jueves, 21 de abril de 2011
El Madrid se reinventa diecisiete años después
Andrés Pérez | En un partido descomunal, legendario, disputadísimo, agrio, sucio, enquistado y brillante, el Madrid se reinventó a sí mismo para conquistar la Copa del Rey diecisiete años después de que lo hiciera por última vez. Lo hizo ahogando al Barça, planteando un partido extenuante en la parcela física, doblando cada ayuda en defensa, concentrado en cada acción y disputando cada balón como si el devenir de la final dependiera de él. No le caben reproches al esquema táctico de Mourinho, de nuevo sagaz, ni a la ejecución práctica de los futbolistas del Madrid, que, y he aquí la noticia, lograron anular durante más de medio partido la capacidad ofensiva del Barcelona. Lo que en un principio no era más que una utopía, el Madrid lo hizo realidad. Hizo de su partido un súmum de decisiones acertadas a costa del Barça, a ratos brillante, impotente en el plano físico y perdido en lo superfluo.
Vaya por delante que la consecución del título por parte del Madrid no obedece a demérito ajeno sino a la exaltación de las virtudes propias. Lejos de cualquier maniqueísmo, la contraposición de estilos deparó un choque excesivamente vibrante, chispeante por momentos, pasado de revoluciones en ocasiones, precioso en su tónica general por la intensidad con la que se jugó por ambos bandos. Tanto Barcelona como Madrid jugaron un partido excelso determinado en una de las muchas acciones que podían haber sido el punto de inflexión y que no fueron: un cabezazo superlativo de Cristiano Ronaldo, suspendido en el aire como los mejores cabeceadores de siempre, tras una combinación en la banda izquierda entre Di María y Marcelo cuando el Madrid conseguía equilibrar la balanza tras cuarenta y cinco minutos a contracorriente víctima de su propia condición humana, impotente en lo físico y aferrado a la genialidad del impasible y eterno Iker Casillas, determinante un día más, una final más, un torneo más. Su palmarés es ya de leyenda.
Decíamos ayer que todo el problema del Madrid el sábado pasado no fue tanto el planteamiento defensivo como el ofensivo, puesto que al juntar tanto las líneas el Madrid perdía el hilo en ataque y llegaba esporádicamente, sin orden ni continuidad, fruto más bien del inevitable cese de espacios del Barcelona antes que de la capacidad ofensiva de sus delanteros. Mourinho solucionó tal problema adelantando las líneas varios metros. El planteamiento del Madrid fue el mismo que ejecutó en el Bernabéu días atrás solo que más cerca del área de Pinto. Las recuperaciones ahora serían un peligro inminente para el Barcelona y el inicio de las jugadas del conjunto de Guardiola distaría demasiado de la zona de peligro de sus mejores jugadores. Dicho y hecho, con un Pepe omnipresente ejerciendo de delantero, centrocampista llegador y destructor a un mismo tiempo, el Barcelona no se encontró.
Se perdió en la maraña táctica que creó Mourinho, Xabi Alonso y Khedira estelares en las ayudas a sus centrales, así como Ozil y Di María, carrileros y extremos a partes iguales, interiores en defensa cuando Messi o Iniesta acudían a sus bandas, emparejándose con Alves o Adriano cuando éstos subían. El Barça no iniciaba las jugadas con fluidez, sus delanteros no exigían el balón al espacio, Messi pecaba de intrascendente lejos del área de Casillas e Iniesta y Xavi sólo encontraban enemigos cuando levantaban la cabeza. Fue el peor primer tiempo del Barcelona de Guardiola, que a excepción de un lejano disparo y varios saques de esquina fue incapaz de crear peligro a Casillas. No así el Madrid, que rascó abajo y buscó con efusividad a Ronaldo, anoche de ariete, por medio de Ozil. Llegaba más el Madrid, en una ocasión Ronaldo disparando seco para que Pinto repeliera y en otra Pepe elevándose por encima de Alves rematando al palo cuando todo parecía indicar que el balón terminaría en la red.
Se había reinventado el Madrid y había descubierto debilidades en el Barcelona, intimidado en el plano físico y desnortado en la creación de su fútbol, demasiado lejos, demasiado previsible, demasiado lento, demasiados rivales. Mourinho hizo de su defensa una trinchera y Villa murió en ella, perdido en sus propias disputas incluso cuando, ya en la segunda parte, el Barça confirmó que la capacidad de resistencia del Madrid, incluida la de un grandioso Pepe, era humana. Por tendencia natural, el equipo del técnico portugués se había inmolado persiguiendo centrocampistas, presionando, corriendo hacia atrás y lanzando a sus delanteros. Cuando los pulmones fallaron, apareció Iniesta y dotó de sentido al hasta aquel momento ineficaz ataque del Barça.
Iniesta comenzó a levitar sobre el césped de Mestalla y acercó a su equipo al área de Casillas. Para entonces el Barça había eliminado cualquier rastro de la capacidad ofensiva del Madrid. Para entonces Ramos y Carvalho eran los mejores soldados con los que se podía compartir trinchera, imperiales ambos. Junto a ellos Casillas, genio hasta la tumba. Siempre guiado por Iniesta, clarividente y suave como en sus mejores ocasiones, el Barça se encontró hasta en tres ocasiones con Casillas. Primero Messi, más tarde Pedro y finalmente el propio Iniesta, en un paradón inverosímil del arquero madrileño. Corría el minuto 70 y parecía cuestión de tiempo que el Madrid, sólido atrás pero un trapo en manos de Iniesta y de un revitalizado Messi, sucumbiera ante el aluvión de paredes, velocidad en los metros finales y capacidad creativa del Barça. Sin embargo la luz se apagó. También para el Barça. Y lo que restó después fue supervivencia.
Porque el Madrid se reinventó de nuevo y extrajo fuerzas no se sabe muy bien de donde para asustar en dos ocasiones a Pinto, la última Di María, maratoniano anoche, mandando el balón a la escuadra. La respuesta de Pinto fue el último acto antes del tiempo de prolongación. Para entonces la batalla a los puntos estaba igualada, el partido era una delicia y el Barça había intentado recuperar el hilo perdido en los últimos minutos de la segunda parte. Lo consiguió a duras penas y nunca en la misma medida apabullante del segundo periodo. Fue el Madrid quien finalmente, en una triangulación esplendorosa entre Marcelo y Di María, encontró el vuelo de Ronaldo para sentenciar la Copa, ya que de ahí al final sería el propio Madrid quien dispusiera de las mejores ocasiones.
Había resucitado el conjunto de Mourinho. Había ganado la Copa merecidamente y había espantado los fantasmas. Más aún: había demostrado que el Barça, uno de los mejores equipos de siempre, es falible. Y ese era el punto de partida necesario para disputarle la hegemonía.
Imagen | El País
Etiquetas:
Barça,
Carvalho,
Casillas,
Copa del Rey,
Cristiano Ronaldo,
Crónicas de Partidos,
Di María,
Iniesta,
Khedira,
Marcelo,
Messi,
Ozil,
Pepe,
Pinto,
Real Madrid,
Sergio Ramos,
Xabi Alonso,
Xavi
miércoles, 20 de abril de 2011
La Copa, entre tanto ruido
Andrés Pérez | Se dirime el primer título de la temporada entre Real Madrid y Barcelona y la final llega entre debates identitarios sobre el ser y poder ser del Real Madrid, el auténtico manojo de emociones de este mes fulgurante que enfrentará a ambos equipos cuatro veces. Es algo ya comentado en multitud de ocasiones: el fútbol entiende de variantes y como uno de los mejores entrenadores del planeta que es Mourinho sabe aprovecharlas al máximo. De ahí que ante el Barcelona emplee fórmulas semejantes a las que llevaron a Chelsea y a Inter a casi eliminar y eliminar al mejor equipo del presente sin discusión. Todo esto no tiene nada que ver con la identidad perdida del Real Madrid sino que, más bien, tiene que ver con una doctrina de pensamiento consistente en que el único juego válido para la consecución de títulos debería ser el que practican equipos como el Barcelona o la Selección Española, y que cualquier otra alternativa es una traición.
A todo eso, a su propio entorno mediático y, por descontado, al propio Barcelona, se vuelve a enfrentar el Madrid esta noche. El favorito es el Barcelona por trayectoria reciente, capacidad ofensiva y defensiva, calidad de los jugadores y psicología ganadora. Bien es cierto que es una final y como tal es imprevisible —la Copa se da mucho a ello—, pero en principio y repasando lo que sucedió el sábado —el Barcelona jugó a medio gas cuando tuvo el partido al alcance de la sentencia en la segunda parte— el conjunto de Guardiola saltará al campo dominador y mucho más agresivo e incisivo que en el partido de Liga. Ante él el Madrid, previsiblemente defensivo una vez más, con Pepe atando en corto a Messi y regalando el balón ante la imposibilidad de disputarlo. El sistema defensivo de Mourinho en el Bernabéu fue bastante solvente así que con toda probabilidad repetirá esquema delegando la creación de peligro en los jugadores de arriba. El problema del Madrid es que su planteamiento defensivo acapara parte de ofensivo, utilizando a todos los jugadores de ataque a excepción de Ronaldo en labores de persecución y robo, minando así su físico y su posterior frescura de cara a Pinto, que finalmente será titular como lo lleva siendo toda la Copa.
Todo lo que se salga de este guión será una sorpresa principalmente en lo tocante al planteamiento del Madrid. El Barça piensa ejercer las armas que lleva aplicando tres años. Del Madrid depende demostrar que es una idea mortal y no siempre ganadora. Una nueva victoria del Barça sería un golpe en cierto modo duro para el Madrid de cara a la Copa de Europa y viceversa. La Copa, una vez más, no es intrascendente sino determinante. Y es un placer, a pesar de la incompetencia de la Federación, empeñada en dejar morir este torneo. 21.30, es la hora. No se lo pierdan, cuesta creer que defraude.
Imagen | As
Etiquetas:
Barça,
Copa del Rey,
Cristiano Ronaldo,
Messi,
Mourinho,
Pepe,
Pinto,
Real Madrid
Digan no a las ruedas de prensa
Andrés Pérez | Desde hace un par de años, coincidiendo con el deterioro progresivo de la calidad de la prensa deportiva, las ruedas de prensa se han convertido en una fuente de noticias inagotables auspiciadas por los propios periodistas. La llegada de Mourinho al banquillo del Madrid supuso para el periodismo deportivo del presente su particular Dorado. Desde entonces cualquier pregunta ha tenido un trasfondo polémico buscando alguna airada contestación de Mourinho, algo mediante lo cual crear una chispa que prenda fuego a los habitualmente ineptos columnistas de los periódicos. Mourinho jamás esquiva una por lo que la temporada ha sido un festín de noticias-rumores y confrontaciones inexistentes. Cuando dicen que el portugués sabe mantener a su plantilla al margen de las polémicas se equivocan por completo: es la prensa quien le hace el trabajo sucio. Si preguntara por fútbol no tendría más remedio que responder sobre fútbol.
Pese a las diferencias que pretenden establecer unos y otros sobre los métodos de actuación de sus respectivas cavernas, en el fondo ambas son dos gotas de agua coloreadas de forma diferente. El contagio no tardó en llegar al Camp Nou. Allí Guardiola también se ha visto repetidamente incordiado por las notoriamente estúpidas preguntas de los periodistas. La final de Copa no iba a ser una excepción. Entre las muchas preguntas que tanto Guardiola como Mourinho respondieron ayer en sus respectivas ruedas de prensa pocas tuvieron como tema preferencial el fútbol. De especial recuerdo son algunas destinadas a Guaridola como «Cuando uno se enfrenta a un equipo que tiene a Pepe, ¿se puede evitar lo que hace este jugador, rozando la violencia en el campo?» o «El discurso victimista de Madrid, que parece haber calado ¿os la bufa, como se dice vulgarmente?», ésta última formulada por un periodista de TV3.
Las ruedas de prensa se han convertido en un espectáculo circense. Han perdido el poco significado que pudieran tener —explicaciones post-partido, publicación de convocatorias, parte de lesionados, evolución del estado anímico de la plantilla, planes tácticos— y por ello mismo deben ser ignoradas. No aportan nada más allá de crispación ficticia y polémicas que tan sólo sirven para rellenar columnas y páginas vacías de contenido. Deben morir. O al menos alguien debe dejarlas morir. Si ya de por sí es soporífero escuchar la mayor parte de tópicos y frases hechas utilizadas por los futbolistas en ellas —la mayoría visiblemente incómodos—, la llegada del periodismo deportivo más sensacionalista las ha terminado por convertir en un engengro. Un monstruo que ensombrece lo que únicamente debería importar: los partidos de fútbol. Digan no a las ruedas de prensa. Por su bien y por el bien de este deporte.
Imagen | El País | Elaboración propia
Etiquetas:
Guardiola,
Mourinho,
Prensa (o algo)
martes, 19 de abril de 2011
No se puede fallar tanto
Andrés Pérez | Se puede decir, oficialmente, que el Real Zaragoza no es un equipo que merezca descender a Segunda División. Su partido de anoche ante el Villarreal así lo atesora. Si bien esta afirmación es discutible, parece claro que el Zaragoza es uno de esos equipos que-no-puede-bajar. Se trata de una expresión conocida en la mayor parte de foros futbolísticos y se suele emitir con expresión grave y dicción perfecta, entonando cada sílaba con la seguridad que otorgan los hechos, dando por sentado que cualquier otra opción es una anomalía del destino. No obstante el ser humano, y más aún el ser humano medianamente puesto en materia futbolística, es falible, y en numerosas ocasiones lo que viene después de afirmar que tal-equipo-no-puede-bajar es un descalabro de proporciones espectaculares.
La situación del Zaragoza es una incógnita. Su juego ha mejorado. Circula con fluidez y cierta rapidez en el centro del campo y cuenta ahora con Uche como referencia ofensiva, sin rapidez pero capaz de jugar de espaldas como ningún otro delantero de la plantilla. Fija a los centrales y permite que la línea de medias puntas aletee con relativo grado de libertad frente a la defensa rival. Además Aguirre ha dotado de consistencia defensiva al equipo y, en términos genéricos, ha encontrado el hilo conductor necesario en un club que camina a la deriva y en un grupo de jugadores que se hundía presa del pánico mediático generalizado en la ciudad. No es poco mérito el que cabe atribuir al mexicano y a sus jugadores. Pero en la lucha por la permanencia, una ley de la calle cruel y que se disputa a cara de perro, no es suficiente.
Para salvarse es necesario marcar goles. Pese al empeño y a las buenas intenciones demostradas en Villarreal —hola, adláteres del no hay carácter fuera de casa y con rasmia se soluciona todo— el Zaragoza fue incapaz de superar a Diego López. Uche contó con dos ocasiones inmejorables. Marró las dos. Ponzio y Gabi se adueñaron del centro del campo para desesperación de Rossi y Nilmar, quienes no se encontraban tan abastecidos como quisieran por Cani, Borja o Cazorla, excesivamente ahogados por el sistema defensivo del Zaragoza, que delegaba en uno de sus tres centrales cada carril ofensivo del conjunto amarillo para que Diogo y Obradovic colaboraran en el centro del campo construyendo diques que frenaran la habitual vorágine combinativa del Villarreal. El truco funcionó todo el partido. A pesar del gol.
Tan sólo un punto de dispersión mediada la segunda parte privó al Zaragoza del premio que se auguraba en El Madrigal. Cani y Cazorla se encontraron, y Rossi apareció por el área. Tiró un amago que se tragó Da Silva, se resbaló, se levantó, volvió a tirar un amago y llegó Ponzio arrastrando desde el piso para contactar con el pie de apoyo del italiano. Penalti. Rossi no perdonaría. El Zaragoza se hundía un día más fuera de casa para su propia desesperación. Uche repasaba sus dos ocasiones mentalmente mientras Herrera asistía aquí y allá con la ayuda cómplice de Gabi, Ponzio, Diogo, Lafita o Paredes buscando un empate que deshiciera el despropósito en que se había convertido un partido impecable. Ya al final del partido, en el tiempo de prolongación, Uche se encontró con un balón en el área de Diego López. Un primer control causó pánico en la defensa de Garrido. El segundo se le fue largo. Fue un epílogo perfecto y amargo a su noche y la del Zaragoza.
Imagen | El País
Etiquetas:
Ander Herrera,
Borja Valero,
Cani,
Cazorla,
Diego López,
Diogo,
Gabi,
Guissepe Rossi,
Liga 10/11,
Nilmar,
Obradovic,
Ponzio,
Real Zaragoza,
Uche,
Villarreal
lunes, 18 de abril de 2011
Los petrodólares no dan títulos, pero facilitan su consecución
Víctor Úcar | Está más que demostrado que en el fútbol el dinero no lo es todo. Es cierto que ayuda a confeccionar un equipo más competitivo y permite contar con jugadores de más calidad. Sin embargo, y afortunadamente para el fútbol, todavía está prohibido comprar títulos —o al menos jamás ha sido demostrado que algún club haya cometido esta irregularidad en el pasado más inmediato—, y por ello sigue siendo un deporte con algo de emoción. Los dirigentes del Manchester City aterrizaron en Inglaterra en 2008 con la idea de hacer del City una potencia futbolística en la Premier League y también en Europa. Sin embargo, el conjunto celeste continúa sin añadir un solo trofeo a sus vitrinas, repletas de polvo desde los años 70.
Pero tres años después de la llegada de los petrodólares, el vecino «pobre» de Manchester —el United ha sido históricamente el equipo más potente de esta región inglesa, tanto en parámetros económicos como sobre todo deportivos—, tiene por fin la posibilidad de cambiar la tendencia. Es cierto que los red devils tienen la Premier prácticamente en el bolsillo y son favoritos para disputar la final de la Champions contra una de las dos superpotencias de la Liga BBVA —el Real Madrid o el Barcelona—, pero los citizens han logrado algo que hacía mucho tiempo que no conseguían: arrebatarle a su máximo rival la posibilidad de levantar un trofeo; superar el papel de víctima que han desempeñado habitualmente a lo largo de su historia; competir de tú a tú con el vecino «rico»... En definitiva, ser protagonistas por un día en la ciudad de Manchester.
Eso es lo que ocurrió ayer en el majestuoso templo británico de Wembley en las semifinales de la FA Cup, la competición futbolística más antigua del mundo. Los red devils, siempre favoritos en el derby de Manchester, acusaron las ausencias de sus dos estrellas: el delantero de la selección inglesa Wayne Rooney —sancionado por soltar improperios en un partido ante una cámara de televisión— y el veterano y talentoso Ryan Giggs —lesionado tras su magnífica actuación en la vuelta de los cuartos de final de la Champions contra el Chelsea—. Sin duda, dos bajas notables, puesto que se trata de los dos jugadores que mejor entienden este deporte en el conjunto que dirige Sir Alex Ferguson. Por su parte, el City arribaba en Londres con la ausencia de su referente ofensivo, el «apache» Carlos Tévez, posición que Mancini decidió cubrir con el italiano Mario Balotelli, dejando de nuevo a su fichaje estrella del mercado invernal —Dzeko — en el banquillo.
El partido auguraba un clásico choque inglés: las gradas abarrotadas, alternativas para ambas escuadras y mucho músculo e intensidad en el centro del campo. Sin duda, el equipo que fuese capaz de adueñarse de esa parcela del terreno de juego, partiría con una gran ventaja. Y ese es el motivo por el que los citizens consiguieron noquear a sus vecinos. En el primer período ambos conjuntos dispusieron de opciones interesantes, pero nadie se adueñó plenamente del esférico. Es cierto que el City atacaba con más intención que su rival, pero los red devils se agarraban a las siempre peligrosas internadas de Nani por banda y al peligro de su estilete con mayor envergadura, Dimitar Berbatov, en las jugadas aéreas. Sin embargo, en la segunda mitad todo cambió. El marfileño Touré Yaya decidió tomar las riendas de su equipo y, junto a su escudero el holandés De Jong, comenzó a ejercer una dictadura en el centro del campo que ahogó al Manchester United en su propia área. Los de Ferguson se habían quedado sin oxígeno. Y en uno de los intentos por desatascar el juego, Carrick erró un pase al borde del área del United que Touré adivinó a la perfección. El ex jugador del Barça se introdujo en el área y batió a Van der Sar por bajo con un disparo certero. La historia estaba cambiando.
Tras el gol de Touré Yaya, el partido se tornó agresivo, más intenso y muy físico. Mientras los citizens habían salido en el descanso con las ideas muy claras y con el único objetivo de ir a por el partido, el conjunto dirigido por Sir Alex Ferguson, a pesar de estar físicamente en el estadio de Wembley, su actitud mostraba todo lo contrario. Parecía que el ManU no había saltado al césped del histórico campo inglés tras la reanudación, y que seguía en el vestuario. De Jong y Touré Yaya se hicieron dueños absolutos del centro del campo anulando a Scholes y Carrick, que ni siquiera con faltas conseguían arrebatarle la posesión a los musculosos futbolistas que dirige Mancini. Tampoco podemos olvidarnos de la labor de David Silva. Ayer, una vez más, el canario demostró ser el jugador con más calidad sobre el terreno de juego. Gestos sutiles, movimientos inteligentes y pases con una precisión desmesurada permitieron que su equipo le jugase de tú a tú a un Manchester United muy poco consistente y algo desconcentrado. Además, las bandas del conjunto citizen, lideradas por Barry y un omnipresente Kolarov, funcionaron como cuchillas afiladas, para desgracia de los red devils.
Y por si fuera poco, el veterano futbolista del ManU, Paul Scholes, ante la impotencia de ver cómo su equipo era incapaz de hacerle daño a su vecino de Manchester, decidió borrarse del partido a falta de 20 minutos para la conclusión con una entrada criminal y sin ningún sentido —que bien podría haber sido firmada por su mentor y compañero en el centro del campo en sus primeros años de profesional, el irlandés Roy Keane—. Triste final en esta competición para un jugador que ha marcado historia en el club —lleva 17 temporadas y ha afirmado que es probable que se retire el próximo verano— y que es un auténtico referente para la hinchada del United y también para todo el fútbol inglés. Pero paradójicamente, la expulsión del pelirrojo animó a los red devils y amilanó a los citizens. Solo la imprecisión de los de Ferguson pemitió al Manchester City crear algo de peligro en el área de Van der Sar durante los últimos minutos. Nani y el revulsivo Chicharito aportaron electricidad a su equipo y mantuvieron la esperanza hasta el final, aunque ambos sabían que el partido se había perdido en la reanudación debido a una grave falta de actitud de su equipo.
Una locomotora llamada Touré Yaya, bien secundada por sus compañeros, hicieron ayer del City un equipo compacto y difícil de franquear. Una victoria merecida que le permite al Manchester City jugar la final de la FA Cup contra el Stoke City —clasificado tras vencer por 5-0 al Bolton en la otra semifinal— y seguir creciendo como club. Una oportunidad de oro para que los jeques árabes empiecen a estar más tranquilos con sus multimillonarias inversiones —aunque no siempre efectivas—. Una ocasión de ver al vecino «pobre» de Manchester superar por una vez a su máximo rival. Pero la duda está en ver si los citizens serán capaces de aumentar su reducido palmarés o les podrá la presión ante un rival claramente inferior. Lo único que está claro es que, mientras sigan teniendo tanto capital para poder invertir en grandes jugadores, podrán aspirar a títulos con muchas más facilidades que el resto. Y eso, aunque no asegure su consecución, ya es una gran ventaja.
Imagen | Europa Press | Medio Tiempo | El País
Etiquetas:
Alex Ferguson,
Carrick,
Chicharito Hernández,
De Jong,
FA Cup,
Giggs,
Manchester City,
Manchester United,
Mancini,
Nani,
Premiership,
Scholes,
Silva,
Touré Yayá,
Van der Sar,
Víctor Úcar
domingo, 17 de abril de 2011
El maniqueísmo que aflora
Andrés Pérez | Ya de medianoche, en una conocida tertulia deportiva radiofónica, un grupo de periodistas pontificaban sobre el partido que enfrentó a Real Madrid y Barcelona con resultado de empate a uno. La mayoritaria opinión de los contertulios era que el Madrid se había traicionando a sí mismo planteando un partido defensivo y renunciando al balón, para gracia de un Barcelona combinativo y más estilizado. Entre los presentes alguno, de marcada tendencia barcelonista, llegó a afirmar visiblemente escandalizado que el césped alto y seco del Bernabéu contribuyó a empeorar el juego del Barcelona. En general, todos los comentarios se dirigían hacia una conclusión implícita: el Madrid se ha comportado de un modo indigno.
En algunas redes sociales, catalizadoras del sentir general de un perfil determinado de población, las palabras viraban en torno a los mismos argumentos y conclusiones. Algunos periodistas de justificada fama afirmaron que el Madrid traicionó su pasado y sus grandes nombres de leyenda. Muchos usuarios anónimos optaron por calificar al Real Madrid de equipo pequeño, comparando su planteamiento en el campo con el del Inter del año pasado en semifinales de la Copa de Europa. Incluso Xavi se animó en la zona mixta, después del partido, y dejó entrever en sus palabras cierto desprecio por el modo en que Mourinho ordenó a sus jugadores. Otro tertuliano contaba perplejo cómo algunos aficionados del Madrid, a la salida del estadio, recordaban ufanos cómo su equipo había conseguido más saques de esquina y ocasiones que el rival a pesar del empate y la posesión. Para dicho tertuliano que a sus aficionados les gustara su equipo no significaba otra cosa que un embrujo, la caída en la tentación propuesta por el diablo ante la imposibilidad de jugar como los ángeles del Barcelona.
El maniqueísmo afloraba y aflora una vez más. La realidad es mucho más simple que todo lo anteriormente teorizado. En realidad, el Madrid no se traicionó a si mismo, a su leyenda o a su historia, ni sus aficionados quedaron secuestrados mentalmente por Mourinho. En realidad, el Madrid jugó del único modo que puede plantar cara al mejor Barcelona de la historia. Esto es: replegándose atrás, regalando un balón entendiendo la inutilidad de disputárselo Xavi, Iniesta y Busquets, y buscando la velocidad de Di María, Ronaldo y Benzema cuando recuperara el balón. El Madrid planteó un partido de fútbol inteligente. Nada o poco tiene que ver con la falta de grandeza esto último, sino más bien con la astucia en la lectura táctica de Mourinho.
No está de más recordar, cuando se acusa al Inter de Milán de comportarse como un equipo inferior, que se habla del vigente campeón de Europa, algo que el Barcelona no es. Comienza a ser aburrido recordar, una vez más, que el fútbol es un deporte rico en matices y que entiende de diversas filosofías para alcanzar una misma meta: el triunfo. No hay ninguna mejor que otra, si acaso más bellas, siempre y cuando quede exenta la violencia. Un planteamiento ofensivo no es más legítimo que uno defensivo per sé. Hasta que no se entienda esto último el absurdo y estéril debate que surge cada vez que Mourinho se enfrenta al Barça no desaparecerá. A fin de cuentas Moruinho no hace sino aplicar el único planteamiento que ha permitido a un equipo frenar al Barça. Quienes le acusan de racanería o de cobardía le exigen al mismo tiempo que se suicide en un cara a cara mortal ante el mejor equipo del mundo.
Da la sensación que el modo de imponerse al Barça debe ser con las mismas armas que el Barça. Cualquier otra forma de buscar la victoria se entenderá como digna de club diminuto y, en caso de consumarse el éxito ante el conjunto superlativo de Guardiola, indigna e ilegítima. O lo que es lo mismo, el Inter ganó la Champions League, sí, pero-lo-hizo-de-aquel-modo, como si su trofeo tuviera menos peso que el conseguido por el Barcelona el año anterior por el hecho de haberlo obtenido de un modo antagónico. Es absurdo. Pretender llevar al fútbol a este extremo es pervertir su esencia y eliminar su belleza. Lo gracioso de este deporte no es perfeccionar un único modo de alcanzar el éxito sino trazar nuevos senderos que lleven a él y contraponerlos. Algún día se terminará exigiendo a la Juventus que juegue como los juveniles del Ajax para no pervertir el fútbol ante rivales de mayor anarquía táctica y alegría ofensiva, algo que en Italia podría causar severos problemas cardíacos a un amplio sector de la población.
La realidad, decíamos. Está muy alejada de las diatribas anteriormente relatadas. El Madrid jugó un buen partido y contó con ocasiones amplias para ganarlo. De hecho dispuso de ocasiones mucho más claras y numerosas que el Barça, incluso una vez Albiol ya había regalado un penalti absurdo a Villa y se había autoexpulsado. La lectura del partido es positiva en cierto modo para el conjunto de Mourinho: ahogó más que nunca la creación del Barça y frenó su caudal ofensivo lejos de la portería de Casillas, cercenando los disparos y las triangulaciones al borde del área. En cierto modo puesto que el Barça dio la sensación de ejecutar sus acciones sin exigirse el máximo. El empate fue un resultado justo y debió esploear la mentalidad madridista ya que puso de manifiesto algunas debilidades del Barcelona en el plano físico, especialmente en su línea defensiva. Nadie debe darse al engaño. Pese a determinados puntos de luminosidad, el Barça sigue siendo un equipo superior porque es mejor equipo. Y sigue siendo el máximo favorito en las dos competiciones restantes.
Recuerden que el ruido esconde las noticias relevantes, y la de ayer y de la que nadie habla es que la Liga está virtualmente sentenciada.
Lectura recomendada | Estilos opuestos, réditos similares (Enrique Ballester en Diarios de Fútbol)
Imagen | El País
Etiquetas:
Albiol,
Barça,
Benzema,
Busquets,
Casillas,
Cristiano Ronaldo,
Di María,
Guardiola,
Iniesta,
Liga 10/11,
Mourinho,
Real Madrid,
Xavi
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










