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jueves, 26 de mayo de 2011
El triunfo de la afición
Miguel Salazar | Jorge Valdano, buen futbolista mejor orador, afirmó en su día que «el fútbol es un estado de ánimo». Definición que bien podría ser extrapolada y aplicada a las aficiones de este deporte y que le viene como anillo al dedo a una en particular, la del Real Zaragoza. La hinchada blanquilla comenzó la temporada pitando al equipo y en la última jornada ha terminado protagonizando el mayor desplazamiento en la historia de la Liga. Un dato que resume el recorrido del conjunto y que confirma la biporalidad de la afición.
La frágil situación del equipo, el cambio de juego y de actitud por parte de los jugadores —fruto de la llegada de Javier Aguirre— generó un sentimiento entre la afición en un grado que pocas veces se ha visto en la capital de Aragón. Los precios populares que se ofertaron desde la entidad para los últimos partidos de la temporada provocaron el lleno de La Romareda ante Osasuna, además de unos números poco frecuentes por su magnitud en el resto encuentros. Un movimiento zaragocista masivo con la esperanza y optimismo por bandera se fraguaba conforme pasaban las jornadas, terminando de gestarse coincidiendo con la final ahte el Levante.
Tras haber agotado todo el papel el primer día, la nueva remesa al día siguiente e incluso las reservas a distancia, post-recogida en el Ciudad de Valencia, se confirmaban las mejores expectativas: alrededor de 10.000 zaragocistas acompañarían al equipo en, sin duda alguna, el partido más trascendente de la temporada. En el encuentro de aquella noche solo había dos resultados posibles, ni la victoria, ni el empate, ni la derrota, solo cabía vivir o morir… y la afición bien lo sabía.
La llegada de los más de 100 autobuses desató la locura. Nada más poner los pies en Valencia, a siete horas de encuentro, los cánticos afloraron en clave de saludo y no se detendrían hasta bien entrada la noche. Siempre había un grupo, más o menos numeroso, haciendo de banda sonora del resto de la afición, recordando los cánticos más populares entonados en La Romareda. Las miles de camisetas portadas por los hinchas tiñeron los aledaños del estadio de blanco, azul, negro y amarillo donde se notaba cierto nerviosismo. Y no por miedo a la derrota sino por prisa a que empezara el encuentro lo antes posible. Restaban poco menos de dos horas para el comienzo del choque cuando llegó el autobús. Un pasillo humano interminable y atronador daba la bienvenida al autobús del león que portaba a los héroes de la noche, el momento tan esperado se acercaba.
Como si de su estadio se tratase la afición conquistó el Ciudad de Valencia en una imagen casi inédita en un partido de la Liga española. Los 10.000 seguidores abarrotaron las gradas antes de que la final comenzara y los auriculares empezaron a hacer acto de presencia en los oídos de alguno de ellos en una misión casi imposible debido a los decibelios que manaban de las gargantas de la afición. Sin embargo sonaban con ganas de cantar un gol, se notaba esa incertidumbre, alimentada además por los dos goles anulados al Real Zaragoza. Fue entonces cuando Gabi dio inicio a la fiesta. Su gol de falta significó muchas cosas, entre otras, que el pesimismo de los más cenizos desapareciera y que se comenzara a disfrutar de la fiesta zaragocista.
La segunda parte certificó que los cánticos aquella noche no conocieron la tregua. La grada saboreaba el 0-1 y el ambiente olía a Primera División. Hubo tiempo para todo en el partido, incluso para que la bipolaridad de la hinchada se manifestara en forma de silbidos hacia Jorge López cuando éste sustituyó a Boutahar, aunque solo quedó en un espejismo. El segundo gol del capitán desató la locura, aunque el tanto de Stuani palió el efecto, que no los cánticos, a los siete minutos y con el partido ya expirando. Sin embargo, no hubo nada más de que preocuparse que no fuera de concluir la noche con el acto final.
Fue entonces cuando el himno saltó a escena en su máximo esplendor al ser interpretado por diez millares de gargantas ya desgarradas y llenas de júbilo que recordaba a otras noches ilustres de la hinchada maña. La celebración se prolongó en las gradas tras el pitido final, era el tiempo de disfrutar del triunfo y de respirar tranquilos por primera vez en la temporada, era el tiempo de la afición y de su victoria. Los jugadores saludaron a su público, sabedores de que ha sido una de las claves de su final de temporada. Las múltiples celebraciones, desmesuradas para algunos, solo certifican que queda gente, mucha gente, que vive el Real Zaragoza y que una asignatura pendiente desde hace un tiempo ha sido aprobada. Solo falta que el compromiso adquirido esta temporada perdure en el tiempo para guiar a este equipo donde debe de estar.
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miércoles, 25 de mayo de 2011
Profesionalidad y compromiso por bandera
Víctor Úcar | Hay equipos que cuentan con jugadores capaces de resolver un partido. Otros logran victorias gracias a un fantástico trabajo de estrategia. Y unos pocos consiguen formar un bloque compacto que gana los encuentros jugando de memoria. Sin embargo, aunque los objetivos de una plantilla sean ambiciosos —ganar títulos— o limitados —la permanencia en la élite—, hay dos cuestiones que un vestuario tiene la obligación de reunir si quiere cumplir sus metas: la profesionalidad y el compromiso. Un equipo puede tener más o menos calidad, puede contar con jugadores más o menos talentosos, puede congregar un presupuesto más o menos modesto, pero que el bloque se esfuerce al máximo y demuestre una entrega al cien por cien sobre el terreno de juego es algo que no debe cuestionarse.
En este sentido, aunque podemos recriminar y señalar muchas cuestiones negativas del Real Zaragoza 2010-2011, sería muy injusto no reconocer el esfuerzo que han hecho los profesionales que han conformado el equipo este año para lograr la salvación. Y es cierto, seguramente esta temporada hemos contemplado una de las plantillas zaragocistas con menor calidad de los últimos años, un equipo sin un referente ofensivo capaz de solventar los partidos con sus goles, una zaga lenta, insegura e incapaz de cerrar el grifo durante gran parte de la campaña, o un fondo de armario que ha sobrepasado los límites de la escasez futbolística. Sin embargo, si hay algo que los jugadores de este Real Zaragoza han sabido demostrar sobre el césped ha sido una profesionalidad intachable y un compromiso admirable. Es por eso que el mérito de la permanencia les pertenece exclusivamente a ellos. Bueno, a ellos y a su magnífico director de orquesta: Javier Aguirre.
El técnico mexicano arribó a la capital aragonesa a mediados del mes de noviembre para sustituir al tándem Gay-Nayim y bajo la vitola de ser un entrenador-psicólogo, capaz de levantar el ánimo de una plantilla que en algo más de dos meses se encontraba más cerca de segunda división que de la propia Liga BBVA —solo una victoria y siete puntos en 11 jornadas—. El reto no era nada sencillo, y la confección final de la plantilla tampoco invitaba al optimismo. Tan solo un cambio de dinámica y varios refuerzos invernales aparecían en el horizonte como lejanas soluciones, aunque muy poco convincentes. Además, con Aguirre ejerciendo ya en el cargo, los resultados no mejoraron antes de las navidades: tres puntos en cinco encuentros. El conjunto zaragocista continuaba como colista. La Segunda División parecía todo un hecho.
Sin embargo, con la llegada del nuevo año, el Real Zaragoza sufrió una agradable transformación. Aparentemente, nada que ver tuvieron en ella los dos fichajes invernales —N’Daw apenas ha jugado con la elástica blanquilla y Da Silva, aunque ha sido muy importante en el tramo final, no apareció en escena hasta que Contini cayó lesionado en el mes de abril—, aunque como dijo el técnico mexicano, «todo lo que viene suma para el equipo». Pero sí que cambio la suerte, y con ello la dinámica del grupo: cuatro victorias en cinco choques resucitaron al Zaragoza en un mes de enero milagroso. La salvación seguía siendo difícil, pero ya no resultaba una quimera. La victoria ante la Real Sociedad en la jornada 17 había marcado el punto de inflexión blanquillo, por lo que a partir de ahí la permanencia que había que gestar en la segunda vuelta pasaba por seguir creando de La Romareda un fortín y rascar algún punto fuera de casa.
La fortaleza casera se construyó a base de regularidad —ocho victorias y un empate en los 12 encuentros que se han disputado desde enero de 2011—, pero la hazaña visitante solo tuvo un espejismo de mejora en la jornada 20 con la victoria en La Rosaleda por 1-2 ante un rival directo como el Málaga. Desde entonces hasta el final de temporada un empate en Gijón fue el único botín de los de Aguirre, que acumularon hasta cuatro derrotas consecutivas a domicilio. Sin embargo, en el mejor escenario posible, durante último fin de semana de abril, el Real Zaragoza conseguía una victoria épica ante el Real Madrid (2-3) que le daba prácticamente la permanencia. Tras ese histórico resultado en la capital española, ganando sus dos últimos compromisos locales el club se agarraba a Primera. Pero después de una temporada sufriendo desde la jornada número uno, el equipo maño no iba a permitir que su afición respirase tranquila las últimas jornadas. Una derrota inesperada en La Romareda —que colgó el cartel de no hay billetes— frente a Osasuna y otra desafortunada y a última hora en San Sebastián volvían a meter al equipo en descenso y sin margen de error para atar la permanencia.
Pero si algo ha caracterizado a esta plantilla a lo largo de todo el año es que cuanta más presión y más cerca se encuentra la soga del cuello mejor rinde el colectivo. Y así se demostró en las dos últimas jornadas, concebidas como auténticas finales de copa. La penúltima final se jugó en La Romareda ante el Espanyol, y el equipo, arropado en todo momento por su afición, dio la cara y consiguió los tres puntos que necesitaba para llegar con vida a la última jornada. ¿Quién iba a imaginar que el equipo dependería de sí mismo para salvarse en la jornada 38? Lo cierto es que en navidades era absolutamente inimaginable, pero desde enero se empezó a observar que el compromiso y la profesionalidad de la plantilla podían ser suficientes para lograrlo. Y en esas circunstancias llegó la última y decisiva jornada de la liga. No había más. La derrota condenaba al equipo al infierno de la segunda división; el empate hacía depender del resto de equipos implicados; y la victoria aseguraba la permanencia matemática. Solo había por tanto un único camino a seguir: ganar al Levante —ya salvado— en el Ciudad de Valencia.
Y la afición no estaba dispuesta a perdérselo. En el momento más difícil del Real Zaragoza como institución, más de 10.000 zaragocistas decidieron arropar a su equipo lejos de La Romareda para demostrar su plena confianza en los jugadores. Sin duda, ellos no podían fallar. Se lo debían a la afición. Por eso, de nuevo en una situación de máxima tensión, los jugadores del Real Zaragoza volvieron a responder con otra victoria vital, la última de todas, la definitiva. La permanencia era ya un hecho, pero representaba también un éxito. Y todo ello a pesar de la crítica situación económica del club, de su grave crisis institucional y de su pésima gestión deportiva veraniega. Todo ello a pesar de vivir en un eterno escenario de tensión y presión salpicado por los impagos de Agapito Iglesias, golpeado por las denuncias recibidas de otros clubes nacionales y europeos y ocasionado por estar jugando finales desde las primeras jornadas de liga. Pero todo ello gracias a un excelente ejercicio de compromiso y profesionalidad que podríamos simbolizar en los jugadores más determinantes de la temporada —Gabi y Ponzio—, pero trasladable al resto de la plantilla y a su cuerpo técnico. Sin lugar a dudas, un gran ejemplo a seguir en el futuro.
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jueves, 12 de mayo de 2011
El orgullo ante la taquicardia (o ser feliz a pesar de todo)
Eduardo Lázaro | Escribir estas líneas me produce una profunda desazón. Es complicado decirlo cuando son tantos meses sin dejar volar la «pluma» en este lugar. Es fácil cuando ves que la vida se escapa, resbala entre unos dedos invisibles y la agonía se hace fuerte en el corazón.
De nuevo el Real Zaragoza, nuestro Real Zaragoza, ha vuelto a caer derrotado con síntomas, por encima de todo, de agotamiento y de impotencia. De nulidad y de tóxica ineficiencia ante una mediocre pero aguerrida Real Sociedad. Faltaría a la verdad si dijera que no ha habido partidos en los que el equipo ha dado muestras de brillantes, por no decir excelentes, momentos de fútbol. Ese que se basa en el toque, la combinación y, cómo no, el ataque sin miramientos. Pero por encima de todo, hemos asistido a la enésima descomposición de un equipo venido a menos.
¿De qué nos sirve saber que hoy, un gol, ha sido anulado injustamente y que hemos marrado tres ocasiones claras? ¿De qué sirve, una vez más, a estas alturas, lamentarse de no haber jugado todo el partido como los primeros minutos del segundo tiempo? ¿De qué sirve lamentarse cuando estamos, again, sintiendo el calor del infierno en la frente, sudando la gota gorda, y sin creernos —para variar— que dentro de unos meses podemos estar jugando contra el Alcorcón? Desde la jornada inaugural hemos ido recolectando ávidamente boletos para el premio gordo que se repartirá dentro de dos fines de semana y, ahora, ésto, no puede ni debe hacernos llevar las manos a la cabeza o cogernos desprevenidos. Como dato, recordaré que cuando Javier Aguirre aterrizó en la caseta el equipo atesoraba 7 puntos en el casillero... extraordinariamente paupérrimo bagaje por si alguien lo había olvidado.
No cargaré más las tintas contra el equipo, no entraré a repasar la trayectoria vital de esta escuadra durante la temporada 2010-11. No me interesa y me resulta menos doloroso. ¿Para qué? Comenzamos septiembre con un equipo construido a base de retales, lo único que reúne la dignidad suficiente dentro de la profesionalidad de este deporte para vestir la zamarra blanquilla. No cargaré las tintas porque ya no importa que no tengamos una segunda jugada tras un rechace o un simple margen de maniobra y alternativa ante una eventualidad durante la contienda. Da igual. Cada vez estoy más y más convencido de que a los once hombres que salen al campo no se les puede pedir nada a parte de lo que cada día se ve. No porque no lo desee, si no porque no sería justo exigírselo. Juegan con lo puesto y, aunque lo desearían, no pueden ayudarnos de otro modo. Desde hace meses conocemos lo impepinable y ahora nos ahoga la cercanía del desenlace: es arriesgado jugársela a éste nivel con gente tan mediocre. El perfil bajo del conjunto no es tanta culpa de los integrantes como de los que un día decidieron hacerles jugar juntos sobre un tapete de césped. Lo triste no es errar un año en el mercado de fichajes, lo verdaderamente lamentable es observar en tal tesitura a tan alta institución.
Si el Real Zaragoza permanece un año más en la Primera División —su sitio natural— será gracias a la Providencia, obra de un milagro más que de la racionalidad. No sé si este equipo merece el descenso, no más que otros; no sé si el entramado corporativo soportará un nuevo viaje a las catacumbas -entramado o tinglado... ¿sabrá Dios en que se ha convertido la estructura de mando del equipo?; no sé que será del futuro del equipo insignia de la quinta ciudad de España... pero, volviendo al párrafo anterior, me niego a cargar más las tintas.
Sepan que el fútbol es presente, el pasado no existe —tampoco el respeto— y el futuro es un quizás. No importa. Sepan que por encima del dolor y de la frustración, para nosotros todavía existe, en ese pequeño espacio de la memoria colectiva, el recuerdo de haber llorado de felicidad. De haber abrazado al amigo movidos por el éxtasis de goles imposibles ante equipos de leyenda. De salir a las calles de esta inmortal ciudad ataviados con las camisetas blanquillas. De haber sentido en nuestras propias carnes que hemos sido los mejores. De haberle jurado fidelidad eterna al escudo del león. Sepan que aunque mañana el sol torne en tiniebla, quedará algo imposible de borrar. Sepan que aunque no regresásemos jamás, nuestra estirpe ganadora y orgullosa perdurará. Sepan que por encima del dinero y del poder, por encima de las plantillas rutilantes y de los contratos de patrocinio multimillonarios de los que otros hacen ostentación, quedará la huella de la historia y los trofeos al mejor.
Pase lo que pase, vistan orgullosos sus camisetas, no tenemos complejos ni nada que esconder. Somos lo que somos, lo que hemos sido y lo que en cada cual de nosotros queramos ser. Sin miedo nada puede hacernos daño y nos hará más peligrosos. Nuestro orgullo son nuestra Historia y nuestros recuerdos... esos que otros, con más dinero y menos abolengo, soñarían con poseer y poder decir que su equipo, como el Real Zaragoza, un día fue campeón.
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lunes, 9 de mayo de 2011
Elogio de La Romareda
Andrés Pérez | Extraña de sí misma, como si no se hubiera encontrado ante semejante situación nunca, La Romareda guardaba un silencio sepulcral, nunca mejor dicho, cuando el Zaragoza se empotraba repetidamente ante el muro que Sergio Fernández y el resto de la defensa osasunista habían construido en torno a Ricardo. No asomaba ningún silbido reprobatorio ante la impotencia de Boutahar, obstinado en su misión de quemar lo más dignamente posible los minutos de los que dispuso. Tampoco se escuchaban desaforados chillidos fruto de la frustración y dirigidos ora al árbitro ora al entrenador, casi siempre foco de todas las culpas por haber realizado algún cambio potencialmente conflictivo para la exigente grada aragonesa. El silencio inundaba cada curva del estadio, se apoderaba de cada alma. En general, la gente no sabía a quién protestar. Algún grupo ultra recordó que Agapito pasaba por allí y le dedicó un par de versos, pero el aficionado de a pie sencillamente no tenía en quién verter su ira. Quién iba a reprocharle nada a estas alturas a Aguirre. O a los jugadores.
La Romareda se pierde sin enemigos y anoche la euforia inicial se apagó progresivamente en cada estocada de Osasuna, dirigido magistralmente por Camuñas, futbolista que vale por sí mismo una salvación, capaz de extraer diamante puro en cada acción ofensiva, templado en la ejecución de todos sus movimientos, inteligente como ningún otro sobre el terreno de juego. Decíamos que no existían los reproches. Desestimado el recurso del colegiado, la solución pasaba por el entrenador. Ensalzado Aguirre a los altares con una segunda vuelta repleta de merecimiento, quienes ostentaban toda culpa debía ser de los jugadores, antaño, en el tiempo en que el Zaragoza descendía a Segunda con un plantel de estrellas en Europa; no ahora, con tipos como Gabi, Ponzio o Bertolo, abnegados trabajadores que en representación del resto han dado fe durante no pocos momentos de su compromiso con la causa, de su inmersión total en el sentimiento de supervivencia, de su mímica absoluta con la fragilidad emocional de un aficionado cualquiera.
Qué decirle a Herrera, frustrado entre lágrimas como andaba hace dos semanas por salir del campo expulsado y dejar a sus compañeros sin brújula. O a Jarosik, entrañablemente conmovido por un club demasiado lejano a su vida, a su país, a su carrera y sin embargo tan cercano en apenas año y medio. O a Diogo, tan visceral y anárquico, capaz de partirse la cara por el equipo en tanto que se le requiriera para ello. No había a quién pitar pues Osasuna había sido mejor. No había a quién tildar de impresentable o mercenario pues no eran reinas sino peones quienes trataban de lavar la imagen de un club en franca decadencia institucional, sumido en un mar de deudas y centrifugado por su entorno mediático con una constancia digna de los mejores propagandistas de siempre. Ah, los medios de comunicación, tan alejados hoy de la grada, explayando lo vergonzante del partido, alertando sobre la cercanía de la división de plata, regodeándose en sus ya lo advertí yo y en su profética capacidad de decir que todo irá mal, presentándose a sí mismos como visionarios repletos de sapiencia, cargándose de una jerarquía moral que nunca les pertenecerá porque nunca reconocerán sus errores cuando algo va bien, henchidos de falso zaragocismo, felices en el desastre porque ellos lo vaticinaron y porque prefieren cargarse de una etérea razón a ver ganar a su equipo.
Hizo ademán La Romareda de contagiarse de dicha actitud cuando Jorge López, futbolista convertido a chivo expiatorio, saltó al terreno de juego entre velados aplausos y tímidos silbidos, reprochándole en cara no se sabe muy bien qué a estas alturas, casi ejerciendo su habitual acto de histrionismo de forma rutinaria, como quien despacha una tarea poco agradecida pero perversamente adictiva. Llegó el imperio del silencio más tarde para aplacar cualquier conato de electrificado cabreo colectivo. Un silencio a mitad de lo nostálgico, regodeada como podría andar la grada en tiempos mejores, desdichada de sí misma por lo que le ha tocado sufrir, siempre al filo del descenso, siempre pegada al transistor, al quite de cualquier canto de gol prolongado e intrigante en algún campo del que puedan extraerse buenas o malas noticias. Un silencio también a mitad de lo hondamente triste, reconfortándose a sí mismo el público en un leve recuerdo de aquellos comentarios que emitía en noviembre y que no hacían sino preparar, tantos meses antes, el posible y seguro descenso, más de diez jornadas sin ganar, un equipo apático, sin talento, sin fuerza, ahogado el entrenador en una situación que le sobrepasaba, observado todo ello en un telón húmedo y distorsionado, formado por las lágrimas de hace tres años que volvían al imaginario colectivo enterrando el optimismo en la impotencia de Braulio, solo ante el mundo.
Los estadios de fútbol son ecosistemas emocionales complejos y difícilmente comprensibles por alguien ajeno a su vorágine diaria y a lo irracional que siempre supone un deporte tan místico y religioso en un mundo tan cáustico y profano. El Zaragoza se había estrellado. Los tropiezos suelen ser mortales cuando te dedicas al equilibrismo, y el Zaragoza, tras aquella primera vuelta destinada al mayor vertedero imaginable, firmó un pacto con el diablo y un juego casi eterno, tanto como durara la temporada, de equilibrismo. El fracaso siempre termina cobrando sus deudas con las pequeñas parcelas de éxito. No es proporcional y no es justo. Nunca lo fue. De ahí que la impotencia y el silencio gobernaran impasibles sobre el cielo estrellado de Zaragoza anoche. La Romareda había comprendido, tiempo después, que una vez los jugadores mostraron lo que siempre se calificó como rasmia cualquier derrota conllevaba una relación de igual a igual con la ausencia de talento. Y ni siquiera un público tan dado a las ejecuciones públicas como éste es capaz de cobrarse una deuda tan miserable.
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viernes, 4 de marzo de 2011
Competir o desistir
Andrés Pérez | En uno de sus primeros enfrentamientos desde que aterrizara en Madrid, Mourinho acusó al Sporting de no competir ante el Barça. Preciado, por supuesto, reaccionó con sobriedad y elegancia: «Mourinho es un canalla y un mal compañero». Las quejas del portugués rotaban en torno a la falta de competitividad que algunos equipos de la parte baja de la tabla mostraban cuando saltaban al Camp Nou: como si hubieran regalado el partido de antemano. Huelga decir que Mourinho no protestó anoche cuando Pellegrini afirmó que había saltado al Bernabéu sin ánimo alguno de vencer. Su Málaga había perdido por siete goles de diferencia.
La pregunta se planteó al inicio de la temporada y se mantiene vigente aún hoy: ¿es lícito reservar jugadores cuando se visita a un equipo ante el cual las posibilidades de victoria son nulas? En Italia tendrían clara la respuesta. En Inglaterra, posiblemente, también, aunque sería antagónica. En España Mourinho afirmaría ladinamente que sólo en función de los intereses de su equipo. A Guardiola le imaginamos loando las virtudes de la competición y relajando el tono comprometido de la pregunta. En general, hay una verdad soterrada: todos los equipos que se juegan el descenso llegan al Bernabéu o al Camp Nou con el partido perdido.
El sábado es turno del Zaragoza en Barcelona. Veleidades del destino, ya saben, Aguirre acude con jugadores como Pinter, Marco Pérez o Edmilson, desde hace días apartados de las convocatorias del equipo. Es posible que alguno de ellos sea titular. Aguirre habla de vencer en el Camp Nou pero la realidad de fondo es otra: ante la imposibilidad de vencer a las superpotencias, reservar jugadores y no arriesgar a posibles lesiones o percances de otro tipo parece la opción más inteligente. Se cierne la sospecha de la competición adulterada, pero cabe preguntarse si los equipos menos capacitados económicamente no parten de inicio también ante una competición adulterada dadas las diferencias no proporcionales en el apartado de ingresos televisivos. Es un suponer: de mediar menor diferencia económica entre ambos, quizá alguno de estos equipos se dignara a intentarlo.
Hasta entonces, cumplir el trámite, ejercer de comparsa, sale más rentable. Incluso reconocerlo en público, como Pellegrini. Ante lo que Italia o Inglaterra tendrían una respuesta predeterminada y clara, en España simplemente se asume la realidad como si tal. Ni se aplaude ni se combate: se desiste de superar los defectos.
Imagen | El País
La pregunta se planteó al inicio de la temporada y se mantiene vigente aún hoy: ¿es lícito reservar jugadores cuando se visita a un equipo ante el cual las posibilidades de victoria son nulas? En Italia tendrían clara la respuesta. En Inglaterra, posiblemente, también, aunque sería antagónica. En España Mourinho afirmaría ladinamente que sólo en función de los intereses de su equipo. A Guardiola le imaginamos loando las virtudes de la competición y relajando el tono comprometido de la pregunta. En general, hay una verdad soterrada: todos los equipos que se juegan el descenso llegan al Bernabéu o al Camp Nou con el partido perdido.
El sábado es turno del Zaragoza en Barcelona. Veleidades del destino, ya saben, Aguirre acude con jugadores como Pinter, Marco Pérez o Edmilson, desde hace días apartados de las convocatorias del equipo. Es posible que alguno de ellos sea titular. Aguirre habla de vencer en el Camp Nou pero la realidad de fondo es otra: ante la imposibilidad de vencer a las superpotencias, reservar jugadores y no arriesgar a posibles lesiones o percances de otro tipo parece la opción más inteligente. Se cierne la sospecha de la competición adulterada, pero cabe preguntarse si los equipos menos capacitados económicamente no parten de inicio también ante una competición adulterada dadas las diferencias no proporcionales en el apartado de ingresos televisivos. Es un suponer: de mediar menor diferencia económica entre ambos, quizá alguno de estos equipos se dignara a intentarlo.
Hasta entonces, cumplir el trámite, ejercer de comparsa, sale más rentable. Incluso reconocerlo en público, como Pellegrini. Ante lo que Italia o Inglaterra tendrían una respuesta predeterminada y clara, en España simplemente se asume la realidad como si tal. Ni se aplaude ni se combate: se desiste de superar los defectos.
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lunes, 21 de febrero de 2011
Ander, Dubai y Javier Aguirre
Miki Salazar | La venta de Ander Herrera no ha dejado indiferente a ningún aficionado blanquillo. El futbolista criado en las categorías inferiores del Real Zaragoza se marcha a final de temporada. La razón son los 11 millones —primas por objetivos incluidas— que en su día el equipo del Nervión ofreció al conjunto maño. Ander es un símbolo dentro de la plantilla, uno de sus mejores jugadores y promesa del fútbol español. Sin embargo las críticas sobre su venta están fuera de lugar. El Zaragoza, nos guste más o menos, es un equipo vendedor, siempre lo ha sido, y mientras la situación no cambie y vuelvan tiempos mejores siempre lo será. Además, la oferta por el mediocentro es más que razonable teniendo en cuenta que todavía no ha explotado ni se ha convertido en el jugador que se espera. Puede que algún día lo sea y que su precio se dispare, pero entonces que nadie se lamente puesto que Ander ha sido un buen negocio para el Zaragoza.
Parte de las críticas por su venta surgieron tras la noticia de que un fondo soberano de Dubai estaba intentando la compra del club. Una operación que provoca tanta ilusión como sombras tiene la información. No se conoce rostro alguno que represente a los dubaitíes ni ha existido ninguna novedad al respecto que no sea un problema en los avales. Es decir, parece que el asunto va para largo y habrá que tener paciencia. Lo que es indudable es que de confirmarse —entendiendo que la deuda sería asumida y por tanto desaparecería— el Real Zaragoza resucitaría. No es la mejor opción, ni mucho menos, pero con la situación actual la entidad no está para exigir. Sólo queda rezar para que de la noche a la mañana seamos un club saneado, objetivo prioritario, y saber aprovechar las segundas oportunidades.
Quien sí que ha aprovechado su oportunidades Javier Aguirre. El mexicano cogió un equipo roto, sin identidad ni síntomas de mejora y ahora parece un equipo y todo. Nada que ver con lo visto la primera mitad de temporada. La derrota ante el Hércules parece haber dinamitado de nuevo la moral del aficionado. Porque si en algo somos especialistas es en subirnos demasiado rápido a la nube del optimismo. Ahora, a un punto del descenso, parece que se vuelve a principio de temporada donde el Real Zaragoza. Pero no es así, la verdad es que la salvación es posible, el camino es el correcto y solo queda perder la inocencia que está caracterizando al equipo esta temporada. El vasco sabe lo que hacer y si los jugadores quieren, el año que viene seguiremos en la máxima categoría.
Imagen | Golfútbol
Parte de las críticas por su venta surgieron tras la noticia de que un fondo soberano de Dubai estaba intentando la compra del club. Una operación que provoca tanta ilusión como sombras tiene la información. No se conoce rostro alguno que represente a los dubaitíes ni ha existido ninguna novedad al respecto que no sea un problema en los avales. Es decir, parece que el asunto va para largo y habrá que tener paciencia. Lo que es indudable es que de confirmarse —entendiendo que la deuda sería asumida y por tanto desaparecería— el Real Zaragoza resucitaría. No es la mejor opción, ni mucho menos, pero con la situación actual la entidad no está para exigir. Sólo queda rezar para que de la noche a la mañana seamos un club saneado, objetivo prioritario, y saber aprovechar las segundas oportunidades.
Quien sí que ha aprovechado su oportunidades Javier Aguirre. El mexicano cogió un equipo roto, sin identidad ni síntomas de mejora y ahora parece un equipo y todo. Nada que ver con lo visto la primera mitad de temporada. La derrota ante el Hércules parece haber dinamitado de nuevo la moral del aficionado. Porque si en algo somos especialistas es en subirnos demasiado rápido a la nube del optimismo. Ahora, a un punto del descenso, parece que se vuelve a principio de temporada donde el Real Zaragoza. Pero no es así, la verdad es que la salvación es posible, el camino es el correcto y solo queda perder la inocencia que está caracterizando al equipo esta temporada. El vasco sabe lo que hacer y si los jugadores quieren, el año que viene seguiremos en la máxima categoría.
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