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miércoles, 18 de mayo de 2011

Manchester es una fiesta


Andrés Pérez | Hubo un tiempo, durante la década de los ochenta, en el que a los aficionados del United y el City, ambos equipos de Manchester, no tenían gran cosa que celebrar. Los equipos más allá del Mersey, Liverpool y Everton, se repartían, con más fortuna para los reds que para los toffies, la práctica totalidad de los títulos ligueros. Así, en Manchester, lejos de las mieles del éxito deportivo, se consolaban en discotecas maravillosas donde grupos de todo tipo y condición hacían historia sin saberlo, probablemente más ocupados en experimentar con todas las drogas de diseño que les fuera posible. Joy Division había muerto con Ian Curtis y su trágica concepción de la existencia humana se había transformado en New Order, un hedonista grupo de post-punk que creció y creció junto a Tony Wilson y a un garito ya legendario llamado The Haçienda, centro neurálgico de todo lo que sucedería en Manchester durante los años posteriores.

Manchester era una fiesta. La producción musical de aquellos años, a falta de cosas mejores de las que presumir en los terrenos de juego, fue sencillamente abrumadora: New Order, Happy Mondays, The Smiths, The Stone Roses o Inspiral Carpets entre otros muchos dan fe de ello. Pero, como todo en la vida, aquel desmadre continuado que debía ser la ciudad mancuniana en los ochenta terminó por irse al garete, surgió el grunge, todo el mundo comenzó a girar la cabeza en dirección hacia la deprimente Seattle de principios de los noventa y hasta que un par de paletos apellidados Gallagher decidieron perpetrar esa obra magna de la última década del siglo XX llamada Definitely Maybe nadie volvió a preguntarse por aquella ciudad del norte, rica e industrial que no destacaba por absolutamente nada.

Por nada excepto por un equipo que, tras la resaca permanente en la que se instaló el Liverpool, comenzaba, de la mano de un tal Alex Ferguson, a llevarse títulos a espuertas. Y así hasta la decimonovena liga del pasado fin de semana, campeonato que deja en solitario al Manchester United como equipo que más veces ha ganado la Liga en Inglaterra. Armando menos ruido y con una trayectoria neonata en lo tocante a la consecución de títulos, el City, casi al mismo tiempo con un gol del intratable Touré Yayá, levantaba la FA Cup, un trofeo indispensable para que el multimillonario proyecto encabezado por un fondo de inversión árabe continúe en pie y en el futuro, a base de libras, aspire a algo más. Manchester, el pasado fin de semana, volvió a ser una fiesta. Sus dos equipos se repartían los títulos.

No cabe sino admirar al United, un equipo pensado y fabricado para la gloria que con pasmosa facilidad la obtiene año sí año también. A su decimonovena Liga, tras gol de Rooney, el mejor jugador del equipo, hay que sumar una nueva final de la Champions League, esta vez ante el Barcelona. Y poco más queda por decir del magnífico equipo que Ferguson ha ideado. En esta su última temporada se retira en lo más alto. Es el más grande. Sin discusión. Como sin discusión es Mancini un entrenador pobre en recursos y cobarde en sus ejecuciones. Nadie osaría negarle tan orgulloso título a un italiano. De ahí que sorprendiera el domingo ante el Stoke, controlando el partido su City, buscando variantes ofensivas, rotando en Silva para que éste, a base de asociarse con sus compañeros, fabricara ocasiones con más criterio que la pura intuición bruta. No cuesta imaginar al City o al United bailar a sus respecivos rivales al ritmo de 24 Hours Party People o a Ferguson observando en retrospectiva su carrera deportiva con Age Of Consent de fondo, henchido de gloria y placer.

No cuesta, al mismo tiempo, imaginar a toda una ciudad moviendo sus cuerpos indefinidos a ciertas alturas de la noche bajo el techo de la ya finada pero siempre presente Haçienda. Porque, en el fondo, Manchester nunca dejó ni dejará de ser una gran fiesta.

Imagen | El País

lunes, 18 de abril de 2011

Los petrodólares no dan títulos, pero facilitan su consecución


Víctor Úcar | Está más que demostrado que en el fútbol el dinero no lo es todo. Es cierto que ayuda a confeccionar un equipo más competitivo y permite contar con jugadores de más calidad. Sin embargo, y afortunadamente para el fútbol, todavía está prohibido comprar títulos —o al menos jamás ha sido demostrado que algún club haya cometido esta irregularidad en el pasado más inmediato—, y por ello sigue siendo un deporte con algo de emoción. Los dirigentes del Manchester City aterrizaron en Inglaterra en 2008 con la idea de hacer del City una potencia futbolística en la Premier League y también en Europa. Sin embargo, el conjunto celeste continúa sin añadir un solo trofeo a sus vitrinas, repletas de polvo desde los años 70.

Pero tres años después de la llegada de los petrodólares, el vecino «pobre» de Manchester —el United ha sido históricamente el equipo más potente de esta región inglesa, tanto en parámetros económicos como sobre todo deportivos—, tiene por fin la posibilidad de cambiar la tendencia. Es cierto que los red devils tienen la Premier prácticamente en el bolsillo y son favoritos para disputar la final de la Champions contra una de las dos superpotencias de la Liga BBVA —el Real Madrid o el Barcelona—, pero los citizens han logrado algo que hacía mucho tiempo que no conseguían: arrebatarle a su máximo rival la posibilidad de levantar un trofeo; superar el papel de víctima que han desempeñado habitualmente a lo largo de su historia; competir de tú a tú con el vecino «rico»... En definitiva, ser protagonistas por un día en la ciudad de Manchester.

Eso es lo que ocurrió ayer en el majestuoso templo británico de Wembley en las semifinales de la FA Cup, la competición futbolística más antigua del mundo. Los red devils, siempre favoritos en el derby de Manchester, acusaron las ausencias de sus dos estrellas: el delantero de la selección inglesa Wayne Rooney —sancionado por soltar improperios en un partido ante una cámara de televisión— y el veterano y talentoso Ryan Giggs —lesionado tras su magnífica actuación en la vuelta de los cuartos de final de la Champions contra el Chelsea—. Sin duda, dos bajas notables, puesto que se trata de los dos jugadores que mejor entienden este deporte en el conjunto que dirige Sir Alex Ferguson. Por su parte, el City arribaba en Londres con la ausencia de su referente ofensivo, el «apache» Carlos Tévez, posición que Mancini decidió cubrir con el italiano Mario Balotelli, dejando de nuevo a su fichaje estrella del mercado invernal —Dzeko — en el banquillo.


El partido auguraba un clásico choque inglés: las gradas abarrotadas, alternativas para ambas escuadras y mucho músculo e intensidad en el centro del campo. Sin duda, el equipo que fuese capaz de adueñarse de esa parcela del terreno de juego, partiría con una gran ventaja. Y ese es el motivo por el que los citizens consiguieron noquear a sus vecinos. En el primer período ambos conjuntos dispusieron de opciones interesantes, pero nadie se adueñó plenamente del esférico. Es cierto que el City atacaba con más intención que su rival, pero los red devils se agarraban a las siempre peligrosas internadas de Nani por banda y al peligro de su estilete con mayor envergadura, Dimitar Berbatov, en las jugadas aéreas. Sin embargo, en la segunda mitad todo cambió. El marfileño Touré Yaya decidió tomar las riendas de su equipo y, junto a su escudero el holandés De Jong, comenzó a ejercer una dictadura en el centro del campo que ahogó al Manchester United en su propia área. Los de Ferguson se habían quedado sin oxígeno. Y en uno de los intentos por desatascar el juego, Carrick erró un pase al borde del área del United que Touré adivinó a la perfección. El ex jugador del Barça se introdujo en el área y batió a Van der Sar por bajo con un disparo certero. La historia estaba cambiando.

Tras el gol de Touré Yaya, el partido se tornó agresivo, más intenso y muy físico. Mientras los citizens habían salido en el descanso con las ideas muy claras y con el único objetivo de ir a por el partido, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson, a pesar de estar físicamente en el estadio de Wembley, su actitud mostraba todo lo contrario. Parecía que el ManU no había saltado al césped del histórico campo inglés tras la reanudación, y que seguía en el vestuario. De Jong y Touré Yaya se hicieron dueños absolutos del centro del campo anulando a Scholes y Carrick, que ni siquiera con faltas conseguían arrebatarle la posesión a los musculosos futbolistas que dirige Mancini. Tampoco podemos olvidarnos de la labor de David Silva. Ayer, una vez más, el canario demostró ser el jugador con más calidad sobre el terreno de juego. Gestos sutiles, movimientos inteligentes y pases con una precisión desmesurada permitieron que su equipo le jugase de tú a tú a un Manchester United muy poco consistente y algo desconcentrado. Además, las bandas del conjunto citizen, lideradas por Barry y un omnipresente Kolarov, funcionaron como cuchillas afiladas, para desgracia de los red devils.


Y por si fuera poco, el veterano futbolista del ManU, Paul Scholes, ante la impotencia de ver cómo su equipo era incapaz de hacerle daño a su vecino de Manchester, decidió borrarse del partido a falta de 20 minutos para la conclusión con una entrada criminal y sin ningún sentido —que bien podría haber sido firmada por su mentor y compañero en el centro del campo en sus primeros años de profesional, el irlandés Roy Keane—. Triste final en esta competición para un jugador que ha marcado historia en el club —lleva 17 temporadas y ha afirmado que es probable que se retire el próximo verano— y que es un auténtico referente para la hinchada del United y también para todo el fútbol inglés. Pero paradójicamente, la expulsión del pelirrojo animó a los red devils y amilanó a los citizens. Solo la imprecisión de los de Ferguson pemitió al Manchester City crear algo de peligro en el área de Van der Sar durante los últimos minutos. Nani y el revulsivo Chicharito aportaron electricidad a su equipo y mantuvieron la esperanza hasta el final, aunque ambos sabían que el partido se había perdido en la reanudación debido a una grave falta de actitud de su equipo.

Una locomotora llamada Touré Yaya, bien secundada por sus compañeros, hicieron ayer del City un equipo compacto y difícil de franquear. Una victoria merecida que le permite al Manchester City jugar la final de la FA Cup contra el Stoke City —clasificado tras vencer por 5-0 al Bolton en la otra semifinal— y seguir creciendo como club. Una oportunidad de oro para que los jeques árabes empiecen a estar más tranquilos con sus multimillonarias inversiones —aunque no siempre efectivas—. Una ocasión de ver al vecino «pobre» de Manchester superar por una vez a su máximo rival. Pero la duda está en ver si los citizens serán capaces de aumentar su reducido palmarés o les podrá la presión ante un rival claramente inferior. Lo único que está claro es que, mientras sigan teniendo tanto capital para poder invertir en grandes jugadores, podrán aspirar a títulos con muchas más facilidades que el resto. Y eso, aunque no asegure su consecución, ya es una gran ventaja.

Imagen | Europa Press | Medio Tiempo | El País

jueves, 14 de mayo de 2009

El Barça fue simplemente fiel a sí mismo (Barcelona 4 - 1 Athletic)

Andrés Pérez | Conviene, antes de ponerse a hablar de los pormenores de la final de Copa, analizar en profundidad el verdaro valor de un trofeo devaluado. Ayer Valencia fue una fiesta. Suena a tópico pero no deja de ser real. Es, de lejos y sin ningún tipo de lugar a duda, su celebración la mayor alegría que el fútbol español pueda ostentar. El trofeo que de verdad debiera llevar por bandera. Anoche vivió su día más grande del año, nadie puede olvidarlo, nadie debe hacerlo. La Copa, la defenestrada por todos Copa del Rey, resucita cada año a mediados de mayo. Lo hace a lo grande. Sin paliativos. Mostrando la viveza de las gentes de este país, la alegría de sus aficiones, la elegancia de las mismas al resignarse a la derrota humildemente o el estilo de quienes ganan al saber reconocer a quien enfrente anima, su esfuerzo, su labor, su innegable mérito a pesar de la derrota. Ayer, como el año anterior, como hace dos años, las aficiones fueron las auténticas protagonistas de la fiesta. Por ellas vive el fútbol, más aún, para ellas. A pesar que desde la Federación pretenden olvidarlo, ellos, nosotros, hacemos el fútbol. Hacemos de noches como la de ayer, gloriosas.

Porque fue una noche memorable. Se revivía la final clásica del fútbol español, entre el Barcelona, máximo estandarte del campeonato copero y el Athletic, histórico venido a menos que atraviesa una sequía de veinticinco años, ideología futbolística puesta en duda y tantos llantos después. Fue absolutamente conmovedor comprobar como, más allá del resultado, la afición del Athletic necesitaba de una cita grande, un lugar donde revivir todo lo que antaño fueron y ahora recuerdan con apasionada nostalgia. Finalizado el partido, destrozado su equipo por una máquina casi perfecta de hacer fútbol, la afición no hizo más que enarbolar sus bufandas y dejarse la garganta demostrando que más allá del resultado, en días como los de ayer lo importante es llegar. Supone la de anoche una derrota incluso, me atrevería a decir, dulce. Perdió el Athletic contra un equipo omnipresente, superlativo, de otro planeta, que practica un deporte ajeno al que el resto de conjuntos del mundo intentan interpretar. Cayó el Athletic frente a un Barça legendario, con la sensación de trabajo cumplido, de haber superado a quienes estaban a su nivel durante el resto del campeonato. La final ante el conjunto de Guardiola era un caramelo prácticamente inalcanzable. Los dulces días de cuartos de final y semifinales, el auténtico premio.

Suena duro, no lo negaré, resignarse de tal modo ante una derrota. Fue más dura, probablemente, la derrota por idéntico resultado del Zaragoza ante el Espanyol, o la del Madrid ante el propio Zaragoza. La de ayer, la derrota que el Barça infligió a un muy noble Athletic, es una derrota que no duele tanto como las demás. No lo hace porque se produce ante un fenómeno paranormal. Todos y cada uno de los aficionados y jugadores que anoche representaban al Athletic, sabrán hoy a la perfección que ningún equipo en circustancias normales, le hubiera podido hincar el diente al Barça de esta temporada. Al Barça. Quizá no merezca la pena siquiera narrar lo sucedido, alabar al equipo culé, destacar sus virtudes, limar sus defectos. Se ha hablado tanto durante toda la temporada de una escuadra legendaria que no merece la pena resaltar el nimio hecho del trabajo bien hecho. Anoche el Barça hizo lo que todo el mundo esperaba que hiciera. Fue fiel a sí mismo, y, dada la aplicación práctica de su filosofía y la calidad física, técnica y mental de sus jugadores, no podía suceder otra cosa más que lo que lleva sucediendo toda la temporada. Una victoria. Redonda.

Merece Guardiola un aplauso. No ya por su fútbol —lleva recibiendo aplausos por él durante toda la temporada— sino por dar una lección de como respetar al torneo mayor de España, al inicio de todo, a la Copa. Harían bien tantos equipos en no dejar de lado un torneo prestigioso, que alegra la temporada de la afición y le permite disfrutar de un día absolutamente perfecto sea cual sea el resultado final. El Barça está en la final por el tesón que Guardiola ha mostrado para conquistar un trofeo devaluado por los demás, por su inteligencia a la hora de dosificar esfuerzos, por su elegancia cuando decidió que la Copa es un título igual de importante que los demás. Diran, es cierto, sí, pero siempre jugó con los reservas. No menos cierto. Sin embargo, ahí andaba Messi en el Calderón, o ante el Valencia. El Barcelona ha querido la Copa desde un principio y no se resignó, como el resto de conjuntos grandes hundidos en la más absoluta mediocridad, a dejarla ir como un trofeo menor, como un asunto baladí. Solo por eso, por luchar un torneo progresivamente devaluado, Guardiola ya merece más de un elogio.

Los demás le llegan y le llegarán por su manera de entender el fútbol. El fútbol que rehúye del patadón. El fútbol de Xavi. El de Messi. No fueron pocas las veces que anoche, Pinto, en vez de colocar el balón en un lateral del área pequeña presto al despeje como la mayor parte de arqueros del mundo, posó el cuero en pleno corazón del área y abrió a banda a uno de sus centrales. El Barça construyó en un partido de importancia supina la mayor parte de sus jugadas así. Esquivando la adelantada presión del Athletic desde la línea de fondo de su portería. Tocando a lo largo y ancho del terreno de juego hasta alcanzar la meta rival, y machacarla. Por momentos, fue un recital, un espectáculo, una muestra de insultante poderío. De belleza. Algo que debiera ser enseñado en las escualas de fútbol. Lo hizo incluso cuando durante los primeros quince minutos, la ansiedad de un cuarto de siglo sin títulos del conjunto de Caparrós provocó la parálisis cerebral del Barça.

Marcó Toquero en un córner, un balón aéreo, probablemente el único defecto que le cabe a este Barcelona. Lo hizo y el Athletic se vino arriba moralmente, abajo futbolísticamente. Se acorraló atrás, sabedor de la imposibilidad de mantenerse en pie en un cara a cara frente a semejante boxeador, probablemente escogiera el camino correcto dadas sus limitaciones, pero ni aún así consiguió evitar el chorro ofensivo orquestado magníficamente por Xavi. El Barça tardó alrededor de veinte minutos en recuperarse del gol de Toquero. Cuando lo hizo, jugó a lo de siempre. A lo mismo que jugó con el resultado en contra en el Bernabeú. Y, curiosamente, hubo de ser Yayá Touré quien, tras una jugada magnífica, reventara la red de Gorka Iraizoz, quien, desconsolado, lloraría finalizado el partido de pura rabia. De impotencia. Ahí, posiblemente, terminó la final para el Athletic.

Terminó puesto que no fue capaz de poner en apuros a Pinto jamás. A pesar del empate en el marcador, parecía que el Barça lo tenía todo controlado. Su fútbol desembocó en un caudal ofensivo insostenible por momentos durante el final de la primera parte y el inicio de la segunda. Parecía que, tarde o temprano, debía llegar el gol, por pura lógica racional. Llegó, de la mano de Messi. Minutos más tarde, marcaría Bojan. En diez minutos la final había finalizado y el Athletic no conocía el verdadero motivo. Es tan bello este Barça que cuando te mata, ni siquiera lo hace con la crueladad despiadada de otros grandes equipos. Lo hace suavamente, práctiamente queriendo no ofender, asumiendo de antemano que es su fútbol quien provoca la humillación sistemática del rival. Sería Xavi, ese genio, quien firmaría el cuarto con un golpeo excelente de libre directo. Suave, parabólico, perfecto, a la escuadra. Fue Xavi pero pudieron ser tantos más. Para entonces el Athletic comprendía ya que su guerra había finalizado, que el sueño de la Copa no era precisamente más que un sueño. A pesar de todo ello, la afición se mantuvo en pie, impertérrita, consciente de que la magnitud de la derrota exigía una respuesta no menos grande. La dió. Los últimos veinte minutos de partido fueron suyos, de las aficiones. Para deleite de ambas. Para escarnio de quienes decidieron enterrar la Copa en los más bajos fondos de su proyecto deportivo. Para goce del aficionado al fútbol, lo practique quien lo practique.

Vía | Más que Fútbol, YouTube
Resumen | El País, Marca, La Vanguardia, Público

Más que Fútbol ● 2009

jueves, 7 de mayo de 2009

Justicia poética (Chelsea 1 - 1 Barcelona)

Andrés Pérez | Digamos que hay dos tipos de justicia para determinar quién debió pasar a la final frente al Manchester United. Por un lado encontramos la justicia pragmática, aquella que atiende a motivos puramente terrenales, a lo plasmado en el terreno de juego. Hubo un equipo que tuvo más ocasiones, que se sintió más seguro, que ejecutó su plan de manera perfecta, que pudo sentenciar la eliminatoria pero visicitudes del destino no logró hacerlo. Por el otro encontramos la justicia poética. Aquella que reivindica el amor platónico del buen fútbol, la filosofía de tocar y moverse, la de mentes privilegiadas que atisban en rincones lóbregos espacios iluminados, la justicia de un equipo al que las trabas inmorales del rival en toda una semifinal de la Copa de Europa le impidieron plasmar la idea más bella que el fútbol jamás haya concebido sobre el césped. Por justicia pragmática el Chelsea era más digno finalista que el Barcelona. Atacó más, creó más peligro y, dejando a un lado el estilo, los caminos, aplicó su plan a la perfección sin fisura alguna. Ahogó a un Barcelona que mereció más por pura justicia romántica. Por morir con un estilo hasta las últimas consecuencias a pesar de siquiera acercarse con mínimo peligro a la puerta de Cech. No logro explicarlo, pero el destino, el misterio, un ser superior o simplemente Iniesta obraron el milagro. Reivindicaron la superviviencia del idealismo.

Hablaba el otro día del idealismo de Wenger y su pléyade de niños que tan bien mimaban el balón. El martes el Manchester se encargó de echar por tierra cualquier atisbo de romántica esperanza que el aficionado al buen fútbol, del cual Barça y Arsenal probablemente sean sus mejores representantes, pudiera tener. Es posible que el idealismo sea pura y exclusivamente idealismo. Filosofía. Ideas sin aplicación práctica. Es posible que quienes intenten vivir de la filosofía mueran en el intento, sucumban ante el pragmatismo obsceno que el Chelsea practicó anoche en Stamford Bridge. Es posible. No lo negaré. Pero el Barça de este año se ha empeñado en demostrar que es posible vivir de la idea, que es posible vencer aplicando en la práctica todo aquello con lo que sueña cualquier aficionado. Es posible ser campeón de Europa frente a equipos industriales y correosos, frente a máquinas perfectamente engrasadas con un conjunto plagado de livianos genios. Anoche estuvo cerca de sucumbir ante el ya citado pragmatismo, anoche el Barcelona estuvo a menos de un metro de descender a los infiernos y defraudarse a sí mismo, a punto de derrumbarse ante un muro de hormigón. Casualidades del destino, exista o no, no lo hizo. Parece señalado para mostrar a todo el mundo que no siempre ha de primar la táctica y el físico. Que la improvisación de jugadores pequeños y no excesivamente veloces puede y debe imponerse a todo lo demás.


Fue un milagro. Lo fue porque el Barça no tuvo opción alguna en todo el partido. Los paralelismos con el Arsenal son asombrosos. Saltó al campo convencido en la aplicación práctica del plan ofensivo, el que debería hacer bastado para alcanzar Roma. Por momentos pareció tener éxtio. Antes del imposible gol de Essien el Barça era mejor, se acercaba con cierta impertinencia a las inmediaciones de Cech y manejaba a un Chelsea desorientado, sin rumbo, esperando que en algún momento indeterminado el conjunto de Guardiola perdiera el balón, la cabeza o el don de jugar al fútbol. Sin embargo en la primera llegada del equipo londinense al área de Valdés, un fatídico rechace sirvió a Essien para demostrar que no sólo Zidane es capaz de dibujar obras de arte. La relevancia no es la misma, entendamos, ni la belleza —Zidane es el paradigma de la elegancia, voleó en seco—, lo cual no es óbice para que el gol pase desde ya a ser el mejor de todo el torneo. Sea como fuere, el Chelsea, sin querer, se había adelantado. Vaticiné días antes que este partido lo decidirían los primeros minutos. Creí no equivocarme cuando fue el Chelsea quien se adelantó. Gol a favor, eliminatoria viento en popa toda vela, férrea defensa del resultado y camino Roma.

Ese era el plan y el Chelsea lo aplicó a la perfección. Al Barcelona, la magnífica volea del africano le impidió pensar con frialdad. No merecía un castigo semejante y a pesar de todo con un gol estaba en la final, sin embargo el conjunto al completo se paralizó. De repente, nadie recordaba cómo jugar al fútbol, cómo bailar a un equipo que estaba sometido desde el primer minuto gracias al movimiento incesante de jugadores y balón. Se paralizó el Barça y esa paraáisis le duró hasta el final del partido. El peligro de tal estado de conmoción no era tanto el no anotar un gol a la postre definitivo como el de permitir al Chelsea lanzarse al contraataque, uno de los equipos con más argumentos para hacer temer al rival en caso de que éste se lance sin miedo a por el empate. Por ahí andaban Drogba y Malouda. El primero desquició un rato largo a Piqué y Yayá y el segundo impedirá que Daniel Alves, jugador insustituible dentro del esquema de Guardiola, juegue la final frente al United. En aquel momento parecía lo de menos. En frío, es algo más grave. Dos intervenciones milagrosas de Valdés permitieron respirar al Barcelona quien no se encontraba ofensivamente. Eto'o, sombra de sí mismo, anclado en una banda. Messi absolutamente des-a-pa-re-ci-do. Iniesta y Xavi mantenían la esperanza a flote, pero el escaso movimiento impedía cualquier posibilidad de acercamiento al área londinense. Resultado, cero ocasiones dignas de mención

El Barça hacía aguas por todas partes, sin embargo, Xavi al frente, el estilo se mantenía. Impertérrito, Guardiola no cambió el esquema siquiera cuando Abidal, iniciada la segunda parte, fue expulsado en una maniobra absolutamente censurable por parte del árbitro en cuestión. Se podrá amparar el Chelsea en el penalty no pitado a Piqué, sí, ya que lo era, pero no debiera olvidar que Abidal jamás debió abandonar el campo y que Essien, a tenor de una entrada delictiva a Iniesta, sí. En cualquier caso el problema mayor del Barça en este momento es que se enfrentará a Ronaldo y a Rooney sin sus laterales titulares. En aquel momento, en absoluto alguien pensaba en Roma. Estaba demasiado lejos. Xavi apoyaba, recibía, le daba salida al balón y conseguía movilizar al equipo. Lo hacía desde la línea divisoria por lo que el Chelsea, arropado atrás, no sufría mayor desdicha que la de despejar una y otra vez los repetitivos y previsibles ataques barcelonistas. Eto'o seguía inédito. Messi desastroso. Iniesta se difuminaba en la izquierda, Keita mantuvo un nivel absolutamente intrascendente, al igual que Busquets, quien se vió superado en todo momento. El baluarte ofensivo del Barça, con uno menos, era desolador. Alves, la última esperanza, luchaba, se ofrecía y llegaba hasta las inmediaciones del área de Cech para a la postre no saber centrar. Desesperación.

Así se debía sentir Xavi, o Piqué, o Yayá Touré, o incluso Valdés, únicos y verdaderos artífices anoche de la clasificación baulgrana. Los tres últimos evitaron la goleada —mención especial para el marfileño, quien sin ser central paró en seco todas y cada una de las acometidas londinenses— y el primero, esto es, Xavi, mantuvo en vilo la dignidad del Barça. El estilo, el tan renombrado estilo. Mantuvo, en resumen, el único argumento posible hoy a favor del Barcelona. En el campo, a excepción de él, nadie más demostró algo digno de mención, superados por el poderío físico de un Chelsea metalúrgico, aplastante, expeditivo, seguro. Y a pesar de todo, a pesar de que el Chelsea a estas alturas del partido podía ir ganando por tres goles de diferencia, a pesar de la inoperancia de Messi y de la inactividad de Eto'o, en un segundo para la historia, a Iniesta se le ocurrió colarla en la escuadra. Es posible que me bailen los datos, pero posiblemente fue el único disparo a puerta del Barça en todo el partido. En la frontal, con el Barça ahogando al Chelsea en los últimos quince minutos. El Barça está en Roma por un auténtico milagro. Iniesta apareció en el minuto final, cuando el Chelsea ya celebraba la victoria. Un gol que a buen seguro dolió. Un gol que probablemente hizo justicia a una idea y no a una praxis, un tanto que otorgó una segunda oportunidad a un Barça quizá ya, legendario.





Vía | Más que Fútbol, YouTube
Imagen | Marca, El Mundo

Más que Fútbol ● 2009

jueves, 10 de abril de 2008

El paciente no inglés (Barcelona 1 - 0 Schalke 04)

Andrés Pérez | Escucho las palabras de Sala Martín respecto a que muchos jugadores salen de fiesta, son castigados y se tapa con una lesión y me estremezco. Me estremezco entre otras cosas porque no concibo, por ejemplo, que un tipo como Deco, pieza clave del mejor Barça y que hoy en día sería titular siquiera sin llegar a pestañear en el tiempo que dudamos. No quiero creer, o mejor, no voy a creer las palabras de Sala pero crean un ambiente de mucha preocupación alrededor del club. Y del equipo. Equipo que está triste, sin fuerzas ni motivación para seguir adelante con aquello que esté haciendo en este momento, algo que ni siquiera los mismos jugadores saben. Porque no saben a lo que juegan ni porqué juega. ¿El sueño de la tercera? Si es cierto no lo aparentan, o sus sueños se acaban donde los deportivos y las casas de lujo. No lo sé. Lo que anoche se vió en el Camp Nou es la prueba palpable de que hay un enfermo, que es paciente de la Copa de Europa primero porque está en sus brazos y segundo porque pacientemente ha esperado a semifinales para medirle a un equipo serio. Y el premio a cambio de unos octavos y cuartos risorios es el más gordo de todos. El Manchester United.


Cuando el ambiente viciado de un club afecta a los jugadores se nota en el campo y creo que la prueba más palpable de todo ello es el paupérrimo juego mostrado por el Barcelona en ambos partidos, tanto el de ida como el de vuelta. La afición, en teoría, no debería tener que silbar al equipo, que está en semifinales; pero al afición es inteligente y sabe que ha llegado de rebote, ante un Celtic pobre y un Schalke que ni es alemán ni es equipo serio para la Copa de Europa. Lo más destacado del equipo bávaro ha sido Jones, un jugador que no fue titular en la ida y que anoche pudo haber pegado más de un susto al Barcelona, de la mano de Kuranyi y Asamoah. Lo demás, a excepción del siempre cumplidor Rafinha, es un equipo carente por todos los costados de calidad. Ni siquiera en la UEFA destacaría. Más allá de la inexplicable clasificación ante el Oporto está el quid de la cuestión. Porque el Schalke 04 ha podido ganar esta eliminiatoria. Y si son tan malos, no se explica.


Salió el Barça al campo completamente atemorizado y sin saber qué hacer. Sorprentendemente el Schalke pareció mejor que en la ida y dominó los veinte primeros minutos, aunque no al nivel que el Arsenal lo hizo ayer en Liverpool. Casi daban ganas de llorar viendo el partido y recordando el espectáculo que Liverpool y Arsenal nos ofrecieron ayer. Poco ritmo, pocas ocasiones, jugadores torpes y sin intensidad, poca calidad. En resumidas cuentas, una eliminatoria con dos goles (uno de ellos de auténtico esperpento digno de Valle-Inclán) y un juego insultante para aquellos que pagaron su entrada por ver el proyecto de fútbol que ambos equipos han ofrecido en ambos encuentros. El Barça ha llegado a las semifinales y es el único equipo que no es de las islas. Probablemente también sea el único enfermo de pies a cabeza. No tiene muchas esperanzas la afición y menos aún los jugadores, que juegan sabiéndose inferiores al resto de semifinalistas.


Si bien el Schalke tuvo cuatro ocasiones clarísimas para ponerse uno o dos cero en el marcador ante una pasiva defensa baulgrana, Xavi, con más intención que acierto trató de echarse el equipo a las espaldas y maquillar la pobre imagen del equipo. Antes de que acabara la primera parte, el Barça ya había robado la pelota al Schalke y caminaba lenta y toscamente hacia la meta de Neuer, de nuevo, buen portero. El gol llegó cuando la primera parte caminaba hacia una muerte lenta y dolorosa visto lo visto sobre el césped. Tras un centro de Bojan, un remate extrañísimo, una pelota que vuela y vuela para ser sacada en la línea de gol por Krstajic llegó Touré Yayá (que cada día me parece más grande) y la empujó no sin la torpeza generalizada del partido. Extraño jugador es el marfileño que sin hacer gran cosa en la primera mitad acaba con el depósito vacío todos los partidos. Y extraño nombre para un tipo tan tan grande. Obviando el juego, el gol supuso la confirmación del pase. El Schalke no iba a hacer mucho más, era algo sabido por todos.


Y sin embargo el Barça no fue capaz de sentenciar el partido en la segunda parte. Y eso que tuvo ocasiones para ello. Cuando el estado vicioso y de ansiedad que rodea todo un club se traslada a un campo de fútbol, da igual que seas Henry o Eto'o, todo saldrá mal. Y la prueba más palpable es Henry, jugador exquisito y fantástico donde los haya habido que actualmente parece malo y carente de ideas en una banda izquierda del Barça que se ponga como se ponga Rijkaard, carbura mejor con Sylvinho. Henry tuvo tres jugadas que en sus tiempos del Arsenal hubiera finalizado con una elegancia tremenda. Sin embargo se precipitó para quedar lo mejor posible y erró. Un par de ocasiones , una pitada (injustísima) por el cambio de Bojan y otro soporífero final de partido después el Barça navega entre flotas inglesas. Se enfrenta al Manchester, probablemente el mejor equipo ed Europa y del Mundo con el inconmensurable C. Ronaldo. Ójala que no, ójala que el fútbol pueda presumir de un finalista en Moscú, pero ni se lo merece ni lo va a tener. Tan sólo imaginar a la endeble defensa del Barça en un campo grande como el Camp Nou enfrentada a un auténtico bicho como C. Ronaldo... Dan ganas de cerrar los ojos e ir escribiendo la esquela del Barça en Copa de Europa.

Vía | As, Y digo yo
Imagen | As, Marca, La Gazzetta dello Sport, Mundo Deportivo, Lequipe

Más que Fútbol ● 2008

lunes, 7 de abril de 2008

Y digo yo | Esto me suena. Viendo la misma piedra ¿tropezarán?

(Juan Diego Mora es el nuevo colaborador en Más que Fútbol con su sección "Y digo yo". Desde su siempre particular punto de vista y con su estilo irónico y ácido tratará cada lunes la actualidad de la Liga española, o de lo que el quiera hablar, que para eso dice él)

Juandi Mora | Crisis institucional en el Barça, a 7 puntos del líder y sin rumbo. Esto me suena. Me suena un brasileño que fue el mejor del mundo "lesionado" constantemente (Ronaldinho-Ronaldo), un delantero sin pólvora (Eto'o-Raúl), problemas de ego en la presidencia (Laporta-Florentino) y el fútbol salvado y no siempre por un mago (Messi-Zidane) y por la consistencia defensiva de un jugador elemental (Toure-Makelele) todo aliñado con un buen pase final (Iniesta-Guti). Las comparaciones son odiosas, de los Galácticos (Figo, Ronaldo, Raúl, Roberto Carlos, Zidane, Beckham) a los 4 Magníficos (Eto'o, Henry, Messi y Ronaldinho). De los dinerales de Florentino a las rajadas (cada vez más políticas) de Laporta.

Espero por el bien del fútbol que el Barça se de cuenta pronto de que el barco se va a pique y tome medidas urgentes. Limpieza en todos los estamentos del club y vuelta a los fundamentos históricos del club. Que la Liga vuelva a ser "cosa de dos" más los invitados a la fiesta de todas las temporadas. Eso querrá decir que el fútbol español esta de enhorabuena, mientras tanto, con un Barça en horas bajas y un Real Madrid ramplón seguiremos mirando con envidia a los Manchester, Liverpool, Arsenal, Chelsea. No porque sean mejores (que puede que si, o que no) pero la emoción volverá. Por último hablando de Real Madrid y Barça, por favor quiten la pantomima esa de sacar a los dos clubs al campo juntitos de la manita. Saquen primero al visitante para que se lleve la pitada y luego al local. Si queremos espectáculo, queremos emoción, queremos que vuelvan los partidos vibrantes dejemos la cosas bonitas. Vamos digo yo.

Vía | Y digo yo
Imagen | As

Más que Fútbol ● 2008

miércoles, 2 de abril de 2008

No dan para más (Schalke 04 0 - 1 Barcelona)


Ganar 0-1 en campo visitante en unos cuartos de final de la Copa de Europa a priori no está nada mal. Entra dentro de lo catalogable como positivo. Un gol fuera de casa y afrontar la vuelta con el viento soplando a tu favor es lo adecuado, prácticamente lo ideal. Sin embargo al Barça, o mejor dicho, a la afición del Barcelona, no le sirve ganar 0-1 al Schalke 04 en Gelsenkirchen. No valió y no gustó a nadie. Ante un equipo plano y ni siquiera eminentemente alemán, como es el Schalke 04, el Barça ganó incomodísimamente con un tempranero gol de Bojan y con una segunda parte para olvidar especialmente a nivel defensivo. Poco tardaron en desenterrar los fantasmas del Betis y poco tardamos los espectadores en comprobar que el Barça no da para más, es todo lo que puede ofrecer y lamentablemente, no le servirá para pasar de semifinales en esta Copa de Europa.


Llegaba el Barça a Alemania con más dudas que otra cosa y con un valor seguro como es Bojan. Tratamiento especial merece el chaval ya que con 17 años es el seguro que necesita el Barça cuanto menos, para no sumirse en la desesperación que le plantea al aficionado el futuro del equipo baulgrana. Cuando se la pasan a Bojan cualquiera puede comprobar que algo va a salir bien. Puede que un regate o un pase poco mordiente, pero siempre se tiene la seguridad de que lo hará bien y no perderá el balón. Es peligroso arriba sólo con la intención de su mirada y se come a los centrales a pesar de que le saquen más de medio metro de altura, sin exagerar. Insisto en lo de siempre, es algo para estar contento y orgulloso, pero a la vez es para plantearse seriamente el estado del equipo. Un jugador de 17 años no puede ser el máximo valedor de un equipo que pretende ganar todos los títulos.


Enfrente esperaba el Schalke 04. Desde el primer minuto del partido comprobamos lo plano y falto de calidad que es el equipo teutón. A excepción de Rafinha, ningún jugador aparentó tan siquiera merecer jugar la Copa de Europa. La defensa se sustenta en dos centrales muy altos y fuertes, el mediocampo en un jugador fuerte pero bastante falto de calidad como es Pander, en las bandas no hay jugadores que determinen un partido ya que ni Westermann ni Altintop (el del Bayern no, ese es mejor) demostraron nada y arriba Kuranyi estuvo desaparecido. Rafinha sólo no puede ganar un partido, y menos desde el lateral derecho. El Barça salió a dominar y sobre Iniesta y Xavi se sustentó el equipo. Realmente hubo momentos de un buen juego, combinaciones y triangulaciones varias en el mediocampo permitieron al Barcelona marcar en el minuto 12 tras un gran pase de Iniesta a Henry que éste, tras fallar el primer disparo sólo ante Neuer (buen portero a pesar de la cantada) devolvió el rechace a Bojan para que empujara el balón a dos metros de la portería. Pintaba bien el partido pero a pesar de dominar claramente no había ocasiones.


El problema surgió en la segunda parte. Es duro tener que hablar de un Barça apagado y sin funciones ofensivas ni defensivas ante el panorama que presentamos. Un Schalke realmente malo y con el resultado a favor. Pero por extrañas razones que escapan al entendimiento de cualquier aficionado, el Barça este año se apaga en las segundas partes. Y no es comprensible ya que hace dos años no lo hacían. Quizá todo se explique en el cansancio acumulado de los jugadores y en su veteranía, por decirlo de alguna manera, pero más acertadamente, es probable que se explique por el cúmulo de factores psicológicos en los que el Barça se sume cada entrenamiento. La Liga se escapa ante un mal Madrid y en Copa se cayó ante el peor Valencia de los últimos 10 años. Están en cuaros de final ante un equipo flojísimo y sin haber testado ante un grande. No hay sensación de haber algo hecho bien. Al contrario, a pesar de las mil y una facilidades se están hundiendo en su propia miseria. Me pongo en el lugar de los jugadores que han tratado de no esconderse entre la multitud como es el caso de Milito, Iniesta o Henry y me hundo. Si en teoría todo ha sido fácil ¿Cómo hemos llegado a este punto? Se preguntarán.


Al punto de que nadie confíe en ellos, de que nadie se crea el juego del Barça en las primeras partes. Ayer se volvió a demostrar. En la segunda parte el Barça se hundió físicamente personificado especialmente en la figura del marfileño Yayá Touré o Touré Yayá, como gusten. Se ve que no es el mismo que maravilló y apabulló a principio de temporada, le falta gasolina y motivación. Cuando desapareció Touré desapareció el Barça. Con esto no digo que sea Touré la figura clave del Barcelona, que se hizo grande sin él, con esto trato de explicar la ecatombe que sufre cada segunda parte un equipo cansado. Si antes un africano del medio campo corría por tres y ahora no corre ni por sí mismo, el equipo se hunde porque le faltan 4 jugadores en el mediocampo. Iniesta y Xavi no llegan a ningún balón en la segunda parte y es algo triste que un futbolista tan tosco y falto de aptitudes como Pander se hiciera el dueño y señor del partido. En la segunda parte insisto. Todo en la segunda parte.


El Schalke se echó arriba, como no podía ser de otra manera, y con mucho corazón y ninguna calidad puso en apuros al Barça. A balón parado tuvo tres ocasiones clarísimas que ni Westerman ni Larsen (extraño jugador) supieron aprovechar. Me pregunto que hubiera pasado si ahí hubieran estado Cristiano Ronaldo y Tévez. Me autorespondo, gol seguro. Lo descubriremos casi con toda seguridad en las semifinales, que si todo va según lo previsto, alcanzará el Barça en el partido de vuelta. Porque a pesar del mal estado de sus jugadores tanto anímicamente como físicamente, el Schalke tampoco da para más. No parecen unos cuartos de final de la Copa de Europa. Ninguno de los dos equipos da para más. Lo más probable es que en la vuelta suceda lo mismo pero con un Schalke agazapado. Gol de Bojan, dominio en la primera hundimiento en la segunda y a visitar Manchester en las semifinales. De ahí no creo que pasen aunque esto es la Copa de Europa y los milagros aquí sí son posibles. Y sin embargo, a pesar de estar casi en semifinales, los jugadores deberían preguntarse o incluso se pregunten: "¿Qué está pasando?".

En la otra semifinal el Manchester venció 2-0 a la Roma sin Totti. No creo que con el capitán hubieran hecho algo más porque el United ha puesto la directa y no hay quien le pare hacia la final de Moscú. Ronaldo marcó a lo Santillana con un cabezazo estratosférico, de otra galaxia, y confirma lo que todos vemos y lo que todos esperamos que France Football vea: Ronaldo ha de ser el Balón de Oro prácticamente pase lo que pase de aquí a Diciembre. El otro gol lo marco Rooney. Dan miedo. Y más que darán.

Hoy: Arsenal - Liverpool y Fenerbaçe - Chelsea. 20.45. Como siempre.

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