Hasta ahora todos los mortales creíamos que los futbolistas hacían vida monacal. No salían de fiesta, guardaban celibato y los domingos antes del partido el club llevaba un capellán a la concentración para celebrar la Sagrada Eucaristía. Gracias a sus declaraciones hoy ya somos un poco más cultos, ya entendemos un poco más del mundo del fútbol. Ya sabemos que Ronaldinho y Deco la lían parda en la noche de la ciudad condal. Que se beben algún cubalibre que otro y que probablemente más de una madrugada hubieran detonado el alcoholímetro si los hubiera parado la guardia urbana (
Mossos d’esquadra, perdón, corrección ante todo). De ahí se deduce que ni
Iniesta, ni
Xavi, ni
Puyol, ni la madre que parió al segundo utillero salen de fiesta bajo ningún concepto. Por supuesto tampoco lo hacen los futbolistas de cualquier otra plantilla puesto que no están ni apartados, ni supuestamente lesionados, ni leches. ¿Quién en su sano juicio cree que por muy futbolistas que sean, viviendo en la veintena su mayoría, se quedan en casa viendo la carta de ajuste? Seamos serios, por favor.

Ya vale de esconder la verdad, ya vale de poner paños calientes, ya vale de llover sobre mojado. La culpa la tienen ustedes. Sí, ustedes. Los que manejan los hilos de estas marionetas vestidas de futbolistas con un escudo en el pecho que en muchos casos ni sienten, ni entienden, ni quieren hacerlo. Si un servidor, estudiante en la actualidad de periodismo, recibiese un sueldo multimillonario (y multimillonario en euros, que no es moco de pavo) por el mero hecho de estudiar, que es mi “trabajo” y mi obligación independientemente de los resultados que obtuviera en las evaluaciones; ¿qué motivación tendría para dejarme los sesos de cara a los exámenes sabiendo que voy a cobrar los haga bien o los haga mal?. Efectivamente, los hay honrados y primero atenderían a su obligación y después disfrutarían ese dinero con tanto esfuerzo y ahínco ganado. Efectivamente yo soy un Ronaldhino. Díganme vago, jeta o caradura. Me da igual. Yo, sabiéndome cubierto de por vida con millones y millones en mi cuenta corriente me juntaría con los Decos de la clase. Y me iría de fiesta. Y me pasaría por el arco del triunfo las indicaciones del profesor y de quien se pusiera por delante. Y seguiría engordando mis arcas poniendo mis nalgas en el pupitre. Y saldría de clase para irme a hacer cuatro fotografías para un anuncio y malgastaría por ahí la gasolina de mi ¿
Ferrari?, ¿
Bentley?, ¿
BMW con apellido M? (elijan o añadan la marca que más rabia les de).
Pues sí, así soy yo. O mejor dicho, así desgraciadamente no soy yo (que ya no sé lo que es mejor), pero lo sería. Si me ponen un caramelo delante y me resuelven la vida a tan temprana edad… ¿porqué no beberla a grandes tragos?. Acabaría calentando el asiento de diferentes universidades hasta el día que dijera basta. Me retiro. Y por si no he disfrutado poco aún lo voy a hacer más. Ahora sustituyan universidades, pupitres y profesores por clubes, banquillos, entrenadores, etc. La metáfora creo que es muy sencilla.

Señores del fútbol, no sé en qué día exacto comenzaron a supravalorar la vida y el esfuerzo del futbolista. Yo ya no sé nada, no sé ni lo que escribo. Sólo se que ustedes van a seguir poniendo la miel en los labios de aquellos que por gracia de la providencia tienen dos piernas hábiles para la práctica de este sacro deporte. Y van a seguir fabricando juguetes rotos. O juguetes que se romperán cuando vean (como ya han hecho muchos en la historia reciente del fútbol) que la vida no es sólo correr tras un balón y que con “perras” en los bolsillos se vive de cojón siguiendo el ejemplo de los que lo han hecho antes. Sigan pagándoles mientras se ríen en su cara, en la de la afición y en el propio escudo. Y sí, alguno honrado quedará, alguno de la casa quizá… pero la tendencia es acortar cada vez más la carrera en la élite para hacer todavía más fortuna arrastrándose de mala gana por los estadios de países como
Qatar,
EEUU o cualquier otro lugar donde los escudos de los equipos lleven un billete implícito.
Mientras, yo seguiré con mi vida, creciendo, estudiando, trabajando. Veré generaciones y generaciones de futbolistas, si Dios quiere hasta el día que deje este mundo. Pero con el paso de los años estoy seguro de que el fútbol va a perder ese sabor añejo de las grandes gestas (si es que no lo ha perdido ya), de las noches épicas en las que los sueños, la garra y la ambición se funden y vibran al mismo son, al son de los cánticos de la grada. Será una lastima ese día en el que los torneos de altos vuelos se conviertan en reuniones de 22 hombres engominados que se juntan para, sin despeinarse mucho, entretener a unos cuántos idiotas que aún sienten cariño por unos colores. Sí, una lástima. Verdaderamente. Para todos los Ronaldinhos y Decos que infestan el fútbol. Si no tenéis ganas de trabajar no lo hagáis, pero por lo menos no os riáis de quien os da de comer. So cabrones.
Vía |
Más que FútbolImagen | De archivo
Más que Fútbol ● 2008