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lunes, 25 de abril de 2011

Torres o el peso de la psicología


Andrés Pérez | A Fernando Torres le debía consumir internamente la posibilidad, algo remota pero nunca imposible, de emular un fracaso semejante al de Andriy Shevchenko en Stamford Bridge. Shevchenko, uno de los más terribles goleadores de la pasada década, llegó con 30 años al Chelsea tras varias temporadas de fulgurante rendimiento y amplitud de títulos en el Milan invitado por Roman Abramovich, magnate ruso poseedor del club londinense que, de tanto en cuanto, se enamora de algún delantero, lo compra, y espera impasible que el interminable árbol de los millones ofrezca exitosos frutos en forma de goles y títulos. Por aquel entonces el delantero ucraniano aún mantenía una estela de prestigio e intimidación difícilmente comparable en cualquier otro ariete contemporáneo. Para cuando Shevchenko, dos años después, abandonó Londres para buscar un nuevo sitio en Milán, su aura se había apagado. Shevchenko se enfrentaba al ocaso de su carrera.

Las causas del escaso rendimiento del ucraniano en Londres son aún difusas. De la noche a la mañana el delantero había perdido la potencia, la chispa, la intuición y, en términos generales, el talento del que hacía gala años atrás. La edad es uno de los factores que hoy, en retrospectiva, permite entender el colapso de Shevchenko, aunque de un modo relativo dado que superada la treintena no son pocos los delanteros capaces de reinventarse y continuar cumpliendo su oficio con dignididad —Van Nistelrooy, Larsson, Raúl, Eto'o va camino de ello, etcétera—. Así pues una combinación fatal entre su propio desgaste físico y el aumento de al exigencia corporal inherente a la competición británica podrían ser dos factores que sumados dieran respuesta al deceso futbolístico de Shevchenko. No obstante y a pesar de que es evidente que la hora de Shevchenko había llegado, una tercera teoría aflora con entusiasmo para explicar, a su vez, el mal que aqueja a Torres en Stamford Bridge.

Hablamos de un peso místico y difícilmente reversible marcado por la fuerte inversión realizada por el jugador y por las enormes expectativas levantadas en torno a su futuro rendimiento. Si vale tanto dinero, tiene que ser un excelente goleador por una cuestión puramente matemática, piensan ebrios de entusiasmo la mayoría de aficionados cuando leen que su equipo ha gastado una cantidad casi indecente de dinero por un futbolista. Shevchenko, como Torres hoy, se enfrentó a un callejón sin salida en el que el éxito era la única respuesta posible a las preguntas planteadas por el peso del dinero que costó. Cualquier otra opción que no le encontrara a él como el referente ineludible de su equipo hubiera significado desperdiciar los billetes. Cualquier otra posibilidad que no le situara como el delantero demoledor que siempre fue supondría de inmediato el divorcio sentimental entre grada y futbolista. Hablamos, en suma, de una losa psicológica en la que pequeñas veleidades determinan el éxito o el fracaso.


Fernando Torres, delantero que hizo feliz a una nación anotando un memorable gol ante Alemania, se enfrenta ahora al mismo dilema que asoló a Shevcehnko durante dos temporadas. La sombra de la sospecha de un fracaso épico y de proporciones hercúleas ha atormentado al ariete madrileño durante catorce partidos, los mismos que ha estado luciendo los colores del Chelsea sin anotar un gol, precisamente aquello para lo que se le contrató. Entre tanto, su equipo ha sido eliminado de la Copa de Europa, su ex-equipo ha vencido a su nuevo equipo y, en términos genéricos, su sequía goleadora ha sido motivo de burlas y mofas a la altura del coste de su traspaso, el más alto de la historia de la Premier League.

Torres anotó la pasada jornada de la Premier su primer gol vistiendo la camiseta del conjunto londinense para felicidad propia e, imaginamos, de Roman Abramovich, señalado desde varios sectores afines al club inglés como el principal —e incluso único— valedor del español. Torres saltó al campo ante el West Ham desde el banquillo, aprovechó un espacio en el centro de la defensa del rival vecino del Chelsea y tras varios despropósitos balompédicos fruto del penoso estado del césped de Stamford Bridge lanzó el balón a la derecha de Green para certificar la victoria de su equipo. Su celebración se acompañó de una gran piña en torno a él de sus compañeros. Por momentos, Torres había recuperado la sonrisa.

Poco dado a excesos emocionales en público, Torres se enfrenta ahora al dilema de recuperar la senda perdida o hacer de su gol un mero espejismo. Su edad y su trayectoria reciente y rendimiento en el campeonato doméstico inglés le abre un abanico de rendimiento muy superior al de Shevchenko en su día. Siempre discutido por sus habilidades escasamente técnicas en contraposición con el resto de compañeros de Selección, Torres ha sido lastrado por las lesiones y por el enigmático y doloroso peso de la presión mediática a raíz de unos cuantos billetes. Seguramente consciente de ello, el gol del pasado fin de semana ha debido liberar a Torres —así se le leyó en los labios cuando al finalizar el partido se abrazó con Frank Lampard—. Ahora su lucha es pura psicología: solo espantará los demonios rindiendo al nivel que se le presupone y sólo alcanzará dicho nivel espantando a sus demonios en un círculo fatal del que Shevchenko nunca supo escapar. Sucumbir o imponerse, he ahí la llave de su triunfo.

Vídeo | El Gol de Pelé
Imagen | Palco Deportivo

miércoles, 13 de abril de 2011

El Chelsea cumple ciclo


Andrés Pérez | Se puede acusar al Manchester United de no practicar un fútbol bello y a Alex Ferguson de no ser especialmente valiente en la mayoría de eliminatorias de Champions League que encara, pero a cambio es innegable que el United creado por el escocés es una máquina difícilmente superable. No necesita de demasiadas estridencias para perforar la red rival y es solvente en defensa incluso cuando Rio Ferdinand, otrora capitán del Manchester y su selección, juega un partido entero lesionado. Esto último no dice demasiado de los atacantes del Chelsea, quienes no intentaron ni una sola vez explotar la carencia del central inglés, demasiado ocupados en solventar sus propios problemas como para aprovechar los del rival. Así las cosas, el Chelsea sumó una nueva decepción europea.

Y parece la última. Al menos de esta generación. Lampard, Terry, Drogba, Essien, Anelka, Ashley Cole, Malouda. La columna vertebral del mejor Chelsea de siempre acumula años a sus espaldas y no encuentra sustitutos de garantías capaces de aportar un mínimo de frescura a la anquilosada estructura blue. El United se rejuvenece progresivamente, sin grandes estridencias; el Arsenal es eternamente joven; el Liverpool siempre encuentra algún que otro outisder con el que competir dignamente; el Chelsea no cambia. Es el mismo de todos los años, solo que más viejo. Y en el fútbol moderno es algo que se paga. Lo comprobó anoche en Old Trafford: incapaz ante la solvente defensa del United, pero nada más. Ni Vidic ni Ferdinand, éste último cojeando desde los primeros compases del encuentro, necesitaron exhibirse para impedir la remontada del Chelsea.

El equipo de Ancelotti comenzó eléctrico, dominador, o al menos lo que en Inglaterra se entiende por dominador, sin que al United la idea le molestara demasiado. En cuanto tenía la oportunidad, Giggs y Carrick buscaban a Park Ji Sung o a Nani para imponer su velocidad en los flancos. Cuando no les encontraban era un esplendoroso Rooney el que bajaba a recibir para crear a su antojo en tres cuartos de campo. Rooney lo es todo en la parcela ofensiva del United cuando juega Chicharito, porque el mexicano no es, digamos, un delantero muy participativo. Se esconde y aparece en el momento más inesperado, presto a empujar balones a un metro de la línea de gol. Así, Chicharito lleva 15 goles en 22 lanzamientos a puerta esta temporada. No se le puede exigir mucho más.


Cuando Chicharito apareció para depositar a escasos centímetros de la portería un medido pase de Giggs desde la banda derecha, el Chelsea se descomponía. Ramires había recibido ya su primera tarjeta y las ocasiones que en minutos anteriores habían puesto en apuros a Van der Sar eran un mero recuerdo. Torres seguía sin aparecer, Lampard estaba lento y tan sólo las internadas violentas de Ramires imponían cierta inquietud entre los espectadores de Old Trafford. A pesar de todo ello, el Chelsea no estaba jugando un mal partido. Lo cual no dice mucho en favor de Ancelotti y su equipo, a decir verdad.

En la segunda parte la tónica del partido fue semejante. El Chelsea inició el periodo algo más dominador, o lo que en Inglaterra se entiende como algo más dominador, y el United se parapetó en torno a su portería, sin exagerar excesivamente el balance defensivo, para buscar a sus hombres rápidos arriba. Como Terry es una sombra de lo que fue y Alex nunca destacó por su velocidad, los delanteros del United se relamieron. Particularmente Nani, quien es un jugador inusualmente pletórico para lo individualista que se muestra. Por aquel entonces Drogba había sustituido a Torres y demostraba por qué la titularidad del español es una anomalía difícilmente explicable: se volvió el motor blue, anotó un golazo y tiró de su equipo en busca de la remontada. Para desgracia del marfileño, un minuto más tarde de su tanto llegaría el de Park Ji Sung. El coreano certificaba que la defensa del Chelsea era una feria y que su ciclo terminaba, posiblemente, ahí.

Imagen | El País

martes, 12 de abril de 2011

El Chelsea, la Champions, el fútbol, la maldición


Andrés Pérez | A John Terry, un londinense de treinta años que se eleva sobre el firme 187 centímetros, aún le deben atormentar los fantasmas de la noche del 21 de mayo de 2008. Terry por aquel entonces era uno de los centrales más temidos en toda Europa. Su planta de inglés cabreado le permitía intimidar a cualquier delantero que le hiciera frente. La colocación, la rapidez al corte y una contundencia inapelable hacían el resto. Es decir, nadie podía imaginar un tipo menos dado al llanto, a la compasión o a la fragilidad emocional que John Terry, capitán del Chelsea, nacido en Londres, 27 años, un tipo realmente duro.

Más tarde se descubriría que, además de todas las virtudes anteriormente descritas, Terry contaba con un turbulento pasado familiar, un padre traficante de drogas y un largo historial de festividades nocturnas y líos de faldas con compañeros de equipo y selección. Pero eso sería mucho más tarde de lo que sucedería aquella noche del 21 de mayo de 2008, cuando John Terry, con el 26 a la espalda, cuidaba meticulosamente cada paso que le acercaba al punto de penalti. Once metros más allá esperaba Edwin Van der Sar, un espigado y veterano portero holandés que en sus últimos años como profesional decidió defender los colores del Manchester United, posiblemente el mejor equipo del mundo aquella temporada. John Terry calculaba cada gesto, cada acción, cada bocanada de aire, cada mirada furtiva dedicada al balón, a la portería o a Van der Sar. Lo hacía porque frente a sí tenía una responsabilidad mayúscula, posiblemente la mayor que hubiera afrontado un jugador del Chelesea jamás.

Contexto. En junio de 2003 Roman Abramovich, un oligarca ruso y una de las personas más adineradas del planeta, había decidido invertir en el Chelsea Football Club, un histórico equipo inglés. Desde su llegada, Abramovich ofreció ilimitado presupuesto al cuerpo tecnico blue para que su equipo lograra títulos por doquier. Consiguió todo lo que se puede conseguir en Inglaterra y desde ese mismo año, 2003, el Chelsea pasó a ser uno de los mejores equipos del planeta alcanzando en sucesivas ocasiones las semifinales de la Copa de Europa. Un dato: los únicos jugadores ingleses capitales en el proyecto de Abramovich eran Lampard y Terry. Otro: tan sólo cinco años más tarde el Chelsea alcanzaría la final, ante el Manchester, en Moscú, Rusia.

Así que allí estaba Terry, cargando el peso de un sinfín de millones de euros invertidos en la consecución de la Champions League. La expectativa y la presión era tal que mientras Terry caminaba hacia Van der Sar las cámaras enfocaron a algunos de los jugadores del Chelsea en el círculo central. Allí se pudo ver cómo Lampard apenas encontraba aire para respirar, a Ashley Cole mirando fijamente el tupido césped de Moscú y a Ballack rezando por no perder otra final. Había llovido, el césped estaba mojado. Cuando John Terry, londinense de 27 años, 187 centímetros de altura, más de 80 kilos de peso, inglés de los pies a la cabeza, capitán del Chelsea, el único jugador de su equipo que no fue contratado con el peso de las libras, cuando John Terry, decíamos, se dispuso a lanzar, la historia decidió ser fiel a sí misma y recrearse en la crueldad.


Terry se resbaló. Su lanzamiento se estrelló en el poste. Los millones no son suficientes, parecía explicar el destino, el fútbol o la maldición. Jamás el Chelsea estuvo tan cerca de acariciar la Copa de Europa. Finalmente y como no podía ser de otro modo, el Manchester, un club de mayor bagaje histórico, se terminó llevando aquel campeonato cuando Anelka, delantero francés del Chelsea, falló su lanzamiento. Atrás quedaba Terry, su resbalón, su corpulencia estrellándose contra el firme, el retumbar interior de miles de aficionados. Atrás quedaba el Chelsea y atrás se ha mantenido desde entonces.

La crueldad del fútbol aún deparaba un vericueto igual de doloroso para el Chelsea y para John Terry. Al año siguiente, en las semifinales del mismo torneo, el Barcelona se clasificó más allá del último minuto de la eliminatoria para la final, en casa del propio Chelsea, tras haberse adelantado en el marcador al principio de la eliminatoria, tras observar impotente cómo sus jugadores caían en el área rival una y otra vez sin obtener premio alguno.

Esta noche, tres años después de lo que sucedió en Moscú, el Chelsea mantiene el mismo bloque y la misma estructura de aquel entonces. Apenas tres jugadores despuntan entre las mismas caras, los mismos gestos, las mismas piernas: Torres, Ramires y David Luiz. Éste último no podrá jugar esta noche precisamente ante le Manchester United. Al Chelsea, a Terry, se el acumulan los años y las posibilidades de vencer en Europa se evaporan. Los fantasmas no se han esfumado. El Chelsea perdió por un gol en el partido de ida contando con ocasiones muy claras para darle la vuelta al encuentro y comprobando, impertérrito, una vez más, cómo sus jugadores siguen cayendo en el área rival sin que nada suceda con posterioridad. El peso del fútbol, el peso de los años. El peso de la maldición que empuja al Chelsea al olvido de la historia, sin cronistas que narren sus victorias y con testigos de su tiempo que expliquen sus miserias.

Lectura recomendada | Cuando el fútbol castiga a quien menos lo merece (Manchester United 1 - 1 Chelsea) (Más que Fútbol) | Justicia poética (Chelsea 1 - 1 Barcelona) (Más que Fútbol) | Maquinaria pesada en movimiento (Diarios de Fútbol)
Imagen | Archivo

lunes, 21 de marzo de 2011

Un día más en casa de Su Majestad


Andrés Pérez | Viendo al Arsenal perder en West Bromwich uno podría caer fácilmente en la tentación de pensar que con un delantero como Van Persie el equipo londinense jamás ganará nada. Claro que para entonces Van Persie empujaba el empate a dos en la desangelada portería de Carson, certificando una muy emocionante remontada en un más que vibrante partido. Al Albion se le había pintado el partido de cara cuando en los primeros minutos la defensa del Arsenal decidió observar el transcurrir del universo en un córner. Más aún cuando ya en la segunda parte, sin especial intención del conjunto de Londres de poner en aprietos a la defensa blanquinegra, Almunia decidió hacer las delicias del realizador de la televisión inglesa saliendo a ninguna parte. Obviamente, el encargado de la retransmisión enfocó a Lehmann tras la espectacular pifia. Humor inglés.

Entre tanto el Arsenal dejaba escapar la Premier. Una vez más. La jornada pasada, cuando el United se mostraba ciertamente endeble en Anfield, el equipo de Wenger empató en casa ante el Sunderland. Así, a lo grande. El Manchester, del cual se puede afirmar que su capacidad de crear fútbol es como poco dolorosa, ya encarrilaba su decimonoveno título liguero a pesar de todo venciendo por la mínima y sin necesidad de mostrar mayores alardes. Para qué, se podría preguntar Ferguson cada jornada, si el Arsenal está empeñado en no ganar la Liga. Decía que observando al Arsenal perder ante un equipo que lucha por la salvación, Van Persie no se muestra como un delantero temible. Tampoco del joven Koscielny se podría decir lo mismo, espigado muchacho francés al que en un momento de la segunda parte se pudo ver caer presa de la desesperación a la que le sometió Odemwingie. Ni de Ramsey, que en la primera parte envió un balón al cuerpo de Carson a escasos metros de la línea de gol, con la admirable dificultad que ello conlleva. En general, el Arsenal no da miedo. Acaso inspira cierta compasión a estas alturas, pero no demasiado temor. Y generalmente es un factor que identifica a un equipo campeón.


Es cierto, sería injusto reclamar que el Arsenal volviera a convertirse en aquel conjunto puramente inglés del pasado, en lo que lo más parecido a un pase en el centro del campo era un cabezazo. Pero, en fin, un mínimo de competitividad entra dentro de los cabales de cualquier aficionado. Quien sí parece haber recuperado la dignidad extraviada es el Liverpool, que se impuso cómodamente ante el Sunderland y que en la segunda vuelta firma números de campeón. Una pena que Roy Hodgson lo estropeara todo con su absurdo propósito de tener la carrera de entrenador más bizarra de todos los tiempos. Luis Suárez abandera el rejuvenecido Liverpool de Dalglish en su segunda etapa como entrenador. Sin Torres, quien ejerce de delantero es Carrol, gigantón delantero comprado al Newcastle y al que, en forma, se le adivinan interesantes virtudes junto al uruguayo. Suárez vive desatado. En todos los sentidos. Ayer estuvo a punto de marcharse a la caseta expulsado segundos antes de firmar una obra de arte digna de un genio. Junto a ellos Kuyt vuelve por sus fueros y hasta Lucas Leiva aparenta ser un mediocentro convincente. Cuestión de psicología.

Psicología que enfrenta a Torres con sus demonios. Lejos de la camiseta que portó en Liverpool, el delantero español parece otro futbolista. Ayer ante un Manchester City realmente deprimido tras su eliminación en la Europa League, Torres jugó junto a Kalou en punta y revoloteó entre Kompany y Lescott de aquí para allá, conduciendo hasta el área pero siempre en el lugar inoportuno en el momento requerido. Demasiado lejos o demasiado cerca del pase, nunca en el punto exacto. Así Torres fue incapaz también en su séptimo partido de anotar un gol vistiendo de azul, y posiblemente la ansiedad comenzará a apoderarse de su cabeza. Implicando, por consiguiente, un menor rendimiento dadas sus cuitas internas. A pesar de todo ello, el Chelsea jugó bien, lo cual no deja de ser noticia en Inglaterra. David Luiz volvió a demostrar que es el central del futuro para pasmo del City, incapaz de comprender que el auténtico baluarte ofensivo de los blues no es ninguno de sus cuatro excelsos delanteros, sino un chaval melenudo proveniente de Brasil. Cosas de un día más en casa de Su Majestad, ya ven.

Información adicional | Así está la Premier
Imagen | El País | Los Tiempos

miércoles, 2 de marzo de 2011

Tendencias


Andrés Pérez | No hace mucho, Canal + promocionaba la Premier League con imágenes de partidos en vertical. La sutil metáfora ejemplifica a la perfección la forma de plasmar gráficamente los estados emocionales de los equipos ingleses: a diferencia de la expresión horizontal de la selección española y el actual Barça, en Inglaterra la voracidad ofensiva se plasma en el eje de coordenadas Y, para deleite del espectador ansioso de emociones primarias alejadas de cualquier superficialidad estética. Anoche, tanto Manchester United como Chelsea intercambiaron papeles y asumieron el rol de equipo avasallador/avasallado en función de la capacidad física y psicológica de sus futbolistas.

Fue el United el primero en leer con acierto la debilidad del rival. Si el partido se resume de algún modo, es en la capacidad de ambos de oler la sangre de su adversario. El United, equipo que hace de la velocidad y la movilidad en la parcela ofensiva su forma de existir, mareó durante veinte minutos a un Chelsea apático. Ivanovic y Ramires miraban estupefactos cómo Nani y Evra reinventaban el concepto más anticuado del fútbol: tocarla y ofrecerse al espacio. Por la banda izquierda, vía Evra, llegaban las mejores ocasiones del United. Todas ellas quedaron refrendadas en el gol de Rooney, disparo raso y ajustado al borde de la frontal ante la pasividad dolorosa de la defensa del Chelsea. David Luiz, imperial anoche, incluido.

El Chelsea sucumbía como un juguete roto ante la presumible exhibición ofensiva de Chicharito, Nani, Rooney o Fletcher. No fue tal puesto que en un campo inglés la verticalidad no es una constante. Alejados de la monotonía de los conjuntos dominadores en el plano horizontal, el equipo inglés medio no entiende de constancia y funciona por tendencias. En ocasiones inclina el campo hacia la portería rival; en ocasiones hacia la propia. Así, en el filo que separa la gloria del desastre saltando por encima del centro del campo, United y Chelsea regalaron una segunda mitad vertiginosa.

Antes de ella, al final del primer tiempo, el Chelsea recuperaba sus constantes vitales de la mano de Essien y un interesado pero impotente Lampard. Ramires, jugador que necesita de sus mejores compañeros para rendir, comenzaba a carburar. Anelka corría. Torres aún no. Entre tanto, Ivanovic y Cole decidían volver a parecer futbolistas. Ya en la segunda parte todo rotó en torno a David Luiz, mejor jugador arriba y abajo del conjunto de Ancelotti y central para varios lustros: inteligente al corte, fuerte en el contacto, rápido y con buen manejo de balón, el brasileño destrozó los planes del United voleando un balón a la red dentro del área. Fue David Luiz el empuje y Drogba y Lampard los repuntes finales: uno y otro se bastaron para poner de los nervios a Vidic, que terminó expulsado. Penalty que jamás fue, Lampard que fusiló y victoria marcada por la tendencia decreciente del United y creciente, a base de tensión, del Chelsea.

Cosas del fútbol inglés, en Londres la alegría hoy es doble.

Imagen | Clarín

jueves, 10 de febrero de 2011

Silva se reivindica


Andrés Pérez | Acudía España con cierta urgencia a su amistoso ante Colombia, el primero en casa tras la borrachera que supuso el Campeonato del Mundo. La resaca parece perdurar en el conjunto de Del Bosque, que ayer, un día más, se volvió a mostrar opaco y confuso, tan apático como desmotivado y muy desconcertado en defensa. Las causas que llevan a España a afrontar cada envite de esta nula transcendencia de un modo tan tedioso son las mismas que llevaron a perder de goleada ante Portugal y Argentina: tras meses rindiendo a más del máximo nivel la relajación es la consecución natural de los hechos; tras ganar el Mundial apenas se encuentran incentivos en amistosos; cierto hastío psíquico por parte de los jugadores hacia encuentros de este calibre, etcétera. Esta vez quizá haya que disparar levemente alguna luz de alarma.

España saltó al campo convencida de que lo sucedido ante Argentina y Portugal no podía repetirse. Fue Iniesta, suave y ligero como acostumbra, quien enarboló la bandera del olvido de tales partidos apareciendo entre líneas, tocando y desapareciendo, revelándose en las esquinas más olvidadas de la defensa rival, creando fantasmas a los defensas colombianos, que perseguían sombras. Para su desgracia, Iniesta, muy activo en los primeros compases del partido, apenas encontró aliados. A los pocos minutos del pitido inicial el manchego encontró un hueco entre la amalgama de camisetas azules y asistió a Villa en profundidad, quien una vez se hubo desprendido del portero envió el balón al palo. También en el rebote de la jugada, a puerta vacía. Algunos pensaron en Raúl y en una marca goleadora aún no superada por Villa, que lleva cinco palos seguidos con la selección y que no hizo nada más el resto del partido.

España ni siquiera chocaba contra un muro. Con Villa centrado, Pedro tomó la banda izquierda y su rapidez fue tan efímera como escasamente violentas las ofensivas españolas. Xavi se hundió entre la alta densidad de jugadores que se apelotonaban frente a la portería de Ospina, al que se le adivinaban carencias en cada balón en alto o inofensivo pero del que no se tuvo ninguna noticia en todo el partido. Culpa de España. Los restantes minutos de la primera parte apenas sirvieron para una veloz jugada de Armero, que en un contraataque enviaría el balón lejos de la portería de Casillas tras zafarse de un perdido Ramos y un realmente soñoliento Piqué.


La segunda parte comenzó relativamente bien para el equipo de Del Bosque. Duró, aproximadamente, siete minutos. Los primeros cambios, lejos de reavivar el tedio, descolocaron a los que se mantuvieron en el campo y el caos fue espectacular. Durante más de veinte minutos de la segunda parte, España perdió el norte, situación que no le fue ajena a Colombia, quien se lanzó airadamente al ataque perdiéndole el respeto a España. Un fallo de Arbeloa en la entrega avisaría de las internadas posteriores del activo Cuadrado, un jugador del que se pudieron entrever maneras. Posteriormente sería Piqué y un recién entrado Silva quienes perderían la concentración en ejemplos degradantes de falta de intensidad. Colombia, espoleada por los numerosos errores españoles y por su falta de ideas y ganas en la parcela ofensiva, se terminó creyendo que, efectivamente, acudía al Bernabeu en calidad de algo más que de simple invitada al baile. De hecho, la jugada más clara de todo el partido para el conjunto colombiano llegó en una jugada envidiable por parte de Zúñiga, Guarín y Rolladega. Una simple superioridad numérica en la banda de Arbeloa —calamitoso— deparó en un disparo a bocajarro del delantero del Wigan.

El susto despertó en cierto modo a España, que tras la salida de Silva, enérgico y príncipe sobre el césped cuando se encuentra pleno de facultades y de físico, y de Cazorla, habitual en todas las concentraciones a pesar de su ausencia por lesión en Sudáfrica, se lanzó hacia arriba. Entre el del Villarreal y el del City, pasado el minuto 80, intentaron poner orden en el caos desatado en el Bernabeu para gloria de los miles de aficionados colombianos que se acercaron al estadio. Con Torres y Llorente arriba una vez se retiraron Pedro y Villa y con Navas recuperando el tono en la banda que defendía Armero, España encontró línea discursiva. En una jugada al borde del final del partido, cuando apenas restaban seis minutos para el pitido concluyente, Cazorla abrió a Navas, que tras desbordar al lateral centró raso al primer palo, donde flotó Silva por encima del enorme Yepes —todo el partido— para empujar el balón a la red.

Aparecían los fantasmas de una maldición post-campeonato del mundo pero Silva, que se reivindicó ayer con un partido más que decente, plantando cara a la situación apática de sus compañeros y anotando el gol de la victoria, los borró con elegancia. España ya ha ganado un amistoso, aunque haya sido de forma inmerecida y con más sobresaltos de los esperados. La lectura, no obstante, es en cierto modo preocupante. Los amistosos ante Portugal, México y Argentina llegaron cerca del verano y con la temporada apenas recién estrenada, por lo que la desconcentración y falta de tono físico estaban plenamente justificadas. Este partido, aburrido y previsible por parte de España, llega en plena temporada, con, en teoría, todos los seleccionados a pleno rendimiento.

En descargo del equipo, cabe recordar que cuando España quiso, pudo. Y en esencia eso sigue diferenciando a un equipo histórico del resto.

Imagen | El País | RTVE

sábado, 5 de febrero de 2011

El tiempo de Torres

Mi opinión acerca del traspaso es que beneficia a todas las partes. Al primer interesado, Torres, por cambiar de aires, intentar olvidar las lesiones y aspirar a un desafío mayor -que incluye Champions League-. Al Chelsea porque adquiere a un gran jugador, y al Liverpool porque se deshace de él. No era una carga, ni mucho menos, pero se requerían grandes cambios en Anfield sobre el terreno de juego y sobreponerse a la dependencia de Torres y Gerrard.

Andrés Pérez | Lo cuenta Pol Gustems en ese canto continuo al talento que es Diarios de Fútbol. Es posiblemente la opinión más unánime alejada del entorno red en cuanto al caso Torres. Un traspaso que por más que suponga la marcha del ídolo perdido no debe ocultar el evidente beneficio que conlleva para todas las partes. Carragher fue de los primeros en decirlo, al tiempo que aficionados del Liverpool se dedicaban a prender camisetas del delantero español ya perdido.

Pase lo que pase en el partido de esta tarde, el Chelsea sigue siendo un equipo con mayor proyección que el Liverpool. Se entiende que la compra del conjunto de Abramovich de Torres no es una inversión a corto plazo, ni que el motivo por el que Torres lo ha hecho haya sido ese. Torres arguye en su defensa que su objetivo es ganar títulos, crecer como profesional, como futbolista, y es algo que el Chelsea le puede ofrecer de modo exponencial a como podía ofrecérselo el proyecto roto y sin rumbo de la entidad red. Cuenta el delantero que tiene por delante los tres mejores años de su carrera deportiva. Si en ellos consigue una Champions League por primera vez para la historia del club londinense habrá hecho historia y habrá justificado la millonada que ha costado.

En caso contrario, de no ganar nada tampoco en Londres, hablaríamos de un futbolista inflado en cada traspaso y poseedor de cero títulos de club. De él depende estar a la altura.

Lectura recomendada | "El Liverpool necesita tiempo, y yo no lo tengo" (El País)

domingo, 30 de enero de 2011

Fidelidad


Andrés Pérez | Se trata del eterno dilema de cualquier jugador idolatrado por una grada: la fidelidad o la búsqueda del éxito individual aun a costa de sacrificar los sentimientos. Éstos, siempre traicioneros en un deporte tan dado a los excesos emocionales como el fútbol, se tornan en la disyuntiva dramática de cualquier futbolista que, como Torres, aspira a ser mejor gracias a sus compañeros y no a pesar de ellos.

Saltaba la noticia durante la semana pasada: Fernando Torres solicitaba un transfer request al Liverpool, esto es, una petición de rescisión de contrato vía amistosa, por acuerdo de ambas partes. El Liverpool, claro, la desestimó, inmerso como se halla en una crisis institucional como no al sufría en años, séptimo en la tabla, lejos de cualquier título, sin rumbo en el terreno de juego. Los nuevos directivos no pueden permitirse tamaña afrenta: si se va Torres, que no sea porque no han hecho todo lo posible. A dos niveles: tanto el fútbolistico, tal y como es Torres un delantero excelso y letal en las áreas inglesas, donde la velocidad y el pensamiento instintivo premian físicos privilegiados como el del madrileños, como el sentimental, dado que Torres es Liverpool's number nine, un idolatrado jugador que desde su llegada se ha hinchado a meter goles para Anfield.

El caso de Torres es uno más, paradigmático como sólo el Liverpool puede serlo de la brutal fuerza motriz que capitaliza el fútbol: las emociones. No se trata el club del norte de Inglaterra uno cualquiera en este sentido ya que hablamos del, posiblemente, uno de los conjuntos con más carga simbólica de todo el planeta, roja su indumentaria en una ciudad obrera que sufrió como pocas el desaforado crecimiento industrial de principios de siglo en el país anglosajón, la posterior crisis tras la Segunda Guerra Mundial y el proceso regresivo de finales de los 70 y principios de los 80. En Liverpool ser fiel a la gente, puesto que la gente es el club, no es una opción sino, directamente, una responsabilidad, máxime cuando encabezas los cánticos de The Kop. Torres se ve reflejado aquí, de un modo extremo, en cualquier futbolista amado por un grupo de aficionados.

El éxito individual o el placer introspectivo de la fidelidad. He aquí la cuestión. Totti en Italia es un buen ejemplo de cómo un talento fuera de serie desprecia todo lo ajeno al club de toda su vida, la Roma. El Del Piero del Juventus en sus horas más bajas también. Otros tipos como Giggs o Scholes, como Lampard o Terry, como el propio Gerrard en Liverpool, como Casillas o Raúl en el Madrid, como Xavi o Iniesta en el Barça. Jugadores simbólicos que en algún momento de sus carreras han tenido que decidir: mi casa o el éxito. Toda su carga metafórica les ha dejado siempre en el mismo lugar. ¿Se puede ser eternamente fiel?

En Liverpool quizá, en otro tiempo, en otra época, en otro fútbol, menos globalizado, menos exigente, menos mediatizado, en otro jugador, a fin de cuentas. Torres ya tiene ocupado su corazón y mal que le pese a la visceral afición scourser, no creo que dude una vez más en dejar de lado a su club. Solo que no es su club. Era el Liverpool su meta al éxito, y desaparecida toda perspectiva de ésta a corto plazo no tiene mayor motivo para seguir vistiendo los colores rojos que un leve, etéreo y culpable sentimiento de fidelidad. Algo insuficiente cuando ya en su día abandonó el Atlético de Madrid por la lógica ambición que exige el éxito.

Lectura recomendada | Anfield, puertas del oeste (Pol Gustems en Diarios de Fútbol)

miércoles, 14 de julio de 2010

Capítulo final | Comprender la magnitud de un Mundial

Andrés Pérez | Realmente no somos conscientes de la magnitud de lo conseguido. Quizá necesitemos varias semanas, o meses, quién sabe si años. En concreto cuatro, los que distan de Mundial a Mundial, los que separan la imagen de Casillas alzando el trofeo y otro jugador, llámenlo X de nacionalidad Y, repitiendo el mismo gesto, tan rutinario, tan místico, tan previsible pero tan enteramente embriagador. Quizá cuando dentro de cuatro años España no gane el Mundial y observemos a otra selección sustituirla en lo más alto del mundo comprendamos hasta qué punto es grandilocuente la gesta de este equipo. Quizá solo entonces entendamos el peso de la historia y la relevancia de esta selección.

Hasta entonces es momento de deleitarse. De mantener el vuelo en la nube en la que nos encontramos, nube alejada de la realidad pero hermosa y edulcorada, nube que nos impide, como decía, comprender la gesta. Hablo a modo particular pero creo que es denominador común: me sucedió en el pitido final que sentí la victoria como el deber cumplido, éramos favoritos y debíamos ser campeones, no cabía otra posibilidad, la euforia rebajada por la tranquilidad de saberse en lo cierto y no haber errado. También me sucedió que en el momento sentí una suerte de no era tan difícil, o tanto para esto.

Sea como fuere, alejados de lo real y de lo relevante o no, disfrutar de las calles repletas de banderas y gente celebrando un mísero triunfo en otro deporte más redime al fútbol, a la selección española y a todo lo que genera. No lo excusa, pero sí lo redime. Tiempo habrá de hablar del efecto sedante de este Mundial en la sociedad, si es que lo causa, pero ahora es tiempo de dejarse de absurdas diatribas sociológicas y centrarse en lo única y verdaderamente importante: la gente es feliz. Y con esa sonrisa colectiva basta para responder cualquier pregunta inquietante que nos haga sugerir la ostentosa celebración del triunfo.

España es campeona del mundo tras un Mundial si bien no excesivamente brillante sí inteligente y magníficamente planteado. Tanto desde el plano psicológico como táctico y técnico, España ha sido la selección superior a todas, la meta que deberían intentar alcanzar todas las demás. No hablo del estilo: hablo del plan, del idealismo, del morir al palo de un planteamiento, del romanticismo futbolístico. España ha jugado bien, en ocasiones de modo brillante, y se ha proclamado campeón por primera vez en su historia del modo más justo posible.

No hay peros a este Mundial para España, ni tampoco a esta generación. Copada por un puñado de futbolistas en lo más alto de su carrera deportiva, el conjunto destila además un aire desenfadado y amiguista que es un placer para los ojos del aficionado. Quizá sí, quizá no, quizá decenas de selecciones vencieron sin cruzarse una palabra sus jugadores, pero creo, quiero creer, imagino que queremos creer, que los 23 jugadores que vencieron a Holanda en la final son algo más que un equipo. Probablemente hayan comprendido como pocos la importancia de ser una selección y no un mero repertorio de mejores jugadores de cada pueblo. Es un factor a tener en cuenta a la hora de pesar la victoria de España.

El factor humano. Así se titula el libro de John Carlin en el que habla del nacimiento como nación civilizada de Sudáfrica gracias al Mundial de Rugby. El factor humano es el que ha hecho posible que jugadores de relumbrón como Fábregas o Torres, ensombrecido uno y opaco el otro, asuman su rol o no lo hagan y al menos finjan hacerlo. El mérito psicológico de los pesos pesados del vestuario y del entrenador es tan brillante y admirable como el técnico.

Hablando del plano técnico, honor obliga a recitar dos nombres: Xavi e Iniesta. Ejemplifican como pocos la importancia de lo colectivo puesto que su fútbol se entiende a partir de la asociación y brillan con los demás, no en el individualismo. España brilla asociando, un amigo en cada esquina. Es el triungo de lo colectivo, una lección de fútbol, sentar cátedra deportiva, en suma. Xavi e Iniesta son paradigmáticos de esa cátedra y por más reconocimientos que les niegue el presente la Historia les guarda un rincón de oro. Esta selección ha sido campeona del mundo sin que nadie recuerde un 10, una estrella rutilante que marque el camino. Nadie hablará de un jugador y sí de un equipo. A fin de cuentas el fútbol se trata de exactamente eso.

España es campeona del mundo. Lo es con el mejor equipo del planeta. Más allá del campeonato, el reconocimiento de esta selección, de su idea, se expande por el fútbol de los cinco continentes y perdurará en el futuro. Se trata de un equipo que prima el cómo al fin y por tanto de un equipo que entra en la posteridad por puro romanticismo. Desconozco si la erudición europea o sudamericana enrolará a este conjunto en un hipotético top 5 o 10 de grandes selecciones de la historia, pero desde luego y aun a riesgo de merendarme el calificativo de casero, para mí lo está. Más allá del título, insisto, lo loable de esta España es nadar a contracorriente en un fútbol que retrocede a los 60.

Báñense en oro. En mísitca. Casillas y sus lágrimas ya forman parte de las imágenes legendarias de los legendarios Mundiales. ¿Aún no comprenden la magnitud de la palabra legendaria? No se preocupen, afortunadamente es cuestión de tiempo para todos. Llegará porque se ha conquistado algo eterno: una Copa del Mundo.

Imagen | El País | The Big Picture

miércoles, 30 de junio de 2010

Capítulo 19 | España encontró a Llorente

Andrés Pérez | Parece paradójico y decidor que España encontrara la vía de escape en Llorente, un delantero que de los pies a la cabeza se eleva por encima del metro noventa. Paradójico puesto que España es un equipo pequeño en estatura, que radica su virtud en la triangulación de jugadores técnicos y físicamente poco dotados. Decidor puesto que pone de relieve las dificultades que atravesó el conjunto para traspasar la red portuguesa: no lo consiguió hasta que el hombre que desentona provocó un cortocircuito en la defensa portuguesa.

Fue Llorente y fue España. Un Mundial se compone de una mezcla de psicología y suerte. Jugar bien no siempre es indispensable. España, a pesar del peso de la historia, ha encontrado la psicología en la capacidad de no mermar su juego a pesar de la adversidad o de la impotencia; también ha encontrado la suerte ya que de otro modo no se explica que, aun jugando de modo mediocre o al menos mediocre para lo que nos tenía acostumbrados, se imponga a sus rivales. Sucedió con Chile y sucedió con Portugal.

Hasta la entrada de Llorente por un desubicado, bajo de forma, desmotivado e indigesto Torres, para el que la solución más evidente es la suplencia, España anduvo perdida en un doble pivote que ni creó ni destruyó. Achicó Portugal sabiamente cualquier espacio y convirtió su defensa en una cárcel de difícil salida para Xavi e Iniesta, perdidos en la maraña de pantalones verdes, anhelando un movimiento de desmarque que nunca llegaba y una referencia válida arriba que no existía. Ahogada en su sistema y en la sapiencia defensiva lusa, la selección chocaba una y otra vez primero frente a sí misma y luego frente a Portugal.

Segura de sí misma, la selección de Queiroz buscó sus bazas: sin practicar gran fútbol buscaba a Almeida, referencia ofensiva, para encontrar segundas jugadas o superioridad numérica frente a la defensa española. Encontró ciertos vericuetos por los que intimidar a un preocupante e inseguro Casillas, pero no anotó. No mereció más Portugal que España y lo demostró tras recibir el gol, en posible fuera de juego. Gol que llegó tras una jugada excelsa de Busquets, Iniesta, Xavi y Villa y tras dos ocasiones claras que no entraron.

Las dudas se ciernen sobre España pero adopta la forma de un conjunto campeón a pesar de todo. Está en cuartos de final y se la jugará ante Paraguay, que no demostró nada ante Japón. Quizá la solución sea sustituir a uno de los dos del doble pivote para dar entrada a Fábregas o quizá, simplemente, Del Bosque no quiera asumir riesgos innecesarios en la creación y de ahí, y no tanto por el doble pivote, la lentitud y la parsimonia creativa de España. Quizá no, seguro, Torres no esté para jugar. En cualquier caso, y esto no es un probable sino algo real, España está en cuartos tras dos partidos que, años atrás hubiera perdido.

El peso del campeón, lo llaman. Sin ilusionar ni convencer a un aficionado medio acostumbrado a la divinidad durante dos años, el camino sigue siendo firme. Es la mejor noticia.

Resultados de la decimonovena jornada:

Paraguay 0 - 0 Japón (pasa Paraguay en los penaltis)
España 1 - 0 Portugal

P.D.

Del otro partido mejor no hablar, porque se puede hallar fácilmente entre los dos o tres peores de la historia de los mundiales. Cobardes Japón y Paraguay, la suerte se decantó del lado sudamericano en unos penaltis, de nuevo, dramáticos. Cualquiera de los dos hubiera sido un injusto vencedor.

Imagen | El País

martes, 22 de junio de 2010

¡Avanti España, avanti!


Eduardo Lázaro | Se trataba de ganar y así ha sido. España vence, convence, y depende de sí misma para seguir con paso firme en este Mundial de Sudáfrica 2010. Comprobada la teoría de que lo de Suiza fue "La Cagada del 16-J", los jugadores de la Roja han demostrado quién son, cuánto fútbol les cabe en las botas y lo que es más importante, que tienen hambre de gloria. Quieren pasar a la Historia.

De acuerdo, no han entrado ni siquiera cinco de los nueve goles que podían haber anotado con suma tranquilidad. Pero más allá del marcador, España vuelve a ser el rodillo de juego que acostumbraba a ser. Desbordante, rápido, escurridizo, dominante hasta la desesperación Xavier Hernández Creus mediante, una vez más, obsesivo de cara a la puerta rival, elaborado, de quilates. Muchos dirán: "seamos serios, Honduras no es el espejo donde mirarse". De acuerdo, pero es que este equipo es capaz de hacer de cualquier rival un mero sparring, un saco al que acogotar a base de verticalidad, talento y trato exquisito al balón a falta de bofetadas como panes.

España se ha gustado y, para muestra, el segundo tiempo. Toque, toque, toque y a puerta. Y así vuelta a empezar durante 45 minutos. Ocasión tras ocasión y tiro porque me toca. Si alguien puede explicar de un modo mejor lo visto, que lo anote sin ningún tipo de reparo en los comentarios, yo no puedo. Después de ver a un solo equipo sobre el campo, no sé lo que nos deparará este campeonato, pero no veo cercana una debacle ni una decepción. Es más, España todavía tiene a su alcance una última vuelta de tuerca, un plus de juego y efectividad. Ésto aún puede dar más de sí. Al menos, es la sensación que yo tengo. Ese último paso a dar en busca de la excelencia, que a lo mejor es el mismo que le falta por recorrer a Torres en su puesta a punto.

¿Algún punto controvertido?, ¿algo que decir aparte de los visibles bajones físicos finaleS? Bien, no sé hasta que punto es positivo ese onanismo balompédico, ese métela tú que a mí me da la risa, dar diez pases dentro del área para acabar rematando desde el peor ángulo posible. Vale que hemos tirado a puerta por nosotros y por ellos, por los dos; pero siendo egoísta diría que a veces falta decisión para decir esta bola es mía, la reviento y que arda Troya… pero es que, cuando se juega como anoche, todo lo que yo diga serán meras perogrulladas.

¡Avanti España, avanti!

Lectura recomendada | España se desquita (Más que Fútbol)
Imagen | El País

Capítulo 11 | España se desquita

Andrés Pérez | Atemorizada como llegaba España a la cita frente a Honduras, el resultado obtenido, un dos a cero claro y evidente que no pudo convertirse en la exhibición de Portugal por falta de puntería y cierta ambición en los últimos minutos, es positivo. Lo es porque recupera el aliento de un grupo al que se le había dilapidado o enterrado tras la derrota ante Suiza y lo es, esencialmente, porque en un Mundial cuesta purgar las heridas y más a España. Honduras se enfrentó a un equipo obligado a redimirse y a convencer, espoleado por el fracaso de la primera jornada, y necesitado de gustarse a sí mismo, de autocomplacerse. En esa situación sucumbió, como cabía esperar.

Es cierto y no cabe ningún pero a la siguiente afirmación: Honduras es un rival menor cuya presencia en el Mundial es prácticamente exótica y que para colmo de sus males adolece de la falta de cierto gen competitivo como selección. Intentar elevar a los altares el partido de España frente al combinado centroamericano es distanciarse de la realidad, convengamos, pero no lo es en menor medida exhibir el ímpetu habitual, tan de aficionado español, de crítica por la pura crítica. Esto es: de hablar de horrendo partido de España y fatal resolución frente a la portería hondureña, de aventurar la inminente y segura eliminación ante Chile.

Los fantasmas no los crea el fútbol sino sus aficionados, y en España tenemos una fábrica de sábanas agujereadas en la que trabajan cuarenta y cinco millones de obreros. La selección modificó el esquema para darle mayor verticalidad a su juego y una Honduras latina, adelantada, deseosa de lanzarse al ataque y menos ordenada y seria que la Suiza de Hitzfeld, hizo el resto. Le regaló a España espacio y Xavi abrió a Navas y a Villa para que aprovecharan desde la banda la función de pivote de Torres, anoche ensimismado en su desgracia, en su lesión y en su fatal racha con la camiseta española. Perdió posesión España, en lo que algunos interpretan como peor fútbol que el habitual cuando antes precisamente criticaban la posesión, a favor de un fútbol más vertical y punzante, más peligroso.

Encolerizada como andaba, Villa alzó la voz con un zarpazo estrellado en el larguero de Valladares y refrendó la virulencia del combinado nacional cuando al borde del área grande, escorado a banda, porque el asturiano no entiende de táctica para buscar el marco contrario, se zafó de dos defensores hondureños para colocar el balón en la escuadra. A partir de entonces España dominó y jugó a su gusto, no creando posesiones anodinas y estériles en el medio campo y sí buscando con perpetuidad el marco hondureño, alertando de una goleada escandalosa que no llegó por los continuos desatinos de Torres y la falta de originalidad de un, en apariencia, maniatado Navas, quién sabe si por ser el último en llegar.

Le sentaron bien los cambios a España y ahora a Del Bosque se le plantea una duda razoble: si mantener este once tipo o imaginar un mediocampo con un pivote menos y con Fábregas al lado de Xavi. En cualquier caso el camino será complejo: espera una Chile ordenada y fogosa al mismo tiempo necesitada únicamente del empate para pasar a octavos de final. España se complicó la vida en Suiza y por eso hoy el país es una suerte de cisma entre los optimistas y los cenizos, pero la vorágine absurda de debates inocuos entre aficionados radicales no debería desteñir una evidencia futbolística: ningún equipo, y sí, repítanselo si quieren, era Honduras, ha dominado tanto y ha creado tanto peligro como España. Parece un buen aval.

P.D.1

En el resto de la jornada, Portugal decidió destrozar a las cándidas almas norcoreanas para asegurarse virtualmente el pase a los octavos de final tras la chapuza de Costa de Marfil ante Brasil el domingo. Chile, por su parte, se impuso a la misma Suiza de España y casi, casi, roza con placer el cruce ante Portugal o Brasil.

Resultados de la undécima jornada:

Portugal 7 - 0 Corea del Norte
Chile 1 - 0 Suiza
España 2 - 0 Honduras

P.D.2

Más que Fútbol, tras el parón del fin de semana, volverá a la normalidad hasta el final del Mundial. Espero.

Imagen | El País

miércoles, 16 de junio de 2010

Capítulo 6 | Entre lo paranormal y lo racional: España tropieza ante Suiza

Andrés Pérez | Podía suceder y sucedió aunque fuera improbable: Suiza venció a España en el primer partido del combinado nacional en el Mundial. Fracaso, decepción, desastre, hecatombre, hundimiento, pueden buscar todas las definiciones que quieran en el diccionario pero todas se quedarán cortas y serán una absurda exageración muy española al mismo tiempo. Se quedarán cortas: perder contra Suiza es peligroso y es una mala noticia porque se trata de un equipo menor a España; son exageradas: perder contra Suiza no nos echa del Mundial ni nos resta un ápice de capacidad para llegar lejos o ganarlo.

Cuando la selección pierde partidos como éste, al que no hay que restarle drama pero tampoco sumárselo, llegan los comentarios de toda la vida, el prototipo de español cenizo que por la mañana anda eufórico y por la tarde es un alma desgraciada implorando a las brujas, las meigas y los fenómenos paranormales que se detenga su injusta tortura. Es la Selección un aglutinador de radicales sentimentales incapaces de apartar lo racional de lo emocional, y aunque suene absurdo, quién sabe hasta qué punto ese conjunto de efluvios químicos que rodea al equipo le puede afectar.

Sea como fuere y después de ese inciso extra-futbolístico, Suiza ganó con el mismo merecimiento que el Inter cuando eliminó al Barcelona en el Camp Nou. Con más, si cabe, porque Suiza es un equipo mucho menor en comparación a España que el Inter en relación al Barcelona. Ante la que parecía la candidata número uno y ante la que mejor jugaba al fútbol, esto es, ante una de las mejores selecciones sino la mejor, Suiza hizo lo que tenía que hacer: montar una muralla defensiva y aprovechar una de las dos ocasiones que iba a tener a lo largo del partido. No es antifútbol, es inteligencia. Y Suiza fue inteligente, amén de afortunada: su gol es fruto de cinco rebotes.

Frente al orden y al muro suizo España planteó un partido algo lento pero progresivamente dañino para Suiza, que no dejaba de correr tras el balón. En la primera parte España contó con suficientes ocasiones como para adelantarse en el marcador, y de haberlo hecho estaríamos hablando de una historia muy diferente. No lo hizo, marró, permitió a Suiza marcar y fruto de la ansiedad no supo afrontar una posible remontada. Reaccionó tarde Del Bosque o quizá el error consistió en que jamás tenía que haber reaccionado: en partidos como éste Busquets es un estorbo.

Salieron Navas y Torres y España condicionó su juego al poderío del sevillano en la banda derecha. Inspirado como parecía Navas, España fabricó suficientes ocasiones, de nuevo, como para empatar: un disparo de Iniesta que se escapó a escasos centímetros del palo de la portería Suiza y una jugada en la que Torres demostró no estar físicamente disponible, pero clara. Se lesionó Iniesta en una fuerte entrada de los suizos, a los que no cabe achacarles violencia, entró Pedro, Xabi Alonso estrelló un balón en el larguero y Navas casi rompe la red en un disparo lejano.

Pero nada más. España no trianguló en el mediocampo ante la falta de apoyos que encontró Xavi, ni Torres ni Villa se mostraron activos en la recepción del balón entre líneas, y por las bandas Capdevilla anduvo desconectado y demostrando sus carencias y Sergio Ramos se lesionó cuando estaba siendo el mejor jugador de España. ¿Desastre? Quizá. Pero ni antes éramos el Bayer Leverkusen ni ahora somos la última mierda que cagó Pilatos, como dijera Manolo Preciado. España ha caído ante Suiza y es decepcionante. Pero el equipo es el mismo, los rivales también y la trayectoria de España, de esta España, no de la España del 98 a pesar de su fantasma ni la del 78 a pesar de Cardeñosa, invita a la confianza.

Yo no la he perdido. Sería irracional y absurdo hacerlo. Ahora, quien se quiera aferrar a las meigas, las brujas, los santos y lo paranormal para sumirse en la desesperación y en el fatalismo, está en todo su derecho.

P.D.1

En el partido de la una y media Chile despachó a Honduras sin mayor complicación. Probablemente mereciera más y demostró ser una selección muy complicada. España tendrá que vencer tanto a Honduras como a Chile para pasar a octavos.

P.D.2

Es en estos días uno encuentra el rencor y la mediocridad por doquier. Ésta es la noticia que encabeza la portada del diario deportivo argentino más afamado, Olé: "¿Candidato? Joder..." Y nos quejamos de Inda.

Más Mundial | España descarrila en la primera curva (Enrique Ballester en Diarios de Fútbol) | Sangrante derrota de España (Fran Castarlenas en Let's Dance To Goal) | ¿Pesimista? No, realista (Sergio Santomé en Planeta Fútbol)
Imagen | El País

lunes, 29 de junio de 2009

No hablen de Leyenda Negra

Andrés Pérez | Como es de costumbre en este país al mínimo síntoma de debilidad que la selección española, la misma que ha batido todos los récordos de victorias consecutivas, partidos invicta y para colmo de bienes se ha proclamado campeona de Europa, ha mostrado el fatalismo ha resurgido. España cayó frente a Estados Unidos y se despidió tercera de la Copa Confederaciones gracias a que Güiza salvó los muebles frente a Sudáfrica en el partido del tercer y cuarto puesto, una patraña de la FIFA. La selección se despide del país africano con un balance desolador. Del buen juego ni rastro, de los goles tan sólo ante Nueva Zelanda y de partidos frente a selecciones presumiblemente rivales en el Mundial nada. Cero. Niet. En efecto no es una buena noticia. España ha llegado cansada y desmotivada a un torneo desprestigiado cuyo único aliciente es medirse a rivales de la talla de Brasil. Siquiera ese objetivo ha sido conseguido por lo que sin paliativos se puede decir que el paso del conjunto de Del Bosque por la competición ha sido un estrepitoso fra-ca-so.

Ahora bien. No seré yo quien dilapide ahora a la selección que hace un año obtuvo el cetro europeo. No sería justo ni real aunque haya carencias notables a pulir. Conviene empezar por los fallos, ya saben, para invitar al optimismo una vez analizados los problemas. Del Bosque no es Aragonés, no es ninguna novedad pero es lo más concluyente que se puede extraer de la estancia en Sudáfrica. Quien antaño ganara la Copa de Europa con el Madrid ni ha mantenido la línea de su predecesor ni la ha mejorado. En la Eurocopa, España jugaba con tres mediapuntas cuando no eran cuatro con la inclusión de Fábregas. Todos ellos por delante de Senna, un único recuperador. A priori una tarea imposible y un suicidio futbolístico. Sin embargo en la abrumadora posesión de balón y en la exhuberante calidad de los mediapuntas residió la clave del éxito. La mejor defensa era un buen ataque y España no sufrió en la retaguardia ni en semifinales ni en la final. Todo un logro, toda una lección de fútbol.

Sin embargo la llegada del Del Bosque ha enterrado en cierto modo la utopía de un centro del campo poblado de jugadores aparantemente incompatibles. Incompetibles puesto que, en teoría, reúnen características semejantes y se mueven en la misma franja del campo. En teoría, no en la práctica. La utopía la confirmó Luis en Viena: se puede jugar con cuatro genios a la vez, sin atender a las bandas ni al tacticismo. Del Bosque en esta Copa y como venía haciendo no ha hecho más que enterrar el sueño de quienes creen en un fútbol plenamente preciosista. Es cierto que faltaba Iniesta y que Silva no estaba en su mejor nivel, pero no es menos cierto que la posición de Villa no ha sido tan retrasada como lo fue en los primeros compases de la Eurocopa o que Xavi ha jugado retrasadísimo, prácticamente a la altura de Xabi Alonso. El espíritu de posesión se mantenía, pero sin el fútbol asociativo de antaño, sin toda una amalgama de jugones alrededor del área. El toque se ha retrasado hacia el medio campo y por tanto, ha aumentado el peligro de no hacer daño a defensas parapetadas frente a su portería.

Tal esquema provoca que Xavi tenga que recorrer mucho campo para asistir a los delanteros, Villa y Torres, ahogados y sin espacios. A excepción de Nueva Zelanda, todos los equipos se han sabido defender de España. No hablamos de selecciones de estima, en absoluto. Sudáfrica, Irak y Estados Unidos. Ante ese panorama, ante un bloqueo insalvable, las bandas se han presentado como la única vía de escape. Así se ganó a Irak, con un centro de Capdevilla y así llegó una y otra vez España al área de Estados Unidos, por medio de Sergio Ramos. Bien, está Torres, dirán los más optimistas. Pero no basta. Torres es un gran cabeceador pero está solo, abandonado a su suerte entre dos o tres centrales tan fuertes y altos como él. Los demás no dan la talla en el área, no nacieron para ello, edifican su fútbol en el balón al suelo, en bajar la pelota al piso, no en la guerra aérea.

Los mediapuntas no han existido esta vez. Hemos pasado de cuatro a cero. Xavi no lo era puesto que jugaba prácticamente a la par de Xabi Alonso. Riera es extremo y Cazorla ha estado por completo desaparecido, por no hablar de Fábregas, quien fue el mejor frente a los americanos pero fue sustituido. Sobre él recaía la misión de enlazar con Villa y Torres pero el esquema de Del Bosque le desplazaba hacia la derecha, perdiendo la asociación adecuada con Xavi. Del fútbol de toque y un socio en cada esquina hemos pasado a la soledad de cada uno de sus componentes. He ahí la clave del fracaso. Porque no conviene engañarse. España ha fracasado.

Sea como fuere la inesperada eliminación no ha de ser necesariamente un drama. Se ha hecho mal pero hay razones de peso para creer que tal desastre no se repetirá en el Mundial. Por lo pronto, la temporada ha hecho mucho daño a determinados jugadores, como los del Barça, agotados, fulminados tras una temproada extenuante. Es posible que el próximo año tal situación se repita, pero entendamos que la temporada terminará mucho antes. Para todos. El grupo tiene calidad, está unido, y a pesar de todo, a pesar del fatalismo imperante, de los medios de comunicación morbosos y lamentables intentando vendernos que la leyenda negra resucita y que la Eurocopa fue flor de un día, seguimos estando ante la mejor generación de futbolistas que este país haya contemplado jamás. Faltaba Iniesta, faltaba Senna, faltaba Silva mentalmente a pesar de su presencia constante en el banquillo. Faltaban los pilares básicos, la filosofía, el espíritu y sobre todo la motivación necesaria para afrontar un torneo de estas características. Conviene pulir los errores sin perder la perspectiva. El equipo sigue siendo el mismo. Su fútbol no ha variado. Del Bosque tendrá que aprender de esta experiencia. Obviando la contumaz estupidez de la leyenda negra.

Vía | El País, Marca, Más que Fútbol
Imagen | Marca

lunes, 15 de junio de 2009

Copa Confederaciones 2009 | Días 1 y 2

Andrés Pérez | Le sirvió a Torres, merecedor de un triplete como el que consiguió el domingo, y a la afición de Sudáfrica, merecedora en términos genéricos de un torneo como el Mundial. La Copa Confederaciones no es más que el preludio donde ensayan sus cánticos, sus peculiares bailes y el ensordecedor por axfisiante zumbido a cargo de las trompetas pertinentes, iniciado en el pitido inicial y finalizado tras el minuto noventa. Por lo demás, el España-Nueva Zelanda fue un puro trámite. Corría el minuto 26 y España ya vencía por cuatro goles de diferencia. Renta más que digna y suficiente. Sin embargo, tal resultado entrañaba un riesgo: humillar al rival. Y digo que lo entrañaba para España puesto que nunca es agradable aparentar ser un matón de barrio recién llegado. Villa anotó su vigésimo octavo tanto y el equipo neocelandés se contentó con acercarse levemente a un Casillas soberanamente aburrido. Haría bien la selección de Nueva Zelanda en, por lo menos, vestir de negro. En algo inspirarían a sus colegas del rugby. Por lo demás, la noche y el día.

España camina firme, engrasa la maquinaria, calienta motores y demás metáforas. El otro grupo es menos benigno. Verán. Brasil, que hace tiempo que dejó de ser una Brasil poderosa para ser una temerosa de sí misma, venció por un gol a la nada cenicienta Egipto e Italia hubo de utilizar todos los recursos a su alcance para doblegar a la siempre digna Estados Unidos. Ganaron los dos, sí, es una obviedad, pero la sensación que imprimieron dista mucho de la de un equipo solvente y ganador en un futuro próximo y lejano. Es curioso, en especial, el caso estadounidense. Siempre deambulan por los grandes torneos sabedores de su potencial —más de 300 millones de habitantes— al tiempo que resignados a su suerte. La de ser unos marginados dentro de tan magno país, distraído por el beísbol, la NHL, la NFL y la NBA. En cualquier caso, presentan batalla. Efímera, puede, pero batalla al fin y al cabo. Algo loable en este torneo descafeinado.

Imagen | Marca

martes, 24 de marzo de 2009

No conviene confiarse

Andrés Pérez | España es por méritos propios la número uno del ránking mundial de selecciones de la FIFA. Se proclamó campeona de Europa con un fútbol antológico el pasado verano en Austria y Suiza y actualmente atesora dos de los mejores delanteros del planeta, una media de ensueño con cuatro futbolistas de otro mundo cuyo valor se revaloriza constantemente y en defensa, a pesar de no contar con jugadores que marcarán una época, se muestra fiable y segura. Amén de Casillas, del que sobran las palabras. No sufre en la fase de clasificación para Sudáfrica 2010 y es la máxima favorita para llevarse la inminente Copa Confederaciones. Todo es un camino adornado con pétalos de rosas, ciervos inocentes y demás metáforas que se les ocurran, sí, todo es precioso y nunca lo fue por lo que magnificamos el actual momento de la selección, servidor el primero. Sin embargo ante Turquía conviene no confiarse. Primero porque seguimos siendo España, la misma selección de toda la vida, falible y perdedora, y segundo porque los excesos de confianza siempre repercuten en una catástrofe tan magna como la heróica gesta anteriormente conseguida. Y, ya puestos, porque Turquía fue eliminada de milagro en la pasada Eurocopa en semifinales.

A nivel futbolístico y en teoría Turquía no tiene nada que hacer frente a España. Veremos si es cierto. El combinado turco cuenta con jugadores de calidad notable y con un espíritu inigualable que les llevó a las semifinales en Austria a base de goles en el último minuto, in extremis, causando serios traumas a la República Checa, a Suiza y a Croacia en el colmo del oportunismo turco. Si bien Turquía es un equipo complicado no debiera suponer un escollo de relevancia alguna para España. Entendamos pues que el único enemigo de la selección es la propia selección. Es su creciente ego, su comprensible exceso de confianza a tenor no ya de los resultados, sino del juego practicado sobre cualquier estadio que cuente con cualquier tupido césped verde sobre el que un balón de cuero pueda rodar. España se enfrenta el próximo fin de semana a España. A once jugadores contra su subconsciente. A excepción de Bélgica y Grecia —en un partido de puro trámite— la selección no ha tenido que remontar ni en la Eurocopa ni en lo que llevamos de la fase de clasificación por lo que su comportamiento ante un posible gol que le ponga contra la espada y la pared es absolutamente imprevisible. El dominio constanet del balón, apabullante, en ocasiones desesperante para el conjunto rival se puede tornar en un arma de doble filo cuando el equipo rival se encierra atrás parapetado tras un gol a favor.

Las semejanzas con el Barça de Riijkard son notables. Era un equipo que, si bien estaba perefctamente capacitado para remontar, siempre parecía hacerlo de forma agoníca, por completo desesperante llevando el balón de uno a otro lado del campo, frenet al área rival, buscando un hueco en una pared de hormigón armado. Basta recordar eliminatorias frente al Chelsea, el Liverpool o la final de 2006 frente al Arsenal para comprobarlo. España no sabe jugar alocadamente, con corazón. Juega con cabeza, con una prodigiosa cabeza personificada en Xavi, Iniesta y Xabi Alonso, pero sin empuje cuando más necesario es. Por el momento tal estado de ánimo nunca ha sido necesario. Con el control total del esférico se han solucionado todos los problemas, nunca la máxima de un buen ataque es la mejor defensa ha sido tan plausible sobre un campo de fútbol; y es por ello por lo que debiera preocuparse Del Bosque. Si Turquía se pone con un gol por delante la selección se colapsará en un fútbol que se perderá en lo superfluo a no ser que el técnico tenga algo preparado. Quizá una arenga. Quizá un revulsivo que rompa la línea defensiva del conjunto otomano. Quizá un milagro. Desconocemos el dato porque la selección no ha necesitado remontar jamás en esta nueva era, no al menos en partidos de relevancia supina —obviemos por un instante a la endeble Bélgica, Turquía está a otro nivel—, lo cual es una excelente noticia, pero siempre se ha de ir un paso por delante.

España se puede sumir en la desesperación de lo efímero del tiempo. Es decir, España puede tocar, tocar, tocar y tocar fiel a su estilo y dejar escapar el tiempo buscando una grieta en el muro armado que pretende esquivar. Obviamente el conjunto cuenta con recursos de sobra para superar el hándicap. La convocatoria de Mata por el maltrecho Iniesta es una buena y una mala noticia. España pierde al jugador que, junto a Xavi, mueve los hilos del equipo; pero gana en verticalidad y desparpajo. Mata es delantero o extremo, es rápido, es regateador y tiene gol. Idóneo ante la posibilidad de una remontada heróica. Nada que ver con el descontrolado Capel. Villa, otro valencianista siempre pesca en río revuelto, la movilidad de Torres siempre consigue abrir espacios en las defensas y el recurso de Llorente permite incluso buscar balones aéreos en un último intento desesperado por remontar. Claro que todo esto son suposiciones. Benditas suposiciones, añado. Bendito problema si éste es del único que España tiene que preocuparse. Quizá este post caiga en balde y la selección siga deleitanto al mundo entero con un fútbol por completo fuera de lo normal.

Vía | Más que Fútbol, FIFA
Imagen | El Mundo, Marca

Más que Fútbol ● 2009