miércoles, 18 de noviembre de 2009

Cinco segundos de paz

Andrés Pérez | Cuando el paso de los años tinte de sepia el recuerdo de aquella Eurocopa, la de 2008, cada aficionado a la selección guardará en su memoria un detalle insignificante que ejemplificó en su momento todo lo que aquello supuso. El mío reside en los cuartos de final, frente a Italia, en la tanda de penaltis. Si España anotaba aquel penal, pasaba de cuartos. La barrera maldita estaba a once metros y el encargado de derrumbarla era un tal Cesc Fábregas, líder absoluto del Arsenal con tan sólo 21 años. A él se encomendaba un sueño, una maldición que romper. Yo me encontraba sentado en una silla de un apartamento de Salou.

El curso universitario había terminado escasas semanas antes y como es menester en residentes jóvenes de Zaragoza, la localidad tarraconense fue lugar de colonización masiva. También por nuestra parte ya que, entendamos, la originalidad no era nuestro mayor fuerte a la hora de elegir destino vacacional. El caso es que allí nos hallábamos frente a un televisor destartalado en silencio sepulcral. Suena a tópico pero no deja de ser cierto: la tensión se mascaba en el aire y el nerviosismo se traducía en cojines a modo de uñas y muñones por dedos. La noche se había echado encima y la hora nos era indiferente. Un penalti daba la gloria o enterraba el sueño. Nos jugábamos demasiado como para estar atentos a cualquier otro aspecto de la vida que sucediera en los alrededores.

Podría haber surcado el cielo un unicornio rosa fosforito cantando el himno de Italia. No nos hubiéramos percatado. En tal tesitura, dos de los allí presentes íbamos cinco segundos por delante del resto. Un minúsculo aparatito hacía las veces de radio y escuchábamos cariacontecidos Carrusel Deportivo, producto de nuestra larga tradición de tardes de domingo acompasadas por un transistor. La diferencia entre emisión televisiva y radiofónica permitió durante todo el partido que supiéramos de antemano el desenlace del drama que se cuajaba en el Ernst Happel de Viena.

Conllevaba sus ventajas y sus innegables inconvenientes. Por un lado el corazón no palpitaba al ritmo desenfrenado del resto de nuestros compañeros y por otro, la emoción instantánea de cualquier lance del juego nos era privada. Sin embargo allí seguíamos cuando Fábregas se disponía a lanzar el penalti. Cinco segundos por delante de la humanidad, entendida como las seis personas que frente al televisor nos agolpábamos ansiosos de conocer el éxito. No existía nada más en el mundo que aquella habitación y aquel aparato que emitía aquel partido. Nada importaba ya. Tan sólo el gol de Fábregas.

Cuando Fábregas aún no había salido del círculo central, junto al resto de sus compañeros, nosotros ya conocíamos su particular ritual antes de golpear la bola. Había besado el cuero en nuestra imaginación antes siquiera de haber alcanzado el área en la televisión. Mientras tomaba carrerilla ya conocíamos el desenlace, fatal o genial, redentor o desdichado. El shock fue tal que nos quedamos paralizados. A mitad de camino entre el respeto y la incredulidad, nuestra expresión facial no varió un milímetro cuando Manolo Lama estalló en la absoluta desidia. Nuestro pulso no varió cuando la pelota dirigida por Fábregas engañó a Buffon y se coló en la portería de Italia.

El silencio reinaba y sin embargo conocíamos el final. Fueron cinco segundos mágicos. La euforia se desbordaba en nuestro interior y, sin embargo, de cara a la galería mostrabamos una frialdad inexcrutable. Una expresión petríficada de la que nada podía inituirse. Cuarenta y cuatro años de desdicha brotaron en nuestro interior erizando el vello de nuestros brazos, humedeciendo nuestras pupilas, obnubilando nuestra mente. Trasportándonos a otro tiempo y a otro lugar, fuera el que fuera. El alivio transpiró por nuestras pieles mientras el resto de desgraciados aún suspiraban por conocer el resultado final.

Cuando la televisión mostró el gol que ya conocíamos, cuando el pase de España a semifinales se hizo efectivo a ojos del resto de inquilinos que aquella noche compartían con nosotros sus fobias y sus miedos, un desesperado sonido reverberó por nuestras gargantas. Aquellos cinco minutos de silencio, de inexpresividad, estallaron de manera especial en quienes durante más de noventa minutos supimos todo cinco segundos antes que el resto. Desconocimos qué proferían nuestras cuerdas vocales pero nos daba igual. Los otros cuatro compañeros se levantaron encolerizados y automáticamente hicimos lo propio, aquello que anhelabamos hacer durante cinco segundos de reflexión que se hicieron eternos. Cinco segundos en los que asumimos que ya, que podíamos, en los que pensamos: "Ya está".

Junto a ellos celebramos aquel pase como si del mismo título se tratara. Los fantasmas habían volado de una maldita vez. Lo que vino después es inenarrable porque una niebla de euforia destiñe mis recuerdos. Pero aquellos cinco segundos supusieron, sin duda alguna, lo que esa Eurocopa significó para España en su conjunto. Una sensación de alivio sin igual en la historia del deporte.

Tanda de penaltis con Carrusel |



Vía | Más que Fútbol
Imagen | De archivo

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