viernes, 15 de abril de 2011
Bailad marionetas, bailad
Andrés Pérez | Como tipo inteligente y en cierto grado retorcido que es, José Mourinho se basta con medio gesto para soliviantar a la prensa. Desde que llegara, el periodismo deportivo español se ha desvivido por él. Le han acogido como un hijo pródigo, como la fuente inagotable de portadas, noticias insulsas y escándalos que no lo son. Hoy Mourinho ha aparecido en una rueda de prensa pero no ha admitido preguntas, sino que ha delegado en Karanka, su segundo, las respuestas. Que fuera Karanka quien respondiera estaba previsto. Que Mourinho apareciera no. Un simple gesto y todos los periodistas, o la gran mayoría, han abandonado la sala.
En Twitter se ha armado cierto escándalo y Karanka ha llegado a ser Trending Topic. No es de extrañar que en cualquier entrevista relativa a Madrid o a Barcelona se termine mentando al portugués, aunque su presencia no se termine de comprender del todo. Mourinho es un maestro y mueve sus hilos con arrogancia; hoy lo ha vuelto a demostrar. Las marionetas bailan a su son, inconscientes de que hace tiempo perdieron la capacidad de llevar la iniciativa. La servidumbre del periodismo deportivo actual hace que el agente activo del proceso informativo sea la propia fuente de noticias. Es algo realmente molesto para la prensa, pero el culpable no es Mourinho sino ella misma, que le otorgó, le otorga y le seguirá otorgando una fuerza desproporcional. Y más aún este mes, con el aluvión de clásicos.
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jueves, 14 de abril de 2011
El Madrid confirma el clásico
Andrés Pérez | Cuatro clásicos en apenas un mes. Ayer el Real Madrid, venciendo en White Hart Lane con sobrada autoridad, certificó las previsiones y habrá una oferta desmesurada de partidos entre Barcelona y Real Madrid. Es un hecho difícilmente repetible. En lo que resta de temporada, los dos equipos se jugarán tres campeonatos. De lo que acontezca en las tres competiciones pueden suceder varias cosas y extraerse numerosas conclusiones. La primera y más evidente es que el Madrid no es el equipo menor que muchos han dibujado durante toda la temporada tras el 5-0 en el Camp Nou. Sigue la estela del mejor Barça de la historia y del, para muchos, mejor equipo de la historia. No es un mérito menor. Y está en condiciones de robarle dos torneos, pese a que la Liga es un premio demasiado ilusorio.
El resto de conclusiones se extraerán en función de los resultados. Si el Barça se impone en todas las competiciones el Madrid habrá creado para entonces un complejo de inferioridad que sólo se borrará con el paso de los años y de los futuros y previsibles títulos madridistas. Entiéndase que el Barça ya ganó todos los torneos en 2009, pero no directamente ante el Madrid en cuatro enfrentamientos directos en un mes. Pese a que las situaciones sean semejantes, al carga emotiva y mediática es mucho mayor. Si el Madrid no es capaz de llevarse ningún título a sus vitrinas el golpe moral puede ser mayúsculo y puede ocultar y ensombrecer la excelente primera temporada de Mourinho en el banquillo.
Suceda lo que suceda es evidente que el Barça es el mejor equipo. Lo es en tanto que se ha impuesto con claridad en el torneo que premia la regularidad, el baremo que mide la verdadera capacidad de un equipo. Esto no oculta, o no debería, que el Madrid ha mejorado sustancialmente respecto al año anterior. Lo demostró anoche ante el Tottenham. Firme en defensa pese a algunas internadas de los delanteros ingleses, controlador en el centro del campo cuando lo necesita y rápido arriba. El Madrid se encuentra habitualmente colapsado si el equipo rival se cierra atrás, pero el paso de los minutos permite entender mejor el funcionamiento del muro que tiene enfrente. Una vez lo ha estudiado y comprendido es ingenioso a la hora de romperlo.
Cuando no, cuando un equipo le juega cara a cara, el Madrid encuentra espacios y Xabi Alonso los aprovecha con sutileza. Arriba esperan Ronaldo, Di María o Benzema al hueco y Adebayor y Ozil al pie. En cualquier situación el Madrid tiende a encontrar recursos y a explotar sus virtudes. Es su principal punto fuerte: la excelente ocupación de espacios y la rentabilidad de sus acciones ofensivas. Ante el Tottenham el Madrid dominó con placer, combinando con suficiencia en la medular y durmiendo el tempo del partido. Al equipo londinense no parecía incomodarle dicha situación puesto que no puso en demasiados apuros al Madrid.
Le sucedió que apenas alcanzó posiciones ofensivas al borde del área. Tan sólo la salida de Kaka' y Benzema espoleó al equipo cerca de las posiciones de Gomes, ya rendido tras cantar estrepitosamente en un disparo de Ronaldo. El Madrid ha pasado a semifinales sin mostrar su previsible mejor nivel y con ciertas carencias en muchos partidos. La competitividad y la firmeza que ha mostrado el equipo y el plus de psicología y capacidad que suele aportar Mourinho deberían contrarrestar en los próximos enfrentamientos sus carencias. Es el único modo que tiene el Madrid de plantar cara con firmeza al Barça. Se presenta un mes apasionante. Disfruten cuanto puedan y traten de mantenerse al margen de las cavernas mediáticas de uno y otro lado.
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miércoles, 13 de abril de 2011
El Chelsea cumple ciclo
Andrés Pérez | Se puede acusar al Manchester United de no practicar un fútbol bello y a Alex Ferguson de no ser especialmente valiente en la mayoría de eliminatorias de Champions League que encara, pero a cambio es innegable que el United creado por el escocés es una máquina difícilmente superable. No necesita de demasiadas estridencias para perforar la red rival y es solvente en defensa incluso cuando Rio Ferdinand, otrora capitán del Manchester y su selección, juega un partido entero lesionado. Esto último no dice demasiado de los atacantes del Chelsea, quienes no intentaron ni una sola vez explotar la carencia del central inglés, demasiado ocupados en solventar sus propios problemas como para aprovechar los del rival. Así las cosas, el Chelsea sumó una nueva decepción europea.
Y parece la última. Al menos de esta generación. Lampard, Terry, Drogba, Essien, Anelka, Ashley Cole, Malouda. La columna vertebral del mejor Chelsea de siempre acumula años a sus espaldas y no encuentra sustitutos de garantías capaces de aportar un mínimo de frescura a la anquilosada estructura blue. El United se rejuvenece progresivamente, sin grandes estridencias; el Arsenal es eternamente joven; el Liverpool siempre encuentra algún que otro outisder con el que competir dignamente; el Chelsea no cambia. Es el mismo de todos los años, solo que más viejo. Y en el fútbol moderno es algo que se paga. Lo comprobó anoche en Old Trafford: incapaz ante la solvente defensa del United, pero nada más. Ni Vidic ni Ferdinand, éste último cojeando desde los primeros compases del encuentro, necesitaron exhibirse para impedir la remontada del Chelsea.
El equipo de Ancelotti comenzó eléctrico, dominador, o al menos lo que en Inglaterra se entiende por dominador, sin que al United la idea le molestara demasiado. En cuanto tenía la oportunidad, Giggs y Carrick buscaban a Park Ji Sung o a Nani para imponer su velocidad en los flancos. Cuando no les encontraban era un esplendoroso Rooney el que bajaba a recibir para crear a su antojo en tres cuartos de campo. Rooney lo es todo en la parcela ofensiva del United cuando juega Chicharito, porque el mexicano no es, digamos, un delantero muy participativo. Se esconde y aparece en el momento más inesperado, presto a empujar balones a un metro de la línea de gol. Así, Chicharito lleva 15 goles en 22 lanzamientos a puerta esta temporada. No se le puede exigir mucho más.
Cuando Chicharito apareció para depositar a escasos centímetros de la portería un medido pase de Giggs desde la banda derecha, el Chelsea se descomponía. Ramires había recibido ya su primera tarjeta y las ocasiones que en minutos anteriores habían puesto en apuros a Van der Sar eran un mero recuerdo. Torres seguía sin aparecer, Lampard estaba lento y tan sólo las internadas violentas de Ramires imponían cierta inquietud entre los espectadores de Old Trafford. A pesar de todo ello, el Chelsea no estaba jugando un mal partido. Lo cual no dice mucho en favor de Ancelotti y su equipo, a decir verdad.
En la segunda parte la tónica del partido fue semejante. El Chelsea inició el periodo algo más dominador, o lo que en Inglaterra se entiende como algo más dominador, y el United se parapetó en torno a su portería, sin exagerar excesivamente el balance defensivo, para buscar a sus hombres rápidos arriba. Como Terry es una sombra de lo que fue y Alex nunca destacó por su velocidad, los delanteros del United se relamieron. Particularmente Nani, quien es un jugador inusualmente pletórico para lo individualista que se muestra. Por aquel entonces Drogba había sustituido a Torres y demostraba por qué la titularidad del español es una anomalía difícilmente explicable: se volvió el motor blue, anotó un golazo y tiró de su equipo en busca de la remontada. Para desgracia del marfileño, un minuto más tarde de su tanto llegaría el de Park Ji Sung. El coreano certificaba que la defensa del Chelsea era una feria y que su ciclo terminaba, posiblemente, ahí.
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Un más que digno Shakhtar para pasar el trámite
Pablo Orleans | Todos sabíamos que la vuelta en Donetsk, salvo catástrofe mayúscula, iba a ser un mero trámite para el Barça de Guardiola. Un partido de entrenamiento a cinco grados centígrados, lejos de casa y ante un equipo de Champions que llegó a una fase con poco futuro para su nivel. El 5-1 de la ida despejaba las incógnitas de los protagonistas de una de las semifinales de la máxima competición europea y en la diligencia de Ucrania sucedía lo esperado, lo lógico. Era la hora de probar jugadores, de dar algunos descansos —no muchos— y de sellar el pase ante el más que seguro gran rival de Madrid.
Pero las declaraciones de Pep tras la goleada en el Camp Nou hace apenas una semana no estaban infundadas en falsa modestia. El equipo debía conservar la competitividad, la seriedad de la Champions y la concentración para rematar la eliminatoria y no pasar apuros. Y es que, frente a los azulgrana —de verde en las gélidas tierras ucranias— estaba un Shakhtar que se plantó en su bello estadio dispuesto a morir matando, a vender cara su eliminación. Con el mismo espíritu del Camp Nou, sin ningún tipo de complejo y jugando con criterio el esférico estrellado de la Champions, los de Lucescu demostraron ser un excelente conjunto de filosofía inquebrantable.
La valentía naranja y el aliento de sus atrevidos aficionados volvieron a despistar constantemente a la zaga culé. Sin Puyol, el Barça sufre. Ni Busquets ni Milito suplen con todas las garantías la baja del capitán. El de Badía, acoplándose a su nueva y circunstancial posición, no termina de cuajar en la dupla con Piqué. Con él, mientras el Barça gana en la salida del balón, pierde en contundencia y velocidad en el repliegue. Con Milito, las carencias son latentes y el argentino no está en un buen momento. Las lesiones se cebaron con él en el mejor momento de su carrera y el central todavía está pagando las consecuencias.
El Shakhtar tomó la iniciativa. Los ucranianos, lejos de arrugarse y buscar el empate ante sus aficionados, se apropiaron del balón y buscaron constantemente el hueco libre en los dominios de un Valdés pletórico y en un estado de forma envidiable. Los locales, perfectos en la elaboración, pecaron de fallones en la finalización. Así, las internadas naranjas se sucedían y el Barça buscaba con titulares y sin éxito la habitual autoridad del esférico. Hasta que apareció Messi y el rumbo del encuentro dio un giro considerable. El 0-1, golpe cruel para los de Lucescu que veían, incrédulos, como el marcador se tornaba en su contra tras mucho trabajo realizado. Todo el esfuerzo, esfumado en un latigazo del mejor.
Y así, prácticamente con el trabajo hecho, se llegó al descanso y el descanso llevó el partido a una segunda mitad de más trámite —si cabe— en la que Guardiola dio descanso a Piqué, Xavi y Villa pensando en el Madrid. Los ucranios, inagotables, lo siguieron pretendiendo sin éxito pero con mucha fe. Y es que, hoy por hoy, y para derrotar a este Barça, hay que tener mucho más que fe para conseguir arrebatarle una victoria o la eliminatoria a unas semifinales de la Champions. El Madrid será el próximo rival. De momento, los culés ya llevan un intenso entrenamiento de ventaja.
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martes, 12 de abril de 2011
El Chelsea, la Champions, el fútbol, la maldición
Andrés Pérez | A John Terry, un londinense de treinta años que se eleva sobre el firme 187 centímetros, aún le deben atormentar los fantasmas de la noche del 21 de mayo de 2008. Terry por aquel entonces era uno de los centrales más temidos en toda Europa. Su planta de inglés cabreado le permitía intimidar a cualquier delantero que le hiciera frente. La colocación, la rapidez al corte y una contundencia inapelable hacían el resto. Es decir, nadie podía imaginar un tipo menos dado al llanto, a la compasión o a la fragilidad emocional que John Terry, capitán del Chelsea, nacido en Londres, 27 años, un tipo realmente duro.
Más tarde se descubriría que, además de todas las virtudes anteriormente descritas, Terry contaba con un turbulento pasado familiar, un padre traficante de drogas y un largo historial de festividades nocturnas y líos de faldas con compañeros de equipo y selección. Pero eso sería mucho más tarde de lo que sucedería aquella noche del 21 de mayo de 2008, cuando John Terry, con el 26 a la espalda, cuidaba meticulosamente cada paso que le acercaba al punto de penalti. Once metros más allá esperaba Edwin Van der Sar, un espigado y veterano portero holandés que en sus últimos años como profesional decidió defender los colores del Manchester United, posiblemente el mejor equipo del mundo aquella temporada. John Terry calculaba cada gesto, cada acción, cada bocanada de aire, cada mirada furtiva dedicada al balón, a la portería o a Van der Sar. Lo hacía porque frente a sí tenía una responsabilidad mayúscula, posiblemente la mayor que hubiera afrontado un jugador del Chelesea jamás.
Contexto. En junio de 2003 Roman Abramovich, un oligarca ruso y una de las personas más adineradas del planeta, había decidido invertir en el Chelsea Football Club, un histórico equipo inglés. Desde su llegada, Abramovich ofreció ilimitado presupuesto al cuerpo tecnico blue para que su equipo lograra títulos por doquier. Consiguió todo lo que se puede conseguir en Inglaterra y desde ese mismo año, 2003, el Chelsea pasó a ser uno de los mejores equipos del planeta alcanzando en sucesivas ocasiones las semifinales de la Copa de Europa. Un dato: los únicos jugadores ingleses capitales en el proyecto de Abramovich eran Lampard y Terry. Otro: tan sólo cinco años más tarde el Chelsea alcanzaría la final, ante el Manchester, en Moscú, Rusia.
Así que allí estaba Terry, cargando el peso de un sinfín de millones de euros invertidos en la consecución de la Champions League. La expectativa y la presión era tal que mientras Terry caminaba hacia Van der Sar las cámaras enfocaron a algunos de los jugadores del Chelsea en el círculo central. Allí se pudo ver cómo Lampard apenas encontraba aire para respirar, a Ashley Cole mirando fijamente el tupido césped de Moscú y a Ballack rezando por no perder otra final. Había llovido, el césped estaba mojado. Cuando John Terry, londinense de 27 años, 187 centímetros de altura, más de 80 kilos de peso, inglés de los pies a la cabeza, capitán del Chelsea, el único jugador de su equipo que no fue contratado con el peso de las libras, cuando John Terry, decíamos, se dispuso a lanzar, la historia decidió ser fiel a sí misma y recrearse en la crueldad.
Terry se resbaló. Su lanzamiento se estrelló en el poste. Los millones no son suficientes, parecía explicar el destino, el fútbol o la maldición. Jamás el Chelsea estuvo tan cerca de acariciar la Copa de Europa. Finalmente y como no podía ser de otro modo, el Manchester, un club de mayor bagaje histórico, se terminó llevando aquel campeonato cuando Anelka, delantero francés del Chelsea, falló su lanzamiento. Atrás quedaba Terry, su resbalón, su corpulencia estrellándose contra el firme, el retumbar interior de miles de aficionados. Atrás quedaba el Chelsea y atrás se ha mantenido desde entonces.
La crueldad del fútbol aún deparaba un vericueto igual de doloroso para el Chelsea y para John Terry. Al año siguiente, en las semifinales del mismo torneo, el Barcelona se clasificó más allá del último minuto de la eliminatoria para la final, en casa del propio Chelsea, tras haberse adelantado en el marcador al principio de la eliminatoria, tras observar impotente cómo sus jugadores caían en el área rival una y otra vez sin obtener premio alguno.
Esta noche, tres años después de lo que sucedió en Moscú, el Chelsea mantiene el mismo bloque y la misma estructura de aquel entonces. Apenas tres jugadores despuntan entre las mismas caras, los mismos gestos, las mismas piernas: Torres, Ramires y David Luiz. Éste último no podrá jugar esta noche precisamente ante le Manchester United. Al Chelsea, a Terry, se el acumulan los años y las posibilidades de vencer en Europa se evaporan. Los fantasmas no se han esfumado. El Chelsea perdió por un gol en el partido de ida contando con ocasiones muy claras para darle la vuelta al encuentro y comprobando, impertérrito, una vez más, cómo sus jugadores siguen cayendo en el área rival sin que nada suceda con posterioridad. El peso del fútbol, el peso de los años. El peso de la maldición que empuja al Chelsea al olvido de la historia, sin cronistas que narren sus victorias y con testigos de su tiempo que expliquen sus miserias.
Lectura recomendada | Cuando el fútbol castiga a quien menos lo merece (Manchester United 1 - 1 Chelsea) (Más que Fútbol) | Justicia poética (Chelsea 1 - 1 Barcelona) (Más que Fútbol) | Maquinaria pesada en movimiento (Diarios de Fútbol)
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Historias de La Romareda
Andrés Pérez | El fútbol es un deporte extraño y, como tal, cuenta con aficionados que se comportan de forma extraña. Ayer, durante la disputa del Real Zaragoza - Getafe, los aficionados locales decidieron acordarse del presidente rival las dos veces en las que su equipo anotó. Primero se levantaron como un resorte para celebrar brevemente la gesta y acto seguido, en un ejercicio plenamente español, dedicaron cánticos a la madre de Ángel Torres, máximo dirigente del Getafe. Torres había dicho la semana anterior, en los prolegómenos del importante partido que enfrentaría a ambos equipos, que tenía la firme intención de denunciar al Zaragoza por impago. En concreto, por no abonar el dinero que debe por la compra de Uche, su actual delantero titular. En tal tesitura, la victoria era casi tan importante como descargar las iras contra el presidente rival.
En cualquier otro deporte o en cualquier otro lugar las declaraciones del presidente se hubieran interpretado como lo que son. El derecho legítimo de un club a reclamar el dinero que le deben, pero España y el fútbol son realidades diferentes. Lo son porque la historia no termina aquí. Ya en el segundo gol, el que el extremo Bertolo anotó para pasmo de Ustari, un irregular portero argentino, la afición de La Romareda, consciente de lo injusto que estaba siendo al acordarse de la madre de Ángel Torres en cada gol de su equipo, decidió que también la progenitora de Agapito Iglesias, el presidente de la entidad zaragocista, merecía la misma suerte que la de su homólogo madrileño. Y así, en feliz instantánea, La Romareda cantaba al unísono bellas palabras dedicadas a la memoria de las señoras Torres e Iglesias, mientras el Zaragoza se aferraba a la Primera División a costa de un decadente Getafe.
Los futbolistas siempre acuden raudos a cumplir el papel que les corresponde en la coreografía coral que es cada partido de fútbol. Casquero, capitán del Getafe, se había quejado amargamente durante toda la primera parte por la permisividad del árbitro de cara a las entradas de los jugadores del Zaragoza sobre los del Getafe. Hasta en cuatro ocasiones se vio visiblemente contrariado al mediocentro ante entradas que a su juicio merecían una clara tarjeta amarilla. El árbitro se mostró impasible, aunque Casquero tuviera cierta razón. Nada más comenzar la segunda parte y lejos de mostrarse coherente con sus propias creencias, Casquero vio en primer plano como Boateng arrastraba su pierna para derribar por detrás a Ander Herrera, el prometedor mediapunta del Zaragoza que en verano se marchará al Athletic por las deudas del club maño. Lejos de mantenerse callado, Casquero protestó al árbitro que señalara la infracción.
En el fútbol la vida es contradicción, y como tal la noticia al final del partido no era que el Zaragoza se hubiera plantado a tres puntos del descenso y hubiera hundido al Getafe en la pelea por la salvación, sino que en tres ocasiones se interrumpió el juego porque desde la grada y desde el banquillo local se lanzaron balones para perder tiempo. El ruido deja en un segundo plano las noticias. El Zaragoza jugó un excelente partido en la primera parte demostrando que, de los actualmente involucrados en la lucha por la permanencia, es con toda probabilidad el equipo mejor dotado o que mejor sabe utilizar sus armas para salvarse. Junto al Sporting, ya lejos de la zona de tensión —relativamente—, y al Levante, estelar, se está mostrando con una firmeza impensable en la primera vuelta. El conjunto de Aguirre sabe explotar sus virtudes y, lo más importante, conoce como nadie el resbaladizo terreno en el que se juega la vida.
Getafe y Real Sociedad son ahora las presas fáciles. Su endeblez en la segunda vuelta les ha devuelto al pozo de la lucha por la permanencia, a pesar de sendas primeras vueltas decentes. Los demás siguen ahí. Málaga, Almería, Osasuna, Deportivo, Hércules, Racing. Las mismas caras de toda la temporada. Tanto a Getafe como a Real Sociedad la broma se les puede ir de las manos. A pesar de que aún mantienen cierto colchón de cinco puntos con los puestos de descenso, su tendencia es decadente. De un modo brutalmente agresivo, para más inri. En todo este barullo de cada jornada —en la última el único equipo que arañó tres puntos fue el Sporting, los demás o bien empataron o bien perdieron, para beneplácito del Zaragoza, claro— el conjunto de Aguirre mantiene cierto tono ascendente, especialmente en casa, que le permite posicionarse como un serio candidato a la salvación. Todo un milagro para un equipo que estaba desahuciado en noviembre. Pero es fútbol. No entiende de imposibles.
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