lunes, 14 de febrero de 2011

Se retira el gordito de la sonrisa


Juandi Mora | Vuelvo a mi sección en esta casa tras un periodo de ausencia por caso grave de vagancia con síntomas de falta de tiempo y estrés post-becario. Me encuentro todo bien, limpio, con ese lema de calidad sobre cantidad en MQF. Y de eso venía a hablar yo hoy. De calidad. Vengo a hablar del gordito de la sonrisa, del gordito de los goles. Hoy Ronaldo Nazario De Lima ha anunciado su retirada. Hoy el gol ha llorado.

Se acabó. Esta vez es la definitiva. Lo que no pudieron la rodilla o las críticas lo ha podido el tiempo. Lo que no pudieron las horas de gimnasio o las fiestas, o las comilonas. Tenía que llegar el momento para que el mejor delantero de la última década, de los últimos quince años, colgara las botas.

Personalmente tengo una historia o intrahistoria, mejor dicho, con Ronaldo. Yo estaba frente a la televisión cuando metió el gol ante el Compostela y lo comenté con los compañeros en clase. Lógicamente un chaval de 12 años no había visto algo similar en su vida. Andaba por las calles de Zaragoza escuchando la radio cuando se lesionó de rodilla y también la segunda vez. Les podría decir cuál era el paso de cebra que cruzaba en ese momento. Vi como le mojaba la oreja a Kahn en la final del mundial. Yo estaba metiendo la cabeza para ver la televisión de la cocina de un restaurante mientras que le gritaban aquello de ¡Viva los novios¡ a una prima. Estaba sentado en una sucia butaca de La Romareda cuando Ronaldo debutaba con el Real Madrid y le metía dos goles al Alavés nada más salir. Y hoy para terminar el ciclo escribo sobre su retirada.


Jugador que no deja a nadie indiferente. Que sin lesiones, para mí, hubiera estado en ese olimpo de los cinco grandes. Era el terror de las defensas, de los entrenadores y de los aficionados rivales. Sus escarceos nocturnos eran medicados con goles, como ya hiciera Romario. Pero su potencia, su disparo con las dos piernas y su efectividad cara al gol eran envidiados por todos. Por absolutamente todos.

En su época europea creó un binomio. Ronaldo en carrera ante el portero era gol seguro. En el uno contra uno era perfecto. Daba igual que saliese el portero o se quedase bajo los palos, que se tirase a la izquierda o a la derecha, que rezara o que Ronaldo tuviese un mal día. El balón terminaba dentro de la portería. Y entonces el gordito sonreía. Alzaba los brazos y sonreía.

Podía mantenerse sin tocar el balón durante 80 minutos. Incluso quedarse quieto entre lineas sin tirar un desmarque. Como si de una iluminación se tratase, cuando le llegaba el balón a los pies cerca de la meta rival algo ocurría. Una especie de magia. No de la de hadas y duendes. Algo terrorífico, imparable, que hacía que nadie fuese capaz de evitar lo que todo el mundo sabía que ocurriría. El gol.

La locomotora empezaba a echar humo, los cañones se preparaban y la luz roja se disparaba en la defensa. Rivales y porteros desaparecían. Sólo quedaban Ronaldo y la portería. El estadio se oscurecía. El público enmudecía. Tan sólo brillaba el balón. Cuando el esférico entraba en la meta todo volvía a la luz, la luz de una sonrisa que ya no veremos en los campos de fútbol.

Lectura recomendada | Adiós al fenómeno (El País)
Imagen | Notas de Fútbol

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