen que la razón ha sido la expulsión de Van Persie no llegarán lejos y siempre se quedarán a las puertas de todo». Sólo los grandes llegan lejos. Los especuladores se quedarán siempre en el camino.

Imagen | El País

jueves, 17 de febrero de 2011

Todo o nada en el Camp Nou


Pablo Orleans | No es hora de lamentarse. El FC Barcelona hizo 79 minutos dignos, dignos de su clase, de su estilo de juego y de su forma de entender el fútbol. Jugó fiel a su filosofía, a la de un grupo y un club que respeta el balón, que respeta el fútbol y que hace fluir el esférico como fluye el agua por un río bravo, sin presa que corte su curso. Pero la presa que amansó el caudal de un cauce azulgrana se llamó Arsenal. 79 minutos de espera, de acercamientos ingenuos, sin demasiado peligro. 79 minutos que se tradujeron en peligro en un par de veces contadas. Pero un magnífico Cesc Fábregas, junto con una pareja de delanteros como Walcott y Van Persie en la retaguardia apantanaron el fluir libre de un juego culé que no desmereció en el Emirates y que volvió a dominar un césped hermoso acompañado de una gran afición.

Pero no todo es dominio. El dominio se corta de raíz con rebeliones como la de los pupilos de Wenger. El francés ganó la partida de los suplentes a Guardiola y superó a un Barça acomodado en una segunda mitad en la que no todo estaba dicho. Y vaya que no. Mientras el catalán hacía cambios pensando en una placentera vuelta en el Camp Nou con su afición, Arsène arriesgó y sacó un elenco ofensivo que enturbió las claras aguas del Barça. Mientras Pep daba descanso a Villa intentando sujetar el marcador con la entrada de Keita, el coach del Arsenal ponía en el campo a Bendtner y Arshavin dando mucha frescura al equipo y quitando a un trabajador y eléctrico Walcott y a un duro —y probablemente mal ajusticiado— Song.

El partido dio un vuelco inesperado. El gol inicial de Villa no hacía presagiar una debacle final de tales características. El Barça controlaba y manejaba el tempo del choque a través de Xavi mientras los dirigidos en el campo por Cesc corrían tras el cuero como pollo sin cabeza. El contragolpe parecía el único recurso que podían utilizar los gunners y la eliminatoria parecía muy bien encarrilada. Nada más lejos de la realidad. El frío iba haciendo mella en un equipo culé que se empezaba a acomodar en la suave alfombra londinense mientras los locales se rearmaban para comenzar la última ofensiva. Matar o morir en el intento. Jugaron y ganaron.


El cañonazo de VanGoal, el nuevo hombre de hielo, calentó unas gradas hambrientas de venganza por tantos duelos perdidos ante los azulgrana en los últimos tiempos. El palo corto, tarea de Valdés, quedó desprotegido y el holandés la ajustó haciendo estallar el Emirates en un grito uniforme que congeló a los de Guardiola. A partir de ese momento, sufrimiento. El Barça, desdibujado sobre el terreno de juego, demostraba la tremenda debilidad y mortalidad de los que parecen inmortales. Sin centro del campo, y con una defensa languidecida —hay que destacar la tremenda labor de un Abidal magnífico en el centro de la zaga— llegó el segundo —obra de Arshavin tras una perfecta combinación— y lo placentero se tornaba desapacible. En la vuelta habría que trabajar más de lo esperado.

Una derrota que no puede minar la moral del FC Barcelona. El éxito se basa en saber levantarse tras una dura lucha de tú a tú y en convertir esa decepción en un triunfo logrado a base de trabajo. Eso es lo que deben hacer los de Guardiola. Levantar la cabeza y pensar que en el Camp Nou, ante los 99.354 espectadores que llenarán el estadio y rugirán con fuerza ante los ingleses, se va a remontar el resultado adverso de la ida. El juego del Barça deberá fluir en donde mejor sabe hacerlo. La filosofía heredada de Cruyff y Rexach hay que mostrarla en la vuelta. Que se note que es el equipo que mejor fútbol hace de Europa. Que se note el gusto por el buen fútbol. Qué mejor que ante un rival de la entidad y mentalidad del Arsenal. Que mejor que en casa, ante tu público. Nada vale más que eso.

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martes, 30 de noviembre de 2010

La perfección arrolla al Real Madrid


Andrés Pérez | Los hagiógrafos a un lado y otro de la línea que, en apariencia, separa el bien del mal, aventuraban un partido espectacular. El del siglo, una vez más, pero esta la definitiva, los dos mejores jugadores del mundo frente a frente, los dos mejores entrenadores cara a cara, dos filosofías contrapuestas, dos formas de entender el fútbol, el juego, la competición, la vida, en suma. Eso decían, eso aparentaba el excelente partido de lunes que confrontaba a Barcelona, segundo, a un punto del líder, y Real Madrid, invicto en Liga hasta anoche. Nada de eso sucedió. Nada de eso, que nos contaban, era cierto. De hecho, sobre el campo tan sólo existió un conjunto: el Barça, poético como en las mejores ocasiones, perfecto, sutil, letal en la definición, metálico en la contención. Todo ello apagó un encuentro por el que se justifica toda una Liga, o eso nos dicen.

Recuerden que entre los dos conjuntos de anoche suman 280 millones de beneficios gracias a los derechos televisivos. Recuerden que, esta enorme cantidad de dinero que se embolsan, queda justificado por las millonarias audiencias que genera el encuentro, por el sublime espectáculo futbolístico que nos van a ofrecer. Sin duda, por la maravilla futbolística representada en los dos mejores equipos del mundo, del universo, de la Historia y de todo habido y por haber. Tampoco, esto último, parece ser real: el partido no tuvo emoción alguna, o no más allá de un ejercicio de superación personal por parte del Barça, para deleite de sus aficionados.

Para pasmo del espectador neutral. El Madrid, simplemente, se borró del mapa. Tampoco cabe interpretar en clave de temporada el partido de anoche: este Madrid, el mejor de los dos últimos años que llegaba al Camp Nou, no es el equipo deshilachado, psicológicamente débil e incapaz que sucumbió ante el conjunto de Guardiola. En el duelo de filosofías, que no lo es tal, una se impuso a la otra por el simple hecho de que una se puso en práctica. No es que el juego preciso, combinativo y abrumador del Barça definiera esta batalla atemporal entre un estilo u otro, es que el Madrid apenas presentó resistencia o argumentos con los que defender su forma de entender el fútbol.

Arrasado por completo por Xavi, excelso en la construcción, al Barça le bastó con tener una noche inspirada. A decir verdad, su noche más inspirada desde que comenzara la temporada. El gran mérito de este conjunto es saber rendir en los momentos decisivos, el de dar lo mejor de sí mismo cuando la oportunidad lo requiere. Más allá del talento, ese gen competitivo que atesora toda una generación de canteranos en la Masía es la que define los campeonatos, la historia. Ayer un equipo compitió con todas sus virtudes y defectos. Otro no lo hizo. El resultado es un evidente cinco a cero.

No significa, no obstante, este hecho que el Madrid esté cinco peldaños por debajo del Barça. El partido tiene que ser analizado en su contexto, en su justa medida: situación puntual por las circunstancias en las que se ha desenvuelto el juego. Por descontado, el Madrid de Mourinho es inferior al Barça de Guardiola, o al menos lo fue anoche. Es decir, el Madrid, este Madrid, aún no sabe compartir en situaciones de máximo rendimiento, algo que el Barça porta como seña de identidad. En cualquier caso, la de anoche no es la diferencia real: el potencial del Madrid se ha demostrado más alto y, de hecho, cuesta imaginar que el Barça termine esta temporada, por ejemplo, con dieciocho puntos de ventaja, seis victorias por encima del Madrid.

Sea como fuere queda felicitar a un Barça espectacular. Fascinante en todos sus aspectos, legendario. Los adjetivos se quedan cortos porque ya se han despachado en infinidad de ocasiones.

Cabe preguntarse, eso sí, si merece la pena adulterar toda una competición por un partido como el de anoche. Por un enfrentamiento que, les digan lo que les digan, les cuenten lo que les cuenten, sigue siendo otro partido de fútbol más, que asegura de antemano la misma emoción, el mismo espectáculo, la misma vibración que el resto de partidos de fútbol de la Liga: ninguno.

Imagen | El País

jueves, 29 de abril de 2010

Mourinho es estratega, no poeta

Andrés Pérez | En España nos rasgamos las vestiduras: un equipo de preeminencia defensiva, anclado alrededor de su portería, desechando cualquier posibilidad de ataque, eliminó al mejor equipo del mundo. Más allá del mero calificativo trivial: eliminó al conjunto que el año anterior lo había ganado todo, al de la perfección en el dominio de los conceptos ofensivos básicos. Antes de dilapidar lo que muchos erróneamente conciben como anti-fútbol conviene intentar recordar sólo cinco equipos que, planteando el mismo partido que el Inter, hayan conseguido tumbar al Barcelona.

El Inter ha alcanzado la final de la Copa de Europa por méritos propios. Parapetado en torno a Julio César, Mourinho supo leer la eliminatoria mejor que Guardiola, o al menos supo aplicar mejor su objetivo sobre el terreno de juego. Recuérdenlo: en la ida el Inter marcó tres goles en seis ocasiones, presionó arriba, no se amilanó y venció con todo el merecimiento al Barcelona. Dicha ventaja le permitía ayer plantear una defensa férrea y un rechazo frontal al juego ofensivo. Porque caer en la hipocresía es el pecado de la soberbia: si el Barça es el mejor equipo del mundo, la única vía posible de victoria es lo que el Inter hizo ayer. Compartir tal axioma y rechazar la actitud del conjunto de Mourinho es dar la espalda a la coherencia.

Cabe aplaudir al Barça, que duda cabe. Jugó mal, pero el Inter le forzó a ello. Más allá de eso, murió con de pie e intentando ser fiel a su estilo a pesar de la imposibilidad manifiesta de serlo, o al menos de serlo al mismo nivel al que nos tenía acostumbrados, dada la perfección defensiva interista. No es un fin de ciclo, ni una mancha en ningún historial; no se trata de olvidar méritos pero tampoco de caer en la inquinia impotente de algunos otros: este Barça es igual de grande haya caído o no ante el Inter.

Desde el elogio al Barcelona de Guardiola hay que enfrentar el mérito absoluto del Inter. Cuentan que defender es más sencillo que atacar y hay que creerlo puesto que así está estipulado en España, enamorados como estamos del fútbol de combinación y ataque de la selección o del Barça. Pero no ha de ser necesariamente cierto. El Inter anoche dio una lección de cómo defender: coberturas, ayudas, concentración en todo momento, falta de errores, intensidad y sacrificio. Mantener tales aptitudes durante 90 minutos es una tarea que merece reconocimiento. Es cierto, no es bonito, pero no es menos cierto que porque su vistosidad sea escasa no sea complicadísimo.

Tachan ahora a Mourinho de racanería y maquiavelismo. También mentan a su madre. Mourinho será todo lo que la prensa mediática y la opinión pública desee, pero no es un poeta. Aplica las armas que tiene en todo momento a la perfección tras la lectura idónea de cada situación. Mourinho es un entrenador pragmático con un abrumador dominio de los conceptos tácticos. Tales cualidades le convierten en un estratega. Si necesita atacar lo hace y lo consigue; si necesita defender destruye espacios; si necesita contragolpear juega con dos extremos y un lanzador; y, si necesita no atacar para llegar a la final de la Copa de Europa con un equipo que no la alcanza desde el 65, no ataca.

Porque Mourinho es un estratega, no un romántico. Y no por ello debemos odiarle, sino más bien admirarle.

Lectura obligada | Mourinho: sobre méritos, justicias y racanerías (Planeta Axel), El Inter de Mourinho elimina al Barcelona (Diarios de Fútbol),
Imagen | RTVE, Marca

miércoles, 21 de abril de 2010

El arte de la presión adelantada


Andrés Pérez | Cuando Balotelli se desquitó de todo el odio interno que alberga, aún no se sabe exactamente hacia qué, el partido ya había finalizado y Materazzi le esperaba en la puerta de los vestuarios. Lo que sucedió dentro lo cuenta Ibrahimovic, una vez más apagado en el campo, sin chispa, indolente, perezoso, despreocupado: "Materazzi ha atacado a Mario en el túnel de vestuarios; no había visto algo así en toda mi carrera. Tendría que haberlo dejado y haber salido a celebrar. Si me llega a hacer algo así a mí, lo tumbo".

Zlatan amenaza pero sus palabras se las lleva el viento. No infunde respeto como delantero del Barcelona, hasta el punto que Guardiola, en un ataque de entrenador extraño en él, sustituyó al sueco por Abidal. Perdiendo, colocó a un lateral izquierdo por un delantero. Bojan observaba desde el banquillo cómo Messi jugaba para sí mismo, Xavi se desesperaba en busca de apoyos y Pedro intentaba maravillas imposibles desde la posición de delantero centro.


El Barça sucumbió a la locura del Inter en San Siro. Tras diez minutos de dominio inocuo visitante, Mourinho mandó adelantar líneas. La agresiva presión en el medio de Cambiasso y Motta, dos medios sin creación pero con espíritu, y el incansable trabajo de Pandev y Eto'o en los extremos ofuscó la salida de balón de Puyol y Piqué, obligados constantemente a jugar en largo. En los balones aéreos perdió siempre el Barça, amilanado por el poderío físico de Lucio y Samuel, centrales de peso pero sin talento para jugar el balón.

Así el partido tornó en un correcalles donde el Inter, a pesar de recibir el tanto inicial, venció con justicia. Leyó mejor el partido. De hecho, jugó el partido que propuso. Su idea venció ante la del Barcelona, cuya posesión fue estéril en un ejercicio desesperante de pases cortos y horizontales frente a un muro. Podrán acusar al árbitro: no es óbice, el Inter siempre mereció más; podrán tachar al Inter de catenaccio, palabra estrella cuando un equipo español juega frente a los neroazurri: mentirán puesto que el conjunto de Mourinho jugó al ataque.

A su manera. Buscando la presión y el robo rápido, pero con las líneas adelantadas. Sneijder lanzó los ataques vertiginosos, sin tiempo apenas para pensar, y el trío de delanteros se encargó de desgastar la defensa del Barça, ayer caótica. Diego Milito se movió con inteligencia y Eto'o diseminó sus esfuerzos entre la defensa y el ataque de prodigioso modo. Así venció el Inter 3-1. Hacía mal el entorno del Barcelona en desmerecer este equipo, y se demostró.

Vía | El País
Imagen | RTVE

martes, 13 de abril de 2010

Xavi Hernández Creus

Andrés Pérez | Al Barça se le entiende y se le define por Xavi Hernández Creus. El ordenamiento táctico en el campo, la forma ofensiva que toma el conjunto baulgrana en cada partido, obedece al ordenamiento mental, prodigioso, sensorial, de Xavi. Su percepción a lo largo y ancho del terreno de juego, su maduración lenta de la defensa rival, todo, quedó resumido el pasado sábado en el Bernabeú.

Es Messi el señalado como el hombre clave; se trata Guardiola del bautizado como arquitecto de este Barcelona histórico; pero su aspecto es el alma de Xavi. Xavi entiende el fútbol como una partida de ajedrez en constante movimiento, y en la capacidad para anticiparse a los movimientos de las defensas rivales descubrimos el porqué de las largas triangulaciones ofensivas del Barcelona. Una apertura a Alves no es una mera apertura, es el movimiento previo de una posterior jugada más hostil.

Cuando Messi agarró el balón tras recibir la falta de Ramos y se la dio a Xavi el Madrid estaba ya sentenciado. Un toque sutil en forma de globo por encima de Albiol bastó para que Messi controlara con el pecho y fusilara a Casillas sutilmente. Ya en la segunda parte Pedro amagó el desmarque y Xavi adivinó el espacio a la espalda de Garay. Las cámaras enfocaron a los goleadores, pero el tanto se originó en la materia gris del cerebro del de Terrasa.

Venció el Barça y pudo haber marcado dos más en otros dos balones de Xavi al espacio. El fútbol se juega en los espacios: la sincronización del cerebro de Xavi y de la disposición de los futbolistas a su alrededor en el campo los entiende como pocos privilegiados en la historia de este deporte. Su letanía, su particular partida de ajedrez cada tarde, es silenciosa. No acapara titulares, tampoco las cámaras le buscan. Y sin embargo, detrás de cada gol de Messi o de cada control de Ibrahimovic se esconde la mente de Xavi. La mente que prevé las genialidades de otro y que las posibilita.

Imagen | RTVE

miércoles, 24 de febrero de 2010

La oportunidad que no fue del Stuttgart

Andrés Pérez | Es una obviedad que casi ni merece la pena comentar: el Barça atraviesa un bajón físico notable. Como casi en todas las facetas de la vida, el bajón físico viene dado a su vez por cierta temeridad psicológica, quién sabe si una pérdida de confianza. No conviene, en todo caso, hacer de la derrota ante el Atlético, el pobre partido a pesar del resultado ante el Racing y la primera parte ante el Stuttgart ya en Champions ningún drama.

Como equipo que ha rozado la excelencia, cualquier cosa que no sea una victoria amplia con un abrumador dominio estilístico sobre el terreno de juego será motivo de suspicacias. No debería ser así, todos lo sabemos, pero lo es. Advirtió Guardiola: "jugando así no se pasan unos cuartos de final de la Champions". Llevaba parte de razón. El Stuttgart es un equipo competitivo y así se mostró anoche, ahogando al Barça durante todo el primer periodo con un Cacau hiperactivo y peligrosísimo. Xavi e Iniesta erraban pases, Messi perdía balones en la conducción y el cómputo de desorden lo representaba un Márquez escandalosamente débil atrás.

En tal tesitura el Stuttgart, sin jugar a gran cosa pero con la virulencia de los equipos alemanes cuando observan a su presa débil, se lanzó hacia la portería de Valdés, quien le ahorró al Barça, de nuevo, y demostrando que ha de ir sí o sí al Mundial, un disgusto mayor. Marcó Cacau tras un espléndido centro de Gebhart y el Barça se fue al descanso absolutamente noqueado.

La bronca en el descanso debió ser notable por parte de Guardiola. La segunda parte fue diferente. El Stuttgart se arropó atrás y dejó de lado los insistentes martillazos ofensivos que atestaba a la defensa baulgrana, esperando un contraataque. En esa tesitura le tocó a Xavi de nuevo echarse el equipo a las espaldas y, ya con el dominio del balón, el Barça se abrió buscando el empate. Llegó en una polémica jugada de la que Relaño, para no variar, habla hoy en su término paranoico 2.0, el Eurovillarato. De ahí al final el Stuttgart pudo marcar pero no lo hizo, y llegará al Camp Nou con la sensación de que perdió la eliminatoria avatares del azar o suerte de los campeones. Quién sabe. Pero se antoja lejana una machada en Barcelona.

Vía | As, El País
Imagen | Qué.es

miércoles, 21 de octubre de 2009

Copa de Europa | Y el Rubin Kazan devuelve a la realidad al Barça

Andrés Pérez | ¿Se acuerdan? Ayer hablábamos, a raíz de las sensaciones que nos deparó la última jornada de liga, de la posible humanidad mostrada por el Barça y por el Madrid. En el caso del segundo, el asunto no pasa de la mera reiteración, pero si hablamos del Barça la cosa cambia. Durante más de un año, el magistral equipo de Guardiola, que ya caminaba hacia el endiosamiento absoluto, arrasó allí donde pisó Copa, Liga y Champions. Y todos, yo el primero, aplaudimos con las orejas semejante demostración de talento, de virtudes, de inteligencia aplicada en el terreno de juego. Nadie osó reprochar absolutamente nada al Barça. Fue el mejor, fue perfecto, fue histórico. Con todo el merecimiento arrancaba esta temporada con ínfulas de llevarse de nuevo la triple corona. Pero una vez en el cielo, la nube se ha inflado demasiado. Sí, es cierto, el Barça es el mejor equipo del mundo, pero algunos ya aventuraban en él al mejor equipo de la historia. Y tanto, no. Justa valoración sí. Fanatismo el justo.

Llegó el Rubin Kazan, vigente campeón de la incipiente Premier League Rusa, de la remota República de Tartaristán, un lugar gélido y alejado de los focos de la civilización occiental, y devolvió el Barça a un rango terrenal. Lo hizo sin aspavientos, con orden y control, con el convencimiento de que, haciendo su juego, tenía posibilidades. Fue valiente a su manera y no contento con adelantarse en el marcador logró imponerse una vez más tras el empate de Ibrahimovic. Mi más sincero aplauso. Gestos como el suyo, de rebeldía absoluta, de humanización de lo divino, hacen de este deporte algo grande. Una vez hemos procedido a las pertinentes felicitaciones, pasemos al Barça.

El conjunto de Guardiola cuajó un partido mediocre ante el Almería, no jugó todo lo bien que pudo ante el Dinamo de Kiev y empató en Valencia ante un rival que le apretó más de lo habitual. ¿Alarma? En absoluto. No se alarmó la hinchada culé ni lo hizo el equipo, bien hecho, porque tampoco conviene caer en el dramatismo absoluto. Pero de la autocrítica hubo cero. Como lo lleva habiendo desde inicios de la temporada. Corría el Barça, como corren todos los equipos que triunfan a lo grande, de caer en la autocomplacencia, en relamerse excesivamente en sus cualidades, en superponer lo sobrenatural a lo normal, en suma, corría el riesgo de vivir en una nube alejada de la realidad. Sin aspavientos, progresivamente, se ha encaminado hacia ella. Y en la autocomplacencia descubrimos los defectos de los equipos grandes, de los épicos, de los destinados a marcar época.

Le sucedió al Madrid de los Galácticos y al propio Barça de Riijkard. ¿Le sucederá lo mismo a este Barça de Guardiola? Espero que no, huelga decirlo. Su fútbol es de otro planeta y supone un placer, un deleite, para los sentidos observar como los once sabios jugadores que componen su alineación titular tejen un juego descomunal, preciosista, de sociedad, de un amigo en cada esquina y de una filosofía bella. El Rubin Kazan no es el fin. Al contrario. Supone el inicio. El inicio de una reflexión necesaria que ha convertido a un equipo en teoría, el año pasado, terrenal, en un compendio de figuras endiosadas incapaces de creer que, algún dia, cierto equipo de la lejana Rusia evidenciaría sus carencias, de ego y de crítica, en su propio feudo. Perder ayer no es un drama, ni una alarma. Es un toque de atención. Comprenderlo o no es la clave para que un bache no se convierta en una sima abisal.

Vía | Wikipedia, El País, Más que Fútbol
Imagen | Marca

miércoles, 27 de mayo de 2009

Y ustedes, ¿se acuerdan? (Barça 2 - 0 Manchester United)

Andres Pérez | ¿Se acuerdan de lo que sucedió en el año 2004? El Oporto rácano e industrial de Mourinho comandado magníficamente por Deco se imponía en la Copa de Europa. Días después, Grecia, la Grecia de Otto Rehaggel, la Grecia del absoluto cerrojazo en torno a Nikopolidis se imponía en la Eurocopa. En una Eurocopa mediocre y aburrida, donde el único aliciente de observar a un equipo netamente inferior imponiéndose a todos los demás le dio atractivo. Hagan memoria. Observen. Recuerden ahora lo que sucedió, hará en un mes, el año pasado. España se impuso ante el resto de Europa con un fútbol preciosista, técnico, virtuoso, ofensivo, precioso. Estilista. Un fútbol protagonizado por benditos locos, obsesionados con la estética, despreocupados por todo aquello que no sea jugar al ataque, jugar no ya a ganar, sino a crear arte. Anoche el Barcelona, tal y como hiciera el conjunto de Aragonés hace un año, alcanzó exactamente la misma hazaña. El Barça, este Barça, es historia. Leyenda. El Barça ha conseguido demostrar al mundo que un valor, una filosofía torpedeada por el fútbol pragmático, es capaz de conquistar el planeta.

Es posible que cada uno tenga sus gustos, que la propuesta del Barça no tenga porqué contentar a todo el mundo, pero desde este mínimo rincón de Internet permitan que un servidor se maraville y se congratule de que éste sea el fútbol que impere. El fútbol que conquiste títulos y no se convierta en polvo. No creo que haya comparación entre aquel Oporto y este Barça, como no la hay entre aquella Grecia y esta España. En cinco años el fútbol ha cambiado, y lo que antaño parecía estar determinado por el tacticismo y la ortodoxia de los entrenadores ha dejado paso a un fútbol dominado por la valentía, por el virtuosismo. Por los futbolistas. Por Xavi. Una vez más, Xavi se alzó por encima del bien y del mal y dictaminó el sino de un partido. Su letanía es silenciosa. Dibuja el fútbol como nadie y desiste de llamar la atención. No por ello se ha de menospreciar su valor, ya que, entendamos, Xavi es por méritos propios y más allá de lo que diga el fútbol mediático, el mejor jugador de la Eurocopa y el mejor jugador de la final de la Copa de Europa.

Y posiblemente el mejor jugador del planeta junto a su fiel escudero, junto al más completo y por antonomasia virtuoso. Junto al héroe de Stamford Bridge, Iniesta. Ambos, junto a Puyol, han ganado en un año cuatro títulos de alcance y han otorgado tanto a la selección como al Barça otro estatus histórico. Es una obviedad, sí, pero hay que recordarlo: el Barça ha ganado todo lo que ha disputado este año; y voy más allá, no sólo ha ganado sino que lo ha hecho de la manera más brillante posible, con un fútbol perfecto ante el cual los rivales no tienen nada que hacer. No es tanto la maravilla que fabrica Xavi y engalonan los demás cada partido lo que hace de este Barça un prodigio como la capacidad que tiene de adormecer a su rival, de amilanarlo, de conseguir que, embelesado, se diluya entre las triangulaciones infinitas de unos diabólicos pequeños futbolistas. La prueba más refutable de ello es el Manchester de anoche. Se hundió, anonadado, ante el fútbol de su rival. No supo desplegar su juego, lo cual no implica que no lo tenga. El Barça anula a los rivales, ahí reside su verdadero mérito.

Y anoche, obviamente, no podía ser menos. En realidad, si detalláramos en verdadera profundiad los pormenores de la final, encontraríamos un partido plano y común. Común entendido como la tónica general a la que el Barça nos trae acostumbrados durante toda la temporada. No fue un partido brillante, ni emocionante. No más brillante que el resto de año que el conjunto de Guardiola lleva firmando. Guardiola. Otro inciso: Xavi es su reflejo como fue el reflejo del pensamiento de Aragonés en Austria. Esta es una obra de Guardiola, su más perfecta creación. Su valentía, su aplicación absoluta en cada circunstancia de su ideario futbolístico hacen de su figura la clave para comprender todo lo sucedido este año. Decíamos que el partido fue común. El Barça jugó siempre a lo que ha jugado durante todo el año y ante tal caudal el Manchester se diluyó, se ofuscó, se perdió, no comprendió jamás lo que se gestaba a su alrededor. Puro fútbol.

Comenzó el conjunto de Ferguson, quien ayer erró el planteamiento de manera escandalosa, altivo, poderoso, campeón de Europa. Personificado todo ello en Cristiano Ronaldo, egoísta y ególatra como pocos pero un gran jugador a fin de cuentas. Cuatro disparos suyos sirvieron para desquiciar el planteamiento inicial del Barcelona y sembrar dudas sobre si el conjunto baulgrana podría dominar y aplastar al Manchester tal y como lleva haciendo desde que comenzó el curso futbolístico. Duraron las dudas diez minutos. El tiempo suficiente para que Iniesta arrancara frente al mundo desde el medio campo, abriera a Eto'o y éste firmara un golazo tras sentar a Vidic. De ahí al final de la primera parte sólo hubo un equipo sobre el terreno de juego. Un equipo, que por cierto, desistió de imponer su ley inmediatamente. Sabe el Barça, y ahí reside otra de sus virtudes, que la paciencia es una virtud magnífica cuando se plantea un fútbol de este calibre. No se lanzó desaforadamente por tanto a por el partido. Lo templó. Lo dominó. El Manchester no tuvo capacidad de respuesta en ningún momento, se empequeñeció resignado.

El descanso era el mayor enemigo del conjunto barcelonés ya que permitiría al Manchester despertarse de su letargo constante. Lo hizo. Comandado por Ronaldo, claro, quién si no. Salió Tévez y el Manchester se lanzó hacia arriba, esperanzado de encontrar algún agujero entre el magnífico entramado que Guardiola había tejido. Sin embargo resultó contraproducente ya que la disposición táctica del medio campo de Guardiola unido a la inseguridad del conjunto mancuniano permitió que Xavi e Iniesta se hincharan a robar balones con el equipo rival envalentonado en la meta de Valdés. Esto es, espacios. Espacios cuando Messi, Eto'o y Henry son lanzados por Iniesta y especialmente por Xavi, es sinónimo de peligro. Lo fue, pero el Barça perdonó las tres ocasiones claras que tuvo seguidas al comienzo de la segunda parte y el Manchester, vivo una vez más, volvió a creer. Erróneamente, quizá, pero creyente a fin de cuentas. Se lanzó arriba y su caudal ofensivo no fue más que un leve arañazo en el lomo de la fiera.

Xavi, una vez más, levantó la cabeza. Armó su pie derecho. La puso en la cabeza de un genial Messi. Firmaron, entre ambos, el segundo ante la pasividad de Ferdinand. El Barça terminó el partido en el área del Manchester. Como España en Viena. Quizá, cuando el fútbol de diez años en adelante se vuelva de nuevo táctico y tedioso, los que hayamos presenciado a este Barça nos preguntemos: "Y ustedes, ¿se acuerdan del Barça de Xavi, de la España de los bajitos?". Comprenderemos entonces, que fuimos afortunados.

Vía | Wikipedia, Más que Fútbol
Imagen | El País

Más que Fútbol ● 2009