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martes, 31 de mayo de 2011
92 puntos
Andrés Pérez | Las temporadas en el Real Madrid nunca son comunes ni rutinarias. En ello ponen especial énfasis todos los medios de comunicación que rodean al club de la capital. Era previsible que este año, tras la contratación de Mourinho, lo que ya de por sí era un circo se elevara a la máxima potencia. Ha sucedido y no ha sido agradable, ni en Madrid ni en Barcelona. En general, se puede calificar la temporada del Madrid como levemente exitosa respecto a la del año anterior —mejora exponencial en las dos competiciones coperas y semejantes resultados en Liga— pero constantemente torpedeada y ensuciada por la marea mediática desatada a su alrededor. Así pues, no es de extrañar que se observe en retrospectiva el año con cierto sabor amargo.
Tras la cierta desazón que produjo la temporada pasada, con Pellegrini al mando, con las recientes incorporaciones de Cristiano Ronaldo, Kaka' y Benzema y la llegada de uno de los mejores entrenadores de la última década, sobrado de carisma y con la aureola de ganador nato que le había llevado a conquistar dos Champions League, varias ligas y varias copas en Portugal, Inglaterra e Italia, el ambiente en Madrid era realmente ilusionante. La llegada de estrellas pujantes como Ozil o Di María y la incorporación de jugadores bastante fiables a priori como Carvalho o el metalúrgico Khedira consiguieron que, en términos genéricos, el Madrid aspirara a competir de igual a igual con el Barcelona. Este último punto serviría de losa para el equipo durante el resto del año.
Nadie recaería por aquel entonces en lo ilusorio de pretender que un equipo recién formado igualara en compenetración y proyección de juego a uno que llevaba casi cinco años gestándose en una misma base de futbolistas —Messi, Puyol, Iniesta, Xavi, Valdés, Abidal—. Comenzó el Madrid precipitado en Mallorca, donde se llevó el primer varapalo de la temporada empatando ante un rival, a priori, asequible. En aquel partido fue titular el también recién adquirido Canales, joven promesa del fútbol español que pareció contar, a principios del curso, con el beneplácito de Mourinho. A Canales le sucedería como a Pedro León: ambos se apagarían el restod el año. La derrota más tarde del Barcelona en casa ante el Hércules y los progresos evidentes del Madrid harían olvidar las dudas iniciales.
El Madrid cogió cuajo. Higuaín seguía en un espléndido estado de forma, Ronaldo también, Ozil se acoplaba a la perfección en la parcela ofensiva, Di María crecía en confianza, Carvalho desprendía carisma y seguridad en el centro de la defensa y Xabi Alonso se erguía definitivamente como el líder nato del conjunto. En Champions apenas tuvo inconvenientes e incluso se permitió el lujo de empatar en San Siro en los compases finales, uno de esos partidos que en los últimos años habría perdido casi con toda probabilidad —sería Pedro León el héroe de la noche, en el único momento feliz de su estancia en el Bernabéu—, y en Liga mantenía con firmeza la primera plaza ejerciendo de equipo autoritario en casa y práctico y resolutivo lejos de ella. Tal era la situación de optimismo creciente en Madrid que, en vísperas del importante partido en el Camp Nou, no eran pocos quienes observaban en el conjunto de Mourinho cierto favoritismo.
Y a partir de ahí, tras el cinco cero demoledor que el Barcelona infligió al equipo blanco, todo lo que durante prácticamente una vuelta había sido un camino esperanzador se tiñó de acidez. Mourinho respondió con el carácter que le caracteriza a las primeras críticas que le vertía cierto sector de la prensa. El partido del Camp Nou dejó entrever ciertas carencias ofensivas del equipo. El Madrid no mezclaba bien, sufría en los partidos y no jugaba particularmente bonito. A pesar de ello terminó la primera vuelta como una centella imponiéndose a Villarreal, Sevilla y Valencia, manteniendo vivas las esperanzas de conquistar aún la Liga. Sucedió, en el último partido de la primera vuelta, que empató en casa de un deshauciado Almería y que, dos jornadas después, perdió en casa de Osasuna, también equipo que luchaba por no descender.
A partir de ahí la Liga pareció un objetivo más lejano —pese a que el Barça empataría más tarde en casa del Sporting—. La clasificación tanto de Madrid como de Barcelona para semifinales de la Champions y la ya por aquel entonces segura final de Copa entre ambos dejó en un segundo plano la competición doméstica para el Madrid. Frente a sí tenía dos títulos bastante lejanos en el tiempo y los debía conseguir frente al Barça. En abril el punto de amargura, ambiente viciado y provocaciones constantes entre uno y otro lado llegaba a su punto álgido y, en tal situación, demostrada en la primera vuelta la inferioridad deportiva del Madrid respecto al Barcelona, ganar tanto la Copa como la Champions eran requisitos indispensables.
Y sucedió que el Madrid ganó la Copa del Rey brillantemente, que previamente había empatado en el Bernabéu y que en Champions no tuvo ninguna opción. En fin, todo aquello había saltado por los aires con la rueda de prensa de Guardiola el día antes del partido de ida en el Bernabéu. Tras el partido de vuelta en el Camp Nou la temporada del Madrid había terminado, no sin un poso ciertamente agrio, resultante de lo acontecido en el ámbito extradeportivo. Algunos aficionados neutrales tenían la sensación de que toda aquella parafernalia creada en el entorno del Madrid y que felizmente secundó el del Barça sólo podía quedar justificada en caso de victoria en la mayor parte de las competiciones. Al no ser así, aquel capítulo resultó bastante ridículo.
La temporada del Madrid no se puede entender sin lo sucedido a su alrededor, especialmente en el mes de abril. Entre otros motivos porque ha servido de punta de lanza de algunos sectores tanto de la afición como del Barcelona —como del periodismo más próximo al Madrid— para exigir la dimisión o la destitución de Mourinho pese a los logros deportivos. Y más allá del ruido creado sobre el club, hay que valorar los resultados deportivos para emitir un juicio de valor medianamente útil a la hora de analizar el futuro del Madrid — lejos de las etéreas e intangibles cualidades de imagen, filosofía y espíritu de club.
En general, el año ha sido bastante positivo en Madrid. A excepción de la Liga, donde ha conseguido cuatro puntos menos que el año pasado, el equipo ha mejorado en todas las competiciones —consiguiendo una que se resistía desde hacía casi veinte años y superando los octavos en otra, algo que no lograba hacía siete años—. Por otro lado, y algo que puede ser incluso más importante, es posible que se haya apostado definitivamente por un proyecto realmente a largo plazo. Mourinho ha llegado para quedarse y a una plantilla espectacular, excelsa y sobrada de talento se le adivinan enormes posibilidades con el poso de un año de toma de contacto y sistemas de juego ya adquiridos. Porque este que llega y no el que abandonamos, será la auténtica prueba de fuego para Mourinho.
Lectura recomendada | Comparativa en Liga entre Madrid y Barcelona (Marca)
En MQF | 96 puntos (temporada 09/10)
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miércoles, 11 de mayo de 2011
El Deportivo se aferra a Valerón
Andrés Pérez | Portador de una melancolía inconfundible sobre el terreno de juego, Valerón, 35 años, delgadísimo, envejecido por el paso del tiempo y de las lesiones, taciturno, con la misma cara de niño inocente con la que comenzó su andadura en el fútbol profesional, recordó en varios destellos, en fugaces espejos que se miraban en el pasado, aquel Deportivo de glorias anticuadas, de gestas para la Historia, de pompa y elegancia. Valerón, legado último del mejor Deportivo de siempre junto a Manuel Pablo, evocó sus mejores quiebros, fintas, conducciones y desplazamientos al espacio para servir de brújula indeleble al resto de sus compañeros, amordazados por las garras del posible descenso. Fue un foco luminoso último, brillante como nadie en los metros finales, repleto de dignidad y recubierto por un halo de admiración allá donde pisaran sus imborrables botas negras. Fue Valerón y fue el muelle en el que atracó el Deportivo su arquitectura pesada y plomiza para doblegar al Athletic y suspirar, un día más, un día menos, esperando el veredicto final.
Decíamos ayer que era factible que tanto Athletic como Atlético, que se yerguen en equipos europeos, perdieran sus respectivos partidos ante rivales mucho más necesitados. El Athletic se adelantó en Riazor con un gol de Toquero, limpio y sedoso como nunca se le había imaginado, probablemente contagiado por la presencia de Valerón, bisagra esencial de un Deportivo tosco y ronco al que ni siquiera le resta la capacidad competitiva de Osasuna o Real Zaragoza. El Deportivo, el equipo que más tiene que perder de todos los que asoman al barranco de la división de plata, no se sabe manejar en este tipo de situaciones. Inconscientemente se lanzó ayer, en un partido crucial para su futuro, en los brazos de Valerón, cuya filosofía lenta y articulada del fútbol era lo último a lo que aspiraría cualquier equipo en su situación. Lo que obtuvo fue criterio. Y, normalmente, un equipo necesitado y con criterio ante un equipo apático y sin aparente objetivo sale vencedor. Le sucedió al Deportivo —Adrián López cuajó un partido sensacional— y respira a falta de dos jornadas.
Quien definitivamente puede considerarse en la orilla, a salvo de vientos y mareas, es el Racing de Santander, que como el Deportivo decidió remontar su particular batalla en casa ante otro rival que pugna por Europa, el Atlético de Madrid, tan suyo esta temporada, con sus particulares cuitas internas, Forlán, Reyes, Quique Sánchez Flores, a mitad de camino entre rachas excelsas y penurias de ayer y de hoy. Ahora mismo el Racing está a seis puntos del Getafe. Salvado. Quien está cerca de conseguirlo es el Málaga, que como mandaba la lógica se impuso al Sporting, de nuevo en problemas con 43 puntos a expensas de lo que pueda suceder mañana en Anoeta entre Zaragoza y Real Sociedad. Baptista perforó y el Málaga, bajo su batuta, se clavó en los 45 puntos, a un suspiro del objetivo final y de demostrar, el brasileño, que su estancia en el equipo malagueño es una bendición para sus aficionados y un error imperdonable del fútbol.
Getafe. Perdió en el Bernabéu por cuatro goles y mostró un aspecto horrible. Sin actitud, derrengado de sí mismo, abatido, vencido desde el primer minuto, descreído de sus posibilidades, en estado de muerte cerebral, el Getafe abandonó la plaza del Real Madrid —Ronaldo anotó tres goles, cerca ya a Zarra y Hugo Sánchez en su particular cuita interna— con 40 puntos y con un calendario de órdago: Osasuna en casa y Real Sociedad en Anoeta. Los dos se juegan la vida. Y los dos parecen más convencidos de sus posibilidades que el Getafe. Le sucede al Getafe que sufre mal de bajura. No estaba preparado para una situación como ésta, se dejó llevar y apareció donde los equipos preparados para la Europa League suelen perecer: en una lucha a vida o muerte, brutalmente honesta y que casi nunca premia a equipos estilizados y bellos como el que un día pretendió Míchel. Algunos especulan con la posibilidad de una salvación en los 44 ó 45 puntos. Puede que sea algo aventurado. Cuesta creer que el Getafe sea capaz de, visto lo visto hoy, sumar puntos en los dos encuentros que le restan. Por su bien, más le valdría convertir estas últimas palabras en un ridículo histórico para quien las firma.
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martes, 10 de mayo de 2011
Necesidades que apremian
Andrés Pérez | Y casi sin tiempo a digerir lo sucedido en la pasada jornada aparece la siguiente entre semana, desfasada, como el Zaragoza o el Deportivo, que reaccionaron tardíamente a sus acuciantes necesidades; inquieta, como Sporting, Levante, Mallorca, Racing o Málaga, matemáticamente aún en riesgo de terminar con sus huesos en segunda; fulgurante, como la victoria de Osasuna; perecedera, como las rentas de la Real Sociedad. Trágica, en suma, como todo lo que rodea a la lucha por no descender en Primera División. Antes de entrar en materia, un repaso breve a las alturas: pese a la exhibición del Madrid el Barcelona sólo necesita un punto para ser campeón, nada que alegar; el Valencia, equipo irregular por antonomasia, tiene casi hecha su tercera plaza para escarnio del Villarreal, caminante a la deriva por la lejanía que le separa del Athletic o del Atlético, equipos que cierran Europa; y, finalmente, sólo Sevilla o Espanyol podrían optar a otra cosa que no fuera descender. En general, todo demasiado previsible. A lo nuestro.
Exceptuando al Almería, oficialmente equipo de Segunda División, tres equipos fueron los desafortunados en la pasada jornada: Zaragoza, Real Sociedad y Hércules. A éstos últimos su derrota ante el Racing, de nuevo por la mínima ante un rival directo, les acerca severamente a las puertas de segunda. Tiene 33 puntos, a seis de la salvación cuando restan nueve por jugarse. Cuesta creer que consigan todos sus puntos y que alguien a su alrededor se dispare tan absurdamente en un pie. Cerrado este capítulo queda por dirimir el tercer y último pasajero del tren al gélido desierto de la división de plata. Esa posición la ocupa el Deportivo, que no perdió pero sí empató y arruinó la fiesta de la salvación al Sporting en su porpia casa, cosechando un punto que quizá resulte determinante de aquí al final de la Liga. O quizá no.
Entre tanto el Zaragoza se hundió ante Osasuna, que de haber perdido estaría en gravísimos problemas. Algo parecido le sucedió al Getafe, que se aprovechó de las penurias del Almería para sumar tres puntos que de haberse evaporado en el horizonte hubieran supuesto una defunción casi segura. Juega hoy ante el Real Madrid en el Bernabéu, donde sólo Sporting y Zaragoza han extraído beneficio. El problema del Getafe es que hoy sí juega un obstinado Cristiano Ronaldo, que a falta de argumentos mejores pretende demostrar su superioridad ante Messi batiendo el récord goleador de todos los tiempos en la Liga: 38. Está a cinco. Duelos de hoy: Racing y Deportivo reciben a los dos equipos que actualmente ocupan plazas de Europa League, Atlético y Athletic, y que tienen que ganar sí o sí si quieren que el Sevilla no les supere.
Sevilla, por cierto, que también acude a campo ajeno, en concreto a Pamplona, donde Osasuna pretenderá agregar más valor a los tres puntos obtenidos en La Romareda. No se sorprendan sin repentinamente los tres equipos que se enfrentan a equipos en pugna por puestos europeos vencen sus respectivos partidos. La Liga Española es así. Ahora bien: cualquiera de los tres que ose perder puede encontrarse en problemas relativamente acuciantes. Duelos algo más intrascendentes: Levante - Barcelona y Hércules - Mallorca. Sería extraño que cualquiera de los cuatro cambiara su estatus de aquí a final de Liga. Y dos duelos directos.
Málaga - Sporting, bastante electrificado, y Real Sociedad - Real Zaragoza, duelo de absoluta necesidad para ambos. Digámoslo de este modo: salvo para el Zaragoza, ganar supone virtualmente la salvación. El empate supone prolongar la agonía. La derrota acrecentarla. En el caso del Zaragoza, mucho más necesitado, le podría valer el empate apostando su suerte a que con 43 puntos —suponiendo que obtiene los tres siguientes en casa ante el Espanyol, que es mucho suponer— es imposible bajar. Ésta última es una lectura pretendidamente optimista. En realidad cualquier otra cosa que no sea una victoria seguirá siendo realmente peligroso para sus intereses, como casi la mayor parte de equipos que en estas tres últimas jornadas se juegan a cara o cruz el devenir de toda una temporada. Destino, qué obsesiones las tuyas.
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miércoles, 4 de mayo de 2011
La épica no resultó para llegar a Wembley
Juandi Mora | Llovía, se había confirmado que no habría show Mourinho y el Real Madrid salía con Kaka' e Higuaín al campo. A los optimistas la lluvia les sabía a épica. Los pesimistas recordaban el estado de forma del brasileño y el canguelo del argentino cuando hay que agarrarse los machos y luchar. Yo, en mitad de las dos posturas, confiaba en un gol blanco en la primera mitad y de ahí a lo desconocido.
Agobiante, inquieto, desbocado. Así salía el Real Madrid al Camp Nou. Con ganas de asustar, de dejar constancia de que la camiseta blanca y el escudo redondo con corona y franja morada cruzando no es novato en estas lindezas. Se había cambiado a los toros por elegantes caballos. Que corrían, pero no lo suficiente con el objetivo de amasar el balón cuando estuviese de cara. Sin embargo, el despliegue físico duró treinta minutos. Aquí se acababa la actitud que me gusta del «luchan por sus laureles». Lo de «con respeto y emoción» terminó cuando quien está en el banquillo no respeta la historia de un club señor.
Seguía optimista. Las paradas de Casillas se acercaba a aquel binomio de principios de siglo cuando el guardameta madridista se convertía en santo y la demoledora delantera ajusticiaba al intrépido rival. Sin embargo, ni ruido ni nueces. El Real Madrid no era capaz de llegar y el Barça asediaba la portería. Con la llegada del segundo tiempo volvió a llover. Volví a creer en la épica.
Fallo arbitral al margen, porque lo hubo, el Madrid perdió la concentración y ahí llegó el gol de Pedro. Un jugador con el don de la oportunidad. Cuesta arriba, lloviendo y con afiladas piedras en la subida afrontaba el nuevo partido de treinta minutos el equipo madridista. Los blancos no se resignaban y luchando llegó un balón al palo que parecía otra gracia más de Zeus. En cambio, el balón volvía a Di María que regalaba el empate a Marcelo. Tiempo había, veinte minutos. Dos veces diez para un equipo que no es capaz de jugar al fútbol sin atropellos. Ansiedad y fútbol directo es lo mismo que cabeza, cesta y guillotina. Un suicidio. Mi ilusión se esfumaba. Ese optimismo del equipo luchador que juega de blanco. Ni los arreones de Cristiano, ni los destellos de Ozil. Nada ha sido suficiente para mandar al Real Madrid a Wembley. Irá el que mejor jugó a fútbol. A jugar una final que ya creen ganada. Ojo, hay que jugarla. Por experiencia madridista lo digo.
En MQF | Será el Barça, será en Wembley
En MQF | Mourinho no sabe de las grandes noches del Bernabéu
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jueves, 21 de abril de 2011
El Madrid se reinventa diecisiete años después
Andrés Pérez | En un partido descomunal, legendario, disputadísimo, agrio, sucio, enquistado y brillante, el Madrid se reinventó a sí mismo para conquistar la Copa del Rey diecisiete años después de que lo hiciera por última vez. Lo hizo ahogando al Barça, planteando un partido extenuante en la parcela física, doblando cada ayuda en defensa, concentrado en cada acción y disputando cada balón como si el devenir de la final dependiera de él. No le caben reproches al esquema táctico de Mourinho, de nuevo sagaz, ni a la ejecución práctica de los futbolistas del Madrid, que, y he aquí la noticia, lograron anular durante más de medio partido la capacidad ofensiva del Barcelona. Lo que en un principio no era más que una utopía, el Madrid lo hizo realidad. Hizo de su partido un súmum de decisiones acertadas a costa del Barça, a ratos brillante, impotente en el plano físico y perdido en lo superfluo.
Vaya por delante que la consecución del título por parte del Madrid no obedece a demérito ajeno sino a la exaltación de las virtudes propias. Lejos de cualquier maniqueísmo, la contraposición de estilos deparó un choque excesivamente vibrante, chispeante por momentos, pasado de revoluciones en ocasiones, precioso en su tónica general por la intensidad con la que se jugó por ambos bandos. Tanto Barcelona como Madrid jugaron un partido excelso determinado en una de las muchas acciones que podían haber sido el punto de inflexión y que no fueron: un cabezazo superlativo de Cristiano Ronaldo, suspendido en el aire como los mejores cabeceadores de siempre, tras una combinación en la banda izquierda entre Di María y Marcelo cuando el Madrid conseguía equilibrar la balanza tras cuarenta y cinco minutos a contracorriente víctima de su propia condición humana, impotente en lo físico y aferrado a la genialidad del impasible y eterno Iker Casillas, determinante un día más, una final más, un torneo más. Su palmarés es ya de leyenda.
Decíamos ayer que todo el problema del Madrid el sábado pasado no fue tanto el planteamiento defensivo como el ofensivo, puesto que al juntar tanto las líneas el Madrid perdía el hilo en ataque y llegaba esporádicamente, sin orden ni continuidad, fruto más bien del inevitable cese de espacios del Barcelona antes que de la capacidad ofensiva de sus delanteros. Mourinho solucionó tal problema adelantando las líneas varios metros. El planteamiento del Madrid fue el mismo que ejecutó en el Bernabéu días atrás solo que más cerca del área de Pinto. Las recuperaciones ahora serían un peligro inminente para el Barcelona y el inicio de las jugadas del conjunto de Guardiola distaría demasiado de la zona de peligro de sus mejores jugadores. Dicho y hecho, con un Pepe omnipresente ejerciendo de delantero, centrocampista llegador y destructor a un mismo tiempo, el Barcelona no se encontró.
Se perdió en la maraña táctica que creó Mourinho, Xabi Alonso y Khedira estelares en las ayudas a sus centrales, así como Ozil y Di María, carrileros y extremos a partes iguales, interiores en defensa cuando Messi o Iniesta acudían a sus bandas, emparejándose con Alves o Adriano cuando éstos subían. El Barça no iniciaba las jugadas con fluidez, sus delanteros no exigían el balón al espacio, Messi pecaba de intrascendente lejos del área de Casillas e Iniesta y Xavi sólo encontraban enemigos cuando levantaban la cabeza. Fue el peor primer tiempo del Barcelona de Guardiola, que a excepción de un lejano disparo y varios saques de esquina fue incapaz de crear peligro a Casillas. No así el Madrid, que rascó abajo y buscó con efusividad a Ronaldo, anoche de ariete, por medio de Ozil. Llegaba más el Madrid, en una ocasión Ronaldo disparando seco para que Pinto repeliera y en otra Pepe elevándose por encima de Alves rematando al palo cuando todo parecía indicar que el balón terminaría en la red.
Se había reinventado el Madrid y había descubierto debilidades en el Barcelona, intimidado en el plano físico y desnortado en la creación de su fútbol, demasiado lejos, demasiado previsible, demasiado lento, demasiados rivales. Mourinho hizo de su defensa una trinchera y Villa murió en ella, perdido en sus propias disputas incluso cuando, ya en la segunda parte, el Barça confirmó que la capacidad de resistencia del Madrid, incluida la de un grandioso Pepe, era humana. Por tendencia natural, el equipo del técnico portugués se había inmolado persiguiendo centrocampistas, presionando, corriendo hacia atrás y lanzando a sus delanteros. Cuando los pulmones fallaron, apareció Iniesta y dotó de sentido al hasta aquel momento ineficaz ataque del Barça.
Iniesta comenzó a levitar sobre el césped de Mestalla y acercó a su equipo al área de Casillas. Para entonces el Barça había eliminado cualquier rastro de la capacidad ofensiva del Madrid. Para entonces Ramos y Carvalho eran los mejores soldados con los que se podía compartir trinchera, imperiales ambos. Junto a ellos Casillas, genio hasta la tumba. Siempre guiado por Iniesta, clarividente y suave como en sus mejores ocasiones, el Barça se encontró hasta en tres ocasiones con Casillas. Primero Messi, más tarde Pedro y finalmente el propio Iniesta, en un paradón inverosímil del arquero madrileño. Corría el minuto 70 y parecía cuestión de tiempo que el Madrid, sólido atrás pero un trapo en manos de Iniesta y de un revitalizado Messi, sucumbiera ante el aluvión de paredes, velocidad en los metros finales y capacidad creativa del Barça. Sin embargo la luz se apagó. También para el Barça. Y lo que restó después fue supervivencia.
Porque el Madrid se reinventó de nuevo y extrajo fuerzas no se sabe muy bien de donde para asustar en dos ocasiones a Pinto, la última Di María, maratoniano anoche, mandando el balón a la escuadra. La respuesta de Pinto fue el último acto antes del tiempo de prolongación. Para entonces la batalla a los puntos estaba igualada, el partido era una delicia y el Barça había intentado recuperar el hilo perdido en los últimos minutos de la segunda parte. Lo consiguió a duras penas y nunca en la misma medida apabullante del segundo periodo. Fue el Madrid quien finalmente, en una triangulación esplendorosa entre Marcelo y Di María, encontró el vuelo de Ronaldo para sentenciar la Copa, ya que de ahí al final sería el propio Madrid quien dispusiera de las mejores ocasiones.
Había resucitado el conjunto de Mourinho. Había ganado la Copa merecidamente y había espantado los fantasmas. Más aún: había demostrado que el Barça, uno de los mejores equipos de siempre, es falible. Y ese era el punto de partida necesario para disputarle la hegemonía.
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miércoles, 20 de abril de 2011
La Copa, entre tanto ruido
Andrés Pérez | Se dirime el primer título de la temporada entre Real Madrid y Barcelona y la final llega entre debates identitarios sobre el ser y poder ser del Real Madrid, el auténtico manojo de emociones de este mes fulgurante que enfrentará a ambos equipos cuatro veces. Es algo ya comentado en multitud de ocasiones: el fútbol entiende de variantes y como uno de los mejores entrenadores del planeta que es Mourinho sabe aprovecharlas al máximo. De ahí que ante el Barcelona emplee fórmulas semejantes a las que llevaron a Chelsea y a Inter a casi eliminar y eliminar al mejor equipo del presente sin discusión. Todo esto no tiene nada que ver con la identidad perdida del Real Madrid sino que, más bien, tiene que ver con una doctrina de pensamiento consistente en que el único juego válido para la consecución de títulos debería ser el que practican equipos como el Barcelona o la Selección Española, y que cualquier otra alternativa es una traición.
A todo eso, a su propio entorno mediático y, por descontado, al propio Barcelona, se vuelve a enfrentar el Madrid esta noche. El favorito es el Barcelona por trayectoria reciente, capacidad ofensiva y defensiva, calidad de los jugadores y psicología ganadora. Bien es cierto que es una final y como tal es imprevisible —la Copa se da mucho a ello—, pero en principio y repasando lo que sucedió el sábado —el Barcelona jugó a medio gas cuando tuvo el partido al alcance de la sentencia en la segunda parte— el conjunto de Guardiola saltará al campo dominador y mucho más agresivo e incisivo que en el partido de Liga. Ante él el Madrid, previsiblemente defensivo una vez más, con Pepe atando en corto a Messi y regalando el balón ante la imposibilidad de disputarlo. El sistema defensivo de Mourinho en el Bernabéu fue bastante solvente así que con toda probabilidad repetirá esquema delegando la creación de peligro en los jugadores de arriba. El problema del Madrid es que su planteamiento defensivo acapara parte de ofensivo, utilizando a todos los jugadores de ataque a excepción de Ronaldo en labores de persecución y robo, minando así su físico y su posterior frescura de cara a Pinto, que finalmente será titular como lo lleva siendo toda la Copa.
Todo lo que se salga de este guión será una sorpresa principalmente en lo tocante al planteamiento del Madrid. El Barça piensa ejercer las armas que lleva aplicando tres años. Del Madrid depende demostrar que es una idea mortal y no siempre ganadora. Una nueva victoria del Barça sería un golpe en cierto modo duro para el Madrid de cara a la Copa de Europa y viceversa. La Copa, una vez más, no es intrascendente sino determinante. Y es un placer, a pesar de la incompetencia de la Federación, empeñada en dejar morir este torneo. 21.30, es la hora. No se lo pierdan, cuesta creer que defraude.
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domingo, 17 de abril de 2011
El maniqueísmo que aflora
Andrés Pérez | Ya de medianoche, en una conocida tertulia deportiva radiofónica, un grupo de periodistas pontificaban sobre el partido que enfrentó a Real Madrid y Barcelona con resultado de empate a uno. La mayoritaria opinión de los contertulios era que el Madrid se había traicionando a sí mismo planteando un partido defensivo y renunciando al balón, para gracia de un Barcelona combinativo y más estilizado. Entre los presentes alguno, de marcada tendencia barcelonista, llegó a afirmar visiblemente escandalizado que el césped alto y seco del Bernabéu contribuyó a empeorar el juego del Barcelona. En general, todos los comentarios se dirigían hacia una conclusión implícita: el Madrid se ha comportado de un modo indigno.
En algunas redes sociales, catalizadoras del sentir general de un perfil determinado de población, las palabras viraban en torno a los mismos argumentos y conclusiones. Algunos periodistas de justificada fama afirmaron que el Madrid traicionó su pasado y sus grandes nombres de leyenda. Muchos usuarios anónimos optaron por calificar al Real Madrid de equipo pequeño, comparando su planteamiento en el campo con el del Inter del año pasado en semifinales de la Copa de Europa. Incluso Xavi se animó en la zona mixta, después del partido, y dejó entrever en sus palabras cierto desprecio por el modo en que Mourinho ordenó a sus jugadores. Otro tertuliano contaba perplejo cómo algunos aficionados del Madrid, a la salida del estadio, recordaban ufanos cómo su equipo había conseguido más saques de esquina y ocasiones que el rival a pesar del empate y la posesión. Para dicho tertuliano que a sus aficionados les gustara su equipo no significaba otra cosa que un embrujo, la caída en la tentación propuesta por el diablo ante la imposibilidad de jugar como los ángeles del Barcelona.
El maniqueísmo afloraba y aflora una vez más. La realidad es mucho más simple que todo lo anteriormente teorizado. En realidad, el Madrid no se traicionó a si mismo, a su leyenda o a su historia, ni sus aficionados quedaron secuestrados mentalmente por Mourinho. En realidad, el Madrid jugó del único modo que puede plantar cara al mejor Barcelona de la historia. Esto es: replegándose atrás, regalando un balón entendiendo la inutilidad de disputárselo Xavi, Iniesta y Busquets, y buscando la velocidad de Di María, Ronaldo y Benzema cuando recuperara el balón. El Madrid planteó un partido de fútbol inteligente. Nada o poco tiene que ver con la falta de grandeza esto último, sino más bien con la astucia en la lectura táctica de Mourinho.
No está de más recordar, cuando se acusa al Inter de Milán de comportarse como un equipo inferior, que se habla del vigente campeón de Europa, algo que el Barcelona no es. Comienza a ser aburrido recordar, una vez más, que el fútbol es un deporte rico en matices y que entiende de diversas filosofías para alcanzar una misma meta: el triunfo. No hay ninguna mejor que otra, si acaso más bellas, siempre y cuando quede exenta la violencia. Un planteamiento ofensivo no es más legítimo que uno defensivo per sé. Hasta que no se entienda esto último el absurdo y estéril debate que surge cada vez que Mourinho se enfrenta al Barça no desaparecerá. A fin de cuentas Moruinho no hace sino aplicar el único planteamiento que ha permitido a un equipo frenar al Barça. Quienes le acusan de racanería o de cobardía le exigen al mismo tiempo que se suicide en un cara a cara mortal ante el mejor equipo del mundo.
Da la sensación que el modo de imponerse al Barça debe ser con las mismas armas que el Barça. Cualquier otra forma de buscar la victoria se entenderá como digna de club diminuto y, en caso de consumarse el éxito ante el conjunto superlativo de Guardiola, indigna e ilegítima. O lo que es lo mismo, el Inter ganó la Champions League, sí, pero-lo-hizo-de-aquel-modo, como si su trofeo tuviera menos peso que el conseguido por el Barcelona el año anterior por el hecho de haberlo obtenido de un modo antagónico. Es absurdo. Pretender llevar al fútbol a este extremo es pervertir su esencia y eliminar su belleza. Lo gracioso de este deporte no es perfeccionar un único modo de alcanzar el éxito sino trazar nuevos senderos que lleven a él y contraponerlos. Algún día se terminará exigiendo a la Juventus que juegue como los juveniles del Ajax para no pervertir el fútbol ante rivales de mayor anarquía táctica y alegría ofensiva, algo que en Italia podría causar severos problemas cardíacos a un amplio sector de la población.
La realidad, decíamos. Está muy alejada de las diatribas anteriormente relatadas. El Madrid jugó un buen partido y contó con ocasiones amplias para ganarlo. De hecho dispuso de ocasiones mucho más claras y numerosas que el Barça, incluso una vez Albiol ya había regalado un penalti absurdo a Villa y se había autoexpulsado. La lectura del partido es positiva en cierto modo para el conjunto de Mourinho: ahogó más que nunca la creación del Barça y frenó su caudal ofensivo lejos de la portería de Casillas, cercenando los disparos y las triangulaciones al borde del área. En cierto modo puesto que el Barça dio la sensación de ejecutar sus acciones sin exigirse el máximo. El empate fue un resultado justo y debió esploear la mentalidad madridista ya que puso de manifiesto algunas debilidades del Barcelona en el plano físico, especialmente en su línea defensiva. Nadie debe darse al engaño. Pese a determinados puntos de luminosidad, el Barça sigue siendo un equipo superior porque es mejor equipo. Y sigue siendo el máximo favorito en las dos competiciones restantes.
Recuerden que el ruido esconde las noticias relevantes, y la de ayer y de la que nadie habla es que la Liga está virtualmente sentenciada.
Lectura recomendada | Estilos opuestos, réditos similares (Enrique Ballester en Diarios de Fútbol)
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jueves, 14 de abril de 2011
El Madrid confirma el clásico
Andrés Pérez | Cuatro clásicos en apenas un mes. Ayer el Real Madrid, venciendo en White Hart Lane con sobrada autoridad, certificó las previsiones y habrá una oferta desmesurada de partidos entre Barcelona y Real Madrid. Es un hecho difícilmente repetible. En lo que resta de temporada, los dos equipos se jugarán tres campeonatos. De lo que acontezca en las tres competiciones pueden suceder varias cosas y extraerse numerosas conclusiones. La primera y más evidente es que el Madrid no es el equipo menor que muchos han dibujado durante toda la temporada tras el 5-0 en el Camp Nou. Sigue la estela del mejor Barça de la historia y del, para muchos, mejor equipo de la historia. No es un mérito menor. Y está en condiciones de robarle dos torneos, pese a que la Liga es un premio demasiado ilusorio.
El resto de conclusiones se extraerán en función de los resultados. Si el Barça se impone en todas las competiciones el Madrid habrá creado para entonces un complejo de inferioridad que sólo se borrará con el paso de los años y de los futuros y previsibles títulos madridistas. Entiéndase que el Barça ya ganó todos los torneos en 2009, pero no directamente ante el Madrid en cuatro enfrentamientos directos en un mes. Pese a que las situaciones sean semejantes, al carga emotiva y mediática es mucho mayor. Si el Madrid no es capaz de llevarse ningún título a sus vitrinas el golpe moral puede ser mayúsculo y puede ocultar y ensombrecer la excelente primera temporada de Mourinho en el banquillo.
Suceda lo que suceda es evidente que el Barça es el mejor equipo. Lo es en tanto que se ha impuesto con claridad en el torneo que premia la regularidad, el baremo que mide la verdadera capacidad de un equipo. Esto no oculta, o no debería, que el Madrid ha mejorado sustancialmente respecto al año anterior. Lo demostró anoche ante el Tottenham. Firme en defensa pese a algunas internadas de los delanteros ingleses, controlador en el centro del campo cuando lo necesita y rápido arriba. El Madrid se encuentra habitualmente colapsado si el equipo rival se cierra atrás, pero el paso de los minutos permite entender mejor el funcionamiento del muro que tiene enfrente. Una vez lo ha estudiado y comprendido es ingenioso a la hora de romperlo.
Cuando no, cuando un equipo le juega cara a cara, el Madrid encuentra espacios y Xabi Alonso los aprovecha con sutileza. Arriba esperan Ronaldo, Di María o Benzema al hueco y Adebayor y Ozil al pie. En cualquier situación el Madrid tiende a encontrar recursos y a explotar sus virtudes. Es su principal punto fuerte: la excelente ocupación de espacios y la rentabilidad de sus acciones ofensivas. Ante el Tottenham el Madrid dominó con placer, combinando con suficiencia en la medular y durmiendo el tempo del partido. Al equipo londinense no parecía incomodarle dicha situación puesto que no puso en demasiados apuros al Madrid.
Le sucedió que apenas alcanzó posiciones ofensivas al borde del área. Tan sólo la salida de Kaka' y Benzema espoleó al equipo cerca de las posiciones de Gomes, ya rendido tras cantar estrepitosamente en un disparo de Ronaldo. El Madrid ha pasado a semifinales sin mostrar su previsible mejor nivel y con ciertas carencias en muchos partidos. La competitividad y la firmeza que ha mostrado el equipo y el plus de psicología y capacidad que suele aportar Mourinho deberían contrarrestar en los próximos enfrentamientos sus carencias. Es el único modo que tiene el Madrid de plantar cara con firmeza al Barça. Se presenta un mes apasionante. Disfruten cuanto puedan y traten de mantenerse al margen de las cavernas mediáticas de uno y otro lado.
Imagen | El País
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miércoles, 6 de abril de 2011
Una goleada que no oculta las carencias del Madrid
Andrés Pérez | Sigue lejos el Real Madrid de ser una máquina infalible a pesar de su contundente goleada al Tottenham. Se atasca con facilidad cuando el rival mantiene el tono físico, no encuentra salidas ante un conjunto encerrado en su área y sus defensas se desconcentran con excesiva frecuencia en campo abierto. No es de extrañar, tras este diagnóstico, que el Tottenham se acercara con cierto peligro al área de Casillas mediada la primera parte, una vez Adebayor ya había adelantado al Madrid y una vez Crouch, en juvenil acto de irresponsabilidad, había decidido dejar a su equipo con un jugador menos. Primero fue Bale, tras una carrera asombrosa desde el centro del campo, y más tarde Van der Vaart solo ante Casillas, antes de que Carvalho impidiera el empate del equipo londinense. Ciertamente, el Madrid no sufrió más. Pero en aquel momento se hallaba muy descolocado.
La expulsión de Crouch supuso un punto de inflexión relativo en el partido. Durante los primeros seis minutos el Tottenham se había encerrado alrededor de Gomes. No por voluntad propia sino por el empuje imparable del Madrid, que en un córner obtuvo premio. Pese a oler sangre, los de Mourinho dejaron recomponerse al Tottenham, que comenzó a manejar levemente y muy lejos de Casillas el balón. Todo ello hasta que Crouch entró con la plantilla por delante por segunda vez. Imaginamos en ese momento a Redknaap seriamente contrariado con su delantero. La marcha prematura de Crouch dejó al Tottenham sin delantero. Y aquí es donde Mourinho debería encontrar motivos para la preocupación: no es que el Madrid se estampara ante el muro londinense en ataque, es que el Tottenham aprovechó los espacios lógicos que el Madrid cedía atrás. Las coberturas llegaban tarde y el caos comenzaba a asomar.
El resto de la primera parte no fue gran cosa. Atormentado por sus propios fantasmas, el Madrid no creó excesivas ocasiones en el área de Gomes. La segunda parte fue otro cantar. Con Marcelo hiperactivo y como el único jugador capaz de romper líneas defensivas en una internada con el balón controlado, Adebayor preparó un salto en suspensión para cruzar el balón con la cabeza hacia un lugar en el que un caótico Gomes jamás imaginaría llegar. El segundo gol sirvió de espoleo para el Madrid, que fulminó físicamente al Tottenham. Aquí sí el conjunto blanco se mostró superior de una forma insultante. Los spurs contaban ya con Defoe en el campo, lo que redujo el volumen de centrocampistas, un placer para Xabi Alonso, que se dedicó a construir y destruir a su antojo.
Marcelo y Xabi Alonso. Ahora que Benzemá ha vuelto al dique seco, son los dos jugadores más importantes del Madrid cuando Ozil se esfuma entre las líneas rivales. Marcelo por desequilibrante e imprevisible y Alonso por estable y racional. El fondo físico imposible de los jugadores blancos hizo el resto hasta el punto de que Sandro, Gallas y Bale sufrieron calambres durante toda la segunda parte. El Tottenham, fundido ante la exigencia física que le proponía el Madrid, se transformó en un trapo, y lo que durante la primera parte se convertía en una agonía posible en al segunda se antojó imposible. No había capacidad para resistir los embistes del Madrid. Un Ronaldo egoísta lo probaba; Ramos se unía al ataque una vez neutralizado Bale; Di María buscaba encontrar salidas a pesar de su creciente irrelevancia en el juego del Madrid; y en defensa Pepe y Carvalho parecían superar sus traumas. El Madrid, entonces sí, era un conjunto temible.
Cuatro a cero, goleada, eliminatoria sentenciada a excepción de hecatombe histórica y dos lecturas. La primera la de un equipo incapaz ante rivales demasiado pergeñados alrededor de su área y nervioso en defensa cuando el rival tiene metros para recorrer. La segunda la de un equipo apabullante que humilla al contrario físicamente y lo remata sin piedad una vez está para el arrastre. Sucedió también ante el Lyon: el Madrid en casa exige demasiado a su rival como para que aguante los 90 minutos. De cara a un futuro enfrentamiento ante el Barça esto tiene un problema evidente: ni el fondo físico de los de Guardiola es tan bajo ni permitirá que el Madrid le imponga el correcalles que sí ha logrado imponer en octavos y en cuartos. El Barça le robará el balón. Y la última vez que al Madrid le sucedió eso recibió cinco goles. A pesar de la goleada, el Madrid debe mejorar si pretende seguir la estela del Barça en un mes que se presenta frenético para ambos equipos.
P.D.
Mientras tanto, en el otro extremo de la galaxia y demostrando que todos los analistas futbolísticos somos auténticos incapaces para este oficio, el Schalke 04 marcó cinco goles al Inter en San Siro y prácticamente dejó sentenciada la eliminatoria. El Schalke, el renqueante y desquilibrado equipo de Raúl que eliminó al Valencia en octavos, ha goleado y humillado al vigente campeón del mundo. Dicho sea de paso y vista su defensa de feria, no es algo que tenga especial mérito. Pero sí sorprende viniendo de un equipo al que nadie esperaba en semifinales —salvo machada heroica de los de Leonardo en Gelsenkirchen— y del que se ha dicho que es caótico, falto de talento, lento, sustentado por sus estrellas y con un cuadro defensivo digno de categorías del infrafútbol. Qué noche de Champions.
Lectura recomendada | El Schalke descuartiza al Inter (El País) | Visto y no visto (Esteban Moneo)
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martes, 5 de abril de 2011
Choque con tintes británicos
Pablo Orleans | Lustro y pico después, más de cinco años de sueños y pesadillas, de noches en vela y fracasos impensables. El Real Madrid vuelve a unos cuartos de final de la UEFA Champions League. Un equipo construido a base de talonario, todo hay que decirlo. Un equipo pensado para ganar con grandes figuras entre sus filas. Jugadores jóvenes resabiados, veteranos ambiciosos y un líder que les rodea, que guía al grupo. Mourinho, el bueno, no entiende de perder. Y eso que su amigo el canalla, el cántabro Preciado, le bajó del cielo liguero y le enseñó a caer en casa tras mucho tiempo —demasiado—, en competición doméstica.
Frente a ellos, de azul celeste en la ida, los spurs se plantarán en el césped de la capital española con la intención de hacer algo bonito en el primer choque para tener opciones en la vuelta. Y el partido se prevé intenso, rápido, típico de la Premier League. El Madrid, conjunto tradicionalmente peleón, conocido luchador, noble y bélico adalid, sostiene en su habitual juego los tintes ingleses más característicos. Sin demasiado control, con déficit defensivo —progresando adecuadamente— ante potentes delanteras, el conjunto que hoy entrena un tal Mourinho es, eso sí, una máquina destructora, un fugaz golpe certero y preciso que fulmina rivales dubitativos en cuestión de segundos.
Y es que, si al tradicional y alocado juego anglosajón, a la ida y vuelta, a los balones directos, rápidos contragolpes e intensos minutos, sumamos el conocimiento de un más que interesante elenco de expertos en la Barclays, el resultado supone una extraña mezcla entre la persistencia y el orgullo español castizo con la sutileza y rapidez característica de los inventores del football. Los Carvalho, Arbeloa, Xabi Alonso, CR7 o Adebayor, curtidos en los verdes campos ingleses, enseñados en las artes del contraataque y expertos del fútbol directo darán a este choque un aspecto británico de espectáculo asegurado.
Choque inglés ante todo, entre un conjunto angloparlante en ascenso y otro ibero en reconstrucción. La ambición de los que hace casi tres décadas que no recargan sus vitrinas europeas y cuya última gran alegría fue hace 20 años, ante la obligación de los reyes del siglo XX por empezar un nuevo ciclo ganador que se hace de rogar. La lucha está programada y el duelo promete. Probablemente lo más parecido a un choque británico con un equipo español de por medio. Y es que si un equipo encajaría a la perfección en la Liga del archipiélago europeo, ése sería el entrenado por Mou. Siéntense, beban con moderación y disfruten del prometedor choque de cuartos de la Champions entre Madrid y Tottenham.
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miércoles, 23 de marzo de 2011
El resurgir de Benzema
Andrés Pérez | Sobrevivir al Madrid no es sencillo. Lo sabe bien Benzema, cuya presión mediática ha soportado durante año y medio para luego resurgir de unas cenizas de las que nadie, probablemente ni él mismo, esperaban gran cosa. En el Madrid la ley es rendir. No hay periodo de adaptación, no hay edad que sirva de excusa y, en términos genéricos, no hay lógica que permita comprender la manifiesta incapacidad del club y sus aficionados de ser pacientes. Dicho nerviosismo, acompasado por una presión mediática inigualable en cualquier otro conjunto deportivo, conduce a no pocos futbolistas al ostracismo, sumergidos en la vorágine de rendimiento inmediato y duda eterna que se cierne sobre ellos.
Benzema era uno de tantos. Como Kaka', su fichaje aupó las esperanzas del aficionado la temporada pasada cuando junto a Cristiano Ronaldo conformaban, en apariencia, una tripleta letal en la parcela ofensiva del Madrid. Tanto el brasileño como él no rindieron nunca al nivel previsto y entre lesiones y periodos depresivos transcurrió una temporada antera. Benzema no pudo consigo mismo, con la presión y con Higuaín. El argentino, que también sufrió del mismo mal que el francés en su primer medio año en Madrid, alcanzó su cénit como delantero centro el año anterior formando con Ronaldo una pareja demoledora de cara a portería. El buen estado de Higuaín parecía ir de la mano del declive prematuro de Benzema. Al tiempo que uno subía, el otro bajaba.
Sin solución de continuidad, esta situación se mantuvo al inicio de esta temporada. En lo que supuso una carambola del destino imagino que muy agradecida por Benzema, Higuaín se lesionó de gravedad para los siguientes seis meses. Todos miraron al francés. La oportunidad escondía una segunda lectura: si bien contaría con minutos, de no ser capaz de demostrar su valía estaría desterrado para siempre. No cabía otra opción en la cabeza de nadie, Benzema había de rendir. Lejos de ello, el delantero se mostró parsimonioso y ladino como pocas veces se le recuerda, a pesar de algunos destellos goleadores ante equipos menores como Levante en Copa o Auxerre en el Bernabeú. Sin ser aún decisivo y con un Madrid en crisis psicológica tras la goleada del Camp Nou, Mourinho exigió un delantero. Y llegó Adebayor.
Llegó Adebayor, se lesionó Ronaldo y Benzema, para sorpresa de la gran mayoría, ha resurgido en su posición natural, detrás de un delantero centro. Lleva alrededor de una decena de partidos marcando consecutivamente y ha sido decisivo en la mayoría de encuentros en los que lo ha hecho dado que en muchos de ellos abrió el marcador. Eso se traduce en puntos. El 2011 de Benzema está siendo estelar con actuaciones destacadas ante Racing o Lyon. Es decisivo en Champions y su carrera contra Higuaín, que en pocos días volverá a estar a tono para jugar, se ha decantado imprevisiblemente a su favor. Benzema atesora de nuevo las virtudes que le hicieron fichar por el Madrid. Es el delantero que todos estaban esperando tras salir de un pozo del que nadie ha salido —un saludo para Kaka'—. Es una excelente noticia para Mourinho.
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jueves, 17 de marzo de 2011
El Madrid rompe con su pasado reciente
Andrés Pérez | Acudía el Madrid con gran urgencia al partido de vuelta de los octavos de final. La urgencia que provoca el peso de seis años sin superar una ronda que comenzaba a mostrarse maldita y que era reflejo de las miserias del conjunto madridista durante los últimos años a pesar de los exiguos campeonatos de Liga. Ante el reto que proponía su historia reciente, el conjunto de Mourinho respondió con virulencia ocasional y espesura general. En cualquier caso doblegó a su bestia negra, el Lyon, domado a pesar de su buen sentido del juego y excesivamente blando en las pocas ocasiones de las que dispuso. Su inocencia defensiva la aprovechó un Madrid, esta vez, desbocado.
Como lo lleva durante toda la temporada. Al Madrid se le podrá achacar falta de fluidez en el juego, excesiva verticalidad o demasiada dependencia de sus individualidades, pero no capacidad de remate e intimidación. Cerca del área rival, Benzema, Ronaldo, Ozil o Di María son jugadores versátiles en todas las zonas del campo, rápidos y potentes. Además dotados técnicamente. Una pesadilla para la defensa rival, por más que no encaje el esquema o el centro del campo no gobierne como debiera con Xabi Alonso y Khedira. Es el recurso del Madrid, aferrarse a la violencia ofensiva de sus mejores jugadores. No deja de ser un recurso lícito y, ante todo, efectivo.
El Madrid salió con la intención de controlar el juego pero no pudo hacerlo dados sus evidentes nervios y el buen hacer del centro del campo francés, donde Toulalan y Kallstrom ofrecieron la calma que la parcela ofensiva del Madrid nunca encontró. Los tres primeros minutos fueron un frenesí que auguraba serios problemas para Lloris. Sin embargo, el Lyon clamó el tempo del partido y trianguló con sobriedad para poner en apuros a la defensa blanca en más de una ocasión. Transcurrió la primera parte con la sensación de que era el Madrid el equipo necesitado de un gol para pasar a cuartos de final y no el Lyon. Mal presagio. En los últimos minutos del primer periodo, no obstante, el Madrid decidió aplicar la misma línea de juego que el Lyon y enarbolando jugadas a ras de suelo consiguió acercarse con más inteligencia al área francesa. Fue Marcelo, en una de sus muchas subidas por banda, quien tras tirar una pared con Ronaldo y un recorte excelso anotó el primero.
El panorama no difería en exceso para el Lyon dado que seguía necesitando un gol para estar en la eliminatoria. El escenario, sin embargo, era el ideal para el Madrid, que exigía menos paciencia y más juego directo dadas las urgencias del Lyon, más volcado hacia arriba y cediendo más espacios en su retaguardia. En ese contexto, el papel de los defensores franceses fue clave. Excesivamente inocentes, un robo de balón deparó en un balón largo de Marcelo a la espalda de Lovren, anoche calamitoso, que no acertó a despejar. La pelota se quedó franca para Benzema, que la cosió a su pie y la encajó bajo las piernas de Lloris, al que se le cayó el larguero encima.
Para entonces el partido y la eliminatoria estaban sentenciados. Fue entonces cuando se encontró mejor el Madrid, anotando incluso un tercero tras otra actuación desafortunada de Lovren. No debe engañarse el Madrid: ha doblegado a su rival con la autoridad que refleja el resultado, no su juego. No hay más superioridad que su voracidad y brutalidad en el área rival. Su primera parte fue gris y mediocre y ante un rival de mayor talla se le adivinan más problemas a un Madrid que, en ocasiones, peca de ansiedad. No piensa y resume su plan ofensivo en balones rápidos a sus veloces delanteros, incluido Ozil, desaprovechado en circunstancias así. Sea como fuere, la maldición, el peso de la historia, se ha resquebrajado. De la historia reciente, se entiende. El Madrid ya está en cuartos, de nuevo. Dispone de plantilla, entrenador y capacidad para ser temible en cualquier circunstancia. Pero ha de mejorar. Inevitablemente si desea ganar esta Champions.
P.D.
Comentario aparte merece la actuación de Pepe. Agredió en dos ocasiones a dos jugadores diferentes del Lyon sin motivo aparente. La primera, un planchazo injustificado a Lisandro al borde del área de Casillas. La segunda, un arrebato encolerizado que casi termina con la cara de Cissoko en el hospital. Pepe tiene un grave problema psicológico. Sus arrebatos de ira le pueden costar muy caros al Madrid, y con Albiol en el banquillo no parece que merezca la pena de este modo arriesgar. Alguien debería hablar con él.
Imagen | El País
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lunes, 31 de enero de 2011
La losa del Camp Nou
Andrés Pérez | Al tiempo que Camuñas empujaba el balón a la red, al Real Madrid se le agotaban las expectativas de ganar la Liga. En Pamplona el conjunto de Mourinho se mostró psicológicamente endeble, corto de efectivos y nulo de ideas en ataque, colapsado no se sabe muy bien si por la ausencia de Xabi Alonso, el infierno que supone acudir al Reyno de Navarra o la presión que le debe suponer jugar, últimamente, conocedor de la victoria del Barça de antemano. Quizá sean los factores definitorios o quizá sean coyunturales. Quizá el equipo no está preparado aún para hacer frente a un Barça estratosférico que camina a golpe de goleada hacia su tercera Liga consecutiva.
Desde que Casillas encajara cinco goles en el Camp Nou con la consiguiente y comprensible humillación nacional de los pupilos de Mourinho, el Real Madrid no ha levantado cabeza. Curiosamente una de las principales características históricas de las plantillas del portugués ha sido la fortaleza psicológica, algo que a estas alturas de temporada no parece disfrutar el Madrid. Y digo parece puesto que es enero y las posibilidades de una resurrección en forma de remontada inverosímil a modo de la temporada 2006/2007 existen. Son remotas habida cuenta del estado de forma del Barcelona, pero existen, puesto que esto sigue siendo un deporte y la lógica un inconveniente muy molesto para la épica. Psicología, decíamos: el rendimiento post-Camp Nou sólo se puede calificar como decepcionante.
Previo al paso por el campo del Barça, el Madrid era un equipo ciertamente efectivo. Y hasta cierto puto espectacular. No está de más recordar alguna que otra goleada en el Bernabéu o las excelentes sensaciones que transmitió en algunas fases de la recta final de 2010, con un Di María en estado de gracia, Ronaldo haciendo goles día tras día y un centro del campo perfectamente engranado, Xabi Alonso al mando, Khedira en la destrucción y Ozil creciendo a cada jornada. Aquel era un Madrid impetuoso, voraz, enérgico que sumía a sus rivales en una espiral de frenesí apta únicamente para conjuntos físicamente portentosos a un tiempo que técnicamente irreprochables. No era lo que, con toda seguridad, aspiraba a conseguir Mourinho, no aún, pero se le acercaba.
De aquel conjunto queda poco. Físicamente el Madrid está hundido, qué mejor prueba de ello que el episodio de Pamplona, con todos los titulares hundidos en enero y sin algún revulsivo de nivel en el banquillo. La plantilla parece ser corta a estas alturas de la temporada puesto que, oh, sorpresa, jugadores como Lass o Granero no dan el perfil, Kaka' sigue sin aparecer, Benzema es intermitente y Canales o Pedro León son inexistentes. La cuesta de enero, dicen. Moral y físicamente el Madrid está, a día de hoy, a más de 7 puntos de un Barça que va con la directa y al que le resta contar días en el calendario para, de seguir así todo, proclamarse campeón.
Lo cual es profundamente aburrido.
Lectura recomendada | El Madrid precisa más que un 'nueve' (José Sámano en El País)
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viernes, 5 de noviembre de 2010
Caminos cruzados
Andrés Pérez | Comienza el Madrid a parecer un equipo de altos vuelos. Su primera parte el pasado miércoles ante el Milan fue sencillamente asombrosa. Lo fue en dos sentidos: por un lado, demostró una capacidad inédita en los últimos cinco años de mostrarse profundamente superior a un rival de tallaje elevado como lo era este Milan, venido a menos, envejecido, desordenado, sí, todo eso, pero Milan a fin de cuentas; por otro, Higuaín anotó un tanto en San Siro: no es una noticia menor puesto que si algo se le podía reprochar al delantero argentino era precisamente su carencia de oportunismo y determinación ante conjuntos poderosos. Anoche su partido siguió siendo un espejismo de lo que demuestra frente a equipos de media tabla en la competición doméstica, pero un paso es un paso.
En lo tocante al rendimiento del Madrid, Mourinho comienza a observar los frutos de los automatismos que tan buenos resultados le dieron en Chelsea e Inter. Esto es, conseguir que cada jugador sepa en todo momento qué debe hacer. Se trata de una creatividad mecanizada y altamente efectiva que entronca con el caos habitual en el que el Real Madrid se sumía cada temporada, incluida la pasada, récord de goles superado inclusive. Comienza a jugar el Madrid de memoria y la calidad de sus jugadores permite triangulaciones rápidas, internadas por banda con dos falsos extremos como Higuaín —anoche obligado al ocupar Ronaldo la punta de ataque— y el creciente pero aún obtuso Di María.
A la electricidad que sus rápidos delanteros imprimen al ataque, el Madrid suma, a buen seguro, una de las mejores parejas de mediocentros de toda Europa: Xabi Alonso y Khedira aúnan una colocación táctica notable, llegada, disparo desde media y larga distancia, capacidad defensiva, técnica depurada, desplazamientos en largo, desplazamientos en corto y jerarquía. Ambos reflejan todo lo que debe ser un mediocentro entendido como tal, y la inteligencia sobrenatural de Xabi Alonso para leer los partidos del modo más simple pero más efectivo posible potencia las virtudes de su compañero Khedira, menos dotado para la creación, más peligroso y vertical en sus internadas hacia el área.
En honor a la realidad, toca aplaudir al Milan. De ser aficionados del Milan, deberíamos haber terminado todos con una enorme sonrisa y sensación de satisfacción tras el partido: como decía, un conjunto que cuenta con los principales jugadores de su plantilla y estandartes durante toda una década de la poderosa imagen rossonera en decadencia fue capaz de remontar un partido complicadísimo a base de inteligencia y coraje. La lucha casi embriagadora de Gattuso durante todo el partido o la forma en la que Inzaghi revolucionó el partido son suficientes atributos para satisfacer al aficionado medio. Dentro de la marea en la que se convirtió el partido, Inzaghi pescó como lo lleva haciendo toda su vida, y a este hombre no queda sino aplaudirle.
El partido, precioso, fue reflejo de lo que tanto uno como otro equipo representan: uno su potencial candidatura a rey de Europa, a falta de ajustar aún más la maquinaría y aprender de fallos garrafales de concentración como el que impidió que ganara el partido; el otro, los últimos coletazos de un grupo irrepetible, fenómeno, como el que representan los previamente citados junto a Pirlo o Nesta, últimos genios de una quinta a la que la historia colocará en su lugar. Parece, eso sí, un espejismo la travesía hacia ninguna parte en un equipo sin proyecto la de Ibrahimovic, Robinho o Ronaldinho. Pero esa ya es otra historia.
Imagen | El País
En lo tocante al rendimiento del Madrid, Mourinho comienza a observar los frutos de los automatismos que tan buenos resultados le dieron en Chelsea e Inter. Esto es, conseguir que cada jugador sepa en todo momento qué debe hacer. Se trata de una creatividad mecanizada y altamente efectiva que entronca con el caos habitual en el que el Real Madrid se sumía cada temporada, incluida la pasada, récord de goles superado inclusive. Comienza a jugar el Madrid de memoria y la calidad de sus jugadores permite triangulaciones rápidas, internadas por banda con dos falsos extremos como Higuaín —anoche obligado al ocupar Ronaldo la punta de ataque— y el creciente pero aún obtuso Di María.
A la electricidad que sus rápidos delanteros imprimen al ataque, el Madrid suma, a buen seguro, una de las mejores parejas de mediocentros de toda Europa: Xabi Alonso y Khedira aúnan una colocación táctica notable, llegada, disparo desde media y larga distancia, capacidad defensiva, técnica depurada, desplazamientos en largo, desplazamientos en corto y jerarquía. Ambos reflejan todo lo que debe ser un mediocentro entendido como tal, y la inteligencia sobrenatural de Xabi Alonso para leer los partidos del modo más simple pero más efectivo posible potencia las virtudes de su compañero Khedira, menos dotado para la creación, más peligroso y vertical en sus internadas hacia el área.
En honor a la realidad, toca aplaudir al Milan. De ser aficionados del Milan, deberíamos haber terminado todos con una enorme sonrisa y sensación de satisfacción tras el partido: como decía, un conjunto que cuenta con los principales jugadores de su plantilla y estandartes durante toda una década de la poderosa imagen rossonera en decadencia fue capaz de remontar un partido complicadísimo a base de inteligencia y coraje. La lucha casi embriagadora de Gattuso durante todo el partido o la forma en la que Inzaghi revolucionó el partido son suficientes atributos para satisfacer al aficionado medio. Dentro de la marea en la que se convirtió el partido, Inzaghi pescó como lo lleva haciendo toda su vida, y a este hombre no queda sino aplaudirle.
El partido, precioso, fue reflejo de lo que tanto uno como otro equipo representan: uno su potencial candidatura a rey de Europa, a falta de ajustar aún más la maquinaría y aprender de fallos garrafales de concentración como el que impidió que ganara el partido; el otro, los últimos coletazos de un grupo irrepetible, fenómeno, como el que representan los previamente citados junto a Pirlo o Nesta, últimos genios de una quinta a la que la historia colocará en su lugar. Parece, eso sí, un espejismo la travesía hacia ninguna parte en un equipo sin proyecto la de Ibrahimovic, Robinho o Ronaldinho. Pero esa ya es otra historia.
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miércoles, 19 de mayo de 2010
96 puntos

Andrés Pérez | Como es habitual, la normalidad en el Real Madrid no existe. O hay gloria o hay drama, el término medio brilla por su ausencia. A pesar de haber batido el récord de partidos ganados en una Liga de veinte equipos y de haber alcanzado la asombrosa cifra de 96 puntos, no ha sido campeón. Se ha quedado a un mísero punto del Barça. Visto así, su participación en el torneo es inmejorable. Si recordamos que cayó con un Segunda B en la primera ronda de Copa y que el Lyon, un buen equipo pero lejos de la élite europea, le tiró de la Champions, la temporada del Madrid ha sido desastrosa.
Decía que no se puede analizar o que los analistas no tienden a analizar las temporadas o los actos del Madrid de un modo racional. La normalidad es aquel sueño inalcanzable por la imperiosa necesidad de vender periódicos o aumentar la audiencia. La mediatización es tal que allá donde se pregunte habrá dos respuestas posibles: o no somos tan malos, o esto es un desastre; o Pellegrini no es culpable, o Pellegrini ha de marcharse. De ésto último tiene gran parte de culpa Eduardo Inda, del que sobran las palabras por mil y una veces pronunciadas. Sin embargo, y a pesar de lo sacrílego que pueda sonar, la temporada del Madrid ni es perfecta ni es un desastre. Como suele suceder, oscila en un término medio.
Llegó Florentino a le presidencia y desembolsó más de 250 millones de euros para hacer frente al mejor Barça de la historia. La recuperación del Madrid como gran adquisidor de estrellas polarizó un campeonato ya de por sí dividido entre los dos grandes y el resto. Lo que ha sucedido no es ninguna sorpresa: antes de empezar lo que todo el mundo esperaba era esto, dos equipos excesivamente grandes logrando récords inalcanzables para cualquier otro conjunto. Ronaldo, Kaka', Benzema, Albiol, Arbeloa, Granero y Garay. Siete adquisiciones para hacer un equipazo.
El Madrid ha jugado, por momentos, bien. Por momentos lo ha hecho fatídicamente. Hay que entender el contexto de cada situación: normalmente, ha cuajado partidos ofensivamente magníficos frente a equipos alejados de su órbita, esto es, de la parte baja de la tabla; habitualmente, y especialmente en la primera vuelta, se ha visto superado por conjutos de mayor talla. La falta de juego brillante del Madrid no debe ocultar su mérito: ha marcado más goles que nadie, la famosísima pegada. No es el estilo de este Madrid, o no ha sido, el de dominar futbolísticamente al rival, sino, más bien, el de destrozarle en cuanto ha tenido la oportunidad. Sin contemplaciones.
Es un estilo legítimo, pero ha fallado. Ha fallado en los momentos oportunos, en los que definen un campeonato. El Madrid, más allá de sus propios demonios internos, ha sido un conjunto imparable para 18 equipos de Liga. Ha sido regular, ha defendido bien y a pesar de arrastrar carencias notables en el medio campo, ha marcado más de cien goles. Sin embargo cuando tuvo que estar no estuvo: ni en el Camp Nou, ni en el Bernabeú frente al Barça, ni frente al Lyon, ni frente al Alcorcón. Luces, las de una temporada casi perfecta desde el punto de vista numérico; sombras, muy negras, si vamos a los momentos claves, a aquellos que definen una temporada.
No debería volverse loco el Real Madrid, aunque temo que ya lo ha hecho. Pellegrini se irá y considero que es un error: la primera temporada de Riijkard no fue buena, por más brillante segunda vuelta que cuajara. Cae el Madrid de nuevo en el error de pretender imitar al Barça, de pretender obtener seis títulos en un año, en el año de debut de su nuevo y flamante entrenador. Es tarde, Pellegrini está defenestrado. La plantilla necesita de reformas urgentes, pero no sustanciales: un delantero de mayor talla que Higuaín y un tipo que juegue por delante de Xabi Alonso con criterio, además de un extremo.
Obviando al delantero, que podían haber obtenido por cinco millones más el año pasado —Villa, que ahora se va al Barça—, el Madrid tenía lo que necesita: Sneijder y Robben. Se desprendió de ellos, y no está de más recordarles, porque fue el primer y mayor error de Florentino y sus directivos. Ya es tarde. Sin perder la cabeza, porque hay unos cimientos bestiales, el Madrid debería reponerse lejos de los radicalismos. Aunque, en fin, esa ya es la historia de un mundo utópico.
Lectura recomendada | ¿Queremos volver a ser grandes? (Alfonso del Corral en El País)
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Decía que no se puede analizar o que los analistas no tienden a analizar las temporadas o los actos del Madrid de un modo racional. La normalidad es aquel sueño inalcanzable por la imperiosa necesidad de vender periódicos o aumentar la audiencia. La mediatización es tal que allá donde se pregunte habrá dos respuestas posibles: o no somos tan malos, o esto es un desastre; o Pellegrini no es culpable, o Pellegrini ha de marcharse. De ésto último tiene gran parte de culpa Eduardo Inda, del que sobran las palabras por mil y una veces pronunciadas. Sin embargo, y a pesar de lo sacrílego que pueda sonar, la temporada del Madrid ni es perfecta ni es un desastre. Como suele suceder, oscila en un término medio.
Llegó Florentino a le presidencia y desembolsó más de 250 millones de euros para hacer frente al mejor Barça de la historia. La recuperación del Madrid como gran adquisidor de estrellas polarizó un campeonato ya de por sí dividido entre los dos grandes y el resto. Lo que ha sucedido no es ninguna sorpresa: antes de empezar lo que todo el mundo esperaba era esto, dos equipos excesivamente grandes logrando récords inalcanzables para cualquier otro conjunto. Ronaldo, Kaka', Benzema, Albiol, Arbeloa, Granero y Garay. Siete adquisiciones para hacer un equipazo.
El Madrid ha jugado, por momentos, bien. Por momentos lo ha hecho fatídicamente. Hay que entender el contexto de cada situación: normalmente, ha cuajado partidos ofensivamente magníficos frente a equipos alejados de su órbita, esto es, de la parte baja de la tabla; habitualmente, y especialmente en la primera vuelta, se ha visto superado por conjutos de mayor talla. La falta de juego brillante del Madrid no debe ocultar su mérito: ha marcado más goles que nadie, la famosísima pegada. No es el estilo de este Madrid, o no ha sido, el de dominar futbolísticamente al rival, sino, más bien, el de destrozarle en cuanto ha tenido la oportunidad. Sin contemplaciones.Es un estilo legítimo, pero ha fallado. Ha fallado en los momentos oportunos, en los que definen un campeonato. El Madrid, más allá de sus propios demonios internos, ha sido un conjunto imparable para 18 equipos de Liga. Ha sido regular, ha defendido bien y a pesar de arrastrar carencias notables en el medio campo, ha marcado más de cien goles. Sin embargo cuando tuvo que estar no estuvo: ni en el Camp Nou, ni en el Bernabeú frente al Barça, ni frente al Lyon, ni frente al Alcorcón. Luces, las de una temporada casi perfecta desde el punto de vista numérico; sombras, muy negras, si vamos a los momentos claves, a aquellos que definen una temporada.
No debería volverse loco el Real Madrid, aunque temo que ya lo ha hecho. Pellegrini se irá y considero que es un error: la primera temporada de Riijkard no fue buena, por más brillante segunda vuelta que cuajara. Cae el Madrid de nuevo en el error de pretender imitar al Barça, de pretender obtener seis títulos en un año, en el año de debut de su nuevo y flamante entrenador. Es tarde, Pellegrini está defenestrado. La plantilla necesita de reformas urgentes, pero no sustanciales: un delantero de mayor talla que Higuaín y un tipo que juegue por delante de Xabi Alonso con criterio, además de un extremo.
Obviando al delantero, que podían haber obtenido por cinco millones más el año pasado —Villa, que ahora se va al Barça—, el Madrid tenía lo que necesita: Sneijder y Robben. Se desprendió de ellos, y no está de más recordarles, porque fue el primer y mayor error de Florentino y sus directivos. Ya es tarde. Sin perder la cabeza, porque hay unos cimientos bestiales, el Madrid debería reponerse lejos de los radicalismos. Aunque, en fin, esa ya es la historia de un mundo utópico.
Lectura recomendada | ¿Queremos volver a ser grandes? (Alfonso del Corral en El País)
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lunes, 17 de mayo de 2010
La mejor Liga Escocesa del mundo

Andrés Pérez | En 1985 el Aberdeen se proclamaba campeón de la Premier League Escocesa. Durante las siguientes veinticinco temporadas, incluyendo esta que ya finaliza, dos equipos se han repartido tiránicamente el campeonató escocés: Celtic de Glasgow y Glasgow Rangers. La historia es harto conocida, hasta el punto de reducir al resto de equipos a meros comparsas en la lucha por el título, puro adorno, conjuntos que están ahí prácticamente con el objeto de rellenar. La victoria, como en el tenis, es cuestión de dos. El Celtic acumula 42 títulos ligueros; el Rangers 53. El siguiente equipo con más campeonatos conquistados es el Hibernian. En sus vitrinas relucen cuatro Ligas, la décima parte de las que ostenta el Celtic.
Puede que dentro de quince años recordemos la temporada 2003/2004 del mismo modo que hoy he recordado la del Aberdeen. Como un destello lejano de lo que un día fue una Liga con más de dos contendiendes. Ese año el Valencia se proclamó campeón de Liga en uno de los batacazos más sonados de la historia del Real Madrid, que en apenas media temporada perdió la final de Copa del Rey, ocho puntos de ventaja sobre el Valencia y una eliminatoria de cuartos de final en Champions League que tenía encarrilada frente al Mónaco. Es posible que en la temporada 2028/2029, echemos la vista atrás y observemos un cuarto de siglo de dualidad.
Desde la liga que conquistó el Valencia, Real Madrid y Barcelona han mantenido constantes pulsos por demostrar quién es mejor y quién consigue humillar aún más al rival. Si un año el Madrid obtiene un monumental pasillo del Barcelona, al siguiente el Barça le endosa seis goles en el Bernabeú, el mismo estadio que fue testigo del pasillo. El duelo es espectacular: cuenta con los mejores jugadores del planeta, con máquinas cimentadas en el dinero y en la poderosa fuerza de la cantera, se disputa en dos de los estadios más venerados de la historia del fútbol, acapara el centro de todas las miradas, sus enfrentamientos directos obtienen audiencias millonarias.
Salvando las distancias, que las hay en términos de calidad y poderío económico, en Escocia sucede algo semejante. Apenas cuatro fanáticos del fútbol anglosajón disfrutan de otros partidos de la Liga Escocesa que no enfrenten a los dos grandes. Por todo ello hoy duele en el raciocinio leer cosas como esta.
Un burdo alegato a la espectacularidad para defender treinta puntos de diferencia entre el segundo y el tercer clasificado; una mera excusa, la de la genialidad, para perpetuar una desigualdad sangrante para el fútbol español, para mantener no una injusticia sino un absurdo en términos de lógica deportiva. Si la Liga quiere ser la mejor del mundo no debería aferrarse a los 34 goles de Messi o al exhuberante cuerpo de Cristiano Ronaldo para conseguirlo, sino a la aparición de segundos actores que sean capaces de disputar, con mayor o menor suerte, el campeonato.
No es este un alegato para que Madrid y Barça dejen de ganar, o de fichar, o de crecer. La competitividad obliga y su estatus de superioridad excesivamente superlativa en todos los términos no es tanto culpa suya como de los supervisores y organizadores del torneo. El Madrid y el Barça están en su derecho de poder comprar los jugadores que deseen y así disputar todas las competiciones con posibilidades de victoria: es misión de la Federación y de la Liga intentar que tal derecho se vea regulado a nivel económico por el simple bien del fútbol español.
Quizá algún día eso suceda. Hasta entonces Barça y Madrid seguirán jugando su particular y dramática Liga —ya saben, la prensa obliga— al tiempo que el resto de conjuntos se reparten las migajas. Al tiempo que los ojos del mundo se fijan en Inglaterra o en Italia o en Alemania. Nuestros ojos, entre tanto, seguirán ciegos de talento exagerado en ambos equipos y nos afirmaremos a nosotros mismos que sí, que esto es genial, que nuestra Liga es preciosa y que es la mejor del mundo. Ebrios de un duelo más digno del tenis que del fútbol.
Lectura obligada | La mejor Liga del mundo (John Carlin en El País)
Imagen | El País
Puede que dentro de quince años recordemos la temporada 2003/2004 del mismo modo que hoy he recordado la del Aberdeen. Como un destello lejano de lo que un día fue una Liga con más de dos contendiendes. Ese año el Valencia se proclamó campeón de Liga en uno de los batacazos más sonados de la historia del Real Madrid, que en apenas media temporada perdió la final de Copa del Rey, ocho puntos de ventaja sobre el Valencia y una eliminatoria de cuartos de final en Champions League que tenía encarrilada frente al Mónaco. Es posible que en la temporada 2028/2029, echemos la vista atrás y observemos un cuarto de siglo de dualidad.
Desde la liga que conquistó el Valencia, Real Madrid y Barcelona han mantenido constantes pulsos por demostrar quién es mejor y quién consigue humillar aún más al rival. Si un año el Madrid obtiene un monumental pasillo del Barcelona, al siguiente el Barça le endosa seis goles en el Bernabeú, el mismo estadio que fue testigo del pasillo. El duelo es espectacular: cuenta con los mejores jugadores del planeta, con máquinas cimentadas en el dinero y en la poderosa fuerza de la cantera, se disputa en dos de los estadios más venerados de la historia del fútbol, acapara el centro de todas las miradas, sus enfrentamientos directos obtienen audiencias millonarias.
Salvando las distancias, que las hay en términos de calidad y poderío económico, en Escocia sucede algo semejante. Apenas cuatro fanáticos del fútbol anglosajón disfrutan de otros partidos de la Liga Escocesa que no enfrenten a los dos grandes. Por todo ello hoy duele en el raciocinio leer cosas como esta.
En el deporte es recurrente que a los gigantes se les infravalore con la coletilla de que prevalecen por la falta de competencia. Le ocurrió a Jordan, a Indurain... A tantos y tantos. Nada que ver con la realidad. Los genios resultan inalcanzables. Le ha ocurrido al Barça y al Madrid, dos superpotencias fuera del alcance del resto del pelotón. Dos equipos que alistan a buena parte de los mejores futbolistas del mundo, con Messi y Cristiano a la cabeza.
Un burdo alegato a la espectacularidad para defender treinta puntos de diferencia entre el segundo y el tercer clasificado; una mera excusa, la de la genialidad, para perpetuar una desigualdad sangrante para el fútbol español, para mantener no una injusticia sino un absurdo en términos de lógica deportiva. Si la Liga quiere ser la mejor del mundo no debería aferrarse a los 34 goles de Messi o al exhuberante cuerpo de Cristiano Ronaldo para conseguirlo, sino a la aparición de segundos actores que sean capaces de disputar, con mayor o menor suerte, el campeonato.
No es este un alegato para que Madrid y Barça dejen de ganar, o de fichar, o de crecer. La competitividad obliga y su estatus de superioridad excesivamente superlativa en todos los términos no es tanto culpa suya como de los supervisores y organizadores del torneo. El Madrid y el Barça están en su derecho de poder comprar los jugadores que deseen y así disputar todas las competiciones con posibilidades de victoria: es misión de la Federación y de la Liga intentar que tal derecho se vea regulado a nivel económico por el simple bien del fútbol español.Quizá algún día eso suceda. Hasta entonces Barça y Madrid seguirán jugando su particular y dramática Liga —ya saben, la prensa obliga— al tiempo que el resto de conjuntos se reparten las migajas. Al tiempo que los ojos del mundo se fijan en Inglaterra o en Italia o en Alemania. Nuestros ojos, entre tanto, seguirán ciegos de talento exagerado en ambos equipos y nos afirmaremos a nosotros mismos que sí, que esto es genial, que nuestra Liga es preciosa y que es la mejor del mundo. Ebrios de un duelo más digno del tenis que del fútbol.
Lectura obligada | La mejor Liga del mundo (John Carlin en El País)
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sábado, 6 de marzo de 2010
Iniesta y el fútbol de hoy por Lillo
P. ¿Mejor [Iniesta] que Messi o Cristiano Ronaldo?
R. Ésos juegan a hacer jugadas. Iniesta juega al fútbol. Es una delicia. Ver jugar al fútbol a Iniesta me hace feliz.
P. ¿Qué le parece que Cristiano sea todo un símbolo para la actual sociedad?
R. Entonces, hay algo que no funciona en esta sociedad. La gente ha elegido a este chico como paradigma de todo lo que pasa en el fútbol a lo largo de la semana, donde prevalecen unos valores que no son los del propio fútbol. Los valores del fútbol se cuecen el domingo, el día del partido. Pero no está Cristiano solo. Surgen por doquier gran cantidad de imitadores. Al menos, me han dicho que a Cristiano le gusta el fútbol.
Andrés Pérez | Lillo podrá ser un tipo con un compendio de frases gloriosas. Podrá, tras ganar su primer partido con el Almería, dar una rueda de prensa con acento mexicano. Podrá su reputación de entrenador calamidad extenderse por toda España. Todo eso podrá hacerlo y de hecho ya lo hace. Pero de vez en cuando, a pesar de todo, dice cosas muy interesantes y, lo que importa aún más, demuestra que en el fútbol aún hay gente que sabe expresarse.
Via | El País
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lunes, 1 de marzo de 2010
¿Qué esperaban?
Andrés Pérez | ¿Qué querían? ¿Emoción? ¿Varios equipos pugnando por clamarse el mejor del campeonato? ¿Igualdad de condiciones? Ingenuos. ¿Esperaban que uno de los dos pinchara? No. Esperaban mal. Se equivocan. No saben dónde se menten. Ni Barça ni Madrid fallaron en sus respectivas citas así que los periódicos deportivos tuvieron que ingeniárselas para vender periódicos. Emoción la justa. Si acaso la que aporta el Atlético de Madrid cada vez que se enfrenta a un equipo, tenga el nivel que tenga, da espectáculo. Le tocó al Valencia sufrir la ira de un equipo bipolar.
El Real Madrid se bastó de Higuaín, Ronaldo y Kaka' para pasar por encima de un Tenerife carne de Segunda, o simplemente paradigma del nivel que presenta la Liga Española. El Barça hizo lo propio aunque con más dificultades de las esperadas ante el Málaga. En ésta La Mejor Liga Del Mundo los dos grandes no permiten oportunidades para el resto de conjuntos que componen la tabla. Su nivel es paupérrimo en comparación, excesivamente bajo, notablemente inferior. Nada de lo que sorprenderse, pues.
Las crónicas de cada lunes se repiten en los mismos términos, los clichés invaden las páginas de los periódicos, las mismas caras, los mismos gestos. No existe la variedad y comienza a ser desesperante el dominio a dos manos que Madrid y Barça practican en nuestra Liga, que dista mucho de ser la mejor del mundo. El aburrimiento es soporífero en la parte alta de la tabla. Tan sólo un milagro, un golpe de suerte inoportuno, un enfrentamiento ante un equipo de mayor entidad como el Valencia, el Sevilla o el Atlético quizá, o, simplemente, tan sólo un partido en el Camp Nou y otro en el Bernabeú, decida la Liga. Un ciclo eterno que desespera.
En cualquier caso, si prefieren olvidarse de la lucha por el campeonato, siempre tendrán al Atlético. Decidido defensor de la taquicardia, del caos, del surrealismo futbolístico, se impuso al Valencia en términos que tan sólo caben definirse como esquizofrénicos. Agüero desempató el partido de cabeza, lesionado y sin saltar. Entre tanto, en el otro extremo de la galaxia, el Chelsea palmó ante el Manchester City en casa y en la final de la Carling la Premier demostró como se ha de organizar un evento de semejante enjundia. "La mejor Liga del mundo". Respiren. Rían.
Vía | El País
Imagen | Málaga Sur
El Real Madrid se bastó de Higuaín, Ronaldo y Kaka' para pasar por encima de un Tenerife carne de Segunda, o simplemente paradigma del nivel que presenta la Liga Española. El Barça hizo lo propio aunque con más dificultades de las esperadas ante el Málaga. En ésta La Mejor Liga Del Mundo los dos grandes no permiten oportunidades para el resto de conjuntos que componen la tabla. Su nivel es paupérrimo en comparación, excesivamente bajo, notablemente inferior. Nada de lo que sorprenderse, pues.
Las crónicas de cada lunes se repiten en los mismos términos, los clichés invaden las páginas de los periódicos, las mismas caras, los mismos gestos. No existe la variedad y comienza a ser desesperante el dominio a dos manos que Madrid y Barça practican en nuestra Liga, que dista mucho de ser la mejor del mundo. El aburrimiento es soporífero en la parte alta de la tabla. Tan sólo un milagro, un golpe de suerte inoportuno, un enfrentamiento ante un equipo de mayor entidad como el Valencia, el Sevilla o el Atlético quizá, o, simplemente, tan sólo un partido en el Camp Nou y otro en el Bernabeú, decida la Liga. Un ciclo eterno que desespera.
En cualquier caso, si prefieren olvidarse de la lucha por el campeonato, siempre tendrán al Atlético. Decidido defensor de la taquicardia, del caos, del surrealismo futbolístico, se impuso al Valencia en términos que tan sólo caben definirse como esquizofrénicos. Agüero desempató el partido de cabeza, lesionado y sin saltar. Entre tanto, en el otro extremo de la galaxia, el Chelsea palmó ante el Manchester City en casa y en la final de la Carling la Premier demostró como se ha de organizar un evento de semejante enjundia. "La mejor Liga del mundo". Respiren. Rían.
Vía | El País
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martes, 23 de febrero de 2010
"La mejor liga del mundo"
Andrés Pérez | Tras la llegada de Ibrahimovic, Kaka' y Ronaldo este verano al Barça y al Madrid nos bombardearon con un lema ya olvidado: "La liga española es la mejor liga del mundo". Y se aceptó como máxima universal a la que no le cabía ninguna duda a pesar de que la realidad distara de semejante axioma, temerario cuanto menos. Creímos que por tener a los mejores jugadores y, probablemente, a los dos equipos más poderosos del planeta lo teníamos todo. Mejor dicho: creían. "La mejor liga del mundo". Esa era la consigna, prohibido discutirlo.
Pues bien, el sábado el Barcelona goleó en uno de los peores partidos de la temporada tras el del Atlético al Racing de Santander. Le endosó cuatro goles. Sin Ibrahimovic. Y todo ello a pesar de practicar un fútbol que, para lo que suele ser el Barça, tiraba a mediocre. Por su parte, el Madrid se dio un festín —y en especial Cristiano Ronaldo, de nuevo demostrando que es el 90% del ataque madridista— a costa de un blandísimo Villarreal, equipo al borde del abismo en la Europa League e inmerso en plena crisis existencial en mitad de la tabla.
Madrid y Barça gobiernan tiránicamente la liga hasta el punto de que nadie espera ya que palmen frente a rivales que no superen la cuarta posición. El interés de la liga se reduce a cuatro partidos, uno arriba uno abajo, a falta de que las últimas jornadas deparen el habitual drama de la lucha por sobrevivir en Primera. ¿Es esa la mejor liga del mundo, como decían? Que cada uno saque sus conclusiones. Pero yo ví el mismo sábado a todo un Everton vapulear al todopoderoso Manchester. ¿Se imaginan al Mallorca dando un baño al Barcelona? La mejor liga del mundo.
Vía | El País, As
Imagen | Marca
Pues bien, el sábado el Barcelona goleó en uno de los peores partidos de la temporada tras el del Atlético al Racing de Santander. Le endosó cuatro goles. Sin Ibrahimovic. Y todo ello a pesar de practicar un fútbol que, para lo que suele ser el Barça, tiraba a mediocre. Por su parte, el Madrid se dio un festín —y en especial Cristiano Ronaldo, de nuevo demostrando que es el 90% del ataque madridista— a costa de un blandísimo Villarreal, equipo al borde del abismo en la Europa League e inmerso en plena crisis existencial en mitad de la tabla.
Madrid y Barça gobiernan tiránicamente la liga hasta el punto de que nadie espera ya que palmen frente a rivales que no superen la cuarta posición. El interés de la liga se reduce a cuatro partidos, uno arriba uno abajo, a falta de que las últimas jornadas deparen el habitual drama de la lucha por sobrevivir en Primera. ¿Es esa la mejor liga del mundo, como decían? Que cada uno saque sus conclusiones. Pero yo ví el mismo sábado a todo un Everton vapulear al todopoderoso Manchester. ¿Se imaginan al Mallorca dando un baño al Barcelona? La mejor liga del mundo.
Vía | El País, As
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