jueves, 12 de mayo de 2011

El orgullo ante la taquicardia (o ser feliz a pesar de todo)


Eduardo Lázaro | Escribir estas líneas me produce una profunda desazón. Es complicado decirlo cuando son tantos meses sin dejar volar la «pluma» en este lugar. Es fácil cuando ves que la vida se escapa, resbala entre unos dedos invisibles y la agonía se hace fuerte en el corazón.

De nuevo el Real Zaragoza, nuestro Real Zaragoza, ha vuelto a caer derrotado con síntomas, por encima de todo, de agotamiento y de impotencia. De nulidad y de tóxica ineficiencia ante una mediocre pero aguerrida Real Sociedad. Faltaría a la verdad si dijera que no ha habido partidos en los que el equipo ha dado muestras de brillantes, por no decir excelentes, momentos de fútbol. Ese que se basa en el toque, la combinación y, cómo no, el ataque sin miramientos. Pero por encima de todo, hemos asistido a la enésima descomposición de un equipo venido a menos.

¿De qué nos sirve saber que hoy, un gol, ha sido anulado injustamente y que hemos marrado tres ocasiones claras? ¿De qué sirve, una vez más, a estas alturas, lamentarse de no haber jugado todo el partido como los primeros minutos del segundo tiempo? ¿De qué sirve lamentarse cuando estamos, again, sintiendo el calor del infierno en la frente, sudando la gota gorda, y sin creernos —para variar— que dentro de unos meses podemos estar jugando contra el Alcorcón? Desde la jornada inaugural hemos ido recolectando ávidamente boletos para el premio gordo que se repartirá dentro de dos fines de semana y, ahora, ésto, no puede ni debe hacernos llevar las manos a la cabeza o cogernos desprevenidos. Como dato, recordaré que cuando Javier Aguirre aterrizó en la caseta el equipo atesoraba 7 puntos en el casillero... extraordinariamente paupérrimo bagaje por si alguien lo había olvidado.

No cargaré más las tintas contra el equipo, no entraré a repasar la trayectoria vital de esta escuadra durante la temporada 2010-11. No me interesa y me resulta menos doloroso. ¿Para qué? Comenzamos septiembre con un equipo construido a base de retales, lo único que reúne la dignidad suficiente dentro de la profesionalidad de este deporte para vestir la zamarra blanquilla. No cargaré las tintas porque ya no importa que no tengamos una segunda jugada tras un rechace o un simple margen de maniobra y alternativa ante una eventualidad durante la contienda. Da igual. Cada vez estoy más y más convencido de que a los once hombres que salen al campo no se les puede pedir nada a parte de lo que cada día se ve. No porque no lo desee, si no porque no sería justo exigírselo. Juegan con lo puesto y, aunque lo desearían, no pueden ayudarnos de otro modo. Desde hace meses conocemos lo impepinable y ahora nos ahoga la cercanía del desenlace: es arriesgado jugársela a éste nivel con gente tan mediocre. El perfil bajo del conjunto no es tanta culpa de los integrantes como de los que un día decidieron hacerles jugar juntos sobre un tapete de césped. Lo triste no es errar un año en el mercado de fichajes, lo verdaderamente lamentable es observar en tal tesitura a tan alta institución.

Si el Real Zaragoza permanece un año más en la Primera División —su sitio natural— será gracias a la Providencia, obra de un milagro más que de la racionalidad. No sé si este equipo merece el descenso, no más que otros; no sé si el entramado corporativo soportará un nuevo viaje a las catacumbas -entramado o tinglado... ¿sabrá Dios en que se ha convertido la estructura de mando del equipo?; no sé que será del futuro del equipo insignia de la quinta ciudad de España... pero, volviendo al párrafo anterior, me niego a cargar más las tintas.

Sepan que el fútbol es presente, el pasado no existe —tampoco el respeto— y el futuro es un quizás. No importa. Sepan que por encima del dolor y de la frustración, para nosotros todavía existe, en ese pequeño espacio de la memoria colectiva, el recuerdo de haber llorado de felicidad. De haber abrazado al amigo movidos por el éxtasis de goles imposibles ante equipos de leyenda. De salir a las calles de esta inmortal ciudad ataviados con las camisetas blanquillas. De haber sentido en nuestras propias carnes que hemos sido los mejores. De haberle jurado fidelidad eterna al escudo del león. Sepan que aunque mañana el sol torne en tiniebla, quedará algo imposible de borrar. Sepan que aunque no regresásemos jamás, nuestra estirpe ganadora y orgullosa perdurará. Sepan que por encima del dinero y del poder, por encima de las plantillas rutilantes y de los contratos de patrocinio multimillonarios de los que otros hacen ostentación, quedará la huella de la historia y los trofeos al mejor.

Pase lo que pase, vistan orgullosos sus camisetas, no tenemos complejos ni nada que esconder. Somos lo que somos, lo que hemos sido y lo que en cada cual de nosotros queramos ser. Sin miedo nada puede hacernos daño y nos hará más peligrosos. Nuestro orgullo son nuestra Historia y nuestros recuerdos... esos que otros, con más dinero y menos abolengo, soñarían con poseer y poder decir que su equipo, como el Real Zaragoza, un día fue campeón.

En MQF | Al Zaragoza le sobran tres minutos
Imagen | Heraldo

Al Zaragoza le sobran tres minutos


Andrés Pérez | Rendida al juego aéreo, la Real Sociedad anotó el gol que le daba la victoria en el minuto 87, tras un disparo al borde del área de su capitán que rebotó en un defensa y en el portero antes de entrar en la portería. Enfrente, la víctima, fue el Real Zaragoza, injusto derrotado en un duelo frenético y tosco, paradigma de la lucha por el descenso, exento de toda calidad y radiante en emoción, trágico para un equipo, feliz para otro. El gol de Aranburu, resumen gráfico del devenir general de un partido plagado de imprecisiones y obstáculos, condenaba al Zaragoza, antepenúltimo, en puestos de descenso, segunda derrota consecutiva, a un punto de la salvación, marcada por el Getafe, equipo que, pese a su lamentable aspecto, se mantiene en mejor posición. Al menos depende de sí mismo. Aquel fogonazo de la Real, a falta de tres minutos para que el partido concluyera, fue una inyección casi letal para el conjunto de Aguirre.

La derrota fue injusta. El choque fue eso. Precisamente un choque. Un accidente de la naturaleza entre dos equipos cuya primera necesidad no es el balón sino la intimidación física. Con los escasos jugadores de calidad recluidos en las bandas, el centro del campo se convirtió en lo que se suele convertir cuando dos equipos buscan sobrevivir a toda costa. En una trinchera. Volaban los balones por encima de los mediocentros, duchos todos ellos. A duras penas y en pocas ocasiones algún delantero encontraba algún espacio o algún jugador de tres cuartos de campo oxigenaba el devenir del encuentro con algún pase en profundidad, nada común, anomalías prohibidas, destellos indignos en un partido como aquel. Le sucedió a Tamudo, pero ni siquiera su gol fue tan fruto de su mérito propio como el infortunio de Doblas, que regaló la portería. Más allá de este hecho, puntual, ningún equipo parecía feliz llevando la iniciativa.

El planteamiento lo modificó el Zaragoza, más necesitado, dando entrada a Boutahar. El holandés es una brújula. Bertolo y Lafita son estupendas puntas de lanza incisivas a un tiempo que imprecisas, pero en momentos de necesidad creativa restan más que suman, todo lo contrario que Boutahar, zurdo talentoso capaz de medir los tiempos, de asociarse con Herrera y Gabi, de romper líneas rivales, de ser imaginativo, de otorgar ritmo al ataque renqueante del Zaragoza. De su mano llegaron los minutos más excelsos del Zaragoza. De la mano de Gabi llegó el gol, imperial en el lanzamiento de un libre directo. Igualado el partido los dos equipos se volvieron locos y lejos de firmar el pacto táctico de no agresión de la primera parte se embarcaron en un duelo a garrotazos épico y bello. Los dos fallaron. A la Real le acompañó un pequeño vericueto preparado por el azar. Al Zaragoza el infortunio.


Así las cosas y tras la espectacular, emotiva y merecidísima victoria de Osasuna ante el Sevilla en el Reyno de Navarra —los tres equipos que peleaban por la Europa League perdieron sus respectivos partidos ante conjuntos que buscaban la salvación— comandada una vez más por un brillante Camuñas, el Zaragoza no depende de sí mismo. Cabe la posibilidad de que el Zaragoza gane sus dos partidos y descienda a Segunda. Es improbable, pero es así. Por cierto que el Hércules ya es el segundo equipo que se va a la división de plata tras empatar con el Mallorca, parcialmente salvado, como la Real, como el Osasuna, incluso como el Levante, que empató con el Barcelona para que éste se proclamara campeón, ninguna novedad en este campo, ninguna emoción, ninguna noticia.

A excepción de la derrota del Getafe, todo lo que pudo suceder en contra del Real Zaragoza sucedió. Casi sin tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido llegará el domingo una nueva jornada, la penúltima, en la que habrá que atender a un sinfín de partidos. Las posibilidades en la tabla de clasificación dados los múltiples duelos entre sí son muy variadas, algo que beneficia en las condiciones actuales al Zaragoza. En cualquier caso parece evidente que es cosa de dos: Getafe y Zaragoza. Cualquier otro equipo que finalmente descienda será una sorpresa. De la capacidad de reinventarse de cada uno y de mentalizarse de cara a lo que queda de Liga dependerán sus posibilidades de salvación. De ello y de ese factor imperceptible y mitológico llamado suerte que, de un modo bastante clarividente, termina perjudicando siempre al peor equipo.

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miércoles, 11 de mayo de 2011

El Deportivo se aferra a Valerón


Andrés Pérez | Portador de una melancolía inconfundible sobre el terreno de juego, Valerón, 35 años, delgadísimo, envejecido por el paso del tiempo y de las lesiones, taciturno, con la misma cara de niño inocente con la que comenzó su andadura en el fútbol profesional, recordó en varios destellos, en fugaces espejos que se miraban en el pasado, aquel Deportivo de glorias anticuadas, de gestas para la Historia, de pompa y elegancia. Valerón, legado último del mejor Deportivo de siempre junto a Manuel Pablo, evocó sus mejores quiebros, fintas, conducciones y desplazamientos al espacio para servir de brújula indeleble al resto de sus compañeros, amordazados por las garras del posible descenso. Fue un foco luminoso último, brillante como nadie en los metros finales, repleto de dignidad y recubierto por un halo de admiración allá donde pisaran sus imborrables botas negras. Fue Valerón y fue el muelle en el que atracó el Deportivo su arquitectura pesada y plomiza para doblegar al Athletic y suspirar, un día más, un día menos, esperando el veredicto final.

Decíamos ayer que era factible que tanto Athletic como Atlético, que se yerguen en equipos europeos, perdieran sus respectivos partidos ante rivales mucho más necesitados. El Athletic se adelantó en Riazor con un gol de Toquero, limpio y sedoso como nunca se le había imaginado, probablemente contagiado por la presencia de Valerón, bisagra esencial de un Deportivo tosco y ronco al que ni siquiera le resta la capacidad competitiva de Osasuna o Real Zaragoza. El Deportivo, el equipo que más tiene que perder de todos los que asoman al barranco de la división de plata, no se sabe manejar en este tipo de situaciones. Inconscientemente se lanzó ayer, en un partido crucial para su futuro, en los brazos de Valerón, cuya filosofía lenta y articulada del fútbol era lo último a lo que aspiraría cualquier equipo en su situación. Lo que obtuvo fue criterio. Y, normalmente, un equipo necesitado y con criterio ante un equipo apático y sin aparente objetivo sale vencedor. Le sucedió al Deportivo —Adrián López cuajó un partido sensacional— y respira a falta de dos jornadas.


Quien definitivamente puede considerarse en la orilla, a salvo de vientos y mareas, es el Racing de Santander, que como el Deportivo decidió remontar su particular batalla en casa ante otro rival que pugna por Europa, el Atlético de Madrid, tan suyo esta temporada, con sus particulares cuitas internas, Forlán, Reyes, Quique Sánchez Flores, a mitad de camino entre rachas excelsas y penurias de ayer y de hoy. Ahora mismo el Racing está a seis puntos del Getafe. Salvado. Quien está cerca de conseguirlo es el Málaga, que como mandaba la lógica se impuso al Sporting, de nuevo en problemas con 43 puntos a expensas de lo que pueda suceder mañana en Anoeta entre Zaragoza y Real Sociedad. Baptista perforó y el Málaga, bajo su batuta, se clavó en los 45 puntos, a un suspiro del objetivo final y de demostrar, el brasileño, que su estancia en el equipo malagueño es una bendición para sus aficionados y un error imperdonable del fútbol.

Getafe. Perdió en el Bernabéu por cuatro goles y mostró un aspecto horrible. Sin actitud, derrengado de sí mismo, abatido, vencido desde el primer minuto, descreído de sus posibilidades, en estado de muerte cerebral, el Getafe abandonó la plaza del Real Madrid —Ronaldo anotó tres goles, cerca ya a Zarra y Hugo Sánchez en su particular cuita interna— con 40 puntos y con un calendario de órdago: Osasuna en casa y Real Sociedad en Anoeta. Los dos se juegan la vida. Y los dos parecen más convencidos de sus posibilidades que el Getafe. Le sucede al Getafe que sufre mal de bajura. No estaba preparado para una situación como ésta, se dejó llevar y apareció donde los equipos preparados para la Europa League suelen perecer: en una lucha a vida o muerte, brutalmente honesta y que casi nunca premia a equipos estilizados y bellos como el que un día pretendió Míchel. Algunos especulan con la posibilidad de una salvación en los 44 ó 45 puntos. Puede que sea algo aventurado. Cuesta creer que el Getafe sea capaz de, visto lo visto hoy, sumar puntos en los dos encuentros que le restan. Por su bien, más le valdría convertir estas últimas palabras en un ridículo histórico para quien las firma.

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martes, 10 de mayo de 2011

Necesidades que apremian


Andrés Pérez | Y casi sin tiempo a digerir lo sucedido en la pasada jornada aparece la siguiente entre semana, desfasada, como el Zaragoza o el Deportivo, que reaccionaron tardíamente a sus acuciantes necesidades; inquieta, como Sporting, Levante, Mallorca, Racing o Málaga, matemáticamente aún en riesgo de terminar con sus huesos en segunda; fulgurante, como la victoria de Osasuna; perecedera, como las rentas de la Real Sociedad. Trágica, en suma, como todo lo que rodea a la lucha por no descender en Primera División. Antes de entrar en materia, un repaso breve a las alturas: pese a la exhibición del Madrid el Barcelona sólo necesita un punto para ser campeón, nada que alegar; el Valencia, equipo irregular por antonomasia, tiene casi hecha su tercera plaza para escarnio del Villarreal, caminante a la deriva por la lejanía que le separa del Athletic o del Atlético, equipos que cierran Europa; y, finalmente, sólo Sevilla o Espanyol podrían optar a otra cosa que no fuera descender. En general, todo demasiado previsible. A lo nuestro.

Exceptuando al Almería, oficialmente equipo de Segunda División, tres equipos fueron los desafortunados en la pasada jornada: Zaragoza, Real Sociedad y Hércules. A éstos últimos su derrota ante el Racing, de nuevo por la mínima ante un rival directo, les acerca severamente a las puertas de segunda. Tiene 33 puntos, a seis de la salvación cuando restan nueve por jugarse. Cuesta creer que consigan todos sus puntos y que alguien a su alrededor se dispare tan absurdamente en un pie. Cerrado este capítulo queda por dirimir el tercer y último pasajero del tren al gélido desierto de la división de plata. Esa posición la ocupa el Deportivo, que no perdió pero sí empató y arruinó la fiesta de la salvación al Sporting en su porpia casa, cosechando un punto que quizá resulte determinante de aquí al final de la Liga. O quizá no.

Entre tanto el Zaragoza se hundió ante Osasuna, que de haber perdido estaría en gravísimos problemas. Algo parecido le sucedió al Getafe, que se aprovechó de las penurias del Almería para sumar tres puntos que de haberse evaporado en el horizonte hubieran supuesto una defunción casi segura. Juega hoy ante el Real Madrid en el Bernabéu, donde sólo Sporting y Zaragoza han extraído beneficio. El problema del Getafe es que hoy sí juega un obstinado Cristiano Ronaldo, que a falta de argumentos mejores pretende demostrar su superioridad ante Messi batiendo el récord goleador de todos los tiempos en la Liga: 38. Está a cinco. Duelos de hoy: Racing y Deportivo reciben a los dos equipos que actualmente ocupan plazas de Europa League, Atlético y Athletic, y que tienen que ganar sí o sí si quieren que el Sevilla no les supere.

Sevilla, por cierto, que también acude a campo ajeno, en concreto a Pamplona, donde Osasuna pretenderá agregar más valor a los tres puntos obtenidos en La Romareda. No se sorprendan sin repentinamente los tres equipos que se enfrentan a equipos en pugna por puestos europeos vencen sus respectivos partidos. La Liga Española es así. Ahora bien: cualquiera de los tres que ose perder puede encontrarse en problemas relativamente acuciantes. Duelos algo más intrascendentes: Levante - Barcelona y Hércules - Mallorca. Sería extraño que cualquiera de los cuatro cambiara su estatus de aquí a final de Liga. Y dos duelos directos.

Málaga - Sporting, bastante electrificado, y Real Sociedad - Real Zaragoza, duelo de absoluta necesidad para ambos. Digámoslo de este modo: salvo para el Zaragoza, ganar supone virtualmente la salvación. El empate supone prolongar la agonía. La derrota acrecentarla. En el caso del Zaragoza, mucho más necesitado, le podría valer el empate apostando su suerte a que con 43 puntos —suponiendo que obtiene los tres siguientes en casa ante el Espanyol, que es mucho suponer— es imposible bajar. Ésta última es una lectura pretendidamente optimista. En realidad cualquier otra cosa que no sea una victoria seguirá siendo realmente peligroso para sus intereses, como casi la mayor parte de equipos que en estas tres últimas jornadas se juegan a cara o cruz el devenir de toda una temporada. Destino, qué obsesiones las tuyas.

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Imagen | Corazón Boquerón

lunes, 9 de mayo de 2011

Elogio de La Romareda


Andrés Pérez | Extraña de sí misma, como si no se hubiera encontrado ante semejante situación nunca, La Romareda guardaba un silencio sepulcral, nunca mejor dicho, cuando el Zaragoza se empotraba repetidamente ante el muro que Sergio Fernández y el resto de la defensa osasunista habían construido en torno a Ricardo. No asomaba ningún silbido reprobatorio ante la impotencia de Boutahar, obstinado en su misión de quemar lo más dignamente posible los minutos de los que dispuso. Tampoco se escuchaban desaforados chillidos fruto de la frustración y dirigidos ora al árbitro ora al entrenador, casi siempre foco de todas las culpas por haber realizado algún cambio potencialmente conflictivo para la exigente grada aragonesa. El silencio inundaba cada curva del estadio, se apoderaba de cada alma. En general, la gente no sabía a quién protestar. Algún grupo ultra recordó que Agapito pasaba por allí y le dedicó un par de versos, pero el aficionado de a pie sencillamente no tenía en quién verter su ira. Quién iba a reprocharle nada a estas alturas a Aguirre. O a los jugadores.

La Romareda se pierde sin enemigos y anoche la euforia inicial se apagó progresivamente en cada estocada de Osasuna, dirigido magistralmente por Camuñas, futbolista que vale por sí mismo una salvación, capaz de extraer diamante puro en cada acción ofensiva, templado en la ejecución de todos sus movimientos, inteligente como ningún otro sobre el terreno de juego. Decíamos que no existían los reproches. Desestimado el recurso del colegiado, la solución pasaba por el entrenador. Ensalzado Aguirre a los altares con una segunda vuelta repleta de merecimiento, quienes ostentaban toda culpa debía ser de los jugadores, antaño, en el tiempo en que el Zaragoza descendía a Segunda con un plantel de estrellas en Europa; no ahora, con tipos como Gabi, Ponzio o Bertolo, abnegados trabajadores que en representación del resto han dado fe durante no pocos momentos de su compromiso con la causa, de su inmersión total en el sentimiento de supervivencia, de su mímica absoluta con la fragilidad emocional de un aficionado cualquiera.

Qué decirle a Herrera, frustrado entre lágrimas como andaba hace dos semanas por salir del campo expulsado y dejar a sus compañeros sin brújula. O a Jarosik, entrañablemente conmovido por un club demasiado lejano a su vida, a su país, a su carrera y sin embargo tan cercano en apenas año y medio. O a Diogo, tan visceral y anárquico, capaz de partirse la cara por el equipo en tanto que se le requiriera para ello. No había a quién pitar pues Osasuna había sido mejor. No había a quién tildar de impresentable o mercenario pues no eran reinas sino peones quienes trataban de lavar la imagen de un club en franca decadencia institucional, sumido en un mar de deudas y centrifugado por su entorno mediático con una constancia digna de los mejores propagandistas de siempre. Ah, los medios de comunicación, tan alejados hoy de la grada, explayando lo vergonzante del partido, alertando sobre la cercanía de la división de plata, regodeándose en sus ya lo advertí yo y en su profética capacidad de decir que todo irá mal, presentándose a sí mismos como visionarios repletos de sapiencia, cargándose de una jerarquía moral que nunca les pertenecerá porque nunca reconocerán sus errores cuando algo va bien, henchidos de falso zaragocismo, felices en el desastre porque ellos lo vaticinaron y porque prefieren cargarse de una etérea razón a ver ganar a su equipo.


Hizo ademán La Romareda de contagiarse de dicha actitud cuando Jorge López, futbolista convertido a chivo expiatorio, saltó al terreno de juego entre velados aplausos y tímidos silbidos, reprochándole en cara no se sabe muy bien qué a estas alturas, casi ejerciendo su habitual acto de histrionismo de forma rutinaria, como quien despacha una tarea poco agradecida pero perversamente adictiva. Llegó el imperio del silencio más tarde para aplacar cualquier conato de electrificado cabreo colectivo. Un silencio a mitad de lo nostálgico, regodeada como podría andar la grada en tiempos mejores, desdichada de sí misma por lo que le ha tocado sufrir, siempre al filo del descenso, siempre pegada al transistor, al quite de cualquier canto de gol prolongado e intrigante en algún campo del que puedan extraerse buenas o malas noticias. Un silencio también a mitad de lo hondamente triste, reconfortándose a sí mismo el público en un leve recuerdo de aquellos comentarios que emitía en noviembre y que no hacían sino preparar, tantos meses antes, el posible y seguro descenso, más de diez jornadas sin ganar, un equipo apático, sin talento, sin fuerza, ahogado el entrenador en una situación que le sobrepasaba, observado todo ello en un telón húmedo y distorsionado, formado por las lágrimas de hace tres años que volvían al imaginario colectivo enterrando el optimismo en la impotencia de Braulio, solo ante el mundo.

Los estadios de fútbol son ecosistemas emocionales complejos y difícilmente comprensibles por alguien ajeno a su vorágine diaria y a lo irracional que siempre supone un deporte tan místico y religioso en un mundo tan cáustico y profano. El Zaragoza se había estrellado. Los tropiezos suelen ser mortales cuando te dedicas al equilibrismo, y el Zaragoza, tras aquella primera vuelta destinada al mayor vertedero imaginable, firmó un pacto con el diablo y un juego casi eterno, tanto como durara la temporada, de equilibrismo. El fracaso siempre termina cobrando sus deudas con las pequeñas parcelas de éxito. No es proporcional y no es justo. Nunca lo fue. De ahí que la impotencia y el silencio gobernaran impasibles sobre el cielo estrellado de Zaragoza anoche. La Romareda había comprendido, tiempo después, que una vez los jugadores mostraron lo que siempre se calificó como rasmia cualquier derrota conllevaba una relación de igual a igual con la ausencia de talento. Y ni siquiera un público tan dado a las ejecuciones públicas como éste es capaz de cobrarse una deuda tan miserable.

Imagen | Periódico de Aragón

La Premier se abona al Manchester United


Víctor Úcar | Eléctrico. Intenso. Agresivo. Convincente. Seguro. Con estos y muchos otros calificativos, el Manchester United se aseguró prácticamente el título de la Premier League ante el único rival que podía amenazarle, el Chelsea. Dicen que la fe mueve montañas, pues lo cierto es que los chicos de Sir Alex Ferguson se tomaron estas palabras ayer al pie de la letra, ya que a los 36 segundos ya habían dado el primer golpe sobre la mesa con un gol de Chicharito. Esa es la diferencia entre dos equipos que aspiran cada año a todo: solo el más mentalizado consigue alcanzar el éxito. Y es que en este deporte que tantas pasiones levanta no siempre gana el mejor, pero sí que lo suele hacer el que tiene más confianza en sus posibilidades. Ayer, únicamente un equipo creyó realmente en sí mismo en Old Trafford, y es por eso que, salvo catástrofe mayúscula, el United será el justo campeón de liga la próxima jornada.

A principio de temporada la gente estaba algo desilusionada con el proyecto de este club histórico. El fútbol del Manchester era poco vistoso y las pocas caras nuevas no entusiasmaron a la hinchada. Se apreciaban claras limitaciones y se dudaba del potencial de la plantilla. Sin embargo, ayer pudimos observar que los red devils han ido construyéndose poco a poco a lo largo del campeonato. Es cierto que no es una escuadra que juegue con exquisitez y la verdad es que no cuenta con la brillantez de otras temporadas. Sin embargo, el Manchester ha conseguido formar un equipo con unos valores que le han permitido estar en lo más alto. La solidaridad se ha impuesto este año a las individualidades. Además, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson derrocha intensidad por los cuatro costados, presiona al equipo rival desde el minuto uno y aprovecha al máximo sus ocasiones de gol en cada partido. El Chelsea comprobó en la tarde de ayer por qué nadie ha sido capaz de anotar un gol en Old Trafford en los primeros 45 minutos de juego. Es por eso que el vendaval al que sometieron los red devils a los blues durante la primera media hora bastó para sellar una nueva victoria. Seguramente la definitiva para adjudicarse la Premier League.

Vidic y el mexicano Chicharito dejaron el partido encarrilado en el primer tercio del encuentro, ya que hasta entonces el Chelsea parecía no haber saltado todavía al césped. Carrick y un omnipresente Park Ji Sung noquearon el musculoso centro del campo ideado por los blues, y el ecuatoriano Valencia desbordó por la banda derecha con un descaro prodigioso. Arriba Rooney y Chicharito se movían con libertad, y un poquito más retrasado el incansable Ryan Giggs continuaba dando lecciones de fútbol. En la retaguardia, la defensa vivía tranquila y Van der Sar apenas tenía que intervenir. El Chelsea parecía no dar más de sí y era incapaz de mostrarse realmente como un serio candidato a revalidar el título de liga. Drogba, una vez más el mejor de los blues, trató de liderar a un equipo que vagaba por el terreno de juego sin las ideas claras y que estaba exhibiendo una actitud un tanto derrotista. Lo cierto es que el Chelsea saltó a Old Trafford sin ninguna esperanza y la justicia le correspondió con una derrota. La entrada de Torres y el gol de Lampard a 20 minutos del final se convirtieron en una mera anécdota. Los pupilos de Ancelotti sabían antes de nadie cómo terminaba la película.


En la recta final del encuentro, Chicharito dispuso de dos ocasiones clarísimas para certificar la victoria de los suyos, pero el hecho de verse ya campeón en su primera aventura con los red devils le impidieron concentrarse de cara a gol. Durante toda la temporada, hemos observado como el Arsenal parecía ser el único equipo capaz de acabar con la regularidad del conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson. Sin embargo, los gunners volvieron a quedarse sin pilas en la recta final del campeonato y el Chelsea consiguió recortarle a los red devils nada más y menos que 12 puntos. Y es que, aunque a principios de marzo los blues estaban prácticamente descartados de la lucha por el título, su victoria en Stamford Bridge sobre el ManU logró devolverles la confianza que necesitaban para tratar de pelear por la victoria hasta el final. El problema es que los pupilos de Ancelotti no eran conscientes de lo que significa jugar en Old Trafford esta temporada. El Teatro de los Sueños se ha convertido en un templo inexpugnable para los equipos que lo visitan. En la Premier, los red devils solo han cedido un empate ante el West Brom, y en Liga de Campeones el Rangers escocés y el Valencia fueron los únicos capaces de obtener un punto en el mausoleo inglés. Ya se sabe, la imbatibilidad suele traer grandes recompensas.

Con este triunfo, el Manchester cierra una semana redonda. El miércoles consiguió un billete para disputar la final de la Champions de Wembley ante el FC Barcelona tras golear al Shalke 04 alemán, y ayer acercó un nuevo título de liga a sus vitrinas con un paso de gigante. Los red devils pueden estar contentos con la temporada que han realizado. Derrotar al Barça en la máxima competición europea se torna una empresa muy compleja, pero tienen en su mano ganar la Premier League. Y este año para el Manchester, ganar la Premier no es ninguna tontería. Es cierto que desde que la liga inglesa adoptó el formato actual en 1992 —hasta entonces se conocía como First Division—, el ManU es el máximo dominador. Pero el equipo de Ferguson tiene la oportunidad de hacer algo histórico en el fútbol británico: adelantar al Liverpool en títulos ligueros y convertirse en el equipo inglés más laureado de toda la historia del campeonato doméstico inglés. La historia está a punto de cambiar al norte de Inglaterra.

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Imagen | Sport Times