jueves, 5 de mayo de 2011

La Sampdoria: del cielo al infierno en una temporada


Víctor Úcar | La campaña pasada, los seguidores de la Sampdoria vivieron un año para el recuerdo. De la mano de Luigi Del Neri, el conjunto genovés finalizó en cuarta posición el campeonato italiano, y con ello, consiguieron un billete para disputar la previa de la Liga de Campeones. El equipo había terminado la temporada a un gran nivel, y tres nombres aparecían por encima del resto como los verdaderos artífices de la gesta: Del Neri —el estratega—, Cassano —el cerebro—, y Pazzini —el goleador—. Sin duda, la hinchada de la Samp ya se veía en el mayor escenario del fútbol europeo. El subcampeonato en la edición de 1991/1992 de la Copa de Europa sobrevolaba la mente de los blucerchiati. Asentarse en la élite del fútbol italiano y europeo era un sueño hecho prácticamente realidad. Pero el futuro siempre es caprichoso, y nadie podía imaginarse que el éxtasis de alegría vivido en el estadio Luigi Ferraris el año pasado podía convertirse en una auténtica pesadilla al año siguiente.

Y es que el proyecto se topó con su primer obstáculo nada más finalizar la temporada. Sin duda, Del Neri sabía que su gran campaña en el equipo genovés no iba a pasar desapercibida. Por ello, tras clasificar a la Sampdoria para la fase previa de la Champions, el técnico italiano anunció que se marchaba a la Juventus de Turín. El director de orquesta del proyecto abandonaba un barco ilusionante para intentar llevar a la gloria a otro que hace aguas desde el escándalo del Moggigate. No había comenzado todavía el verano, pero la hinchada de la Samp se llevaba su primer chasco a las primeras de cambio. Sin embargo, el equipo y su afición debía mantenerse unido para lograr el gran objetivo: acceder a la fase de grupos de la Champions League para codearse con los grandes clubes de Europa.


En el sorteo de la previa, la Sampdoria quedó emparejada con el rocoso Werder Bremen alemán, pero los italianos confiaban en sus posibilidades y en el hecho de disputar la vuelta ante sus seguidores. Sin embargo, a pesar de estar aún en el mes de agosto, aquí llegaría el segundo mazazo para los blucerchiati. En el estadio de Weserstadion, el conjunto dirigido por Domenico di Carlo —el sustituto de Del Neri— cayó derrotado por 3-1. El curso futbolístico 2010/2011 para la Sampdoria empezaba con mal pie. Pero el equipo se había ganado el crédito suficiente la campaña anterior como para tener esperanzas de remontar la eliminatoria y clasificarse para la Champions. La Samp necesitaba solo dos goles, y Pazzini lograba darle la vuelta a la eliminatoria en el primer cuarto de hora del partido, recordando sus 19 determinantes tantos de la temporada anterior. Cassano se sumó a la fiesta a pocos minutos del final del encuentro estableciendo el 3-0, y el sueño de recibir en su estadio a equipos como el Real Madrid, el Barcelona o el Manchester United era ya una realidad.

Pero en el tiempo de prolongación, el sueco Rosenberg —actualmente en el Racing de Santander— silenció al respetable del Luigi Ferraris empatando la eliminatoria. La Sampdoria llegó noqueada a la primera parte de la prórroga, y el Bremen lo aprovechó para poner el 3-2, obra de Pizarro. Ahí terminó el sueño de jugar la Champions. La Samp no fue capaz de revertir la situación y el conjunto de Di Carlo tuvo que conformarse con disputar la Europa League. Sin duda, el segundo revés llegaba pronto y de forma cruel. Además, las estrellas del equipo blucerchiati habían rechazado ofertas en verano para apostar por el proyecto de Champions de Ricardo Garrone, máximo mandatario del club, pero no quedaba otra opción más que hacer borrón y cuenta nueva. Y así es como comenzó una nueva temporada en el Calcio. A pesar de la decepción europea, el conjunto genovés tenía ilusión por repetir una gran temporada y luchar de nuevo por cotas muy altas en la Serie A, hacer un buen papel en la copa e intentar demostrar en la Europa League que eran un equipo de Champions. Pero nada más lejos de la realidad.


Tras un comienzo discreto con siete puntos en seis jornadas, el equipo empezó a despegar. Sin embargo, un enfrentamiento entre Cassano y el presidente Garrone acabó con Talentino apartado del equipo. Su último partido fue a finales de octubre en San Siro, logrando un meritorio punto ante el Inter de Milán. Por aquel entonces, el equipo genovés era octavo y mantenía una línea ascendente, pero la polémica desatada con Cassano desorientó a un conjunto que debía sus éxitos de la temporada anterior a la unión entre el vestuario, los técnicos, los directivos y la afición. El proyecto seguía desmoronándose, y para zanjar el asunto Talentino fue traspasado al Milan. Para más inri, la Sampdoria, incapaz de ganar en Europa, cayó eliminada en la fase de grupos a mucha distancia del Metalist Kharkiv ucraniano y del PSV Eindhoven —tan solo consiguió una victoria en seis partidos—. Finalmente, con el equipo octavo y a siete puntos de la zona Champions, la Samp acababa con ganas el año 2010, aunque todavía con el campeonato inmerso en la primera vuelta —15 jornadas disputadas—. Sin saber todavía cómo, el conjunto genovés había liquidado en apenas cuatro meses todo lo logrado en la temporada 2009/2010.

Pero la historia todavía podía tornarse más dramática. Con la apertura del mercado de invierno, y sabedor del vacío futbolístico que se abría en el equipo tras la salida de Cassano, Pazzini solicitó abandonar la disciplina del club bluccerchiati para luchar por cotas mayores, para pelear por todo aquello que le prometieron al quedarse en verano. Ante esta situación, y del mismo modo que había hecho su compañero Talentino, Pazzini se marchó de Génova con destino a Milán, aunque en este caso para recalar en las filas del vigente campeón del Calcio y de la Champions, el Inter. La salida del goleador fue reemplazada con la cesión del joven talento del Manchester United Federico Macheda, al que también se sumaron el interista Biabiany y el veterano delantero italiano Massimo Maccarone. En un abrir y cerrar de ojos, la hinchada de la Samp se había quedado sin sus dos estrellas: Cassano y Pazzini. Si les sumamos la salida del técnico Del Neri antes de comenzar la temporada, la Sampdoria afrontaba la segunda vuelta del campeonato sin sus principales estandartes. Aquellos que habían pagado un abono para toda la temporada con el objetivo de ver a Pazzini y Cassano liderando el proyecto blucerchiati se quedaban con cara de tontos. La desilusión y el desencanto se instalaron en el Luigi Ferraris.


Aunque la salida de Pazzini fue la puntilla para el equipo italiano, realmente no eran conscientes de lo que les aguardaba el nuevo año. En las primeras 15 jornadas disputadas en 2010, la Samp contaba con 23 puntos y tan solo dos derrotas en su casillero, pero esa tendencia estaba a punto de cambiar de forma radical. Con la reanudación de la Serie A, inició una dinámica destructiva. El 17 de abril, Domenico di Carlo era despedido tras la decadente y alarmante trayectoria del conjunto genovés en el Calcio, puesto que desde que comenzara el nuevo año solo había sido capaz de ganar dos partidos y empatar tres encuentros de los 18 disputados —9 puntos de 54 posibles—. Con este pésimo balance de resultados la Sampdoria entró en puestos de descenso, y el ambiente se tornó violento alrededor del equipo italiano —tras perder por 3-0 con el Milan algunos aficionados encapuchados apedrearon el autobús del equipo y amenazaron de muerte a la plantilla—, algo absolutamente inimaginable a principio de temporada. Garrone se encomendó a Alberto Casavin para salvar la temporada.

Con el nuevo entrenador al frente, los blucerchiati han recuperado un poco de oxígeno después de vencer, hace dos semanas, por la mínima en el campo del Bari —ya matemáticamente equipo de la Serie B—, y con el empate cosechado esta jornada en casa ante el Brescia —otro rival por la permanencia que se hunde a cinco puntos de los genoveses—, gracias a un gol de Mannini en el último minuto. Este resultado deja a la Sampdoria fuera de la zona de descenso, pero con solo un punto de ventaja con respecto al Lecce —que cayó por la mínima con el Chievo Verona—. Además, los tres compromisos que le quedan a la Samp para terminar la temporada no invitan demasiado al optimismo. La próxima jornada asistiremos al derby genovés en casa del eterno rival, el Genoa, que aunque no se juega ya nada seguro que tratará de mandar a su máximo enemigo a la segunda división italiana. Después, el conjunto de Casavin recibirá al Palermo y visitará a la Roma en el Olímpico, que está inmersa en la lucha por la cuarta plaza que da acceso a la previa de la Champions.

Sin duda, un final difícil y cargado de tensión para la Sampdoria, que a pesar de haber perdido su identidad, todavía depende de sí misma para continuar en la Serie A. Todavía tiene en su mano que el fracaso de esta temporada no se convierta en debacle.

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miércoles, 4 de mayo de 2011

Caer presa de su propia trampa: el Barça volverá a Wembley


Pablo Orleans | Cuarto y último acto de la temporada, que no del año, entre los máximos rivales del fútbol español y que volvió a dejar vencedores y vencidos. El mundo esperaba un choque intenso, con un Real Madrid distinto que buscaría la sorpresa en Can Barça y adelantaría las retrasadas líneas de la ida para buscar el necesario gol que le metiese en la eliminatoria. Así fue. Los del innombrable, hoy encabezados por Aitor Karanka, presentaban un plantel completamente distinto, en dibujo y en esencia, al de una conservadora ida en el Bernabéu. Y se vio otra cosa. Dos equipos que jugaban o intentaban jugar, que atacaban o eso buscaban y que alternaban ocasiones de gol con modelos distintos y maneras de jugar completamente diferentes y absolutamente válidas.

La sensación cambiaba tras 300 minutos de juego en los que, mientras unos elaboraban su fútbol y seguían hasta la última consecuencia su filosofía como se pudo ver en la Copa, los otros cambiaban –con derecho de hacerlo- su manera habitual de jugar y dar espectáculo para destruir fútbol y mostrar tres encuentros soporíferos que, aunque llenos de emoción, no llegaban a la suela del zapato de lo que se podía esperar en tres semanas de «partidos del Siglo».

Y es que, el planteamiento del Madrid en el Camp Nou demostraba varias cosas. En primer lugar, que el técnico portugués y su plantilla no daban por perdida la eliminatoria e iban a por todas a Barcelona. Un once ofensivo sobre el césped presumía un Real al ataque y mucha velocidad en punta que fraguó a medias y que se quedó huérfano de un enganche en condiciones. Por otro lado, este planteamiento deja claro que el Madrid es capaz de tutear al Barça del toque y la precisión, al tiempo que deja al descubierto el remiendo táctico tras el mal planteamiento del conjunto capitalino en el primer choque de Champions. Sólo el Madrid perdió la eliminatoria, dejando al Barça el camino libre de obstáculos en el campo más hostil para ellos. Por último, la sensación es que se han tirado a la basura tres encuentros —más una prórroga— de fútbol de verdad entre dos potencias mundiales y dos estilos efectivos.

Pero al final sólo gana uno. El Barça volverá a Wembley diecinueve años después de que Koeman le diese la primera de las tres al Barça. Previsiblemente será el ManU el que vuelva a medirse, como en 2009, en el estadio inglés con «la orejuda» de por medio. Se acabó lo que se daba. Iniesta inventó para que Pedro concretase. Abidal volvió para poner en pie al Camp Nou y al mundo futbolístico. Esta noche, los seguidores azulgrana, bien del sur o del norte, estarán de acuerdo: El Barça es finalista de la UEFA Champions League tras derrotar a un gran rival que cayó presa de su propia trampa. La cuarta está más cerca.

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La épica no resultó para llegar a Wembley


Juandi Mora | Llovía, se había confirmado que no habría show Mourinho y el Real Madrid salía con Kaka' e Higuaín al campo. A los optimistas la lluvia les sabía a épica. Los pesimistas recordaban el estado de forma del brasileño y el canguelo del argentino cuando hay que agarrarse los machos y luchar. Yo, en mitad de las dos posturas, confiaba en un gol blanco en la primera mitad y de ahí a lo desconocido.

Agobiante, inquieto, desbocado. Así salía el Real Madrid al Camp Nou. Con ganas de asustar, de dejar constancia de que la camiseta blanca y el escudo redondo con corona y franja morada cruzando no es novato en estas lindezas. Se había cambiado a los toros por elegantes caballos. Que corrían, pero no lo suficiente con el objetivo de amasar el balón cuando estuviese de cara. Sin embargo, el despliegue físico duró treinta minutos. Aquí se acababa la actitud que me gusta del «luchan por sus laureles». Lo de «con respeto y emoción» terminó cuando quien está en el banquillo no respeta la historia de un club señor.

Seguía optimista. Las paradas de Casillas se acercaba a aquel binomio de principios de siglo cuando el guardameta madridista se convertía en santo y la demoledora delantera ajusticiaba al intrépido rival. Sin embargo, ni ruido ni nueces. El Real Madrid no era capaz de llegar y el Barça asediaba la portería. Con la llegada del segundo tiempo volvió a llover. Volví a creer en la épica.

Fallo arbitral al margen, porque lo hubo, el Madrid perdió la concentración y ahí llegó el gol de Pedro. Un jugador con el don de la oportunidad. Cuesta arriba, lloviendo y con afiladas piedras en la subida afrontaba el nuevo partido de treinta minutos el equipo madridista. Los blancos no se resignaban y luchando llegó un balón al palo que parecía otra gracia más de Zeus. En cambio, el balón volvía a Di María que regalaba el empate a Marcelo. Tiempo había, veinte minutos. Dos veces diez para un equipo que no es capaz de jugar al fútbol sin atropellos. Ansiedad y fútbol directo es lo mismo que cabeza, cesta y guillotina. Un suicidio. Mi ilusión se esfumaba. Ese optimismo del equipo luchador que juega de blanco. Ni los arreones de Cristiano, ni los destellos de Ozil. Nada ha sido suficiente para mandar al Real Madrid a Wembley. Irá el que mejor jugó a fútbol. A jugar una final que ya creen ganada. Ojo, hay que jugarla. Por experiencia madridista lo digo.

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Será el Barça y será en Wembley


Andrés Pérez | Es probable que no exista mejor modo de ejemplificar el poderío del Barcelona frente a cualquier disposición táctica del rival que el gol de Pedro anoche. Cuando el Real Madrid optó en la segunda parte por adelantar agresivamente la línea de presión y buscar ahogar la salida de balón de sus centrales, éstos no tuvieron más remedio que optar por retrasar el balón para Valdés. En cualquier otro equipo esta situación se solventaría con un balonazo indiscriminado que eliminaría la presión rival a cambio de perder la posesión y atenerse a su construcción ofensiva. En el Barça no. Valdés optó por abrir a banda, con un pase largo y medido, rompiendo la línea de presión por alto y lanzando el contraataque de sus compañeros. Alves recibió el regalo, avanzó metros, buscó a Iniesta, éste a Pedro entre líneas y el canario superó a Casillas en el mano a mano. El Madrid había cambiado el planteamiento y no había servido absolutamente de nada porque seguía perdiendo.

Cuando el Madrid, en el Bernabéu, optó por retrasar sus posiciones, agazaparse en torno a la portería de Casillas, juntar líneas, sembrar minas en el centro del campo, permitir correr verticalmente a Piqué, también murió. Así pues no cabe gran reproche a un Madrid digno anoche en la derrota que apuró sus posibilidades ejecutando planteamientos diversos y mostrando una gran versatilidad —ejemplar en muchos aspectos, esencialmente en el comportamiento hercúleo de sus futbolistas—. Todo lo que intentó Mourinho, desde la defensa cerrada hasta la presión adelantada tratando de destruir el oleaje combinativo del Barcelona, sirvió de más bien poco a excepción de ese caso particular, bello, y épico que supone la Copa del Rey, definitivamente la competición más atractiva de todas en las que este año discutieron Real Madrid y Barcelona.

Sorprendió el Madrid, de nuevo, buscando cercenar los puntos de creación del Barcelona en su propio campo. Adelantó varios metros los lugares en los que sus delanteros presionarían —algo semejante a lo que consiguió en la primera parte de Mestalla— y durante diez minutos el Barça tuvo problemas para controlar el balón y superar el campo de obstáculos sincronizados y pegajosos en el que mutaban los jugadores a las órdenes de Mourinho. Pasados diez minutos de encomiable ejercicio físico del Madrid —robando, intentando distribuir, manteniendo durante cierto tiempo la posesión del balón—, el Barcelona comenzó a superar dicha presión y empujó hacia atrás las líneas defensivas del Real Madrid ejecutando su consabido y posesivo plan de dominación del balón. Es una gran virtud la del Barça: imponer su fútbol conociendo su rival de antemano el plan.


De ahí al final de la primera parte el Barcelona fue mejor, llegó más y sólo el desacierto de Pedro y Villa y las providenciales paradas de Casillas impidieron que al descanso la eliminatoria no sólo estuviera finiquitada sino que pudiera sonrojar a la defensa del Madrid, personificada en Albiol, lento, y en Carvalho, hiperactivo, muy hablador y levemente pasado de revoluciones en cada choque. Tras la reanudación la tónica fue muy semejante a la de la primera parte y el Madrid salió gallardo, altivo, apabullante en el plano físico y forzando al Barcelona a sentirse intimidado. Le disputó el balón, lo ganó por momentos y volvió a su primigenia idea de evitar que los centrales del Barcelona obtuvieran líneas de pase mediante las que abastecer a Iniesta y Xavi, piezas de engranaje entre el inicio y el fin, Messi, de todo el fútbol del Barcelona de Guardiola, preciso e infalible como pocas máquinas habidas en la historia del fútbol.

Pese a la actitud ejemplar del Real Madrid durante la segunda parte, ya sin Higuaín, particularmente pasado de peso, de nuevo imperceptible en los momentos claves de la temporada, y sin Kaka', desaparecido para la causa y sustituido por Ozil, mucho más expresivo y vivaz que el brasileño, el Barcelona volvió al primer párrafo de este artículo y con cuatro jugadores y varias yardas desangeladas que recorrer por delante anotó el primer gol del partido. Volvería el Madrid, impulsivo, a recuperar la fe con el gol de Marcelo pero no quedaba demasiado tiempo. De ahí el final el encuentro volvió a los fueros habituales de esta saga de cuatro enfrentamientos: ásperos y duros, pasados por agua para más escarnio del espectáculo. Fue un final muy decidor de todo lo que en un mes han sabido ofrecer ambos equipos. Más bien nada. Entre tanta mediocridad para lo que se esperaba relució Messi. A fin de cuentas el tipo que, en el Bernabéu, hizo posible que hoy un empate le sirviera al Barcelona. Será el Barcelona y será en Wembley, casi veinte años después de que Koeman lograra, con un tanto indeleble, que el Barcelona levantara por primera vez la Copa de Europa. Ya va camino de la cuarta.

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martes, 3 de mayo de 2011

Bello sufrimiento


Andrés Pérez | En la lucha por el descenso lo improbable se torna en milagroso. Le sucedió al Real Zaragoza el sábado, victorioso en el Bernabéu, demasiado ocupado como estaba el Madrid en sus cuitas internas y externas a raíz del pasado partido de Champions; y también a la Real Sociedad, que remontó un gol en contra de Thiago Alcántara para doblegar al Barcelona, olvidado de si mismo en un campeonato que tiene a su merced si la próxima jornada obtiene un punto más que el Real Madrid. El milgaro se obró, el Zaragoza elevó el vuelo gracias a Lafita y a una estructura defensiva admirable y la Real recuperó aliento tras una segunda vuelta para olvidar en la que se ha complicado la vida de un modo absurdo. Fue el sábado, también, cuando el Deportivo no obtuvo el mismo premio ante un equipo en franca ascensión como el Atlético de Madrid: perdió y ahí se mantuvo, con 38 puntos, uno por encima del descenso.

Descenso que marca el Getafe, parcialmente hundido tras firmar una segunda vuelta de campeonato deplorable a la altura del Espanyol —con la salvedad de que el equipo catalán tiene desde la primera mitad de la temporada la salvación hecha—. El Getafe perdió en Villarreal tras adelantarse en el marcador víctima de su propia endeblez como conjunto, preso del pánico al verse al filo del acantilado, ausente de magia y de duende que le haga respirar en una recta final de campeonato que se presenta maravillosamente agónica para un buen número de equipos, a saber, los comprendidos entre la novena y la decimonovena posición —siendo generosos—: Levante, 43 puntos; Sporting, 42 puntos; Mallorca, 42 puntos —otro cuya segunda vuelta está siendo épica—; Real Sociedad, 41 puntos; Racing de Santander, 40 puntos; Real Zaragoza, 39 puntos; Málaga, 39 puntos; Osasuna, 38 puntos; Deportivo, 38 puntos; y, en posiciones de descenso, Getafe con 37 puntos y Hércules con 33. Descendido virtualmente queda el Almería, a 12 puntos de la salvación. Tendría que ganar los cuatro partidos que le restan para obrar el milagro.

Parece evidente que uno de los equipos con más posibilidades de terminar con sus huesos en Segunda es el Hércules, que perdió ante el Málaga de Baptista, jugador que por increíble que parezca está en un equipo que lucha por sobrevivir. A cinco puntos de una salvación que se irá por encima de los 40 puntos y con un calendario poco favorable por delante —esencialmente un Racing que de ganar la semana que viene confirmaría la permanencia y un Atlético ascendente que busca la Champions—, el Hércules tiene todas las papeletas para ser el siguiente en acompañar al Almería. La auténtica incógnita, para la que actualmente es complejo realizar supuestos, es saber quién acompañará al conjunto alicantino —el cual se puede salvar, no obstante—. Lo que resta de aquí al final de temporada es un sufrimiento maravilloso, bello y repleto de emoción.


Por tendencia, estado de forma y en cierto modo calendario —aún tiene que viajar al Bernabéu, enfrentarse al Osasuna en casa en un partido que se preve brutal y acudir la última jornada de liga a San Sebastián—, el Getafe es en la actualidad el último equipo por el que alguien apostaría su dinero a la salvación. No es únicamente que se encuentre en puestos de descenso: es que de sus últimos cinco partidos ha ganado uno y llega sus últimos cuatro partidos desnortados, desestabilizado psicológicamente tras el revuelo levantado por la compra del club de un fondo de inversión de Dubái y con jugadores clave, como Gavilán, lesionados o, como Colunga, en muy bajo estado de forma. El Getafe se ha dejado llevar. No es la primera vez que le ocurre, pero sí es la primera vez que está realmente abocado al fracaso. De su descendente trayectoria aspiran a vivir los demás.

Osasuna ganó su partido del domingo ante el inefable Valencia de Emery —capaz al mismo tiempo de machacar al Villarreal para más tarde perder ante rivales tan dispares como Real Madrid u Osasuna— y causó gran inquietud en Zaragoza, Málaga, Santander y San Sebastián, que parecían abocados a la virtual salvación antes de que el conjunto pamplonica pasara de los 35 puntos a los 38. De haber perdido ante el Valencia el Osasuna estaría mucho más hundido que el Getafe, pero ganó. Ganó y todo va a estallar felizmente por los aires en las próximas cuatro jornadas. Por lo pronto el próximo domingo: duelo de genial bajura en La Romareda entre el Zaragoza y los navarros. Si el Zaragoza gana alcanzará los 42 puntos y un empate en la siguiente jornada en San Sebastián le supondía la virtual salvación —y quién sabe si matemática—. Se puede decir algo aproximado de Osasuna. El empate no beneficia a ninguno. Ni siquiera a el resto de rivales: estarían tan cerca de la muerte como de la vida, suponiendo gran inquietud a todo el mundo. Será sin duda el partido que acapare más miradas.

El Deportivo se enfrentará al Sporting, el aparentemente más salvado de todos junto al Levante. Una victoria del Deportivo le ayudaría a limpiar su negativa perspectiva al borde del abismo. Una derrota le hundiría y salvaría al Sporting definitivamente. Sucede que el Sporting tampoco se puede relajar: si pierde se acercan casi todos demasiado. El Málaga visita el Calderón —el Atlético puede ser juez del descenso— y debería puntuar porque sus tres siguientes enfrentamientos no son sencillos —Sporting, Athletic y Barcelona—; el Levante acude al campo del Athletic —un empate le vale— y el otro duelo estrella de la jornada enfrentará a Racing y Hércules. Sucede algo parecido a en La Romareda: si el Racing gana se salva virtualmente; si pierde le da alas a un Hércules aún con fe; si empatan ninguno estará particularmente contento —aunque el Racing estaría mucho más cerca de salvarse—.

No osen perderse la lucha por el descenso la próxima jornada. Promete ser dramática.

Lectura recomendada | Clasificación de Primera División
Imagen | Sportyou | Noticias de Navarra

domingo, 1 de mayo de 2011

Al Arsenal le resta el honor


Andrés Pérez | Parecía que el Arsenal ya se dejaba llevar, eliminado de la Champions League, de la FA Cup, perdida la final de la Curling Cup en el último minuto y descolgado de la Premier tras desaprovechar una y otra vez oportunidades para recortar distancias respecto al Manchester United —siete puntos en los últimos seis partidos, tan sólo una victoria—. Parecía que el Arsenal caía otra vez presa del vértigo, incapaz de madurar, aburrido de sí mismo cuando el devenir de los acontecimientos es negativo. Lo parecía y de hecho lo era, pero tiene de tanto en cuanto el conjunto de Wenger arrebatos coléricos de honor y genialidad que le permiten sembrar adulación y admiración allá por donde fuere visto, como ante el United, hoy, dominador, altivo, insultante en las formas, capaz en labores defensivas, victorioso, en suma.

Pese a su exhibición ante el Schalke en Europa, el United llega relativamente cansado al final de la Premier y tras su estela se ha situado el Chelsea, que ha remontado el vuelo en la recta final del campeonato tras vagar lejos incluso de la Champions varios tramos de la temporada. El conjunto londinense está a tres puntos y aún tiene que enfrentarse al United en Old Trafford, en teoría inexpugnable feudo donde no ha ganado nadie, nobody, en toda la temporada. Le es indiferente al Arsenal ésto último. Él ya lanzó su temporada por la borda hace días. Su victoria y la forma en la que la ha obtenido hoy debería hacer reflexionar a Wenger porque el Arsenal, de no pinchar en infinidad ocasiones de forma infantil e impotente, podría haber ganado esta Premier. Ahora está a seis puntos de la cabeza y no es factible que el United caiga dos veces en lo que queda de campeonato y que, al mismo tiempo, el Chelsea haga lo propio. Son dos equipos expertos y graníticos cuando la situación lo requiere.

Le queda al Arsenal el honor demostrado ante el United, Wilshere y Ramsey a la cabeza, Song por detrás, Van Persie ejerciendo de líder y capitán en punta de ataque, cayendo a banda y labrando como un extremo a veces, recibiendo de espaldas a la portería en otras ocasiones, llegando desde segunda línea y asistiendo en multitud de ellas. En una de las apariciones del holandés llegó el gol de Ramsey, que crece a cada jornada. Juntos, Wilshere y Ramsey, han logrado que la alargada sombra de Cesc Fábregas haya desaparecido en cierto modo. Hoy nadie le ha echado de menos. Apoyados en Nasri o en Arshavin, el Arsenal completa un conjunto vivaz y fulgurante que cae en los ruborosos pecados y en las deliciosas virtudes de la eterna juventud. La apuesta idealista de Wenger se corresponde de forma inevitable con dos caras de la misma moneda. Educar a niños prodigios siempre es así. De ahí que el Arsenal, un año más y pese a todo, vaya a terminar la temporada sin haber obtenido ningún título.

En MQF | Un día más en casa de Su Majestad
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En MQF | El modelo de Wenger se agota: buen fútbol pero poco productivo
Imagen | Palco Deportivo