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miércoles, 1 de junio de 2011

96 puntos


Andrés Pérez | Comienza a ser dificultoso hablar del Barça. Los elogios se agotan pero la brillantez incandescente del conjunto de Guardiola no. La pasada temporada supuso una vuelta a la realidad tras un año, el 2009, en el que el conjunto catalán lo ganó absolutamente todo. Existía la posibilidad de repetir la gesta pero era remota, y el Barça mordió el polvo en Copa ante el Sevilla y en semifinales de Copa de Europa ante el Inter, el único equipo que ha sido capaz de doblegar al Barça en tres años en momentos clave de la temporada. Pese a ello el Barcelona obtuvo la Liga. Este año el Barça ha estado cerca, una vez más, de repetir el triplete obtenido hace dos temporadas, lo cual mejora exponencialmente la anterior: finalista en Copa, una vez más campeón de Liga y campeón de la Champions League.

El Barça comenzó el curso, quizá, levemente intimidado por el nuevo aspecto impoluto y poderoso del Real Madrid, que había contratado a Mourinho, entrenador bastante controvertido en la ciudad condal que el año anterior había obtenido la fórmula adecuada para frenar a uno de los mejores conjuntos de la historia. Así las cosas el Barcelona, durante un buen tramo del año, no se encontraba a sí mismo. Hay que entender ésta última oración en su justa medida: el Barça no se encontraba en el sentido de que no ajusticiaba a los rivales de un modo tan cómodo y espectacular como durante los dos años anteriores, pero seguía siendo muy superior a todos. De este modo perdió en casa ante el inverosímil Hércules que más tarde bajaría a Segunda y pasó algún apuro que otro lejos del Camp Nou en Copa de Europa —Copenaghe, Rubin Kazan—.

A pesar de ello, el Barça era una roca granítica en el Camp Nou y no tuvo mayores problemas durante la primera fase de la Copa de Europa. En Liga todo lo cambió el 5-0 endosado al Madrid. Fue el primer momento en que adquirió el liderato del campeonato y no lo soltaría hasta el final del mismo, a pesar de algún tropiezo puntual —Anoeta, Gijón, Bernabéu—. Aquel partido supuso el despertar definitivo de un equipo que no había cuajado el fútbol que se esperaba de él hasta la fecha. El Barça comenzó a mezclar como siempre había sabido, perfeccionó las dinámicas de juego, los automatismos sin balón, la creatividad de sus mejores jugadores —Messi, Xavi, Iniesta— y acopló con menor dificultad que el año anterior a Ibrahimovic a Villa —y a Mascherano—. Comenzó a golear sin piedad por diferencias de locura —varios partidos ganados con rentas de cinco goles o más, incluida la goleada por 8-0 al Almería en su casa— y sublimó, un día más, la práctica del fútbol. Era, sencillamente, una gozada.

Y lo siguió siendo hasta el mes de abril, en el que se encontró al Madrid en la final de Copa, en las semifinales de Copa de Europa y en un partido bastante intrascendente en Liga. El Barça pareció levemente desestabilizado, al menos en el plano psíquico, por toda la marea mediática creada alrededor de los dos partidos y en la que Guardiola y los jugadores del Barça, tradicionalmente loados por su mesura y saber estar, cayeron quién sabe si voluntaria o involuntariamente. El caso es que el partido inicial de Liga en el Bernabéu supuso un adelanto de lo que llegaría más tarde: un Madrid muy echado hacia atrás. El Barça no arriesgó aquel día porque no lo necesitó, pero se mostró claramente superior como se mostraría en el cómputo total de los cuatro partidos que enfrentarían a ambos.

Y entre Liga y Copa de Europa llegó la Copa del Rey, el único broche amargo a una temporada que ha sido plenamente satisfactoria. Algunos aficionados del Barça otorgaban a este título una importancia menor, en efecto, y de hecho, las sombras alargadas de dos títulos de tanto tallaje como los otros dos previamente citados dejan en un difuminado recuerdo, perezoso y negativo, lo que sucedió aquella noche en Mestalla. Lo que sucedió fue que el Madrid fue mejor en la primera parte mostrándose muy decidido y que en la segunda aguantó todo lo posible para certificar su primer título copero en dos décadas mediante un cabezazo de Ronaldo. El Barça pareció mortal. Y todo el mundo pudo verlo. Y todo el ambiente se deterioró tras un partido de alto voltaje, en el que ningún jugador regaló absolutamente nada, en el que hubo trifulcas, daños colaterales, miradas rencorosas, furibundas provocaciones y una inquina generalizada entre unos y otros.

En ese estado de nerviosismo permanente llegaron ambos a las semifinales de Champions. Y ahí el Barça se mostró infinitamente superior. Supo abstraerse en el campo de las ruedas de prensa y de los titulares, cosa que el Madrid y su entrenador no, y dominó y venció en el Bernabéu con un Messi estelar, espectacular, resolutivo y pieza clave del Barcelona. El Barça había superado su particular prueba de fuego, posiblemente la auténtica final de la temporada. De ahí al término todo fue un camino placentero —celebración del título de Liga mediante— hasta Wembley, donde volvió a imponerse bellamente al Manchester United.

Temporada perfecta, por ende, a excepción del leve punto de oscuridad que supuso la Copa del Rey. El Barça ha rozado el pleno y ha vuelto a alcanzar la excelencia durante media temporada. Messi se ha vuelto a confirmar, por si tenía alguien dudas, como el jugador más determinante y resolutivo del planeta con todo lo que ello conlleva para el Barça —positivo en tanto que se beneficia de ello, negativo en tanto que, el día que no lo esté no sabrá reponerse: capitaliza todo el fútbol del Barcelona, absorbe a sus compañeros—. El resto del equipo ha rayado a un nivel sensacional —a pesar de algunos bajones como el de Piqué o la falta de continuidad de Puyol— y se ha dado una alegría con la recuperación de Abidal —que tras su cáncer ha jugado la final de la Champions—. ¿Objetivo de cara al año que viene? Mantenerse en la línea. Y prácticamente por tendencia debería hacerlo. Aunque la decadencia siempre llega en el momento más inesperado, el Barça sólo necesita leves retoques —quizá algún central, darle más minutos a jugadores como Afellay para que puedan suplir con mayores garantías a los titulares—. Feliz eternidad la suya.

Lectura recomendada | Comparativa en Liga entre Madrid y Barcelona (Marca)
Imagen | El País

jueves, 28 de abril de 2011

Messi brilla en un partido opaco


Andrés Pérez | Al igual que el mejor Maradona del Nápoles, con quien es odiosamente comparado, Lionel Messi consume todos los recursos ofensivos de su equipo. Ya sea con libertad ejerciendo de falso delantero centro o partiendo de posiciones más escoradas hacia la banda, el juego del Barcelona en las inmediaciones del área rival nace en Messi, transita por Messi y finaliza en Messi. Messi lo es todo. Para su deleite, cuenta con diez jugadores que han asimilado de un modo natural destinar balones a un talento vertical capaz de crear en la medular, repartir pases finales a los huecos y finalizar como un delantero de área nato. Es precisamente el talento de Messi lo que anoche afloró en el Bernabéu para prácticamente dejar cerrada la eliminatoria y lo que al mismo tiempo es una virtud y un lastre para su equipo: lo es en tanto que cuanto más crece Messi más irrelevantes son todos los demás a su alrededor. Maradona murió absorbiendo cada equipo en el que era contratado. Messi va camino de ello.

Pero antes de que ese punto de no retorno llegue el Barcelona encuentra una mina de diamantes constante en Messi. Anoche, tras una primera tarde dominada por el tedio y una segunda primero alborotada por cierto ímpetu juvenil y copero del Madrid y más tarde cercenada por la expulsión de Pepe, algo que no debe sorprender a nadie, Messi se irguió como el jugador total del ataque del Barcelona. En un primer momento emuló en un destello todos los goles que en su carrera marcaría Gerd Müller anticipándose a su marcador y empujando un balón lateral. Con posterioridad, cuando sus compañeros escondían y mostraban el balón a los defensores del Real Madrid sin la más mínima intención de avanzar metros hacia Casillas, Messi cosería un balón imposible a sus pies para en un abrir y cerrar de ojos sortear a cinco rivales y superar en el mano a mano al portero madridista. Era el minuto 87. Messi había otorgado brillo a un partido mate.

El planteamiento de Mourinho esta vez falló. Falló en la teoría y falló en la ejecución. El Madrid se agazapó demasiado atrás y descuidó sus responsabilidades ofensivas. No está de más olvidar que jugaba en casa y aún espera un partido de vuelta que se presume irrelevante a no ser que el primer equipo, el filial y el primer juvenil del Barcelona se lesione al completo en lo que resta de semana. No se le puede, o no se le debe, achacar al Madrid que su planteamiento partiera de un fundamento defensivo con objeto de evitar la fuente creadora del Barça. Lo que sí es reprochable es que no lo hiciera bien. Una cosa es jugar desde una visión defensiva, con objeto de proteger las propias debilidades e interrumpir las virtudes ajenas —algo que la Juventus o Italia lleva haciendo toda la vida sin que a nadie le suponga mayor problema— y otra es jugar desde una visión defensiva haciéndolo mal. El problema del Madrid no fue su idea del fútbol, sino que la aplicó sin gracia y rematadamente mal.


Así que en una primera parte de control estéril por parte del Barcelona —a excepción de un buen par de disparos de Xavi, anoche muy liberado sin Pepe a su vera— no sucedió nada. Nada más allá de la confirmación de que es el fin de la selección española, de esta selección española, tal y como la conocíamos: Arbeloa tuvo sus más y sus menos con Pedro, Xavi y Piqué; Piqué tuvo sus más y sus menos con Ramos; Xabi Alonso tuvo sus más y sus menos con Busquets; Villa tuvo sus más y sus menos con Xabi Alonso y ya los había tenido con Arbeloa, y así sucesivamente. Más allá de los líos, todo deparó en una grotesca bronca final en la que un descontrolado Pinto terminó expulsado. El Madrid no había desgastado demasiado su físico presionando arriba, al contrario que en Copa, y el Barcelona tampoco forzaba demasiado la maquinaria.

En realidad, aunque nunca sabremos si es fruto del azar o de una idea maquiavélicamente ejecutada, el plan de Mourinho era aprender de los errores en Mestalla y revertirlos: si el Madrid terminó sin aire la segunda parte de la final de Copa porque en la primera se había fustigado presionando muy arriba, esta vez, en Champions, será exactamente al revés, debió pensar el portugués. Y los diez primeros minutos del Madrid fueron mucho mejores a los anteriores cuarenta y cinco, presionando más arriba, poniendo en apuros a Mascherano en su deficiente salida de balón y mostrando más ambición más allá de proteger el resultado. Tampoco era algo nuevo: hizo lo mismo el año pasado con el Inter en el partido de ida de San Siro. Todo parecía indicar que el partido comenzaría a ser entretenido.

En ese momento, con poca fortuna Pepe hizo una entrada dura sobre Alves. Algunas imágenes mostraban cómo antes de impactar en la tibia del lateral brasileño, la planta del pie de Pepe tocaba claramente balón. Se puede interpretar como un planta salvaje o como el fruto involuntario de la incercia de la acción. Sea como fuere el árbitro, que no había visto la acción, consultó con su asistente y le expulsó. Se acabó el Madrid. Se borró del campo, se autoexpulsó Mourinho, apareció Messi, regaló un gol y una joya para la posteridad, el Barça se dedicó a recrearse en su gloria y el Madrid asistió imponente a la confirmación de que aquel seguía siendo mejor equipo a pesar de la final de Valencia. Ya ven, un clásico en el que sólo un talento superlativo como el del argentino dio fe del supuesto talento que a priori atesoraba. Recuerden que algunos justifican un desigual reparto de los beneficios generados por los derechos televisivos porque Madrid y Barcelona ofrecen un espectáculo sin igual plagado de brillantez que acapara la atención de todo el planeta. Y recuerden partidos tediosos y sin arte alguno como el de anoche para rebatir ese argumento. Y, luego, más tarde, díganse que ustedes vieron jugar a Messi.

Imagen | El País

miércoles, 13 de abril de 2011

Un más que digno Shakhtar para pasar el trámite


Pablo Orleans | Todos sabíamos que la vuelta en Donetsk, salvo catástrofe mayúscula, iba a ser un mero trámite para el Barça de Guardiola. Un partido de entrenamiento a cinco grados centígrados, lejos de casa y ante un equipo de Champions que llegó a una fase con poco futuro para su nivel. El 5-1 de la ida despejaba las incógnitas de los protagonistas de una de las semifinales de la máxima competición europea y en la diligencia de Ucrania sucedía lo esperado, lo lógico. Era la hora de probar jugadores, de dar algunos descansos —no muchos— y de sellar el pase ante el más que seguro gran rival de Madrid.

Pero las declaraciones de Pep tras la goleada en el Camp Nou hace apenas una semana no estaban infundadas en falsa modestia. El equipo debía conservar la competitividad, la seriedad de la Champions y la concentración para rematar la eliminatoria y no pasar apuros. Y es que, frente a los azulgrana —de verde en las gélidas tierras ucranias— estaba un Shakhtar que se plantó en su bello estadio dispuesto a morir matando, a vender cara su eliminación. Con el mismo espíritu del Camp Nou, sin ningún tipo de complejo y jugando con criterio el esférico estrellado de la Champions, los de Lucescu demostraron ser un excelente conjunto de filosofía inquebrantable.

La valentía naranja y el aliento de sus atrevidos aficionados volvieron a despistar constantemente a la zaga culé. Sin Puyol, el Barça sufre. Ni Busquets ni Milito suplen con todas las garantías la baja del capitán. El de Badía, acoplándose a su nueva y circunstancial posición, no termina de cuajar en la dupla con Piqué. Con él, mientras el Barça gana en la salida del balón, pierde en contundencia y velocidad en el repliegue. Con Milito, las carencias son latentes y el argentino no está en un buen momento. Las lesiones se cebaron con él en el mejor momento de su carrera y el central todavía está pagando las consecuencias.


El Shakhtar tomó la iniciativa. Los ucranianos, lejos de arrugarse y buscar el empate ante sus aficionados, se apropiaron del balón y buscaron constantemente el hueco libre en los dominios de un Valdés pletórico y en un estado de forma envidiable. Los locales, perfectos en la elaboración, pecaron de fallones en la finalización. Así, las internadas naranjas se sucedían y el Barça buscaba con titulares y sin éxito la habitual autoridad del esférico. Hasta que apareció Messi y el rumbo del encuentro dio un giro considerable. El 0-1, golpe cruel para los de Lucescu que veían, incrédulos, como el marcador se tornaba en su contra tras mucho trabajo realizado. Todo el esfuerzo, esfumado en un latigazo del mejor.

Y así, prácticamente con el trabajo hecho, se llegó al descanso y el descanso llevó el partido a una segunda mitad de más trámite —si cabe— en la que Guardiola dio descanso a Piqué, Xavi y Villa pensando en el Madrid. Los ucranios, inagotables, lo siguieron pretendiendo sin éxito pero con mucha fe. Y es que, hoy por hoy, y para derrotar a este Barça, hay que tener mucho más que fe para conseguir arrebatarle una victoria o la eliminatoria a unas semifinales de la Champions. El Madrid será el próximo rival. De momento, los culés ya llevan un intenso entrenamiento de ventaja.

Imagen | El País

jueves, 7 de abril de 2011

La casi excelencia asegura el clásico


Pablo Orleans | Lo esperado se asegura. El Barça - Madrid de semifinales de la UEFA Champions League está, salvo catástrofe mayúscula, más que hecho. Los cuatro de diferencia, simétricos al trabajo del Madrid ante los ingleses, los ha repetido el Barça, eso sí, no sin riesgo, sufrimiento, ni esfuerzo. Es más, los ucranios del Shakhtar, bien plantados en la alfombra del Camp Nou, llevaron el peligro más de lo que hubiera o hubiese deseado un seguidor culé. Más de lo que hubiere imaginado. La táctica de Lucescu, como el agua. Con un inicio fulgurante en el que la agobiante presión visitante impedía el buen hacer de los de Guardiola, el conjunto ucraniano presionaba con ánimo de lucro y conseguía aumentar la presión sanguínea de la máxima competición europea a los corazones azulgrana.

El trío atacante de los tigres, formado por un activo errante Luiz Adriano en punta, bien escoltado por dos veloces figuras llamadas Douglas Costa y Álex Teixeira, comandaron bien un ataque en el que sólo falto precisión para pasar, controlar y rematar una faena inquietante. Pero apareció Andresito y apagó la llama de la ilusión. Desde aquel insignificante momento, en el que el marcador decantaba el choque en favor de los locales, la estrategia —minuciosamente preparada durante el duro trabajo semanal—, se desvanecía en segundos tras un desafortunado despeje que cogió el que menos debía y que apuntilló con perfecta finalización. De ahí en adelante, once jugadores por detrás del balón auguraban un asedio continuo con contragolpes varios y búsqueda del acierto arriba. No funcionó.

El Barça, fiel experto donde los haya, siguió a lo suyo. Toque, toque, toque y más toque. El balón corría de un lado para otro y el encuentro se asemejó por momentos a un partido de fútbol sala a lo grande. Los rápidos recorridos del balón y la precisión en los desplazamientos desubicaban al rival y mantenían un control total que cojeaba cuando el aburrimiento rozaba lo cómico. El exceso de posesión, repetitivo y monótono, desconcentraba incluso al Barça. El fútbol semihorizontal, envidiable y exquisito, tiene su momento excitante en el preciso momento del desmarque. El pase llega solo. Alves, Villa o Messi buscan el hueco. Xavi, Iniesta o Messi conjugan el pase. Todo rodado. El segundo, perfecta maniobra milimétrica con final feliz.


Tras el descanso, Piqué completó la estrategia de Pep poco antes de que el magnífico zurdazo de Keita apaciguase la alegría ucrania con el accidente de Rakitskiy tras fallo de marcaje de «el jefecito». Cuando todo estaba hecho, cuando la ventaja global era evidente y cuando la fiesta estaba completa en el Camp Nou, Alves inventó una última asistencia para intercambiar papeles con Xavi y abrir las palmas de los culés mostrando el gesto que un día hizo Piqué. El 5-1 final asegura el pase. Diferencia de cuatro goles para ir a Donestk tranquilos, sin Iniesta y con un Messi en blanco crispado, con hambre de gol.

Se han cumplido los pronósticos. El Barça - Madrid se jugará a finales de abril. Cuatro partidos en apenas tres semanas que decidirán el futuro próximo de merengues y culés. Los unos, a seguir manteniendo el nivel de los últimos años acompañando el juego con títulos. Los otros, a volver a esos años gloriosos en los que mandaban en el viejo continente. Y sólo un ganador. Uno para llevarse la gloria en España y Europa. Uno para disfrutar del presente y rentabilizar el futuro. Ya se han abierto las apuestas, ¿quién se llevará el gato al agua?

Imagen | El País

jueves, 10 de febrero de 2011

Silva se reivindica


Andrés Pérez | Acudía España con cierta urgencia a su amistoso ante Colombia, el primero en casa tras la borrachera que supuso el Campeonato del Mundo. La resaca parece perdurar en el conjunto de Del Bosque, que ayer, un día más, se volvió a mostrar opaco y confuso, tan apático como desmotivado y muy desconcertado en defensa. Las causas que llevan a España a afrontar cada envite de esta nula transcendencia de un modo tan tedioso son las mismas que llevaron a perder de goleada ante Portugal y Argentina: tras meses rindiendo a más del máximo nivel la relajación es la consecución natural de los hechos; tras ganar el Mundial apenas se encuentran incentivos en amistosos; cierto hastío psíquico por parte de los jugadores hacia encuentros de este calibre, etcétera. Esta vez quizá haya que disparar levemente alguna luz de alarma.

España saltó al campo convencida de que lo sucedido ante Argentina y Portugal no podía repetirse. Fue Iniesta, suave y ligero como acostumbra, quien enarboló la bandera del olvido de tales partidos apareciendo entre líneas, tocando y desapareciendo, revelándose en las esquinas más olvidadas de la defensa rival, creando fantasmas a los defensas colombianos, que perseguían sombras. Para su desgracia, Iniesta, muy activo en los primeros compases del partido, apenas encontró aliados. A los pocos minutos del pitido inicial el manchego encontró un hueco entre la amalgama de camisetas azules y asistió a Villa en profundidad, quien una vez se hubo desprendido del portero envió el balón al palo. También en el rebote de la jugada, a puerta vacía. Algunos pensaron en Raúl y en una marca goleadora aún no superada por Villa, que lleva cinco palos seguidos con la selección y que no hizo nada más el resto del partido.

España ni siquiera chocaba contra un muro. Con Villa centrado, Pedro tomó la banda izquierda y su rapidez fue tan efímera como escasamente violentas las ofensivas españolas. Xavi se hundió entre la alta densidad de jugadores que se apelotonaban frente a la portería de Ospina, al que se le adivinaban carencias en cada balón en alto o inofensivo pero del que no se tuvo ninguna noticia en todo el partido. Culpa de España. Los restantes minutos de la primera parte apenas sirvieron para una veloz jugada de Armero, que en un contraataque enviaría el balón lejos de la portería de Casillas tras zafarse de un perdido Ramos y un realmente soñoliento Piqué.


La segunda parte comenzó relativamente bien para el equipo de Del Bosque. Duró, aproximadamente, siete minutos. Los primeros cambios, lejos de reavivar el tedio, descolocaron a los que se mantuvieron en el campo y el caos fue espectacular. Durante más de veinte minutos de la segunda parte, España perdió el norte, situación que no le fue ajena a Colombia, quien se lanzó airadamente al ataque perdiéndole el respeto a España. Un fallo de Arbeloa en la entrega avisaría de las internadas posteriores del activo Cuadrado, un jugador del que se pudieron entrever maneras. Posteriormente sería Piqué y un recién entrado Silva quienes perderían la concentración en ejemplos degradantes de falta de intensidad. Colombia, espoleada por los numerosos errores españoles y por su falta de ideas y ganas en la parcela ofensiva, se terminó creyendo que, efectivamente, acudía al Bernabeu en calidad de algo más que de simple invitada al baile. De hecho, la jugada más clara de todo el partido para el conjunto colombiano llegó en una jugada envidiable por parte de Zúñiga, Guarín y Rolladega. Una simple superioridad numérica en la banda de Arbeloa —calamitoso— deparó en un disparo a bocajarro del delantero del Wigan.

El susto despertó en cierto modo a España, que tras la salida de Silva, enérgico y príncipe sobre el césped cuando se encuentra pleno de facultades y de físico, y de Cazorla, habitual en todas las concentraciones a pesar de su ausencia por lesión en Sudáfrica, se lanzó hacia arriba. Entre el del Villarreal y el del City, pasado el minuto 80, intentaron poner orden en el caos desatado en el Bernabeu para gloria de los miles de aficionados colombianos que se acercaron al estadio. Con Torres y Llorente arriba una vez se retiraron Pedro y Villa y con Navas recuperando el tono en la banda que defendía Armero, España encontró línea discursiva. En una jugada al borde del final del partido, cuando apenas restaban seis minutos para el pitido concluyente, Cazorla abrió a Navas, que tras desbordar al lateral centró raso al primer palo, donde flotó Silva por encima del enorme Yepes —todo el partido— para empujar el balón a la red.

Aparecían los fantasmas de una maldición post-campeonato del mundo pero Silva, que se reivindicó ayer con un partido más que decente, plantando cara a la situación apática de sus compañeros y anotando el gol de la victoria, los borró con elegancia. España ya ha ganado un amistoso, aunque haya sido de forma inmerecida y con más sobresaltos de los esperados. La lectura, no obstante, es en cierto modo preocupante. Los amistosos ante Portugal, México y Argentina llegaron cerca del verano y con la temporada apenas recién estrenada, por lo que la desconcentración y falta de tono físico estaban plenamente justificadas. Este partido, aburrido y previsible por parte de España, llega en plena temporada, con, en teoría, todos los seleccionados a pleno rendimiento.

En descargo del equipo, cabe recordar que cuando España quiso, pudo. Y en esencia eso sigue diferenciando a un equipo histórico del resto.

Imagen | El País | RTVE

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Piqué y la palabra del futbolista


Andrés Pérez | Qué previsibles son los dos sectores mediáticos que dominan la prensa deportiva española. Durante los dos últimos años, Alfredo Relaño, director del periódico As, llevó a sus páginas con frecuencia el término "villarato", una suerte de complot federativo en favor del Barcelona, cuyo presidente, Joan Laporta, ahora acusado de malversar fondos del club, gozaba de la amistad de Ángel María Villar, presidente de la RFEF. No se engañen: una ilusión, nada más lejos de lo que Relaño quería hacer creer. Por aquel entonces el Real Madrid sucumbía al Barça superlativo de Guardiola.

Ahora el turno es de la prensa de Barcelona, que no tiene nada que envidiar a la de Madrid en volumen de caspa generado por página, por más que sus columnistas gusten en mofarse de la supuesta habitual incultura castiza de los habitantes de la meseta. Tampoco podríamos exigir mucho más a Sport, por ejemplo, un periódico que cuenta entre sus columnistas a Carazo, este personaje. La libre se ha soltado: ahora que el Real Madrid aparenta ser un equipo con ínfulas de campeón, hoy por hoy ligeramente superior al Barça, quien habla de favoritismo arbitral es la prensa catalana. En favor del Madrid, faltaría más.

Es la historia mil y un veces repetida de una prensa forofa y radical que no atiende a razones sino a número de ventas. Aunque sea por ello imprescindible dinamitar el prestigio de su profesión, de su cabecera y la inteligencia de sus lectores. Sorprende, en todo caso, que a tan estúpido juego de declaraciones cruzadas y campañas arbitrales se sumen los futbolistas. Digamos que un futbolista no destaca habitualmente por su don de palabra: algunos privilegiados sí, como Xavi, Xabi Alonso, Fernando Torres o, retrocediendo en el tiempo, Michael Robinson o Cañizares, pero la mayoría se sienten incómodos ante los micrófonos. Villa es un ejemplo. Los menos, caminan entre dos aguas: hablan, pero se pasan de frenada.

Piqué afirma de manera contundente que "dentro de la Liga, el Madrid y el Barça son los equipos más favorecidos por los errores arbitrales porque hay mucha presión hacia los árbitros. Pero entre Madrid y Barça hay una gran diferencia a favor del Madrid". Sorprende que en estos tiempos de corrección política en todos los niveles sociales un futbolista se desmarque con estas palabras. El central considera abiertamente, de cara a la galería, algo novedoso, que el Madrid se ve "mucho" más beneficiado por las decisiones arbitrales que el Barça. Pobres. Del resto de conjuntos de la Liga ni hablamos, son meros comparsas que están ahí porque a alguien hay que ganar, ¿no, Gerard?

A falta de credibilidad, los complots buscan fuentes fiables que refuten sus paranoias. En este caso la fuente fiable, de prestigio, la que vive el día a día de la competición, es Piqué, un futbolista, la palabra de la que más se fía el aficionado ya que, no en vano, es él el protagonista, el portador de las penas y de las glorias, el todo en el fútbol. Su ejercicio es irresponsable y patético. Piqué se ha llenado del habitual victimismo catalán para reclamar no se sabe exactamente qué, imaginamos que muy frustrado al ser sancionado con tarjetas, algo habitual en la vida de un central. Así pues, el círculo se cierra: ahora también los futbolistas contribuyen a avivar un fuego falso, sucio e inmoral. El de la prensa deportiva y las conspiraciones arbitrales.

Lectura recomendada | Piqué acusa: "Al Madrid le ayudan más" (SportYou)
Imagen | SportYou

jueves, 7 de mayo de 2009

Justicia poética (Chelsea 1 - 1 Barcelona)

Andrés Pérez | Digamos que hay dos tipos de justicia para determinar quién debió pasar a la final frente al Manchester United. Por un lado encontramos la justicia pragmática, aquella que atiende a motivos puramente terrenales, a lo plasmado en el terreno de juego. Hubo un equipo que tuvo más ocasiones, que se sintió más seguro, que ejecutó su plan de manera perfecta, que pudo sentenciar la eliminatoria pero visicitudes del destino no logró hacerlo. Por el otro encontramos la justicia poética. Aquella que reivindica el amor platónico del buen fútbol, la filosofía de tocar y moverse, la de mentes privilegiadas que atisban en rincones lóbregos espacios iluminados, la justicia de un equipo al que las trabas inmorales del rival en toda una semifinal de la Copa de Europa le impidieron plasmar la idea más bella que el fútbol jamás haya concebido sobre el césped. Por justicia pragmática el Chelsea era más digno finalista que el Barcelona. Atacó más, creó más peligro y, dejando a un lado el estilo, los caminos, aplicó su plan a la perfección sin fisura alguna. Ahogó a un Barcelona que mereció más por pura justicia romántica. Por morir con un estilo hasta las últimas consecuencias a pesar de siquiera acercarse con mínimo peligro a la puerta de Cech. No logro explicarlo, pero el destino, el misterio, un ser superior o simplemente Iniesta obraron el milagro. Reivindicaron la superviviencia del idealismo.

Hablaba el otro día del idealismo de Wenger y su pléyade de niños que tan bien mimaban el balón. El martes el Manchester se encargó de echar por tierra cualquier atisbo de romántica esperanza que el aficionado al buen fútbol, del cual Barça y Arsenal probablemente sean sus mejores representantes, pudiera tener. Es posible que el idealismo sea pura y exclusivamente idealismo. Filosofía. Ideas sin aplicación práctica. Es posible que quienes intenten vivir de la filosofía mueran en el intento, sucumban ante el pragmatismo obsceno que el Chelsea practicó anoche en Stamford Bridge. Es posible. No lo negaré. Pero el Barça de este año se ha empeñado en demostrar que es posible vivir de la idea, que es posible vencer aplicando en la práctica todo aquello con lo que sueña cualquier aficionado. Es posible ser campeón de Europa frente a equipos industriales y correosos, frente a máquinas perfectamente engrasadas con un conjunto plagado de livianos genios. Anoche estuvo cerca de sucumbir ante el ya citado pragmatismo, anoche el Barcelona estuvo a menos de un metro de descender a los infiernos y defraudarse a sí mismo, a punto de derrumbarse ante un muro de hormigón. Casualidades del destino, exista o no, no lo hizo. Parece señalado para mostrar a todo el mundo que no siempre ha de primar la táctica y el físico. Que la improvisación de jugadores pequeños y no excesivamente veloces puede y debe imponerse a todo lo demás.


Fue un milagro. Lo fue porque el Barça no tuvo opción alguna en todo el partido. Los paralelismos con el Arsenal son asombrosos. Saltó al campo convencido en la aplicación práctica del plan ofensivo, el que debería hacer bastado para alcanzar Roma. Por momentos pareció tener éxtio. Antes del imposible gol de Essien el Barça era mejor, se acercaba con cierta impertinencia a las inmediaciones de Cech y manejaba a un Chelsea desorientado, sin rumbo, esperando que en algún momento indeterminado el conjunto de Guardiola perdiera el balón, la cabeza o el don de jugar al fútbol. Sin embargo en la primera llegada del equipo londinense al área de Valdés, un fatídico rechace sirvió a Essien para demostrar que no sólo Zidane es capaz de dibujar obras de arte. La relevancia no es la misma, entendamos, ni la belleza —Zidane es el paradigma de la elegancia, voleó en seco—, lo cual no es óbice para que el gol pase desde ya a ser el mejor de todo el torneo. Sea como fuere, el Chelsea, sin querer, se había adelantado. Vaticiné días antes que este partido lo decidirían los primeros minutos. Creí no equivocarme cuando fue el Chelsea quien se adelantó. Gol a favor, eliminatoria viento en popa toda vela, férrea defensa del resultado y camino Roma.

Ese era el plan y el Chelsea lo aplicó a la perfección. Al Barcelona, la magnífica volea del africano le impidió pensar con frialdad. No merecía un castigo semejante y a pesar de todo con un gol estaba en la final, sin embargo el conjunto al completo se paralizó. De repente, nadie recordaba cómo jugar al fútbol, cómo bailar a un equipo que estaba sometido desde el primer minuto gracias al movimiento incesante de jugadores y balón. Se paralizó el Barça y esa paraáisis le duró hasta el final del partido. El peligro de tal estado de conmoción no era tanto el no anotar un gol a la postre definitivo como el de permitir al Chelsea lanzarse al contraataque, uno de los equipos con más argumentos para hacer temer al rival en caso de que éste se lance sin miedo a por el empate. Por ahí andaban Drogba y Malouda. El primero desquició un rato largo a Piqué y Yayá y el segundo impedirá que Daniel Alves, jugador insustituible dentro del esquema de Guardiola, juegue la final frente al United. En aquel momento parecía lo de menos. En frío, es algo más grave. Dos intervenciones milagrosas de Valdés permitieron respirar al Barcelona quien no se encontraba ofensivamente. Eto'o, sombra de sí mismo, anclado en una banda. Messi absolutamente des-a-pa-re-ci-do. Iniesta y Xavi mantenían la esperanza a flote, pero el escaso movimiento impedía cualquier posibilidad de acercamiento al área londinense. Resultado, cero ocasiones dignas de mención

El Barça hacía aguas por todas partes, sin embargo, Xavi al frente, el estilo se mantenía. Impertérrito, Guardiola no cambió el esquema siquiera cuando Abidal, iniciada la segunda parte, fue expulsado en una maniobra absolutamente censurable por parte del árbitro en cuestión. Se podrá amparar el Chelsea en el penalty no pitado a Piqué, sí, ya que lo era, pero no debiera olvidar que Abidal jamás debió abandonar el campo y que Essien, a tenor de una entrada delictiva a Iniesta, sí. En cualquier caso el problema mayor del Barça en este momento es que se enfrentará a Ronaldo y a Rooney sin sus laterales titulares. En aquel momento, en absoluto alguien pensaba en Roma. Estaba demasiado lejos. Xavi apoyaba, recibía, le daba salida al balón y conseguía movilizar al equipo. Lo hacía desde la línea divisoria por lo que el Chelsea, arropado atrás, no sufría mayor desdicha que la de despejar una y otra vez los repetitivos y previsibles ataques barcelonistas. Eto'o seguía inédito. Messi desastroso. Iniesta se difuminaba en la izquierda, Keita mantuvo un nivel absolutamente intrascendente, al igual que Busquets, quien se vió superado en todo momento. El baluarte ofensivo del Barça, con uno menos, era desolador. Alves, la última esperanza, luchaba, se ofrecía y llegaba hasta las inmediaciones del área de Cech para a la postre no saber centrar. Desesperación.

Así se debía sentir Xavi, o Piqué, o Yayá Touré, o incluso Valdés, únicos y verdaderos artífices anoche de la clasificación baulgrana. Los tres últimos evitaron la goleada —mención especial para el marfileño, quien sin ser central paró en seco todas y cada una de las acometidas londinenses— y el primero, esto es, Xavi, mantuvo en vilo la dignidad del Barça. El estilo, el tan renombrado estilo. Mantuvo, en resumen, el único argumento posible hoy a favor del Barcelona. En el campo, a excepción de él, nadie más demostró algo digno de mención, superados por el poderío físico de un Chelsea metalúrgico, aplastante, expeditivo, seguro. Y a pesar de todo, a pesar de que el Chelsea a estas alturas del partido podía ir ganando por tres goles de diferencia, a pesar de la inoperancia de Messi y de la inactividad de Eto'o, en un segundo para la historia, a Iniesta se le ocurrió colarla en la escuadra. Es posible que me bailen los datos, pero posiblemente fue el único disparo a puerta del Barça en todo el partido. En la frontal, con el Barça ahogando al Chelsea en los últimos quince minutos. El Barça está en Roma por un auténtico milagro. Iniesta apareció en el minuto final, cuando el Chelsea ya celebraba la victoria. Un gol que a buen seguro dolió. Un gol que probablemente hizo justicia a una idea y no a una praxis, un tanto que otorgó una segunda oportunidad a un Barça quizá ya, legendario.





Vía | Más que Fútbol, YouTube
Imagen | Marca, El Mundo

Más que Fútbol ● 2009

lunes, 4 de mayo de 2009

Xavi en mayúsculas (Real Madrid 2 - 6 Barcelona)

Andrés Pérez | Si algo positivo pudo extraer el Real Madrid del partido del sábado es sin duda, que las formas importan. El cotejo, los preliminares, la elegancia, la palabra, la cena en sí misma son requisitos indispensables a la hora de seducir a una mujer o a un hombre. Sucede exactamente lo mismo en el fútbol. El éxito no entiende de caminos puesto que innumerables son los ejemplos de equipos grises campeones, pero, hay sendas gloriosas donde la probabilidad de alzarse con la victoria siempre es superior. Voy más allá. No ya de alzarse, sino de proclamarse historia pura del balompié, de pasar a los anales dorados de este deporte que tan capaz es de cautivar a la sociedad. La victoria puede serlo todo, no lo negaré, pero edulcorada ella con pequeñas porciones hedonistas, con trazos placenteros de un cuadro dibujado para la gloria, siempre sabe al paladar mucho mejor. El Barça de Guardiola y de Xavi lo sabe. El Madrid de Juande y de dos años de nefasta gestión deportiva a pesar de los títulos ligueros no. Nadie se acordará de quienes alcanzaron dos ligas vulgarmente. Todos guardaremos en nuestros más gratos recuerdos de un equipo creado no para la gloria, sino para el disfrute propio y ajeno. El Barça anotó seis goles en el Bernabeú. No hubo justicia. En fútbol, tal término no existe. El Bernabeú asistió a una dosis de realismo no por esperada menos impactante.

Insisto en que el Barça puede haber mostrado la vía hacia la gloria para el Real Madrid. No hacia la misma sino el camino correcto para hacerlo. Los grandes clubes, al menos en España, siempre tienen la obligación de ganar y de hacerlo soberanamente, con elegacia, cortejando el balón, haciendo de cada jugada algo digno por lo que pagar la entrada. No basta con la épica, la gloria, la raza o la casta, tampoco con el espíritu de Juanito. Si acaso todo ello debe ser la rebeldía de un équipo que se sabe grande, al que la historia le empuja, pero como recurso último cuando las demás armas, las que hacen de los equipos historia viva de este deporte, se hayan agotado. Cuando la munición futbolística escasee. Es entonces cuando la épica deja atrás cualquier axioma lógico y permite el paso a la locura y el desenfreno. Suelen ser contadas las ocasiones en las que tales arrebatos de locura permiten alzarse entre la mediocridad y, no conviene negarlo, pocos equipos, tales como el Madrid, están capacitados para vencer por el puro y simplista hecho de portar un escudo o una zamarra.

Sin embargo y redundo en lo mismo, todo ello no basta. El público siempre exigente necesita de algo más que todo aquello. El Real Madrid caminó el sábado sin saberlo y el Barça planteó su temporada desde ese punto de vista. La diferencia es abismal. Tano cualitativa como psicológica. Hubo un equipo que saltó al campo con un plan, un estilo, una filosofía que aplicar en la práctica y hubo otro que salió en su propio campo a verlas venir, a esperar que el equipo rival, atemorizado por la leyenda de su propio nombre, sucumbiera ante los desafiantes arrebatos enajenados de once jugadores exentos de calidad exhuberante pero no de coraje. No sirvió para nada porque enfrente se postraba un equipo cimentado en el buen fútbol, en la soberana tranquilidad de Xavi en cada jugada que hila, en la elegancia de un rejuvenecido Henry, en la seguridad infranqueable de Piqué, en la genialida de Messi, en un compendio de todo ello llamado Iniesta y en un entrenador que mama de una escuela legendiaria basada en el buen fútbol, el de tocar y moverse, el de jugar fácil y bonito, ofensivamente, pensando siempre en uno mismo y no en el rival. Fallará el Barça porque es mortal, pero lo hará siendo fiel a su filosofía. Como lo fue España este verano. La memoria colectiva no entiende de momentos puntuales como los del Madrid ante el Getafe. Nadie osará pensar que el Madrid de la Quinta del Buitre es uno de los mejores equipos de la historia, a pesar de todo, a pesar de ser un gran equipo. Sin embargo, victorias aparte, todos recordaremos la Holanda de Cruijff. El resultadismo es temporal. La belleza, eterna.

Que el Barça marcara seis tantos en el Bernabeú resume todo el partido, toda la temporada. No caben paliativos. La Liga recaerá en Barcelona con todo merecimiento. El partido del sábado no hizo más que reflejar la trayectoria de ambos equipos durante toda la temporada. Se adelantó el Madrid pero el Barça, guiado por un Xavi para la historia, no se mostró nervioso ni se sumió en la histeria colectiva. Conocedor del ímpetu madridista templó los ánimos a base de fútbol, de triangulaciones interminables en el medio campo, de verticalidad supina, de un Messi estelar y de un Henry que, al igual que Ronaldinho en 2006, mostró las vergüenzas de un Sergio Ramos cada día más endeble en las citas importantes. No es un gran defensor, nadie debe olvidarlo. Es un excelente lateral valiente con proyección ofensiva pero no el lateral derecho definitivo. Cometió tres fallos imperdonables en su banda. El segundo gol de Henry fue absolutamente sangrante. Decíamos que, tras el gol de Higuaín —amén del gol desaparecido, una vez más en una cita importante, por completo— el Barcelona cimentó su victoria a base de tranquilidad y fútbol. Tres goles remontaron el tanto madridista y cuando en la segunda parte de nuevo el Madrid pareció animarse, otros tres goles echaron por tierra la esperanza blanca. No había Liga por más que parara Casillas, el único hombre realmente válido para un club de la categoría del Madrid.

Se terminó la Liga. La eterna persecución. Se terminó este Madrid de entretiempo que ha cosechado dos Ligas y tres fracasos en Europa, allí donde se mide el nivel de los grandes equipos. El Real Madrid, este Real Madrid, nunca fue un equipo solvente y siempre careció de grandes estrellas, suplantadas por un rigor y un compromiso envidiables. Lo decíamos hace poco. Siempre fue encomiable el tesón del equipo de Juande en su empeño por echar por tierra la magnífica temporada del Barcelona —cien goles y 85 puntos a falta de varias jornadas— pero no era más que el espejismo de una Liga de nivel paupérrimo y de un equipo sin compromisos europeos ni coperos y de otro que jugada cada semana dos partidos. Quizá todo se reduzca a una jugada. El sexto gol. Piqué, con tres goles de ventaja a falta de diez minutos arrancó desde su defensa tras un robo para marcar gol. Un central. Un aventajado central. Fútbol espectáculo incluso en la definición, hoy por hoy, no le caben defectos al Barcelona. Supuso lo del sábado el triunfo de una filosofía frente a un planteamiento pragmático debido a las circunstancias. Es suyo el mérito y de nadie más. Alaben hoy a Xavi puesto que él hace un fútbol de otro planeta. Es el jugador perfecto quizá para ejemplificar qué es este Barça. Su partido del Bernabeú es digno para enmarcar. Haría bien el Real Madrid en visualizar todas sus jugadas durante un mes. Aprenderían algo quizá. Sea como fuere, el Madrid volverá. El camino ya lo ha mostrado el Barça. Los títulos se olvidan. El fútbol, el buen fútbol, es eterno.



Vía | Más que Fútbol, YouTube
Imagen | El Mundo, Marca, El País, As

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