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jueves, 8 de julio de 2010

Capítulo 23 | Llora Alemania


Andrés Pérez | Entre tanto futbolista técnico y desacomplejado, Puyol es un extraño. Sus pies cuadrados y su prevalencia del físico sobre lo técnico desentona en una selección que se desvive por el manejo del balón antes que por el corazón. En cualquier caso, Puyol es una leyenda. Lo es en el Barça, donde no desentona menos, y lo es en la selección, donde acumula un sinfín de internacionalidades con apenas un puñado de goles. El fútbol también sabe recompensar: en el futuro se contará que corría el minuto 75' cuando el tipo que no era como los demás fusiló a Neuer con la cabeza.

Puyol marcó anoche el gol más importante de su vida, el que otorgaba a una España vertical, descomunal, virtuosa y paciente el pase a la primera final de una Copa del Mundo en toda su historia. El domingo se enfrentará a Holanda en la primera final sin un campeón en liza desde 1978, donde también Holanda estuvo presente y donde cimentó su mística: la de un equipo bello incapaz de salir campeón. No es el caso de España: consiguió la Eurocopa, tiene aire de conjunto ganador, ha aprendido a competir al mismo nivel que Alemania, Brasil o Italia. El mérito hay que atribuirlo a la mejor generación de jugadores de la historia del país y a un desplante a los complejos necesario y liberador.

España está en la final. Repítanselo si aún no se lo creen, están en su derecho. Lo está tras borrar a Alemania del campo. Alemania se está acostumbrando a perder, pero mantiene su presencia: juega finales, alcanza semifinales y cae dignamente. El camino para reencontrarse con un título es el correcto y una espléndida generación de jugadores hará el resto. Honor obliga a reconocer las virtudes del derrotado, de la mejor selección de fútbol de la Historia. Llora Alemania otra vez frente a España, causante de pesadillas para Schweinsteiger o Lahm, presentes en Viena, presentes en Durban. Pocos mejor que ellos podrían explicar la magnitud de esta España.

Una magnitud que alcanzará a que en el futuro se recuerde su fútbol, su planteamiento, su filosofía futbolística, en el top cinco de selecciones memorables. La afirmación parece imprudente habida cuenta de la facilidad que tiene el fútbol de destruir mitos prematuros, pero lo hecho y, sobre todo, la forma de hacerlo, invita a creerlo. Frente a Alemania y con cinco centrocampistas, ya que Pedro lo fue, España deshizo las líneas defensivas de Alemania, jugó un fútbol perfecto, impidió hilar a una Alemania virtuosa y remató un partido espléndido de un modo cruel: con un gol de córner, precisamente a Alemania.

Eliminó, y hay que recordarlo, al conjunto que ante Inglaterra y Argentina en octavos y cuartos había acumulado a su favor ocho tantos. Como si el deceso del fantasma de cuartos hubiera espoleado la mente de Xavi, Alonso, Iniesta o Busquets, España encontró su camino en semifinales. Desacomplejada, desestresada, sabedora de que la marca histórica de los cuartos de final ya se había superado, de que su exigencia, esa, ya era un hecho, el conjunto de Del Bosque jugó como si no hubiera mañana. Deleitó, venció, provocó lágrimas en su rival.

España está en la final de la Copa del Mundo. De manera brillante. En el futuro, podrán contar que su selección bañó en fútbol dorado a Alemania.

Resultados de la vigésimotercera jornada:

Alemania 0 - 1 España

Más Mundial | Épica y mucho arte (José Sámano en El País)
Imagen | El País

lunes, 30 de junio de 2008

Austria y Suiza 2008 | Sobre sacar un córner al pie y ser campeones de Europa cuarenta y cuatro años después con ello (Final: Alemania 0 - 1 España)

Andrés Pérez | Creo, porque la noción del tiempo se esfumaba mientras contemplaba el partido, que alrededor del minuto 75' Xavi levantó la cabeza en la curva roja, dispuesto a sacar el enésimo corner del campeonato. España ya ganaba 1-0. Iniesta se desmarcó y Xavi, ganando en una final de la Copa de Europa de Naciones por un gol de diferencia y frente a la eterna Alemania, lanzó un pase en profundidad al área desde el córner para que Iniesta estrellara el balón en el palo. Comprendí que España iba a ganar pasara lo que pasara. Comprendí que unos 46 millones de españoles habían sacado ese córner en profundidad para Iniesta. Comprendí, que cuarenta y cuatro años después de batallas perdidas y secuestros injustos, la historia, el Dios del fútbol o cómo narices lo quieran llamar alguien nos iba a devolver todo lo que nos debía. Llámenlo fútbol. Llámenlo magia. Es inexplicable. Es fútbol, sólo fútbol y debido a él, a un gol de más y a un portero levantando una Copa me cuesta deslizar las palabras delante de un teclado. La magia reside realmente en eso. En no saber ni porqué ni cuando ni cómo ni donde ni siquiera qué. Sabíamos donde. Era en Viena. Pero lo sentimos en España. Ni un alma en pena vagaba por su casa. Todos, físicamente o no, salimos a la calle.

A llorar de alegría y no de tristeza, a disfrutar y no a sufrir, a ganar y no a perder. A bañarnos en la fuente en la que años atrás otros se bañaban y a dar la vuelta de honor donde años atrás otros festejaban. Esta vez, como tantas otras en tantos otros deportes, fuimos nosotros quienes descorchamos el champán y bebimos en la Copa. Hablo en plural, porque si el fútbol es un deporte de once contra once las finales se ganan desde la grada y desde el campo. La victoria es de todos, de todos los que hemos sufrido y llorado tantos años, de todos los que nos hemos dejado el orgullo defendiendo el valor de un sentimiento y de la esperanza, de todos los que hemos sido humillados por aquellos que decían que jamás ganaríamos nada, de todos los que hemos confiado en una selección joven y llena de calidad, de todos, los que definitivamente creímos en un fútbol que finalmente terminó por impartir justicia. España jugó a ser Dios y en ese juego consiguió alzarse con el trofeo destinado a los dioses. Ahora no somos conscientes, pero el equipo, nuestro equipo, ha creado escuela, nos ha hecho campeones y será recordado como aquel que una vez impusó el toque frente al rodillo. Aquel que sacaba los córner al pie y en profundidad.

Y los pequeños fueron grandes. Y Torres le ganó a Lahm. Y Lehmann salió mal. Y la pelota entró. Y gritamos. Y vencimos. Y Marcelino por fin pudo contemplar como su gol tenía heredero. Seducimos Europa con un fútbol vertiginoso, bonito, efectivo y productivo. España no ha encajado un sólo gol desde que terminó la liguilla y no es casualidad. Demostró que se puede vencer y sobre todo dominar mientras se baila un tango con una rosa en la boca. Ni Italia ni Rusia ni Alemania han sido capaces de responder ante el juego de esos locos bajitos. Del viejo y los niños. De los defensas discutidos y del portero heróico. La pregunta es: ¿Es para tanto? Creo que sí. Y creo pero no afirmo porque no soy capaz de entender nada. Ni porqué mi cerebro no es capaz de escribir hoy más de tres párrafos ni siquiera porqué ayer creía que todo era un sueño. Fue un partido. Fue fútbol. Pero por eso, por todo ello, por suponer más de lo que realmente supone, nos encandila y nos hace sufrir. No quiero secarme las lágrimas. He esperado mucho para derramarlas por la alegría. Por ellos. Por nosotros. Por todos. Por el fútbol espectáculo. Por el fútbol. Por sacar un córner al pie y en profundidad. Por ganar haciéndolo. Por ser campeones cuarenta y cuatro años después.

Imagen | As

Más que Fútbol ● 2008