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lunes, 11 de mayo de 2009

Desde segunda con amor (De paja y vigas)


Andrés Pérez | Escribía el domingo Javier Monsón en el As, a propósito del Huesca - Zaragoza:

(...) creo que Zaragoza, la Zaragoza deportiva y futbolística, se ha equivocado lamentablemente en su enfoque. Se equivocó no queriendo venir a El Alcoraz y haciendo que el club devolviese las entradas. Se equivocó planteando el derbi desde un extraño victimismo paternalista (...) El Zaragoza no ha demostrado nada, fue un Barcelona favorecido arbitralmente ante un Chelsea que perdonó en su más clara ocasión, que en la primera parte fue superior y que no tuvo fortuna (...) ¿El Zaragoza? Ójala suba... bien lejos."

Dice el refrán que hay quienes tienen la extraña virtud de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Supongo que Javier Monsón, un columnista más de la redacción As en Aragón, es uno de ellos. Como lo deben ser tantos y tantos aficionados del Huesca —que me disculpen quienes no den cabida en su ser a estos sentimientos— que tan visceral odio destilan por cada esquina cada vez que la palabra Zaragoza se escucha. Entran en estado de ebullición de inmediato. Como si del diablo se tratara.

Desconozco el porqué. Da la casualidad que, desgracias del destino, el Zaragoza cuajó el año pasado una temporada deplorable y se vió exiliado un año más a la Segunda División, al tiempo que el Huesca vencía en cierto campo de Écija y se ganaba con todo el merecimiento de este desdichado mundo un billete al paraíso. Universos paralelos. Como lo llevaban siendo años y años. No en vano hacía más de cincuenta años que sendos equipos aragoneses no se enfrentaban entre ellos. La rivalidad, huelga decirlo, es inexistente desde Zaragoza puesto que dado su ostracismo en el fútbol español, el Huesca ha sido siempre un actor desconocido desde la capital de la comunidad. Sin embargo, he aquí la sorpresa, descubre la afición blanquilla que en Huesca, ese club del que tantos se alegraron el día de su ascenso —servidor, iluso, incluído—, la mayor parte de su visceral población no sólo no festeja las remotas y nostálgicas victorias zaragocistas sino que odian con toda la fuerza de su corazón cualquier aspecto cotidiano que rezume colores blancos y azules y tenga el león por bandera.

Pardiez, farfulla la afición maña. Somos una especie de anticristo en ciernes. Comprendo que la afición del Zaragoza no sea considerada como la mejor del mundo, de hecho yo mismo reconozco que La Romareda es un campo destinado a que cada hombre y mujer de esta bendita ciudad descargue su frustración contra los jugadores, directivos y entrenadores del conjunto blanquillo, cumplan con su labor o no. Hasta ahí lo comprendo. Comprendo que nadie del Huesca haya de celebrar un gol de Ewerthon puesto que cada uno es muy libre de elegir el equipo al que seguir, llorar, criticar u obviar con la más insultante indiferencia. Todo ello cabe en mi mente. Lo que no alcanzo a comprender, quizá porque aún la radicalidad no corre por mis venas o porque el universo en el que yo resido de mente y espíritu es por completo antagónico al de tantos personajes, es el profundo desprecio que destilan la mayor parte de aficionados del equipo oscense hacia el Zaragoza.

Verbigracia. El mismo sábado se escucharon gritos de ánimo hacia el Hércules, ese club hermanado históricamente con el Huesca; berridos contra la Virgen del Pilar como si mancillando el nombre de una estatua su equipo se acercara más a la meta rival y, como no podía ser de otro modo, continuas alusiones a la estancia del Real Zaragoza, un conjunto al que presuponemos grande dentro de esta enorme piel de toro llamada España, en segunda división. Reconozco que ésto último debió ser hilarante para cualquier aficionado del Huesca, quien, si se precia medianamente, odiaría hasta un punto respetable de cara a la opinión pública oscense al conjunto vecino. Toda una lección de elegancia. Temo recordar que Zapater aún guarda con cariño y ahínco el amado escupitajo, repleto de clase y estilo, que un oscense dedicó con toda la amistad que en su corazón pudiera residir a su zamarra del Zaragoza. No negaré la mayor. La afición del Zaragoza es un buen ejemplo de sociedad escatológica. Por el contrario, la oscense, a tenor de las sabias palabras de Monsón y de las imágenes que aún mi retina guarda en la memoria, es el civismo personificado. Y, una vez he reflexionado, desmiento y me desdigo el título de este clarividente post. De paja y vigas nada. El Zaragoza, que no contento con robar el encuentro ha de difamar sobre la elegante afición de Huesca.

Vía | Más que Fútbol
Imagen | Diario del Alto Aragón

Más que Fútbol ● 2009

domingo, 9 de noviembre de 2008

Desde Segunda con amor (La teoría definitiva)

Andrés Pérez | Los menesteres del fin de semana me impiden en la actualidad presentarme con cierta regularidad en la Romareda. Eso sí, cada vez que lo hago me llevo gratas y no tan gratas sorpresas. Siento como si todo comenzara de nuevo, como si yo en realidad fuera nuevo tras ocho temporadas de alegrías y tristezas, como si todo hubiera cambiado. Empezando por mis congratulados vecinos de asiento, los cuales nunca dejarán de sorprenderme. Ayer, mientras el Castellón se asentaba dignamente en el césped del estadio y el Zaragoza jugaba a nada me dediqué a escuchar, como es habitual, los ya consabidos comentarios acerca del equipo y del fútbol en general. Lástima que para mi sorpresa se hablara de todo menos de fútbol. "¡Bien Marcelino! Por fin te has quitado el polo de Lacoste... ¿qué lleva ahora, un chaleco?" fue la primera frase que pude percibir durante los 90 minutos que duró el encuentro. Menciones honoríficas a los recogepelotas, jóvenes pero con desgana a la hora de levantarse a por los balones al parecer, a Songo'o -ídolo de ciertos jóvenes sentados ahora a mis espaldas- y un pequeño deja vú. Un hombre, de muy avanzada edad y tembloroso, tierno a primera vista y descorazonador cuando abre la boca, volvía a mi lado. A fin de cuentas todo sigue igual, me dije. Y en efecto, seguía igual.

El Zaragoza, para desgracia del aficionado medio, no jugaba absolutamente a nada. Era curioso comprobar como un equipo medianamente ordenado en defensa y rápido en las transiciones era capaz de desesperar a todo un equipo recién descendido y estrella de la categoría y a la afición consigo. Aunque pueda parecer obvio lo que a continuación voy a comentar, es el descubrimiento de mi vida tras tantos años intentando explicarme la verdadera idiosincrasia del zaragocista. En realidad lo que sucede es que la afición del Zaragoza no es ni buena ni mala. Son términos absolutos que no se pueden corresponder a una muchedumbre tan veletera, tan emocional, tan impulsiva. La Romareda es fiel espejo del equipo, y como tal, cuando el equipo es desesperante y está desesperado la grada se comporta de una manera desesperante y se desespera. Normalmente, cuando el equipo juega bien y gana con comodidad, la grada se torna en un Anfield imprevisto, llena de cánticos y elogios hacia los once jugadores que corren sobre el terreno de juego. Ya les había puesto en alerta, el razonamiento es bastante obvio, pero no dejo de maravillarme con tal descubrimiento.

La nueva teoría que acabo de elucubrar viene a colación del estado emocional en el que la mayoría de la gente se encontraba a mediados de la primera parte, ya con un gol en contra -grotesca situación vino después del mismo, tras anunciar los cárteles del estadio el autor del gol un rótulo anunciando High School Musical on Ice en Zaragoza apreció en la Romareda. Lo consideré un insulto a la inteligencia de los allí presentes, exagerado o no- fruto de la enésima pifia en defensa de un equipo que por momentos me recuerda al Real Madrid. Demoledor en ataque si tiene el día pero desordenado, sin ideas en el medio del campo y por supuesto endeble en defensa como un colista. El gol fue un horror que prefiero pasar por alto. Entre tanto la grada se impacientaba, hasta el punto de comenzar a comparar jugadores con las grandes estrellas del firmamento futbolístico. "Hidalgo no mueve nada el equipo. No como Xavi. Ese hombre coge el balón y lo zarandea por todo el campo hasta que se marca gol". Hombre, pensé para mis adentros prefiriendo callar a arrepentir, si tuviéramos a Xavi en el equipo probablemente no estaríamos en Segunda División. Dio igual. Entre pitos y maravillosos adjetivos en relación a Pino Zamorano, tan entrañable como siempre, Ewerthon consiguió empatar tras una buena jugada de Braulio, que, ya que nos ponemos a comparar, me recuerda a Higuaín. El día que meta gol quizá no pare. Lo demás lo hace relativamente bien.

Se me olvidaba mencionar el precioso momento del minuto de silencio en honor a las víctimas españolas en Afganistán tras el atentado. Silencio absoluto, en lo que supone un engrandecimiento absoluto del fútbol. Que casi treinta mil personas que por norma general acuden al estadio a proferir insultos y cualquier vocablo malsonante que conozca silencien al ritmo de una música estremecedora, dice mucho del verdadero sentido del respeto de la afición pertinente. Sea de donde sea. Por ejemplo la del Castellón, que abarrotó su sector de la Romareda y que, bufandas al viento y extendidas, mostraron una actitud ejemplar. Sigamos. Comenzó el segundo tiempo y el Zaragoza jugó sus mejores minutos, aunque, el gol nunca llegó. Por aquel entonces ya comencé a refutar mi teoría del segundo párrafo puesto que la gente comenzaba a aplaudir y a comentar por encima que sí, que estaban jugando muy bien. Las quejas se apartaron por poco tiempo. Nada se movió y mientras el Zaragoza se desesperaba y por ende los aficionados también, Pino Zamorano se llevo las críticas de cualquier honorable allí presente. Ya se sabe, cuando no hay contra quien cargar, siempre sale uno perjudicado. Lo haga bien o no.

Imagen | Marca, Heraldo de Aragón

PD: He sido incapaz de encontrar más imágenes por el momento del partido en Internet. Por lo pronto tiro de archivo para las dos últimas imágenes.

Más que Fútbol ● 2008

domingo, 7 de septiembre de 2008

Desde Segunda con amor (Post-Mallorca)

(Desde Segunda con amor no tratan de ser crónicas al uso desde un punto de vista omnisciente sobre la vida del Real Zaragoza en su viaje por el infierno. Son las cartas de un aficionado desencantado, que viajó a Mallorca, se empapó de agua y volvió, al año siguiente, a la Segunda División con su equipo de siempre, el mismo que el año anterior le dio la decepción de su vida)

Andrés Pérez | Subí las escaleras del estadio y me encontré, de frente, con lo mismo de siempre. Siempre, entendido como un año atrás, el año de la debacle, el año cero. El año primero, post-Mallorca. Insisto, olía a lo de siempre. Sabía a lo de siempre. El mismo aroma producido por la mezcla -fatal o no, según se quiera ver- de tabaco, cerveza, césped, puros, cacahuetes y bocadillos de cualquier índole. En fin, no debiera cambiar, pensé, a fin de cuentas es un año más, en Segunda, pero no el fin del mundo. Aunque algo sí cambia, deducí de nuevo, tras echar una ojeada al estadio, semivacío, semidormido. Aletargado por la nueva estancia en segunda. Triste estancia, he de decir.

Nada hacia presagiar que algo pudiera cambiar. De hecho los resultados, en Segunda o no, no eran nada alentadores. Me explico, perdimos contra el Levante de manera fatal y perdimos contra el mismo equipo que aquella tarde estaba enfrente, la Real Sociedad. Sí, nos podíamos superar, podíamos volver a pifiarla, a fin de cuentas nos pegamos un año de error en error hasta que acabamos con nuestros huesos en Segunda. Nada de eso. Al minuto el regreso de Ewerthon -jugador que jamás debió salir- se transformó en gol tras un buen centro de Arizmendi. Un buen hombre, este Arizmendi, jamás confiaré en él a pesar de sus supuestas buenas maneras. En fin, pensé, mejor que tener en esa banda a Iñaki, como teníamos en nuestro último periplo en Segunda, cualquier cosa. Al parecer dominabamos guiados por Jorge López, de largo el mejor jugador en el medio campo dele quipo, y la Real se agazapaba presionada por Oliveira, uno de los que se quedaron. Todo ello al parecer, ya que no me atrevo ya a expresarme en términos absolutos desde el fracaso del descenso, toda medida es cauta para no volver a cometer los mismos eufóricos errores.

El partido avanzó, y Ewerthon marcó otro gol. La Real, para entonces, era un cadáver sobre la Romareda. En aquel momento desconocía si la causa de su lamentable partido se debía a su equipación, una mezcla de piolín, australia y el Norwich inglés. Es decir, de todo menos la Real. "Mejor azul marino, o rojo, no parecen ellos", escuché a mi espalda. Razón no le faltaba. La equipación era -es, será- absolutamente ridícula. Mientras los vascos perdían de dos, su afición, unos 1.000, a ojo, se pusieron a cantar aquello de: "¡Real, Real, Real!". No era el mejor lugar, teniendo en cuenta que su rival también ostentaba aquel dichoso y monárquico pseudónimo. Daba igual, se callaron tan pronto como el árbitro pitó el final y Oliveira se marchó renqueante al banquillo, entre aplausos vítores y alegría a partes iguales.

Qué bonito resultaba aquel momento. Me resultó chocante, cuanto menos, que un ser humano unas tres filas más atrás de mi asiento al iniciar el partido soltara un elegante: "¡Hijos de puta!, ¡mercenarios!, ¡paquetes!". Llevamos dos partidos y ya son todo eso, deduje, no quiero pensar si quiera que pasará cuando en la jornada vigésimo quinta no estemos en ascenso. Probablemente la Romareda será tomada por la grada, que declarará un golpe de Estado en contra de Bandrés y que hará del Zaragoza el equipo más laureado de la historia. Es más, exigiremos en tal momento que nos entreguen, de golpe, y por ser quienes somos, diez Copas de Europa. Por otro lado ir al campo a insultar y amargarse la existencia no entra dentro de mis esquemas, y menos pagando una cuantiosa suma de dinero. Aquel comentario, repetido y cacareado a lo largo del Fondo Norte, fue el preludio de lo que pasaría en la segunda mitad, cuando la Real empató, la grada vasca lo celebró, el Zaragoza se durmió, Ewerthon al larguero disparó, y el estadio a su santa madre mentó.

Para entonces había cambiado mi posición invitado por un buen amigo. Desde allí divisaba los palcos, donde dos gemelos rubios, idénticos en todo, a nivel físico y mental, echaban pestes sobre Agapito y pedían decididamente su dimisión. Incluso uno de ellos se levantó e hizo un gesto de desprecio con la mano, al tiempo que afirmaba cual mártir a punto de morir: "Me voy, no aguanto más", mientras sus compañeros de palco le agarraban del brazo deseando que se quedara, que no lo hiciera, que luego uno se arrepiente de tal desplante -aunque, más bien, se arrepiente de haber pagado-. Mientras lo observaba deduje que ese hombre no había viajado a Mallorca, ni probablemente a ningún otro desplazamiento. Era el típico cascarrabias de la Romareda, aunque joven, deseoso de quejarse por todo. Es más, aquellos como él y sus alrededores prefieren que las cosas vayan mal, porque su sino en un campo de fútbol es cabrearse, indignarse y gritar. No es pasión, ni siquiera dolor por un mal resultado, o rabia. Es vicio por la protesta. Si no es contra Agapito es contra los jugadores, y si no, contra el árbitro, a pesar de que ayer, el pobre hombre, no tuviera la culpa del desastre. Por cierto, empatamos. Y mal. Por otro lado, es la segunda jornada.

Vía | Más que Fútbol, As
Imagen | As, Marca, Hemeroteca

Más que Fútbol ● 2008