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miércoles, 25 de mayo de 2011

Profesionalidad y compromiso por bandera


Víctor Úcar | Hay equipos que cuentan con jugadores capaces de resolver un partido. Otros logran victorias gracias a un fantástico trabajo de estrategia. Y unos pocos consiguen formar un bloque compacto que gana los encuentros jugando de memoria. Sin embargo, aunque los objetivos de una plantilla sean ambiciosos —ganar títulos— o limitados —la permanencia en la élite—, hay dos cuestiones que un vestuario tiene la obligación de reunir si quiere cumplir sus metas: la profesionalidad y el compromiso. Un equipo puede tener más o menos calidad, puede contar con jugadores más o menos talentosos, puede congregar un presupuesto más o menos modesto, pero que el bloque se esfuerce al máximo y demuestre una entrega al cien por cien sobre el terreno de juego es algo que no debe cuestionarse.

En este sentido, aunque podemos recriminar y señalar muchas cuestiones negativas del Real Zaragoza 2010-2011, sería muy injusto no reconocer el esfuerzo que han hecho los profesionales que han conformado el equipo este año para lograr la salvación. Y es cierto, seguramente esta temporada hemos contemplado una de las plantillas zaragocistas con menor calidad de los últimos años, un equipo sin un referente ofensivo capaz de solventar los partidos con sus goles, una zaga lenta, insegura e incapaz de cerrar el grifo durante gran parte de la campaña, o un fondo de armario que ha sobrepasado los límites de la escasez futbolística. Sin embargo, si hay algo que los jugadores de este Real Zaragoza han sabido demostrar sobre el césped ha sido una profesionalidad intachable y un compromiso admirable. Es por eso que el mérito de la permanencia les pertenece exclusivamente a ellos. Bueno, a ellos y a su magnífico director de orquesta: Javier Aguirre.

El técnico mexicano arribó a la capital aragonesa a mediados del mes de noviembre para sustituir al tándem Gay-Nayim y bajo la vitola de ser un entrenador-psicólogo, capaz de levantar el ánimo de una plantilla que en algo más de dos meses se encontraba más cerca de segunda división que de la propia Liga BBVA —solo una victoria y siete puntos en 11 jornadas—. El reto no era nada sencillo, y la confección final de la plantilla tampoco invitaba al optimismo. Tan solo un cambio de dinámica y varios refuerzos invernales aparecían en el horizonte como lejanas soluciones, aunque muy poco convincentes. Además, con Aguirre ejerciendo ya en el cargo, los resultados no mejoraron antes de las navidades: tres puntos en cinco encuentros. El conjunto zaragocista continuaba como colista. La Segunda División parecía todo un hecho.

Sin embargo, con la llegada del nuevo año, el Real Zaragoza sufrió una agradable transformación. Aparentemente, nada que ver tuvieron en ella los dos fichajes invernales —N’Daw apenas ha jugado con la elástica blanquilla y Da Silva, aunque ha sido muy importante en el tramo final, no apareció en escena hasta que Contini cayó lesionado en el mes de abril—, aunque como dijo el técnico mexicano, «todo lo que viene suma para el equipo». Pero sí que cambio la suerte, y con ello la dinámica del grupo: cuatro victorias en cinco choques resucitaron al Zaragoza en un mes de enero milagroso. La salvación seguía siendo difícil, pero ya no resultaba una quimera. La victoria ante la Real Sociedad en la jornada 17 había marcado el punto de inflexión blanquillo, por lo que a partir de ahí la permanencia que había que gestar en la segunda vuelta pasaba por seguir creando de La Romareda un fortín y rascar algún punto fuera de casa.

La fortaleza casera se construyó a base de regularidad —ocho victorias y un empate en los 12 encuentros que se han disputado desde enero de 2011—, pero la hazaña visitante solo tuvo un espejismo de mejora en la jornada 20 con la victoria en La Rosaleda por 1-2 ante un rival directo como el Málaga. Desde entonces hasta el final de temporada un empate en Gijón fue el único botín de los de Aguirre, que acumularon hasta cuatro derrotas consecutivas a domicilio. Sin embargo, en el mejor escenario posible, durante último fin de semana de abril, el Real Zaragoza conseguía una victoria épica ante el Real Madrid (2-3) que le daba prácticamente la permanencia. Tras ese histórico resultado en la capital española, ganando sus dos últimos compromisos locales el club se agarraba a Primera. Pero después de una temporada sufriendo desde la jornada número uno, el equipo maño no iba a permitir que su afición respirase tranquila las últimas jornadas. Una derrota inesperada en La Romareda —que colgó el cartel de no hay billetes— frente a Osasuna y otra desafortunada y a última hora en San Sebastián volvían a meter al equipo en descenso y sin margen de error para atar la permanencia.

Pero si algo ha caracterizado a esta plantilla a lo largo de todo el año es que cuanta más presión y más cerca se encuentra la soga del cuello mejor rinde el colectivo. Y así se demostró en las dos últimas jornadas, concebidas como auténticas finales de copa. La penúltima final se jugó en La Romareda ante el Espanyol, y el equipo, arropado en todo momento por su afición, dio la cara y consiguió los tres puntos que necesitaba para llegar con vida a la última jornada. ¿Quién iba a imaginar que el equipo dependería de sí mismo para salvarse en la jornada 38? Lo cierto es que en navidades era absolutamente inimaginable, pero desde enero se empezó a observar que el compromiso y la profesionalidad de la plantilla podían ser suficientes para lograrlo. Y en esas circunstancias llegó la última y decisiva jornada de la liga. No había más. La derrota condenaba al equipo al infierno de la segunda división; el empate hacía depender del resto de equipos implicados; y la victoria aseguraba la permanencia matemática. Solo había por tanto un único camino a seguir: ganar al Levante —ya salvado— en el Ciudad de Valencia.

Y la afición no estaba dispuesta a perdérselo. En el momento más difícil del Real Zaragoza como institución, más de 10.000 zaragocistas decidieron arropar a su equipo lejos de La Romareda para demostrar su plena confianza en los jugadores. Sin duda, ellos no podían fallar. Se lo debían a la afición. Por eso, de nuevo en una situación de máxima tensión, los jugadores del Real Zaragoza volvieron a responder con otra victoria vital, la última de todas, la definitiva. La permanencia era ya un hecho, pero representaba también un éxito. Y todo ello a pesar de la crítica situación económica del club, de su grave crisis institucional y de su pésima gestión deportiva veraniega. Todo ello a pesar de vivir en un eterno escenario de tensión y presión salpicado por los impagos de Agapito Iglesias, golpeado por las denuncias recibidas de otros clubes nacionales y europeos y ocasionado por estar jugando finales desde las primeras jornadas de liga. Pero todo ello gracias a un excelente ejercicio de compromiso y profesionalidad que podríamos simbolizar en los jugadores más determinantes de la temporada —Gabi y Ponzio—, pero trasladable al resto de la plantilla y a su cuerpo técnico. Sin lugar a dudas, un gran ejemplo a seguir en el futuro.

En MQF | El drama aparca en Riazor
Imagen | Periódico de Aragón

lunes, 9 de mayo de 2011

Elogio de La Romareda


Andrés Pérez | Extraña de sí misma, como si no se hubiera encontrado ante semejante situación nunca, La Romareda guardaba un silencio sepulcral, nunca mejor dicho, cuando el Zaragoza se empotraba repetidamente ante el muro que Sergio Fernández y el resto de la defensa osasunista habían construido en torno a Ricardo. No asomaba ningún silbido reprobatorio ante la impotencia de Boutahar, obstinado en su misión de quemar lo más dignamente posible los minutos de los que dispuso. Tampoco se escuchaban desaforados chillidos fruto de la frustración y dirigidos ora al árbitro ora al entrenador, casi siempre foco de todas las culpas por haber realizado algún cambio potencialmente conflictivo para la exigente grada aragonesa. El silencio inundaba cada curva del estadio, se apoderaba de cada alma. En general, la gente no sabía a quién protestar. Algún grupo ultra recordó que Agapito pasaba por allí y le dedicó un par de versos, pero el aficionado de a pie sencillamente no tenía en quién verter su ira. Quién iba a reprocharle nada a estas alturas a Aguirre. O a los jugadores.

La Romareda se pierde sin enemigos y anoche la euforia inicial se apagó progresivamente en cada estocada de Osasuna, dirigido magistralmente por Camuñas, futbolista que vale por sí mismo una salvación, capaz de extraer diamante puro en cada acción ofensiva, templado en la ejecución de todos sus movimientos, inteligente como ningún otro sobre el terreno de juego. Decíamos que no existían los reproches. Desestimado el recurso del colegiado, la solución pasaba por el entrenador. Ensalzado Aguirre a los altares con una segunda vuelta repleta de merecimiento, quienes ostentaban toda culpa debía ser de los jugadores, antaño, en el tiempo en que el Zaragoza descendía a Segunda con un plantel de estrellas en Europa; no ahora, con tipos como Gabi, Ponzio o Bertolo, abnegados trabajadores que en representación del resto han dado fe durante no pocos momentos de su compromiso con la causa, de su inmersión total en el sentimiento de supervivencia, de su mímica absoluta con la fragilidad emocional de un aficionado cualquiera.

Qué decirle a Herrera, frustrado entre lágrimas como andaba hace dos semanas por salir del campo expulsado y dejar a sus compañeros sin brújula. O a Jarosik, entrañablemente conmovido por un club demasiado lejano a su vida, a su país, a su carrera y sin embargo tan cercano en apenas año y medio. O a Diogo, tan visceral y anárquico, capaz de partirse la cara por el equipo en tanto que se le requiriera para ello. No había a quién pitar pues Osasuna había sido mejor. No había a quién tildar de impresentable o mercenario pues no eran reinas sino peones quienes trataban de lavar la imagen de un club en franca decadencia institucional, sumido en un mar de deudas y centrifugado por su entorno mediático con una constancia digna de los mejores propagandistas de siempre. Ah, los medios de comunicación, tan alejados hoy de la grada, explayando lo vergonzante del partido, alertando sobre la cercanía de la división de plata, regodeándose en sus ya lo advertí yo y en su profética capacidad de decir que todo irá mal, presentándose a sí mismos como visionarios repletos de sapiencia, cargándose de una jerarquía moral que nunca les pertenecerá porque nunca reconocerán sus errores cuando algo va bien, henchidos de falso zaragocismo, felices en el desastre porque ellos lo vaticinaron y porque prefieren cargarse de una etérea razón a ver ganar a su equipo.


Hizo ademán La Romareda de contagiarse de dicha actitud cuando Jorge López, futbolista convertido a chivo expiatorio, saltó al terreno de juego entre velados aplausos y tímidos silbidos, reprochándole en cara no se sabe muy bien qué a estas alturas, casi ejerciendo su habitual acto de histrionismo de forma rutinaria, como quien despacha una tarea poco agradecida pero perversamente adictiva. Llegó el imperio del silencio más tarde para aplacar cualquier conato de electrificado cabreo colectivo. Un silencio a mitad de lo nostálgico, regodeada como podría andar la grada en tiempos mejores, desdichada de sí misma por lo que le ha tocado sufrir, siempre al filo del descenso, siempre pegada al transistor, al quite de cualquier canto de gol prolongado e intrigante en algún campo del que puedan extraerse buenas o malas noticias. Un silencio también a mitad de lo hondamente triste, reconfortándose a sí mismo el público en un leve recuerdo de aquellos comentarios que emitía en noviembre y que no hacían sino preparar, tantos meses antes, el posible y seguro descenso, más de diez jornadas sin ganar, un equipo apático, sin talento, sin fuerza, ahogado el entrenador en una situación que le sobrepasaba, observado todo ello en un telón húmedo y distorsionado, formado por las lágrimas de hace tres años que volvían al imaginario colectivo enterrando el optimismo en la impotencia de Braulio, solo ante el mundo.

Los estadios de fútbol son ecosistemas emocionales complejos y difícilmente comprensibles por alguien ajeno a su vorágine diaria y a lo irracional que siempre supone un deporte tan místico y religioso en un mundo tan cáustico y profano. El Zaragoza se había estrellado. Los tropiezos suelen ser mortales cuando te dedicas al equilibrismo, y el Zaragoza, tras aquella primera vuelta destinada al mayor vertedero imaginable, firmó un pacto con el diablo y un juego casi eterno, tanto como durara la temporada, de equilibrismo. El fracaso siempre termina cobrando sus deudas con las pequeñas parcelas de éxito. No es proporcional y no es justo. Nunca lo fue. De ahí que la impotencia y el silencio gobernaran impasibles sobre el cielo estrellado de Zaragoza anoche. La Romareda había comprendido, tiempo después, que una vez los jugadores mostraron lo que siempre se calificó como rasmia cualquier derrota conllevaba una relación de igual a igual con la ausencia de talento. Y ni siquiera un público tan dado a las ejecuciones públicas como éste es capaz de cobrarse una deuda tan miserable.

Imagen | Periódico de Aragón

viernes, 4 de febrero de 2011

Los petrodólares aterrizan en Zaragoza


Andrés Pérez | Por paradójico que parezca, quizá por el monopolio que los grandes empresarios de la construcción han ejercido durante años en las presidencias de los clubes españoles, la Liga Española ha sido la última gran liga europea a la que han llegado los petrodólares de los países del golfo pérsico. El desembarco está siendo progresivo pero evidente: primero ha sido el Málaga, con nulos resultados hasta la fecha; le ha seguido el Racing, en este caso con dinero proveniente de la emergente India; y, ahora, al parecer, es turno del malogrado Real Zaragoza.

Ayer se conocía la noticia en Heraldo de Aragón: un fondo soberano de Dubai, la megaciudad nacida del dinero del petróleo, ofrecía 3 millones de euros por el Real Zaragoza asumiendo toda la deuda del club —asciende a los 130 millones de euros conocidos—. De quienes están detrás de la operación se sabe poco, o, mejor, se sabe absolutamente nada. Eso sí, hay algunas caras visibles: se habla de Javier Abad, agente FIFA y conocido en el fútbol regional aragonés, como futuro presidente; de Aurelio Rodrigo Villuendas como futuro director general de la entidad —actual abogado que representa al fondo soberano—; y, atención, de Xavier Aguado y Gustavo Poyet como partes activas del proyecto. ¿Qué relación une a multimillonarios árabes, ex-futbolistas, abogados españoles y agentes activos del fútbol regional aragonés? He aquí uno de los principales puntos oscuros.

La respuesta, probablemente, sea más sencilla de lo que la imaginación pueda suponer. Hace poco Arturo Aliaga, consejero de Industria de la DGA, se reunió en Fitur con el responsable de promoción turística de Dubai. Casualidades. Más allá de este pequeño cabo suelto del que se conocerán los detalles en el futuro como de casi todo, cabe plantearse porqué desde Dubai hay un interés creciente por una entidad endeudada y con un proyecto deportivo de perfil muy bajo. A este hecho hay que añadir los tiempos en los que se ejecuta la operación: justo después del mercado de fichajes, cuando no tiene gran sentido hacer la oferta. Todo esto son puntos oscuros de una operación, que, de concretarse definitivamente, supone un soplo de aire fresco para el Real Zaragoza.

Lo esencial es que llega dinero. De Dubai, sí, de EAU, un país donde no se respetan los derechos humanos más fundamentales, pero dinero y la asimilación de una deuda brutal. La lectura primaria es que Agapito Iglesias tiene en su mano desembarazarse de su actual camino tortuoso que es el Real Zaragoza: si vende se olvida del club. Así de sencillo. Parece irracional sus reticencias a dejar escapar una oportunidad de este calibre tanto para él como para la entidad del Zaragoza. En Twitter, hoy, ha surgido el rumor de que una notaría de la ciudad ha confirmado ya que la venta del club se ha ejercido. En todo caso, hay que mantener las reservas a tal respecto y esperar la confirmación —o no— del medio que ha destapado la noticia.

Si finalmente hay venta, al Zaragoza se le abren dos posibilidades ante lo desconocido: por un lado, que el fondo soberano actúe a modo de los que manejan el Arsenal o el Manchester City, esto es, inversión potente de dinero y proyecto a largo plazo; por otro, que los intereses de la compra radiquen en temas superfluos y caprichosos como los que han motivado la adquisición del Racing o la triste historia del Portsmouth. La primera opción es la esperanzadora. No tanto la segunda. En todo caso, ante cualquiera de los dos la entidad no pierde nada. Se antoja complicada una situación peor.

Lectura recomendada | Abad viaja a por los avales (Heraldo)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Real Zaragoza, sobre el papel

Andrés Pérez | Por descontado, la situación es, será y jamás dejó de ser absolutamente catastrófica. Es decir, probablemente eso leerán en cualquier medio especializado del entorno del Real Zaragoza, conjunto dado al extremismo más fatal y reacio al optimismo o, directamente, a la valoración de aspectos positivos y negativos. La exageración, en cualquier caso, inmutable a lo largo de los años, para mal, siempre, tiene su base científica: a nivel económico la situación es francamente precaria y el presidente de la entidad ha tenido que lanzar un plan de ajuste presupuestario de aquí a ocho años para que el club no se vaya al garete; a nivel deportivo la plantilla es corta ya que son diecisiete los jugadores que lucharán por no descender, esto es, por la salvación, lejos de las aspiraciones de tiempos pretéritos en los que el Zaragoza optaba a la UEFA o a una Copa del Rey.

En efecto, lo han deducido correctamente, el Real Zaragoza es hoy un conjunto de mitad de tabla hacia abajo y por lo visto en el último día de mercado europeo lo seguirá siendo mucho tiempo. La realidad es esa. No se puede aspirar más que a la salvación y creer o querer creer que la situación debe y será reversible a corto plazo es una temeridad peligrosa ya que conduce al desencanto, y, por ende, a una ira irracional alejada de cualquier pensamiento crítico. El Real Zaragoza es hoy un conjunto que a nivel económico y deportivo lucha por mantener la categoría. Es doloroso pero es lo que hay. Analicemos pues, al Real Zaragoza, desde ese punto de vista y no desde el que nosotros creyéramos que debiera ser, puesto que no deja de ser un condicional y no una realidad.

Romaric, uno de tantos que finalmente no llegó.
La dirección deportiva ha actuado de forma nefasta, claro. Leerán eso y, de hecho, es el calificativo más adecuado. La misma dirección deportiva que el invierno pasado fue capaz de reconstruir un equipo, asearlo, y salvarlo de un descenso que ya había asumido cada rincón del zaragocismo, esa misma, ha sido incapaz de cerrar una mísera cesión o un triste traspaso de poca monta en la última jornada del mercado de fichajes. Sonó Rosenberg y se fue al Racing. Lo mismo sucedió con Waldo Ponce. Parecía Romaric la respuesta pero se quedó en Sevilla. Hablaron de Mario Bermejo y..., en fin, ahí sigue, en Xerez. El Zaragoza no ha contratado nada para suplir ninguno de los puestos en los que anda escaso de recursos, a saber: defensa y delantera.

No hay delantero referencia sobre el papel. El neoprofesional Marco Pérez apunta maneras pero apenas alcanza la veintena de edad; Sinama Pongolle lleva varios años extraviado para el fútbol; Braulio es un jugador que no ha dado la talla. Sobre el papel, insisto: Marco Pérez demuestra calidad y quién sabe si su rendimiento será ascendente y no anodino; Sinama Pongolle fue capaz hace años de hacer del Recreativo de Huelva un equipo interesante. Es decir, como la capacidad de adivinar el futuro parece reservada para un par de iluminados, curiosamente siempre los mismos, lo lógico es decir, eh, oigan, quién sabe.

Y, en defensa, el asunto clama al cielo: el Zaragoza cuenta con dos centrales y dos mediocentros defensivos lentos capaces de desempeñarse en esa posición. A pesar de ello y de tener a Laguardia lesionado, se ha desprendido de tres centrales para esta temporada. Especialmente sangrante es el asunto de Goni, que se largó ayer al Castilla cedido como si sobrara. ¿Los pros? Diogo, Jarosik, Contini y Obradovic es, probablemente, la mejor, sobre el papel, línea defensiva de los equipos que luchan por descender. Nos encontramos de nuevo ante una dirección deportiva caótica pero ante una realidad práctica que es cuanto menos esperanzadora habida cuenta de su rendimiento durante la segunda vuelta del año anterior.

Sucede que en el Zaragoza se mezcla todo, no se marcan los límites de la culpabilidad y el aficionado termina hecho un manojo de indignación en el que no sabe diferenciar al culpable de la víctima. Llegado a ese punto, cualquier jugador se veá imbuido en una espiral destructiva de la que no podrá salir. Llegados a ese punto, los aficionados reclamarán al presidente de turno una explicación coherente de porqué este año tampoco se ha ganado la Copa del Rey.

Lo que hoy es un clamor contra Herrera y Agapito, mañana serán insultos o calificativos poco simpáticos hacia Gay. "Es un inútil", dirán, cuando el día de antes echaban pestes de la dirección deportiva y asumían que efectivamente la plantilla era corta e insuficiente. En cualquier caso la realidad, como siempre, anda en un término medio. Se trata de una conclusión tibia: con una directiva incompetente, a pesar de todo, el Zaragoza tiene un equipo capaz de mantener la categoría. Sobre el papel, claro, como siempre, si las lesiones no lo machacan como vienen haciéndolo.

No, el presente no es un pozo negro de frustración. Eso es el Celta. Oirán cantos de cisnes que llaman a la revolución, como si hubiera un líder al que seguir, una solución a lo existente, como si en vez de por medio del dinero el dueño del club lo fuera por sangre, como si de sentimientos se pudiera financiar una entidad, como si de un cambio fuera posible. Hagan caso omiso. Acudan al campo. Observen. Sigan observando. Oberven más. Reflexionen. Saquen sus conclusiones. Animen. Sigan animando. No decaigan en su empeño. Y, cuando el Zaragoza esté este año en Segunda, esperemos que no, entonces, vuelvan aquí y llámenme de todo. Pero sólo hasta entonces, hagan el favor.

Lectura recomendada | Imposible convencer a nadie (Heraldo de Aragón)
Imagen | Heraldo | El Zaragoza.com