miércoles, 27 de abril de 2011

El Manchester United se da un homenaje


Andrés Pérez | Se acaban los elogios para el Manchester United de Alex Ferguson. Anoche, mostrando una contundencia y una determianción al alcance tan sólo de los mejores equipos de siempre, el United borró de un plumazo las escasas posibilidades que ya de antemano con las que el Schalke 04 contaba de cara a disputar la final de Wembley. Con dos goles inapelables, consecutivos, paradigmáticos de la forma simplista y reduccionista de entender el fútbol de este equipo, el United puso el broche de oro a un partido dominado de principio a fin que no finalizó en goleada escandalosa gracias a la prodigiosa actuación de Neuer. A expensas del milagro que pueda obrar el conjunto alemán en Old Trafford, el Manchester United aspira a jugar su tercera final en cuatro años dando fe de su intimidatoria competitividad y de la capacidad de reinventarse que hace gala cuando año tras año ha ido perdiendo unidades de importancia mayúscula. No cabe sino aplaudir a este equipo.

Lejos del exceso ornamental y del pragmatismo físico y táctico del que llevan haciendo gala Barcelona y Real Madrid durante toda la temporada, el United ejecuta un fútbol de acciones economizadas y matices ajustados. No se prodiga demasiado en la creación, aprovecha la ventaja física y táctica que constantemente crean sus carrileros en las bandas, es inteligente en la gestión de sus recursos y demoledor en la ejecución de sus opciones ofensivas. Sin demasiados alardes, reduciendo al mínimo el riesgo y exprimiendo al máximo la rentabilidad de cada pase o desmarque, el United puso al Schalke frente a un pelotón de fusilamiento y tan sólo la providencia o Neuer evitaron un resultado histórico. Cuando la primera parte hubo terminado la cuestión era cuánto tardaría el Manchester en certificar de una vez que su superioridad era apabullante respecto al cuadro alemán.

Fue en la segunda parte, primero Giggs a pase de Rooney y más tarde Rooney a pase de Chicharito Hernández, jugador de rendimiento inesperado a pesar de sus excelentes perspectivas a varios años vista. Los dos coletazos definitivos del United pusieron de manifiesto no ya la incapacidad defensiva de un Schalke desnortado y retratado ante toda su afición sino la ejecución fría y precisa del rodillo creado por Ferguson y dignificado por Giggs o Scholes, anoche, el primero, imprescindible una vez más dentro de un equipo que ha sabido incorporar sabia nueva y mantener el ritmo competitivo a pesar de ello. Prueba de ello es que en esta su más que predecible tercera final no estarán ni Tévez ni Cristiano Ronaldo, dos baluartes básicos del último título conquistado por el United.


De poco le sirvió al Schalke 04 la ilusión despertada por la estrella de Raúl, las cuatro triangulaciones bien ejecutadas antes del aluvión de oportunidades creado por el United o las manos de Neuer. Cuando su rival lo dispuso, murió ahogado. Carrick jugó a su antojo durante todo el partido, Evra y Fabio encontraron carriles vacíos en sus respectivas bandas, Rooney confirmó que se encuentra excesivamente a gusto por detrás del delantero, Valencia ejecutó un constante ejercicio de alarde de sus virtudes físicas y técnicas, Chicharito volvió locos a los pesados Metzelder y Matip y Giggs se elevó por encima de todos los demás para marcar la diferencia con al diligencia y pasmosa naturalidad con la que lo lleva haciendo toda la vida. No fue más el Schalke porque no se lo permitió el United, arrebatador el día de ayer.

La victoria es la consecuencia lógica del dominio clarividente del cuadro inglés. Recuperada su pareja natural de centrales, el equipo toma la forma que mejor desea Ferguson incorporando a Chicharito arriba, que merece mención aparte. A pesar de su juventud y de sus expectativas futuras y no actuales, se mueve con la inteligencia de un delantero con años de bagaje tras de sí, oculta sus ciertas limitaciones técnicas sin prodigarse en la conducción, soltando el balón rápido, y tiene un don natural, el mismo del que hicieron gala jugadores como Solsjkaer o Gerd Múller, para encontrar antes que nadie el hueco al que acudirá la pelota desde un centro lateral. Es una máquina de crear peligro por su agilidad y de puntualizar goles, dado que ni siquiera los fabrica. Es una maravilla. Como este United, triunfador otra vez. Llegará, a buen seguro, ensombrecido por uno de los dos grandes dinosaurios españoles, pero errará quien ose minusvalorar su ya legendaria capacidad competitiva.

Imagen | El País | RTVE.es

martes, 26 de abril de 2011

Clubes en manos ajenas


Andrés Pérez | El fútbol español vive momentos de turbulencia generalizada. Hace no demasiados días comentábamos aquí que el Zaragoza estaba cerca de caer en manos de un fondo de inversión soberano de Dubái, Emiratos Árabes Unidos, siguiendo la estela del Málaga, ya adquirido por jeques árabes, o el Racing de Santander, en manos de un extravagante indio que compró el equipo creyendo que Santander tenía algo que ver con el Banco Santander, patrocinador de la Fórmula 1 y, a la sazón, deporte que tanto admiraba. Finalmente la operación del club zaragocista no se fraguó —no se ha sabido gran cosa de aquello, más allá de los rumores de compra de Luis Oliver y Mario Conde— y quien sí ha sido adquirido por un grupo inversor de Dubái ha sido el Getafe.

Ayer Ángel Torres, presidente del Getafe, en compañía de Pedro Castro —alcalde de la localidad madrileña que en sus intervenciones aprovechó para hacer campaña electoral, dado que las elecciones están a la vuelta de la esquina y no hay oportunidad que no se deba aprovechar—, dio una rueda de prensa explicando los motivos de la venta. Torres alegó, como no cabía esperar de otro modo, razones puramente económicas:

No queríamos llevar al club a un callejón sin salida. Teníamos un presupuesto de unos 40 ó 45 millones, generábamos 26 ó 27 de beneficio y el resto lo teníamos que compensar vendiendo jugadores. Necesitábamos dinero para sostener el proyecto. Vamos a ver cómo sale (...) la idea es subir el presupuesto a unos 60 ó 65 millones de euros, que es la frontera para poder competir por estar en Europa todos los años. La diferencia deportiva la marca el no tener que vender a tus mejores jugadores y poder comprar dos o tres que den el salto de calidad a la plantilla. Soy un ganador.

Cuando Ángel Torres se refiere a que es un «ganador» se enorgullece, ufano, de que mantendrá su puesto de presidente de la entidad durante los tres próximos años. Al parecer era una cláusula indisoluble de la venta del Getafe y, en teoría, pretende transmitir cierta tranquilidad a los aficionados ante posibles futuros desmanes de los jeques árabes, de quienes se presuponen escasos conocimientos futbolísticos a cambio de una excelente perspectiva empresarial.

La operación busca proyectar económicamente al Getafe. Actualmente, en palabras de Torres, la entidad madrileña está saneada y no cuenta con una deuda exorbitante como otros equipos de Primera en serios aprietos financieros. El Getafe durante las últimas temporadas ha gozado de un presupuesto en torno a los 50 millones de euros y, como el club comenzaba a entrar en el farragoso pantano de las deudas, se ha tomado la decisión de venderlo al fondo de inversión Royal Emirates de Dubái, cuya inyección de liquidez —90 millones de euros durante los próximos tres años según el presidente— permitirá elevar el presupuesto en unos 15 ó 20 millones de euros anuales para luchar por plazas europeas.

La operación que dejará al Getafe en propiedad dubaití pone de manifiesto que el futuro de los clubes españoles está en manos ajenas. Tan sólo la alta inversión de capital extranjero en las múltiples entidades al borde de la quiebra permitirán la supervivencia de facto de un montón de clubes de Primera y, en esencia, de la competición tal y como la conocemos actualmente, además de otras reformas de mayor necesidad. En la Premier hay varios ejemplos que dan fe de ello y pocos son los clubes que a día de hoy se mantienen en manos de propietarios tradicionales y no de multimillonarios buscando o bien invertir dinero, o bien blanquearlo o bien pura y simple diversión. Las ventajas económicas son evidentes. ¿Riesgos?


Algunos. La mayoría de recelos despertados a raíz de la operación del Getafe surgen en torno a la posibilidad de que el club, actualmente llamado Getafe Club de Fútbol, pasara a llamarse Getafe Dubai Team. Ángel Torres no descartó la posibilidad en la rueda de prensa de ayer aunque tampoco la confirmó. Al parecer, según el reglamento de la Liga y de la UEFA, el patrocinio añadido al nombre de los equipos —algo común en balonmano o baloncesto— está prohibido, aunque tirando de memoria se me ocurre el caso de Red Bull Salzburgo, que no sólo vio modificado su nombre anterior —SV Casino Salzburg— sino también su equipación.

El caso del Getafe es particular. Se trata de un club muy joven que apenas cuenta con una masa social amplia y plenamente identificada con los colores del club. No obstante, su posible ejemplo —el cambio de nombre— podría sentar un peligroso precedente en clubes de mayor arraigo social y en mayores problemas. En lo tocante a que un club varíe su nombre por criterios económicos aún no he desarrollado una opinión clara: por un lado es un ultraje evidente a la tradición del club y, por otro, supone un aumento de capacidad económica a cambio de un simple cambio formal puesto que, en el fondo y para todo aficionado, su club seguiría llamándose de igual modo.

Por ejemplo, los aficionados del Sala 10 Zaragoza vieron como su equipo también fue llamado Foticos o DKV Zaragoza, así como la mayoría de equipos de la ACB —entre ellos el Barça Regal, el DKV Joventut o el CAI Zaragoza—. No hay constancia de que en ningún caso los seguidores de estos equipos se hayan desligado de los mismos. Es más: cuesta creer que los hinchas del CAI Zaragoza, una de las aficiones más abnegadas de la ACB, dejen de seguir a su equipo en caso de que pase a llamarse Ibercaja Zaragoza. En el fondo subyace una identidad, que es la del equipo de baloncesto de Zaragoza. Y es algo imborrable a pesar del patrocinador.

No obstante los recelos son lógicos puesto que el fútbol es un deporte eminentemente más religioso y espiritual que el resto y en él los sentimientos de la grada son casi tan importantes como las decisiones empresariales o de pura viabilidad económica. Un seguidor del Athletic de Bilbao difícilmente aceptaría ver un patrocinador junto al nombre de su amado equipo si apenas es capaz de digerir que la publicidad ensucie el pecho de su camiseta. Como decía más arriba, el caso del Getafe es particular por su escaso arraigo social, pero podría sentar un peligroso e inquietante antecedente. En cualquier caso, la lectura del caso Getafe es clara: aunque sea triste recordarlo, el dinero sigue manejando los hilos de este deporte y, con él, su propia identidad.

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El enrarecido ambiente de La Romareda


Andrés Pérez | En un punto indeterminado del fondo norte, ya cuando el pitido que señalaba el final del partido entre Real Zaragoza y Almería reverberaba felizmente en el estadio, se escuchó uno de esos comentarios profundos, concisos y breves, inevitablemente ligados a reputados analistas futbolísticos por su complejidad en el fondo y sencillez en la forma, capaces de despertar la admiración de cualquier auditorio mínimamente docto en la materia. Las brillantes palabras fueron las siguientes: «estaban cagados». Innegable análisis. Condensaba toda una corriente de pensamiento desde el Colectivo 1932 hasta el Ligallo Fondo Norte y, en términos genéricos, la filosofía existencialista del aficionado medio del Real Zaragoza. En aquel momento, las dos palabras resumían cómo el Zaragoza se había hundido, paradójicamente, tras anotar un gol y cómo a pesar de quince minutos finales de puro nervio se había llevado los tres puntos.

No era un día común en La Romareda. Cinco minutos después de que el balón comenzara a rodar aún había interminables colas en los portones de acceso al estadio. Las taquillas, veinte minutos después de que el árbitro diera inicio al partido, lucían espléndidamente con varias hileras de personas esperando obtener una entrada. Ya en el interior, el estadio lucía lleno en su práctica totalidad a excepción del espacio destinado a la afición del equipo visitante, a la que, para sorpresa del respetable, no le pareció oportuno viajar 900 kilómetros para apoyar al colista de la Primera División. No sólo la elevada afluencia de aficionados enrarecía el ambiente: es que éstos se sentían optimistas, alababan el tesón de los jugadores e incluso comprendían por momentos fallos humanos. Algo hasta aquel entonces impensable en un lugar como La Romareda.

Por ejemplo, uno de los dos hieráticos señores de alta edad con los que comparto asiento en Grada Norte había recuperado las funciones vitales y las pulsaciones en el corazón. Tras dos años de impertérrita mirada hacia el césped comenzaba a emitir chillidos de ansiedad, comentarios sobre lo espigado que es Jiri Jarosik o alguna que otra crítica velada a los desmanes defensivos de Carlos Diogo. El ambiente exclusivo de anoche no se dejaba apreciar únicamente en los aficionados, que cumplieron religiosamente el ciclo descendente de cada partido en La Romareda pasando de la euforia positiva de los primeros minutos al cabreo generalizado con el Universo y los elementos de los segundos finales de la primera parte, sino también en los jugadores, obnubilados ante la perspectiva de ser ellos quienes se encontraran en mejor situación que su rival.


Esta situación tan poco común provocó cierto desatino mental en el combinado de Aguirre, que jugó con menor autoridad que en partidos anteriores y que volvió a marrar oportunidades tan evidentes como la de Sinama Pongolle, a escasos metros de la portería, o como la de Braulio, obstinado en controlar un balón que merecía disparo al primer toque —a pesar de su fuera de juego—. Lanzó cuatro veces a los palos el Zaragoza y, en la cuarta, como si un leve soplo del destino lo hubiera determinado, el balón salió repelido hacia la espalda de Diego Alves, en lamentable estampa para un portero, para introducirse en su portería. El guión se cumplía con nota. Pero el gol supuso un sedante para el equipo.

De ahí al final, afición y jugadores se confabularon para paralizarse mutuamente y observar los latigazos finales de un equipo en estado de muerte intuida. El Almería, en sus últimas palabras como virtual equipo de Primera División —cuando restan 15 puntos por jugarse está a 10 de la salvación—, estuvo a breves milímetros de hacer estallar la desesperación acumulada por la tensión en improperio generalizado hacia todo lo que existe, forma habitual de La Romareda de pagar su frustración. Le sucedió al Zaragoza lo que le sucedía en la primera vuelta: cada gol desbarataba cualquier planteamiento. Solo que esta vez fue el propio. Al final el equipo ganó y la gente se fue feliz con un equipo que se está partiendo la cara por mantenerse en Primera. Hay cosas que, en todo caso, no cambian en La Romareda. Al fin y al cabo el jugador más ovacionado de la noche volvió a ser N'Daw, un simpático negro de metro noventa que falló una oportunidad evidente hasta lo obsceno en el último minuto y al que la grada, en novedoso acto, fue capaz de perdonar.

Imagen | COPE | El País

lunes, 25 de abril de 2011

Torres o el peso de la psicología


Andrés Pérez | A Fernando Torres le debía consumir internamente la posibilidad, algo remota pero nunca imposible, de emular un fracaso semejante al de Andriy Shevchenko en Stamford Bridge. Shevchenko, uno de los más terribles goleadores de la pasada década, llegó con 30 años al Chelsea tras varias temporadas de fulgurante rendimiento y amplitud de títulos en el Milan invitado por Roman Abramovich, magnate ruso poseedor del club londinense que, de tanto en cuanto, se enamora de algún delantero, lo compra, y espera impasible que el interminable árbol de los millones ofrezca exitosos frutos en forma de goles y títulos. Por aquel entonces el delantero ucraniano aún mantenía una estela de prestigio e intimidación difícilmente comparable en cualquier otro ariete contemporáneo. Para cuando Shevchenko, dos años después, abandonó Londres para buscar un nuevo sitio en Milán, su aura se había apagado. Shevchenko se enfrentaba al ocaso de su carrera.

Las causas del escaso rendimiento del ucraniano en Londres son aún difusas. De la noche a la mañana el delantero había perdido la potencia, la chispa, la intuición y, en términos generales, el talento del que hacía gala años atrás. La edad es uno de los factores que hoy, en retrospectiva, permite entender el colapso de Shevchenko, aunque de un modo relativo dado que superada la treintena no son pocos los delanteros capaces de reinventarse y continuar cumpliendo su oficio con dignididad —Van Nistelrooy, Larsson, Raúl, Eto'o va camino de ello, etcétera—. Así pues una combinación fatal entre su propio desgaste físico y el aumento de al exigencia corporal inherente a la competición británica podrían ser dos factores que sumados dieran respuesta al deceso futbolístico de Shevchenko. No obstante y a pesar de que es evidente que la hora de Shevchenko había llegado, una tercera teoría aflora con entusiasmo para explicar, a su vez, el mal que aqueja a Torres en Stamford Bridge.

Hablamos de un peso místico y difícilmente reversible marcado por la fuerte inversión realizada por el jugador y por las enormes expectativas levantadas en torno a su futuro rendimiento. Si vale tanto dinero, tiene que ser un excelente goleador por una cuestión puramente matemática, piensan ebrios de entusiasmo la mayoría de aficionados cuando leen que su equipo ha gastado una cantidad casi indecente de dinero por un futbolista. Shevchenko, como Torres hoy, se enfrentó a un callejón sin salida en el que el éxito era la única respuesta posible a las preguntas planteadas por el peso del dinero que costó. Cualquier otra opción que no le encontrara a él como el referente ineludible de su equipo hubiera significado desperdiciar los billetes. Cualquier otra posibilidad que no le situara como el delantero demoledor que siempre fue supondría de inmediato el divorcio sentimental entre grada y futbolista. Hablamos, en suma, de una losa psicológica en la que pequeñas veleidades determinan el éxito o el fracaso.


Fernando Torres, delantero que hizo feliz a una nación anotando un memorable gol ante Alemania, se enfrenta ahora al mismo dilema que asoló a Shevcehnko durante dos temporadas. La sombra de la sospecha de un fracaso épico y de proporciones hercúleas ha atormentado al ariete madrileño durante catorce partidos, los mismos que ha estado luciendo los colores del Chelsea sin anotar un gol, precisamente aquello para lo que se le contrató. Entre tanto, su equipo ha sido eliminado de la Copa de Europa, su ex-equipo ha vencido a su nuevo equipo y, en términos genéricos, su sequía goleadora ha sido motivo de burlas y mofas a la altura del coste de su traspaso, el más alto de la historia de la Premier League.

Torres anotó la pasada jornada de la Premier su primer gol vistiendo la camiseta del conjunto londinense para felicidad propia e, imaginamos, de Roman Abramovich, señalado desde varios sectores afines al club inglés como el principal —e incluso único— valedor del español. Torres saltó al campo ante el West Ham desde el banquillo, aprovechó un espacio en el centro de la defensa del rival vecino del Chelsea y tras varios despropósitos balompédicos fruto del penoso estado del césped de Stamford Bridge lanzó el balón a la derecha de Green para certificar la victoria de su equipo. Su celebración se acompañó de una gran piña en torno a él de sus compañeros. Por momentos, Torres había recuperado la sonrisa.

Poco dado a excesos emocionales en público, Torres se enfrenta ahora al dilema de recuperar la senda perdida o hacer de su gol un mero espejismo. Su edad y su trayectoria reciente y rendimiento en el campeonato doméstico inglés le abre un abanico de rendimiento muy superior al de Shevchenko en su día. Siempre discutido por sus habilidades escasamente técnicas en contraposición con el resto de compañeros de Selección, Torres ha sido lastrado por las lesiones y por el enigmático y doloroso peso de la presión mediática a raíz de unos cuantos billetes. Seguramente consciente de ello, el gol del pasado fin de semana ha debido liberar a Torres —así se le leyó en los labios cuando al finalizar el partido se abrazó con Frank Lampard—. Ahora su lucha es pura psicología: solo espantará los demonios rindiendo al nivel que se le presupone y sólo alcanzará dicho nivel espantando a sus demonios en un círculo fatal del que Shevchenko nunca supo escapar. Sucumbir o imponerse, he ahí la llave de su triunfo.

Vídeo | El Gol de Pelé
Imagen | Palco Deportivo

viernes, 22 de abril de 2011

Historia del Fútbol: Los dedos de Duckadam


Andrés Pérez | Contaba Bernd Schuster cómo el taxista que le llevaba la noche del 7 de mayo de 1986 desde el Estadio Sánchez Pijuán hasta el hotel en el que estaba alojado su equipo, el Barcelona, no daba crédito a lo que veían sus ojos por el retrovisor. «¿Pero usted no estaba jugando el partido?», le preguntó el conductor, mientras bajaba el volumen de la narración de la final de la Copa de Europa entre el propio Barcelona y el Steatua de Bucarest, en Sevilla. Schuster había abandonado el estadio profundamente cabreado con su entrenador, Terry Venables, pocos minutos antes. Venables había decidido en el minuto 85 que el esplendoroso mediocentro alemán de los ochenta debía abandonar el terreno de juego. En aquel momento el partido se mantenía empatado a cero y el entrenador inglés consideró oportuno retirar del campo al lanzador de los penaltis y, con toda probablidad, mejor jugador de su equipo a falta de cinco minutos para el tiempo de prolongación. Schuster, que nunca entendió de delicadezas ni correcciones políticas, realizó un gesto airado a su entrenador y sin inmutarse abandonó el Sánchez Pijuán.

Así que allí estaba Schuster, dirigiéndose en taxi hacia un hotel céntrico de la ciudad hispalense donde vería el final del partido. El rubio centrocampista llegó a tiempo para la tanda de penaltis, en las que el Barcelona se enfrentaría a sus demonios buscando la ansiada primera Copa de Europa que durante tantos años se había resistido. Era la segunda vez que el club culé alcanzaba la final del torneo, habiendo perdido la primera en 1961, ante el Benfica, precisamente el mismo año en que el Real Madrid dejó de ganar Copas de Europa y se plantó en las cinco consecutivas. Aquel Benfica estaba comandado por Eusebio y también ganaría el torneo al año siguiente. Más aún: alcanzaría la final tres veces más, perdiendo todas ellas, durante la década de los sesenta. En suma, el Benfica era un rival ante el cual el peso de la historia dignificaría la derrota.


No parecía que la situación ante el Steatua de Bucarest, aquella noche primaveral de Sevilla, fuera comparable. A pesar de que el conjunto rumano alcanzaría las semifinales un par de veces más e incluso llegaría a perder estrepitosamente una final en 1988 ante el gran Milan, nadie en 1986 apostaba porque aquel conjunto plagado de jugadores semi-desconocidos pudiera postularse como una leyenda en Europa. La presión era doble para el Barcelona: no era lo mismo perder una Copa de Europa ante un equipo para los anales de la Historia que ante un grupo de rumanos criados bajo la gris capa del comunismo soviético, más allá del telón de acero.

Más tarde el Barcelona se alzaría con su primera Copa de Europa en 1992 ante la Sampdoria pero de aquello ya habrá tiempo de hablar. En aquel momento la situación era delicadísima para el conjunto catalán, que había visto como el tiempo transcurría hasta finalizar y deparar en la siempre tortuosa y legendaria tanda de penaltis. No cuesta imaginar a Schuster impávido ante los acontecimientos, maldiciendo a los dioses, al mundo y a Venables por haberle retirado del campo cuando aquella final estaba destinada para él y nadie más, borracho de egolatría al borde de la cama, pegado al televisor. En él, en el televisor, el alemán podría observar suspicazmente a un tal Duckadam, Helmuth Duckadam, portero de Semlac, Rumanía, arquero del Steatua de Bucarest, espigado y con bigote, de verde, defendiendo la portería del conjunto rumano. Al portero que Schuster creía que debía fusilar en una tanda de penaltis, en una final, que él consideraría, a buen seguro, robada por el ínclito Venables.


Lejos de la cabeza de Schuster, el técnico inglés del Barcelona había decidido que serían Alexanco, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos Alonso los cuatro primeros lanzadores. No era la primera vez que el Barça se enfrentaba a los penaltis en aquella Copa de Europa. Ya en semifinales ante el Göteborg sueco tuvo que dejar al azar, puesto que una tanda de penaltis no es otra cosa que un juego de azar, la posibilidad de jugar una nueva final tantos años después. Por aquel entonces, en los ochenta, la Copa de Europa era un torneo completamente distinto al que conocemos en la actualidad. Antes de que el dinero creara diferencias insalvables en el continente, los outsiders tenían la posibilidad de acaparar rondas eliminatorias para pasmo de la Historia y los aires de grandeza de los tradicionales clubes campeones. No en vano, en aquella edición, el siguiente listado de sorprendentes equipos alcanzó los octavos de final: Austria Viena, Austria; Anderlecht, Bélgica; AC Omonia, Chipre; Hónved FC, Hungría; Zenit Leningrado, Unión Soviética; Kuusysi, Finlandia; Servette FC, Suiza; Aberdeen FC, Escocia; Fenerbahcçe, Turquía; y Hellas Verona, Italia. Eran otros tiempos.

En fin, Helmuth Duckadam, decíamos, portero del Steatua de Bucarest, melena rizada y bigote arisco, proveniente de la Rumanía de Ceauşescu. Lo que Schuster pudo ver desde su televisor y lo que sucedió aquella noche en el Estadio Sánchez Pijuán es uno de esos momentos anómalos que hacen del fútbol un deporte fuera de toda regla, uno de esos hechos que tan sólo deben ser posibles gracias a la alineación de los planetas o a algún truco de magia negra. No en vano, lanzó Alexanco y paró Duckadam. Lanzó Pedraza y paró Duckadam. Lanzó Pichi Alonso y paró Duckadam. Lanzó Marcos Alonso, paró Duckadam y, como Balint, centrocapista del Steaua, había batido anteriormente a Urruticoechea, portero del Barcelona, el Steaua se proclamó contra todo pronóstico campeón de Europa. Duckadam había parado todos y cada uno de los penaltis que le habían lanzado. Ver para creer.


El Barcelona se había quedado una vez más a las puertas y aquí ya cuesta imaginar a Schuster. Tan pronto pudo celebrarlo emborrachándose hasta el amanecer en las calles de Sevilla como pudo aumentar su cabreo emborrachándose hasta el amanecer en las calles de Sevilla. Lo más probable es que se fuera a dormir, convencido de una vez por todas que de algún modo Duckadam le había salvado de un ridículo histórico. Sea como fuere, Schuster ficharía más tarde por el Real Madrid, en señal de despecho. El Madrid de Ramón Mendoza. Mendoza juega un papel crucial en lo que a Duckadam le sucedería más tarde, una vez había hecho a su equipo campeón de Europa de un modo inverosímil e irrepetible en la historia. Mendoza fue con toda seguridad una de las personas que más celebró la derrota del Barcelona, como era de esperar. Y a partir de aquí rumor, leyenda y realidad se mezclan para dar luz a un relato oscuro, sangriento, doloroso y nunca corroborado por sus protagonistas.

Cuenta la historia que tras parar todos los penaltis al Barcelona, Helmuth Duckadam recibió como presente un Mercedes. El remitente provenía de Madrid y estaba a nombre de Ramón Mendoza, que le agradecía de tan vistoso modo su gesta. Duckadam recibió el regalo y el Gobierno rumano, el de Nicolae Ceauşescu, uno de los más sanguinarios títeres soviéticos en la Europa del Este durante la Guerra Fría que moriría fusilado por su propio pueblo en 1989, le llamó la atención. Para el frío y controlador gobierno comunista no era permisible que alguien, por más héroe nacional que fuera, ostentara semejante lujo capitalista en aquel paraíso socialista. Así que exigió a Duckadam que devolviera el automóvil ante la previsión de represalias por parte del aparato de Estado rumano. Duckadam se negó.


La versión oficial es que Duckadam tuvo que dejar el fútbol poco después por una trombosis. Regresaría tres años más tarde para jugar en el Vagonul Arad, un modestísimo conjunto rumano. La versión extraoficial cuenta que la policía de régimen de Ceauşescu, cumpliendo órdenes de las altas esferas de la cúpula de gobierno, buscó a Duckadam, lo apresó y delicadamente le rompió, uno a uno, los dedos con los que había parado todos los penaltis que aquella noche primaveral de Sevilla le habían lanzado. Los diez, hasta dejarle inutilizadas las manos. Hoy en día Duckadam tiene artrosis y nunca ha confirmado o desmentido esta historia. Tampoco Ramón Mendoza.

Más tarde llegaron los noventa, el Barça se proclamaría campeón de Europa de una vez por todas, el Milan forjaría un nombre de leyenda, Marsella, Estrella Roja y Borussia Dortmund serían los últimos outsiders en rellenar la ilustre lista de históricos campeones de la competición, el fútbol se mercantilizaría, los equipos suizos, finlandeses o belgas desaparecerían del mapa, el romanticismo se perdería, la Copa de Europa pasaría a llamarse Champions League y nadie se acordaría de Duckadam. Hasta 2010, cuando el legendario portero, obligado a vender los guantes de aquella final al pasar por importantes penurias económicas, alcanzaría la presidencia del Steaua de Bucarest, aún con su impertérrito bigote. Y con sus diez dedos. Los mismos que le valieron una brillante cara y una supuesta y oscura cruz en su vida.



Lectura recomendada | Anexo: Copa de Campeones de Europa 1985-86, Helmuth Duckadam, Liga de Campeones de la UEFA, Nicolae Ceauşescu, Bernd Schuster (Wikipedia) | El fútbol y la guerra fría. Helmut Duckadam: ¿víctima de Ceaucescu? (Notas de Fútbol) | Duckadam vuelve al lugar del crimen (As) | Duckadam y la tiranía de Ceaucescu (Fútbol and Soccer) | Llega el 'soci' 115.088 (El Mundo) | Duckadam appointed Steaua president (FIFA)
Imagen | Cahiers du football | Fútbol de Primera | UEFA | Historia del fútbol en imágenes

jueves, 21 de abril de 2011

El Viejo Negocio: Barcelona, Madrid y sus mitos políticos

Por su parte Rafael Sánchez-Guerra y sobretodo Antonio Ortega son dos de los presidentes más desconocidos de la historia del Real Madrid. El primero fue un político izquierdista durante la II República que pese a ello (¿O quizás a causa de ello?) fue elegido por abrumadora mayoría presidente del entonces Madrid CF. Tras la guerra sufrió la represión en las cárceles franquistas y acabó huyendo a Francia donde formó parte del Gobierno Republicano en el exilio. Antonio Ortega era un coronel del Ejército Popular Republicano, militante comunista y madridista reconocido. Fue el Presidente del Madrid CF durante gran parte de la Guerra Civil y al finalizar esta fue detenido y “desaparecido” como tantos otros. Estas historias no son conocidas, y no lo son por dos razones. Por un lado porque rompen la historia ideal, porque el Real Madrid son “los malos de la película”, los reaccionarios y beneficiados por el poder, esa sombra pondría en cuestión esa dicotomía que a tantos alimenta. Y por otro lado porque al propio Real Madrid, al menos a sus dirigentes, no les interesa, están contentos en el papel que les toca jugar en esta historia y no tienen ninguna intención de reivindicar esas figuras. Ortega ni siquiera tiene un hueco en la web oficial del Real Madrid junto al resto de presidentes.

Lo arriba citado es un breve relato desmitificador en Los Ideales del Gol, un excelente blog que mezcla sociedad, política y fútbol cómo sólo en la vida real se entremezclan ambos términos entre sí. En el artículo se desglosan ejemplos de episodios que ponen en entredicho la tradicional imagen sociopolítica tanto de Real Madrid como de Barcelona con una conclusión final sencillamente insuperable.